Y siguieron todos andando hacia el pueblo por los caminos solitarios. En

derredor vibraba la noche llena de misterios; en el cielo palpitaban los

astros. Elizabide el Vagabundo, con el corazón anegado de sensaciones

inefables, sofocado de felicidad, miraba con los ojos muy abiertos una

estrella lejana, muy lejana, y le hablaba en voz baja...

La epopeya de una zíngara.

(DICENTA)

LA EPOPEYA DE UNA ZÍNGARA

El sol caía a plomo sobre la ancha carretera, uno de esos caminos

oficiales de Castilla en cuyas lindes busca inútilmente el viajero un

árbol que le preste sombra o un arroyo donde calmar su sed. Campos

agostados, planicies incultas, áridos y desiguales montículos, mucha luz

en el cielo y poca alegría en la tierra: he aquí el espectáculo ofrecido

por aquella naturaleza sedienta, amodorrada, codiciosa de aire y de

frescura, en la que el silencio hubiera reinado en absoluto a no ser por

alguna que otra banda de codornices, las cuales, alzándose de entre los

rastrojos, cruzábanlos presurosamente con un rumor no interrumpido de

gritos salvajes y de vigorosos aleteos, levantando una nube de polvo,

que se transformaba en lluvia de oro al caer herida por los rayos del

sol.

Tarde calurosa de Agosto, que convertía en inhospitalario desierto el

camino y los campos que lo circundaban, era aquélla; y perdida en este

desierto, sufriendo el bochorno que abrasaba la atmósfera, asfixiándose

con el polvo por ella misma levantado al proseguir su rumbo, veíase una

pequeña y miserable caravana, que hubiese puesto piedad en los ojos y

amargura en el corazón de quien la mirase atentamente; pero los hombres

suelen mirar estas cosas sin verlas; para ellas no existen otros ojos ni

otro amparo que los de Dios; y hasta Dios suele distraerse muchas veces.

Constituían la caravana una mujer, un burro y tres niños.

La mujer iba delante, descalza de pie y pierna, cubierta de andrajos y

de polvo, moviéndose con fatigosa lentitud, entreabriendo la boca para

respirar el aire que penetraba en sus pulmones, y sosteniendo en sus

brazos a un niño de pocos meses, envuelto en un jirón de lienzo

remendado y sucio; el niño estrujaba con sus manecitas el pecho de la

madre, y tiraba de él, sujetándolo con sus labios, para extraer el jugo

que generosamente le ofrecía. La mujer era joven, y hubiera sido también

hermosa, a juzgar por sus ojos negros y brillantes, por sus labios

rojos, por su dentadura blanca e igual y por la esbeltez de su cuerpo

entero, si la miseria, al apoderarse de ella, no la hubiese deformado y

envejecido, curtiendo su cutis, arrugándolo prematuramente,

enflaqueciendo sus carnes y enmarañando su cabellera, que se pegaba

entonces a una frente ennegrecida y sudorosa; la pobre criatura pudo ser

bella; pero de su belleza no queda más rastro que el de sus pupilas,

expresivas y negras, clavadas con profundo amor en el rostro moreno de

su hijo.

Detrás de ella marchaba el asno, sucio, flaco y ceniciento pollino, de

vientre angosto y lomo huesudo, con las orejas gachas, el rabo caído y

las patas llenas de esparavanes, sosteniendo por carga única dos anchos

alforjones que caían a uno y otro lado de la albarda; dentro de ellos,

sobre un montón de trapos y papeles, iban dos niños, que se servían

mutuamente de contrapeso, ofreciendo a la vez doloroso contraste, pues

mientras el más joven dormía con la cara echada hacia atrás, la sonrisa

en la boca y la salud en las mejillas, el mayor, de edad de cinco años,

retorciéndose sobre el inconcebible camastro, miraba a su madre con ojos

muy abiertos, extraviados por la fiebre, y contraía sus labios a

impulsos de internos dolores, y agonizaba de calentura bajo aquella

atmósfera de plomo.

¿Quiénes eran? ¿De dónde venían? ¿Por qué atravesaban el estéril camino

con una criatura enferma al lado y un sol implacable en el cielo, los

individuos de aquella caravana?

¿Quiénes eran? Una familia de zíngaros huérfana de padre, que recorría

Europa implorando la pública caridad. ¿De dónde venían? Del inmediato

pueblo, en el que no pudo detenerse la mujer un instante siquiera para

llenar su cántaro vacío, porque los aldeanos la habían amenazado con

golpearla, a ella, a la miserable, a la vagabunda, a la bruja, a la

gitana, si no partía inmediatamente de allí, sin alimento, sin agua, sin

reposo, con su hijo enfermo, con sus pies heridos, con su pecho

exhausto, maldita de Dios y perseguida de los hombres; y la infeliz

mujer, amedrentada, sola, sin sostén, sin ayuda, abandonó la aldea y

prosiguió su marcha entre el polvo y el calor, volviendo de cuando en

cuando los ojos para contemplar a su hijo enfermo, y clavándolos

después, con expresión amarga y rencorosa, en el distante lugarejo, del

que sólo podía distinguirse la torre de la iglesia destacando en el

espacio su contorno gris.

* * * * *

El niño enfermo, incorporándose trabajosamente sobre la alforja que le

servía de cama, extendió sus brazos en dirección de la joven, y dijo con

voz débil:

--¡Madre!

La zíngara respondió al llamamiento, dirigiéndose precipitadamente al

sitio que ocupaba el muchacho.

--¿Qué quieres, hijo mío?--murmuró, dejando al niño de pecho junto a su

hermano dormido, y rodeando con sus brazos la garganta del enfermo.

--Agua--respondió éste.--Dame agua... tengo mucha sed...; ¡me quema

aquí!

Y señalaba con un dedo su pecho tembloroso y desnudo.

--¡Agua!--gritó la madre con espanto.--¡Agua!... ¿Dónde encontrarla,

hijo?

--¡Agua!--repuso el niño.--¡Me muero de sed!...

Y entreabría sus labios abrasados por la fiebre, y miraba a su madre con

miradas tan suplicantes, tan llenas de amargura, que ésta se puso pálida

y rompió en sollozos.

Era su hijo, la carne de su carne, el que reclamaba un socorro del que

dependía acaso su existencia; y ella, su madre, no podía prestárselo; en

vano registró con ansia en el interior del cantaruelo; estaba vacío, no

quedaba ni una gota de agua en su fondo; la mujer miró al cielo, en el

cielo no había una nube; registró después el camino solitario, los

campos de trigo, las planicies, las praderas, el horizonte entero; en

fin, ¡nada!, no encontró nada. Aquella tierra sedienta parecía decir a

la zíngara, mostrándole sus fauces contraídas y secas: «¿Agua para tu

hijo?... Aquí no hay agua para nadie. ¡Que se muera de sed como yo!» Y

la zíngara, abrazando el cuerpo del muchacho, repetía con gesto de fiera

y ademán de loca:

--¡No hay nada! ¡no puedo darte nada! ¿Dónde voy a encontrar ahora agua,

hijo mío?...

¡Pobre mujer!... Allí no brotaba más que un manantial: el de su llanto.

De pronto la zíngara sonrió, con una sonrisa de esperanza; a cuatro

pasos del grupo alzábase la caseta de un peón caminero; su puerta

cerrada, como sus ventanas, predecía la ausencia del dueño; pero acaso

estaría dentro alguien que pudiera atender sus súplicas, y la joven

golpeó nerviosamente aquella puerta inmóvil. Sus afanes fueron inútiles;

nadie vino en su auxilio tampoco.

Rendida de llamar, sin saber lo que hacía, dió vuelta a los muros, y

cuando llegaba a la espalda de la casa, vió con placer y con asombro,

recostada contra la tapia y protegida por la sombra de ésta, una cazuela

llena de agua. La mujer miró esto; pero no pudo mirar--a tal extremo la

cegaban la sorpresa y el júbilo--que al mismo tiempo que ella, y movido

por iguales deseos, se dirigía hacia el cacharro un mastín enorme, con

el pelo erizado, la boca abierta, la baba colgando y los ojos codiciosos

y brillantes.

Al distinguir a la mujer, el perro lanzó un gruñido; la zíngara levantó

la cabeza, y comprendiendo las intenciones del animal, apresuró el paso;

uno y otra llegaron a la vez al lado del cacharro, y se detuvieron un

instante para contemplarle en ademán de desafío; la mujer extendió el

brazo, y su enemigo, al advertir el movimiento, acortó distancia y se

puso delante de la cazuela con las pupilas encendidas y enseñando los

dientes.

No pensaba en huir; hallábase dispuesto a defender aquel cacharro lleno

de agua.

--¡Ah, tú también!--gritó la zíngara contemplando a su adversario con

rabia.--¡Pues no lo tendrás!

Y descargó un vigoroso puñetazo sobre el hocico del mastín.

Este dió un salto, apoyó sobre el pecho de la joven sus patas

delanteras, la obligó a caer al suelo e hizo presa en su hombro. La

zíngara lanzó un grito de dolor y de furia; y, sin acobardarse,

frenética, desesperada, cogiendo con ambas manos la garganta de su

enemigo, apretó con rabia, con ira, con frenesí, con heroico y brutal

arranque, mientras el perro la desgarraba el hombro con sus afilados

colmillos.

La lucha siguió breves instantes empeñada, silenciosa, terrible; los dos

combatientes se revolcaban por el suelo, dispuestos a vencer, y

procurando conseguirlo, para lo cual clavaba el perro sus colmillos en

los hombros de la mujer, y clavaba ésta sus dedos en la musculosa

garganta del mastín...

De pronto el perro exhaló un quejido doloroso, abrió la boca, y cayó de

espaldas. Los dedos de la zíngara lo habían ahogado.

Esta se alzó del suelo jadeante, pálida; su corpiño, roto en jirones,

dejaba al descubierto su pecho y sus hombros, en los que aparecían tres

heridas anchas y profundas; por los labios de aquellas heridas brotaban

tres hilos de sangre.

Pero la zíngara no hizo caso; dió con el pie al cadáver de su enemigo;

cogió la cazuela, objeto de la lucha; corrió en busca de su hijo, y sin

cuidarse ni acordarse siquiera de sus heridas, ni de sus sufrimientos,

ni de la sangre que corría por sus hombros, abrillantada por los rayos

del sol, acercó el cacharro a los labios del enfermo y le dijo con

sonrisa alegre y voz cariñosa:

--Aquí tienes agua, ¡bebe, hijo mío!

Los tres Reyes de Oriente.

(RICARDO LEÓN)

LOS TRES REYES DE ORIENTE

Es la Nochebuena de 1916; una noche glacial, obscura y lúgubre, sin

villancicos ni serenatas, sin risas ni crótalos, sin panderetas ni

albogues. En el silencio de la tierra triste sólo se escucha, de tarde

en tarde, un zumbido lejano, un ronco tremor que se extiende con aciaga

pesadumbre en el aire gélido y sonoro.

Por un camino, en la desierta llanura, viene de Oriente una caravana.

Bajo el cielo adusto, huérfano de sus claros luminares, sólo se ven o se

adivinan las siluetas: unos caballos vigorosos, unos dromedarios de

robusta joroba, tres jinetes, unos bultos informes arrebozados en las

tinieblas.

Llegando a cierto lugar donde se juntan otros caminos, la caravana

vacila y se detiene. El cielo parece de ébano; la tierra, de bronce; el

aire, un afilado puñal; y es el silencio tan hondo, que se oye el latir

del corazón en las entrañas.

Una luz, verde y cruda, rasga de súbito el horizonte lejano, cunde como

una centella, se abre al modo de una rosa, y cae deshecha en lágrimas

sobre el manto sombrío de la noche. A esta luz, siguen muchas

semejantes, y a las luces, unos retumbos pavorosos que hacen temblar la

tierra, y a los retumbos, el silencio otra vez.

Y, entonces, la caravana sigue su ruta en las tinieblas...

* * * * *

Un fuerte resplandor alumbra todo el cielo en Occidente; la llanura se

tiñe de roja claridad; los ámbitos se pueblan de voces y tronidos. Es la

guerra que cabalga en su negro corcel por los campos europeos; es la

Muerte, que, en plena Navidad cristiana, viene a arrullar las cunas con

el bárbaro son del hierro y de la pólvora, a encender sus infames

hogueras en la noche, en la bendita Noche en que se dijo: «Gloria a Dios

en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad...»

Y arden las casas de los hombres, como antorchas de Luzbel, bajo los

rayos de la implacable artillería; a la luz de los incendios, pasan las

muchedumbres de soldados con un fragor de tempestad. Son legiones

innumerables de todas las razas y banderas: aquí, la cruz, allí la media

luna, acá las lises, más allá las águilas y, juntos en la hueste, el

casco y el turbante, el capote y el alquicel, los rostros de ébano y de

nieve, todos estremecidos por la misma cólera infernal.

Y al paso de estas ciegas multitudes se abren los senos de la tierra, se

conmueven las montañas, crujen los bosques, enrojecen los ríos, flamean

los aires y caen las vidas de los hombres como las mieses al golpe de la

hoz.

* * * * *

La caravana que venía de Oriente, para otra vez ante el desfile trágico.

Rojas lenguas de fuego tiemblan al borde del camino. Una ciudad arde en

la noche.

A su siniestro fulgor, se descubre la calidad y riqueza de los tres

peregrinos viajeros.

Son tres Reyes. El uno es persa: venerable la figura, verdes los ojos,

la barba de nieve, majestuosa la actitud. Viste una túnica de púrpura y

de oro; ciñe un alfanje, con un topacio sobre el puño, y trae sobre la

túnica un rico manto de armiño.

El otro Rey es árabe: tiene la barba negra y ensortijada, los labios

gruesos, la nariz de fino dibujo, los ojos negros, grandes y hermosos,

en figura de almendra. El sayo es bermejo, bordado con áureas labores;

rojo también el turbante; preciosa la espada, con puño de oro y de

rubíes; el manto, azul.

Y el otro Rey, etíope. Es negra su tez como la endrina, pero elegante

el cuerpo y nobles las facciones, alta la frente, aguileña la nariz, muy

rojos los labios, puntiaguda la barba, muy blancos los ojos y los

dientes, rizo y menudo el cabello, como granos de pimienta. Ciñe un

vestido blanco, de graciosos pliegues, y es nevada también la _xema_ o

toga que luce, con tornasoles de oro. Trae al cuello desnudo una sarta

de corales, y a la cintura, en el verde tahalí, un cuchillo con el puño

de oro y esmeraldas.

Vienen los tres Reyes en sendos caballos, negro, blanco y alazán.

Sígueles larga servidumbre, con camellos y acémilas, y un carro, lleno

de pródigos caudales.

* * * * *

Como en el ancho desierto, cuando sopla el simún, se levantan las arenas

y, en espantosos torbellinos, giran ardientes, azotan el aire,

obscurecen el sol y caen sobre las pobres caravanas que, unidas en un

haz, esperan temblando hallar en las arenas sepultura, así, de pronto,

una nube de soldados, hirviente y clamorosa, con ímpetus de simún, llega

por trochas y veredas a la ciudad en llamas y cae sobre los tres Reyes

peregrinos.

Cercados por la tropa, que ya husmea el regio botín, presa de un

ejército alegre y victorioso, van, con mengua de su noble majestad,

cautivos entre lanzas y fusiles, a las tiendas del vencedor.

El cual, un viejo adusto y orgulloso, de recios bigotes blancos, y

envuelto en una capa gris, los recibe, sin grande cortesía, en su

habitación de campaña, toda llena de planos y mapas de colores, erizados

de banderitas y alfileres.

--¿Quiénes sois vosotros--dice arrogante el general--que así os atrevéis

a pasar las líneas de batalla? ¿Ignoráis, acaso, que en estas líneas no

puede, sin grave riesgo, entrar gente forastera y civil? ¿Quiénes sois

vosotros, simples o traidores, que con tanta llaneza osáis venir con

armas y mercancías a estos lugares prohibidos? ¿Qué documentos, qué

razones abonan vuestra audacia? ¿Sabéis el castigo que aquí se inflige a

los espías? Hablad pronto, extranjeros; decidme quiénes sois y de dónde

venís; mostradme pasaportes y papeles, y agradeced a esta cruz que llevo

sobre el pecho que no os aplique, sin más preguntas ni demoras, el fallo

inexorable de nuestra ley marcial...

* * * * *

--¿No me conocéis?--responde el rey anciano.--Es mi nombre Melchor. Soy

del Irán, del antiguo y famoso imperio que abatió los orgullosos bríos

de Babilonia, reina de las ciudades. Vengo del sacro Elburs, padre de

los ríos terrestres, cuyas aguas vivas devuelven la juventud y resucitan

a los difuntos. He llegado hasta aquí, al través de montañas y

desiertos, cruzando las llanuras de la implacable soledad, las arenas

crueles y los pantanos salobres, pero, merced a mis fatigas, traigo

inciensos y bálsamos y perfumes de la Ciudad de las Rosas, de los

jardines de Tiharán; paños de seda, más finos que el plumón de un ave,

sembrados de arabescos y de flores, de leopardos y gacelas; perlas de

Ormuz; tisúes de oro y plata, cojines y alcatifas de los bazares de

Chiraz... Voy en busca de las tierras apacibles donde reina la paz del

Señor, de Aquel que, niño y pobre, nació en un establo de Belén...

--Yo soy Gaspar--dice el segundo rey.--Vengo del Eufrates y el Tigris,

de los bosques gigantes de palmeras, vecinas del mar y del desierto, de

las tierras gloriosas y milenarias llenas de ruinas y sepulcros, de los

osarios imponentes de la historia, de las ciudades muertas, que aun

fatigan al mundo con el eco sonoro de sus nombres. Vengo de Basora y

Bagdad, donde aprendí los cuentos de las Mil y una noches; puse a mi

tienda entre los pálidos ladrillos de Khorsabad y de Nínive, de

Babilonia y de Seleucia: cargué mis camellos de oro antiguo, de

reliquias sagradas, magníficos despojos de los reyes de Siria; traje

también yeguas de pura sangre arábiga y asnos blanquísimos, todos

cargados de riquezas...

--Soy Baltasar--dice el rey negro.--Yo tengo mi palacio junto a las

aguas del Nilo Azul que salta y corre entre lagos, volcanes y torrentes,

al través del hielo de las cumbres y el fuego de los desiertos y los

cráteres. Negro soy porque el sol me abrasó desde la cuna en las tierras

bárbaras y esplendorosas de Etiopía. Crucé el Mar Rojo; pasé al Yemen, a

la Arabia Feliz; seguí las rutas de la Meca, de Medina y Jerusalén; el

camino glorioso de Damasco; hallé los tesoros de las antiguas reinas, la

de Palmira y la de Saba; dormí a la sombra de los cedros del Líbano;

bañé mi rostro en el Jordán, y vengo a Europa cargado de púrpuras y

marfiles, de piedras y maderas preciosas, añejos licores, sándalos,

mirras y cinamomos exquisitos, con ofrendas mil para los niños

cristianos, para aquellos que aprendieron en la cuna el dulce nombre de

Jesús...

* * * * *

Con muchas y siniestras carcajadas celebran en el campamento las razones

de los Reyes Magos.

--Por fuerza sois--dice un príncipe grave y taciturno que acompaña al

general--unos dementes o unos grandísimos socarrones cuando venís hogaño

en disfraz de ingenuos y candorosos peregrinos, con aires de beatitud y

de leyenda, a este mundo senil despedazado por el hierro y por el fuego.

La culta, la cristiana Europa, maestra de cobardes hipocresías; la que

destruye a sus propios hijos en nombre de la civilización, del derecho y

de la libertad; la que puso una cruz en sus banderas y otra en el puño

de sus espadas, hoy, ultrajando a Dios, se entrega a una furiosa bacanal

de sangre. Ved las antorchas, las músicas y los cantos con que celebra

la Navidad de Cristo: ciudades que arden, cañones que retumban, soldados

que corren a la muerte lanzando gritos de odio. La paz del Señor sólo

reina ya en los sepulcros. Los niños que aprendieron el nombre de Jesús,

abandonan sus antiguos juegos y tienden las manos delicadas pidiendo el

fusil, un fusil de _veras_ que acierte a dar en un corazón. Ya todos

saben que los Reyes de Oriente no han de venir, que aquellos Magos

misteriosos y benévolos que en otras Pascuas apacibles colmaban de

ofrendas los zapatitos del balcón, están ahora en las trincheras y

reductos, temblorosos de frío y de nostalgia, deseando matar o morir. El

acre incienso de la pólvora embriaga a los hombres, a las mujeres, a

los niños; el oro se convierte en plomo, y la mirra en mortífero gas...

Caminantes: si lo sois de buena fe, idos a vuestras montañas y

desiertos, a los bosques de palmeras, al Nilo Azul, allá donde aun

recitan al amor de la lumbre los cuentos de las Mil y una noches; huid a

vuestras tierras bárbaras y remotas, y si es que allí, como creo,

entraron también las Furias de la discordia y de la muerte, id a otras

tierras todavía más salvajes, más escondidas y felices, donde jamás se

oiga la palabra civilización, donde, a lo menos, se maten los hombres

francamente, con el sano y desnudo valor de su barbarie, sin decir que

se matan por la justicia y el derecho.

--Idos, sí--confirma el general,--pues a lo que veo sois hombres de

bien. Pero quédense aquí vuestros bagajes y preseas, vuestros caballos y

tesoros, a fin de que no caigan en manos del enemigo. Tornad a vuestras

tierras, como Dios os diere a entender, que harto salváis con salvar

vuestras vidas en estos infiernos de la Europa civilizada...

Y los Reyes Magos, pobres y desnudos, como el divino Infante de Belén,

se van para siempre, tristes y cabizbajos, haciendo voto de no volver a

este mundo por todos los siglos de los siglos.

Las tres cosas del tío Juan.

(JOSÉ NOGALES)

LAS TRES COSAS DEL TIO JUAN

Todo el pueblo sabía que Apolinar se estaba derritiendo vivo por Lucía,

y que, aunque ésta no se derretía por nadie, no ponía mala cara a las

solicitudes del mozo. Matrimonio igual: ella, joven, guapa, robusta y,

de añadidura, rica; él, en los linderos de los veinticinco, no pobre,

medio señoritín por lo que iba para alcalde, y entrambos hijos únicos.

No faltaba al naciente afecto más que el sacramento de la confirmación,

y para eso no había otro obispo sino tío Juan, el _Plantao_, padre y

señor natural de la dama requerida.

El ilustre linaje de los _Plantaos_ distinguióse desde muy antiguo

tiempo por una terquedad nativa, de que estaba justamente orgulloso, y,

de haber querido proveerse de heráldica, su escudo no fuera otro que un

clavo clavado por el revés en una pared de gules. Apolinar sentíase

cohibido por esta testarudez hereditaria, y recelaba que el tío Juan

saliese con una gaita de las suyas, porque era hombre que no se apartaba

de sus síes o sus noes así lo hicieran pedazos.

No hubo más remedio que pasar el Rubicón... y tirarse de cabeza en

aquellas honduras insondables de la voluntad paterna. El tío Juan había

dicho una vez: «¿Qué trae ese por aquí?» Y para los que le conocían el

genio, era bastante.

--Ahora que está tu padre en la bodega, voy y se lo espeto, y Dios

quiera que pueda salir con cara alegre... Pero antes dime, para que

lleve fuerza, que me quieres como yo te quiero, con los redaños del

alma.

--Apolinar, que me aburres con tus quereres y tonteos. Si quieres

decírselo, anda; y lo que saques a mi padre del buche eso será, porque

yo también soy _plantá_.

Renegando de aquellos bravíos rigores de la casta, encaminóse Apolinar a

la bodega, pasando primero bajo la llorosa parra, que tendía sus

sarmientos como cuerdas secas, y después por el angosto corral atestado

de aperos de labranza y cachivaches de vendimia. En la puerta de la

bodega enredósele un manojo de telarañas en el _bombín_, y tragando

saliva entró en la obscura pieza.

--¡Tío Juan; eh, tío Juan...!

--¡Aquí! ¿Eres tú? Con este jinojo de tinglao no se ve gota.

Estaba el hombre muy metido en faena, en mangas de camisa, despechugado,

con una pelambre de pecho que parecía una maceta de albahaca. Era más

que medianamente apersonado, canoso y fuerte; y sudando, como estaba,

parecía un oso polar.

--¿No se figura usted a lo que vengo?

--A tomar un jarrillo.

--No, señor; a tomar un parecer.

--Pues no es lo mesmo. Pero, anda, suéltala; que no hay hombre sin

hombre.

--Con esa licencia... no sé cómo le diga que Lucía me tira un poco, un

pocazo, si se han de decir las cosas conforme son. Y como me parece a mí

que yo también le tiro una migaja, venía, porque es razón, a decirle qué

le parece a usted de este tiraero que va por buen fin y por derecho

camino.

Dióse tío Juan cuatro rasconazos en el testuz, y, volviendo las

espaldas, fué a buscar el jarrillo y la venencia, y con ambas cosas en

las manos, como quien echa el _Dominus vobiscum_, se abrió de brazos,

diciendo:

--Todo el toque del hombre está en un sí y un no. Así es que, antes de

soltar uno u otro, hay que rumiar bien las cosas. Tomaremos un par de

alumbradores y que Dios sea con todos.

Y después de beber por riguroso turno, quedóse tío Juan rumiando aquel

escopetazo, como un hermoso y prudente buey que no pone la pata sino en

terreno firme.

--Pues atento a eso, digo que me parece a mí que la mujer se hizo para

el hombre y el hombre para la mujer... y que por eso tiran el uno del

otro. Pero como ni el hombre ni la mujer son siempre libres, otros han

de agarrarse a la mancera para que el surco salga bien hecho y la

simiente no se desperdicie. Yo, que por lo de ahora soy el gañán en este

negocio, te digo que quien quiera ayuntarse con mi cordera ha de hacer

tres cosas, sin que ninguna le perdone; no haciéndolas, ya se puede ir

con viento fresco y levantar la parva.

--Aunque sean trescientas haré yo, con tal de meterme debajo del yugo.

Eche usted, tío Juan, por esa boca, que ya se me hace tarde, y aunque me

mande cargar con la bodega, todavía me había de parecer mandato ligero,

según lo encalabrinado y emperrado que estoy con el aquel del tiraero

que ya le he dicho.

La voz de la conseja, t.1 Selección de las mejores novelas breves y cuentos de los más esclarecidos literatos · 第 6 / 10 段