--¿Cómo, usted sabe? ¿Usted también la conocía?--dijo vivamente el de

las antiparras verdes, volviéndose hacia mí.

--Sí, señor; y no dudo que la muerte ha sido violenta, por más que

quieran hacernos creer que fué indigestión.

--Lo mismo afirmo yo. ¡Qué excelente mujer! ¿Pero cómo sabe usted...?

--Lo sé, lo sé--repuse muy satisfecho de que aquel no me tuviera por

loco.

--Luego usted irá a declarar al Juzgado; porque ya se está formando la

sumaria.

--Me alegro, para que castiguen a esos bribones. Iré a declarar, iré a

declarar, sí, señor.

A tal extremo había llegado mi obcecación, que concluí por penetrarme de

aquel suceso, mitad soñado, mitad leído, y lo creí como ahora creo que

es pluma esto con que escribo.

--Pues sí, señor; es preciso aclarar este enigma para que se castigue a

los autores del crimen. Yo declararé. Fué envenenada con una taza de te,

lo mismo que el joven.

--Oye, Petronila--dijo a su esposa el de las antiparras--; con una taza

de te.

--Sí, estoy asombrada--contestó la señora.--¡Cuidado con lo que fueron a

inventar esos malditos!

-Sí, señor; con una taza de te.

--La Condesa tocaba el piano.

--¿Qué Condesa?--preguntó aquel hombre, interrumpiéndome.

--La Condesa, la envenenada.

--Si no se trata de ninguna Condesa, hombre de Dios.

--Vamos; usted también es de los empeñados en ocultarlo.

--Bah, bah; si en esto no ha habido ninguna condesa ni duquesa, sino

simplemente la lavandera de mi casa, mujer del guardaagujas del Norte.

--¿Lavandera, eh?--dije en tono de picardía.--¡Si también me querrá

usted hacer tragar que es lavandera!

El caballero y su esposa me miraron con expresión burlona, y después se

dijeron en voz baja algunas palabras. Por un gesto que vi hacer a la

señora comprendí que había adquirido el profundo convencimiento de que

yo estaba borracho. Llenéme de resignación ante tal ofensa, y callé,

contentándome con despreciar en silencio, cual conviene a las grandes

almas, tan irreverente suposición. Cada vez era mayor mi zozobra; la

Condesa no se apartaba ni un instante de mi pensamiento, y había llegado

a interesarme tanto por su siniestro fin, como si todo ello no fuera

elaboración enfermiza de mi propia fantasía, impresionada por sucesivas

visiones y diálogos. En fin, para que se comprenda a qué extremo llegó

mi locura, voy a referir el último incidente de aquel viaje; voy a decir

con qué extravagancia puse término al doloroso pugilato de mi

entendimiento, empeñado en fuerte lucha con un ejército de sombras.

Entraba el coche por la calle de Serrano, cuando por la ventanilla que

frente a mí tenía, miré a la calle, débilmente iluminada por la escasa

luz de los faroles, y vi pasar a un hombre. Di un grito de sorpresa, y

exclamé desatinado:--Ahí va, es él, el feroz Mudarra, el autor principal

de tantas infamias.--Mandé parar el coche, y salí, mejor dicho, salté a

la puerta, tropezando con los pies y las piernas de los viajeros; bajé a

la calle y corrí tras aquel hombre, gritando:--¡A ese, a ese, al

asesino!

Júzguese cuál sería el efecto producido por estas voces en el pacífico

barrio.

Aquel sujeto, el mismo exactamente que yo había visto en el coche por la

tarde, fué detenido. Yo no cesaba de gritar:--¡Es el que preparó el

veneno para la Condesa, el que asesinó a la Condesa!

Hubo un momento de indescriptible confusión. Afirmó él que yo estaba

loco; pero que quieras que no, los dos fuimos conducidos a la

prevención. Después perdí por completo la noción de lo que pasaba. No

recuerdo lo que hice aquella noche en el sitio donde me encerraron. El

recuerdo más vivo que conservo de tan curioso lance fué el de haber

despertado del profundo letargo en que caí, verdadera borrachera moral,

producida, no sé por qué, por uno de los pasajeros fenómenos de

enajenación que la ciencia estudia con gran cuidado como precursores de

la locura definitiva.

Como es de suponer, el suceso no tuvo consecuencias, porque el

antipático personaje que bauticé con el nombre de Mudarra, es un honrado

comerciante de ultramarinos que jamás había envenenado a condesa alguna.

Pero aun por mucho tiempo después persistía yo en mi engaño, y solía

exclamar:--«Infortunada condesa; por más que digan, yo siempre sigo en

mis trece. Nadie me persuadirá de que no acabaste tus días a mano de tu

iracundo esposo...»

Ha sido preciso que transcurran meses para que las sombras vuelvan al

ignorado sitio de donde surgieron volviéndome loco, y torne la realidad

a dominar en mi cabeza. Me río siempre que recuerdo aquel viaje, y toda

la consideración que antes me inspiraba la soñada víctima la dedico

ahora, ¿a quién creeréis? A mi compañera de viaje en aquella angustiosa

expedición, a la irascible inglesa, a quien disloqué un pie en el

momento de salir atropelladamente del coche para perseguir al supuesto

mayordomo.

El criado de Don Juan.

(J. BENAVENTE)

EL CRIADO DE DON JUAN

DRAMA EN UN ACTO

PERSONAJES

LA DUQUESA ISABELA--CELIA--DON JUAN

TENORIO--LEONELO--FABIO

EN ITALIA--SIGLO XV

ACTO UNICO

Calle. A un lado la fachada de un palacio señorial.

ESCENA PRIMERA

FABIO Y LEONELO (_Fabio se pasea por delante del palacio, embozado hasta

los ojos en una capa roja_.)

LEONELO (_saliendo_.)

¡Señor! ¡Don Juan!

FABIO

No es Don Juan.

LEONELO

¡Fabio!

FABIO

A tiempo llegas. Desde esta mañana sin probar bocado... ¿Cómo tardaste

tanto?

LEONELO

Media ciudad he corrido trayendo y llevando cartas... ¿Pero Don Juan?...

FABIO

La ciudad, toda, que no media, correrá de seguro llevando y trayendo su

persona. ¡En mal hora entramos a su servicio!

LEONELO

¿Y qué haces aquí disfrazado de esa suerte?

FABIO

Representar lo mejor que puedo a nuestro Don Juan, suspirando ante las

rejas de la duquesa Isabel.

LEONELO

Nuestro Don Juan está loco de vanidad. La duquesa Isabel es una dama

virtuosa y no cederá por más que él se obstine.

FABIO

Ha jurado no apartarse ni de día ni de noche de este sitio, hasta que

ella consienta en oirle... y ya ves cómo cumple su juramento.

LEONELO

¡Con una farsa indigna de un caballero! Mucho es que los servidores de

la duquesa no te han echado a palos de la calle.

FABIO

No tardarán en ello. Por eso te aguardaba impaciente. Don Juan ha

ordenado que apenas llegaras ocupases mi puesto... el suyo quiero

decir. Demos la vuelta a la esquina por si nos observan desde el

palacio, y tomarás la capa y demás señales, que han de presentarte hasta

la hora de la paliza prometida... como al propio Don Juan.

LEONELO

¡Dura servidumbre!

FABIO

¡Dura como la necesidad! De tal madre, tal hija. (_Salen_.)

CUADRO SEGUNDO

ESCENA II

Sala en el palacio de la duquesa Isabela.

LA DUQUESA Y CELIA

CELIA (_Mirando por una ventana_.)

¡Es increíble, señora! Dos días con dos noches lleva ese caballero

delante de nuestras ventanas.

DUQUESA

¡Necio alarde! Si a tales medios debe su fama de seductor, a costa de

mujeres bien fáciles habrá sido lograda... ¿Y ese es Don Juan, el que

cuenta sus conquistas amorosas por los días del año? Allá en su tierra,

en esa España feroz, de moros, de judíos y de fanáticos cristianos, de

sangre impura abrasada por tentaciones infernales, entre devociones

supersticiosas y severidad hipócrita, podrá parecer terrible como

demonio tentador. Las italianas no tememos al diablo. Los príncipes de

la Iglesia romana nos envían de continuo indulgencias rimadas en dulces

sonetos a lo Petrarca.

CELIA

Pero confesad que el caballero es obstinado... y fuerte.

DUQUESA

Es preciso terminar de una vez. No quiero ser fábula de la ciudad. Lleva

recado a ese caballero, de que las puertas de mi palacio y de mi

estancia están francas para él. Aquí le aguardo, sola... La duquesa

Isabela no ha nacido para figurar como un número en la lista de Don

Juan.

CELIA

Señora, ved...

DUQUESA

Conduce a Don Juan hasta aquí. No tardes. (_Sale Celia_.)

ESCENA III

LA DUQUESA Y DESPUES LEONELO.

(_La duquesa se sienta y espera con altivez la entrada de Don Juan_.)

LEONELO

¡Señora!

DUQUESA

¿Quién? ¿No es Don Juan?... ¿No érais vos el que rondaba mi palacio?

LEONELO

Sí, yo era.

DUQUESA

Dos días con dos noches.

LEONELO

Algunas horas del día y algunas de noche.

DUQUESA

¡Ah! ¡Extremada burla! ¿Sois uno de los rufianes que acompañan a Don

Juan?

LEONELO

Soy criado suyo, señora. Le sirvo a mi pesar.

DUQUESA

Mal empleáis vuestra juventud.

LEONELO

¡Dichosos los que pueden seguir en la vida la senda de sus sueños!

DUQUESA

Camino muy bajo habéis emprendido. Salid.

LEONELO

¿Sin mensaje alguno de vuestra parte para Don Juan?

DUQUESA

¡Insolente!

LEONELO

Supuesto que le habéis llamado...

DUQUESA

Sí, le llamé para que por vez primera en su vida se hallare frente a

frente de una mujer honrada, para que nunca pudiera decir que una dama

como yo no tuvo más defensa contra él que evitar su vista.

LEONELO

Así, como a vos ahora, oí a muchas mujeres responder a Don Juan, y

muchas le desafiaron como a vos y muchas como vos le recibieron

altivas...

DUQUESA

¿Y Don Juan no escarmienta?

DUQUESA

¡Y no escarmientan las mujeres! La muerte, el remordimiento, la

desolación son horribles y no pueden enamorarnos, pero las precede un

mensajero seductor, hermoso, juvenil... el peligro, eterno enamorador de

las mujeres... Evitad el peligro, creedme; no oigáis a Don Juan...

DUQUESA

Me confundís con el vulgo de las mujeres. No en vano andáis al servicio

de ese caballero de fortuna.

LEONELO

No en vano llevo mi alma entristecida por tantas almas de nobles

criaturas amantes de Don Juan. ¡Cuánto lloré por ellas! Mi corazón fué

recogiendo los amores destrozados en su locura por mi señor y en mis

sueños terminaron felices tantos amores de muerte y de llanto... ¡Un

solo amor de Don Juan hubiera sido la eterna ventura de mi vida!...

¡Todo mi amor inmenso no hubiera bastado a consolar a una sola de sus

enamoradas!... ¡Riquísimo caudal de amor derrochado por Don Juan, junto

a mí, pobre mendigo de amor!...

DUQUESA

¿Sois poeta? Sólo un poeta se acomoda a vivir como vos, con el

pensamiento y la conciencia en desacuerdo.

LEONELO

Sabéis de los poetas, señora; no sabéis de los necesitados...

DUQUESA

Sé... que no me pesa del engaño de Don Juan... al oíros... Ya me

interesa saber de vuestra vida... Decidme qué os trajo a tan dura

necesidad... No habrá peligro en escucharos como en escuchar a Don

Juan... aunque seáis mensajero suyo, como vos decís que el peligro es

mensajero de la muerte... Hablad sin temor.

LEONELO

¡Señora!

ESCENA IV

DICHOS, DON JUAN (_con la espada desenvainada, entra con violencia_.)

DUQUESA

¿Cómo llegáis hasta mí de esa manera? ¿Y mi gente?... ¡Hola!

DON JUAN

Perdonad. Pero comprenderéis que no he de permitir que mi criado me

sustituya tanto tiempo.

DUQUESA

¡Con ventaja!

DON JUAN

No podéis apreciarlo todavía.

DUQUESA

¡Oh! ¡Basta ya!... (_A Leonelo_.) ¿No dices que la necesidad te llevó al

indigno oficio de servir a este hombre? ¿Te pesa la servidumbre? ¿Ves

cómo insultan a una dama en tu presencia y eres bien nacido? Ya eres

libre... y rico...

DON JUAN

¿Le tomáis a vuestro servicio?

DUQUESA

Quiero humillaros cuanto pueda... (_A Leonelo_.) Mi amor, imposible para

Don Juan; mi amor es tuyo si sabes merecerlo...

LEONELO

¡Vuestro amor!

DON JUAN

A mí te iguala. Eres noble por él.

LEONELO

¡Señora!

DUQUESA

¡Fuera la espada! Mi amor es tuyo... Lucha sin miedo. (_Don Juan y

Leonelo combaten. Cae muerto Leonelo_.)

LEONELO

¡Ay de mí!

DUQUESA

¡Dios mío!

DON JUAN

¡Noble señora! Ved lo que cuesta una porfía...

DUQUESA

¡Muerto! Por mí... ¡Favor!... ¡Dejadme salir! Tengo miedo, mucho

miedo...

DON JUAN

Estáis conmigo...

DUQUESA

Se agolpa la gente ante las ventanas... ¡Una muerte en mi casa!

DON JUAN

¡No tembléis! Pasaron, oyeron ruido y se detuvieron... A mi cargo corre

sacar de aquí el cadáver sin que nadie sospeche...

DUQUESA

¡Oh! Sí, salvad mi honor... ¡Si supieran!

DON JUAN

No saldré de aquí sin dejaros tranquila...

DUQUESA

¡Oh! No puedo miraros, me dáis espanto. ¡Dejadme salir!

DON JUAN

No, aquí a mi lado... Yo también tengo miedo... de no veros... Por vos

he dado muerte a un desdichado... No me dejéis o saldré de aquí para

siempre y suceda lo que suceda... vos explicaréis como podáis el

lance...

DUQUESA

¡Oh, no me dejéis! Pero lejos de mí, no habléis, no os acerquéis a mí...

(_Queda en el mayor abatimiento_.)

DON JUAN (_contemplándola aparte_.)

¡Es mía! ¡Una más!... (_Contemplando el cadáver de Leonelo_.) ¡Pobre

Leonelo!

Viernes Santo.

(LA CONDESA DE PARDO BAZÁN)

VIERNES SANTO

Fué el cura de Naya hombre comunicativo, afable y de entrañas

excelentes, quien me refirió el atroz sucedido, o, por mejor decir, la

cadena de sucedidos atroces, que apenas creería yo a no coincidir y

explicarse perfectamente por el relato del párroco las veladas

indicaciones de la prensa y los rumores difundidos en el país. Respetaré

la forma de la narración, sintiendo no poder reproducir la expresión de

la fisonomía ingenua y jovial del que narraba.

«Ya sabe usted--dijo--que, así como en Andalucía crece la flor de la

canela, en este rincón de Galicia podemos alabarnos de cultivar la flor

de los caciques. No sé cómo serán los de otras partes; pero vamos, que

los de por acá son de patente. Bien se acordará usted de aquel

_Trampeta_ y aquel _Barbacana_, que traían a Cebre convertido en un

infierno. Trampeta ahora dice que se quiere meter en pocos belenes,

porque ya no lo ahorcan por treinta mil duros; y Barbacana, que está

que no puede con los calzones, como se la tenían jurada unos cuantos y

salvó milagrosamente de dos o tres asechanzas, al fin ha determinado

irse a pasar la vejez a Pontevedra, porque desea morir en su cama, según

conviene a los hombres honrados y a los cristianos viejos como él. ¡Ja,

ja...!

Faltando o poco menos esos dos pejes, quedó el país en manos de otro,

que usted bien habrá oído de él: Lobeiro, que en confianza le llamábamos

_Lobo_, y ¡a fe que le caía! Yo, si usted me pregunta cómo consiguió

Lobeiro apoderarse de esta región y tenerla así, en un puño, que ni la

hierba crecía sin su permiso, le contestaré que no lo entiendo; porque

me parece increíble que en nuestro siglo y cuando tanto cantan libertad,

se pueda vivir más sujeto a un señor que en tiempos del conde Pedro

Madruga. No, y no hay que echar baladronadas: yo era el primerito que

agachaba las orejas y callaba como un raposo. Uno estima la piel, y aun

más que la piel, la tranquilidad, si a mano viene.

A veces me ponía a discurrir, y decía para mi sotana: este rayo de

hombre, ¿en qué consiste que se nos ha montado a todos encima, y por

fuerza hemos de vivir súbditos de él, haciendo cuanto se le antoja,

pidiéndole permiso hasta para respirar? ¿Quién le instituyó dueño de

nuestras vidas y haciendas? ¿No hay leyes? ¿No hay Tribunales de

justicia?--Pero mire usted: todo eso de leyes es nada más que

conversación. Los magistrados están lejos y el cacique cerca. El

Gobierno necesita tener asegurada la mecánica de las elecciones, y al

que le amasa los votos le entrega desde Madrid la comarca en feudo. A

los señores que se pasean allá por el Prado y por la Castellana, sin

cuidado les tiene que aquí nos am... ¡Ay! Tente, lengua, que ya iba a

soltar un disparate.

Pues volviendo al caso, Lobeiro, así para el trato de la conversación,

ya era un hombre antipático, de pocas palabras, que cuando se veía

comprometido, se reía regañando los dientes, muy callado, mirando de

través. No se fíe usted nunca del que no ríe franco ni mira derecho: muy

mala señal. La cara suya parecía el Pico Medelo, que siempre anda

embozado en _brétemas_. Lo único a que ponía un semblante como las demás

personas, era a su chiquilla, su hija única, que por cierto no se ha

visto cosa más linda en todo este país. La madre fué en tiempos una

buena moza; pero la rapaza... ¡qué comparación! Un pelo como el oro, un

cutis que parecía raso, un par de ojos azules como dos estrellas...

¡Micaeliña! ¡Lo que corrí con ella el día del patrón de Boán! Porque a

la criatura la rebosaba la alegría, y Lobeiro, al oirla reir, cambiaba

de aspecto: se volvía otro hombre.

Sólo que, por desgracia, esta influencia no pasaba de los momentos en

que tenía cerca a la criatura. El resto del año, Lobeiro se dedicaba a

perseguir al uno, empapelar al otro, sacarle el redaño a éste y echar a

presidio a aquél. ¿Usted no ha leído el _Catecismo del labriego_,

compuesto por el tío Marcos da Portela, doctor en teología campestre?

Pues el tipo del secretario que allí pinta, el de Lobeiro clavadito:

criado para infernar la vida del labriego infeliz, llenarlo de

vejaciones y disputarle la triste corteza de pan, amasada con su sudor,

único alimento de que dispone para llevar a la boca. Y repare usted lo

que sucedía con Lobeiro; hoy hace una picardía, y le obedecen como uno;

mañana hace diez, y ya le rinden acatamiento como diez; al otro día un

millón, y como un millón se impone. Empezara por chanchullos pequeñitos,

de esos que se hacen en el Ayuntamiento a mansalva; trabucos de cuentas,

recargos de contribución, repartos _ad líbitum_, y lo demás de rúbrica.

Poco a poco, la gente aguantando y él apretando más, llega el caso de

que me encuentro yo a un infeliz aldeano en un camino hondo, llevando

de la cuerda su mejor ternero.--Andrés, ¿adónde vas con el cuxo? Feria

hoy no la hay.--¿Qué feria, ni feria, señor abad?--¿Pues entónces--señor

abad, por el alma de quien le parió no diga nada. Es para ese condenado

de Lobeiro, que me lo mandó a pedir, y si no lo entrego me arruina,

acaba conmigo, y hasta muero avergonzado en la cárcel.--Y el pobre

hombre, cuando me lo decía, tenía los ojos como dos tomates,

encarnizados de llorar. ¡Ya comprende usted lo que es para el labriego

su ganado! Dar aquel ternero, era en plata dar las telas del corazón.

Sólo una cosa estaba segura con Lobeiro: la honra de las mujeres: y no

por virtud, sino porque no cojeaba de ese pie. Algunos de sus satélites,

en cambio, bien se desquitaban. ¿Que si tenía satélites? ¡Madre querida!

Una hueste organizada en toda regla. Usted no dejará de recordar que

cuando apareció en un monte el mayordomo del marqués de Ulloa, hace ya

algunos años, seco de un tiro, todo el mundo dijo que lo había mandado

matar el cacique Barbacana, y que el instrumento fuera un bandido

llamado el Tuerto de Castrodorna, que lo más del tiempo se lo pasaba en

Portugal huyendo de la justicia. Pues esa joya la heredó Lobeiro, sólo

que mejoró el procedimiento de Barbacana, y en vez de un forajido solo,

reclutó una cuadrilla perfectamente organizada, con su santo y seña, sus

consignas, su secreto, sus estratagemas y su táctica, para verificar sus

sorpresas de un modo expeditivo y seguro. Nosotros teníamos esperanzas

de que, al acabarse las trifulcas revolucionarias y las guerras civiles,

mejoraría el estado del país y se afianzaría la seguridad personal.

¡Busca seguridad! ¡Busca mejoras! Lo mismo o peor anduvieron las cosas

desde la restauración de Alfonso, y si me apuran, digo que la Regencia

vino a darnos el cachete. Antes, unos gritaban: _¡Viva esto!_ los otros:

_¡Viva aquéllo!_ que república, que don Carlos... Eran ideas generales,

y parece que se tomaban con menos saña entre unos y otros. Hoy estamos a

quién gana las elecciones, a quién se hace árbitro de esta tierra... y

todos los medios son buenos, y caiga el que cayere. Total, como decimos

aquí: salgo de un soto y métome en otro... pero más obscuro.

Como íbamos contando, la pandilla de Lobeiro empezó a ser el terror del

país. Tan pronto veíamos llamas... ¿qué ocurre? Pues que le queman el

pajar, y el alpendre, y el hórreo, y la casa misma al Antón de Morlás o

al Guillermo de la Fontela. Tan pronto aparece derrengado, molido a

palos, uno que no se quiso someter a Lobeiro en esto o en lo de más

allá... y cuando le preguntan quién le puso así, responde una mentira:

que rodó de un vallado o se cayó de una higuera cogiendo higos... señal

de que si revela la verdad, sentenciado está a pena más grave. Por

último, un día se nota la desaparición de cierto sujeto, un tal

Castañeda, alguacil; ni visto ni oído, como si se evaporase. La voz

pública (muy bajito) susurra que ese hombre le estorbaba a Lobeiro o se

le había opuesto en un amaño muy gordo. Se espera una semana, dos, tres,

que parezca el cadáver, o el vivo, si vivo está aún; nada. La viuda hace

registrar el Avieiro, incluso el pozo grande; mira debajo de los

puentes, recorre los montes... Ni rastro. Igual que si se lo hubiese

tragado la tierra. Y probablemente así sería. ¡Un hoyo es tan fácil de

abrir!

Este Castañeda tenía un sobrino, muchacho templado, como que allá en sus

mocedades proyectara dedicarse a la carrera militar, y luego, por no

separarse de su madre, que ya iba vieja, y de una hermana jovencita,

prefirió quedarse en el país y vivir cuidando unos bienecillos que le

correspondían de su hijuela, y de los de la hermana y la madre. El era

un medio señor y medio labrador, y en el país, como todo el mundo tiene

su apodo, le conocían por el de _Cristo_. ¿Dice usted que un novelista

de Francia llama así a uno de sus personajes? Pues mire, ese de fijo lo

inventará: yo no; tan cierto es, como que usted está ahí sentada y yo

refiriéndole este caso. En el apodo--atienda usted bien--está mucha

parte del intríngulis de mi historia. ¿Que por qué le pusieron ese

alias? No lo sé a derechas; creo que por parecerse a un Cristo muy

grande y muy devoto que se venera en el santuario de Boán.

De modo que el bueno de Cristo, no bien supo la desaparición de su tío

Castañeda, no se calló como los demás, como la misma infeliz viuda, que

temblaba que después de suprimirle al marido le pegasen fuego a la

casita y la echasen en sus últimos años a pedir limosna. En las ferias y

en las romerías, en el atrio de la iglesia y en la botica de Cebre, el

muchacho alzó la voz cuanto pudo, clamando contra la tiranía de Lobeiro

y diciendo que el país tenía que hacer un ejemplo con él; cazarlo lo

mismo que a un lobo para que escarmentasen los lobos que se estaban

criando en la madriguera, dispuestos a devorarnos. Decía que estas cosas

no suceden sino en el país que las sufre; que donde los hombres tienen

bragas, no se conciben ciertos abusos; que en Aragón o Castilla ya le

habrían ajustado a Lobeiro la cuenta con el trabuco o la navaja; que si

el cacique se le ponía delante, él, aunque se perdiese y dejase

desamparadas madre y hermanita, era capaz de arrancarle los dientes a la

fiera. Al pronto le oían asustados; pero como todo se pega, y el valor y

el miedo, en particular, son contagiosos lo mismo que el cólera, iba

formándose alrededor de Cristo un núcleo de gente que le daba la razón,

diciendo que por todos los medios había que descartarse de Lobeiro y

conjurar aquella plaga. Los gallegos no somos cobardes, ¡quiá! Lo que

nos falta a veces es la iniciativa del valor. Necesitamos uno que

empiece, y ¡zás! allá seguimos de reata. Cristo iba sumando voluntades,

y conforme pasaba tiempo y veían que de hablar así no se le originaba

perjuicio alguno, la algarada crecía, y el cacique, intimidado, en

nuestro concepto, por haber encontrado al fin quien le presentase la

cara, andaba mansito y derecho; como que pasaron más de tres meses sin

sabérsele ninguna fechoría mayor.

El día de la feria grande de Arnedo, que es allá por el mes de Abril, en

Pascua, volvía yo a mi parroquia, después de pasar el rato bebiendo un

poco de Tostado y comiendo unas rosquillas, cuando a poca distancia del

pueblo empareja con mi mula la yegüecilla de Ramón Limioso (usted le

conoce); el señorito del Pazo, un caballero cumplidísimo, y me pregunta

lo mismito que yo le pregunto a usted:--Y Cristo, ¿le ha visto usted en

la feria?--¿Cristo? No. No lo encontré... por ninguna parte.--¿Tampoco

en el mesón?--Tampoco.--¿A qué horas vino usted?--Tempranito: a las

siete ya andaba yo en Arnedo.--¿Sabe que me choca?--¿Y por qué ha de

chocarle?--Porque estábamos citados: él quería deshacerse de su jaco, y

yo le vendía mi toro, o se lo cambalachaba; según.--¡Bah! Cristo es un

rapaz todavía; aún no cumplió los treinta... ¡sabe Dios por dónde anda a

estas horas!--No, Eugenio; pues yo le digo que me choca; que me

escama.--Aun vendrá, hombre. Son las tres, y hasta las seis o siete de

la tarde no se deshace la feria.

La voz de la conseja, t.1 Selección de las mejores novelas breves y cuentos de los más esclarecidos literatos · 第 2 / 10 段