un caudal de lágrimas y para decir con acento tristísimo:
--¡Nunca lo creyera de Ramón!
Fresnedo se conmovió. Hubo explicaciones. Al fin se transigió de un modo
honroso para las dos partes. Convínose en que Margarita y su mamá irían
a San Sebastián, llevando a la niña de quince meses, y que Fresnedo
fuése a Campizos el mes de Agosto, con Jesús, el niño mayor, de edad de
tres años, y su niñera. Esta es la razón de que Fresnedo se encuentre
durmiendo la siesta donde acabamos de verle.
Despertóle de ella una voz bien conocida:
--Papá, papá.
Abrió los ojos y vió a su hijo a dos pasos, con su mandilito de dril
color perla, sus zapatitos blancos y el negro y enmarañado cabello caído
en bucles graciosos sobre la frente. Era un chico más robusto que
hermoso. La tez, de suyo morena, teníala ahora requemada por los días
que llevaba de aldea haciendo una vida libre y casi salvaje. Su padre le
tenía todo el día a la intemperie, siguiendo escrupulosamente las
instrucciones de su médico.
--Papá..., dijo Tata que tú no querías... que tú no querías... que tú no
querías... comprarme un carro... y que el carnero... y que el carnero no
era mío..., que era de Carmita (la hermana), y no me deja cogerlo por
los cuernos, y me pegó en la mano.
El chiquitín, al pronunciar este discurso con su graciosa media lengua,
deteniéndose a cada momento, mostraba en sus ojos negros y profundos la
indignación vivísima y mucha sed de justicia. Por un instante pareció
que iba a romper en llanto; pero su temperamento enérgico se sobrepuso,
y después de hacer una pausa cerró su perorata con una interjección de
carretero. El padre le había estado escuchando embelesado, animándole
con sus gestos a proseguir, lo mismo que si una música celeste le
regalase los oídos. Al oir la interjección, estalló en una sonora y
alegre carcajada. El niño le miró con asombro, no pudiendo comprender
que lo que a él le ponía tan fuera de sí causase el regocijo de su papá.
Este hubiera estado escuchándole horas y horas sin pestañear. Y eso que,
según contaba su suegra a las visitas, cuando quería dar el golpe de
gracia a su yerno y perderle completamente ante la conciencia pública,
¡¡¡se había dormido oyendo _La Favorita a Gayarre_!!!
--¿Sí, vida mía? ¿La Tata no quiere que cojas el carnero por los
cuernos? ¡Deja que me levante, ya verás cómo arreglo yo a la Tata!
Fresnedo atrajo a su hijo y le aplicó dos formidables besos en las
mejillas, acariciándole al mismo tiempo la cabecita con las manos.
El chico no había agotado el capítulo de los agravios que creía haber
recibido de su niñera... Siguió gorjeando que ésta no había querido
darle pan.
--Hace poco tiempo que hemos comido.
--Hace mucho--dijo el niño con despecho.
--Bueno, ya te lo daré yo.
Además, la Tata no había querido contarle un cuento, ni hacer vaquitas
de papel. Además, le había pinchado con un alfiler aquí. Y señalaba una
manecita.
--¡Pues es cierto!--exclamó Fresnedo viendo, en efecto un ligero
rasguño.--¡Dolores! ¡Dolores!--gritó después.
Presentóse la niñera. El amo la increpó duramente por llevar alfileres
en la ropa, contra su prohibición expresa. Jesús, viendo a la Tata
triste y acobardada, fué a restregarse con sus faldas, como pidiéndole
perdón de haber sido causa de su disgusto.
--Bueno--dijo Fresnedo levantándose del diván y esperezándose.--Ahora
nos iremos al establo y cogerás al carnero por los cuernos. ¿Quieres,
Chucho?
Chucho quiso descoyuntarse la cabeza haciendo señales de afirmación que
corroboraba vivamente con su media lengua. Pero echando al mismo tiempo
una mirada tímida a su Tata, y viéndola todavía seria y avergonzada, le
dijo con encantadora sonrisa:
--No te enfades, boba; tú vienes también con nosotros.
Fresnedo se vistió su americana de dril, se cubrió con un sombrero de
paja, y tomando de la mano a su niño, bajó al jardín, y de allí se
trasladaron al establo. Al abrir la puerta, Chucho, que iba muy
decidido, se detuvo y esperó a que su padre penetrase. Estaba obscuro.
Del fondo de la cuadra salía el vaho tibio y húmedo que despide siempre
el ganado. Las vacas mugieron débilmente, lo cual puso en gran
sobresalto a Jesús, que se negó rotundamente a entrar, bajo el pretexto
especioso de que se iba a manchar los zapatos. Su padre le tomó entonces
en brazos y pasó y quiso acercarle a las vacas y que les pusiese la mano
en el testuz. Chucho, que no las llevaba todas consigo, confesó que a
las vacas les tenía un «potito de miedo». A los carneros ya era otra
cosa. A éstos declaraba que no les temía poco ni mucho; que jamás había
sentido por ellos más que amor y veneración.
--Bueno, vamos a ver los carneros--dijo Fresnedo sonriendo.
Y se trasladaron al departamento de las ovejas. Allí pretendió dejarlo
en el suelo; mas en cuanto puso los piececitos en él, Jesús manifestó
que estaba cansadísimo, y hubo que auparlo de nuevo. Acercóle su padre a
un carnero y le invitó a que le tomase por un cuerno. Era cosa grave y
digna de meditarse. Chucho lo pensó con detenimiento. Avanzó un poco la
mano, la retiró otra vez, volvió a avanzarla, volvió a retirarla. Por
último, se decidió a manifestar a su papá que a los carneros les tenía
«un potito miedo». Pero, en cambio, dijo que a las gallinas las trataba
con la mayor confianza; que en su vida le habían inspirado el más mínimo
recelo; que se sentía con fuerzas para cogerlas del rabo, de las patas y
hasta del pico, porque eran unos animales cobardes y despreciables, al
menos en su concepto. Fresnedo no tuvo inconveniente en llevarle al
gallinero, que estaba en la parte trasera de la casa, fabricado con una
valla de tela metálica. Allí Chucho, con una bravura de que hay pocos
ejemplos en la historia, se dirigió al gallo mayor, enorme animal de
casta española, soberbio de posturas y ardiente de ojo. Trató de cogerle
por el rabo, como había formalmente prometido, pero el grave sultán del
gallinero chilló de tal horrísona manera, extendiendo las alas y dando
feroces sacudidas, que el frío de la muerte penetró en el corazón de
Chucho. Apresuróse a soltarlo y se agarró aterrado al cuello de su
padre.
--Pero, hombre, ¿no decías que no tenías miedo a las gallinas?--exclamó
éste riendo.
--Tú, tú...; cógelo tú, papá.
--Yo tengo miedo.
--No, tú no tienes miedo.
--Y tú, ¿lo tienes?
Calló avergonzado; pero al fin confesó que a las gallinas también les
tenía «un potito de miedo».
Desde allí llevóle otra vez Fresnedo al establo, y después de varios
sustos y vacilaciones logró que pusiera su manecita en el hocico de un
becerro. Mas ocurriéndole al animal sacar la lengua y pasársela por la
mano, la aspereza de ella le produjo tal impresión, que no quiso ya
arrimarse a ningún otro individuo de la raza vacuna. Subióle después al
pajar. ¡Qué placer para Chucho! ¡Hundirse en la crujiente hierba,
agarrarla y esparcirla en pequeños puñados; dejarse caer hacia atrás con
los brazos abiertos! Pero aún era mayor el gozo de su padre
contemplándole. Jugaron a sepultarse vivos. Fresnedo se dejaba enterrar
por su hijo, que iba amontonando hierba sobre él con vigor y crueldad
que nadie esperara de él. Mas a lo mejor de la operación, su papá daba
una violenta sacudida y echaba a volar toda la hierba. Y con esto el
chico soltaba nuevas carcajadas, como si aquello fuese el caso más
chistoso de la tierra. Sudaba una gota por todos los poros de su tierno
cuerpecito, tenía los cabellos pegados a la frente y el rostro
encendido. Cuando su papá trató de tomar la revancha y sepultarle a él,
no pudo resistirlo. Así que se halló con hierba sobre los ojos, dióse a
gritar y concluyó por llorar con verdadero sentimiento, cayéndole por
las mejillas unas lágrimas que su padre se apresuró a beber con besos
apasionados.
Sí; en aquel momento a Fresnedo le atacó uno de esos accesos de ternura
que solían ser en él frecuentes. Jesús era su familia, todo su amor, la
única ilusión de su vida. Si entrásemos por los últimos pliegues de su
corazón, es posible que no halláramos ya un átomo de cariño hacia su
mujer. El carácter altanero, impertinente y desabrido de ésta había
matado el fuego de la pasión que sintió por ella al casarse. Pero aquel
tierno pimpollo, aquel botón de rosa, aquel pastelito dulce amasado por
los ángeles lo llenaba todo, ocupaba enteramente su vida, era el fondo
de sus pensamientos, el consuelo de sus pesares. Abrazábalo con arrebato
y cubría sus frescas mejillas con besos prolongados apretadísimos,
murmurando después a su oído palabras fogosas de enamorado.
--¿Quién te quiere más que nadie en el mundo, hermoso mío? ¿No es tu
papá? Di, lucero. Y tú, ¿a quién quieres más? Sí, vida mía, sí; te
quiero tanto, que daría por ti la vida con gusto. Por ti, nada más que
por ti, quisiera ser algo de provecho en el mundo. Por ti, sólo por ti,
trabajo y trabajaré hasta morir! ¡Nunca te podré pagar lo feliz que me
haces, criatura!
El niño no comprendía, pero adivinaba aquella pasión y la correspondía,
finamente. Sus grandes ojos negros, expresivos, se posaban en su padre,
esforzándose por penetrar en aquel mundo de amor y descifrar el sentido
de palabras tan fervorosas. Después de un momento de silencio en que
pareció que meditaba, tomó con sus manecitas como claveles la cara de su
padre, y acercando la boca a su oído, le dijo con voz tenue como un
soplo:
--Papá, voy a decirte una cosa... Te quiero más que a mamá... No se lo
digas, ¿eh?
Al buen Fresnedo se le humedecían los ojos con estas cosas.
Bajaron del pajar, salieron del establo, y después de consultado el
reloj, el comerciante resolvió irse a bañar, como todos los días, al
río.
--Chucho, ¿vienes conmigo al baño?
¡Cielo santo, qué felicidad!
Chucho quiso volverse loco de alegría. Generalmente el baño de su padre
le causaba algunas lágrimas porque no podía llevarle consigo a causa de
la niñera. Fresnedo se bañaba en un sitio retirado, pero en cueros
vivos. Esta vez se decidió a llevar a su hijo y dejar a Dolores en casa.
El niño comenzó a pedir a grandes gritos el sombrero. No quería subir
por él a casa, temiendo que su padre se le escapase como otras veces. La
Tata, riendo, se lo tiró del balcón, y lo mismo la sábana del papá y la
sombrilla.
El río estaba a un kilómetro de la casa. Era necesario caminar por unas
callejas bordadas de toscas paredillas recamadas de zarzamora y
madreselva. El sol empezaba a declinar, y el valle, el hermoso valle de
Campizos, rodeado de suaves colinas pobladas de castañares, y en segundo
término de un cinturón de elevadísimas montañas, cuyas crestas nadaban
en un vapor violáceo, dormía la siesta silencioso, ostentando su manto
de verdura incomparable. Había todos los matices del verde en este
manto, desde el claro amarillento de la hierba tierna, hasta el obscuro
y profundo de los robles y negrillos.
Caminaban padre e hijo por las angostas calles preservándose del sol con
la sombrilla del primero. Pero Chucho se escapaba muchas veces y
Fresnedo le dejaba libre, convencido de que era bueno acostumbrarlo a
todo. Gozaba al verle correr delante, con su mandilito de dril y su gran
sombrero de paja con cintas azules. Chucho andaba cuatro veces el
camino, como los perros. Paraba a cada instante para coger las
florecitas que estaban al alcance de su mano, y las que no, obligaba
despóticamente a su padre a cogerlas y además a cortar algunas ramas de
los árboles, con las cuales iba barriendo el camino. Por cierto que en
medio de él tuvo un encuentro desdichado y temeroso. Al doblar un recodo
tropezóse nuestro niño con un cerdo, un gran cerdo negro y redondo,
caminando en la misma dirección. Chucho tuvo la temeridad de acercarse a
él y cogerle por el rabo. Este aditamento de los animales ejercía una
influencia magnética sobre sus diminutas manos regordetas. El cerdo que
estaba, al parecer, de mal humor y nervioso, al sentirse asido lanzó un
terrible bufido, y dando la vuelta para escapar, embistió con el niño y
lo volcó. ¡Cristo Padre, qué grito! Allá acudió Fresnedo corriendo, y lo
levantó y le limpió las lágrimas y el polvo, haciéndole presente al
mismo tiempo que tomaría venganza de aquel cerdo bárbaro y descortés así
que llegaran a casa. Con lo cual se aplacó Chucho, no sin manifestar
antes que el cerdo era muy feo y que a él le gustaban más los perros,
porque eran buenos y le conocían, y cuando estaban de humor le lamían la
cara.
Hubo que pasar por algunas saltaderas. Fresnedo tomaba a su hijo en
brazos y le ponía de la parte de allá con gran cuidado. Dejaron el
camino real y empezaron a caminar por los prados, donde Jesús se empeñó
en coger un grillo. Su padre le mandó orinar en el agujero para que
saliese. Así lo hizo, y como el grillo no quería asomar, se irritó
contra sí mismo porque no podía orinar más y lloró desconsoladamente.
Aunque con gran sentimiento, renunció a aquella caza difícil y se dedicó
a las _anitas de Dios_, y se entretuvo un rato, demasiado largo, en
opinión de su papá, a ponerlas en la palma de la mano, cantándoles:
_Anita, anita de Dios, abra las alas y vete con Dios_, precioso conjuro
que la había enseñado su Tata, persona muy instruída en este linaje de
conocimientos.
Por fin llegaron al río. Corría sereno y límpido por entre praderas,
orlado de avellanos que salen de la tierra como grandes ramilletes.
Formaba en aquel paraje un remanso que llamaban en la aldea el _Pozo de
Tresagua_. Era el pozo bastante hondo, el sitio retirado y deleitoso.
Ningún otro había en los contornos de Campizos más a propósito para
bañarse. Llegaba el césped hasta la misma orilla, y sobre aquella verde
alfombra era grato sentarse y cómodamente se podía cualquiera desnudar
sin peligro de ser visto. Los avellanos, macizos de verdura, no dejaban
pasar los rayos del sol, que aún lucía vivo y ardiente. Allí gozaba
Fresnedo del baño más que el sultán de Turquía, acumulando salud y
felicidad para todo el año. En aquel mismo sitio se había bañado de niño
con otra porción de compañeros que hoy eran labradores. ¡Qué placer
sentía recordando los pormenores de su vida infantil, cuando era un
zagalillo a quien su padres recomendaban el cuidado del ganado en el
monte o les ayudaba en todas las faenas de la agricultura! Cuando los
recuerdos de la infancia van unidos a una vida libre en el seno de la
Naturaleza, por pobre que se haya sido, siempre aparecen alegres,
deliciosos.
Descansaron algunos minutos padre e hijo sobre el césped «reposando el
calor», y al fin se decidió aquel a ir despojándose poco a poco de la
ropa. Mientras lo hacía, tarareaba una canción de zarzuela de las que
llegaban a sus oídos de Madrid. La alegría le rebosaba del alma. Su hijo
le miraba atentamente con sus grandes ojos negros. De vez en cuando
Fresnedo levantaba los suyos hacia él, y le decía sonriendo:
--¿Qué hay, Chucho? ¿Te quieres bañar conmigo?
Chucho se contentaba con reir, como diciendo:
¡Qué bromista es este papá! ¡Como si no supiese que armo un escándalo
cada vez que intentan meterme en el agua!
Fresnedo se bañaba enteramente desnudo. Le incomodaba mucho cualquier
traje de baño. En aquel sitio tenía la seguridad de no ser visto. Cuando
se quedó en cueros vivos, el asombro y la curiosidad retratados en la
cara de su «Chipilín», le causaron cierta vergüenza y se cubrió con la
sábana. Pero Chucho no estaba conforme y empezó a gorjear, mientras
tiraba de la sábana con sus manecitas, «que su papá tenía pelo en el
cuerpo y que él no lo tenía, y que la Tata tampoco lo tenía...»
--Vamos, Chucho, cállate--le dijo el papá con semblante grave--. No se
habla de eso. Los niños no hablan de eso.
--¿Y por qué no hablan los niños de eso? Fresnedo no contestó.
--¿Por qué no hablan los niños de eso, papá?--repitió el chico.
El comerciante quiso distraerle hablándole de otras cosas, pero Chucho
no acudió al engaño.
--¿Por qué no hablan los niños de eso, papá?--insistió lleno de
curiosidad.
--Porque no está bien--respondió.
--¿Y por qué no está bien?
--¡Vaya, vaya, déjame en paz!--exclamó entre impaciente y risueño.
Embozado en la sábana como en un jaique moruno avanzó hacia el agua.
--Mira, Chucho--dijo volviéndose--, no te muevas de ahí. Sentadito hasta
que yo salga, ¿verdad?... Mira, vas a ver cómo me tiro de cabeza al
agua. Mira bien. A la una..., a las dos... Mira bien, Chucho... ¡A las
tres!
Fresnedo, que había dejado caer la sábana al dar las voces y se había
colocado sobre un pequeño cantil, lanzóse, en efecto de cabeza al pozo
con el placer que lo hacen los hombres llenos de vida. Al hundirse, su
cuerpo robusto agitó violentamente el agua, produjo en ella una
verdadera tempestad, cuyas gotas salpicaron al mismo Jesús. Este sufrió
un estremecimiento y quedó atónito, maravillado, al ver prontamente
salir a su padre y nadar haciendo volteretas y cabriolas en el agua.
--¡Mira, Chucho! ¡Mira!
Y se puso con el vientre arriba, dejándose flotar sin movimiento alguno.
--Mira, mira ahora.
Y nadaba hacia atrás con los pies solamente.
--Verás ahora: voy a nadar como los perros.
Nadaba, en efecto, chapoteando el agua con las palmas de las manos.
¡Con qué gozo recordaba el rico comerciante aquellas habilidades
aprendidas en la niñez!
Chucho estaba arrobado en éxtasis delicioso contemplándole. No perdía
uno solo de sus movimientos.
--¡Chucho! ¡Chuchín! ¡Bien mío! ¿Quién te quiere?--gritaba Fresnedo
embriagado por la felicidad que las caricias del agua y los ojos
inocentes de su hijo le producían.
El niño guardaba silencio completamente absorto y atento a los juegos
natatorios de su padre.
--Vamos, di, Chipilín, ¿quién te quiere?
--Papá--respondió grave con su voz levemente ronca, sin dejar de
contemplarle atentamente.
Una de las habilidades en que Fresnedo había sobresalido de niño y que
mucho le enorgullecía, era la de pescar truchas a mano. Siempre que
venía a Campizos se ejercitaba en esta pesca. Era verdaderamente notable
su destreza para reconocer y batir los agujeros de las rocas, bloquear
la trucha y agarrarla por las agallas al fin. Los pescadores del país
confesaban que se las podía haber con cualquiera de ellos, y se contaba
que de niño había salido del agua con tres truchas, una en cada mano y
otra en la boca, aunque Fresnedo no quería confirmarlo. Pues bien; en
este momento le acometió el deseo de proporcionar un placer a su hijo y
dárselo a sí mismo.
--Verás, Chipilín, voy a sacarte una trucha... ¿Quieres?
¡Ya lo creo que quería!
¡Pues si cabalmente Chucho sentía mayor inclinación, si cabe, a los
animales acuáticos que a los terrestres!
Fresnedo hizo una larga aspiración y se sumergió, dejando a su hijo
maravillado; registró los huecos de algunas piedras del fondo, y sólo
pudo tocar con los dedos la cola de una trucha sin lograr agarrarla.
Como le faltase el aliento, subió a respirar.
--Chucho, no he podido cogerla; pero ya caerá.
--¿Por qué caerá, papá?--preguntó el niño que no dejaba escapar un
modismo sin hacer que se lo explicasen.
--Quiero decir que ya la cogeré.
Otra vez aspiró el aire con fuerza y se lanzó al fondo. Al cabo de unos
momentos salió a la superficie con una trucha en la mano, que arrojó a
la orilla. Chucho dió un grito de susto y alegría al ver a sus pies al
animalito brincando y retorciéndose con furia. Quería agarrarlo cuando
paraba un instante; pero al acercar su manecita la trucha daba un salto,
y el chico, estremecido, la retiraba vivamente; intentaba nuevamente
asirla lanzando chillidos alegres, y otro salto le asustaba y le ponía
súbito grave. Estaba nervioso; gritaba, reía, hablaba, lloraba a un
tiempo mismo, mientras su padre, embelesado, nadaba suavemente
contemplándole.
--¡Anda, valiente! ¡Agárrala, que no te hace nada!... ¡Por la cola,
tonto!... ¿Quieres que te pesque otra más grande?
--Sí, más gande, papá. Esta no me gusta--respondió el chiquito
renunciando ya bravamente a agarrar una trucha tan pequeña.
El buen comerciante se preparó para otro chapuz; dejóse ir al fondo y
con prisa comenzó a registrar los agujeros de una roca grande que antes
había visto. La muerte feroz y traidora aguardaba dentro. Metió el brazo
en uno de ellos harto angosto, y cuando intentó sacarlo no pudo. La
sangre se le agolpó toda al corazón. Perdió la serenidad para buscar la
postura en que había entrado. Forcejeó en vano algunos momentos. Abrió
la boca al fin, falto de aliento, y en pocos segundos quedó asfixiado el
infeliz.
Chucho esperó en vano su salida. Miró con gran curiosidad por algunos
minutos el agua, hasta que, cansado de esperar, dijo con inocente
naturalidad:
--¡Papá, sal!
El padre no obedeció. Esperó unos instantes, y volvió a gritar con más
energía:
--¡Papá, sal!
Y cada vez más impaciente, repitió este grito, concluyendo por llorar.
Largo rato estuvo diciendo lo mismo con desesperación:
--¡Sal, papá, sal!
Sus rosadas mejillas estaban bañadas de lágrimas; sus ojos grandes,
hermosos, inocentes, se fijaban ansiosos en el pozo donde a cada
instante se figuraba ver salir a su padre.
Un salto de la trucha que tenía cerca, viva aún, le distrajo. Acercó su
manecita a ella y la tocó con un dedo. La trucha se movió levemente.
Volvió a tocarla y se movió menos aún. Entonces, alentado por el
abatimiento del animal, se atrevió a posar la palma de la mano sobre él.
La trucha no rebulló. Chucho principió a gorjear por lo bajo que él no
tenía miedo a las truchas y que si estuviera allí su hermana Carmita
indudablemente no osaría poner la mano sobre una bestia tan feroz como
aquélla. Tanto se fué envalentonando, que concluyó por agarrarla por la
cola y suspenderla. Aquel acto de heroísmo despertó en él mucha alegría.
Fluyeron de su garganta algunas sonoras carcajadas. Pero una violenta
sacudida de la trucha le obligó a soltarla aterrado. Miró a su
alrededor, y no viendo a nadie, se fijó otra vez en el pozo y tornó a
gritar, llorando:
--¡Sal, papá! ¡Sal, papá!... ¡No quero trucha, papá! ¡Sal!
El sol declinaba. Aquel retirado paraje, situado en la falda misma de la
colina, se iba poblando de sombras. Allá, en el horizonte, el sol se
ocultaba detrás de las altas y lejanas montañas de color violeta.
--Teno miedo, papá... ¡Sal, papaíto!--gritaba la tierna criatura
bebiendo lágrimas.
Ninguna voz respondía a la suya. Escuchábanse tan sólo las esquilas del
ganado o algún mujido lejano. El río seguía murmurando suavemente su
eterna queja.
Rendido, ronco de tanto gritar, Chucho se dejó caer sobre el césped y se
durmió. Pero su sueño fué intranquilo. Era una criatura excesivamente
nerviosa, y la agitación con que se había dormido le hizo despertar al
poco rato. Había cerrado la noche. Al principio no se dió cuenta de
dónde estaba, y dijo como otras veces en su camita:
--Tata, quero agua.
Pero viendo que la Tata no acudía, se incorporó sobre el césped, miró
alrededor, y su pequeño corazón se encogió de terror observando la
obscuridad que reinaba.
--¡Tata, Tata!--gritó repetidas veces...
La luz de la luna rielaba en el agua. Atraídos sus ojos hacia ella,
Chucho se acordó de pronto que su papá estaba con él y se había metido
en el río a sacarle una trucha. Y entre sollozos que le rompían el pecho
y lágrimas que le cegaban, volvió a gritar:
--¡Sal, papá; sal, mi papá!... ¡Teno miedo!
La voz del niño resonaba tristemente en la obscura campiña silenciosa.
¡Ah! Si el buen Fresnedo pudiera escucharle allá en el fondo del pozo,
hubiera mordido la roca que le tenía sujeto, se hubiera arrancado el
brazo para acudir a su llamamiento.
No pudiendo ya gritar más porque le faltaba la voz y el aliento,
destrozado por el cansancio, cayó otra vez dormido, y así le hallaron
los que habían salido en su busca.
El Rey Burgués.
(RUBÉN DARÍO)
EL REY BURGUES
¡Amigo!, el cielo está opaco; el aire, frío; el día, triste. Un cuento
alegre..., así como para distraer las brumosas y grises melancolías,
helo aquí.
* * * * *
Había en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso, que tenía
trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras;
caballos de largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos y
monteros con cuernos de bronce, que llenaban el viento con sus
fanfarrias. ¿Era un rey poeta? No, amigo mío: era el Rey Burgués.
* * * * *
Era muy aficionado a las artes el soberano y favorecía con gran largueza
a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores, escultores,
boticarios, barberos y maestros de esgrima.