aumentar la injusta desconfianza que de nuestras propias fuerzas
tenemos. Hagamos más favor o justicia a nuestro país, y creámosle capaz
de esfuerzos y felicidades. Cumpla cada español con sus deberes de buen
patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de
desaliento: _¡Cosas de España!_ contribuya cada cual a las mejoras
posibles; entonces este país dejará de ser tan mal tratado de los
extranjeros, a cuyo desprecio nada podemos oponer, si de él les damos
nosotros mismos el vergonzoso ejemplo.
LA ALABANZA
o
QUE ME PROHIBAN ESTE
Suponiendo que se escriba con principios, se puede escribir después con
varios fines. O se escribe para sí, o se escribe para otros. Descifremos
bien esto. Lo que se escribe en un libro de memorias se escribe
evidentemente para sí. De modo que un _souvenir_ es un monólogo escrito.
No diré precisamente que sea necio el decirse uno las cosas a sí mismo,
porque al cabo, ¿dónde habían de encontrar ciertos hombres un auditorio
indulgente si no hablasen consigo mismos? Lo que diré es que yo nací con
buena memoria. ¡Ojalá fuera mentira! Y tengo reparado que las cosas que
una vez me interesan, tarde o jamás se me olvidan; por lo tanto nunca
las apunté; y las que no me interesaron, siempre juzgué que no valían la
pena de apuntarlas. Por otra parte, de diez cosas que en la vida
suceden, las nueve son malas, sin que esto sea decir que la otra sea
enteramente buena. Razón de más para no apuntar. ¡Cuánto más filosófico
y más consolador sería substituir al _souvenir_ otro repertorio de
anotaciones llamado _olvido_! _Cosas que debo olvidar_, pondría uno
encima: figúrese el lector si el tal librico necesitaría hojas, y si
podría uno estar ocioso un solo instante, una vez comprometido a llenar
sus páginas de buena fe. Siempre he abundado en la idea de que se hacen
generalmente las cosas al revés: el _souvenir_ es una idea inversa; en
este sentido nunca he escrito para mí.
Continuemos echando una ojeada sobre los que escriben para sí.
El que escribe un memorial escribe sin duda para sí. Generalmente nadie
lee los memoriales, sino el que los escribe, que es el único a quien
importan; la prueba de esto es que cuando el empleo se ha de dar, ya
está dado antes de hacer el memorial; y cuando hay que hacer el
memorial, es señal de que no hay que contar con el empleo. Apelo a los
señores que están colocados y a los que se han de colocar. Es, pues, más
necio escribir un memorial, que un _souvenir_. En este sentido tampoco
he escrito nunca para mí.
El que escribe un informe, un consejo, un parecer, escribe para sí; la
prueba es que generalmente siempre se pide el consejo después de tomada
la determinación, y que cuando el informe no gusta se desecha.
El que escribe a una querida escribe para sí, por varias razones; por lo
regular rara vez se encuentran dos amantes en igual grado de pasión; por
consiguiente, el calor del uno es hielo para el otro, y viceversa.
Además, desde el momento en que dejamos de querer a nuestra amada,
dejamos de escribirle. Prueba de que no escribíamos para ella.
Los autores han dicho siempre en sus prólogos, y se lo han llegado a
creer ellos mismos, que escriben para el público; no sería malo que se
desengañasen de este error. Los no leídos y los silbados escriben
evidentemente para sí: los aplaudidos y celebrados escriben por su
interés, alguna vez por su gloria; pero siempre para sí.
¿Quién es, pues, me dirán, el que escribe para otro? Lo diré. En los
países en que se cree que es dañoso que el hombre diga al hombre lo que
piensa, lo cual equivale a creer que el hombre no debe saber lo que
sabe, y que las piernas no deben andar; en los países donde hay censura,
en esos países es donde se escribe para otro, y ese otro es el censor.
El escritor que, lleno ya un pliego de papel, lo lleva a casa de un
censor, el cual le dice que no se puede escribir lo que él lleva ya
escrito, no escribe ni siquiera para sí. No escribe más que para el
censor. Este es el único hombre en que yo disculparía que escribiese un
libro de memorias, y hasta que escribiese un memorial. A mayores
tonterías puede obligar una prohibición.
Estoy muy lejos de querer decir que yo haya escrito nunca para otro, en
este sentido, porque, aunque es verdad que he tenido relaciones con
varios señores censores, por otra parte muy beneméritos, puedo asegurar
que en cuanto he escrito nunca he puesto una sola palabra para ellos, no
porque no crea que no son muy capaces de leer cualquier cosa, sino
porque siempre acaban por establecerse entre el censor y el escritor
etiquetillas fastidiosas y dimes y diretes de poca monta, y, a decir
verdad, soy poco amigo de cumplimientos. Los de los censores me hacen el
mismo efecto que le hacían al portugués los del casteçao. El cuento es
harto sabido para repetirlo. Esto sería no escribir para nadie.
Bien determinado como estoy a no escribir jamás para el censor, he
tratado siempre de no escribir sino la _verdad_, porque al fin, he dicho
para mí, ¿qué censor había de prohibir la _verdad_, y qué gobierno
ilustrado, como el nuestro, no la había de querer oír? Así es que, si en
el reglamento de censura se prohíbe hablar contra la religión, contra
las autoridades, contra los gobiernos y los soberanos extranjeros, y
contra otra porción de materias, es porque se ha presumido con mucha
razón que era imposible hablar mal de esas cosas, diciendo verdad. Y
para mentir más vale no escribir. Todo esto es claro; es más que claro,
casi es justo.
Lo que está permitido es alabar, sin que en eso haya límite ninguno;
porque es probado que en la alabanza ni puede haber demasía, sobre todo
para el alabado, ni puede dejar de haber verdad y justicia. Por esta
razón yo me he propuesto alabarlo siempre todo, y a este principio debo
la gran publicidad que se ha permitido a mis débiles escritos. Sistema
que seguiré siempre, y hoy más que nunca, porque efectivamente no hay
motivo para otra cosa.
Al decidirme a este plan tuve presente otra consideración, por mejor
decir, un principio de moral incontestable en todos los tiempos y
países. El hombre no debe hacer cosa que no pueda confesar y publicar
altamente. Es así que no puede decir ningún escritor que se le ha
prohibido un artículo por la censura porque eso lo prohíbe la ley, y la
ley no puede ser mala; luego ¿cómo había yo de escribir artículos que se
me pudiesen prohibir? Ni los he escrito, ni los he de escribir, ni lo
dijera, si por algún evento los hubiera escrito, ni yo lo quiero decir,
ni me dejarán tampoco, aunque yo quisiera. No hay medio. Por eso hago
bien en no querer.
Persuadir ahora de las ventajas que me trae el no escribir para otro, y
el alabar constantemente cuanto veo, paréceme un tanto inútil. Y tienen
mis alabanzas lo que tienen pocas, y es, que no me han valido ningún
empleo: no porque yo no pudiera servir para él sino porque ellos que no
lo dan, y yo que no lo recibo, hemos querido sin duda que mis alabanzas
sean del todo independientes.
De esta independencia nace el desembarazo con que he alabado francamente
en distintas ocasiones, ora el amor de familia con que se ha solido
colocar a los deudos y amigos de los gobernantes, cosa que ha variado ya
enteramente; ora la prudente lentitud con que se han entregado y se
entregan las armas a nuestros amigos; ora la oportunidad e idea con que
se vistió a los señores Próceres, y en momentos de aprieto, fundados en
que más da el _duro que el desnudo_; ora la perspicacia con que se han
descubierto varias conspiraciones, y se ha salvado a la patria
amenazada; ora la previsión con que se evitó que se interpretase mal la
primera acometida del cólera; ora la precipitación con que se ha llevado
a su término la guerra civil; ora... pero ¿a qué más? yo no he dejado
cosa apenas que no haya alabado; y si algo me he dejado, por mi vida que
me pesa, y téngolo de alabar hoy.
Por todo lo que llevo dicho hay pocas cosas que me incomoden tanto como
el oír el continuo clamoreo de esas gentes quejumbrosas, a quienes
cuanto se hace, o parece mal, o parece por lo menos poco. Aquí me
irrito, y les respondo:
--¿Poco, eh? Vamos a ver: ¿cuántos meses llevamos?
--¿De qué?--me preguntan.
--¿De qué? De que... de... Estatuto Real.
--No llega a un año.
--Y en poco menos de un año, aquí es la mía, se han reunido dos
estamentos; se han mudado dos ministros de la Guerra; se han visto tres
ministros de lo Interior; no se ha visto más que un ministro de Estado,
pero se le ha oído más que si hubieran sido tres. Se ha visto un
ministro de Hacienda, y la hacienda también, y, como dice el refrán,
_hacienda, tu dueño te vea_; y si no se ha visto marina, eso poco
importa, que nada dice de marina el refrán. En menos de un año se ha
abolido el voto de Santiago; ha habido también sus sesiones de Próceres
alguna vez; y si en menos de un año se ha puesto la facción sobrado
pujante, también en menos de un año han penetrado los primeros talentos
de España, que era preciso, por fin, hacer un esfuerzo. En menos de un
año ¡qué de generales famosos no se han estrellado! ¡Qué de facciosos no
se han perdonado! ¡Qué de gracias no se han dicho por varios insignes
oradores! ¡Cómo en menos de un año ha dicho el uno un chascarrillo, y
cómo le han contestado con otro y con otros! ¡Qué de insultillos ocultos
del procurador al ministro, y del ministro al procurador!
Cien veces ciento
Mil veces mil.
¡Cuánta serenidad, pues, en menos de un año, para ocuparse en apuros de
la patria hasta de los más pequeños dimes y diretes! ¡Cuánta
conversación! Temístocles le decía a su general: _¡Pega, pero escucha!_
Cada uno de nuestros oradores es un Temístocles; con tal que le dejen
hablar, él le dirá también a la guerra civil, al pretendiente, a toda
calamidad: _Pega, pero escucha_. ¿Qué más cosas querían ver esas
gentes, qué más, sobre todo, querían oír en poco menos de un año?
--_No hay previsión_--me decía uno días pasados.
--¡No hay previsión!--exclamé.--Esto ya es mala fe. Y todo ¿por qué?
Porque han sucedido cuatro lances desgraciados, que a pesar de haberse
sabido no se pudieron prevenir. Pero esto ¿qué importa? A buen seguro
que en cuanto acabó de suceder lo de Correos, bien se puso un centinela
avanzada en medio de la Puerta del Sol, que antes no le había; el cual
se está allí las horas muertas, viendo si viene algo por la calle de
Alcalá. ¡Que vuelvan ahora los del 18! ¿Y no hay previsión?
¡Maldicientes! Lo mismo que el entusiasmo. Mil veces he oído decir que
han apagado el entusiasmo. ¿Y qué? Pongamos que sea cierto. ¿No se acaba
de decir ahora que se haga entusiasmo nuevo? ¿No se va a escribir a
todos los señores gobernadores que fomenten el espíritu público y que
hagan entusiasmo a toda prisa? ¿Y no lo harán por ventura? Y excelente y
de la mejor calidad. El año pasado no hacía falta el entusiasmo; como
que la facción era poca y el peligro ninguno, nos íbamos bandeando sin
entusiasmo y sin espíritu público; y luego, que entonces estaba la
anarquía cosida siempre a los autos del entusiasmo, y ahora ya no. Y el
entusiasmo de ahora ha de ser un entusiasmo moderado, un entusiasmo frío
y racional, un entusiasmo que mate facciosos, pero nada más; entusiasmo,
señor, de quita y pon, y entusiasmo, en una palabra, sordomudo de
nacimiento: entusiasmo que no cante, que no alborote el cotarro; que no
se vuelva la casa en un gallinero. Y éste es el bueno, el verdadero
entusiasmo. No, si no, volvamos a las canciones patrióticas. ¿Qué trajo
la ruina del sistema? Unas veces dicen que fue la libertad de imprenta,
otras que fue... No, señor, hoy estamos de acuerdo en que fueron las
canciones. ¿Y esto no será de alabar?
Yo alabaré siempre; yo defenderé: reniego de la oposición. ¿Qué quiere
decir la oposición?
He aquí un artículo escrito para todos, menos para el censor. LA
ALABANZA, en una palabra: ¡QUE ME PROHÍBAN ESTE!
LAS CIRCUNSTANCIAS
Las circunstancias, he pensado muchas veces, suelen ser la excusa de los
errores y la disculpa de las opiniones. La torpeza o mala conducta
hallan en boca del desgraciado un tápalotodo en las circunstancias que,
dice, le han traído a menos. En estas reflexiones estaba ocupada mi
fantasía no hace muchos días, cuando recibí una carta, que por confirmar
mis ideas sobre el particular y venir tan oportuna a este objeto, de que
pensaba hacer un artículo de costumbres, quiero trasladar _ad pedem
litteræ_ a mis lectores. Decía así la carta:
«Señor Fígaro.--Muy señor mío: A usted, señor Fígaro, observador de
costumbres, me dirijo con dos objetos. Primero, quejarme de mi mala
estrella. Segundo, inquirir de su experiencia, pues le imagino a usted
por sus escritos hombre de esos que han vivido más de lo que les queda
que vivir, si hay efectivamente de tejas abajo una fatalidad que
persigue a los humanos, y una desgracia en el mundo que se asemeje a la
desgracia mía. Soy un verdadero juguete de las circunstancias; cuyo
torrente no pude nunca resistir, y que así me envolvieron como envuelven
los violentos remolinos de una ola al inexperto nadador que se arrojó
incauto en la pérfida corriente del caudaloso río.
»Mi padre era inglés y rico, señor Fígaro, pero hallábase aislado en el
mundo; era naturalmente metido en sí, y sólo un amigo tenía: antojósele
a este amigo entrometerse en una conspiración; confió a mi padre varios
papeles importantes; descubriose la conspiración, y ambos tuvieron que
huir. Vínose mi padre a España, reducido a oro lo que pudo realizar de
sus cuantiosos bienes; vio una linda gaditana, prendose de ella, casose,
y antes de los nueve meses murió inconsolable, dando y tomando siempre
en lo de la conspiración, que hubo de volverle el juicio. Vea usted
aquí, señor Fígaro, a Eduardo Priestley, humilde servidor de usted, cuyo
destino debía haber sido sin duda ser inglés, protestante y rico,
español, católico y pobre, sin que pudiese encontrar más causa de este
trastrueque que las circunstancias. Ya usted ve que la tomaron conmigo
desde pequeñito. Mi madre era mujer de rara penetración y de ilustradas
ideas. Criome lo mejor que supo, y en darme toda la educación que se
podía dar entonces en España, consumió el poco caudal que la dejara mi
padre. Lleno yo de entusiasmo por la magistratura, y aborreciendo la
carrera militar a que querían destinarme, estudié leyes en la
Universidad; pero puedo asegurar a usted que a pesar de eso hubiera
salido buen abogado, pues era raro mi talento, sobre todo para ese
estudio. Probablemente, señor Fígaro, después de haber sido gran
abogado, hubiera vestido una toga, hubiera calentado acaso una silla
ministerial, y el Consejo de Castilla me hubiera recogido al fin de mis
días en su seno, donde hubiera muerto descansadamente, dejando fama
imperecedera. Las circunstancias, sin embargo, me lo impidieron. Había
un Napoleón en el mundo, y fue preciso que éste quisiera ser emperador,
y emplear a sus hermanos en los mejores tronos de Europa, para que yo no
fuese ni buen abogado ni mal ministro.
»Yo tenía sentimientos generosos; mis compañeros tomaron las armas y
dejaron el estudiar nuestras leyes para defenderlas, que urgía más. ¿Qué
remedio? Dejé, como fray Gerundio, los estudios y me metí a predicador;
es decir, me hice militar en obsequio de la patria. En la campaña perdí
la carrera, la paciencia y un ojo; y las circunstancias me dejaron
tuerto y capitán: sabe el cielo que para ninguna de estas dos cosas
servía. Yo, señor Fígaro, era impetuoso y naturalmente inconstante;
menos servía, pues, para casado, ni nunca pensara en serlo; pero de
resultas del bombardeo de Cádiz murió mi madre, que gozando por sus
relaciones de familia de algún favor, hubiera adelantado mi carrera.
Otro favor que me hicieron las circunstancias. Víme solo en el mundo, y
en ocasión en que una linda aragonesa, hija de un diputado a cortes de
Cádiz, recogiéndome y ocultándome en su casa, cubierto de heridas, me
salvó la vida por una rara combinación de circunstancias. En mi segunda
carrera debiera haber llegado a general según mis servicios, que a otros
fajaron haciéndolos muy flacos a la patria; pero era yerno de un
diputado: quitáronme las charreteras, envolviéronme en la común
desgracia, y las circunstancias me llevaron a Ceuta, adonde bien sabe
Dios que yo no quería ir; allí hice la vida de presidiario y de mal
casado, que cualquiera de estos dogales por sí solo bastara para acabar
con un hombre. Ya ve usted que yo no tenía la culpa. ¿Quién diablos me
casó? ¿Quién me hizo militar? ¿Quién me dio opiniones? En presidio no
se hace carrera, pero se hace mucho rencor. Sin embargo, salimos de
presidio, y como yo era hombre de bien, contúveme; pretendí, pero como
no anduve por los cafés, ni peroré, medios que exigían entonces las
circunstancias para prosperar, no sólo no me emplearon, sino que me
cantaron el _trágala_. Irriteme: el cielo es testigo que yo no había
nacido para periodista; pero las circunstancias me pusieron la pluma en
la mano: hice artículos contra aquel gobierno; y como entonces era uno
libre para pensar como el que estaba encima, recogí varias estocadas de
unos cuantos aficionados, que se andaban haciendo motines por las
calles. Esta fue la corona de laurel que dieron las circunstancias a mi
carrera literaria. Escapeme, y fui a reunirme con los de la fe:
dijéronme allí que las circunstancias no permitían admitir en las filas
a un hombre que había sido marido de la hija de un diputado de las
cortes de Cádiz, y no me ahorcaron por mucho favor.
«No pudiendo vivir como realista, fuíme a Francia, donde en calidad de
liberal me colocaron en un depósito, con seis cuartos al día. Vino por
fin la amnistía, señor Fígaro. ¡Eh! Gracias a una reina clemente, ya no
hay colores, ya no hay partidos. Ahora me emplearán, digo yo para mí:
tengo talento, mis luces son conocidas, soy útil... Pero ¡ay! señor
Fígaro, ya no tengo madre, ya no tengo mujer, ya no tengo dinero, ya no
tengo amigos; las circunstancias de mi vida me han impedido adquirir
relaciones. Si llegara a hacerme visible para el poder, acaso lograría:
sus intenciones son las mejores del mundo; mas ¿cómo abrirme paso por
entre la nube de porteros y ujieres que parapetan y defienden la llegada
a los destinos? Las solicitudes que se presentan solas son papeles
mojados. ¡Hay tantos que piden por pedir! ¡Hay tantos que niegan por
negar!--Cien memoriales he dado, otras tantas espaldas he visto.--Deje
usted; veremos si estas circunstancias se fijan, me dicen los
unos.--Espere usted, me responden los otros: hay tantos pretendientes en
estas circunstancias.--Pero, señor, replico yo, también es preciso vivir
en estas circunstancias. ¿Y no hay circunstancias para los que logran?
«Esta es, señor Fígaro, mi posición: o yo no entiendo las
circunstancias, o soy el hombre más desdichado del mundo. El hijo del
inglés, el que debía haber sido rico, magistrado, literato, general,
hombre ajeno de opiniones, acabará probablemente sus tres carreras
distintas en un solo hospital verdadero, merced a las circunstancias; al
mismo tiempo que otros que no nacieron para nada, y que han tenido
realmente todas las opiniones posibles, anduvieron, andan y andarán
siempre levantados en zancos por esas mismas circunstancias.--_Eduardo
de Priestley, o el hombre de las circunstancias._»
No puedo menos de contestar al señor de Priestley que el daño suyo
estuvo, si hemos de hablar vulgarmente, en nacer desgraciado, mal que no
tiene remedio: si hemos de raciocinar, en traer siempre trocadas las
circunstancias, en no saber que mientras haya hombres la verdadera
circunstancia es intrigar; estar bien emparentado; lucir más de lo que
se tiene; mentir más de lo que sabe; calumniar al que no puede
responder; abusar de la buena fe; escribir en favor, y no en contra del
que manda; tener una opinión muy marcada, aunque por dentro se
desprecien todas, procurando que esa opinión que se tenga sea siempre la
que haya de vencer, y vociferarla en tiempo y lugar oportunos; conocer a
los hombres, mirarlos de puertas adentro como instrumentos, y tratarlos
como amigos; cultivar la amistad de las bellas, como terreno
productivo; casarse a tiempo, y no por honradez; gratitud ni otras
ilusiones; no enamorarse sino de dientes afuera, y eso de las cosas que
puedan servir...
Pero, santo Dios, gritará un rígido moralista, ¡qué cuadro!
¡Maquiavélicos principios!--Fígaro no dice que sean buenos, señor
moralista, pero tampoco Fígaro hizo el mundo como es, ni lo ha de
enmendar, ni a variar el corazón humano alcanzarán todas las sentencias
posibles. Las circunstancias hacen a los hombres hábiles lo que ellos
quieren ser, y pueden con los hombres débiles; los hombres fuertes las
hacen a su placer, o tomándolas como vienen, sábenlas convertir en su
provecho. ¿Qué son, por consiguiente, las circunstancias? Lo mismo que
la fortuna: palabras vacías de sentido con que trata el hombre de
descargar en seres ideales la responsabilidad de sus desatinos; las más
veces, nada. Casi siempre el talento es todo.
LA JUNTA DEL CASTEL-O-BRANCO
No hay cosa como una Junta, si se trata, sobre todo, de juntarse
aquellos a quienes Dios crió. Podrán no hacer nada las gentes en una
Junta, podrán no tener nada que hacer tampoco, pero nada es más
necesario que una Junta; así que, lo mismo es nacer un partido, pónenle
al momento en Junta como lo habían de poner en nodriza, y no bien abre
los ojos a la luz se encuentra ya juntado, que no es poca ventaja. La
Junta, pues, es el precursor de un partido por lo regular, y esta clase
de Juntas andan siempre por esos caminos interceptando, o interceptadas,
cuando no están fuera del reino tomando aires, o tomando las de
Villadiego, que de todo toman las juntas.
La que en el día llama nuestra atención es la de Castel-o-Branco.
Empezaría a anochecer en Castel-o-Branco, y poníase por consiguiente
obscuro el horizonte, cuando acertó a pasar por allí un español de éstos
sanos de los del siglo pasado, y que poco o nada se curan del gobierno;
de éstos que dicen: a mí siempre me han de gobernar, tómelo por donde
quiera. A qué iba el español a Castel-o-Branco, eso sería averiguación
para más despacio. Basta saber que iba y que llegaba, cuando se halló
detenido en medio de su camino por un portugués, que con voz
descompuesta y cara de causa perdida:
--Casteçao--le dijo,--¿es vasallo do senhor Emperante Carlos usted?
¿Vien de Castella?
Entendíasele un poco más al castellano de gallego que de achaques de
gobiernos, y con voz reposada y tranquilo continente:
--Yo no sé de quién soy vasallo--contestó,--ni me urge saberlo, sino que
voy a mis negocios: yo ni pongo rey ni quito rey: quien anda el camino
tenga cuidado...
Enfadábase ya el portugués, y era cosa temible. Conocíalo el labriego, y
antes que echase la casa por la ventana, si bien allí no había casa ni
ventana:
--No se enfade vuestra merced, señor portugués--le dijo,--que yo siempre
seré vasallo de quien mande; sabido es que yo y los míos nunca
descomponemos partido. ¿Pero quién es mi rey en esta tierra?
--Eu senhor Carlos V.
--Vaya, sea enhorabuena--contestó el castellano,--porque yo por ahí
atrás me dejaba reinando a mi señora la reina...
--¡Casteçao!--No se enfade vuestra merced... y de allí a poco entraban
ya compadres por el pueblo el portugués de la mala cara y el español de
las buenas palabras.
Pocos pasos habrían andado, cuando se esparció la noticia por todo
Castel-o-Branco de cómo había llegado un vasallo de Su Majestad
Imperial. Es de advertir que como todos los días no tiene Su Majestad
Imperial proporción de ver un vasallo suyo, porque andan para él los
vasallos por las nubes, decidiose lo que era natural y estaba en el
orden de las cosas; y fue, que así como un pueblo de vasallos suele
solemnizar la entrada de un rey, así pareció justo que un pueblo de
reyes solemnizase la entrada de un vasallo. Echáronse, pues, a vuelo las
campanas: con este motivo hubo quien dijo: _principio quieren las
cosas_, y quien añadió: _que el reinar no quiere más que empezar_. Digo,
pues, que se echaron a vuelo las campanas, y el labriego se aturdía;
verdad es que el ruido no era para menos.
--¿Qué fiesta es mañana?--preguntaba el buen hombre.
--Festéjase la llegada de vuestra merced, señor casteçao.
--¿Mi llegada? ¡Vea usted qué diferencia! Allá en España nunca festejó
nadie mis idas y venidas, y eso que siempre anduve de ceca en meca; ya
veo que en este país se ocupan más en cada uno.
En estos y otros propósitos entretenidos llegaron a una casa que tenía
una gran muestra, donde en letras gordas decía:
JUNTA SUPREMA DE GOBIERNO
DE TODAS LAS ESPAÑAS, CON SUS INDIAS
No quisiera entrar el labrador; pero hízole fuerza el portugués. Agachó,
pues, la cabeza, y hallose de escalón en escalón en una sala grande como
un reino, si se tiene presente que allí los reinos son como salas.