Lluevan sobre ellos en buena hora demandas y peticiones, renuévese la

tabla de los derechos, clamen por todas partes tribuna y periódicos por

la libertad de imprenta; no le responderán a usted con un _no_ seco,

sino que _por ahora no conviene_. Pida usted más garantías; abogue usted

por una verdadera seguridad individual; porque tal o cual estado es

absurdo. _Lo vemos_--responderán,--y lo que es más, _con dolor_; empero

_por ahora_ no es oportuno. Para que un pueblo esté bien gobernado, para

que sea feliz, es preciso que se difunda la _ilustración_; para que un

pueblo sea libre, es preciso que sepa mucho... y esté bastantemente

ilustrado... véanse si no Grecia y Roma; aquéllos eran pueblos libres...

¡pero lo que se sabía allí! ¡qué pueblos tan ilustrados! ¿Qué tiene que

ver la España del siglo XIX con la Grecia de Licurgo y la Roma de Numa?

Venga usted a decirme que el sistema judicial no es gran cosa. Que cada

uno multa como le da la gana, y juzga como le parece. Pero eso es _por

ahora_ no más. Deje usted que llegue aquel día raro, aquel día

particular, que ha de ser el decisivo; día, en fin, de la oportunidad,

el día que nos convenga pasarlo bien, que ese día será otra cosa.

Que hay confusión de poderes, de palabras y de cosas; que no nos

entendemos; que es una verdadera Babel; que no andamos un paso, un solo

paso; pero eso es _por ahora_. Todavía no conviene que nos entendamos.

Es preciso buscar el momento oportuno. Pues qué, ¿no hay más que

entenderse cualquier día del año, cualquier año del siglo?

¿Y quién es el encargado, preguntarán ustedes, de conocer el momento?

¿quién es ese sabio sagaz y penetrante, que ha de conocer cuándo nos

conviene ser iguales, ser libres, poder hablar, ser, en una palabra,

felices? ¿dónde está la línea divisoria entre la inoportunidad y la

oportunidad? ¿quién es el ilustrado encargado de medir nuestra

ilustración?

_Por ahora_, amigo lector, no se columbra todavía a ese

sabio--responderemos;--ni nosotros hemos hecho ánimo de responder _por

ahora_ a todas las preguntas; ni nos dejarán responder tampoco _por

ahora_, aunque quisiéramos. Limitámonos _por ahora_ a probar que, como

hay cosas buenas entre nosotros, hay palabras que parecen cosas, y

_palabras buenas_ que nos dan por _buenas palabras_. Que las voces _por

ahora_ son las primeras de ese género, y si bien se mira, bastante hemos

dicho _por ahora_.

EL MINISTÉRIAL

¿Qué me importa a mí que Locke exprima su exquisito ingenio para

defender que no hay ideas innatas, ni que sea la divisa de su escuela:

_Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu_? Nada. Locke

pudiera muy bien ser un visionario, y en ese caso, ni sería el primero

ni el último. En efecto, no debía de andar Locke muy derecho: ¡figúrese

el lector que siempre ha sido autor prohibido en nuestra patria!... Y no

se me diga que ha sido mal mirado, como cosa revolucionaria, porque, sea

dicho entre nosotros, ni fue nunca Locke emigrado, ni tuvo parte en la

constitución del año 12, ni empleo el año 20, ni fue nunca periodista,

ni tampoco urbano. Ni menos fue perseguido por liberal; porque en sus

tiempos no se sabía lo que era haber en España ministros liberales. Sin

embargo, por más que él no escribiese de ideas para España, en lo cual

anduvo acertado, y por más que se le hubiese dado un bledo de que todos

los padres censores de la Merced y de la Vitoria condenasen al fuego sus

peregrinos silogismos, bien empleado le estuvo. Yo quisiera ver al señor

Locke en Madrid en el día, y entonces veríamos si seguiría sosteniendo

que porque un hombre sea ciego y sordo desde que nació, no ha de tener

por eso ideas de cosa alguna que a esos sentidos ataña y pertenezca. Es

cosa probada que el que no ve ni oye claro a cierta edad, ni ha visto

nunca ni verá. Pues bien, hombres conozco yo en Madrid de cierta edad, y

no uno ni dos, sino lo menos cinco, que así ven y oyen claro como yo

vuelo. Hábleles usted, sin embargo, de ideas; no sólo las tienen, sino

que ¡ojalá! no las tuvieran. Y de que estas ideas son innatas, así me

queda la menor duda, como pienso en ser nunca ministerial; porque, si no

nacen precisamente con el hombre, nacen con el empleo, y sabido se está

que el hombre, en tanto es hombre en cuanto tiene empleo.

Podría haber algo de confusión en lo que llevo dicho, porque los

ideólogos más famosos, los Condillac y Destutt-Tracy, hablan sólo del

hombre, de ese animal privilegiado de la creación, y yo me ciño a hablar

del ministerial, ese ser privilegiado de la gobernación. Saber ahora lo

que va de ministerial a hombre, es cuestión para más despacio, sobre

todo cuando creo ser el primer naturalista que se ocupa de este ente, en

ninguna zoología clasificado. Los antiguos, por supuesto, no le

conocieron: así es que ninguno de sus autores le mienta para nada entre

las curiosidades del mundo antiguo, ni se ha descubierto ninguno en las

excavaciones de Herculano, ni Colón encontró uno solo entre todos los

indios que descubrió; y entre los modernos, ni Buffon le echó de ver

entre los racionales, ni Valmont de Vaumare le reconoce; ni entre las

plantas le coloca Jusieu, Tournefort, ni de Candolle, ni entre los

fósiles le clasifica Cuvier; ni el barón de Humboldt, en sus largos

viajes, hace la cita más pequeña que pueda a su existencia referirse.

Pues decir que no existe, sin embargo, sería negar la fe, y vive Dios

que mejor quiero pasar que la fe y el ministerialismo sean cosas para

renegadas que para negadas, por más que pueda haber en el mundo más de

un ministerial completamente negado.

El ministerial podrá no ser hombre; pero se le parece mucho, por defuera

sobre todo: la misma fachada, el exterior mismo. Por supuesto, no es

planta, porque no se cría ni se coge; más bien pertenecería al reino

mineral, lo uno porque el ministerialismo tiene algo de mina, y lo otro

porque se forma y crece por superposición de capas: lo que son las

diversas capas superpuestas en el reino mineral, son los empleos

aglomerados en él: a fuerza de capas medra un mineral; a fuerza de

empleos crece un ministerial, pero en rigor tampoco pertenece a este

reino. Con respecto al reino animal, somos harto urbanos, sea dicho con

terror suyo, para colocar al ministerial en él. En realidad, el

ministerial más tiene de artefacto que de otra cosa. No se cría, sino

que se hace, se confecciona. La primera materia, la masa, es un hombre.

Coja usted un hombre (si es usted ministro, se entiende, porque si no,

no sale nada): sonríasele usted un rato, y le verá usted ir tomando

forma, como el pintor ve salir del lienzo la figura con una sola

pincelada. Dele usted un toque de esperanza, derecho al corazón, un

ligero barniz de nombramiento, y un color pronunciado de empleo, y le ve

usted irse doblando en la mano como una hoja sensitiva, encorvar la

espalda, hacer atrás un pie, inclinar la frente, reír a todo lo que

diga: y ya tiene usted hecho un ministerial. Por aquí se ve que la

confección del ministerial tiene mucho de sublime, como lo entiende

Longino. Dios dijo: _Fiat lux, et lux facta fuit_. Se sonrió un

ministro, y quedó hecho un ministerial. Dios hizo al hombre a su

semejanza, por más que diga Voltaire que fue al revés: así también un

ministro hace un ministerial a imitación suya. Una vez hecho, le sucede

lo que al famoso escultor griego que se enamoró de su hechura, o lo que

al Supremo Hacedor, de quien dice la Biblia a cada creación concluida:

_Et vidit Deus quod erat bonum_. Hizo el ministro su ministerial, y vio

lo que era bueno.

Aquí entra confesar que soy un sí es no es materialista, si no tanto que

no pueda pasar entre las gentes del día, lo bastante para haber muerto

emparedado en la difunta que murió de hecho ha catorce años, y que mató

no ha mucho de derecho al ministerio de Gracia y Justicia, que fue

matarla muerta. Dígolo, porque soy de los que opinan en los ratos que

estoy de opinar algo sobre algo, con muchos fisiólogos y con Gall, sobre

todo, que el alma se adapta a la forma del cuerpo, y que la materia en

forma de hombre da ideas y pasiones, así como da naranjas en forma de

naranjo. La materia, que en forma sólo de procurador producía un

discurso racional, unas ideas intérpretes de su provincia, se seca, se

adultera en forma ministerial; y aquí entran las ideas innatas, esto es,

las que nacen con el empleo, que son las que yo sostengo, mal que les

pese a los ideólogos. Aquí es donde empieza el ministerial a participar

de todos los reinos de la naturaleza. Es mona por una parte de suyo

imitadora; vive de remedo. Mira al amo de hito en hito: ¿hace éste un

gesto? miradle reproducido como en un espejo en la fisonomía del

ministerial. ¿Se levanta el amo? La mona al punto monta a caballo. ¿Se

sienta el amo? ¡Abajo la mona! Es papagayo por otra parte; palabra

soltada por el que le enseña, palabra repetida. Sucédele así lo que a

aquel loro, de quien cuenta Jouy que habiendo escapado con vida de una

batalla naval, a que se halló casualmente, quedó para toda su vida

repitiendo, lleno de terror, el cañoneo que había oído: ¡pum, pum, pum!

sin nunca salir de esto. El ministerial no sabe más que este cañoneo:

«La España no está madura.--No es oportuno.--Pido la palabra en

contra.--No se crea que al tomar la palabra lo hago para impugnar la

petición, sino sólo sí para hacer algunas observaciones, etc.» Y todo

¿por qué? porque le suena siempre en los oídos el cañoneo del año 23. No

ve más que el Zurriago, no oye más que Angulema.

Es cangrejo porque se vuelve atrás de sus mismas opiniones francamente;

abeja en el chupar; reptil en el serpentear; mimbre en lo flexible; aire

en el colarse, agua en seguir la corriente; espino en agarrarse a todo;

aguja imantada en girar siempre a su norte; girasol en mirar al que

alumbra: muy buen cristiano en no votar; y seméjase, en fin, por lo

mismo, al camello en poder pasar largos días de abstinencia; así es que

en la votación más decidida álzase el ministerial y exclama:--¡Me

abstengo!--pero, como aquel animal, sin perjuicio de desquitarse de la

larga abstinencia a la primera ocasión.

El ministerial anda a paso de reforma; es decir, que más parece que se

columpia, sin moverse de un sitio, que no que anda.

Es, por último, el ministerial de suyo tímido y miedoso. Su coco es el

urbano: no se sabe por qué le ha tomado miedo; pero que se le tiene es

evidente: semejante a aquel loco célebre que veía siempre la mosca en

sus narices, tiene de continuo entre ceja y ceja la anarquía: y así la

anda buscando por todas partes, como busca Guzmán en _La Pata de cabra_

las fantasmas por entre las rendijas de las sillas. El ministerial, para

concluir, es ser que dará chasco a cualquiera, ni más ni menos que su

amo. Todas las esperanzas anteriores, sus antecedentes todos se

estrellan al llegar al sillón; a cuyo propósito quiero contar un cuento

a mis lectores.

Era año de calamidad para un pueblo de Castilla, cuyo nombre callaré;

reuniose el Ayuntamiento, y resolvió recurrir a otro pueblo inmediato,

en el cual se veneraba el cuerpo de un santo muy milagroso, según las

más acordes tradiciones, en petición de la sagrada reliquia y de alguna

semilla de granos para la nueva cosecha. Hízose el pedido, que fue al

punto mismo otorgado. Al año siguiente pasaba el alcalde del pueblo sano

por el afligido: es de advertir que, contra todas las esperanzas, si

bien la cosecha era abundante, el cielo, que oculta siempre al hombre

débil sus altos fines, no había querido terminar la plaga, sin duda

porque al pueblo no le debía de convenir.

--¿Cómo ha ido por ésta?--le preguntaba el uno al otro alcalde.

--Amigo--le respondió el preguntado, con expresión doliente y

afligida,--la semilla asombrosa... pero... no quisiera decírselo a

usted.

--¡Hombre! ¿qué?

--Nada: la semilla, como digo, asombrosa, pero el santo salió flojillo.

Los ministeriales, efectivamente, amigo lector, no quisiera decirlo,

pero salieron también flojillos.

EN ESTE PAÍS

Hay en el lenguaje vulgar frases afortunadas que nacen en buena hora y

que se derraman por toda una nación, así como se propagan hasta los

términos de un estanque las ondas producidas por la caída de una piedra

en medio del agua. Muchas de este género pudiéramos citar, en el

vocabulario político sobre todo; de esta clase son aquellas que

halagando las pasiones de los partidos, han resonado tan funestamente en

nuestros oídos en los años que van pasados de este siglo, tan fecundo en

mutaciones de escenas y en cambios de decoraciones. Cae una palabra de

los labios de un perorador en un pequeño círculo, y un gran pueblo

ansioso de palabras la recoge, la pasa de boca en boca, con la rapidez

del golpe eléctrico un crecido número de máquinas vivientes la repite y

la consagra, las más veces sin entenderla, y siempre sin calcular que

una palabra sola es a veces palanca suficiente a levantar la

muchedumbre, inflamar los ánimos y causar en las cosas una revolución.

Estas voces favoritas han solido siempre desaparecer con las

circunstancias que las produjeran. Su destino es, efectivamente, como

sonido vago que son, perderse en lontananza, conforme se apartan de la

causa que las hizo nacer. Una frase, empero, sobrevive siempre entre

nosotros, cuya existencia es tanto más difícil de concebir, cuanto que

no es de la naturaleza de esas de que acabamos de hablar; éstas sirven

en las revoluciones a lisonjear a los partidos y a humillar a los

caídos, objeto que se entiende perfectamente, una vez conocida la

generosa condición del hombre; pero la frase que forma el objeto de este

artículo se perpetúa entre nosotros, siendo sólo un funesto padrón de

ignominia para los que la oyen y para los mismos que la dicen: así la

repiten los vencidos como los vencedores, los que pueden como los que no

quieren extirparla; los propios, en fin, como los extraños.

_En este país_... esta es la frase que todos repetimos a porfía, frase

que sirve de clave para toda clase de explicaciones, cualquiera que sea

la cosa que a nuestros ojos choque en mal sentido. ¿Qué quiere usted?

decimos _¡en este país!_ Cualquier acontecimiento desagradable que nos

suceda, creemos explicarle perfectamente con la frasecilla: _cosas de

este país_; que con vanidad pronunciamos, y sin pudor alguno repetimos.

¿Nace esta frase de un atraso reconocido en toda la nación? No creo que

pueda ser éste su origen, porque sólo puede conocer la carencia de una

cosa el que la misma cosa conoce: de donde se infiere que si todos los

individuos de un pueblo conociesen su atraso, no estarían realmente

atrasados. ¿Es la pereza de imaginación o de raciocinio que nos impide

investigar la verdadera razón de cuanto nos sucede, y que se goza en

tener una muletilla siempre a mano con que responderse a sus propios

argumentos, haciéndose cada uno la ilusión de no creerse cómplice de un

mal, cuya responsabilidad descarga sobre el estado del país en general?

Esto parece más ingenioso que cierto.

Creo entrever la causa verdadera de esta humillante expresión. Cuando se

halla un país en aquel crítico momento en que se acerca a una

transición, y en que, saliendo de las tinieblas, comienza a brillar en

sus ojos un ligero resplandor, no conoce todavía el bien, empero ya

conoce el mal de donde pretende salir para probar cualquiera otra cosa

que no sea lo que hasta entonces ha tenido. Sucédele lo que a una joven

bella que sale de la adolescencia; no conoce el amor todavía, ni sus

goces; su corazón, sin embargo, o la naturaleza, por mejor decir, le

empieza a revelar una necesidad que pronto será urgente para ella, y

cuyo germen y cuyos medios de satisfacción tiene en sí misma, si bien

los desconoce todavía; la vaga inquietud de su alma, que busca y ansía,

sin saber qué, la atormenta y la disgusta de su estado actual y del

anterior en que vivía; y vésela despreciar y romper aquellos mismos

sencillos juguetes que formaban poco antes el encanto de su ignorante

existencia.

Este es acaso nuestro estado, y éste a nuestro entender el origen de la

fatuidad que en nuestra juventud se observa: el medio saber reina entre

nosotros; no conocemos el bien, pero sabemos que existe y que podemos

llegar a poseerle, si bien sin imaginar aún el cómo. Afectamos, pues,

hacer ascos de lo que tenemos para dar a entender a los que nos oyen que

conocemos cosas mejores, y nos queremos engañar miserablemente unos a

otros estando todos en el mismo caso.

Este medio saber nos impide gozar de lo bueno que realmente tenemos, y

aun nuestra ansia de obtenerlo todo de una vez nos ciega sobre los

mismos progresos que vamos insensiblemente haciendo. Estamos en el caso

del que teniendo apetito desprecia un sabroso almuerzo con la esperanza

de un suntuoso convite incierto, que se verificará o no se verificará

más tarde. Substituyamos sabiamente a la esperanza de mañana el recuerdo

de ayer, y veamos si tenemos razón en decir a propósito de todo: _¡Cosas

de este país!_

Sólo con el auxilio de las anteriores reflexiones puedo comprender el

carácter de don Periquito, ese petulante joven, cuya instrucción está

reducida al poco latín que le quisieron enseñar y que él no quiso

aprender, cuyos viajes no han pasado de Carabanchel; que no lee sino en

los ojos de sus queridas, los cuales no son ciertamente los libros más

filosóficos; que no conoce, en fin, más ilustración que la suya, más

hombres que sus amigos, cortados por la misma tijera que él, ni más

mundo que el salón del Prado, ni más país que el suyo. Este fiel

representante de gran parte de nuestra juventud desdeñosa de su país,

fue no ha mucho tiempo objeto de una de mis visitas.

Encontrele en una habitación mal amueblada y peor dispuesta, como de

hombre solo; reinaba en sus muebles y sus ropas, tiradas aquí y allí, un

espantoso desorden de que hubo de avergonzarse al verme entrar.

--Este cuarto está hecho una leonera--me dijo.--¿Qué quiere usted? _en

este país_...

Y quedó muy satisfecho de la excusa que a su natural descuido había

encontrado.

Empeñose en que había de almorzar con él, y no pude resistir a sus

instancias; un mal almuerzo mal servido reclamaba indispensablemente

algún nuevo achaque, y no tardó mucho en decirme:

--Amigo, en este país no se puede dar un almuerzo a nadie; hay que

recurrir a los platos comunes y al chocolate.

--Vive Dios--dije yo para mí,--que cuando en este país se tiene un buen

cocinero y un exquisito servicio y los criados necesarios, se puede

almorzar un excelente beefstek con todos los adherentes de un almuerzo

_à la fourchette_; y que en París los que pagan ocho o diez reales por

un _appartement garni_, o una mezquina habitación en una casa de

huéspedes, como mi amigo don Periquito, no se desayunan con pavos

trufados ni con champaña.

Mi amigo Periquito es hombre pesado como los hay en todos los países, y

me instó a que pasase el día con él; y yo, que había empezado ya a

estudiar sobre aquella máquina, como un anatómico sobre un cadáver,

acepté inmediatamente.

Don Periquito es pretendiente a pesar de su notoria inutilidad. Llevome,

pues, de ministerio en ministerio: de dos empleos con los cuales

contaba, habíase llevado el uno otro candidato que había tenido más

empeño que él.

--¡Cosas de España!--me salió diciendo, al referirme su desgracia.

--Ciertamente--le respondí, sonriéndome de su injusticia,--porque en

Francia y en Inglaterra no hay intrigas; puede usted estar seguro de que

allá todos son unos santos varones, y los hombres no son hombres.

El segundo empleo que pretendía había sido dado a un hombre de más luces

que él.

--¡Cosas de España!--me repitió.

--Sí, porque en otras partes colocan a los necios--dije para mí.

Llevome en seguida a una librería, después de haberme confesado que

había publicado un folleto, llevado del mal ejemplo. Preguntó cuántos

ejemplares se habían vendido de su peregrino folleto, y el librero

respondió:

--Ni uno.

--¿Lo ve usted, Fígaro?--me dijo:--¿lo ve usted? En este país no se

puede escribir. En España no se puede escribir. En París hubiera vendido

diez ediciones.

--Ciertamente--le contesté,--porque los hombres como usted venden en

París sus ediciones. En París no habrá libros malos que no se lean, ni

autores necios que se mueran de hambre.

--Desengáñese usted: en este país no se lee--prosiguió diciendo.

--Y usted que de eso se queja, señor don Periquito, usted ¿qué lee?--le

hubiera podido preguntar.--Todos nos quejamos de que no se lee, y

ninguno leemos.

--¿Lee usted los periódicos?--le pregunté, sin embargo.

--No, señor, en este país no se sabe escribir periódicos. ¡Lea usted ese

_Diario de los Debates_, ese _Times_!

Es de advertir que don Periquito no sabe francés ni inglés, y que en

cuanto a periódicos, buenos o malos, en fin, los hay y muchos años no

los ha habido.

Pasábamos al lado de una obra de esas que hermosean continuamente este

país y clamaba:

--¡Qué basura! en este país no hay policía.

En París las casas que se destruyen no producen polvo.

Metió el pie torpemente en un charco.

--¡No hay limpieza en España!--exclamaba.

--En el extranjero no hay lodo.

Se hablaba de un robo.

--¡Ah, país de ladrones!--vociferaba indignado.

Porque en Londres no se roba; en Londres, donde en la calle acometen los

malhechores a la mitad de un día de niebla, a los transeúntes.

Nos pedía limosna un pobre.

--¡En este país no hay más que miseria!--exclamaba horripilado.

Porque en el extranjero no hay infeliz que no arrastre coche.

Íbamos al teatro.

--¡Oh qué horror!--decía mi don Periquito con compasión, sin haberlos

visto mejor en su vida.--¡Aquí no hay teatros!

Pasábamos por un café.

--No entremos. ¡Qué cafés los de este país!--gritaba.

Se hablaba de viajes.

--¡Oh! Dios me libre; ¡en España no se puede viajar! ¡qué posadas! ¡qué

caminos!

¡Oh infernal comezón de vilipendiar este país que adelanta y progresa de

algunos años a esta parte más rápidamente que adelantaron esos países

modelos para llegar al punto de ventaja en que se han puesto!

¿Por qué los don Periquitos que todo lo desprecian en el año 33, no

vuelven los ojos a mirar atrás, o no preguntan a sus papás del tiempo

que no está tan distante de nosotros, en que no se conocía en la corte

más botillería que la de Canosa, ni más bebida que la leche helada; en

que no había más caminos en España que el del cielo; en que no existían

más posadas que las descritas por Moratín en el _Sí de las Niñas_, con

las sillas desvencijadas y las estampas del Hijo Pródigo, o las

malhadadas ventas para caminantes asendereados; en que no corrían más

carruajes que las galeras y carromatos catalanes; en que los chorizos y

polacos repartían a naranjazos los premios al talento dramático, y

llevaba el público al teatro la bota y la merienda para pasar a tragos

la representación de las comedias de figurón y dramas de Comella; en

que no se conocía más ópera que el Marlborough--o Mambruc, como dice el

vulgo,--cantado a la guitarra; en que no se leía más periódico que el

_Diario de Avisos_, y en fin... en que...

Pero acabemos este artículo, demasiado largo para nuestro propósito: no

vuelven a mirar atrás porque habría de poner un término a su

maledicencia, y llamar prodigiosa la casi repentina mudanza que en este

país se ha verificado en tan breve espacio.

Concluyamos, sin embargo, de explicar nuestra idea claramente, mas que a

los don Periquitos que nos rodean pese y avergüence.

Cuando oímos a un extranjero que tiene la fortuna de pertenecer a un

país donde las ventajas de la ilustración se han hecho conocer con mucha

anterioridad que en el nuestro, por causas que no es de nuestra

inspección examinar, nada extrañamos en su boca, sino en la falta de

consideración y aun de gratitud que reclama la hospitalidad de todo

hombre honrado que la recibe; pero cuando oímos la expresión

despreciativa que hoy merece nuestra sátira en bocas de españoles, de

españoles sobre todo que no conocen más país que este mismo suyo que tan

injustamente dilaceran, apenas reconoce nuestra indignación límites en

que contenerse.

Borremos, pues, de nuestro lenguaje la humillante expresión que no

nombra a este país sino para denigrarlo; volvamos los ojos atrás,

comparemos y nos creeremos felices. Si alguna vez miramos adelante y nos

comparamos con el extranjero, sea para prepararnos un porvenir mejor que

el presente, y para rivalizar en nuestros adelantos con los de nuestros

vecinos; sólo en este sentido opondremos nosotros en algunos de nuestros

artículos el bien de fuera al mal de dentro.

Fígaro (Artículos selectos) · 第 18 / 21 段