torno yacían los señores de la Junta sentados, pero mal sentados, sea
dicho en honor de la verdad. Luces había pocas y mortecinas. Un mal
espejo les servía para dos fines; para verse muchos siendo pocos, y
consolar de esta manera el ánimo afligido, y para decirse de cuando en
cuando unos a otros: «Mírese Su Excelencia en ese espejo.» Porque es de
advertir que se daban todos unos a otros dos cosas, a saber: las buenas
noches y la excelencia.
Portero no había; verdad es que tampoco había puertas, por ser la casa
de estas malas de lugar que, o no las tienen, o las tienen que no
cierran. Una mala mesa en medio, y un mal secretario, eran los muebles
que componían todo el ajuar.
No sé dónde he leído yo que en cierta tierra de indios el congreso
supremo de la tribu se reúne, para deliberar, en grandes cántaros de
agua fresca, donde se sumergen desnudos sus individuos, dejando sólo
fuera del cántaro la cabeza para deliberar. No se puede negar que existe
gran semejanza entre la Junta de Castel-o-Branco y el congreso de los
cántaros, y que los carlistas que componen la una y los salvajes que
forman el otro, están igualmente frescos.
Dominaba en el testero de la Sala de Juntas el tesorero general del
pretendiente, don Matías Jarana, porque en tiempos de apuro el que tiene
el dinero es el empleado principal; el cual, si no era gran tesorero era
gran canónigo. Dicho esto, me parece excusado detenernos mucho en
describirle; estamos seguros de que el inteligente lector se lo habrá
figurado ya tal como era. Oprimía a su lado el ministro de Hacienda una
mala banqueta, que gemía no tanto por el noble peso que sostenía, como
por el mal estado en que se encontraba. Tambaleábase por consiguiente Su
Excelencia a cada momento: figurósele al labriego temblor el movimiento
oscilante de Su Excelencia; pero está averiguado que era el mal asiento.
Flaco, seco, y con cara de contradicción, hacía de notario de reinos don
Jorge Ganzúa, que lo había sido de Coria.
Veíase a otra parte de pie, y en actitud de huir a la primera orden, a
un cabo del Resguardo, partidario que fue del año 23. Representaba éste
al ministro de la Guerra, y llamábase Cuadrado, además de serlo.
Un dependiente del cabildo de Coria y dos personajes más, en calidad de
consejeros supremos de la Junta, hacían como que meditaban, por el buen
parecer en un rincón de la sala.
Indecible fue la alegría de la Junta Suprema cuando el portugués hubo
presentado a nuestro pobre labriego en calidad de vasallo de Su Majestad
Imperial.
--Excelentísimos señores--exclamó el señor Tesorero en altas
voces,--reconozcamos en ese vasallo el dedo del Señor: ya ha llegado el
día del triunfo de Su Majestad Imperial, y ha llegado ya al mismo tiempo
un vasallo; todo ha llegado. Opino que en vista de esta novedad
deliberemos.
--En cuanto a lo de deliberar--dijo entonces el señor notario,--recuerdo
al señor presidente que esto es una Junta.
--No me acordaba--dijo entonces el presidente;--nótese que esta es la
primera Junta de que tengo el honor de ser individuo.
--Se conoce--dijo el notario:--y lo apunto en el acta. Hable, pues, si
sabe y si tiene de qué el excelentísimo señor ministro de Hacienda.
--Despiértele usted--dijo entonces el presidente al portugués que hacía
de ujier,--despiértele usted, pues parece que Su Excelencia duerme.
Llegose el portugués a Su Excelencia que efectivamente dormía, y díjole
en su lengua:
--No haga caso Su Excelencia de que está en Junta, que es llegado el
momento de hablar.
Soñaba a la sazón Su Excelencia que se le venían encima todos los
ejércitos de la reina, y volviendo en sí de su pesadilla con dificultad:
--¿Hablo yo?--dijo;--vamos a ver. Las mejoras, pues, aunque no nos toque
el decirlo, las mejoras...
--Al orden, al orden--interrumpió el presidente:--¿qué es eso de
mejoras?
--Soñaba que estábamos en España--contestó Su Excelencia
turbado.--Perdone la Junta. Por consiguiente hable otro, que yo no estoy
para el paso. Mi intermisión por otra parte no urge. Mi ministerio...
--Excelentísimo señor--dijo el presidente,--cierto; pero acaba de
llegar...
--¿Ha llegado la hacienda, ha llegado mi ministerio?--preguntó azorado
el señor Tallarín, buscando con los ojos por todas partes si llegaría a
ver un peso...
--Todavía no, pero.
--¡Ah! pues entonces--repuso el ministro,--repito que no corre prisa;--y
volviéndose en la banqueta y hacia el portugués:--Avíseme usted señor
don Ambrosio de Castro y Pajares, Almendrugo, Oliveira y Caraballo de
Alburquerque y Santarén, en cuanto llegue la hacienda. Dicho esto,
volvió Su Excelencia a anudar el roto hilo de su feliz ensueño, donde es
fama que soñó que era efectivamente ministro.
--Yo hab... b... blaré--dijo entonces uno de los consejeros supremos que
era tartamudo,--yo hablaré, que he s... s... s... ido pro... pr... pr...
pro... curador.
--Mejor será que no hable nadie--dijo entonces el notario al oído del
presidente,--si ha de hablar el señor...
--Di... di... dice bien el señor not... notario--dijo entonces el
consejero sentándose,--p... p... por... porque no acabaríamos nunca...
--Pido la palabra--dijo el que estaba a su lado.
--¿Quién diablos se la ha de dar a Vuestra Excelencia--dijo entonces el
presidente amoscado,--si nadie la tiene?
--Recuerdo a Su Excelencia--dijo el notario,--que en el orden del
gobierno de Su Majestad Imperial no se puede pedir la palabra, y que es
frase mal sonante: o hablar de pronto, o no hablar.
--Si el señor Cuadrado no está para hablar--dijo entonces el
presidente,--nos iremos a casa.
--Más estoy para obrar que para hablar--contestó Su Excelencia;--pero
fuerza será, pues no hay quien hable. Digo en primer lugar que yo no doy
un paso más adelante si no se conviene en presentar mañana a la firma de
Su Majestad Imperial un decreto... ¿Eh?
--Adelante.
--Bueno. Y declaro como fiel y obediente vasallo de Su Majestad Imperial
el señor Carlos V, por quien derramaré desinteresadamente hasta la
primera gota de mi sangre, que no sigo en el partido si Su Majestad no
lo firma.
--Mal pudiera oponerse la Junta a tanta generosidad.
--Propongo, pues--continuó el excelentísimo señor cabo, ministro de la
Guerra,--el siguiente decreto que traigo para la firma. «Yo, don Carlos
V, por la gracia del reverendísimo padre Vaca, y del excelentísimo señor
Cuadrado, emperador de, etc.--aquí los reinos todos.--Sin entrar en
razones quiero y mando que queden suprimidos los carabineros de costas y
fronteras, y se reorganice el antiguo resguardo: quedando todos los
fondos a disposición del excelentísimo señor Cuadrado».--Yo el
Emperador.--Al ministro de la Guerra Cuadrado. Y por el pronto será del
resguardo el señor vasallo que está presente, encargado por ahora, y
hasta que haya más, de obedecer las órdenes del gobierno.
--Alto--dijo al llegar aquí el señor Canónigo presidente,--que yo traigo
también mi decreto y dice así el borrón, _mutatis mutandis_.
(No hemos podido haber a las manos ninguna copia de este borrón por más
exquisitas diligencias que hemos practicado; pero ya se deja inferir
poco más o menos su tenor. ¡Válgame Dios, y qué cosas se pierden en este
mundo!)
Anotó el notario en el acta el segundo decreto, y pasó a proponer el
siguiente que acababa de redactar como Ministro de Gracia y Justicia,
dejando aparte la gracia y la justicia: decía así el borrón:
«Art. 1.º En atención a la tranquilidad con que posee y gobierna Su
Majestad Imperial el señor don Carlos V estos sus reinos, todos los que
las presentes vieren y entendieren, se entusiasmarán espontáneamente y
se llenarán de sincera y voluntaria alegría, pena de la vida, en cuanto
llegue a su noticia este decreto: debiendo durar el entusiasmo tres días
consecutivos sin intermisión, desde las seis de la mañana en punto, en
que empezará, hasta las diez de la noche por lo menos, en que podrá
quedarse cada cual sereno.
Art. 2.º No pudiendo concebir la Junta Suprema de Castel-o-Branco el
abuso de las luces introducido en estos reinos de algún tiempo a esta
parte, suprime y da por nulas todas iluminaciones encendidas y por
encender, en atención a que sólo sirven para deslumbrar las más veces a
sus amados vasallos, y manda que no se solemnice ninguna victoria,
aunque la llegara a lograr algún día casualmente, con esa especie de
regocijo, en que nadie se divierte sino los cosecheros de aceite.
Art. 3.º Quedan prohibidas como perjudiciales todas las mejorías hechas,
debiendo considerarse nula cualquiera que se hiciese sin querer, pues
queriendo no se hará.
Art. 4.º Convencida la Junta de que nada se saca de las escuelas sino
ruido, y que se calienten la cabeza los hijos de los amados vasallos del
señor don Carlos V, quedan cerradas las que hubiese abiertas: debiendo
olvidar cada vecino en el término improrrogable de tres días, contados
desde la fecha, lo poco o mucho que supiese, so pena de tenerlo que
olvidar donde menos le convenga.
Art. 5.º Siendo de algún modo necesario hacerse con vasallos para ser
obedecido de alguien, la Junta Suprema perdona o indulta a todos los
españoles que hubiesen obedecido a la Reina Gobernadora, si bien
reservándose, para cuando los tenga debajo, el derecho de castigarlos
entonces una a una o _in sólidum_, como mejor le plazca.
Art. 6.º No siendo regular que el Supremo Gobierno se exponga al menor
percance, tanto más cuanto que hay en España, según parece, españoles
que se hacen matar por su señor Carlos V, sin meterse a averiguar si Su
Majestad y sus adláteres pasan como ellos trabajos, y dan su cara al
enemigo, o si esperan descansadamente jugando a las bochas o al
gobierno, a que se lo den todo hecho a costa de su sangre para
agradecérselo después como es costumbre de caballeros pretendientes, es
decir, a coces; la Junta Suprema y el Gobierno de Su Majestad Imperial
permanecerán en Castel-o-Branco; tanto más cuanto que hay en Portugal
muy buenos vinos y otras bagatelas precisas para la sustentación de sus
desinteresados individuos; y sólo entrará en España, si entra, a recibir
enhorabuenas y dar fajas y bastones a los principales facciosos y
cabecillas que para lograrlos pelean desinteresadamente por el señor
Carlos V, y bastonazos a los demás.»
--¡Viva, viva!--exclamó al llegar aquí toda la Junta, y es fama que
despertó entonces el Ministro de Hacienda, y aun hay quien añade que
echó un cigarro a pesar del mal estado de su ministerio.
Temblaba a todo esto el buen labriego, pues ya había caído él en la
cuenta de que si todos aquellos señores habían de mandar, y no había
otro sino él por allí que obedeciese, era la partida más que desigual.
Calculando, pues, que un pueblo donde no había más que la justicia y él,
él había de ser forzosamente el ajusticiado, andaba buscando arbitrios
para escaparse del poder de la Junta; la cual así pensaba en soltarle,
como quien lo consideraba en aquellos momentos un cacho de la apetecida
España, que la Providencia tiene guardada felizmente para más altos
fines.
Pero Dios que no se olvida nunca de los suyos, aunque ellos se olviden
de El, lo había dispuesto de otro modo: no bien se había leído el último
renglón del decreto del notario, cuando se oyó en la calle un espantable
ruido.
--Esto son tiros--exclamó Cuadrado, que era el único que alguna vez los
había oído desde lejos.
--¡Tiros!--dijo el Presidente,--¿a que estamos ganando una batalla sin
saber una palabra?...
--No corremos ese riesgo--entró gritando el portugués;--sálvense
Vuestras Excelencias, sálvense: aquí quedo yo, que soy portugués y basto
para cien casteçaos. Os perdono--dijo entonces volviéndose a los que ya
entraban,--os perdono, casteçaos; daos, que no os quiero matar.
Pero ya en esto, diez y nueve robustos contrabandistas habían entrado a
dar sus diez y nueve votos en la Junta, y echándose cada uno un
argumento a la cara: _¡Viva Isabel II!_ dijeron. Hacíase cruces el
Presidente, escondíase debajo de la banqueta el excelentísimo señor
Ministro de Hacienda, tapaba el notario de reinos el acta, no salía el
tartamudo de la p... inicial de perdón, y hacían los demás un acto de
traición con más miedo del infierno que amor de Dios. El labriego sólo
era el que bendecía su estrella, y quien, echando mano de un cordel que
para otros usos traía, dispuso a la Junta en forma de traílla; la cual
en la misma, y más custodiada que tabaco en rama, por los diez y nueve
votos de contrabando que habían levantado la sesión, se entró por los
términos de España, a las voces del portugués, que casi desde
Castel-o-Branco les gritaba todavía en mal castellano:
--No tenhan miedo Vuestras Excelencias, aunque los aforquen los
casteçaos; que yo en acabando de pelear aquí por Su Majestad don Miguel
I, que es cosa pronta, he de pasar la raya; y o me llevo allá al
emperador Carlos V, o me traigo acá a Castilla.
NADIE PASE SIN HABLAR AL PORTERO
o
LOS VIAJEROS EN VITORIA
¿Por qué no ha de tener España su portero, cuando no hay casa
medianamente grande que no tenga el suyo? En Francia eran antiguamente
los suizos los que se encargaban de esta comisión; en España parece que
la toman sobre sí algunos vizcaínos. Y efectivamente, si nadie ha de
pasar hasta hablar con el portero, ¿cuándo pasarán los de allende si se
han de entender con un vizcaíno? El hecho es, que desde París a Madrid
no había antes más inconveniente que vencer que 365 leguas, las landas
de Burdeos y el registro de la puerta de Fuencarral. Pero hete aquí que
una mañana se levantan unos cuantos alaveses (Dios los perdone) con
humor de discurrir, caen en la cuenta de que están en la mitad del
camino de París a Madrid, como si dijéramos estorbando, y hete aquí que
exclaman:
--Pues qué, ¿no hay más que venir y pasar? _Nadie pase sin hablar al
portero._
De entonces acá cada alavés de aquéllos es un portero, y Vitoria es un
cucurucho tumbado en medio del camino de Francia: todo el que viene
entra; pero hacia la parte de acá está el fondo del cucurucho, y fuerza
es romperle para pasar.
Pero no ocupemos a nuestros lectores con inútiles digresiones. Amaneció
en Vitoria y en Álava uno de los primeros días del corriente, y
amanecía poco más o menos como en los demás países del mundo; es decir,
que se empezaba a ver claro, digámoslo así, por aquellas provincias,
cuando una nubecilla de ligero polvo anunció en la carretera de Francia
la precipitada carrera de algún carruaje procedente de la vecina nación.
Dos importantes viajeros, francés el uno, español el otro, envuelto éste
en su capa, y aquél en su capote, venían dentro. El primero hacía
castillos en España, y el segundo los hacía en el aire, porque venían
echando cuentas acerca del día y hora en que llegar debían a la villa de
Madrid, leal y coronada (sea dicho con permiso del padre Vaca). Llegó el
veloz carruaje a las puertas de Vitoria, y una voz estentórea, de estas
que salen de un cuerpo bien nutrido, intimó la orden de detener a los
ilusos viajeros.
--¡Hola, eh!--dijo la voz,--nadie pase.
--¡Nadie pase!--repitió el español.
--¿Son ladrones?--dijo el francés.
--No, señor--repuso el español asomándose--son de la aduana.
Pero ¿cuál fue su admiración cuando, sacando la cabeza del empolvado
carruaje, echó la vista sobre un corpulento religioso, que era el que
toda aquella bulla metía? Dudoso todavía el viajero, extendía la vista
por el horizonte por ver si descubría alguno del resguardo; pero sólo
vio otro padre al lado y otro más allá, y ciento más, repartidos aquí y
allí como los árboles en un paseo.
--¡Santo Dios!--exclamó:--¡cochero! este hombre ha equivocado el camino;
¿nos ha traído usted al yermo o a España?
--Señor--dijo el cochero,--si Álava está en España, en España debemos
estar.
--Vaya, poca conversación--dijo el padre, cansado ya de admiraciones y
asombros:--conmigo es con quien se las ha de ver usted, señor viajero.
--¡Con usted, padre! ¿Y qué puede tener que mandarme Su Reverencia? Mire
que yo vengo confesado desde Bayona, y de allá aquí, maldito si tuvimos
ocasión de pecar, ni aun venialmente, mi compañero y yo, como no sea
pecado viajar por estas tierras.
--Calle--dijo el padre,--y mejor para su alma. En nombre del Padre, y
del Hijo...
--¡Ay Dios mío!--exclamó el viajero, erizados los cabellos,--que han
creído en este pueblo que traemos los malos y nos conjuran.
--Y del Espíritu Santo--prosiguió el padre;--apéense y hablaremos.
Aquí empezaron a aparecer algunos facciosos y alborotados, con un Carlos
V cada uno en el sombrero por escarapela.
Nada entendía a todo esto el francés del diálogo; pero bien presumía que
podía ser negocio de puertas. Apeáronse, pues, y no bien hubo visto el
francés a los padres interrogadores:
--¡Cáspita!--dijo en su lengua, que no sé cómo lo dijo,--¡y qué uniforme
tan incómodo traen en España las gentes del resguardo, y qué sanos
están, y qué bien portados!
Nunca hubiera hablado en su lengua el pobre francés.
--¡Contrabando!--clamó el uno--¡contrabando!--clamó el otro;
y--¡contrabando!--fue repitiéndose de fila en fila.
Bien como cuando cae una gota de agua en el aceite hirviendo de una
sartén puesta a la lumbre, álzase el líquido hervidor, y bulle, y salta,
y levanta llama, y chilla, y chisporrotea, y cae en el hogar, y alborota
la lumbre, y subleva la ceniza, espelúznase el gato inmediato que
descansado junto al rescoldo dormía, quémanse los chicos, y la casa es
un infierno; así se alborotó, y quemó, y se espeluznó y chilló la
retahíla de aquel resguardo de nueva especie, compuesto de facciosos y
de padres, al caer entre ellos la primera palabra francesa del
extranjero desdichado.
--Mejor es ahorcarle--decía uno,--y servía el español al francés de
truchimán.
--¡Cómo ha de ser mejor!--exclamaba el infeliz.
--Conforme--respondía uno,--veremos.
--¿Qué hemos de ver--clamaba otra voz,--sino que es francés?
Calmose, en fin, la zalagarda; metiéronlos con los equipajes en una
casa, y el español creía que soñaba y que luchaba con una de aquellas
pesadillas en que uno se figura haber caído en poder de osos, o en el
país de los caballos, o Houinhoins, como Gulliver.
Figúrese el lector una sala llena de cofres y maletas, provisiones de
comer, barriles de escabeche y botellas, repartidas aquí y allí, como
suelen verse en las muestras de las lonjas de ultramarinos. ¡Ya se ve!
era la intendencia. Dos monacillos hacían en la antesala, con dos
voluntarios facciosos, el servicio que suelen hacer los porteros de
estrado en ciertas casas, y un robusto sacristán, que debía ser el
portero, de golpe los introdujo. Varios carlistas y padres registraban
allí las maletas, que no parecía sino que buscaban pecados por entre los
pliegues de las camisas, y otros varios viajeros tan asombrados como los
nuestros, se hacían cruces como si vieran al Diablo. Allá en un bufete,
un padre, más reverendo que los demás, comenzó a interrogar a los recién
llegados.
--¿Quién es usted?--le dijo al francés, y el francés, callado, que no
entendía. Pidiósele entonces el pasaporte.
--¡Pues! francés--dijo el padre...--¿Quién ha dado ese pasaporte?
--Su Majestad Luis Felipe, rey de los franceses.
--¿Quién es ese rey? Nosotros no conocemos a la Francia, ni a ese don
Luis. Por consiguiente, este papel no vale. Mire usted--añadió entre
dientes,--si no habrá algún sacerdote en todo París que pueda dar un
pasaporte, y no que nos vienen ahora con papeles mojados! ¿A qué viene
usted?
--A estudiar este hermoso país--contestó el francés con aquella
afabilidad tan natural en el que está debajo.
--¿A estudiar, eh? Apunte usted, secretario: estas gentes vienen a
estudiar: me parece que los enviaremos al tribunal de Logroño...
--¿Qué trae usted en la maleta? Libros... pues... _Recherches sur_...
_al sur_ ¿eh? este _Recherches_ será algún autor de marina: algún
herejote. Vayan los libros a la lumbre. ¿Qué más? ¡Ah! una partida de
relojes, a ver... _London_... este será el nombre del autor. ¿Qué es
esto?
--Relojes para un amigo relojero que tengo en Madrid.
--_De comiso_--dijo el padre--y al decir _de comiso_, cada circunstante
cogió un reloj, y metiósele en la faltriquera. Es fama que hubo alguno
que adelantó la hora del suyo para que llegase más pronto la del
refectorio.
--Pero señor--dijo el francés,--yo no los traía para usted...
--Pues nosotros los tomamos para nosotros.
--¿Está prohibido en España el saber la hora que es?--preguntó el
francés al español.
--Calle--dijo el padre--si no quiere que se le exorcice;--y aquí le echó
la bendición por si acaso.
Aturdido estaba el francés, y más aturdido el español.
Habíanle entre tanto desvalijado a éste dos de los facciosos que con los
padres estaban, hasta del bolsillo, con más de tres mil reales que en él
traía.
--¿Y usted, señor de acá?--le preguntaron de allí a poco,--¿qué es?
¿quién es?
--Soy español y me llamo don Juan Fernández.
--Para servir a Dios--dijo el padre.
--Y a Su Majestad la reina nuestra señora--añadió muy complacido y
satisfecho el español.
--A la cárcel--gritó una voz;--a la cárcel--gritaron mil.
--Pero, señor, ¿por qué?
--¿No sabe usted señor revolucionario, que aquí no hay más reina que el
señor don Carlos V, que felizmente gobierna la monarquía sin oposición
ninguna?
--¡Ah! yo no sabía...
--Pues sépalo, y confiéselo, y...
--Sé y confieso, y...--dijo el amedrentado dando diente con diente.
--¿Y qué pasaporte trae? También francés... Repare usted, padre
secretario, que estos pasaportes traen la fecha del año 1833. ¡Qué de
prisa han vivido estas gentes!
--¿Pues no es el año en que estamos? ¡Pesi a mí?--dijo Fernández, que ya
estaba a punto de volverse loco.
--En Vitoria--dijo enfadado el padre, dando un porrazo en la
mesa,--estamos en el año 1.º de la cristiandad, y cuidado con pasarme de
aquí.
--¡Santo Dios! en el año 1.º de la cristiandad. ¿Conque todavía no hemos
nacido ninguno de los que aquí estamos?--exclamó para sí el
español.--¡Pues vive Dios que esto va largo!
Aquí se acabó de convencer, así como el francés, de que se había vuelto
loco, y lloraba al hombre y andaba pidiendo su juicio a todos los santos
del Paraíso.
Tuvieron su club secreto los facciosos y los padres, y decidiéronse por
dejar pasar a los viajeros: no dice la historia por qué; pero se susurra
que hubo quien dijo que, si bien ellos no reconocían a Luis Felipe, ni
le reconocerían jamás, podría ocurrir que quisiera Luis Felipe venir a
reconocerlos a ellos, y por quitarse de encima la molestia de esta
visita, dijeron que pasasen, mas no con sus pasaportes, que eran nulos
evidentemente por las razones dichas.
Díjoles, pues, el que hacía cabeza sin tenerla:
--Supuesto que ustedes van a la revolucionaria villa de Madrid, la cual
se ha sublevado contra Álava, vayan en buen hora, y cárguenlo sobre su
conciencia: el gobierno de esta gran nación no quiere detener a nadie;
pero les daremos pasaportes válidos.
Extendióseles en seguida un pasaporte en la forma siguiente:
[cruz]
AÑO PRIMERO DE LA CRISTIANDAD
NOS fray Pedro Jiménez Vaca--Concedo libre y seguro pasaporte a don Juan
Fernández, de profesión católico, apostólico y romano, que pasa a la
villa revolucionaria de Madrid a diligencias propias: deja asegurada su
conducta de catolicismo.
--Yo, además, que soy padre intendente, habilitado por la Junta Suprema
de Vitoria, en nombre de Su Majestad el Emperador Carlos V, y el padre
administrador de correos que está ahí aguardando el correo de Madrid,
para despacharlo a su modo, y el padre capitán del resguardo, y el
padre gobierno que está allí durmiendo en aquel rincón, por quitarnos de
quebraderos de cabeza con la Francia, quedamos fiadores de la conducta
de catolicismo de ustedes; y como no somos capaces de robar a nadie,
tome usted, señor Fernández, sus tres mil reales en esas doce onzas de
oro, que es la cuenta cabal: y se las dio el padre efectivamente.
Tomó Fernández las doce onzas, y no extrañó que en un país donde cada
1833 años no hacen más que uno, doce onzas hagan tres mil reales.