El coche seguía corriendo, y en el breve tiempo necesario pa

En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del

original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el

texto. (la lista de errores corregidos sigue el texto.)

(nota del transcriptor)

_La Voz de la Conseja_

La Voz

de la Conseja

Selección

de las mejores novelas breves y cuentos de

los más esclarecidos literatos.

Recopilación hecha

por

Emilio Carrère

Firmas del tomo primero

Galdós.--Benavente.--Condesa de Pardo Bazán.--Unamuno.--Palacio

Valdés.--Rubén Darío.--Baroja.--Dicenta.--Ricardo

León.--Nogales.--Répide.--Arturo

Reyes y Pedro Mata.

V. H. SANZ CALLEJA

Editores e Impresores

C. Central: Montera, 31.--Talleres: R. Atocha, 23

MADRID

:ES PROPIEDAD:

INDICE

_BENITO PÉREZ GALDÓS_

_La novela en el tranvía_ 17

_JACINTO BENAVENTE_

_El criado de Don Juan_ 59

_CONDESA DE PARDO BAZÁN_

_Viernes Santo_ 77

_MIGUEL DE UNAMUNO_

_El sencillo Don Rafael_ 99

_ARMANDO PALACIO-VALDÉS_

_¡Solo!_ 111

_RUBÉN DARÍO_

_El Rey burgués_ 137

_PÍO BAROJA_

_Elizabide el Vagabundo_ 149

JOAQUÍN DICENTA

_La epopeya de una zíngara_ 165

RICARDO LEÓN

_Los tres reyes de Oriente_ 175

JOSÉ NOGALES

_Las tres cosas del tío Juan_ 187

PEDRO DE RÉPIDE

_La enamorada indiscreta_ 203

ARTURO REYES

_Cosas de hombre_ 249

PEDRO MATA

_Fuerte como la muerte_ 261

_AL EMPEZAR_

_La Casa editorial V. H. de Sanz Calleja me encarga esta Antología de

cuentistas de habla castellana. No es tarea tan humilde la del

seleccionador, pues hace falta un exquisito sentido estético para poder

elegir lo mejor en la maravillosa labor literaria de los altos ingenios

que honran estas páginas de_ LA VOZ DE LA CONSEJA...

_Yo creo que esta colección de cuentos tiene un gran valor

bibliográfico; es un documento brillante de este nuevo siglo de oro de

la novela española, que comienza con el nombre glorioso de don Benito

Pérez Galdós. En estas hojas está el gran espíritu de una época noble,

fecunda, preñada de ideal artístico, encerrado como en un tabernáculo. Y

también me parece que la publicación de_ LA VOZ DE LA CONSEJA _es una

prueba de amor al libro español, un acicate para la curiosidad del

lector indolente y un selecto regalo para el espíritu del lector culto_.

_No osaré jamás hacer una reseña crítica de los nombres insignes que en

este primer tomo os ofrecen gallardas muestras de su talento; sólo

quiero decir sus nombres y los títulos de sus cuentos, para deleitarme

al recordar el encantador, sano e ingenuo humorismo de Galdós en_ La

novela en el tranvía; _las prosas madrigalescas, hondas y miniadas de

Benavente en_ El criado de Don Juan _y la recia y sabrosa urdimbre

novelesca, palpitante de rebeldía, de amor y de dolor de_ Viernes Santo,

_de la condesa de Pardo Bazán. Palacio Valdés, el maestro solitario, os

ofrece su novela_ ¡Solo!, _digna de la pluma egregia que trazó_ La aldea

perdida. _Todas las palabras de elogio son pobres para este coloso de la

novela contemporánea_. El sencillo Don Rafael, cazador y tresillista _es

una conmovedora y grácil narración de Unamuno, el espíritu más hondo,

más multiforme, el corazón más en carne viva de esta época de

inquietudes de conciencia y de lucha desesperada por la vida y por las

ideas. Burla burlando_, El sencillo Don Rafael _es de una emoción que

hace llorar y a un tiempo ofrece un alto ejemplo de belleza moral dentro

de una naturalidad encantadora_.

_José Nogales, el castellano artífice de la prosa, nos brinda_ Las tres

cosas del tío Juan, _el cuento a que debió su consagración. Arturo Reyes

fué un gran cuentista regional, como lo prueba en_ Cosas de hombre,

_lleno de gracejo, de ambiente, dueño de la dificilísima técnica del

arte del cuento. Como gratitud a la honda emoción estética que nos

dieron, pongamos un recuerdo, como una hoja de laurel, sobre la piedra

de estos dos ilustres cuentistas, muertos ya_.

La epopeya de una zíngara, _de Joaquín Dicenta, es un jirón de realidad

salvaje, ensangrentada, aullante de dolor. Es de lo más personal de

este insigne dramaturgo español, todo pasión y violencia, que hoy, día

21 de Febrero, está encerrado entre las cuatro tablas hórridas de un

ataúd. ¡Taladrante coincidencia! Cuando me dispongo a hacer esta frívola

reseña, los periódicos dicen la muerte del autor de_ Juan José. _Fué un

gran corazón y un temperamento único, insuperable de artista_. La

epopeya de una zíngara _refleja fielmente el rico carácter emocional de

este escritor_.

_El artista de la crónica, Pedro de Répide, nos regala con su novela_ La

enamorada indiscreta, _escrita donosamente y con toda pureza a la manera

clásica de la novela del siglo áureo_.

_Pedro Mata, en_ Fuerte como la muerte, _traza una irónica elegía

henchida de emoción dramática_.

_El prestigio de estos nombres y de los de Baroja y León nos hace

esperar que_ LA VOZ DE LA CONSEJA _sea un gran éxito editorial. En los

volúmenes sucesivos seguiremos publicando cuentos y novelas breves de

lo más florido de la intelectualidad española_.

_Todas las orientaciones, todos los estilos, como guía del lector

quedarán grabados en estas páginas. Según sus afinidades, el que lea,

buscará después las obras completas de sus autores predilectos, La Casa

editorial Sanz Calleja ama el libro y cuida de su presentación con el

mayor gusto artístico; no es sólo el estímulo comercial el que la guía;

acomete la empresa romántica de hacer lectores y de_ hacer _libreros

amantes del libro español. Los libros de grandes firmas, de bella

presentación y muy baratos tendrán millares de lectores que acudirán al

mostrador del librero, y éste saldrá de su éxtasis de fakir, y al par

que gana dinero aprenderá a tomar cariño al libro. Hay que hacer la

reconquista espiritual de América: antaño fueron los capitanes, ogaño

son los mercaderes de libros_.

_Hemos creído, juntamente editores y recopilador_, _que_ LA VOZ DE LA

CONSEJA _era un libro indispensable en esta labor de bibliofilia.

Además, hasta hoy no había una colección con honores de Antología de los

cuentistas castellanos modernos. Recuerdo unos trozos escogidos para

lectura en las escuelas de párvulos, que acababa en Jovellanos y

Martínez de la Rosa. Del siglo_ XIX _no se había editado nada, que yo

recuerde, hasta_ LA VOZ DE LA CONSEJA, _mientras que en Francia hay por

lo menos diez florilegios por cada generación literaria_.

_En estas páginas daremos acogida, no sólo a los cuentistas españoles,

sino también a los hermanos en lengua cervantina de las Repúblicas

latinas de América. Tan españoles son como nosotros por la lengua, que

es el espíritu, razón más fuerte esta del idioma que la geográfica_.

_En este primer tomo damos_ El Rey burgués, _de Rubén Darío, uno de los

grandes artistas_--_no de América ni de España, sino de la Humanidad y

de todos los tiempos_.

_Abramos la primera página de_ LA VOZ DE LA CONSEJA _con el alma

despierta a la emoción del arte y recojámonos. La voz gloriosa de

Galdós, el patriarca de la novela, comienza a sonar. Devotamente,

oid_...

_E. CARRERE_

La Novela en el Tranvía.

(GALDÓS)

LA NOVELA EN EL TRANVIA

I

El coche partía de la extremidad del barrio de Salamanca, para atravesar

todo Madrid en dirección al de Pozas. Impulsado por el egoísta deseo de

tomar asiento antes que las demás personas movidas de iguales

intenciones, eché mano a la barra que sustenta la escalera de la

imperial, puse el pie en la plataforma y subí; pero en el mismo instante

¡oh previsión! tropecé con otro viajero que por el opuesto lado entraba.

Le miro y reconozco a mi amigo el Sr. D. Dionisio Cascajares de la

Vallina, persona tan inofensiva como discreta, que tuvo en aquella

crítica ocasión la bondad de saludarme con un sincero y entusiasta

apretón de manos.

Nuestro inesperado choque no había tenido consecuencias de

consideración, si se exceptúa la abolladura parcial de cierto sombrero

de paja puesto en la extremidad de una cabeza de mujer inglesa, que

tras de mi amigo intentaba subir, y que sufrió sin duda por falta de

agilidad, el rechazo de su bastón.

Nos sentamos sin dar al percance exagerada importancia, y empezamos a

charlar. El Sr. D. Dionisio Cascajares es un médico afamado, aunque no

por la profundidad de sus conocimientos patológicos, y un hombre de

bien, pues jamás se dijo de él que fuera inclinado a tomar lo ajeno, ni

a matar a sus semejantes por otros medios que por los de su peligrosa y

científica profesión. Bien puede asegurarse que la amenidad de su trato

y el complaciente sistema de no dar a los enfermos otro tratamiento que

el que ellos quieren, son causa de la confianza que inspira a multitud

de familias de todas jerarquías, mayormente cuando también es fama que

en su bondad sin límites presta servicios ajenos a la ciencia, aunque

siempre de índole rigurosamente honesta.

Nadie sabe como él sucesos interesantes que no pertenecen al dominio

público, ni ninguno tiene en más estupendo grado la manía de preguntar,

si bien este vicio de exagerada inquisitividad se compensa en él por la

prontitud con que dice cuanto sabe, sin que los demás se tomen el

trabajo de preguntárselo. Júzguese por esto si la compañía de tan

hermoso ejemplar de la ligereza humana será solicitada por los curiosos

y por los lenguaraces.

Este hombre, amigo mío, como lo es de todo el mundo, era el que sentado

iba junto a mí cuando el coche, resbalando suavemente por su calzada de

hierro, bajaba la calle de Serrano, deteniéndose alguna vez para llenar

los pocos asientos que quedaban ya vacíos. Ibamos tan estrechos que me

molestaba grandemente el paquete de libros que conmigo llevaba, y ya le

ponía sobre esta rodilla, ya sobre la otra, ya por fin me resolví a

sentarme sobre él, temiendo molestar a la señora inglesa, a quien cupo

en suerte colocarse a mi siniestra mano.

--¿Y usted adónde va?--me preguntó Cascajares, mirándome por encima de

sus espejuelos azules, lo que me hacía el efecto de ser examinado por

cuatro ojos.

Contestéle evasivamente, y él, deseando sin duda no perder aquel rato

sin hacer alguna útil investigación, insistió en sus preguntas diciendo:

--Y Fulanito, ¿qué hace? Y Fulanito ¿dónde está? con otras indagatorias

del mismo jaez, que tampoco tuvieron respuesta cumplida.

Por último, viendo cuán inútiles eran sus tentativas para pegar la

hebra, echó por camino más adecuado a su expansivo temperamento y empezó

a desembuchar.

--¡Pobre Condesa!--dijo expresando con un movimiento de cabeza y un

visaje, su desinteresada compasión. Si hubiera seguido mis consejos no

se vería en situación tan crítica.

--¡Ah! es claro--, contesté maquinalmente, ofreciendo también el tributo

de mi compasión a la señora Condesa.

--¡Figúrese usted,--prosiguió,--que se han dejado dominar por aquel

hombre! Y aquel hombre llegará a ser el dueño de la casa. ¡Pobrecilla!

Cree que con llorar y lamentarse se remedia todo, y no. Urge tomar una

determinación. Porque ese hombre es un infame, le creo capaz de los

mayores crímenes.

--¡Ah! ¡Sí es atroz!--dije yo, participando irreflexivamente de su

indignación.

--Es como todos los hombres de malos instintos y de baja condición que

si se elevan un poco, luego no hay quien los sufra. Bien claro indica su

rostro que de allí no puede salir cosa buena.

--Ya lo creo, eso salta a la vista.

--Le explicaré a usted en breves palabras. La Condesa es una mujer

excelente, angelical, tan discreta como hermosa, y digna por todos

conceptos de mejor suerte. Pero está casada con un hombre que no

comprende el tesoro que posee, y pasa la vida entregado al juego y a

toda clase de entretenimientos ilícitos. Ella entretanto se aburre y

llora. ¿Es extraño que trate de sofocar su pena divirtiéndose

honestamente aquí, y allí, donde quiera que suena un piano? Es más, yo

mismo se lo aconsejo y le digo: «Señora, procure usted distraerse, que

la vida se acaba. Al fin el señor Conde se ha de arrepentir de sus

locuras y se acabarán las penas.» Me parece que estoy en lo cierto.

--¡Ah! sin duda--, contesté con oficiosidad, continuando en mis adentros

tan indiferente como al principio a las desventuras de la Condesa.

--Pero no es eso lo peor--añadió Cascajares, golpeando el suelo con su

bastón--sino que ahora el señor Conde ha dado en la flor de estar

celoso... sí, de cierto joven que se ha tomado a pechos la empresa de

distraer a la Condesa.

--El marido tendrá la culpa de que lo consiga.

--Todo eso sería insignificante, porque la Condesa es la misma virtud;

todo eso sería insignificante, digo, si no existiera un hombre

abominable que sospecho ha de causar un desastre en aquella casa.

--¿De veras? ¿Y quién es ese hombre?--pregunté con una chispa de

curiosidad.

--Un antiguo mayordomo muy querido del Conde, y que se ha propuesto

martirizar a la infeliz cuanto sensible señora. Parece que se ha

apoderado de cierto secreto que la compromete, y con esta arma

pretende... qué sé yo... ¡Es una infamia!

--Sí que lo es, y ello merece un ejemplar castigo--dije yo, descargando

también el peso de mis iras sobre aquel hombre.

--Pero ella es inocente; ella es un ángel... Pero, ¡calle! estamos en la

Cibeles. Sí; ya veo a la derecha el parque de Buenavista. Mande usted

parar, mozo; que no soy de los que hacen la gracia de saltar cuando el

coche está en marcha, para descalabrarse contra los adoquines. Adiós, mi

amigo, adiós.

Paró el coche y bajó D. Dionisio Cascajares y de la Vallina, después de

darme otro apretón de manos y de causar segundo desperfecto en el

sombrero de la dama inglesa, aún no repuesta del primitivo susto.

II

Siguió el ómnibus su marcha y ¡cosa singular! yo a mi vez seguí pensando

en la incógnita Condesa, en su cruel y suspicaz consorte, y sobre todo

en el hombre siniestro que, según la enérgica expresión del médico, a

punto estaba de causar un desastre en la casa. Considera, lector, lo que

es el humano pensamiento: cuando Cascajares principió a referirme

aquellos sucesos, yo renegaba de su inoportunidad y pesadez, mas poco

tardó mi mente en apoderarse de aquel mismo asunto, para darle vueltas

de arriba abajo, operación psicológica que no deja de ser estimulada por

la regular marcha del coche y el sordo y monótono rumor de sus ruedas,

limando el hierro de los carriles.

Pero al fin dejé de pensar en lo que tan poco me interesaba, y

recorriendo con la vista el interior del coche, examiné uno por uno a

mis compañeros de viaje. ¡Cuán distintas caras y cuán diversas

expresiones! Unos parecen no inquietarse ni lo más mínimo de los que van

a su lado; otros pasan revista al corrillo con impertinente curiosidad;

unos están alegres, otros tristes, aquel bosteza, el de más allá ríe, y

a pesar de la brevedad del trayecto, no hay uno que no desee terminarlo

pronto. Pues entre los mil fastidios de la existencia, ninguno aventaja

al que consiste en estar una docena de personas mirándose las caras sin

decirse palabra, y contándose recíprocamente sus arrugas, sus lunares, y

éste o el otro accidente observado en el rostro o en la ropa.

Es singular este breve conocimiento con personas que no hemos visto y

que probablemente no volveremos a ver. Al entrar, ya encontramos a

alguien; otros vienen después que estamos allí; unos se marchan,

quedándonos nosotros, y por último también nos vamos. Imitación es esto

de la vida humana, en que el nacer y el morir son como las entradas y

salidas a que me refiero, pues van renovando sin cesar en generaciones

de viajeros el pequeño mundo que allí dentro vive. Entran, salen; nacen,

mueren... ¡Cuántos han pasado por aquí antes que nosotros!

¡Cuántos vendrán después!

Y para que la semejanza sea más completa, también hay un mundo chico de

pasiones en miniatura dentro de aquel cajón. Muchos van allí que se nos

antojan excelentes personas, y nos agrada su aspecto y hasta les vemos

salir con disgusto. Otros, por el contrario, nos revientan desde que les

echamos la vista encima: les aborrecemos durante diez minutos;

examinamos con cierto rencor sus caracteres frenológicos y sentimos

verdadero gozo al verles salir. Y en tanto sigue corriendo el vehículo,

remedo de la vida humana; siempre recibiendo y soltando, uniforme,

incansable, majestuoso, insensible a lo que pasa en su interior; sin que

le conmuevan ni poco ni mucho las mal sofocadas pasioncillas de que es

mudo teatro; siempre corriendo, corriendo sobre las dos interminables

paralelas de hierro, largas y resbaladizas como los siglos.

Pensaba en esto mientras el coche subía por la calle de Alcalá, hasta

que me sacó del golfo de tan revueltas cavilaciones el golpe de mi

paquete de libros al caer al suelo. Recogido al instante, mis ojos se

fijaron en el pedazo de periódico que servía de envoltorio a los

volúmenes, y maquinalmente leyeron medio renglón de lo que allí estaba

impreso. De súbito sentí vivamente picada mi curiosidad; había leído

algo que me interesaba, y ciertos nombres esparcidos en el pedazo de

folletón hirieron a un tiempo la vista y el recuerdo. Busqué el

principio y no lo hallé: el papel estaba roto, y únicamente pude leer,

con curiosidad primero y después con afán creciente, lo que sigue:

«Sentía la Condesa una agitación indescriptible. La presencia de

Mudarra, el insolente mayordomo, que olvidando su bajo orígen atrevíase

a poner los ojos en persona tan alta, le causaba continua zozobra. El

infame la estaba espiando sin cesar, la vigilaba como se vigila a un

preso. Ya no le detenía ningún respeto, ni era obstáculo a su infame

asechanza la debilidad y delicadeza de tan excelente señora.

»Mudarra penetró a deshora en la habitación de la Condesa, que pálida y

agitada, sintiendo a la vez vergüenza y terror, no tuvo ánimo para

despedirle.

--»No se asuste usía, señora Condesa--, dijo con forzada y siniestra

sonrisa, que aumentó la turbación de la dama;--no vengo a hacer a usía

daño alguno.

--»¡Oh, Dios mío! ¡Cuándo acabará este suplicio!--exclamó la dama,

dejando caer sus brazos con desaliento. Salga usted; yo no puedo acceder

a sus deseos. ¡Qué infamia! ¡Abusar de ese modo de mi debilidad, y de la

indiferencia de mi esposo, único autor de tantas desdichas!

--»¿Por qué tan arisca, señora Condesa?--añadió el feroz mayordomo--. Si

yo no tuviera el secreto de su perdición en mi mano; si yo no pudiera

imponer al señor Conde de ciertos particulares... pues... referentes a

aquel caballerito... Pero, no abusaré, no, de estas terribles armas.

Usted me comprenderá al fin, conociendo cuán desinteresado es el grande

amor que ha sabido inspirarme.

»Al decir esto, Mudarra dió algunos pasos hacia la Condesa, que se alejó

con horror y repugnancia de aquel monstruo.

»Era Mudarra un hombre como de cincuenta años, moreno, rechoncho y

patizambo, de cabellos ásperos y en desorden, grande y colmilluda la

boca. Sus ojos medio ocultos tras la frondosidad de largas, negras y

espesísimas cejas, en aquellos instantes expresaban la más bestial

concupiscencia.

--»¡Ah, puerco espín!--exclamó con ira al ver el natural despego de la

dama.--¡Qué desdicha no ser un mozalbete almidonado! Tanto remilgo

sabiendo que puedo informar al señor Conde... Y me creerá, no lo dude

usía: el señor Conde tiene en mí tal confianza, que lo que yo digo es

para él el mismo Evangelio... pues... y como está celoso... si yo le

presento el papelito...

--»¡Infame!--gritó la Condesa con noble arranque de indignación y

dignidad.--Yo soy inocente; y mi esposo no será capaz de prestar oídos a

tan viles calumnias. Y aunque fuera culpable prefiero mil veces ser

despreciada por mi marido y por todo el mundo, a comprar mi tranquilidad

a ese precio. Salga usted de aquí al instante.

--»Yo también tengo mal genio, señora Condesa--, dijo el mayordomo

devorando su rabia--; yo también gasto mal genio, y cuando me amosco...

Puesto que usía lo toma por la tremenda, vamos por la tremenda. Ya sé lo

que tengo que hacer, y demasiado condescendiente he sido hasta aquí. Por

última vez propongo a usía que seamos amigos, y no me ponga en el caso

de hacer un disparate... con que señora mía...

»Al decir esto Mudarra contrajo la pergaminosa piel y los rígidos

tendones de su rostro haciendo una mueca parecida a una sonrisa, y dió

algunos pasos como para sentarse en el sofá junto a la Condesa. Esta se

levantó de un salto gritando:--«¡No; salga usted! ¡Infame! Y no tener

quien me defienda... ¡Salga usted!»

»El mayordomo, entonces era como una fiera a quien se escapa la presa

que ha tenido un momento antes entre sus uñas. Dió un resoplido, hizo un

gesto de amenaza y salió despacio con pasos muy quedos. La Condesa,

trémula y sin aliento, refugiada en la extremidad del gabinete, sintió

las pisadas que alejándose se perdían en la alfombra de la habitación

inmediata y respiró al fin cuando le consideró lejos. Cerró las puertas

y quiso dormir; pero el sueño huía de sus ojos aún aterrados con la

imagen del monstruo.

»CAPITULO XI.--_El Complot_.--Mudarra, al salir de la habitación de la

Condesa, se dirigió a la suya y dominado por fuerte inquietud nerviosa,

comenzó a registrar cartas y papeles diciendo entre dientes. «Ya no

aguanto más; me las pagará todas juntas.» Después se sentó, tomó la

pluma, y poniendo delante una de aquellas cartas, y examinándola bien

empezó a escribir otra tratando de remedar la letra. Mudaba la vista con

febril ansiedad del modelo a la copia y por último después de gran

trabajo escribió con caracteres enteramente iguales a los del modelo la

carta siguiente, cuyo sentido era de su propia cosecha: _Había

prometido a usted una entrevista y me apresuro...»_

El folletín estaba roto y no pudo leer más.

III

Sin apartar la vista del paquete, me puse a pensar en la relación que

existía entre las noticias sueltas que oí de boca del señor Cascajares y

la escena leída en aquel papelucho, folletín, sin duda, traducido de

alguna desatinada novela de Ponson du Terrail o de Montepín. Será una

tontería, dije para mí, pero es lo cierto que ya me inspira interés esa

señora Condesa, víctima de la barbarie de un mayordomo imposible, cual

no existe sino en la trastornada cabeza de algún novelista nacido para

aterrar a las gentes sencillas. ¿Y qué haría el maldito para vengarse?

Capaz sería de imaginar cualquiera atrocidad de esas que ponen fin a un

capítulo de sensación ¿Y el Conde, qué hará? Y aquel mozalbete de quien

hablaron Cascajares en el coche y Mudarra en el folletín ¿qué hará?

¿quién será? ¿Qué hay entre la Condesa y ese incógnito caballerito? Algo

daría por saber...

Esto pensaba, cuando alcé los ojos, recorrí con ellos el interior del

coche, y ¡horror! vi una persona que me hizo estremecer de espanto.

Mientras estaba yo embebido en la interesante lectura del pedazo de

folletín, el tranvía se había detenido varias veces para tomar o dejar

algún viajero. En una de estas ocasiones había entrado aquel hombre,

cuya súbita presencia me produjo tan grande impresión. Era él, Mudarra,

el mayordomo en persona, sentado frente a mí, con sus rodillas tocando

mis rodillas. En un segundo le examiné de pies a cabeza y reconocí las

facciones cuya descripción había leído. No podía ser otro: hasta los más

insignificantes detalles de su vestido indicaban claramente que era él.

Reconocí la tez morena y lustrosa, los cabellos indomables, cuyas mechas

surgían en opuestas direcciones como las culebras de Medusa, los ojos

hundidos bajo la espesura de unas agrestes cejas, las barbas, no menos

revueltas e incultas que el pelo, los pies torcidos hacia dentro como

los de los loros, y en fin, la misma mirada, el mismo hombre en el

aspecto, en el traje, en el respirar, en el toser, hasta en el modo de

meterse la mano en el bolsillo para pagar.

De pronto le vi sacar una cartera, y observé que este objeto tenía en la

cubierta una gran _M_ dorada, la inicial de su apellido. Abrióla, sacó

una carta y miró el sobre con sonrisa de demonio, y hasta me pareció que

decía entre dientes:

«¡Qué bien imitada está la letra!» En efecto, era una carta pequeña, con

el sobre garabateado por mano femenina. Lo miró bien, recreándose en su

infame obra, hasta que observó que yo con curiosidad indiscreta y

descortés alargaba demasiado el rostro para leer el sobrescrito.

Dirigióme una mirada que me hizo el efecto de un golpe, y guardó su

cartera.

El coche seguía corriendo, y en el breve tiempo necesario para que yo

leyera el trozo de novela, para que pensara un poco en tan extrañas

cosas, para que viera al propio Mudarra, novelesco, inverosímil,

convertido en ser vivo y compañero mío en aquel viaje, había dejado

atrás la calle de Alcalá, atravesaba la Puerta del Sol y entraba

triunfante en la calle Mayor, abriéndose paso por entre los demás

coches, haciendo correr a los carromatos rezagados y perezosos, y

ahuyentando a los peatones, que en el tumulto de la calle, y aturdidos

por la confusión de tantos y tan diversos ruidos, no ven la mole que se

les viene encima sino cuando ya la tienen a muy poca distancia.

Seguía yo contemplando aquel hombre como se contempla un objeto de cuya

existencia real no estamos seguros, y no quité los ojos de su

repugnante facha hasta que no le vi levantarse, mandar parar el coche y

salir, perdiéndose luego entre el gentío de la calle.

Salieron y entraron varias personas y la decoración viviente del coche

mudó por completo.

Cada vez era más viva la curiosidad que me inspiraba aquel suceso, que

al principio podía considerar como forjado exclusivamente en mi cabeza

por la coincidencia de varias sensaciones ocasionadas por la

conversación o por la lectura, pero que al fin se me figuraba cosa

cierta y de indudable realidad.

Cuando salió el hombre en quien creí ver el terrible mayordomo, quedéme

pensando en el incidente de la carta y me lo expliqué a mi manera, no

queriendo ser en tan delicada cuestión menos fecundo que el novelista,

autor de lo que momentos antes había leído. Mudarra, pensé, deseoso de

vengarse de la Condesa, ¡oh, infortunada señora! finge su letra y

escribe una carta a cierto caballerito, con quien hubo esto y lo otro y

lo de más allá. En la carta le da una cita en su propia casa; llega el

joven a la hora indicada y poco después el marido, a quien se ha tenido

cuidado de avisar, para que coja _in fraganti_ a su desleal esposa: ¡oh

admirable recurso del ingenio! Ésto, que en la vida tiene su pro y su

contra, en una novela viene como anillo al dedo. La dama se desmaya, el

amante se turba, el marido hace una atrocidad, y detrás de la cortina

está el fatídico semblante del mayordomo que se goza en su endiablada

venganza.

Lector yo de muchas y muy malas novelas, di aquel giro a la que

insensiblemente iba desarrollándose en mi imaginación por las palabras

de un amigo, la lectura de un trozo de papel y la vista de un

desconocido.

IV

Andando, andando seguía el coche y ya por causa del calor que allí

dentro se sentía, ya porque el movimiento pausado y monótono del

vehículo produce cierto mareo que degenera en sueño, lo cierto es que

sentí pesados los párpados, me incliné del costado izquierdo, apoyando

el codo en el paquete de libros, y cerré los ojos. En esta situación

continué viendo la hilera de caras de ambos sexos que ante mí tenía,

barbadas unas, limpias de pelo las otras, aquéllas riendo, éstas muy

acartonadas y serias. Después me pareció que obedeciendo a la

contracción de un músculo común, todas aquellas caras hacían muecas y

guiños, abriendo y cerrando los ojos y las bocas, y mostrándome

alternativamente una serie de dientes que variaban desde los más blancos

hasta los más amarillos, afilados unos, romos y gastados los otros.

Aquellas ocho narices erigidas bajo diez y seis ojos diversos en color y

expresión, crecían o menguaban, variando de forma; las bocas se abrían

en línea horizontal, produciendo mudas carcajadas, o se estiraban hacia

adelante formando hocicos puntiagudos, parecidos al interesante rostro

de cierto benemérito animal que tiene sobre sí el anatema de no poder

ser nombrado.

Por detrás de aquellas ocho caras, cuyos horrendos visajes he descrito,

y al través de las ventanillas del coche, yo veía la calle y las casas,

los transeuntes, todo en veloz carrera, como si el tranvía anduviese con

rapidez vertiginosa. Yo por lo menos creía que marchaban más aprisa que

nuestros ferrocarriles, más que los franceses, más que los ingleses, más

que los norteamericanos; corría con toda la velocidad que puede suponer

la imaginación, tratándose de la traslación de lo sólido.

A medida que era más intenso aquel estado letargoso, se me figuraba que

iban desapareciendo las casas, las calles, Madrid entero. Por un

instante creí que el tranvía corría por lo más profundo de los mares:

al través de los vidrios se veían los cuerpos de cetáceos enormes, los

miembros pegajosos de una multitud de pólipos de diversos tamaños. Los

peces chicos sacudían sus colas resbaladizas contra los cristales,

algunos miraban adentro con sus grandes y dorados ojos. Crustáceos de

forma desconocida, grandes moluscos, madréporas, esponjas y una multitud

de bivalvos grandes y deformes cual nunca yo los había visto, pasaban

sin cesar. El coche iba tirado por no sé qué especie de nadantes

monstruos, cuyos remos, luchando con el agua, sonaban como las paletas

de una hélice, tornillaban la masa líquida con su infinito voltear.

Esta visión se iba extinguiendo: después parecióme que el coche corría

por los aires, volando en dirección fija y sin que lo agitaran los

vientos. Al través de los cristales no se veía nada, más que espacio:

las nubes nos envolvían a veces; una lluvia violenta y repentina

tamborileaba en la imperial; de pronto salíamos al espacio puro inundado

de sol, para volver de nuevo a penetrar en el vaporoso seno de celajes

inmensos, ya rojos, ya amarillos, tan pronto de ópalo como de amatista,

que iban quedándose atrás en nuestra marcha. Pasábamos luego por un

sitio del espacio en que flotaban masas resplandecientes de un finísimo

polvo de oro; más adelante, aquella polvareda que a mí se me antojaba

producida por el movimiento de las ruedas triturando la luz, era de

plata, después verde como harina de esmeraldas, y por último, roja como

harina de rubíes. El coche iba arrastrado por algún volátil

apocalíptico, más fuerte que el hipógrifo y más atrevido que el dragón;

y el rumor de las ruedas y de la fuerza motriz recordaba el zumbido de

las grandes aspas de un molino de viento, o más bien el de un abejorro

del tamaño de un elefante. Volábamos por el espacio sin fin, sin llegar

nunca; entretanto la tierra quedábase abajo, a muchas leguas de nuestros

pies; y en la tierra, España, Madrid, el barrio de Salamanca,

Cascajares, la Condesa, el Conde, Mudarra, el incógnito galán, todos

ellos.

Pero no tardé en dormirme profundamente; y entonces el coche cesó de

andar, cesó de volar, y desapareció para mí la sensación de que iba en

tal coche, no quedando más que el ruido monótono y profundo de las

ruedas, que no nos abandona jamás en nuestras pesadillas dentro de un

tren o en el camarote de un vapor. Me dormí... ¡Oh infortunada Condesa!

La vi tan clara como estoy viendo en este instante el papel en que

escribo; la vi sentada junto a un velador, la mano en la mejilla, triste

y meditabunda como una estatua de la melancolía. A sus pies estaba

acurrucado un perrillo, que me pareció tan triste como su interesante

ama.

Entonces pude examinar a mis anchas a la mujer que yo consideraba como

la desventura en persona. Era de alta estatura, rubia, con grandes y

expresivos ojos, nariz fina, y casi, casi grande, de forma muy correcta

y perfectamente engendrada por las dos curvas de sus hermosas y

arqueadas cejas. Estaba peinada sin afectación, y en esto, como en su

traje, se comprendía que no pensaba salir aquella noche. ¡Tremenda, mil

veces tremenda noche! Yo observaba con creciente ansiedad la hermosa

figura que tanto deseaba conocer, y me pareció que podía leer sus ideas

en aquella noble frente donde la costumbre de la reconcentración mental

había trazado unas cuantas líneas imperceptibles, que el tiempo

convertiría pronto en arrugas.

De repente se abre la puerta dando paso a un hombre. La Condesa dió un

grito de sorpresa y se levantó muy agitada.

--¿Qué es esto?--dijo--Rafael. Usted... ¿Qué atrevimiento? ¿Cómo ha

entrado usted aquí?

--Señora--contestó el que había entrado, joven de muy buen porte.--¿No

me esperaba usted?--He recibido una carta suya...

--¡Una carta mía!--exclamó más agitada la Condesa.--Yo no he escrito

carta ninguna. ¿Y para qué había de escribirla?

--Señora, vea usted--repuso el joven sacando la carta y

mostrándosela;--es su letra, su misma letra.

--¡Dios mío! ¡Qué infernal maquinación!--dijo la dama con

desesperación.--Yo no he escrito esa carta. Es un lazo que me tienden...

--Señora, cálmese usted... yo siento mucho...

--Sí; lo comprendo todo... Ese hombre infame... Ya sospecho cuál habrá

sido su idea. Salga usted al instante... Pero ya es tarde; ya siento la

voz de mi marido.

En efecto, una voz atronadora se sintió en la habitación inmediata, y al

poco rato entró el Conde, que fingió sorpresa de ver al galán, y

después, riendo con cierta afectación, le dijo:

--¡Oh! Rafael, usted por aquí... ¡Cuánto tiempo!... Venía usted a

acompañar a Antonia... Con eso nos acompañará a tomar el te.

La Condesa y su esposo cambiaron una mirada siniestra. El joven, en su

perplejidad, apenas acertó a devolver al Conde su saludo. Vi que

entraron y salieron criados; vi que trajeron un servicio de te y

desaparecieron después, dejando solos a los tres personajes. Iba a

pasar algo terrible.

Sentáronse: la Condesa parecía difunta, el Conde afectaba una hilaridad

aturdida, semejante a la embriaguez, y el joven callaba, contestándole

sólo con monosílabos. Sirvió el te, y el Conde alargó a Rafael una de

las tazas, no una cualquiera, sino una determinada. La Condesa miró

aquella taza con tal expresión de espanto, que pareció echar en ella

todo su espíritu. Bebieron en silencio, acompañando la poción con muchas

variedades de las sabrosas pastas _Huntley and Palmers_, y otras

menudencias propias de tal clase de cena. Después el Conde volvió a reir

con la desaforada y ruidosa expansión que le era peculiar aquella noche,

y dijo:

--¡Cómo nos aburrimos! Usted, Rafael, no dice una palabra. Antonia, toca

algo. Hace tanto tiempo que no te oímos. Mira... aquella pieza de

Gorstchack que se titula _Morte_... La tocabas admirablemente. Vamos,

ponte al piano.

La Condesa quiso hablar; érale imposible articular palabra. El Conde la

miró de tal modo, que la infeliz cedió ante la terrible expresión de sus

ojos, como la paloma fascinada por el boa _constrictor_. Se levantó

dirigiéndose al piano, y ya allí, el marido debió decirle algo que la

aterró más, acabando de ponerla bajo su infernal dominio. Sonó el

piano, heridas a la vez multitud de cuerdas, y corriendo de las graves a

las agudas, las manos de la dama despertaron en un segundo los

centenares de sonidos que dormían mudos en el fondo de la caja. Al

principio era la música una confusa reunión de sones que aturdía en vez

de agradar; pero luego serenóse aquella tempestad, y un canto fúnebre y

temeroso como el _Dies iræ_ surgió de tal desorden. Yo creía escuchar el

son triste de un coro de cartujos, acompañado con el bronco mugido de

los fagots. Sentíanse después ayes lastimeros como nos figuramos han de

ser los que exhalan las ánimas, condenadas en el purgatorio a pedir

incesantemente un perdón que ha de llegar muy tarde.

Volvían luego los arpegios prolongados y ruidosos, y las notas se

encabritaban unas sobre otras como disputándose cuál ha de llegar

primero. Se hacían y deshacían los acordes, como se forma y desbarata la

espuma de las olas. La armonía fluctuaba y hervía en una marejada sin

fin, alejándose hasta perderse, y volviendo más fuerte en grandes y

atropellados remolinos.

Yo continuaba extasiado oyendo la música imponente y majestuosa; no

podía ver el semblante de la Condesa, sentada de espaldas a mí; pero me

la figuraba en tal estado de aturdimiento y pavor, que llegué a pensar

que el piano se tocaba solo.

El joven estaba detrás de ella, el Conde a su derecha, apoyado en el

piano. De vez en cuando levantaba ella la vista para mirarle; pero debía

encontrar expresión muy horrenda en los ojos de su consorte, porque

tornaba a bajar los suyos y seguía tocando. De repente el piano cesó de

sonar y la Condesa dió un grito.

En aquel instante sentí un fortísimo golpe en un hombro, me sacudí

violentamente y desperté.

V

En la agitación de mi sueño había cambiado de postura y me había dejado

caer sobre la venerable inglesa que a mi lado iba.

--¡Aaah! usted... _sleeping_... molestar... _mi_--dijo con avinagrado

mohín, mientras rechazaba mi paquete de libros que había caído sobre sus

rodillas.

--Señora... es verdad... me dormí--contesté turbado al ver que todos los

viajeros se reían de aquella escena.

--¡Oooh!... yo soy... _going_... _to_ decir al _coachman_... usted

molestar... mi... usted, caballero... _very shocking_--añadió la inglesa

en su jerga ininteligible.--_¡Oooh!_ usted creer... _my body_ es... su

cama _for usted_... _to sleep. ¡Oooh! gentleman you are a stupid ass_.

Al decir esto, la hija de la Gran Bretaña, que era de sí bastante

amoratada, estaba lo mismo que un tomate. Creyérase que la sangre

agolpada a sus carrillos y a su nariz a brotar iba por sus candentes

poros. Me mostraba cuatro dientes puntiagudos y muy blancos, como si me

quisiera roer. Le pedí mil perdones por mi sueño descortés, recogí mi

paquete y pasé revista a las nuevas caras que dentro del coche había.

Figúrate, ¡oh cachazudo y benévolo lector! ¡cuál sería mi sorpresa

cuando vi frente a mí, ¿a quién creerás? Al joven de la escena soñada,

al mismo don Rafael en persona. Me restregué los ojos para convencerme

de que no dormía, y en efecto, despierto estaba y tan despierto como

ahora.

Era él, el mismo, y conversaba con otro que a su lado iba. Puse atención

y escuché con toda mi alma.

--¿Pero tú no sospechaste nada?--le decía el otro.

--Algo, sí; pero callé. Parecía difunta; tal era su terror. Su marido la

mandó tocar el piano y ella no se atrevió a resistir. Tocó, como

siempre, de una manera admirable, y oyéndola llegué a olvidarme de la

peligrosa situación en que nos encontrábamos. A pesar de los esfuerzos

que ella hacía para aparecer serena, llegó un momento en que le fué

imposible fingir más. Sus brazos se aflojaron, y resbalando de las

teclas echó la cabeza atrás y dió un grito. Entonces su marido sacó un

puñal, y dando un paso hacia ella exclamó con furia: «Toca o te mato al

instante.» Al ver esto hirvió mi sangre toda: quise echarme sobre aquel

miserable; pero sentí en mi cuerpo una sensación que no puedo pintarte;

creí que repentinamente se había encendido una hoguera en mi estómago;

fuego corría por mis venas; las sienes me latieron, y caí al suelo sin

sentido.

--Y antes, ¿no conociste los síntomas del envenenamiento?--le preguntó

el otro.

--Notaba cierta desazón y sospeché vagamente, pero nada más. El veneno

estaba bien preparado, porque hizo el efecto tarde y no me mató, aunque

sí me ha dejado una enfermedad para toda la vida.

--Y después que perdiste el sentido, ¿qué pasó?

Rafael iba a contestar y yo le escuchaba como si de sus palabras

pendiera un secreto de vida o muerte, cuando el coche paró.

--¡Ah! ya estamos en los Consejos: bajemos--dijo Rafael.

¡Qué contrariedad! Se marchaban, y yo no sabía el fin de la historia.

--Caballero, caballero, una palabra--dije al verlos salir.

El joven se detuvo y me miró.

--¿Y la Condesa? ¿Qué fué de esa señora?--pregunté con mucho afán.

Una carcajada general fué la única respuesta. Los dos jóvenes, riéndose

también, salieron sin contestarme palabra. El único sér vivo que

conservó su serenidad de esfinge en tan cómica escena fué la inglesa,

que indignada de mis extravagancias, se volvió a los demás viajeros

diciendo:

--_¡Oooh! A lunatic fellow_.

VI

El coche seguía y a mí me abrasaba la curiosidad por saber qué había

sido de la desdichada Condesa. ¿La mató su marido? Yo me hacía cargo de

las intenciones de aquel malvado. Ansioso de gozarse en su venganza,

como todas las almas crueles, quería que su mujer presenciase, sin dejar

de tocar, la agonía de aquel incauto joven llevado allí por una vil

celada de Mudarra.

Mas era imposible que la dama continuara haciendo desesperados esfuerzos

por mantener su serenidad, sabiendo que Rafael había bebido el veneno.

¡Trágica y espeluznante escena!--pensaba yo, más convencido cada vez de

la realidad de aquel suceso--¡y luego dirán que estas cosas sólo se ven

en las novelas!

Al pasar por delante de Palacio el coche se detuvo, y entró una mujer

que traía un perrillo en sus brazos. Al instante reconocí al perro que

había visto recostado a los pies de la Condesa; era el mismo, la misma

lana blanca y fina, la misma mancha negra en una de sus orejas. La

suerte quiso que aquella mujer se sentara a mi lado. No pudiendo yo

resistir la curiosidad, le pregunté:

--¿Es de usted ese perro tan bonito?

--¿Pues de quién ha de ser? ¿Le gusta a usted?

Cogí una de las orejas del inteligente animal para hacerle una caricia;

pero él, insensible a mis demostraciones de cariño, ladró, dió un salto

y puso sus patas sobre las rodillas de la inglesa, que me volvió a

enseñar sus dos dientes como queriéndome roer, y exclamó:

--¡Ooooh! usted... _unsupportable_.

--¿Y dónde ha adquirido usted ese perro?--pregunté sin hacer caso de la

nueva explosión colérica de la mujer británica.--¿Se puede saber?

--Era de mi señorita.

--¿Y qué fué de su señorita?--dije con la mayor ansiedad.

--¡Ah! ¿Usted la conocía?--repuso la mujer.--Era muy buena, _¿verdá

usté?_

--¡Oh! excelente... Pero ¿podría yo saber en qué paró todo aquello?

--De modo que usted está enterado, usted tiene noticias...

--Sí, señora... He sabido todo lo que ha pasado, hasta aquello del te...

pues. Y diga usted, ¿murió la señora?

--¡Ah! Sí, señor: está en la gloria.

--¿Y cómo fué eso? La asesinaron, o fué a consecuencia del susto.

--¡Qué asesinato, ni qué susto!--dijo con expresión burlona.--Usted no

está enterado. Fué que aquella noche había comido no sé qué, pues... y

le hizo daño... Le dió un desmayo que le duró hasta el amanecer.

--Bah--pensé yo--ésta no sabe una palabra del incidente del piano y del

veneno, o no quiere darse por entendida.

Después dije en alta voz:

--¿Con que fué de indigestión?

--Sí, señor. Yo le había dicho aquella noche: «Señora: no coma usted

esos mariscos»; pero no me hizo caso.

--Con que mariscos, ¿eh?--dije con incredulidad.--Si sabré yo lo que ha

ocurrido.

--¿No lo cree usted?

--Sí... sí--repuse aparentando creerlo.--¿Y el Conde, su marido, el que

sacó el puñal cuando tocaba el piano?

La mujer me miró un instante y después soltó la risa en mis propias

barbas.

--¿Se ríe usted...? ¡Bah! ¿Piensa usted que no estoy perfectamente

enterado? Ya comprendo; usted no quiere contar los hechos como realmente

son. Ya se ve: como habrá causa criminal...

--Es que ha hablado usted de un conde y de una condesa.

--¿No era el ama de ese perro la señora Condesa, a quien el mayordomo

Mudarra...

La mujer volvió a soltar la risa con tal estrépito, que me desconcerté,

diciendo para mi capote: Esta debe de ser cómplice de Mudarra, y,

naturalmente, ocultará todo lo que pueda.

--Usted está loco--añadió la desconocida.

--_Lunatic_, _lunatic_. _M_... _suffocated_... _¡Oooh! ¡my Godi!_

--Si lo sé todo; vamos, no me lo oculte usted. Dígame de qué murió la

señora Condesa.

--¡Qué condesa ni qué ocho cuartos, hombre de Dios!--exclamó la mujer,

riendo con más fuerza.

--¡Si cree usted que me engaña a mí con sus risitas!--contesté.--La

Condesa ha muerto envenenada o asesinada; no me queda la menor duda.

En esto llegó el coche al barrio de Pozas y yo al término de mi viaje.

Salimos todos: la inglesa me echó una mirada que indicaba su regocijo

por verse libre de mí, y cada cual se dirigió a su destino. Yo seguí a

la mujer del perro, aturdiéndola con preguntas, hasta que se metió en su

casa, riendo siempre de mi empeño en averiguar vidas ajenas. Al verme

solo en la calle recordé el objeto de mi viaje y me dirigí a la casa

donde debía entregar aquellos libros. Devolvílos a la persona que me los

había pedido para leerlos, y me puse a pasear frente al Buen Suceso,

esperando a que saliese de nuevo el coche para regresar al extremo de

Madrid.

No podía apartar de la imaginación a la infortunada Condesa, y cada vez

me confirmaba más en mi idea de que la mujer con quien últimamente hablé

había querido engañarme, ocultando la verdad de la misteriosa tragedia.

Esperé mucho tiempo, y al fin, anocheciendo ya, el coche se dispuso a

partir. Entré, y lo primero que mis ojos vieron fué la señora inglesa

sentadita donde antes estaba. Cuando me vió subir y tomar sitio a su

lado, la expresión de su rostro no es definible; se puso otra vez como

la grana, exclamando:

--_¡Ooooh!_... usted... mi quejarse al _coachman_... usted reventar _mi

fort it_.

Tan preocupado estaba yo con mis confusiones, que sin hacerme cargo de

lo que la inglesa me decía en su híbrido y trabajoso lenguaje, le

contesté:

--Señora, no hay duda de que la Condesa murió envenenada o asesinada.

Usted no tiene idea de la ferocidad de aquel hombre.

Seguía el coche, y de trecho en trecho deteníase para recoger pasajeros.

Cerca del Palacio real entraron tres, tomando asiento enfrente de mí.

Uno de ellos era un hombre alto, seco y huesudo, con muy severos ojos y

un hablar campanudo que imponía respeto.

No hacía diez minutos que estaban allí, cuando este hombre se volvió a

los otros dos y dijo:

--¡Pobrecilla! ¡Cómo clamaba en sus últimos instantes! La bala le entró

por encima de la clavícula derecha y después bajó hasta el corazón.

--¿Cómo?--exclamé yo repentinamente.--¿Conque fué de un tiro? ¿No murió

de una puñalada?

Los tres se miraron con sorpresa.

--De un tiro, sí, señor--dijo con cierto desabrimiento el alto, seco y

huesoso.

--Y aquella mujer sostenía que había muerto de una indigestión--dije,

interesándome más cada vez en aquel asunto.--Cuente usted, ¿y cómo fué?

--¿Y a usted qué le importa?--dijo el otro, con muy avinagrado gesto.

--Tengo mucho interés por conocer el fin de esa horrorosa tragedia. ¿No

es verdad que parece cosa de novela?

--¿Qué novela ni que niño muerto? Usted está loco o quiere burlarse de

nosotros.

--Caballerito, cuidado con las bromas--añadió el alto y seco.

--¿Creen ustedes que no estoy enterado? Lo sé todo, he presenciado

varias escenas de ese horrendo crimen. Pero dicen ustedes que la Condesa

murió de un pistoletazo.

--¡Válgame Dios! Nosotros no hemos hablado de Condesa, sino de mi perra,

a quien cazando, disparamos inadvertidamente un tiro. Si usted quiere

bromear, puede buscarme en otro sitio, y ya le contestaré como merece.

--Ya, ya comprendo: ahora hay empeño en ocultar la verdad--manifesté,

juzgando que aquellos hombres querían desorientarme en mis pesquisas,

convirtiendo en perra a la desdichada señora.

Ya preparaba el otro su contestación, sin duda más enérgica de lo que el

caso requería, cuando la inglesa se llevó el dedo a la sien, como para

indicarles que yo no regía bien de la cabeza. Calmáronse con esto, y no

dijeron una palabra más en todo el viaje, que terminó para ellos en la

Puerta del Sol. Sin duda me habían tenido miedo.

Yo continuaba tan dominado por aquella idea, que en vano quería serenar

mi espíritu, razonando los verdaderos términos de tan embrollada

cuestión. Pero cada vez eran mayores mis confusiones, y la imagen de la

pobre señora no se apartaba de mi pensamiento. En todos los semblantes

que iban sucediéndose dentro del coche, creía ver algo que contribuyera

a explicar el enigma. Sentía yo una sobrexcitación cerebral espantosa, y

sin duda el trastorno interior debía pintarse en mi rostro, porque todos

me miraban como se mira lo que no se ve todos los días.

VII

Aun faltaba algún incidente que había de turbar más mi cabeza en aquel

viaje fatal. Al pasar por la calle de Alcalá, entró un caballero con su

señora: él quedó junto a mí. Era un hombre que parecía afectado de

fuerte y reciente impresión, y hasta creí que alguna vez se llevó el

pañuelo a los ojos para enjugar las invisibles lágrimas, que sin duda

corrían bajo el cristal verde obscuro de sus descomunales antiparras.

Al poco rato de estar allí dijo en voz baja a la que parecía ser su

mujer:

Pues hay sospechas de envenenamiento: no lo dudes. Me lo acaba de decir

don Mateo. ¡Desdichada mujer!

--¡Qué horror! Ya me lo he figurado también--contestó su consorte. De

tales cafres ¿qué se podía esperar?

--Juro no dejar piedra sobre piedra hasta averiguarlo.

Yo, que era todo oídos, dije también en voz baja:

--Sí, señor; hubo envenenamiento. Me consta.

La voz de la conseja, t.1 Selección de las mejores novelas breves y cuentos de los más esclarecidos literatos · 第 1 / 10 段