a los tontos y torna necios a los discretos! Doña Mencía en tanto
deshacíase querellando sus cuitas. Salíase a un muy apacible retiro
formado de olmos muy añosos, y allí se lamentaba:--Que así hemos de ser
las mujeres--, decía--que así cambiamos amores con desdenes, y nos
perecemos por amar a quien no nos ama, y somos esquivas para los que nos
quieren bien--. Era aquel lugar muy sujeto a melancolías en su sombra
nocturna, y servíala de consuelo. ¡Oh noche, divina noche, hermana del
misterio y madre de la bendita poesía, tú eres la puerta encantada de
los placeres, y la piedra filosofal de los dolores, maravilla de los
amantes, arpa de las canciones, princesa del secreto, y alcázar
universal del amor.
Ya pensaba la piadosa Mencía en el exorcismo, creyéndose posesa,
malhayan la caldereta y el hisopo para tales hechizos y para tal
demonio. Buscó después el halago en la piedad, y cogiendo un libro
eucológico que D. Miguel habíala emprestado, y se llamaba _Ruta de la
montaña de Sión_, hubo de toparse entre sus páginas con unos versos
manuscritos, que sin duda alguien habíalos dado traslado a aquel papel,
habiéndole placido el donaire de un poeta que debía de ser, a no dudar,
algún preclaro ingenio de la corte de Madrid, y eran estos que aquí se
copian para mayor deleite:
LETRILLA A DOÑA BELISA
Amor, que es niño y travieso,
me mata con sus mercedes.
Hame tendido sus redes,
y hame preso.
Pedisme dueña y amiga,
que os diga
mis bienandanzas de bella,
y la cuitada cantiga
sólo oiréis de mi querella.
Ya no rúo, ya no canto,
del arca en el fondo están
basquiña de veludillo,
pañizuelos y tontillo,
y la prenda de mi encanto,
aquel primoroso manto
de bordado tafetán.
Que amor que es niño y travieso
me mata con sus mercedes,
hame tendido sus redes,
y hame preso.
Y sabréis Doña Belisa,
que sólo salgo a la misa
de las madres Recoletas,
y ya no me regodeo,
ni bullo, ni me paseo
por San Blas, ni por el Prado,
que amo pláticas secretas
tenidas en el estrado,
y triste cilicio ciño
por la culpa de un doncel.
Que amor me llevó al cariño
de uno que es travieso y niño
como él.
Como él gracioso y avieso,
con perfil de Ganimedes.
Hame tendido sus redes
y hame preso,
el que sin mal ni dolor
el seso roba al discreto,
y enturbia el sabio conceto
al letrado y al dotor.
El amor,
que no obliga con premáticas,
ni otras leyes mayestáticas,
el señor corregidor.
Y a quien no rinden los reyes,
ni con él hay valimiento,
ni rigen con él las leyes
que llenan el aposento
de mi tío el oidor.
Se trata, doña Belisa,
de un rapaz más que donoso
que en los diez y siete frisa.
¡Quién me viera!
Yo, aquella dama que fuera
la del gesto desdeñoso,
castigo de los galanes
que desprecié los afanes
postreramente de tres.
Don Gil que ahora en Indias loco
padece por sus desmanes.
Un mayorazgo por poco,
y por harto un ginovés.
No juguéis con el cariño.
Mirad quien así os lo avisa.
No sabéis, Doña Belisa
cómo me tiene ese niño.
Dejadme, dueña y amiga,
que no siga
con tan plañidero son.
A vos os digo el secreto
a que me obliga el afeto
de nuestra vieja afición.
Pero no es bien que mi lengua
al viento diga mi mengua,
que no es bien que la publique
y mi escándalo predique
mi canción.
Y pues mi mal conoscedes,
si halláis afrenta en mi exceso
no preguntéis por mi seso,
que la deidad que sabedes,
hame tendido sus redes
y hame preso.
Leyólos y releyólos doña Mencía con atento cuidado, como si fuese
aquella dulce poesía espejo de sus propias penas. Muy luego tomólos en
su memoria, que era clarísima, y casi de continuo los recitaba.
Tan luego como amaneció, sacó del cofrecillo que había traído Marcos a
las ancas de su mula los atavíos femeniles que la correspondían, y eran
sencillísimos y de una gran honestidad. Un vestido de estameña y un
tafetancillo como velo, que eran con los que pensaba entrar en Mantua,
por no ser decoroso que entrase en el convento con el traje hombruno del
camino. Y cuando don Miguel envió a su amigo los buenos días, el que ya
no era don Diego, después de tomar licencia para entrar en el aposento
del de Guzmán, presentóse en el umbral de la puerta, mostrando tan
gentil presencia de mujer, que don Miguel quedó todo turbado y confuso
ante la inesperada aparición.
--No fué soñación vuestra sin duda, señor don Miguel--comenzó diciendo
la dama,--ver trocado desta manera a vuestro gentil amigo don Diego.
Pero en pocas palabras os diré la verdad de mi historia. Soy nacida en
Toledo, de muy nobles padres y llámome doña Mencía de Carvajal. Más
cuidadosos de medrar en su hacienda que de beneficiar mi espíritu,
dábanme por marido a un hombre rico, pero viejo, sucio y feo. Nada
valieron mis protestas, y entonces determinéme a tomar por esposo al que
es eternamente bello y bueno. Una hermana de mi padre, dama que fué de
gran hermosura, vive en Italia rigiendo una comunidad de religiosas y
pensé venirme con ella, tomando para mi intento ese disfraz con que me
habéis visto, y acompañándome de Marcos, escudero de mi casa, que fué
compañero de armas de mi abuelo y tiéneme más afición que mi propio
padre, y así tomé el camino destas tierras donde había de unirme con la
que se llamó en el siglo doña Clara de Carvajal y de Mendoza, y hoy es
en religión sor Margarita, priora de las Capuchinas de Mantua. Pero
quiso Dios (Dios debe ser) que os hallare en mi camino. Sabed, don
Miguel, que de hoy más no me veréis. He sido fuerte hasta ahora, seré un
momento débil para haceros una confesión, que el corazón se me saltará
del pecho si no os la hago y puedo hacérosla, porque sois hidalgo y
noble como un hijo de rey, y luego volveré a mi prístina fortaleza para
daros un adiós que lleve quizás pedazos de mi alma.
El asombro de don Miguel creció de punto al escuchar tales palabras y de
tan linda boca, que la gravedad del continente de doña Mencía y toda la
honestidad que ponía en el hablar, que lo hacía con los ojos fijos en
el suelo, habíanle llegado a lo hondo de su ánima.
--No acierto--prosiguió la dama--a deciros lo que deciros no quisiera,
pero deciros he. Diréos, don Miguel, que os amo, que sois el primer
caballero a quien puedo decirlo, y único, pues que dentro de breve
tiempo el mundo habrá concluído para mí. Considero vuestro amor como una
rosa encantada, de aroma fragantísimo que debo aspirar a distancia,
porque si tocarla quiero, cien espinas buídas me castigarán de mi
osadía. Pero sabed que os adoro, aunque sea mengua mía decíroslo, y que
soy tan ambiciosa que quiero de vos una gran merced. Os pido don Miguel,
que perdonéis como discreto a la que os ama como loca.
Quiso arrodillarse ante él; pero Guzmán la detuvo, y cogiéndola una de
sus blanquísimas manos besósela con unción respetuosa.
Aquella noche, como habían convenido, acudió doña Mencía con su traje
viril a la casa de Renata. Esperaba la italiana a su don Diego en el
mismo aposento que la otra noche, y no bien fué verle entrar, que se
arrojó a su cuello con transportes de amor, y como entonces tropezase
con el redondo seno de doña Mencía, extrañándose de hallar tal obstáculo
en el pecho de su amado, hubo de preguntarle al tiempo que paseaba sus
manos por el misterioso lugar:
--¿Qué os abulta aquí, caballero?
--Esto es lo único que me abulta, señora--respondióla don Diego con modo
socarrón.
Y entonces, desabrochándose el juboncillo con gran presteza y abatiendo
su camisa, mostró a Renata, que esperaba el pecho fuerte del mancebo, su
blanco cuerpo, su finísimo talle y la turgencia de sus admirables senos,
cuya vista pusiera en notable desasosiego al más austero y frío de los
varones.
--Me gustan más los míos--dijo Renata, que al comprender la situación
había tomado una gran seriedad.
Fué en este momento cuando don Miguel apareció en la puerta de la
estancia, lo cual terminó de turbar a la infeliz Renata. Y subió de
punto su burla cuando el caballero recién llegado dijo a doña Mencía:
--Venid, mi esposa.
Y después de haberla ayudado a vestirse de nuevo, cogióla de la mano, y
sin dirigir palabra a Renata salieron ambos.
Fué inmenso el enojo de Leonardo Aldobrandino al saber los hechos de su
hija por boca del mismo don Miguel, que ya se había descubierto como
quien era; y habiendo el de Guzmán declarado que doña Mencía de
Carvajal había de ser su legítima esposa ante Dios y ante los hombres,
quiso Aldobrandino que su hija fuese a ocupar en el convento de Mantua
la misma celda que esperaba a la dama española.
No se holgaron menos de la fausta nueva los padres de doña Mencía,
quienes muy luego ordenaron una misa en la iglesia de Santo Tomé de su
ciudad, para celebrar el feliz matrimonio de su hija. Misa fué ésta a la
que no asistió don Lucas Leví Escobedo, hombre frío y desabrido como las
gracias de Mari Angola, que era el novio que la deparaban primeramente,
y hay quien dice que no acudió al santo sacrificio, porque descendiendo
de los Levíes, que fueron tesoreros de don Pedro de Castilla, era sin
duda, más viejo como avaro que como cristiano, y que hacía al tocino los
ascos que no hizo nunca a los escudos de a ocho.
Fueron suntuosas de toda suntuosidad las bodas de don Miguel y doña
Mencía, las cuales recordaron con piedad y lástima el engaño de la
infeliz Renata, que por ser indiscreta en sus amores y querido buscar el
afecto imposible del fingido don Diego, vióse tan justamente castigada.
Y hoy sabemos della que es una religiosa tan perfecta como ejemplar y
venturosa casada ha sido doña Mencía, que pocos años ha murió en su
palacio de Sevilla, mirándose en los ojos de su esposo.
Y vese aquí que hasta los más extraños sucesos son caminos por los que
la sabiduría del Altísimo lleva a las criaturas adonde más les conviene
para la salvación de sus almas. A ella conduzca a los que leyeren o
escucharen leer la presente verídica historia, la Misericordia de
Nuestra Señora la Madre de Dios, como así deséales y para él pide
también el cristiano y devoto caballero que la escribe, para ejemplo de
algunos y regalo de todos. Vale.
Cosas de hombre.
(A. REYES)
COSAS DE HOMBRE
Cuando el tío _Pizarroso_ llegó a su casa, las sombras empezaban a
invadir el a modo de embudo formado por los montes, en cuyo fondo
blanqueaba el edificio, al borde de una cañada llena de piedras enormes
y espesos macizos de adelfas.
--Pos di tú que te has dormío en un _cajorro_--exclamó la tía Tomasa al
ver llegar al legítimo dueño de su orondísima persona.
--Pos no me he dormío, ni tan siquier he estao a dormivela.
--Pos entonces habrás estao de picos pardos en algún abrevaero del
monte.
--¡No ha sío malo el abrevaero!
--Pos entonces, ¿aónde te has metió, alma condená?
--Pos en ninguna parte: una miaja que me entretuve en la encrucijá del
_Tomillo_ con Juan el _Rumboso_ y _Toñico_ el _Pastañeta_, y... ¡arza pa
entro, _Pimentona_, arza pa entro!
Y esto lo dijo asestando una cariñosa palmada en una de las poderosas
ancas a la mula, a la cual habíale quitado el aparejo mientras hablaba.
La cabalgadura, a la cariñosa insinuación, tomó lentamente el camino de
la cuadra, mientras el _Pizarroso_ sentábase sobre un capacho, junto a
su hermano el _Totovías_, un viejo enjuto y grave que entreteníase en
hacer tomizas para los usos domésticos, mientras el porquero, un rapaz
greñudo y andrajoso, contemplaba con famélica expresión, desde la
puerta, la gran olla que hervía sobre las enormes trébedes de hierro en
la chimenea.
--Y ¿qué es lo que dicen el _Rumboso_ y el _Pastañeta_? ¿Tantas cosas
teníais que contaros, que si se entretienen ostedes una miaja más
volvéis tóos a vuestras casas con barbas corrías?
--Y dale, mujer, dale, no seas asina; si me he entretenío ha sío por
decirle al Rumboso con toas las veritas de mi alma y con tó mi metal de
voz: «¡Ole con ole por los hombres machos con toas las de la ley!» ¡Vaya
si es una prenda el viejo! ¡Y con un corazón más grande que una cantera!
--Y eso ¿poiqué? ¿Te ha regalao alguna vestiura pa el _Corpus_?
--No, señora, que lo que ha jechito vale más que tó eso; el _Rumboso_ ha
puesto esta tarde su bandera en lo más artico del monte.
--No es una noveá en él; ¡ese es de los que siempre se la han
traío!--exclamó con voz gutural el _Totovías_--pero, a la fin y a la
postre, dinos ya lo que ha jecho, que la olla mos espera gruñe que te
gruñe.
--Pos ha jecho lo que sus voy a contar. Figúrense ostedes que Rosalía,
la del cortijo de la _Embocaura_, que es un pasmo de bonita y que tié un
cuerpo que es una parma...
--¡Una parma! Un parmito, ¡más ropa que carne!--dijo con tono desdeñoso
la tía Tomasa.
--¡Eso ya sus lo dirá el _Pastañeta_ cuando se case con ella!
--¡Pos no estás tú mu atrasao de noticias! Rosalía ya no se casa con el
_Pastañeta_, poique se le ha cruzao en el camino ese que dices tú que es
una prenda.
--A eso voy, mujer, a eso voy; es mu verdá que el _Rumboso_ se le cruzó
en el camino, y que, como el hombre tié más fanegas de tierra que
nosotros abejas en los panales, al padre de la Rosalía, que es un
agonioso, la avaricia se le puso de pie, y cogió a su hija y le dijo que
como gorviera a mirar a _Toñico_ les iban a caer cataratas en los ojos a
dambos, y que era menester que se pegara manque fuera con liria una
sonrisica en los labios pa cuando hablara con el viejo; y la muchacha
no entendió de chiquitas, y cuando se le puso a tiro el _Rumboso_ se le
echó a llorar, y le dijo que lo que quería jacer con ella era una
picardía; que ella no podía peinarse ni despeinarse en el mundo más que
pa su _Toño_; y tan y mientras ella le decía esto al señor Juan, el otro
andaba diciéndole a grito pelao a tó el que lo quería oir que no había
de parar hasta sembrarle al viejo una almáciga de plomo en el corazón, o
el jierro de su cuchillo en la mismísima boca del estómago.
--Y eso era lo que se merecía por dir a meter la pata en unos güenos
quereles, valiéndose de que el padre de Rosalía es un «tó pa mí» de
cuerpo entero y _Toño_ es un probetico desmamparao.
--Tú no estás bien enterá, Tomasa; en estas cosas sa menester ajondar pa
verles el fondo. Cuando el hombre se prendó de Rosalía, cuasi naide
estaba enterao de esos quereles, poique se querían de contrabando; y lo
que pasó fué que el _Rumboso_, que jacía ya cinco años que no veía a la
muchacha, se la topó una tarde en el pueblo, y al hombre se le
reverdeció la sangre, y el hombre está más solo que una esparraguera, y
la zagala es güena y es bonita, y el hombre no sabía na de sus amoríos;
y cuando el hombre se enteró, ya él le había hablao al de la
_Embocaura_, y ya el _Pastañeta_ andaba de atajo en atajo aconsejándole
que se pusiera bien con Dios y que jiciera testamento.
--¿Pero es que no vas a acabar nunca? ¡No ves que se va a pegar la olla!
--Ya arremato. Pos bien, esta tarde, miajita antes de que yo llegara, el
_Rumboso_, que iba pa el lagarillo del _Zegrí_ montao en su
_Ceniciento_, que es un jaco que vale un millón, al dir a dar la vuelta
al olivar del _Tardío_, se topó manos a boca con el _Toño_, que estaba
acechándolo entre las pitas de la linde.
--Naturalmente, al echárselo a la cara, el señor Juan se comió la
partía, poique estaba al cabo de la calle en lo tocante a las bocanás
del otro; pero el hombre, que es prudente, se jizo el lila, y no hubiera
chistao tan siquiera si el otro no se le hubiera atravesao en el camino,
con la escopetá montá en la mano, diciéndole que se apeara pa hablar de
la Rosalía.
--Y miá tú lo que son las casolidades; en aquel mesmísimo momento
desemboqué yo en la encrucijá, poique esto que yo sus he contao, esto lo
sé yo por boca del _Rumboso_.
--Y no acabarás, y la olla gruñe que te gruñe.
--Ya acabo, jambrón, ya acabo. Pos bien, yo, al ver aquello, miré por si
encontraba un boquete por donde colarme, pero el señor Juan, al verme
llegar, me gritó riéndose:
--No te vayas, _Pizarroso_, no te vayas, que me conviene que veas la
corría.
Y diciendo esto, saltó en tierra con la misma agiliá con que yo saltaba
en mis moceáes, y endispués de jecharle las riendas sobre las crines al
_Ceniciento_, le dijo a _Toño_ al mesmo tiempo que se iba pa él:
--A ver si bajas ese juguete, chaval, poique si se te va el tiro y güelo
la pólvora, no vas a volver a estornuar en toa tu vía.
--Coja osté la suya, mostramo, cójala osté, poique esta tarde me queo
con osté, u osté se quea conmigo.
Y esto se lo decía el _Pastañeta_ reculando, jaciéndole puntería, con la
cara del color de la gayomba y con los ojos espaventáos.
--¡Yo qué he de quearme contigo! Yo no mato volantones.
--No se acerque osté, y coja osté su escopeta; mire osté, mostramo, que
hoy le jago yo a osté yesca el pecho.
Y entoavía no había arrematao de icirlo, cuando le dió gusto al deo, y
¡pum! ¡vaya un berrío que dió la vizcaína!
--¿Y qué, encarnó?
--Un plomo en un brazo na más, un plomo perdiguero; pero, camará, yo no
he visto hombre más vivo ni más bravo que el _Rumboso_; entoavía no se
había arrematao el estampío, cuando la escopeta de _Toño_ y el cuchillo
que éste había sacao estaban en la cuneta, y _Toño_ en el suelo, sin
poer mover un remo, tan y mientras el señor Juan le dicía con acento
enfureció:
--Eso que tú has jecho no se jace; los hombres no pelean sino como Dios
manda; ¿y si yo ahora te diera lo que te mereces?
--Démelo osté; máteme osté, mostramo; máteme osté, poique si hoy me ha
faltao la puntería otro día me pué no faltar...
--Anda y alevántate y vete, y otra vez no jechas tanta pólvora, poique
con tanta pólvora no se le da un tiro a un cerro.
Y diciendo esto, él mesmito alevantó al _Toño_, y le volvió las
espaldas, tan tranquilo como si detrás tuviera una pareja de la
benemérita.
--¿Y el _Pastañeta_?
--Pos el _Pastañeta_ se queó mirándolo y mirándome como atontao;
endispués recogió la escopeta y el cuchillo, y de pronto, cuando ya el
_Rumboso_ iba a montar, tira la jerramientas y se va pa el viejo, y baja
los ojos, y le dice como si de pronto se hubiera vuelto tartamúo:
--Mostramo, perdóneme osté; pero yo estoy loco, yo estoy desesperaíto;
yo soy un probe, yo no tengo más calor en el mundo que mi Rosalía, y
quitarme a mí mi Rosalía es sacarme el corazón del pecho, y es darme
garrote vil, y es...
Y al decir esto se le llenaron los ojos de lágrimas como puños; y miren
ustedes, a mí también se me mojaron las parpagueras, poique la verdá es
que aquello lo dijo el mozo de un móo... Ya ven ostedes cómo lo diría,
que el _Rumboso_ le tendió la mano y le dijo:
--Pedazo e bruto que eres, ¿poiqué no has hablao asín antes? ¿No
comprendes tú que desde el punto y hora en que tú quisiste que me fuera
a rumbo de valentía, yo no podía dirme, y que necesitaba antes de dirme
probarte a ti y a tó el mundo que me iba poique me daba la gana, poique
yo no le hago a naide estorsiones, y además que yo no estoy tan loco que
quiera casarme con una jembra prendá de otro hombre? ¿Tú no comprendías
eso, peazo de bruto que eres, tú no lo comprendías?
Y ná, que se dieron las manos, y que se fué _Toño_ y que yo acompañé un
ratico al _Rumboso_ y que me he venío tó el camino diciendo: «Ole con
ole por los hombres machos con toas las de la ley», y lo he venío
diciendo con tó el metal de mi voz y con toas las veritas de mi alma.
Y momentos después humeaba el sabroso contenido de la olla en el enorme
barreño donde la hubo de volcar la tía Tomasa, y sentábanse todos
alrededor de la reducida mesa, a la oscilante luz de un enorme candil
suspendido del alero de la chimenea, donde entre ramos de verde romero
brillaban, como si fuesen de oro, las grandes calderas y los limpísimos
peroles.
Fuerte como la muerte.
(PEDRO MATA)
FUERTE COMO LA MUERTE
De pie, con las manos en los bolsillos, frente a la luna del escaparate,
estuvo largo rato mirando, vacilante y perplejo, sin acabar de
decidirse. Se decidió por fin.
--A ver, ese collar... ¿Me hace usted el favor?
Un dependiente le sacó del escaparate y le extendió en el mostrador
sobre un retal de terciopelo azul. El le examinó detenida y
minuciosamente.
--Sí, está bien... es bonito. Me gusta; ¿qué vale?
--Para usted 1.200 pesetas.
--¿Precio fijo?
El dueño de la tienda intervino.
--A un cliente como usted, don Joaquín, no se le pide en esta casa más
que lo justo. Es usted bastante inteligente para que haya necesidad de
hacer el artículo. De todos modos, usted se le lleva, le manda tasar, y
con arreglo a la tasación me da usted lo que guste.
--Es que, además, no las llevo encima.
--Usted se pasa por aquí cuando quiera. No hay prisa ninguna.
Salió muy contento, satisfechísimo de la compra. Llegó a casa, y en la
misma puerta preguntó a la doncella que le salió a abrir:
--¿Cómo está la señorita?
--Bien; muy tranquila toda la tarde. Hace poco se quedó dormida.
Entró de puntillas en la alcoba y dilatando las pupilas para orientarse
bien en la penumbra llegó pausadamente hasta la cama y se inclinó sobre
la enferma. Al roce imperceptible de la ropa, Paulina abrió los ojos.
--Creí que dormías.
--No.
--¿Cómo estás?
--Parece que mejor. No tengo fatiga. He podido descansar un ratito.
--Naturalmente, mujer, y te pondrás muy pronto buena. Roldán me dijo
ayer que estás en franca mejoría. Lo que hace falta es que no seas
aprensiva, que te animes. Es necesario que pongas de tu parte un poquito
de buena voluntad.
--¡Voluntad! ¡Ay, si con la voluntad se pudiera vivir!
--Vamos, no seas tonta; no quiero verte así.--Dió luz al globo de
cristal que colgaba sobre la cabecera y se sentó en el borde de la
cama.--Te he comprado una cosa, una sorpresa, ¿sabes? ¿Qué me das si te
gusta?
--Pobrecita de mí, ¡qué quieres que te dé!
--Un poco de alegría. Yo con verte reir tengo bastante.--Sacó el estuche
del bolsillo y la entregó el collar. Ella, al verle, dió un grito de
contento y lo cogió con sus manos febriles.--¡Ay, qué lindo! ¡Qué
bonito!... ¡Qué cosa más preciosa!--Mas en seguida, con una brusca
transición, cambió de tono:--Pero, ¿por qué haces esto? ¿Por qué te
gastas el dinero en esto? ¡Yo para qué lo quiero, si no lo he de lucir!
--¿Que no? En cuantito que te pongas buena.
Y como ella moviese la cabeza con ademán de desaliento, agregó
vivamente, temblorosa la voz de amor y de ternura:--Tontina, si no
creyese que le ibas a lucir, ¿te le compraría? Ven acá, te le voy a
poner. Verás qué lindo.--Y, en efecto, él mismo se lo puso, cerró el
broche y fué a buscar un espejo para que se mirase.--¡Eh! ¿Qué tal?
--Muy lindo.
Acodada sobre las almohadas, el espejo en la mano, se estuvo
contemplando mucho tiempo. Separó con los dedos algunos bucles
desrizados que le caían sobre la frente y se mordisqueó los labios
exangües y descoloridos.
--¡Qué pálida estoy!
--Es la luz, nena.
--Por Dios, no digas... Estoy horrible. Parezco una muerta.--Dió un gran
suspiro, tiró el espejo y se dejó caer sobre la almohada.--Estoy muy
mala, Joaquín. Vosotros no me queréis creer, no me hacéis caso y yo
estoy muy mala.
El, conmovido, la miró en silencio. Luego, de pronto:
--Oye, está una tarde magnífica; no hace nada de frío. ¿Quieres que abra
un momento el balcón?
--Sí, abre un poquito, para que se ventile. Huele mal, ¿verdad?
--No, nenita, no es eso. No huele más que a etilo, y ya sabes que a mí
este olor no me disgusta. Me sabe a plátanos y a ilang-ilang. Era para
fumar un cigarro.
Para fumar un cigarro y para que ella no viese que las lágrimas le
llenaban los ojos. Cruzó el gabinete, abrió el balcón y se acodó en la
barandilla. Sobre la línea recta y dura de los tejados de la casa de
enfrente, la tarde comenzaba a morir en un crepúsculo de color de malva
de una diafanidad imponderable. A lo lejos, por el andén del bulevar,
unas niñas venían cantando enlazadas del talle. Ennoblecida por la
distancia, sonaba la canción melancólica y triste:
--¿Dónde vas, Alfonso doce,
dónde vas, triste de ti?
--Voy en busca de Mercedes,
que ayer tarde no la vi.
La canción infantil se metió como un puñal en su corazón dolorido.
También él, dentro de poco, no vería más a su Paulina. ¡Qué horror!...
¡Qué pena! Morir en plena juventud, cuando con más ansia se ambiciona la
vida... Morir a los treinta años, ¡tan bonita, tan buena, tan adorada,
tan feliz!... Alzó los ojos, y turbios de llanto los clavó en la
serenidad del crepúsculo.--¡Señor, Señor, qué te hemos hecho para que
nos trates así! ¡Por qué no me eliges a mí y la salvas a ella! ¿Por qué
te complaces en segar las vidas en flor?