Es cosa generalmente reconocida que el hombre es animal social, y yo,

que no concibo que las cosas puedan ser sino del modo que son; yo, que

no creo que pueda suceder sino lo que sucede, no trato por consiguiente

de negarlo. Puesto que vive en sociedad, social es sin duda. No pienso

adherirme a la opinión de los escritores mal humorados que han querido

probar que el hombre habla por una aberración, que su verdadera posición

es la de los cuatro pies, y que comete un grave error en buscar y

fabricarse todo género de comodidades, cuando pudiera pasar pendiente de

las bellotas de una encina el mes, por ejemplo, en que vivimos. Hanse

apoyado para fundar semejante opinión en que la sociedad le roba parte

de su libertad, si no toda, pero tanto valdría decir que el frío no es

cosa natural, porque incomoda. Lo más que concederemos a los abogados de

la vida salvaje, es que la sociedad es, de todas las necesidades de la

vida, la peor: eso sí. Esto es una desgracia, pero en el mundo feliz que

habitamos, casi todas las desgracias son verdad: razón por la cual nos

admiramos siempre que vemos tantas investigaciones para buscar ésta. A

nuestro modo de ver no hay nada más fácil que encontrarla: allí donde

está el mal, allí está la verdad. Lo malo es lo cierto. Sólo los bienes

son ilusión.

Ahora bien; convencidos de que todo lo malo es natural y verdad, no nos

costará gran trabajo probar que la sociedad es natural, y que el hombre

nació por consiguiente social; no pudiendo impugnar a la sociedad, no

nos queda otro recurso que pintarla.

De necesidad parece creer que al verse el hombre solo en el mundo,

blanco inocente de la intemperie y de toda especie de carencias, trate

de unir sus esfuerzos a los de su semejante para luchar contra sus

enemigos, de los cuales el peor es la naturaleza entera; es decir, el

que no puede evitar, el que por todas partes le rodea; que busque a su

hermano--que así se llaman los hombres unos a otros por burla sin

duda,--para pedirle su auxilio: de aquí podría deducirse que la sociedad

es un cambio mutuo de servicios recíprocos. Grave error, es todo lo

contrario: nadie concurre a la reunión para prestarle servicios, sino

para recibirlos de ella: es un fondo común donde acuden todos a sacar, y

donde nadie deja, sino cuando sólo puede tomar en virtud de permuta. La

sociedad es, pues, un cambio mutuo de perjuicios recíprocos. Y el gran

lazo que la sostiene es, por una incomprensible contradicción, aquello

mismo que parecería destinado a disolverla; es decir, el egoísmo.

Descubierto ya el estrecho vínculo que nos reúne unos a otros en

sociedad, excusado es probar dos verdades eternas, y por cierto

consoladoras, que de él se deducen: primera, que la sociedad, tal cual

es, es imperecedera puesto que siempre nos necesitaremos unos a otros:

segunda, que es franca, sincera y movida por sentimientos generosos; y

en esto no cabe duda, puesto que siempre nos hemos de querer a nosotros

mismos más que a los otros.

Averiguar ahora si la cosa pudiera haberse arreglado de otro modo, si el

gran poder de la creación estaba en que no nos necesitásemos, y si quien

ponía por base de todo el egoísmo, podía haberle substituido el

desprendimiento, ni es cuestión para nosotros, ni de estos tiempos, ni

de estos países.

Felizmente no se llega al conocimiento de estas tristes verdades sino a

cierto tiempo; en un principio todos somos generosos aún, francos,

amantes, amigos... en una palabra, no somos hombres todavía; pero a

cierta edad nos acabamos de formar, y entonces ya es otra cosa: entonces

vemos por la primera vez, y amamos por la última. Entonces no hay nada

menos divertido que una diversión; y si pasada cierta edad, se ven

hombres buenos todavía, esto está sin duda dispuesto así para que ni la

ventaja cortísima nos quede de tener una regla fija a que atenernos, y

con el fin de que puedan llevarse chasco hasta los más experimentados.

Pero como no basta estar convencidos de las cosas para convencer de

ellas a los demás, inútilmente hacía yo las anteriores reflexiones a un

primo mío que quería entrar en el mundo hace tiempo, joven, vivaracho,

inexperto, y por consiguiente, alegre. Criado en el colegio, y versado

en los autores clásicos, traía al mundo llena la cabeza de las virtudes

que en los poemas y comedias se encuentran. Buscaba un Pilades; toda

amante le parecía una Safo, y estaba seguro de encontrar una Lucrecia el

día que la necesitase. Desengañarle era una crueldad. ¿Por qué no había

de ser feliz mi primo unos días como lo hemos sido todos? Pero además

hubiera sido imposible. Limiteme, pues, a tomar sobre mí el cuidado de

introducirlo en el mundo, dejando a los demás el desengañarle de él.

Después de haber presidido al cúmulo de pequeñeces indispensables, al

lado de las cuales nada es un corazón recto, un alma noble, ni aun una

buena figura; es decir, después de haberse proporcionado unos cuantos

fraques y cadenas, pantalones colán y mi-colán, reloj, sortijas y media

docena de onzas siempre en el bolsillo, primeras virtudes en sociedad,

introdújelo por fin en las casas de mejor tono. Un poco de presunción,

un personal excelente, suficiente atolondramiento para no quedarse nunca

sin conversación, un modo de bailar semejante al de una persona que anda

sin gana, un bonito frac, seis apuestas de a onza en el _écarté_, y todo

el desprecio posible de las mujeres, hablando con los hombres, le

granjearon el afecto y la amistad verdadera de todo el mundo. Es inútil

decir que quedó contento de su introducción.

--Es encantadora--me dijo,--la sociedad. ¡Qué alegría! ¡Qué generosidad!

¡Ya tengo amigos, ya tengo amante!

A los quince días conocía a todo Madrid: a los veinte no hacía caso ya

de su antiguo consejero: alguna vez llegó a mis oídos que afeaba mi

filosofía y mis descabelladas ideas, como las llamaba:

--Preciso es que sea muy malo mi primo--decía,--para pensar tan mal de

los demás.

A lo cual solía yo responder para mí:

--Preciso es que sean muy malos los demás, para haberme obligado a

pensar tan mal de ellos.

Cuatro años habían pasado desde la introducción de mi primo en la

sociedad: habíale perdido ya de vista, porque yo hago con el mundo lo

que se hace con las pieles en verano; voy de cuando en cuando, para que

no entre el olvido en mis relaciones, como se sacan aquellas tal cual

vez al aire para que no se albergue en sus pelos la polilla. Había, sí,

sabido mil aventuras suyas de éstas que, por una contradicción

inexplicable, honran mientras sólo las sabe todo el mundo en confianza,

y que desacreditan cuando las llega a saber alguien de oficio, pero nada

más. Ocurriome en esto, noches pasadas, ir a matar a una casa la polilla

de mi relación; y a pocos pasos encontreme con mi primo. Pareciome no

tener todo el buen humor que en otros tiempos le había visto; no sé si

me buscó él a mi, o le busqué yo a él; sólo sé que a pocos minutos

paseábamos el salón de bracero, y alimentando el siguiente diálogo:

--¿Tú en el mundo?--me dijo.

--Sí, de cuando en cuando vengo: cuando veo que se amortigua mi odio,

cuando me siento inclinado a pensar bien, cuando empiezo a echarle

menos, me presento una vez, y me curo para otra temporada. Pero, ¿tú no

bailas?

--Es ridículo: ¿quién va a bailar en un baile?

--Sí, por cierto... ¡si fuera en otra parte! Pero observo, desde que

falto a esta casa, multitud de caras nuevas... que no conozco...

--Es decir, que faltas a todas las casas de Madrid... porque las caras

son las mismas; las casas son las diferentes; y por cierto que no vale

la pena de variar de casa para no variar de gente.

--Así es--respondí,--que falto a todas. Quisiera por lo tanto que me

instruyeses... ¿Quién es, por ejemplo, esa joven?... linda por cierto...

baila muy bien... parece muy amable...

--Es la baronesita viuda de ***. Es una señora que, a fuerza de ser

hermosa y amable, a fuerza de gusto en el vestir, ha llegado a ser

aborrecida de todas las demás mujeres. Como su trato es harto fácil, y

no abriga más malicia que la que cabe en veintidós años, todos los

jóvenes que la ven se creen con derecho a ser correspondidos; y como al

llegar a ella se estrellan desgraciadamente los más de sus cálculos en

su virtud--porque aunque la ves tan loca al parecer, en el fondo es

virtuosa,--los unos han dado en llamar coquetería su amabilidad, los

otros, por venganza, le dan otro nombre peor. Unos y otros hablan

infamias de ella; debe, por consiguiente, a su mérito y a su virtud el

haber perdido la reputación. ¿Qué quieres? ¡esa es la sociedad!

--¿Y aquella de aquel aspecto grave, que se remilga tanto cuando un

hombre se le acerca? Parece que tema que le vean los pies según se baja

el vestido a cada momento.

--Esa ha entendido mejor el mundo. Esa corresponde con bufidos a todo

galán. Una casualidad rarísima me ha hecho descubrir dos relaciones que

ha tenido en menos de un año: nadie las sabe sino yo: es casada; pero

como brilla poco su lujo, como no es una hermosura de primer orden, como

no se pone en evidencia, nadie habla mal de ella. Pasa por la mujer más

virtuosa de Madrid. Entre las dos se pudiera hacer una maldad completa:

la primera tiene las apariencias, y ésta la realidad. ¿Qué quieres? ¡en

la sociedad siempre triunfa la hipocresía! Mira; apartémonos: quiero

evitar el encuentro de ese que se dirige hacia nosotros: me encuentra en

la calle y nunca me saluda; pero en sociedad es otra cosa: como es tan

desairado estar de pie, sin hablar con nadie, aquí me habla siempre. Soy

su amigo para los momentos de fastidio: también en el Prado se me suele

agregar cuando no ha encontrado ningún amigo más íntimo. Esa es la

sociedad.

--Pero observo que huyendo de él, nos hemos venido al _écarté_. ¿Quién

es aquel que juega a la derecha?

--¿Quién ha de ser? Un amigo mío íntimo, cuando yo jugaba. Ya se ve;

¡perdía con tan buena fe! Desde que no juego no me hace caso. ¡Ay! este

viene a hablarnos.

Efectivamente, llegósenos un joven con aire marcial y muy amistoso.

--¿Cómo le tratan a usted?--le preguntó mi primo.

--Pícaramente; ciento sesenta pesos he perdido. ¿Y a usted?

--Peor todavía; adiós...

Ni siquiera nos contestó el perdidoso.

--Hombre, si no has jugado--le dije a mi primo,--¿cómo dices?...

--Amigo, ¿qué quieres? Conocí que me venía a preguntar si tenía suelto.

En su vida ha tenido ciento sesenta pesos, la sociedad es para él una

especulación; lo que no gana lo pide...

--Pero, ¿y qué inconveniente había en prestarle? Tú que eres tan

generoso...

--Sí, hace cuatro años; ahora no presto ya hasta que no me paguen lo que

me deben; es decir, que ya no prestaré nunca. Esa es la sociedad. Y

sobre todo, ese que nos ha hablado...

--¡Ah! es cierto; recuerdo que era antes tu amigo íntimo: no os

separábais.

--Es verdad; y yo lo quería: me lo encontré a mi entrada en el mundo;

teníamos nuestros amores en una misma casa, y yo tuve la torpeza de

creer simpatía lo que era comunidad de intereses. Le hice todo el bien

que pude, ¡inexperto de mí! Pero de allí a poco puso los ojos en mi

bella, me perdió en su opinión, y nos hizo reñir: él no logró nada; pero

desbarató mi felicidad. Por mejor decir, me hizo feliz; me abrió los

ojos.

--¿Es posible?

--Esa es la sociedad: era mi amigo íntimo. Desde entonces no tengo más

amigos íntimos que estos pesos que traigo en el bolsillo: son los

únicos que no venden: al revés, compran.

--¿Y tampoco has tenido más amores?

--¡Oh! eso sí: de eso he tardado más en desengañarme. Quise a una que me

quería sin duda por vanidad, porque a poco de quererla me sucedió un

fracaso que me puso en ridículo, y me dijo que no podía arrostrar el

ridículo; luego quise frenéticamente a una casada: ésa, sí, creí que me

quería sólo por mí; pero hubo hablillas, que promovió precisamente

aquella fea que ves allí, que como no puede tener amores, se complace en

desbaratar los ajenos; hubieron de llegar a oídos del marido, que empezó

a darle mala vida: entonces mi apasionada me dijo que empezaba el

peligro y que debía concluirse el amor; su tranquilidad era lo primero.

Es decir, que amaba más su comodidad que a mí. Esa es la sociedad.

--¿Y no has pensado nunca en casarte?

--Muchas veces; pero a fuerza de conocer maridos, también me he

desengañado.

--Observo que no llegas a hablar a las mujeres.

--¿Hablar a las mujeres en Madrid? Como en general no se sabe hablar de

nada, sino de intrigas amorosas, como no se habla de artes, de ciencias,

de cosas útiles, como ni de política se entiende, no se puede uno

dirigir ni sonreír tres veces a una mujer; no se puede ir dos veces a su

casa sin que digan: «Fulano hace el amor a Mengana». Esta expresión pasa

a sospecha, y dicen con una frase por cierto bien poco delicada: «¿Si

estará metido con Fulana?» Al día siguiente esta sospecha es ya una

realidad, un compromiso. Luego hay mujeres, que porque han tenido una

desgracia o una flaqueza, que se ha hecho pública por este hermoso

sistema de sociedad, están siempre acechando la ocasión de encontrar

cómplices o imitadoras que las disculpen, las cuales ahogan la vergüenza

en la murmuración. Si hablas a una bonita, la pierdes; si das

conversación a una fea, quieres atrapar su dinero. Si gastas chanzas con

la parienta de un ministro, quieres un empleo. En una palabra, en esta

sociedad de ociosos y habladores nunca se concibe la idea de que puedas

hacer nada inocente, ni con buen fin ni aun sin fin.

Al llegar aquí no pude menos de recordar a mi primo sus expresiones de

hacía cuatro años:

--Es encantadora la sociedad: ¡qué alegría! ¡qué generosidad! ¡ya tengo

amigos, ya tengo amante!

Un apretón de manos me convenció de que me había entendido.

--¿Qué quieres?--me añadió de allí a un rato;--nadie quiere creer sino

en la experiencia: todos entramos buenos en el mundo, y todo andaría

bien si nos buscáramos los de una edad; pero nuestro amor propio nos

pierde: a los veinte años queremos encontrar amigos y amantes en las

personas de treinta, es decir, en las que han llevado el chasco antes

que nosotros, y en los que ya no creen: como es natural, le llevamos

entonces nosotros y se lo pegamos luego a los que vienen detrás. Esa es

la sociedad; una reunión de víctimas y de verdugos. ¡Dichoso aquel que

no es verdugo y víctima a un tiempo! ¡pícaros, necios, inocentes! ¡Más

dichoso aún, si hay excepciones, el que puede ser excepción!

LAS PALABRAS

No sé quién ha dicho que el hombre es naturalmente malo: ¡grande

picardía por cierto! nunca hemos pensado nosotros así: el hombre es un

infeliz, por más que digan: un poco fiero, algo travieso, eso sí; pero

en cuanto a lo demás, si ha de juzgarse de la índole del animal por los

signos exteriores, si de los resultados ha de deducirse alguna

consecuencia, quisiera yo que Aristóteles y Plinio, Buffon y Valmont de

Vaumare, me dijesen qué animal, por animal que sea, habla y escucha. He

aquí precisamente la razón de la superioridad del hombre, me dirá un

naturalista: y he aquí precisamente la de su inferioridad, según pienso

yo, que tengo más de natural que de naturalista. Presente usted a un

león devorado del hambre (cualidad única en que puede compararse el

hombre al león), preséntele usted un carnero, y verá usted precipitarse

a la fiera sobre la inocente presa, con aquella oportunidad, aquella

fuerza, aquella seguridad que requiere una necesidad positiva que está

por satisfacer.

Preséntele usted al lado un artículo de un periódico, el más lindamente

escrito y redactado; háblele usted de felicidad, de orden, de bienestar;

y apártese usted algún tanto, no sea que si lo entiende, le pruebe su

garra que su única felicidad consiste en comérselo a usted. El tigre

necesita devorar al gamo; pero seguramente que el gamo no espera a oír

sus razones. Todo es positivo y racional en el animal privado de la

razón. La hembra no engaña al macho, y viceversa, porque como no

hablan, se entienden. El fuerte no engaña al débil por la misma razón: a

la simple vista huye el primero del segundo, y éste es el orden, el

único orden posible. Déseles el uso de la palabra: en primer lugar,

necesitarán una academia para que se atribuya el derecho de decirles que

tal o cual vocablo no debe significar lo que ellos quieren, sino

cualquiera otra cosa; necesitarán sabios, por consiguiente, que se

ocupen toda una larga vida en el hablar de cómo se ha de hablar;

necesitarán escritores que hagan macitos de papeles encuadernados, que

llamarán libros, para decir sus opiniones a los demás, a quienes creen

que importan. El león más fuerte subirá a un árbol y convencerá a la más

débil alimaña de que no ha sido criada para ir y venir y vivir a su

albedrío, sino para obedecerle: y no será lo peor que el león lo diga,

sino que lo crea la alimaña. Pondrán nombre a las cosas, y llamando a

una _robo_, a otra _mentira_, a otra _asesinato_, conseguirán, no

evitarlas, sino llenar de delincuentes los bosques. Crearán la vanidad y

el amor propio: el noble bruto que dormía tranquilamente las

veinticuatro horas del día, se desvelará ante la fantasma de una

distinción; y al hermano, a quien sólo mataba para comer, matarále

después por una cinta blanca o encarnada. Deles usted, en fin, el uso de

la palabra y mentirán: la hembra al macho por amor; el grande al chico

por ambición; el igual al igual por rivalidad; el pobre al rico por

miedo y por envidia; querrán gobierno como cosa indispensable, y en la

clase de él estarán de acuerdo ¡vive Dios! éstos se dejarán degollar

porque los mande uno sólo, afición que nunca he podido entender;

aquéllos querrán mandar a uno solo, lo cual no me parece gran triunfo;

aquí querrán mandar todos, lo cual ya entiendo perfectamente; allí

serán los animales nobles, de alta cuna, quiere decir... (o mejor, no sé

lo que quiere decir) los que manden a los de baja cuna; allá no habrá

diferencia de cuna... ¡Qué confusión! ¡Qué laberinto! Laberinto que

prueba que en el mundo existe una verdad, una cosa positiva, que es la

única justa y buena, que esa la reconocen todos y convienen en ella: de

eso proviene no haber diferencias.

En conclusión, los animales, como no tienen el uso de la razón ni de la

palabra, no necesitan que les diga un orador cómo han de ser felices: no

pueden engañar ni ser engañados, no creen ni son creídos.

El hombre, por el contrario, el hombre habla y escucha; el hombre cree,

y no así como quiera, sino que cree todo. ¡Qué índole! El hombre cree en

la mujer, cree en la opinión, cree en la felicidad... ¡Qué sé yo en lo

que cree el hombre! Hasta en la verdad cree.--Dígale usted que tiene

talento.--_¡Cierto!_ exclama en su interior.--Dígale usted que es el

primer ser del universo.--_Seguro_, contesta:--Dígale usted que le

quiere.--_Gracias_, contesta de buena fe.--¿Quiere usted llevarle a la

muerte? trueque usted la palabra, y dígale: _te llevo a la gloria_:

irá--¿Quiere usted mandarle? dígale usted sencillamente: _yo debo

mandarte_.--_Es indudable_, contestará.

He aquí todo el arte de manejar a los hombres. ¿Y es malo el hombre?

¿Qué manada de lobos se contenta con un manifiesto? Carne pedirán y no

palabras. _El hambre ¡oh lobos!_ decidles, _se ha acabado, ahogado el

monstruo para siempre_...--_Mentira_--gritarán los lobos...--_al redil;

el hambre se quita con cordero_...--_La hidra de la discordia ¡oh

ciudadanos_!--dice por el contrario un periódico a los hombres,--_yace

derribada con mano fuerte: el orden, de hoy más, será la base del

edificio social: ya asoma la aurora de justicia por qué sé yo qué

horizonte: el iris de paz_ (que no significa paz) _luce después de la

tormenta_ (que no se ha acabado): _de hoy más la legalidad_ (que es la

cuadratura del círculo) _será el fundamento del procomún_... etcétera.

¿Ha dicho usted _hidra de la discordia_, _justicia_, _procomún_,

_horizonte_ y _legalidad_? Ved en seguida a los pueblos palmotear, hacer

versos, levantar arcos, poner inscripciones.--¡Maravilloso don de la

palabra! ¡Fácil felicidad! Después de un breve diccionario de palabras

de época, tómese usted el tiempo que quiera: con sólo decir _mañana_ de

cuando en cuando y de echarles palabras todos los días, como echaba

Eneas la torta al Cancerbero, duerma usted tranquilo sobre sus laureles.

Tal es la historia de todos los pueblos, tal la historia del hombre...

palabras todo, ruido, confusión: positivo nada. ¡Bienaventurados los que

no hablan, porque ellos se entienden!

POR AHORA

En nuestro último artículo dejamos ligeramente apuntado que hay _cosas

buenas_ en el mundo; y probamos hasta la evidencia, como solemos, que

una de ellas es la policía. Como no nos pasa por la imaginación que uno

solo de nuestros lectores se haya resistido a nuestras razones, tratamos

de probar hoy otra verdad más indisputable todavía, a saber: que,

sentado el principio de que hay cosas buenas, hay _palabras_ que parecen

_cosas_, es decir, que hay _palabras buenas_.

A primera vista parece que buenas deben ser todas las palabras, puesto

que sirven todas para hablar, o sea para gastar conversación, que es el

fin que parecemos proponernos; esto es un error, sin embargo, y error

grave. Palabras hay malas, profundamente malas por sí mismas, y sin

necesidad de accesorios, que forman por sí solas oración y sentido, por

más que suelan ellas no tener sentido común. Palabras que valen más que

un discurso, y que dan que discurrir; cuando uno oye, por ejemplo, la

palabra _conspiración_, cree estar viendo un drama entero, y aunque no

sea nada en realidad. Cuando uno oye la palabra _libertad_, sólo ella,

solita, cree uno estar oyendo una larga comedia. Cuando uno oye la

palabra _imprenta_, ¿no cree ver detrás la censura, el imposible

vencido, la cuadratura del círculo, la gran quisicosa? ¿No hay quien ve

en ella el abismo, la anarquía, aquel qué sé yo, que nadie sabe explicar

ni comprender? Cada una de estas palabras son verdaderas linternas

mágicas; el mundo todo pasa al través de ellas. Una vez encendidas todo

se ve dentro.

Estas palabras que encierran por sí solas una significación entera y

determinada, son malas generalmente; las buenas son aquéllas que no

dicen nada por sí, como por ejemplo: prosperidad, ilustración, justicia,

regeneración, siglo, luces, responsabilidad, marchar, progreso, reforma,

etc. Estas no tienen un sentido fijo y decisivo; hay quien las entiende

de un modo, hay quien las entiende de otro, hay, por fin, quien no las

entiende de ninguno. Estas son buenas, porque, blandas como cera,

adáptanse a todas las figuras; éstas son, en fin, el alimento de toda

conversación. Con ellas no hay discurso que no se pueda sostener, no hay

cosa que no se pueda probar, no hay pueblo a quien no se pueda

convencer. Estas son las palabras que parecen cosas.

Ahora bien; cuando dos de estas palabras insignificantes y maleables se

llegan a encontrar en el camino una de otra, únense al momento y se

combinan por una rara afinidad filológica; y entonces no toman por eso

mayor sentido; todo lo contrario, juntas, suelen querer decir menos

todavía que separadas; entonces estas palabras buenas suelen convertirse

en lo que vulgarmente llamamos buenas palabras.

He aquí las reflexiones que teníamos presentes al sentar en el papel el

titulillo de este artículo. Nadie nos negará que la palabra _por_ quiere

decir poco cuando va sola; pues de la palabra _ahora_, no decimos nada.

He aquí, pues, dos palabras excelentes, y combínense como se combinen.

Júntese el _por_ con el _que_, y resultará el _porque_. Siempre se ha

dicho que el _por qué_ de las cosas es inaveriguable; por consiguiente,

no quiere decir nada. Póngase el _ahora_ en _oración_, y digamos, por

ejemplo: «¿Qué hay ahora? ¿Qué se hace ahora?» Nada. Ambas son, pues,

palabras nulas, y buenas, por consiguiente. Combínense ahora juntas, y

digamos: _por ahora_, y se verá el efecto peregrino de la suma de todas

las nulidades.

Pocas palabras hay tan buenas, tan útiles en el día, tan en boga; pocas

palabras buenas que puedan tan fácilmente convertirse en _buenas

palabras_. ¿A qué nos contesta usted con el _por ahora_? Es la espada de

Alejandro, que corta todo nudo gordiano; es la panacea universal que

templa todos los dolores. Buena jornada habíamos echado, si no

pudiéramos contestar a todo: _por ahora_.

¿Cuánto no suaviza esta frase toda mala contestación? Por mejor decir,

no hay con ella mala contestación posible, y todo aquel que sepa lo que

es una repulsa seca, sabrá apreciar cuánto valen las buenas palabras.

Son el vino que se mezcla con el agua para quitarle su crudeza.

Ejemplo: _No_, quiere decir que _no_. Pero si en vez de decir _no_, dice

usted _por ahora no_, aunque usted quiera decir lo mismo, si habla usted

sobre todo con un tonto, como suele suceder, ha dicho usted una gran

cosa. ¿Y qué cuesta decir dos palabras más?

Convencidos hombres muy ilustrados de esta verdad, ¿cómo pudieran no

usarlas continuamente?

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