hombre, por animal que sea. Las tres cosas que pido son éstas: que me
traigan todos los días la primera gallinaza que suelte el gallo al
romper el alba, para hacer un remedio de este dolor de ijares que me
quita el resuello de cuando en cuando; que al que tenga ese querer,
véalo yo una vez siquiera trincar un bocado de hierba sin doblar los
corvejones, ni acularse, ni tenderse; que el tal me dé candela en la
palma de la mano el día de mi santo por la mañana, y esto ha de ser con
sosiego, sin hacer bailes, ni meneos, ni soplar, ni sacudir.
--¿Nada más?
--En eso me he plantao, y ha de ser a lo justo; que ni sobre ni falte.
--Tío Juan, vaya usted preparando el yugo más fuerte que haya en casa,
porque yo me lo echo encima, si Dios no dispone otra cosa.
Y Apolinar salió de allí con la cara radiante, bailándole los ojos en
una ráfaga de alegría loca, y dando al viento como romántica pluma aquel
jirón de telarañas que se pegó en el sombrero.
--¡Troncho, qué suerte! Lucía, me ha dicho tu padre que te vayas
preparando, que tenemos que abrir un surco.
--Qué tonto eres. ¿De qué surco hablas? Me parece que viene su merced
algo repuntado y que el jarro habló más que las personas.
--Te hablo del surco que han de hacer en el mundo todas las yuntas
humanas. Verás qué labor más dulce.
--¡Pero qué borrico te has vuelto!
* * * * *
«La del alba sería» cuando Apolinar acudió solícitamente a su corral sin
quitar ojo del gallo hasta que dió de sí el extraño remedio del mal de
ijares, que en caliente recogió, bien así como si llevase dentro una
preciosa esmeralda. Cumplida por aquel día la primera condición y no
sabiendo qué hacer a tales horas, tan desacostumbradas para su vigilia,
fuése con los cavadores a su majuelo, _a matar el tiempo_ hasta que el
estómago le avisase. Al llegar a la viña, dijo a los jornaleros:
--Vamos a ver, muchachos: un cuartillo de vino hay para quien sin doblar
los corvejones, ni acularse ni tenderse trinque un bocado de sarmientos.
--¿Pero eso qué tiene que hacer? ¡Valiente hombría!
Y cuatro o cinco, los más jóvenes, salieron del grupo y doblándose y
enderezándose, sacó cada cual un sarmiento del modo y manera que los
palomos cogen pajitas para hacer el nido.
--A ver yo...
¡Que si quieres! Cuantas veces quiso probar, dió de cabeza en el montón.
Una risa franca y noblota alegró el majuelo, y hasta el sol de color de
cereza que subía por la cuesta azul parecía una gran cara hinchada de
risa.
--Para hacer eso hay que criar mucha fuerza de espinazo y que las patas
no se blandeen. Es menester cavar viñas y darle al cuerpo buenos
remojones de sudor.
--¿Sí? Venga un azadón. Este no pesa, otro...
Y como general que arenga a sus tropas, dijo, blandiendo el instrumento:
--Hoy seré uno de tantos. Hay que apretar..., y no os compadezcáis de mí
si veis que reviento, porque necesito echar un espinazo que sea a la vez
tronco de olivo y vara de mimbre.
Aquella fué una jornada heroica. Los cavadores, viendo cuán
gallardamente trabajaba Apolinar, mermaron cigarros, ahorraron
coloquios, apresuraron meriendas y sacaron el unto a sus brazos. Al
ponerse el sol, no presentaba aquella cara burlona, henchida de risa,
con que apareció entre las brumas de la mañana, sino otra muy grave,
casi austera, que parecía complacida con la ofrenda del sudor humano que
riega el terrón y fecundiza el mundo.
Al dar de mano, dijo el jefe de la cuadrilla:
--¿No has visto la sementera?
--No.
Y Apolinar sintió una vergüenza muy honda por aquella confesión hecha en
pleno campo.
--Pues, vamos, hombre; hay día para todo. Tengo una disputa con tu primo
Epifanio: él, que lo suyo es mejor; yo, que lo tuyo. Como sementera
temprana, la cebada nos llega a la rodilla; el trigo parece un forrajal.
Y fueron al sembrado, que con su verdor alegraba el alma, y en ella
sintió Apolinar una voz gozosa que parecía brincar en otra mancha verde
y lozana, gritándole: ¡Todo es tuyo; regocíjate, o no eres hombre!
Y se regocijó honradamente, paternalmente, como si toda aquella vigorosa
fuerza germinativa hubiese salido de sus propias entrañas.
--¡Yo, que no había visto esto! ¡Maldito sea el casino y las cartas y
quien las inventó! ¡Malditos los tabernáculos, que nos chupan el tiempo
y no nos dejan ver esta gloria, esta bendición de Dios derramada por los
campos!
Los sembrados del primo Epifanio no resistían la comparación. La tierra
era la misma; pero rutinas, codicias, caprichos, ignorancia y necesidad
la habían esquilmado y empobrecido. El viejo jornalero explicaba el
caso.
--Dale a un trabajador carne y vino; a otro, papas y tomates. Eso es la
tierra: un trabajador. Según le eches, así produce.
Apolinar sintió que otro amor sano y fuerte se le entraba en el alma: el
amor a la tierra, el amor a lo suyo, el gozo íntimo y callado del que
posee, del que se conforta al calor del surco, como semilla que germina,
brota, crece y se reproduce.
--¿En qué estaría yo pensando? Tío Agapito, usted me hace un hombre. Voy
a echarme al campo como una fiera.
--¡Al campo, al campo! Esa es la ubre... ¡Si vieras a cuánto gandul
mantiene el campo!
--Yo soy el primero. Mejor dicho, lo fuí. Ya soy otro. Me duelen los
pies... zapatos de vaca... Me duele la cabeza... tiraré este apestoso
_bombín_ y compraré un sombrero de esos fuertes, como si los hicieran de
cerdas de cochino. No más vestidos de Carnaval. Tío Agapito, un abrazo,
y pídale usted a Dios que allá, por la primavera, pueda yo comer hierba
sin doblar los corvejones.
* * * * *
No durmió bien, porque el excesivo cansancio riñe con el sueño. En las
manos parecían arder sus huesos desencajados; el espinazo se le
engarrotaba... y en medio de sus dolores, otro sentimiento nuevo lo iba
conquistando mansamente; un sentimiento de infinita piedad hacia el
jornalero desheredado, que todos los días, a cambio de unos cuartos
roñosos, aumenta el caudal ajeno con bárbaro derroche de su propia vida,
y como a la madrugada oyese cantar al gallo, pregonero de su deber y
compromiso, volvió a ver la claridad del naciente día, y otra vez
cogieron sus doloridas manos el azadón lustroso, y el sudor del amo cayó
como lluvia fecunda en la heredad, que parecía estremecerse de amor y
agradecimiento.
Y un día tras otro se fué curtiendo al sol y al aire, y mientras más se
endurecía la corteza, más nobles blanduras aparecían por dentro.--Como
la viña de Apolinar no hay ninguna. La sementera de Apolinar es la
capitana. ¡Qué suerte de hombre!--Este era el tema de conversación entre
la gente labradora. Los jornaleros se disputaban la casa, porque había
formalidad y trago de vino, y allí no se hacía el agio vergonzoso para
la baja de jornales. Con Apolinar trabajaban los sanos, los hombres de
empuje, estimulados con su ejemplo.
Pasó el invierno y el sol primaveral vistió el campo de gala. Los
habares en flor henchían el aire de aromas purísimos; los trigos
azuleaban, los cebadales se mecían orgullosamente a compás del viento;
las yemas del higueral, reventando al esfuerzo de las primeras hojas,
tendían al sol una espléndida gasa de oro verde... y los viñedos
extendían sobre la rojiza tierra otra gasa de pámpanos, y ya el olor
tempranero del cierne se esparcía como una caricia dulce y vivificante.
Llegó el día de la prueba; el día temido y deseado en que Apolinar tenía
puestos todos los grandes anhelos de su vida. Antes que el canticio de
los gallos sonaron las campanas de la torre con un repique de gloria, de
alegría, como voces de un coro nupcial que celebrase las bodas del cielo
y de la tierra.
No pudo Lucía convencer a su padre de que, al menos aquel día, debiera
pasarlo con la chaqueta puesta.--Me ajogaría.--Y por parecerle esta
razón de suficiente peso, no daba otra. Con orgullo hereditario cubría
su busto de oso polar con limpísima camisa de lienzo, por entre la cual
se desbordaba la cresta pelambre como maceta frondosísima. Cuando entró
Apolinar, ya estaban allí el primo Clímaco y la hermana Bella con su
dilatada prole, los trabajadores de la casa y varios vecinos, atraídos
por aquellos olores de cocina y fritanga, fieros despertadores de la
gula.
--Que los tenga usted muy felices, tío Juan y la compaña.
--Apolinar, tantas gracias, y lo mesmo digo.
--Vaya, aquí tiene usted la gallinaza de hoy, que parece un bruño.
Y sin pedir permiso, fuese a la cuadra y trajo un brazado de amapolas,
que tiró al suelo.
--Tío Juan, eche usted cuenta.
Y más ágil que un pájaro, doblóse y pescó un manojo de hierba en flor
que le caía sobre el pecho como una llama.
--Si usted quiere, me la como.
--No tienes que comerla. El toque está en trincarla.
--Lucía, coge el ascua más grande que haya en la hornilla: hala, ya
está. Tío Juan, encienda usted su cigarro, y si quiere liar otro, por mí
no hay apuro: que ni me meneo, ni bailo, ni soplo, ni sacudo... ¡Como
que tengo aquí un callo que parece una onza de oro!
--Ya está. Ahora... justo, las tres cosas. Ahora, tú, Lucía, abraza a
este bruto.
El bruto no esperó a Lucía; él la abrazó con toda su fuerza.
--Tío Juan, ¿de veras que es para mí?
--Para ti, cernícalo. Y dale gracias al gallo que te curó; porque ni yo
tengo dolor de ijares ni cosa que se le parezca.
--¿Entonces?...
--No seas borrico--dijo Lucía.--Padre quería que madrugases; si no
madrugas, no me abrazas.
Apolinar soltó un relincho estrepitoso; un relincho de salud, de amor,
de fortaleza y de ventura.
--¿Sabéis lo que soñé esta noche?--dijo el tío Juan.--Pues que yo era el
Padre Eterno, y esta mi cordera era la España, y yo se la daba a una
gente nueva, recién venía no sé de aónde, con la barriga llena, los ojos
relucientes, con callos en las manos y el azaón al hombro....
Un alarido triunfal hendió como dardo sonoro el aire azul de aquella
serena mañana de estío. El sol, deslumbrante, caía en lluvia de oro
sobre los aperos de labranza; dos mariposas de color de fuego volaban
bajo el fresco toldo de pámpanos, y el alegre repique de las campanas
parecía responder allá, en lo alto, al alborozo de la raza nueva, de la
raza fuerte, que abría su fecundo surco de amor en la llanura humana.
La enamorada indiscreta
(PEDRO DE RÉPIDE)
DEL LICENCIADO ALONSO DE LAS TORRES
_Al Autor._
SONETO
Saludo a ti, señor, en el Parnaso,
como a un divino hermano de las Nueve.
La brisa suave que tu plectro mueve
agita con sus alas el Pegaso.
El más sabio varón de Halicarnaso
no fuera nunca en tus elogios breve.
Hay una diosa que en tu frente llueve
celeste luz a su celeste paso.
De la Helicona la preclara linfa,
te dió a beber con plácido secreto
en áureo vaso extraordinaria ninfa.
Bienhayan tus decires y cantares,
por ti miran laureles del Himeto
las riberas del grato Manzanares.
DEL AUTOR
_Al licenciado Alonso de las Torres._
SONETO
Dolor de los amores que se mueren
y son en nuestras almas enterrados.
Dolor de los puñales bienamados
que ya más no nos buscan ni nos hieren.
No en estos melancólicos narrares,
el fausto busques de la pompa loca.
Yo cambio ese laurel de los cantares
por la rosa del beso de una boca.
Es el dolor mayor de los dolores
el deshojar la flor de unos amores
en el jardín do fuimos sus cautivos.
Añoranza de fuente en el desierto.
Dolor de los amores que no han muerto,
y Dios nos manda que se entierren vivos.
PRIMERA PARTE
CUÉNTASE EL PEREGRINO SUCESO DE LA ENAMORADA INDISCRETA, QUE TAMBIÉN FUÉ
LLAMADO DEL PELIGRO EN LA VERDAD.
En una de las más famosas y nobles ciudades de la prócer Italia, asiento
de las artes y patria de los más ínclitos varones, aconteció esta rara
historia que aquí se relata, y donde se muestra la ejemplaridad de los
designios del Altísimo, que trae aparejada la más alta edificación así
saludable para que huyan la tentación del Enemigo los que aun no
pecaron, y vuelvan a la senda de la Gracia los apartados de ella.
Era, pues, en Ferrara, ciudad insigne, que había visto prender al
delicado Torcuato Tasso, vate preclarísimo, y había visto también morir
a aquel gallardo ingenio, príncipe soberano de los de su época, que fué
el divino Ariosto, de quien pudo decirse que hubo reinas que besaron su
pie, ya que egregias hermosuras y la mayor de estos últimos tiempos,
como ha sido la sin par Catalina Cornaro, a quien sus paisanos los dux
de la república veneta, Federico Barbarigo y Leonardo Loredano, más
codiciosos que caballeros, han quitado su reino de Chipre, tuvo en ese
poeta el consuelo de un amor que bien valía un trono. Y siguiendo en
este relato verídico y curioso, ha de decirse, que frontera a la casa
donde había muerto el Ariosto, alzábase otra suntuosísima, que bien a
las claras pregonaba la elegancia y distinción de la gente principal que
en ella moraba.
Estaba la tal habitada por un magistrado de uno de los más altos linajes
de la ciudad, que era la magnífica señoría de Leonardo Aldobrandino,
hermano de Hércules, senescal de los duques. Viudo de una señora de
Pisa, tenía los ojos del alma y los del rostro puestos en su hija
Renata, que era ya una doncella de diez y nueve años, más bella y fresca
que las rosas de aquel gran rosal de Florencia que ha visto arder el
hereje Savonarola. Sabía él que no hay mejor dueña y rodrigón para las
mujeres que su propio recato, y en este punto, la virtud de Renata
parecía guardarse sola. La misa de madrugada en San Lotario, oída con su
padre; algún paseo por la vega de las flores al morir de la tarde, y
otro rato de divertimiento con sus primas en el estrado de la casa, y
siempre bajo la custodia del grave Leonardo. No perdonaba éste, en
cambio, nada que dejase de adornar la gentilísima presencia de su hija;
las perlerías más finas que traían los traficantes de Venecia, y los
guardamacíes bordados y justillos y corseletes de seda de Persia que
llevan a Ferrara los mercaderes ginoveses, nuncios del lujo y ministros
del oro.
De una parte, el respeto que su alto nombre movía a todos, y de otra la
seguridad de un mal fin de aventura, había librado de galanes a aquella
joya ferraresa, bajo cuyas ventanas no se habían tañido músicas ni
cantado sonetos. Sabíase que su padre tenía dispuesta la doncella para
esposa de un caballero fabuloso. Hablábase de un grave suceso de honra
que aconteció muchos años atrás a Leonardo viajando por España y
hallándose en Sevilla, donde topó con un gentilhombre a quien quedó muy
obligado. Era éste, español, cuatralvo en Cádiz de los galeones de
nuestro prudentísimo soberano el segundo de los Filipos, que hoy
asiéntanse en los cielos gozando de la bienandanza de los justos, y
siendo por aquellos días acaecido el tránsito del gran monarca, apenas
tomó el cetro de las Españas su hijo, nuestro actual gloriosísimo
príncipe Filipo, el tercero de los de su nombre, a quien Dios Nuestro
Señor dé tan larga vida como es sabio su gobierno, fué éste servido de
hacer al gentilhombre su visorrey en uno de los visorreinatos que
tenemos en Indias para mayor grandeza de nuestro César.
Tenía el nuevo visorrey un hijo de breve edad, que llevaba el nombre de
San Miguel Arcángel, y cuando se despidieron para tornar el uno a Italia
y partir el otro hacia su destino, concertaron que si Leonardo tenía
alguna hija, había de ser esposa del heredero del noble español, que si
la estirpe de éste no cediera a la del Infantado y Medinaceli, la del
italiano era tan alta como la de los Dandolo y Colonna. Un año después
nació Renata, y comunicado el suceso al visorrey, fué luego considerado
su hijo, que tenía entonces no más de dos años, como esposo de la tierna
Aldobrandino. Y en la traza aprobada, quedóse dicho, que tan luego como
Miguel llegase a los veinte años, había de venir a Ferrara para sus
bodas.
Cercana al palacio de Leonardo hallábase, y aun se halla para contento
de caminantes, la celebrada hostería del Centauro, tan famosa por el
arte de sus guisanderas como por las varias aventuras de amor que la han
hecho tan temida de los padres y sospechosa para los maridos. Como es la
mejor de la ciudad, toda la gente de calidad que viaja suele hacer en
ella posada: capitanes españoles, clérigos romanos, mercaderes
franceses, damas de alta condición y grandes señores detiénense en ella
a su paso por Ferrara, y así es de ver el tráfago de su anchuroso patio,
donde se mezclan la carroza blasonada y el carro de tráfico, el caballo
del alférez y la mula del prebendado. El vino de Chianti llena con
liberal abundancia los jarros de las mesas, y bajo la parra espléndida y
tupida que rodea el portón, hay, como a las puertas conventuales, un
congreso de pordioseros, a quienes en ciertas horas se reparte la comida
sobrante. Sus aposentos son espaciosos como de la casa de un grande, y
su cocina espléndida como de un monasterio de Jerónimos.
Era en el dulce morir del melancólico Octubre cuando al fenecer de una
tarde arribaron dos jinetes a la hostería. Era el uno muy mozo, de
gallardo y finísimo talle y rostro de ángel, y sus manos, como esas
talladas en marfil que se ven en algunas iglesias de Italia y son obra
del singular artífice llamado el Donatello. Cabalgaba en un potro
andaluz de agradable estampa, y en su rostro marcábase cierto
desasosiego y como embarazo al montar a horcajadas, que no daba muestra
de grande pericia en el arte de cabalgar. Seguíale caballero en una mula
un hombre viejo y recio con tipo de haber sido soldado del duque de Alba
allá en sus tiempos, y de llevar ahora dignamente su oficio con algo de
humildad para ser ayo, y un poco familiar para ser escudero. Tan luego
como llegaban a la puerta de la hostería, hubieron de detenerse porque
costera de ellos llegaba y parábase también una gran carroza cargada de
cofres. Detuviéronse y vieron descender de ella tan sólo a un caballero.
Era éste mozo también, aunque de más fuerte y varonil gentileza que el
joven de a caballo; morena tenía la tez y negro su cabello como de un
príncipe del Oriente, que no parecía sino que su padre era el sol y que
asomaba por sus ojos. Gallarda y arrogante era su apostura, y su
continente nobilísimo. Traía obscuro su vestido y sencillo como de
viaje; solamente sobre su ferreruelo llameaba como una espada de fuego
la insigne encomienda de Santiago. Entró en el zaguán, apartóse la
carroza y el mozo y su viejo acompañante entraron sobre sus cabalgaduras
hasta el patio de la hostería. Había llovido algo y con eso estaba
escurridizo el pavimento, que era todo de guijarros, los cuales el uso
continuo había hecho planos y lustrosos. Fuera ello la causa o la poca
experiencia del mozo, el caso es que al ir a apearse del caballo hubo de
caer éste arrodillado, y hubiese dado también con su cuerpo en el suelo
el jinete, si con grande presteza no acudieran a un tiempo su escudero y
el caballero de la encomienda. No se hizo mal alguno, y con esto
subieron juntos a los aposentos que les destinaron, y había querido la
suerte que fuesen contiguos. La igualdad de sus años, y el hallarse
ambos españoles en tierra extranjera, hízoles entrar prontamente en
plática y ofrecerse.--Yo me llamo don Diego de Zúñiga--dijo el del
caballo--y viajo con Marcos, mi escudero. Vengo desde Toledo, y no
tardaré en llegar al final de mi viaje, que es en la ilustre ciudad de
Mantua, tantas veces nombrada, y he de deciros que no me llevan los
negocios ni los placeres, sino un gran pesar.
--Yo soy--dijo el caballero de la encomienda--don Miguel de Guzmán.
Vengo desde Indias, y llegando a Ferrara, he tocado al término de mi
peregrinación. Hame traído aquí un cuidado muy grave que ya os
descubriré si os detenéis aquí, y si, como pienso, hemos de ser amigos.
--Reposarme he unos días y muy de mi grado, señor don Miguel, que me
obliga la merced que me hacéis de llamarme vuestro amigo--contestóle don
Diego.
Y departiendo sobre su viaje y otras indiferentes materias, luego que
hicieron colación, retiráronse a descansar con promesa de salir juntos
al siguiente día para visitar la ciudad.
No tardó en amanecer el sol más que en saltar de sus lechos y vestirse
los caballeros. Don Diego, con su traje de veludillo gris y capa
aleonada, y don Miguel, que había hecho subir sus cofres, adornóse con
unas cachondas de raso y un jubón de vellorí y colgó de su cuello una
finísima cadena de oro con un grueso diamante que alumbraba su pecho.
Salieron, y su primer visita fué para el Santísimo Sacramento, como
devotos caballeros que eran, y acudían a agradecerle que les hubiera
dejado llegar con bien a la ciudad. Cumplido el pío deber y oída la
misa, diéronse a discurrir por las calles y plazas, y admirar iglesias
y palacios, maravillas todas que tenían suspenso su ánimo, a pesar de
venir de la opulenta España. Y aconteció que, como se hallasen a media
mañana en el atrio de la catedral, vieron detenerse la gente, y pasar
ante ellos y perderse a la revuelta de una esquina, una corta pero
admirable comitiva. Componíanla dos graves caballeros ataviados con sumo
lujo, y entre los dos una doncella, portento casi más por su talle y por
su rostro que por sus galas suntuosas, cabalgando todos en soberbios
corceles precedidos de palafreneros y seguidos de lacayos. Riquísimas y
blasonadas gualdrapas llevaban los bridones, y los guanteletes y el azor
en la mano de la joven y el arreo de todos mostraban a las claras el
aparato de cetrería. Como las gentes se descubriesen al paso de aquellos
señores, don Miguel y don Diego se informaron de quiénes eran.--Son--les
contestaron--el señor senescal Hércules Aldobrandino, su hermano
Leonardo y su sobrina Renata. ¡Qué bien se echa de ver que sois
forasteros al no conocer a tan visibles personas!
Hizo don Miguel un gesto, no advertido para don Diego, y comentando
ambos la majestad de los ancianos y la elegancia de la joven,
prosiguieron su paseo, hasta que fué hora de retornar a la posada. Y a
petición de don Diego separáronse después del meridiano yantar para el
reposo de la siesta.
Buena siesta diere Dios a don Diego, que así que se vió en su aposento a
solas con su escudero, hubo de arrojarse en sus brazos y comenzar a
llorar como una Magdalena después del arrepentimiento.--Malhaya mil
veces, Marcos amigo--le decía--, malhaya mil veces la hora en que nos
partimos de nuestra casa si había de ser para tal fin de viaje, que me
pienso que no llegaré a Mantua y quedaré con la maldición de mis padres
y sin el asilo de mi tía la priora.
--Sosegáos, señora mía--respondió el escudero--que aína os turbáis y me
dais ganas de llorar a mí también. Mirad, doña Mencía, mi ama, que si
ven vuestros ojos encendidos del llanto dudarán de vuestro varonil
disfraz. Hicísteis mal en prometer a don Miguel que os detendríais aquí,
pues lo que importa es que lleguéis cuanto antes a Mantua, donde os
espera la paz del monasterio.
--¡Ay! ¿Por qué nací mujer? Unos padres crueles quisieron depararme como
esposo a un hombre viejo, feo y corcovado, con achaque de decir que todo
cuanto llevaba en la joroba eran doblones. Pensé en mi tía doña Clara y
en su convento de Italia, y para dejar tierra de por medio entre el
novio y yo salimos de Toledo, sin reparar en lo largo del viaje. Más me
valiera haberme quedado de religiosa en el colegio de San Clemente de
nuestra ciudad, que no hacer peligrar aquí mi vocación forzosa y la
salvación de mi alma.
--Fuerza es que lleguemos a Mantua, mi señora. Pero decidme, ¿qué mal
pájaro os ha picado que os ha causado tal maleficio?
--Alas tiene y no es ave. Ciego es y todo lo penetra. Niño es y sabe más
que cien doctores.
--Acabáramos, doña Mencía de mi alma, que ya me asombraba a mí que el
tal picaruelo no se nos hubiera puesto delante en el camino.
--Ganas me dan de sacar de la maletilla el traje femenino que traigo
para entrar en Mantua, descubrirle a don Miguel la verdad de nuestra
historia y decirle que le amo de todas veras desde que le vi. ¿No has
parado mientes en lo apuesto de su porte, en la nobleza de sus modos, en
la galanura de su decir y en la discreción de su pensar? Heme aficionado
a él de tal manera y cobrádole un tan grandísimo afecto, que sangre del
corazón llorarían mis ojos si me arrancasen de su compañía.
Juntos pasaron el siguiente día ambos muy divertidos con sus pláticas.
Era el don Miguel muy letrado y placíase en decir versos que sabía, y
sólo ignoraba que sus coloquios con don Diego aumentaban una llama
cruel. Así aconteció que hallándose juntos tuvo el don Miguel la donosa
ocurrencia de recitar a su amigo el siguiente soneto que él compuso
cierta vez a una dama que mostraba un lunar en uno de sus pechos:
SONETO