tan sabiamente en el redondo seno.
De orgullo le supongo y gozo lleno
por la preciosa suerte que le cupo.
Es flor de tal jardín, él es el astro,
astrolabio, astro mago, guía y norte
de esa esfera de amor. ¡Oh rey sin corte!
Planeta de ese cielo de alabastro.
Atrae por quemar. Fuego de Neso.
Imán de la mirada. Imán del beso.
Para encender los labios con su llama,
y que la apague al recibirlos luego,
lago que apaga de la antorcha el fuego,
los verdes ojos de la rubia dama.
No apercibióse Guzmán de la turbación que disimulaba en cuanto podía don
Diego, según avanzaba él en el declamado de los versos, que a bien que
él pensaba decirlos a un caballero mancebo para diversión, y no que
caían en los castísimos oídos de una noble doncella. Así al terminarlos
y recibidos plácemes por su arte de bien decir, fué requerido el de
Zúñiga para recitar a su vez. Era éste grave aprieto para la dama; pero
cediendo a la fatalidad de la ocasión, hubo de decir con voz algo
turbada, pero suave y cristalina, esta canción que recordaba:
CANCION
Amor de yo no sé dónde.
Pasión de yo no sé cuándo.
¡Qué necio es lo que se esconde,
si el alma lo está buscando!
No el severo pensamiento
me distraiga de mis cosas.
¿Acaso medita el viento,
y acaso piensan las rosas?
Viva la bella locura
que habla al sol en la pradera,
y corre por la llanura
cabalgando en la quimera.
El sol que en la tarde muere
vuelve a nacer otro día.
Quien de nosotros muriere
a nacer no volvería;
día en que no hemos amado,
día es que habremos perdido.
¡Oh, amores que ya han pasado,
y amores que aun no han venido!
Llegue a leer tu mirada
mi dulce libro secreto.
Sin ti la vida no es nada.
¿Qué sería el Paracleto
sin Heloísa? ¿Qué fuera
Valchiuso sin el Petrarca?
¿Por qué la encantada barca
en vano en el lago espera?
¿Para quiénes la ribera
tiene su sombra y su flor?
Jardines de primavera,
¿qué seréis sin el amor?
Hubo de comprimir un suspiro el ficticio don Diego al terminar la
relación, y apenas supo dar las gracias por las albricias que le daba el
de Guzmán, encantado por el modo con que había sido dicha la canción.
Entretuviéronse departiendo sobre otros puntos puestos de codos sobre la
abierta ventana, mientras abajo proseguía el eterno coro de todos
tiempos y países. Los criados hablando mal de sus amos y del gobierno de
la república, y las mujeres mordiendo en las honras de las vecinas y las
vidas de las amigas ausentes. Que no hay Trajano que no sea Calígula
para la gente lacayuna, ni dama que no sea liviana para las mujeres que
por los años no pueden ya valerse de sus donaires, y por su
desabrimiento no llegaron a doctorarse de alcahuetas en las academias
del amor.
Al caer de la tarde, don Miguel fué a buscar al que para él seguía
siendo don Diego, y requirióle para dar un paseo por las afueras de la
ciudad, que con aquel otoño tan dulce eran de una amenidad
extraordinaria. Hizo don Diego esfuerzos para serenarse, y cuando
departían bajo de una frondosa olmeda, don Miguel, asustando a su
interlocutor con tal comienzo de discurso, hubo de decirle así. Lo que
le dijo verán los curiosos ojos que pasaren a la segunda parte de tan
certísima historia.
SEGUNDA PARTE
SÍGUESE REFIRIENDO EL PEREGRINO SUCESO DE LA ENAMORADA INDISCRETA, QUE
TAMBIÉN FUÉ LLAMADO DEL PELIGRO EN LA VERDAD.
--Quiero, amigo don Diego--empezó diciendo el de Guzmán--, ya que sois
el único que por ahora tengo en esta ciudad, daros cuenta del propósito
de mi viaje y razón de mi llegada a estas tierras. Habéis de saber que
he venido a celebrar mis bodas, a las cuales os podéis tener por
natural convidado; pero os ha de asombrar el saber que no he hablado
nunca con mi esposa, que así puedo llamarla, y que quiero probar la
condición de su carácter, aunque ya conozco la de su continente.
--¿Ya la habéis visto?--preguntó casi temblando don Diego.
--Cierto que sí, y vos también. ¿No recordáis aquella joven del azor que
vimos pasar por delante de la catedral? Pues esa es, la hija de Leonardo
Aldobrandino, primate de este ducado.
Creyó don Diego que su amigo se chanceaba y acabaría por darle vaya y
declarar que eran sus palabras burla de pasatiempo; pero tal insistió,
refiriéndole la historia que ya conocemos, que don Diego felicitóle, el
rostro demudado y casi balbuciente el habla.
--Murió mi padre hace tres años--concluyó don Miguel--y he venido yo
solo a cumplir el pacto, si en ello no va nada, como espero, contra el
lustre de mi raza y la honra de mi persona. Para mis planes necesito de
vos, caballero don Diego, pues desde luego he descubierto en vos una
gran nobleza, y serviréisme, procurando ser visto de la hija de
Leonardo, después que yo haya llegado a ella, aunque sin descubrir quién
soy. Si ella sabe rechazar toda pretensión que no sea la de ver a su
esposo de Indias, a quien debe esperar fielmente, será mi esposa. Pero
si no sale triunfante de la prueba y tiene a los galanteos la
inclinación que otras muchas jóvenes italianas, no será ella quien venga
conmigo a mi palacio de Sevilla.
De tal modo insistió don Miguel, que logró que don Diego aceptara la
misión, y algunos ricos trajes y preseas para el atavío de su cuerpo,
que eran muy de menester para el intento. Y aquella misma noche unos
músicos colocados bajo las ventanas de Renata, cantaron con meliflua voz
el siguiente:
SONETO
Amor es, Filis, brisa perfumada.
Ola de un mar de encanto. Golondrina.
Es algo que va y viene. Peregrina
canción que en la espesura canta un hada.
Ha tenido el jardín fulgores raros
como luz de un espíritu que pasa,
y ese fuego he sentido que me abrasa
al resplandor de vuestros ojos claros.
La luz y vuestra sombra se perdieron.
Amargura y dolor permanecieron.
Al bosque y a las almas vuelve el frío.
La fuente gime con gemir sonoro.
Llorando está el jardín sus hojas de oro
porque han muerto las flores y el estío.
Era por la mitad del cántico cuando entreabrióse una de las ventanas y
asomó su rostro cenceño la dueña Lisarda, que había sido tercera de los
amores de Leonardo con la madre de Renata, y vivía desde tiempo
inmemorial en la casa. Retiróse en seguida; y al punto muy
discretamente, como niño que teme cometer impertinencia, miraron a la
calle los propios y celebrados ojos de Renata, a quien placía tener por
vez primera música delante de su casa. Pero como Leonardo, que había
salido al palacio del obispo, donde se celebraba un festín, no había de
tardar en volver, Lisarda bajó a decir a los músicos para quien les
enviaba, que su ama se holgaba con su tañido y les agradecía con notable
contento la merced; pero que si el señor volvía y apercibía serenata,
habían de verse en grave aprieto por ser justicia de la ciudad y muy
celoso de la guardia de su hija. Con esto y haber juzgado que para ser
la primera noche habían hecho bastante, retiráronse caballeros y
músicos.
Júzguese el dolor del fingido D. Diego al representar tal papel. Fué tan
grande como la alegría de Renata, al verse regalada y con cortejo. Al
otro día, y por encargo del de Zúñiga, buscó Marcos la traza para hablar
con Lisarda, y su coloquio fué tan sabroso como breve:--Garrido es el
soldado--dijo la vieja al escucharle--, y a fe que si fuera más mozo
pudiera ser el roto de mi descosido. Pero sepa que mi boca es de oro, y
sólo se abre con llave de ese mismo metal, que no quiero comprometerme
de balde con mi señora. Válame Dios.
--Miren el orejoncillo con faldas--contestóla Marcos--que en mi tierra
la hubieran paseado por el Zoco, caballera en un pollino, emplumada y
con coroza, y conocería todas las pencas de la comarca. Y concluyó con
una sarta de pesiatales y de porvidas, con más votos que el altar de San
Blas. Fuése el escudero, y apenas hubo subido Lisarda a la casa, fué
llamada por Renata.
--¿Sabes--preguntóla ésta--quién puede ser uno de los galanes de la
música de anoche?
--Yo tengo, hija mía--repuso la dueña--tan poca vista para la malicia,
que no acierto en esas cosas.
--Pues esta mañana, viniendo de San Lotario, le he visto entrar en la
hostería del Centauro, que no se me despinta su talle con sólo habérseme
aparecido de noche y no haber mirado yo más que de soslayo. Y decirte
quiero, Lisarda, que estoy harta de esperar a ese caballero de Indias,
que me tiene prometido mi padre y también que he soñado con el rondador
de la serenata. No es desagradable tampoco otro caballero que hoy tiene
mi padre convidado, y nos ha saludado esta mañana en la iglesia; pero no
me parece tan amable como el de la hostería. Fuerza es que te enteres de
sus prendas y si es persona de calidad como representa ser.
Aquel día tenía, en efecto, Leonardo convidado al propio D. Miguel que,
sin manifestar su nombre verdadero, se había presentado a él como un
amigo del visorrey y de su hijo, de quien le traía nuevas. Mucho agradó
a Renata la presencia del huésped, así como su cortesanía y discreción;
pero el pensamiento no se le iba del lado de D. Diego, de quien las
artes del Enemigo Malo hiciéronla prendarse muy en malhora. Quiso
Leonardo que su hija regalase al forastero, y la hizo cantar
acompañándose con el arpa, y cantado que hubo, requirió y le fué
concedida licencia para retirarse del estrado. Así que Renata se vió
libre, corrió en busca de Lisarda para hablar con ella de D. Diego con
ese afán de los enamorados que sólo saben platicar de lo que aman.
Preguntóla si había inquirido su nombre y condición, y supo que era un
caballero español que se llamaba D. Diego de Zúñiga, y a lo que la
dijeron viajaba por placer, siendo un mayorazgo muy rico de Castilla.
Esto sabido, su pasión afirmóse al conocer que se trataba de un hombre
principal.
Instigado por D. Miguel vióse D. Diego obligado a enviarla recados y
billetes de mejor gana recibidos que mandados. Y era de ver cómo al
tiempo que crecía el amor de Renata por D. Diego, crecía también la
pasión del falso Zúñiga por el noble don Miguel. Y la dama, oculta bajo
el disfraz de que se había valido para salvar su recato al viajar por
los caminos en dirección al convento en donde se pensaba encerrar,
lloraba cuando estaba a solas, y para salir de tan anormal situación
unas veces se determinaba a presentarse con el traje de su sexo al de
Guzmán, y otras decidíase a partir para Mantua sin despedirse del
caballero que inocentemente hacía tal estrago en su espíritu, siquiera
fuese el suyo el honesto amor que cumplía a una joven dama principal y
cristiana como ella era.
Tenía dispuesto el duque de Ferrara en sus bellos jardines una fiesta de
noche, para honrar una embajada de la magnífica señoría de la república
de Venecia, y había de ser de un fausto tal como era tradición en los
sucesores de Alfonso de Este, _divi Hércules filius_. Como era natural,
tenía parte principal en ella Renata como sobrina del senescal, y
Aldobrandino, sin saber que con ello honraba al que debía ser su yerno,
invitó a D. Miguel a que fuera parte de la misma y de una comedia que
allí había de hacerse. Dió cuenta de esto el de Guzmán a D. Diego, y a
poco recibía el falso Zúñiga una esquela de Renata con cita en los
jardines ducales la noche de la fiesta.
Magnífica como el señor que la dispuso, era ésta que animó los vergeles
señoriales. Percibíase, llegando a ellos, un grato y apacible sonar de
músicas, y apercibíase en entrando una muy notable frecuencia de
caballeros y de damas que discurrían y departían, placíanse con el
tañido y holgábanse con danzas de ceremonia y otros varios deleites.
Siendo grande la frondosidad de la arboleda, toda ella ardía con
profusión de luminarias, y era de ver cómo rutilaban las piedras
preciosas sobre los brochados de los trajes, y cómo los blancos chapines
de seda de las damas constelados de diamantes semejaban albas flores
cubiertas de rocío sobre el verde de la pradera.
Aquellos días celebrábanse de continuo fiestas de estafermos y corríanse
sortijas, habiendo justas como otras célebres que hubo en Castilla,
tales como el paso honroso del caballero Suero de Quiñones en Medina del
Campo, y el otro con que le imitó honrando la embajada del duque de
Bretaña el muy magnífico señor don Beltrán de la Cueva, duque de
Alburquerque, conde de Ledesma, vizconde de Huelma, señor de Mombeltrán,
y de La Adrada de Cuéllar y de Roa, ejemplo de validos y espejo de
caballeros leales a sus reyes.
Abríase en el centro de los jardines una amplia plaza bordeada de
álamos, cubiertos sus añosos troncos con túnicas de hiedra; nobles
estatuas alzábanse también allí, y el suave musgo vestía de verde
terciopelo las figuras del mármol. Corriéronse en tan bello lugar unos
anillos a la luz de las antorchas y fué triunfante un caballero milanés
que se llamaba Leonelo Sforza, y era hijo del esclarecido linaje que
llevaba ese nombre preclaro. Traía el vencedor en la muñeca izquierda un
brazalete como de hierro y en el cual eran grabadas las palabras de su
mote, que también llevaba en el gallardete de su lanza. Lema lleno de
poesía y donosura, que decía así: _Galeote soy de amor_.
Fué a ofrecer su galardón a una dama que se hallaba justamente al lado
de Renata y se llamaba Laura de la Rovere y era de familia de donde han
salido pontífices romanos. Algún disgusto tuvo la vanidosa Aldobrandino
al no verse favorecida, pero ningún desabrimiento había aquella noche en
la fiesta como el del desdichado don Diego, que tan mal de su grado la
presenciaba.
Siguióse una danza de salvajes, y a ésta otra en que la comparsa
vestíase a la usanza de los antiguos legionarios romanos. Apartáronse
luego en dos filas los bailarines y salieron del boscaje unas gentiles
amazonas que hubieran sido envidia de la propia Pentesilea y cabalgaban
sobre cándidas hacaneas cubiertas con gualdrapas. Traían una aljaba a la
espalda y blandían el arco en la diestra, disparando sus flechas hacia
lo alto de los árboles. A ellas seguían unos lacayos que conducían sobre
parihuelas de plata diversos cuerpos de toros con sus cuernos y sus
cascos dorados, y todos ellos cubiertos de guirnaldas, y con gran
concurso de frutas confitadas. Era este el anuncio del festín que se
siguió y fué tal como los opulentos de las nupcias de Beatriz de Avalos
con el magnífico Juan Jacobo Trivulzio, y las de Violante Visconti con
el duque Lionel de Inglaterra.
Finó el banquete, mas no se crea por eso que tuvo su punto la función.
Diéronse varios vítores a la embajada veneciana, y luego unos como
líctores comenzaron a decir: «¡Viva el duque muchos, y buenos, y largos
años con triunfo sobre sus enemigos!» Y el cardenal de Giudice, que
presente se hallaba, dijo después: «Loado sea Nuestro Señor; que nos da
tal señor.» Todos cuantos habían sido parte en el festín pusiéronse muy
luego en marcha a otro lugar, pues que la noche y los jardines daban el
tiempo y el espacio suficientes para que la fiesta continuase. Dió todo
aquel senado en una pradera donde había dispuesto un estrado para que
unos muy ilustres histriones representasen farsas divertidas y amenas.
No era ciertamente nada de amena y divertida la farsa que tocaba
representar a D. Diego, que tenía su pensamiento allí donde pusiera su
ánima cuitada.
Comenzóse la representación por una loa que se titulaba _El triunfo de
la prudencia_. Era en tal alegoría la señoría veneciana como Mentor del
país italiano a quien se hacía pasar por Ulises. La urdimbre era
sencilla y agradable, y todo aquel artificio con muy singular acierto
tramado. Hacíase después un paseo de comedias que era llamado así: _Gran
caudillo es el amor_. Bello poema donde el poeta ponía en su fábula
verdades de la vida. Era aquí donde había sido rogado D. Miguel por
Aldobrandino que, tratándose de una persona principal y muy versada en
letras italianas, tomase un papel. Eran los personajes de la acción:
Ricardo y Cardenio, caballeros; Lucrecia y Beatriz, damas; Hipólita,
dueña, y Pánfilo y Doroteo, criados. Fingía Renata la parte de Beatriz,
sin saber que en aquel Cardenio que era su galán en la comedia,
escondíase su prometido esposo verdadero, tan bien esperado como mal
recibido.
Fingíase en aquel paso que todas las damas habían movido una cruzada
contra los caballeros todos para vencerles el desamor, pues no los
consideraban suficientemente rendidos a su albedrío, y valiéndose de
armas para su intento, habían usado primero de la tiranía de la soberbia
con que sólo consiguieron un desdén uniforme. Buscaron luego mejor
general para su causa y dieron en encontrar al amor que muy luego
sirvióles aunque siendo igual que fuerte veleidoso hubo de traicionarlas
haciéndolas a la postre esclavas de aquéllos a quienes intentaron
rendir. Era bella la traza y hábilmente parlada, que bien mostrado lo
sutil del ingenio que la había compuesto y debía de ser un poeta que no
cediera en elegancia al mismo Fracastor.
Trasládase aquí un retazo de escena, porque el interés que movió en el
senado que la escuchaba y hasta nuestro propio deleite nos lo ordenan.
Hallábanse en medio de un boscaje el caballero Ricardo, que era príncipe
de Inglaterra, y la dama Lucrecia, que era duquesa de la Italia, y así
decían sus decires:
RICARDO
¿Seréis esquiva dama menos gradescida que las flores? Ved que ellas de
todos codiciadas no apartan el tallo de su rama cuando alguien quiere
gustar de su fragancia, y aun besarlas como a labios de hermosas.
LUCRECIA
Para vos, caballero Ricardo, las flores todas de mi jardín, menos una.
Sabedla ganar y serán sus hojas labios para vuestros labios. Vos os
llamáis Ricardo. Así se llamaba vuestro rey Corazón de León.
RICARDO
¿Queréis, dama Lucrecia, que vaya a Palestina? Yo rescataré el sepulcro
de Cristo, y traeré para que adornen vuestros chapines las gemas que
adornan el turbante del señor soldán de Babilonia.
LUCRECIA
¿Vos no sabéis la historia de la Tabla Redonda?
RICARDO
El rey Artús era mi abuelo.
LUCRECIA
Aún me parece a mí poco linaje el vuestro. No vayáis a Tierra Santa,
pero traedme la copa donde bebió Nuestro Señor en su última cena. Está
tallada en una piedra que saltó de la diadema del demonio. Guardóla el
rey Titurel de Anjous con unos bravos caballeros, y otro caído en
liviandades la perdió. Rescatóla el príncipe Parcival, padre del
caballero Lanzarote del Lago. Ricardo, la noche de nuestras bodas,
quiero que bebamos licor de la vida en ese cáliz. Ricardo, id al
Monsalvato y traedme al Santo Grial.
RICARDO
Rebosante de sangre de emperadores adversos, y de vino de las vides de
Chipre. Inerme acudiré. Rendiros he mi espada.
(Aquí desceñíase la espada del tahalí, la cual era recibida por
Lucrecia, que besaba su pomo.)
LUCRECIA
Beso este oro donde tantas veces puso sus manos el valor.
(Soltaba la espada de improviso y daba un grande grito.)
¡Mal cuitada de mí! Aspid, escorpión o saeta. No era espada, que era
dardo de amor. No os partáis de mi lado. Para vos, caballero Ricardo,
todas mis ofrendas y todos mis sacrificios. No temáis que el viento os
aparte la rosa de la rama.
RICARDO
¡Ay, el viento de la muerte!...
LUCRECIA
No le temáis; mucho peor es el viento de la vida para arrebatar amores.
Pero yo soy eternamente para vos. Tomadme, Ricardo. Vuestra es la rosa.
Tomadla antes que la agosten los soles, la marchiten las lluvias y la
arrastren deshojada los vendavales.
(Y se oía tras el boscaje una suave música, y se corría un rico tapiz
sobre el estrado.)
Pareció notablemente bien la comedia al concurso y todos la loaron
sobremanera. Sólo D. Diego padecía después de haber visto en una escena,
juntos al noble don Miguel con la desenvuelta Renata. Y fué más, para
aumentar su enojo, cuando vió a Lisarda, la dueña, que cautelosamente se
le llegaba y ponía en sus manos un billete, diciéndole en él Renata que
si quería platicar con ella, la vieja le daría la llave de una puerta
secreta de su casa, por donde sin ser notado, podía con toda seguridad
llegar a su aposento y salir del mismo modo. En poco estuvo que D. Diego
no pusiera entonces punto a la enfadosa historia en que estaba metido;
pero por servir en algo a D. Miguel, a quien tan rendido estaba su
verdadero ser, se dispuso mal de su grado a continuarla, aceptando de
manos de la dueña la llave prometida. Terminóse la fiesta con grande
algazara de pífanos y otros instrumentos, que recorriendo los jardines
mostraban señal de que la fiesta había dado fin. Y fué de ver el
brillante aparato con que Renata, como correspondía a su alcurnia,
retiróse a su casa en la carroza con su padre, acompañados por dos
jinetes que iban a los estribos con sendas hachas de viento encendidas.
TERCERA PARTE
DASE FIN Y CABO A TAN EXTRAORDINARIA HISTORIA
Habló D. Diego con Marcos al salir del vergel de los duques, y éste
aconsejóle que pusiese cuanto antes término a tan enojosa aventura. Pero
no bien habían andado algunos pasos, cuando Lisarda entregó a D. Diego
un billete en que Renata pedía el hablarle sin falta aquella misma
noche y con grande urgencia. Determinóse don Diego a acudir al
llamamiento con la presteza demandada, y despidiendo a su escudero,
siguió a la dueña, hasta la puerta oculta y la escala secreta. Vióse de
pronto en una estancia suntuosísima con tapices de tan raro gusto y lujo
por las paredes, y muelles escabeles y blandas acitaras que más llevaban
a la pereza que a la diligencia. Un braserillo donde se quemaba canela y
ámbar, hacía oficio de pebetero y aromaba el agradable ambiente.
Levantóse uno de los tapices y apareció Renata ataviada con el mismo
vestido carmesí y la gorguera de batista finísima, y las mismas preseas
que en la fiesta, pues tocábase con la _lenza_, que es como llaman en
Toscana a la diadema que llevan las damas próceres, y traía sobre su
pecho un primoroso cintillo de topacios y de diamantes. Estaba cubierto
el pavimento con una pérsica alcatifa de tal modo, que los perlados
chapines de Renata no movieron ruido ninguno y el absorto D. Diego no
advirtió su presencia hasta tenerla junto a sí. Y fué notable su
maravilla cuando la vió caer de rodillas ante él y con mil protestas y
juramentos solicitarle que sin pérdida de tiempo mostrara a su padre la
calidad de su persona y cómo podía ser digno esposo de su hija, para que
la pidiera en matrimonio. Llegó la desventurada en su desvarío a
pedirle que la llevara consigo a su posada, con lo que por evitar que se
siguiera el escándalo, el mismo padre acudiría con el clérigo para los
desposorios. Y esto decía aquella niña criada con tal cuidado y esmero
en el santo temor de Dios por el más severo y amante de los padres. Que
a tan notables extremos de locura lleva a las criaturas humanas el ciego
amor, ministro del infierno y arma de Satanás.
--Hicierais mejor--le repuso serenamente D. Diego--en amar de lejos, que
las almas que son mariposas de la llama de amor mueren abrasadas en ella
cuando se acercan demasiado.
Arrojóse Renata a sus brazos, y en poco estuvo que el disfrazado Zúñiga
no la mostrara la gravedad de su disparate; pero conteniéndose y dejando
el fin de todo para el siguiente día, desprendiéndose de ella y con la
promesa de volver a la otra noche ganó la secreta escalera y se puso en
salvo.
Apenas tornóse a la posada donde le esperaba D. Miguel, refirióle punto
por punto lo acaecido, haciendo grandes esfuerzos por no declararse a él
como Renata, pues la dama española consideraba todo aquello como una
prueba a que el Señor Rey de cielos y de tierra había sido servido de
someterla en su alta sabiduría. Pero fué grande su espanto cuando supo
que D. Miguel había recibido también un billete de Renata para verla a
la siguiente noche, a hora diversa de la concedida a D. Diego.--¡Ah,
pérfida y malvada mujer--decía el de Guzmán--que así haces aprecio de
las canas de ese noble varón, que es tu padre, y crees que el amor de
los caballeros y el recato de las damas son prendas para juego!--Y luego
continuó más sereno:--Yo te juro que esta vez tu saber ha sido errado, y
que no ha de valerte que sepas tanto de amor como de ciencia doña Oliva
Sabuco, y que has de olvidarla toda muy pronto, así tengas más memoria
que Mitrídates y Scalígero, y en seguida concertóse con D. Diego para ir
juntos a la siguiente noche y confundirla con la lición de la presencia
de ambos a la vez.
Marchóse D. Diego a su aposento, y fuera necio advertir, que no sólo no
pudo conciliar el sueño, sino que ni lo intentó siquiera. Tenía una
grande turbación, que era ese inmenso desasosiego de la mujer
fuertemente enamorada, que lucha porque la color de su rostro y la frase
de su labio no traicionen a su alma.