gobierno que dormía, llegó la mala de Francia, y en expurgar la pública
correspondencia, y en hacernos el favor de leer por nosotros nuestras
cartas, quedaba aquella nación poderosa y monástica ocupada a la salida
de entrambos viajeros, que hacia Madrid se venían, no acabando de
comprender si estaban real y efectivamente en este mundo, o si habían
muerto en la última posada sin haberlo echado de ver; que así lo
contaron en llegando a la revolucionaria villa de Madrid, añadiendo que
por allí nadie pasa sin hablar al portero.
FIN