sus oraciones, elevaba a Dios la misma súplica. Mas Dios no la atendía.
El, a pesar de sus cincuenta años, de su vida de luchador, ajetreada y
dura, cada vez estaba más fuerte, más robusto, más lleno de salud; y, en
cambio ella, la pobre nena, rodeada de lujos y de comodidades, mimada y
consentida, tenía en el pecho un corazón que no servía para nada, un
corazón inútil que se iría a romper cualquier momento como una figurita
de biscuit. Los médicos se lo habían dicho leal y rudamente. Todo es
inútil. No se puede hacer nada. No queda más que resignarse y esperar.
Y así llevaba esperando dos años, viéndola vivir artificialmente a
fuerza de tónicos y cordiales; asistiendo impotente a los tremendos
ataques de disnea; contemplando con horror cómo aumentaba la hinchazón
del cuerpo, cómo se embotaba la sensibilidad, cómo se abría la piel en
llagas espantosas. Así llevaba dos años, rodeándola de cuidado y de
mimo, concretado exclusivamente a ella, siempre vigilante y atento para
hacerle las horas agradables, el ambiente propicio, para apartar de la
tristeza de la alcoba todo lo que pudiera ser emoción violenta y
sensación desagradable, y, sobre todo, para infiltrar en su alma, día
tras día, con tenacidad piadosa, el engaño sutil de una mentira que ella
se negaba a aceptar.--No, Joaquín, no; yo estoy muy mala. Estoy mucho
más mala de lo que creéis.
Unas voces argentinas que sonaban en la alcoba le trajeron a la
realidad. Eran los nenes, que habían vuelto del colegio y entraban a
besar a su madre. Joaquín cerró el balcón y fué a verlos. Joaquinito, el
pequeño, se había encaramado y trepaba gateando por la colcha arriba.
Luisita, la mayor, jugaba con las cuentas del collar.
--¡Qué bonito! Dí, mamá, ¿te le ha traído papá?
--Sí, ángel mío.
--¿Y a mí no me ha traído ninguno?
Paulina alzó la mano y sus dedos hinchados y torpes acariciaron los
cabellos dorados de la niña.
--No te ha traído ninguno porque éste es para ti. Para ti, ángel mío. Tú
le llevarás cuando yo me muera.
--Bueno; pero como tú no te vas a morir...
Ella no contestó. Un gesto doloroso crispó toda su cara, y se le
llenaron de lágrimas los ojos. Joaquín cogió a los niños y los puso
dulcemente en el pasillo.
--Id a la cocina y decid a Juana que os dé de merendar.
Luego, al ver que Paulina seguía sollozando:
--Pero, nena, por Dios, no seas así... no te pongas así... ¿No
comprendes que te perjudicas? Te excitas, te emocionas, viene la fatiga
y...
Paulina seguía llorando. Se inclinó sobre ella y la besó en los ojos con
caricias de inefable ternura.
--Mi nenita... ¡mi nena!... Vamos, ¿lo ves?... ¿Lo ves?... ¡Si ya lo
sabía yo!
Fue tremendo el ataque; tan violento que, a pesar de estar él
acostumbrado a presenciarlos, hubo un instante en que perdió la
serenidad y se asustó, creyendo que era el último. Afortunadamente, la
digital y el cloruro de etilo surtieron sus efectos, y el ataque pasó;
aclaróse la vidriosidad de las pupilas; cesaron las violentas sacudidas
crispantes, los saltos descompasados del corazón y el ronco silbar de la
garganta. Quedóse de cara a la pared, bañada en sudor, aniquilada,
destrozada, rendida. El, conmovido, la miraba en silencio. Luego, al
cabo de un rato:
--¿Quieres que te quite el collar? Te molesta, ¿verdad?
Pasó dulcemente una mano por debajo del cuello y desabrochó el cierre.
Al ir a retirarla, sus dedos tropezaron debajo de la almohada con una
hoja de papel. La cogió inconscientemente, sin darse cuenta. Ella no se
movió. Fué al gabinete a dejar el collar y, por curiosidad, miró el
papel: medio pliego de cartas escrito con lápiz.
«Mi alma:
Una convulsión nerviosa le cerró los ojos.
Los volvió a abrir.
«Mi alma: Te escribo estas dos líneas aprovechando un momento en que me
dejan sola. Estoy muy mala. Sé que nunca más me volverás a ver. Esta es
la única pena que tengo: morirme sin...»
No decía más.
Se llevó una mano a los ojos y con la otra se apoyó en una silla, porque
todo su cuerpo vacilaba. Así estuvo mucho tiempo, mucho. Luego,
lentamente, volvió a la alcoba. A medida que avanzaba hacia el lecho, se
le aceraban las pupilas y las manos se le crispaban como garras de
presa; tremolaron un segundo sobre la cabeza de Paulina y en seguida se
estrujaron, enlazadas con ademán de desesperación y de impotencia. Ella
no se había movido. Dormía dulcemente, reposadamente.
De pie junto a la cama, la miró largo rato. Al suave resplandor del
globo azul colgado de la cabecera estuvo contemplando los bucles
desrizados y marchitos, los párpados translúcidos, las ojeras amoratadas
y profundas, los labios secos, incoloros y exangües; las manchas
cárdenas de la piel, lustrosas aun de sudor. Una carcajada infantil
resonó en el pasillo, y pasaron los niños retozando.
Abrió muy despacio la puerta y, con ademán imperioso, les impuso
silencio:
--¡Chisss...! Mamá está dormida. No hagáis ruido.
* * * * *
Errores corregidos por el etext transcriptor:
gritando:--«No;=> gritando:--«¡No; {pág 30}
sobre esta roidlla=> sobre esta rodilla {pág 21}
»Oh, Dios mío!=> »¡Oh, Dios mío! {pág 28}
limpia de pelo las otras=> limpias de pelo las otras {pág 35}
la senda de sus sueños.=> la senda de sus sueños! {pág 67}
ESCENA IX=> ESCENA IV {pág 71}
en tus presencia=> en tu presencia {pág 72}
La nadre y la hermana=> La madre y la hermana {pág 91}
Ah, en cuanto a eso sí.=> Ah, en cuanto a eso sí! {pág 105}
yo padre y tu madre=> yo padre y tú madre {pág 108}
quien su padre recomendaban el cuidado=> quien su padres recomendaban el
cuidado {pág 128}
encueros vivos=> en cueros vivos {pág 128}
brillaban las gusanos=> brillaban los gusanos {pág 162}
La epopeya de una zíngraa=> La epopeya de una zíngara {pág 165}
fué lllamada=> fué llamada {pág 224}