hacía improvisar a sus profesores de retórica canciones alusivas; los
criados llenaban las copas del vino de oro que hierve, y las mujeres
batían palmas con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en
su Babilonia llena de músicas, de carcajadas y de ruido de festín.
Cuando se hastiaba de la ciudad bullente, iba de caza, atronando el
bosque con sus tropeles; y hacía salir de sus nidos a las aves
asustadas, y el vocerío repercutía en lo más escondido de las cavernas.
Los perros, de patas elásticas, iban rompiendo la maleza en la carrera,
y los cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían
ondear los mantos purpúreos, y llevaban las caras encendidas y las
cabelleras al viento.
* * * * *
El rey tenía un palacio soberbio, donde había acumulado riquezas y
objetos de arte maravilloso. Llegaba a él por entre grupos de lilas y
extensos estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos
antes que por los lacayos estirados. Buen gusto. Subía por una escalera
llena de columnas de alabastro y de esmaragdina, que tenía a los lados
leones de mármol, como los de los troncos salomónicos. Refinamiento. A
más de los cisnes tenía una vasta pajarera, como amante de la armonía,
del arrullo, del trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu
leyendo novelas de M. Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones
gramaticales, o críticas hermosillescas. Eso sí, defensor acérrimo de la
corrección académica en letras, y del modo lamido en artes; alma sublime
amante de la lija y de la ortografía.
* * * * *
¡Japonerías! ¡Chinerías!, por lujo, y nada más.
Bien podía darse el placer de un salón digno del gusto de un Goncourt y
de los millones de un Creso: quimeras de bronce con las fauces abiertas
y las colas enroscadas, en grupos fantásticos y maravillosos; lacas de
Kioto con incrustaciones de hojas y ramas de una flora monstruosa, y
animales de una fauna desconocida; mariposas de raros abanicos junto a
las paredes; peces y gallos de colores; máscaras de gestos infernales y
con ojos como si fuesen vivos; partesanas de hojas antiquísimas y
empuñaduras con dragones devorando flores de loto; y en conchas de
huevo, túnicas de seda amarilla, como tejidas con hilos de araña,
sembradas de garzas rojas y de verdes matas de arroz; y tibores,
porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay guerreros tártaros
con una piel que les cubre hasta los riñones, y que llevan arcos
estirados y manojos de flechas.
Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: diosas, musas,
ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes con cuadros del gran
Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¡cuántos salones!
Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta majestad,
el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey de naipe.
* * * * *
Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se
hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación
y de baile.
--¿Qué es eso?--preguntó.
--Señor, es un poeta.
El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, senzontes en la
pajarera: un poeta era algo nuevo y extraño.
--Dejadle aquí.
Y el poeta:
--Señor, no he comido.
Y el rey:
--Habla, y comerás.
Comenzó:
* * * * *
--Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis
alas al huracán, he nacido en el tiempo de la aurora: busco la raza
escogida que debe esperar, con el himno en la boca y la lira en la mano,
la salida del gran sol. He abandonado la inspiración de la ciudad
malsana, la alcoba llena de perfumes, la musa de carne que llena el alma
de pequeñez y el rostro de polvos de arroz. He roto el arpa adulona de
las cuerdas débiles contra las copas de Bohemia y las jarras donde
espumea el vino que embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que
me hacía parecer histrión, o mujer, y he vestido de modo salvaje y
espléndido: mi harapo es de púrpura. He ido a la selva, donde he quedado
vigoroso y ahito de leche fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera
del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad,
como un ángel soberbio, o como un semidiós olímpico, he ensayado el
yambo dando al olvido el madrigal.
He acariciado a la gran Naturaleza, y he buscado el calor del ideal, el
verso que está en el astro en el fondo del cielo, y el que está en la
perla en lo profundo del Océano. ¡He querido ser pujante! Porque viene
el tiempo de las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo
agitación y potencia, y es preciso recibir su espíritu con el poema que
sea arco triunfal, de estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas
de amor.
¡Señor!, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los
cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet! ¡Señor!, el arte no
viste pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las
íes. El es augusto, tiene mantos de oro, o de llamas, o anda desnudo, y
amasa la greda con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes
de ala como las águilas, o _zarpazos_ como los leones. Señor, entre un
Apolo y un ganso, preferid al Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida
y el otro de marfil.
¡Oh, la poesía!
¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de las mujeres
y se fabrican jarabes poéticos. Además, señor, el zapatero critica mis
endecasílabos, y el señor profesor de farmacia pone puntos y comas a mi
inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo esto!... El ideal, el
ideal...
El rey interrumpió:
--Ya habéis oído. ¿Qué hacer?
Y un filósofo al uso:
--Si lo permitís, señor, puede ganarse la comida con una caja de música;
podemos colocarle en el jardín, cerca de los cisnes, para cuando os
paseéis.
--Sí--dijo el rey; y dirigiéndose al poeta:--Daréis vueltas a un
manubrio. Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca
valses, cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de hambre. Pieza
de música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas ni de ideales. Id.
Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes al
poeta hambriento, que daba vueltas al manubrio: tiririrín, tiririrín...,
¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rey por las
cercanías? ¡Tiririrín, tiririrín...! ¿Había que llenar el estómago?
¡Tiririrín! Todo entre las burlas de los pájaros libres que llegaban a
beber rocío en las lilas floridas, entre el zumbido de las abejas que le
picaban el rostro y le llenaban los ojos de lágrimas..., ¡lágrimas
amargas que rodaban por sus mejillas y que caían a la tierra negra!
Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el cuerpo y en el alma. Y
su cerebro estaba como petrificado, y los grandes himnos estaban en el
olvido, y el poeta de la montaña coronada de águilas no era sino un
pobre diablo que daba vueltas al manubrio: ¡tiririrín!
Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él el rey y sus vasallos; a los
pájaros se les abrigó, y a él se le dejó al aire glacial, que le mordía
las carnes y le azotaba el rostro.
Y una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas
cristalizadas, en el palacio había festín, y la luz de las arañas reía
alegre sobre los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los
mandarines de las viejas porcelanas. Y se aplaudían hasta la locura los
brindis del señor profesor de retórica, cuajados de dáctilos, de
anapestos y de pirriquios, mientras en las copas cristalinas hervía el
Champaña con su burbujeo luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de
fiesta! Y el infeliz, cubierto de nieve, cerca del estanque, daba
vueltas al manubrio para calentarse, tembloroso y aterido, insultado por
el cierzo, bajo la blancura implacable y helada, en la noche sombría,
haciendo resonar entre los árboles sin hojas la música loca de las
galopas y cuadrillas; y se quedó muerto, pensando en que nacería el sol
del día venidero, y con él el ideal..., y en que el arte no vestiría
pantalones, sino manto de llamas de oro... Hasta que al día siguiente lo
hallaron el rey y sus cortesanos, al pobre diablo de poeta, como
gorrión que mata el hielo, con una sonrisa amarga en los labios, y
todavía con la mano en el manubrio.
* * * * *
¡Oh, mi amigo!, el cielo está opaco; el aire frío; el día, triste.
Flotan brumosas y grises melancolías...
Pero, ¡cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo!
Hasta la vista!
Elizabide el Vagabundo.
(BAROJA)
ELIZABIDE EL VAGABUNDO
¿Cer zala usté cenuben
enamoratzia?
Sillau is hira eta
guitarra jotzia.
(CANTO POPULAR)
Muchas veces, mientras trabajaba en aquel abandonado jardín, Elizabide
el Vagabundo se decía al ver pasar a Maintoni, que volvía de la iglesia:
--¿Qué pensará?--¿Vivirá satisfecha? ¡La vida de Maintoni le parecía tan
extraña! Porque era natural que quien como él había andado siempre a la
buena de Dios rodando por el mundo, encontrara la calma y el silencio de
la aldea deliciosos; pero ella, que no había salido nunca de aquel
rincón, ¿no sentiría deseos de asistir a teatros, a fiestas, a
diversiones, de vivir otra vida más espléndida, más intensa? Y como
Elizabide el Vagabundo no se daba respuesta a su pregunta, seguía
removiendo la tierra con su azadón filosóficamente.
--Es una mujer fuerte--pensaba después;--su alma es tan serena, tan
clara, que llega a preocupar. Una preocupación científica, sólo
científica, eso claro. Y Elizabide el Vagabundo, satisfecho de la
seguridad que se concedía a sí mismo de que íntimamente no tomaba parte
en aquella preocupación, seguía trabajando en el jardín abandonado de su
casa.
Era un tipo curioso el de Elizabide el Vagabundo. Reunía todas las
cualidades y defectos del vascongado de la costa: era audaz, irónico,
perezoso, burlón. La ligereza y el olvido constituían la base de su
temperamento: no daba importancia a nada, se olvidaba de todo. Había
gastado casi entero su escaso capital en sus correrías por América, de
periodista en un pueblo, de negociante en otro, aquí vendiendo ganado,
allá comerciando en vinos. Estuvo muchas veces a punto de hacer fortuna,
lo que no consiguió por indiferencia. Era de esos hombres que se dejan
llevar por los acontecimientos sin protestar nunca. Su vida, él la
comparaba con la marcha de uno de esos troncos que van por el río, que
si nadie los recoge se pierden al fin en el mar.
Su inercia y su pereza eran más de pensamiento que de manos; su alma
huía de él muchas veces: le bastaba mirar al agua corriente, contemplar
una nube o una estrella para olvidar el proyecto más importante de su
vida, y cuando no lo olvidaba por esto, lo abandonaba por cualquier
otra cosa, sin saber por qué muchas veces.
Ultimamente se había encontrado en una estancia del Uruguay, y como
Elizabide era agradable en su trato y no muy desagradable en su aspecto,
aunque tenía ya sus treinta y ocho años, el dueño de la estancia le
ofreció la mano de su hija, una muchacha bastante fea que estaba en
amores con un mulato. Elizabide, a quien no le parecía mal la vida
salvaje de la estancia, aceptó, y ya estaba para casarse cuando sintió
la nostalgia de su pueblo, del olor a heno de sus montes, del paisaje
brumoso de la tierra vascongada. Como en sus planes no entraban las
explicaciones bruscas, una mañana, al amanecer, advirtió a los padres de
su futura que iba a ir a Montevideo a comprar el regalo de boda; montó a
caballo, luego en el tren; llegó a la capital, se embarcó en un
transatlántico, y después de saludar cariñosamente la tierra
hospitalaria de América, se volvió a España.
Llegó a su pueblo, un pueblecillo de la provincia de Guipúzcoa; abrazó a
su hermano Ignacio, que estaba allí de boticario; fué a ver a su
nodriza, a quien prometió no hacer ninguna escapatoria más, y se instaló
en su casa. Cuando corrió por el pueblo la voz de que no sólo no había
hecho dinero en América, sino que lo había perdido, todo el mundo
recordó que antes de salir de la aldea ya tenía fama de fatuo, de
insubstancial y de vagabundo.
El no se preocupaba absolutamente nada por estas cosas; cavaba en su
huerta, y en los ratos perdidos trabajaba en construir una canoa para
andar por el río, cosa que a todo el pueblo indignaba.
Elizabide el Vagabundo creía que su hermano Ignacio, la mujer y los
hijos de éste le desdeñaban, y por eso no iba a visitarles más que de
cuando en cuando; pero pronto vió que su hermano y su cuñada le
estimaban y le hacían reproches porque no iba a verlos. Elizabide
comenzó a acudir a casa de su hermano con más frecuencia.
La casa del boticario estaba a la salida del pueblo, completamente
aislada; por la parte que miraba al camino tenía un jardín rodeado de
una tapia, y por encima de ella salían ramas de laurel de un verde
obscuro que protegían algo la fachada del viento del Norte. Pasando el
jardín estaba la botica.
La casa no tenía balcones, sino sólo ventanas, y éstas abiertas en la
pared sin simetría alguna; quizás esto era debido a que algunas de ellas
estaban tapiadas.
Al pasar en el tren o en el coche de las provincias del Norte, ¿no
habéis visto casas solitarias que, sin saber por qué, os daban envidia?
Parece que allá dentro se debe vivir bien, se adivina una existencia
dulce y apacible; las ventanas con cortinas hablan de interiores casi
monásticos, de grandes habitaciones amuebladas con arcas y cómodas de
nogal, de inmensas camas de madera; de una existencia tranquila,
sosegada, cuyas horas pasan lentas, medidas por el viejo reloj de alta
caja que lanza en la noche su sonoro tic-tac.
La casa del boticario era de éstas: en el jardín se veían jacintos,
heliotropos, rosales y enormes hortensias que llegaban hasta la altura
de los balcones del piso bajo. Por encima de la tapia del jardín caían
como en cascada un torrente de rosas blancas, sencillas, que en
vascuence se llaman _choruas_ (locas) por lo frívolas que son y por lo
pronto que se marchitan y se caen.
Cuando Elizabide el Vagabundo fué a casa de su hermano, ya con más
confianza, el boticario y su mujer, seguidos de todos los chicos, le
enseñaron la casa, limpia, clara y bien oliente; después fueron a ver la
huerta, y aquí Elizabide el Vagabundo vió por primera vez a Maintoni,
que, con la cabeza cubierta con un sombrero de paja, estaba recogiendo
guisantes en la falda del delantal. Elizabide y ella se saludaron
fríamente.
--Vamos hacia el río--le dijo a su hermana la mujer del
boticario.--Diles a las chicas que lleven el chocolate allí.
Maintoni se fué hacia la casa, y los demás, por una especie de túnel
largo formado por perales que tenían las ramas extendidas como las
varillas de un abanico, bajaron a una plazoleta que estaba junto al río,
entre árboles, en donde había una mesa rústica y un banco de piedra. El
sol, al penetrar entre el follaje, iluminaba el fondo del río y se veían
las piedras redondas del cauce y los peces que pasaban lentamente
brillando como si fueran de plata. La tarde era de una tranquilidad
admirable; el cielo azul, puro y tranquilo.
Antes del caer de la tarde las dos muchachas de casa del boticario
vinieron con bandejas en la mano trayendo chocolate y bizcochos. Los
chicos se abalanzaron sobre los bizcochos como fieras. Elizabide el
Vagabundo habló de sus viajes, contó algunas aventuras, y tuvo suspensos
de sus labios a todos. Sólo ella, Maintoni, pareció no entusiasmarse
gran cosa con aquellas narraciones.
--Mañana vendrás, tío Pablo, ¿verdad?--le decían los chicos.
--Sí, vendré.
Y Elizabide el Vagabundo se marchó a su casa y pensó en Maintoni y soñó
con ella. La veía en su imaginación tal cual era: chiquitilla, esbelta,
con sus ojos negros, brillantes, rodeada de sus sobrinos, que le
abrazaban y le besuqueaban.
Como el mayor de los hijos del boticario estudiaba el tercer año del
bachillerato, Elizabide se dedicó a darle lecciones de francés, y a
estas lecciones se agregó Maintoni.
Elizabide comenzaba a sentirse preocupado con la hermana de su cuñado,
tan serena, tan inmutable; no se comprendía si su alma era un alma de
niña sin deseos ni aspiraciones, o si era una mujer indiferente a todo
lo que no se relacionase con las personas que vivían en su hogar. El
vagabundo la solía mirar absorto.--¿Qué pensará?--se preguntaba. Una vez
se sintió atrevido, y la dijo:
--¿Y usted no piensa casarse, Maintoni?
--¡Yo! ¡casarme!
--¿Por qué no?
--¿Quién va a cuidar de los chicos si me caso? Además, yo ya soy
_nesca-zarra_ (solterona)--contestó ella riéndose.
--¡A los veintisiete años solterona! Entonces yo, que tengo treinta y
ocho, debo de estar en el último grado de la decrepitud.
Maintoni a esto no dijo nada; no hizo más que sonreir.
Aquella noche Elizabide se asombró al ver lo que le preocupaba
Maintoni.
--¿Qué clase de mujer es ésta?--se decía.--De orgullosa no tiene nada,
de romántica tampoco, y sin embargo...
En la orilla del río, cerca de un estrecho desfiladero, brotaba una
fuente que tenía un estanque profundísimo; el agua parecía allí de
cristal por lo inmóvil. Así era quizás el alma de Maintoni--se decía
Elizabide--y sin embargo...--Sin embargo, a pesar de sus definiciones,
la preocupación no se desvanecía; al revés, iba haciéndose mayor.
Llegó el verano; en el jardín de la casa del boticario reuníanse toda la
familia, Maintoni y Elizabide el Vagabundo. Nunca fué éste tan exacto
como entonces, nunca tan dichoso y tan desgraciado al mismo tiempo. Al
anochecer, cuando el cielo se llenaba de estrellas y la luz pálida de
Júpiter brillaba en el firmamento, las conversaciones se hacían más
íntimas, más familiares, coreadas por el canto de los sapos. Maintoni se
mostraba más expansiva, más locuaz.
A las nueve de la noche, cuando se oía el sonar de los cascabeles de la
diligencia que pasaba por el pueblo con un gran farol sobre la capota
del pescante, se disolvía la reunión y Elizabide se marchaba a su casa
haciendo proyectos para el día de mañana, que giraban siempre alrededor
de Maintoni.
A veces, desalentado, se preguntaba:--¿No es imbécil haber recorrido el
mundo para venir a caer en un pueblecillo y enamorarse de una señorita
de aldea? ¡Y quién se atrevía a decirle nada a aquella mujer, tan
serena, tan impasible!
Fué pasando el verano, llegó la época de las fiestas, y el boticario y
su familia se dispusieron a celebrar la romería de Arnazabal como todos
los años.
--¿Tú también vendrás con nosotros?--le preguntó el boticario a su
hermano.
--Yo no.
--¿Por qué no?
--No tengo ganas.
--Bueno, bueno; pero te advierto que te vas a quedar solo, porque hasta
las muchachas vendrán con nosotros.
--¿Y usted también?--dijo Elizabide a Maintoni.
--Sí. ¡Ya lo creo! A mí me gustan mucho las romerías.
--No hagas caso, que no es por eso--replicó el boticario.--Va a ver al
médico de Arnazabal, que es un muchacho joven que el año pasado le hizo
el amor.
--¿Y por qué no?--exclamó Maintoni sonriendo.
Elizabide el Vagabundo palideció, enrojeció; pero no dijo nada.
La víspera de la romería el boticario le volvió a preguntar a su
hermano:
--¿Conque vienes o no?
--Bueno, iré--murmuró el vagabundo.
Al día siguiente se levantaron temprano y salieron del pueblo, tomaron
la carretera, y después, siguiendo veredas, atravesando prados cubiertos
de altas hierbas y de purpúreas digitales, se internaron en el monte. La
mañana estaba húmeda, templada; el campo mojado por el rocío; el cielo
azul muy pálido, con algunas nubecillas blancas que se deshilachaban en
estrías tenues. A las diez de la mañana llegaron a Arnazabal, un pueblo
en un alto, con su iglesia, su juego de pelota en la plaza, y dos o tres
calles formadas por caseríos.
Entraron en el caserío, propiedad de la mujer del boticario, y pasaron a
la cocina. Allí comenzaron los agasajos y los grandes recibimientos de
la vieja de la casa, que abandonó su labor de echar ramas al fuego y de
mecer la cuna de un niño; se levantó del fogón bajo, en donde estaba
sentada, y saludó a todos, besando a Maintoni, a su hermana y a los
chicos. Era una vieja flaca, acartonada, con un pañuelo negro en la
cabeza; tenía la nariz larga y ganchuda, la boca sin dientes, la cara
llena de arrugas y el pelo blanco.
--¿Y vuestra merced es el que estaba en las Indias?--preguntó la vieja a
Elizabide, encarándose con él.
--Sí; yo era el que estaba allá.
Como habían dado las diez, y a esta hora empezaba la Misa mayor, no
quedaba en casa más que la vieja. Todos se dirigieron a la iglesia.
Antes de comer, el boticario, ayudado de su cuñada y de los chicos,
disparó desde una ventana del caserío una barbaridad de cohetes, y
después bajaron todos al comedor. Había más de veinte personas en la
mesa, entre ellas el médico del pueblo, que se sentó cerca de Maintoni,
y tuvo para ella y para su hermano un sin fin de galanterías y de
oficiosidades.
Elizabide el Vagabundo sintió una tristeza tan grande en aquel momento,
que pensó en dejar la aldea y volverse a América. Durante la comida,
Maintoni le miraba mucho a Elizabide.
--Es para burlarse de mí--pensaba éste.--Ha sospechado que la quiero, y
coquetea con el otro. El golfo de Méjico tendrá que ser otra vez
conmigo.
Al terminar la comida eran más de las cuatro; había comenzado el baile.
El médico, sin separarse de Maintoni, seguía galanteándola, y ella
seguía mirando a Elizabide.
Al anochecer, cuando la fiesta estaba en su esplendor, comenzó el
_aurrescu_. Los muchachos, agarrados de las manos, iban dando vuelta a
la plaza, precedidos de los tamborileros; dos de los mozos se
destacaron, se hablaron, parecieron vacilar, y descubriéndose, con las
boinas en la mano, invitaron a Maintoni para ser la primera, la reina
del baile. Ella trató de disuadirles en vascuence: miró a su cuñado, que
sonreía; a su hermana, que también sonreía, y a Elizabide, que estaba
fúnebre.
--Anda, no seas tonta--le dijo su hermana.
Y comenzó el baile con todas sus ceremonias y sus saludos, recuerdos de
una edad primitiva y heroica. Concluído el _aurrescu_, el boticario sacó
a bailar el fandango a su mujer, y el médico joven a Maintoni.
Obscureció: fueron encendiéndose hogueras en la plaza, y la gente fué
pensando en la vuelta. Después de tomar chocolate en el caserío, la
familia del boticario y Elizabide emprendieron el camino hacia casa.
A lo lejos, entre los montes, se oían los _irrintzis_ de los que volvían
de la romería, gritos como relinchos salvajes. En las espesuras
brillaban los gusanos de luz como estrellas azuladas, y los sapos
lanzaban su nota de cristal en el silencio de la noche serena.
De vez en cuando, al bajar alguna cuesta, al boticario se le ocurría que
se agarraran todos de la mano, y bajaban la cuesta cantando:
_Aita San Antoniyo Urquiyolacua. Ascoren biyotzeco santo devotua_.
A pesar de que Elizabide quería alejarse de Maintoni, con la cual estaba
indignado, dió la coincidencia de que ella se encontraba junto a él. Al
formar la cadena, ella le daba la mano, una mano pequeña, suave y tibia.
De pronto, al boticario, que iba el primero, se le ocurría pararse y
empujar para atrás, y entonces se daban encontronazos los unos contra
los otros, y a veces Elizabide recibía en sus brazos a Maintoni. Ella
reñía alegremente a su cuñado, y miraba al vagabundo, siempre fúnebre.
--Y usted, ¿por qué está tan triste?--le preguntó Maintoni con voz
maliciosa, y sus ojos negros brillaron en la noche.
--¡Yo! No sé. Esta maldad de hombre que sin querer le entristecen las
alegrías de los demás.
--Pero usted no es malo--dijo Maintoni, y le miró tan profundamente con
sus ojos negros, que Elizabide el Vagabundo, se quedó tan turbado, que
pensó que hasta las mismas estrellas notarían su turbación.
--No, no soy malo--murmuró Elizabide--; pero soy un fatuo, un hombre
inútil, como dice todo el pueblo.
--¿Y eso le preocupa a usted, lo que dice la gente que no le conoce?
--Sí, temo que sea la verdad, y para un hombre que tendrá que marcharse
otra vez a América, ese es un temor grave.
--¡Marcharse! ¿Se va usted a marchar?--murmuró Maintoni con voz triste.
--Sí.
--¿Pero por qué?
--¡Oh! A usted no se lo puedo decir.
--¿Y si yo lo adivinara?
--Entonces lo sentiría mucho, porque se burlaría usted de mí, que soy
viejo...
--¡Oh, no!
--Que soy pobre.
--No importa.
--¡Oh, Maintoni! ¿De veras? ¿No me rechazaría usted?
--No; al revés.
--Entonces... ¿me querrás como yo te quiero?--murmuró Elizabide el
Vagabundo en vascuence.
--Siempre, siempre...--Y Maintoni inclinó su cabeza sobre el pecho de
Elizabide y éste la besó en su cabellera castaña.
--¡Maintoni! ¡Aquí!--le dijo su hermana, y ella se alejó de él; pero se
volvió a mirarle una vez, y muchas.