acordé más del asunto, hasta que a las veinticuatro horas me llegó el
primer rum rum de la desaparición de Cristo. El mismo misterio que en lo
de su tío Castañeda; ni rastro del muchacho por ninguna parte. La madre
andaba como loca, pregunta que te preguntarás, de casa en casa; la
hermana salía de un ataque nervioso para caer en un síncope; la justicia
local, como de costumbre, se lavaba las manos--imposible parece que así
y todo las tenga tan puercas--y del chico, ni esto. Por fin, al cabo de
una semana, lo que es aparecer, apareció... ¿Pero dónde? Metido en un
hórreo, hecho una lástima, en descomposición... Son pormenores
horribles; bueno, se trata de que se imponga usted de cómo la cosa
ocurriera. Yo vi el cadáver y me convencí de que no había exageración
ninguna en lo que se refirió después. Debían de haberle atormentado
mucho tiempo, porque estaba el cuerpo hecho una pura llaga: a mí se me
figura que lo azotaron con cuerdas, o que lo tundieron a varazos: las
señales eran como rayas o surcos en el pellejo. Para acabarlo le dieron
un corte así en la garganta. El rostro, desfiguradísimo; sólo una
madre--¡pobre señora!--conoce y se arroja a besar un rostro semejante.
Sí, estoy conforme: es una infamia, un crimen que clama al cielo, lo que
usted guste... Pero usted también va a convenir conmigo. También va a
decir que todo ello es moco de pavo en comparación del último
refinamiento salvaje, de que no tiene noticia aun. Porque matar,
atormentar, se llama así, atormentar y matar y se acabó; ¿cómo se llama
el escarnio, la befa más inconcebible, el reto a Dios, que consiste en
lo siguiente: elegir, para dar tal género de muerte a ese hombre que la
gente apodaba Cristo... elegir... ¿qué día del año piensa usted?
_¡El Viernes Santo!_
* * * * *
--Pecador soy como el que más--prosiguió el párroco de Naya con la voz y
el gesto transformados por una seriedad profunda;--pecador soy, indigno
de que Dios baje a estas manos; no tengo vocación de santo como el cura
de Ulloa, ni me gusta echar sermones con requilorios como el de
Xabreñes; pero en semejante ocasión, al enterarme de la monstruosidad,
no sé qué hormigueo me entró por el cuerpo, no sé qué vuelta me dió la
sangre ni qué luminarias me danzaron delante de los ojos... que, vamos,
al pino más alto del pinar de Morlán me subiría para gritar: ¡maldición
y anatema sobre Lobeiro!--¡La plática que les encajé a mis feligreses el
domingo! Ni Isaías... fuera el alma.--Con un arrebato que aun hoy me
asombra, les dije que Dios, al parecer, se hace el sordo y el ciego,
pero es como quien toma carrera para saltar mejor; que ningún crimen
queda impune; que la sangre de Abel siempre grita venganza, y que me
creyesen a mí, que a fe de Eugenio, nadie se quedaría sin su merecido, y
por medios inescrutables, pero seguros, cuando estuviese más descuidado.
«Quien fosa cava, en ella caerá», me acuerdo que grité como un
energúmeno. Por supuesto que era hablar por no callar: tanto sabía yo
del castigo dichoso, como de la primer camisa que vestí: sólo que en
aquel entonces de veras me parecía que así iba a suceder, que Lobeiro
estaba emplazado, y que la inspiración hablaba por mi boca. _Spiritus
ejus in ore meo_.
Poco a poco se fué acallando el _rebumbio_ del asesinato de Cristo. La
madre y la hermana, convertidas en dos sombras, flaquitas y de riguroso
luto, fueron el único recuerdo que quedó de la tragedia. En la gente
siempre fermentaba el odio contra el cacique; pero lo comprimía el
temor. Es de advertir que por entonces _los_ de Lobeiro cayeron, y
necesariamente el maldito, no teniendo la sartén por el mango, se
reportó en sus exacciones y sus iniquidades. El país respiró unas
miajas. El bando de Trampeta aleteó. Lobeiro, en el interregno, se
dedicó a una ocupación pacífica: reconstruir su casa, que era muy vieja,
y ya mezquina para las exigencias de su nueva posición; porque la
fortuna del cacique había crecido mucho, y su mujer, amiga de lujos, de
comilonas y de tirar de largo, le metió en la cabeza hacer vivienda
nueva y la verdad, con todos los perendengues: dos pisos de piedra
sillar, magnífica; ventanas con unas rejas imponentes: puerta como la
de un castillo: su gran escalera, su sala de recibir, su cocina
hermosísima... ¡Una casa para Orense! En el país se hablaba mucho de tal
edificio, y de la seguridad que ofrecía, y de las precauciones que
revelaba aquel modo de edificar--, precauciones debidas a los muchos
enemigos que tenía el cacique.
Enemigos, a miles se le podían contar; y sin embargo, como el hombre se
mantenía agachado, nadie se metía con él, temeroso de despertarle. El
gran alboroto fué el que se armó cuando de repente, sin que lo
barruntásemos ni poco ni mucho, se volcó la tortilla y subió nuevamente
al poder el partido de Lobeiro.
¡Madre mía! el terror que cayó sobre nosotros! Lobeiro otra vez
mandando, rey otra vez de la comarca; otra vez a su disposición la
hacienda, la tranquilidad, la vida de todos; otra vez los cadáveres en
los hórreos o en el fondo del Avieiro o en un hoyo profundo, allá por
las asperezas de algún pinar! ¿Quién respirar? ¿Quién dormiría
tranquilo? ¿Quién estaba seguro de no perecer martirizado?
Usted se va a reir si le digo una cosa. No, no se reirá: al contrario:
se hará cargo mejor que nadie, porque tiene costumbre de considerar
estas singularidades propias de la naturaleza humana.--El miedo, a
veces, es el mejor agente del valor. Sí: por miedo se verifican actos
de heroísmo: por desesperación se realizan acciones que en estado normal
nos ponen los pelos de punta. Una persona que se ve rodeada de llamas, o
teme que el incendio se propague y la pille encerrada en una habitación
y el humo la asfixie, no se encomienda a Dios ni al diablo para
arrojarse de un quinto piso a la calle, aunque se estrelle. Con esto
quiero decir cómo, a las gentes de Cebre y sus cercanías, el propio
terror de caer en las uñas de Lobeiro les infundió una determinación
tremenda, adoptada con cautela tal, que todo lo hicieron en el mismo
silencio y unión que cuenta usted que profesan los nihilistas rusos.
Verá, verá cómo ocurrió la cosa.
Llegado el día de la fiesta de la Virgen en el santuario de Boán, fuí yo
allá convidado por el cura, que es amigo. Se reunió una muchedumbre, que
era aquello un hormiguero: hubo sus cohetes, sus gaitas, sus bailes, sus
calderadas de pulpo y su tonel de mosto: lo que sabe usted que nunca
falta en tales romerías. También andaban algunas señoritas muy
emperifolladas dando vueltas y luciendo los trapitos flamantes: y la más
bonita de todas, Micaeliña, que paseaba con la madre por debajo de los
robles, hecha un sol de guapa. Acababa de cumplir los trece años: se
conoce que estrenaba vestido, y no cabía en sí de contenta: el vestido
era blanco, con lazos color de rosa, precioso, de seda riquísima, un
disparate para una chiquilla así. La madre: «Micaeliña, no te
arrugues»--por aquí--y «Micaeliña, no te manches», por allá; y la
criatura, al principio, respetando mucho la gala; pero, ya se ve, luego
se cansó de guardarle miramientos al vestido majo, y vino disparada a
tirarme del balandrán. «Eugenio, ¿corremos?» Al principio fué a
remolque; pero al fin... este pícaro genio gaitero que tengo yo... me
hizo la rapaza pegar mil carreras por aquellas cuestas abajo, riendo
como locos. Y cuidado que me daba no sé qué por el cuerpo ver a Lobeiro
allí, a dos pasos, con sus manos donde yo sabía que había manchas de
sangre fresca.
El diantre del cacique, cuando me vió tan divertido con la hija, me
llamó aparte, y sin mirarme una vez siquiera, me dijo: «Hombre, Eugenio,
hágame un favor: convenza a mi mujer y a la chiquilla de que va a estar
muy bien Micaela en el colegio de Orense.»
--¿Y usted se separa de ella?--pregunté con asombro.
--Sí, hombre... Cosas que uno hace porque no tiene remedio--, contestó
él muy encapotado y a media habla.
Así que la familia de Lobeiro y los adláteres que siempre le escoltaban
se retiraron de la romería, le pregunté al cura de Boán, extrañándome
de la idea de enviar a Orense la chiquilla, cuando precisamente era el
encanto de su padre. Boán me dió una explicación plausible:--«Eso lo
hace por no exponer a la chiquilla a un fracaso. Lo tienen amenazado de
muerte, y veinte veces ya le avisaron de que su casa ha de arder. Y
aunque él dice que conforme la construyó no es tan fácil pegarle fuego,
no quiere tener aquí a Micaeliña, porque recela alguna barbaridad.»--Ya
verá usted, señora, cómo efectivamente, no ardió la casa de Lobeiro.
* * * * *
Yo dormí en la rectoral de Boán aquella noche. Se había empinado y
manducado muy regular, de modo que el primer sueño fué de piedra. Estaba
como una marmota, que si me sueltan un redoble de tambor en los mismos
oídos, no doy a pie ni a mano. Con que figúrese lo que sería la
explosión, para que me incorporase en la cama de un brinco.
¡Puummm! ¡Booom! Nunca acababa de sonar. Yo a obscuras, a tientas,
buscando las cerillas y gritando por el criado:--¡Eh! ¡Ave María
Purísima! ¡Rosendo! Condenado, ¿duermes o qué haces? ¿Se cae la casa?
¡Jesús, Dios y Señor, misericordia!
Por fin encendí el fósforo, y cuando entró Rosendo todo aturdido, en
ropas menores, ya no pudo aguantar la risa. El muchacho todo se espantó.
--Sí, ríase, que es para reir. Señor, no ría, que es pecado. Estoy que
se me _arrepian_ las carnes.
--Pero, ¿qué hay? ¿qué demonios pasa?
--¿Y quién lo sabe, a no ser un brujo? Parece que se ha hundido
mismamente el mundo todo de la tierra.
Escuché. Nada, silencio. Salí a la ventana. Ni señal de cosa alguna. Me
senté: estaba sano y bueno. El cura de Boán andaba por allí aturdido,
dando vueltas. Nos pusimos a hacer comentarios. Nadie se quiso volver a
la cama. Cada uno decía su cosa, cuando ¡tras, tras! a la puerta... Al
señor cura de Boán, que vaya a dar los santos óleos y a confesar a
Lobeiro, que se muere... Boán está a medio cuarto de legua de la casa de
Lobeiro. El que traía el recado nos enteró de todo.
Mientras Lobeiro y su hija y sus satélites estaban de parranda, con
mucho tiento, al pie del balcón mayor, _habían_ depositado veintiséis
cartuchos de dinamita--lo bastante para volar una fortaleza--y su mecha
correspondiente. Hecho esto, retiráronse con tranquilidad, pie ante pie.
A la noche, recogida ya la familia, _alguien_ cogió el cabo de mecha, le
prendió fuego y se apartó con mucha calma. De los veintiséis cartuchos,
sólo diez o doce se inflamaron. Pero fué todo lo preciso.
No salvó alma viviente. Entre los escombros de la casa yacían el cadáver
de la mujer de Lobeiro, el tronco mutilado del criado y el cuerpo de
Micaeliña, muerta como una paloma, con sangre en las sienes, tendida al
lado de su padre. El lobo aún vivía; fué el único que no pereció en el
acto. Antes de expirar, tuvo una hora larga de contemplar a su oveja
difunta... Digan lo que quieran los sabios esos del materialismo...
¡Retaco! Yo juro que hay Dios, y un Dios que castiga sin palo ni
piedra... Con dinamita; corriente. ¡Con lo que sale!
El sencillo Don Rafael
CAZADOR Y TRESILLISTA
(UNAMUNO)
EL SENCILLO DON RAFAEL
CAZADOR Y TRESILLISTA
Sentía resbalar las horas, hueras, aéreas, deslizándose sobre el
recuerdo muerto de aquel amor de antaño. Muy lejos, detrás de él, dos
ojos ya sin brillo entre nieblas. Y un eco vago, como el del mar que se
rompe tras la montaña, de palabras olvidadas. Y allá, por debajo del
corazón, susurro de aguas soterrañas. Una vida vacía, y él sólo,
enteramente sólo. Sólo con su vida.
Tenía para justificarla nada más que la caza y el tresillo. Y no por eso
vivía triste, pues su sencillez heroica no se compadecía con la
tristeza. Cuando algún compañero de juego, despreciando un solo, iba a
buscar una sola carta para dar bola, solía repetir Don Rafael que hay
cosas que no se debe ir a buscar: vienen ellas solas. Era
providencialista; es decir, creía en el todopoderío del azar. Tal vez
por creer en algo y no tener la mente vacía.
--¿Y por qué no se casa usted?--le preguntó alguna vez con la boca
chica su ama de llaves.
--¿Y por qué me he de casar?
--Acaso no vaya usted descaminado.
--Hay cosas, señora Rogelia, que no se debe ir a buscar: vienen ellas
solas.
--¡Y cuando menos se piensa!
--¡Así se dan las bolas! Pero, mire, hay una razón que me hace pensar en
ello...
--¿Cuál?
--La de poder morir tranquilo _ab intestato_.
--¡Vaya una razón!--exclamó el ama, alarmada.
--Para mí la única valedera--respondió el hombre, que presentía no valen
las razones, sino el valor que se las da.
Y una mañana de primavera, al salir con achaque de la caza, a ver nacer
el sol, un envoltorio en la puerta de su casa. Encorvóse a mejor
percatarse, y de dentro, un ligerísimo susurro como de cosas olvidadas.
El rollo se removía. Lo levantó; estaba tibio; lo abrió: era una
criatura de horas. Quedóse mirando, y su corazón parecía sentir, no ya
el susurro, sino el frescor de sus aguas soterrañas. ¡Vaya una caza que
me ha deparado el destino!, pensó.
Volvióse con el envoltorio en brazos, la escopeta a la bandolera,
subiendo las escaleras de puntillas para no despertar a aquello, y llamó
quedamente varias veces.
--Aquí traigo esto--le dijo al ama de llaves.
--Y eso, ¿qué es?
--Parece un niño.
--¿Parece sólo?
--Lo dejaron a la puerta de la calle.
--¿Y qué hacemos con ello?
--Pues... ¿qué vamos a hacer? Bien claro está, ¡criarlo!
--¿Quién?
--Los dos.
--¿Yo? ¡Yo, no!
--Buscaremos ama.
--¡Pero está usted en su juicio, señorito! ¡Lo que hay que hacer es dar
parte al juez, y en cuanto a eso, al Hospicio con ello!
--¡Pobrecillo! ¡Eso sí que no!
--En fin, usted manda.
Una madre vecina le prestó caritativamente las primeras leches, y pronto
el médico de Don Rafael encontró una buena nodriza: una chica soltera
que acababa de dar a luz un niño muerto.
--Como nodriza, excelente--le dijo el médico--, y como persona, ya ves,
un desliz así puede ocurrirle a cualquiera.
--A mí no--contestó con su sencillez característica Don Rafael.
--Lo mejor sería--dijo el ama de llaves--que se lo llevase a su casa a
criarlo.
--No--replicó Don Rafael--, eso tiene graves peligros; no me fío de la
madre de la chica. Aquí, aquí, bajo mi vigilancia. Y no hay que darle
disgustos a la chica, señora Rogelia, que de ello depende la salud del
niño. No quiero que por una sofoquina de Emilia pase el angelito un
dolor de tripas.
Era Emilia, la nodriza, de veinte años, alta, agitanada, con una risa
perpetua en los ojos, cuya negrura realzaba el marco de ébano del pelo
que le cubría las sienes como con dos esponjosas alas de cuervo,
entreabiertos y húmedos los labios guinda, y unos andares de gallina a
que el gallo ronda.
--¿Y cómo va a bautizarle usted, señorito?--le preguntó la señora
Rogelia.
--Como hijo mío.
--Pero, ¿está usted loco?
--¡Qué más da!
--¿Y si mañana, por esa medalla que lleva y esas contraseñas, aparecen
sus verdaderos padres?...
--Aquí no hay más padre ni madre que yo. Yo no busco niños, como no
busco bolas; pero cuando vienen... soy libre. Y creo que esta del azar
es la más pura y libre de las maternidades. No me cabe la culpa de que
haya nacido, pero tendré el mérito de hacerle vivir. Hay que creer en la
Providencia siquiera por creer en algo, que eso consuela, y además así
podré morir tranquilo _ab intestato_, pues ya tengo quien me herede
forzosamente.
La señora Rogelia se mordió los labios, y cuando Don Rafael hizo
bautizar y registrar al niño como hijo suyo dió que reir a la vecindad y
a nadie que sospechar malicia alguna: tan conocida era su transparente
ingenuidad cotidiana. Y el ama de llaves tuvo, mal de su grado, que
avenirse y concordar con el ama de leche.
Ya tenía Don Rafael algo más en qué pensar que en la caza y el tresillo;
ya estaban sus días llenos. La casa se le llenó de una vida nueva,
luminosa y sencilla. Y hasta perdió alguna noche el sueño y el descanso
paseando al nene para callarlo.
--Es hermoso como el sol, señora Rogelia. Y tampoco hemos tenido mala
suerte con el ama, me parece.
--Como no vuelva a las andadas.
--De eso me encargo yo. Sería una picardía, una deslealtad: se debe al
niño. Pero, no, no; está desengañada del zanguango de su novio, un
bausán de marca mayor a quien ya aborrece...
--No se fíe usted..., no se fíe usted...
--Y a quien voy a pagarle el pasaje a América. Y ella es una
pobrecilla...
--Hasta que vuelva a tener ocasión.
--¡Digo que lo evitaré!
--Pues como ella quiera...
--¡Ah, en cuanto a eso sí! Porque si he de decirle a usted la verdad,
la verdad es que...
--Sí, me la supongo.
--¡Pero, ante todo, respeto a mi hijo!
Emilia nada tenía de lerda y estaba deslumbrada con el rasgo
heroicamente sencillo de aquel solterón semidurmiente. Encariñóse desde
un principio con el crío como si fuese su madre misma. El padre putativo
y la nodriza natural pasábanse largos ratos, a sendos lados de la cuna,
contemplando la sonrisa del sueño del niño cuando éste hacía como que
mamaba.
--¡Lo que es el hombre!--decía Don Rafael.
Y cruzábanse sus miradas. Y cuando teniéndole ella, Emilia, en brazos,
iba él, Don Rafael, a besar al niño, con el beso ya preparado en la boca
rozaba casi la mejilla de la nodriza, cuyos rizos de ébano le afloraban
la frente, al padre. Otras veces quedábase contemplando alguno de los
dos mellizos blancos senos, turgentes de vida que se da, con el
serpenteo azul de las venas que del cuello bajaban, y sostenido entre
los ahusados dedos índice y corazón como en horqueta. Doblábase sobre él
un cuello de paloma. Y también entonces le entraban ganas de besar al
hijo, y su frente, al tocar al seno, hacíalo temblotear.
--¡Ay, lo que siento es que pronto tendré que dejarte, sol
mío!--exclamaba ella, apretándolo contra su seno y como si le
entendiera.
Callábase a esto Don Rafael.
Y cuando le cantaba al niño, abrazándole, aquella vieja canturria
paradisíaca que, aun transmitiéndosela de corazón a corazón las madres,
cada una de éstas crea e inventa de nuevo, eternamente nueva poesía,
siendo la misma siempre, la única, como el sol, traíale a Don Rafael
como un dejo de su niñez olvidada en las lontananzas del recuerdo.
Balanceábase la cuna y con ella el corazón del padre al azar, y
mecíasele aquel canto...
que viene el cocóóóóó...
con el susurro de las aguas de debajo de su corazón...
a llevarse los niños...
que iba también durmiéndose...
que duermen pocóóóóó...
entre las blandas nieblas de su pasado...
¡ah, ah, ah, aaaaah!
--¡Qué buena madre hace!--pensaba.
Alguna vez, hablando del percance que la hizo nodriza, le preguntó Don
Rafael:
--Pero, chica, ¿cómo pudo ser eso?
--¡Ya ve usted, Don Rafael!--y se le encendía leve, muy levemente el
rostro.
--¡Sí, tienes razón, ya lo veo!
Y llegó una enfermedad terrible, días y noches de angustia. Mientras
duró aquello hizo Don Rafael que Emilia se acostase con el niño en su
mismo cuarto. «Pero señorito--dijo ella--, cómo quiere usted que yo
duerma allí...» «Pues muy sencillo--contestó él, con su sencillez
acostumbrada--, ¡durmiendo!»
Porque para aquel hombre todo sencillez, era sencillo todo.
Por fin el médico dió por salvado al niño.
--¡Salvado!--exclamó Don Rafael con el corazón desbordante, y fué a
abrazar a Emilia, que lloraba del estupor del gozo.
--Sabes una cosa--le dijo sin soltar del todo el abrazo y mirando al
niño que sonreía en floración de convalecencia.
--Usted dirá--contestó ella, mientras el corazón se le ponía al galope.
--Que puesto que estamos los dos libres y sin compromiso, pues no creo
que pienses ya en aquel majadero que ni siquiera sabemos si llegó o no a
Tucumán, y ya que somos yo padre y tú madre, cada uno a su respecto, del
mismo hijo, nos casemos y asunto concluído.
--¡Pero, D. Rafael!--y se puso en grana.
--Mira, chiquilla, así podremos tener más hijos...
El argumento era algo especioso, pero persuadió a Emilia. Y como vivían
juntos y no era cosa de contenerse por unos días fugitivos--¡qué más
da!--aquella misma noche le hicieron sucesor al niño y muy poco después
se casaron como la Santa Madre Iglesia y el providente Estado mandan.
Y fueron en lo que en lo humano cabe--¡y no es poco!--felices, y
tuvieron diez hijos más, una bendición de Dios, con lo cual pudo morir
tranquilo _ab intestato_, por tener ya quienes forzosamente le
heredaran, el sencillo Don Rafael, que de cazador y tresillista pasó de
dos brincos a padre de familia. Y es lo que él solía decir como resumen
de su filosofía práctica: ¡Hay que dar al azar lo suyo!
¡Solo!
(PALACIO VALDÉS)
¡SOLO!
Fresnedo dormía profundamente su siesta acostumbrada. Al lado del diván
estaba el velador maqueado, manchado de ceniza de cigarro, y sobre él un
platillo y una taza, pregonando que el café no desvela a todas las
personas. La estancia, amueblada para el verano con mecedoras y sillas
de rejilla, estera fina de paja, y las paredes desnudas y pintadas al
fresco, se hallaba menos que a media luz: las persianas la dejaban a
duras penas filtrarse. Por esto no se sentía el calor. Por esto y porque
nos hallamos en una de las provincias más frescas del Norte de España y
en el campo. Reinaba silencio. Escuchábase sólo fuera el suave ronquido
de las cigarras y el _pío pío_ de algún pájaro que, protegido por los
pámpanos de la parra que ciñe el balcón, se complacía en interrumpir la
siesta de sus compañeros. Alguna vez, muy lejos, se oía el chirrido de
un carro, lento, monótono, convidando al sueño. Dentro de la casa habían
cesado ya tiempo hacía los ruidos del fregado de los platos. La
fregatriz, la robusta, la colosal Mariona, como andaba descalza, sólo
producía un leve gemido de las tablas, que se quejaban al recibir tan
enorme y maciza humanidad.
Cualquiera envidiaría aquella estancia fresca, aquel silencio dulce,
aquel sueño plácido. Fresnedo era un sibarita; pero solamente en el
verano. Durante el invierno trabajaba como un negro allá en su
escritorio de la calle de Espoz y Mina, donde tenía un gran
establecimiento de alfombras. Era hombre que pasaba un poco de los
cuarenta, fuerte y sano como suelen ser los que no han llevado una
juventud borrascosa: la tez morena, el pelo crespo, el bigote largo y
comenzando a ponerse gris. Había nacido en Campizos, punto donde nos
hallamos, hijo de labradores regularmente acomodados. Mandáronle a
Madrid a los catorce años con un tío comerciante. Trabajó con brío e
inteligencia; fué su primer dependiente; después, su asociado; por
último se casó con su hija, y heredó su hacienda y su comercio. Contrajo
matrimonio tarde, cuando ya se acercaba a los cuarenta años. Su mujer
sólo tenía veinte. Educada en el bienestar y hasta en el lujo que le
podía procurar el viejo Fresnedo, Margarita era una de esas niñas
madrileñas, toda melindres, toda vanidad, postrada ante las mil
ridiculeces de la vida cortesana, cual si estuviesen determinadas por
sentencias de un código inmortal, desviada enteramente de la vida de la
Naturaleza y la verdad. Por eso odiaba el campo, y muy particularmente
el ignorado y frondoso lugarcito donde tenía origen su linaje humilde.
Lo odiaba casi tanto como su mamá, la esposa del viejo Fresnedo, que, a
pesar de ser hija de una cacharrera de la calle de la Aduana, tenía a
menos poner los pies en Campizos.
Tanto como ellas lo odiaban amábalo el buen Fresnedo. Mientras fué
dependiente de su tío, arrancábale todos los años licencia para pasar el
mes de Julio o Agosto en su país. Cuando sus ganancias se lo
permitieron, levantó al lado de la de sus padres una casita muy linda,
rodeada de jardín, y comenzó a comprar todos los pedazos de tierra que
cerca de ella salían a la venta. En pocos años logró hacerse un
propietario respetable. Y al compás que se hacía dueño de la tierra
donde corrieron sus primeros años, su amor hacia ella crecía
desmesuradamente. Puede cualquiera figurarse el disgusto que el honrado
comerciante experimentó cuando, después de casado con su prima, ésta le
anunció, al llegar el verano, que no estaba dispuesta «a sepultarse en
Campizos», decisión que su tía y suegra reciente apoyó con maravilloso
coraje. Fué necesario resignarse a veranear en San Sebastián. Al año
siguiente, lo mismo. Pero al llegar al cuarto, Fresnedo tuvo la audacia
de rebelarse, produciendo un gran tumulto doméstico.--«O a Campizos, o a
ninguna parte este verano. ¿Estamos, señoras?» Y los bigotes se le
erizaron de tal modo inflexible al pronunciar estas enérgicas palabras,
que la delicada esposa se desmayó acto continuo, y la animosa suegra,
rociando las sienes de su hija con agua fresca y dándole a oler el
frasco del antiespasmódico, comenzó a increparle amargamente:
--¡Huele, hija mía, huele!... ¡Si las cosas se hicieran dos veces!... La
culpa la he tenido yo en poner en manos de un paleto una flor tan
delicada.