durmiendo la siesta.
--Vuelva usted mañana--nos respondió el lunes siguiente,--porque hoy ha
ido a los toros.
¿Qué día, a qué hora se ve a un español? Vímosle por fin, y vuelva usted
mañana, nos dijo, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque
no está en limpio. A los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había
pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz, y la
noticia no servía. Esperando nuevas pruebas, nada dije a mi amigo,
desesperado ya de dar jamás con sus abuelos.
Es claro que faltando este principio no tuvieron lugar las
reclamaciones.
Para las proposiciones que acerca de varios establecimientos y empresas
utilísimas pensaba hacer, había sido preciso buscar un traductor; por
los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar el traductor; de
mañana en mañana nos llevó hasta el fin del mes. Averiguamos que
necesitaba dinero diariamente para comer, con la mayor urgencia; sin
embargo, nunca encontraba momento oportuno para trabajar. El escribiente
hizo después otro tanto con las copias, sobre llenarlas de mentiras,
porque un escribiente que sepa escribir no le hay en este país.
No paró aquí; un sastre tardó veinte días en hacerle un frac, que había
mandado llevarlo en veinticuatro horas; el zapatero le obligó con su
tardanza a comprar botas hechas; la planchadora necesitó quince días
para plancharle una camisola, y el sombrerero, a quien le había enviado
su sombrero a variar el ala, le tuvo dos días con la cabeza al aire y
sin salir de casa.
Sus conocidos y amigos no le asistían a una sola cita, ni avisaban
cuando faltaban, ni respondían a sus esquelas. ¡Qué formalidad y qué
exactitud!
--¿Qué os parece de esta tierra, monsieur Sans-délai?--le dije al llegar
a estas pruebas.
--Me parece que son hombres singulares...
--Pues así son todos. No comerán por no llevar la comida a la boca.
Presentó con todo, yendo y viniendo días, una proposición de mejoras
para un ramo que no citaré, quedando recomendada eficacísimamente.
A los cuatro días volvimos a saber el éxito de nuestra pretensión.
--Vuelva usted mañana--nos dijo el portero.
--El oficial de la mesa no ha venido--dije yo entre mí.
Fuímonos a dar un paseo, y nos encontramos ¡qué casualidad! al oficial
de la mesa en el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al
hermoso sol de los inviernos claros de Madrid.
Martes era al día siguiente, y nos dijo el portero:
--Vuelva usted mañana, porque el señor oficial de la mesa no da
audiencia hoy.
--Grandes negocios habrán cargado sobre él--dije yo.
Como soy el diablo y aun he sido duende, busqué ocasión de echar una
ojeada por el agujero de una cerradura. Su señoría estaba echando un
cigarrito al brasero, y con una charada del _Correo_ entre manos que le
debía costar trabajo el acertar.
--Es imposible verlo hoy--dije a mi compañero,--su señoría está en
efecto ocupadísimo.
Diónos audiencia el miércoles inmediato, y ¡qué fatalidad! el expediente
había pasado a informe por desgracia a la única persona enemiga
irreconciliable de M. Sans-délai y de su plan, porque era quien debía
salir en él perjudicado.
Vivió el expediente dos meses en informe, y vino tan informado como era
de esperar. Verdad es que nosotros no habíamos podido encontrar empeño
para una persona muy amiga del informante. Esta persona tenía unos ojos
muy hermosos, los cuales sin duda alguna le hubieran convencido en sus
ratos perdidos de la justicia de nuestra causa.
Vuelto el informe, se cayó en la cuenta en la sección de nuestra bendita
oficina, de que el tal expediente no correspondía a aquel ramo; era
preciso rectificar este pequeño error; pasose al ramo, establecimiento y
mesa correspondientes, y hétenos caminando, después de tres meses, a la
cola siempre de nuestro expediente, como hurón que busca el conejo, y
sin poderlo sacar muerto ni vivo de la huronera. Fue el caso, al llegar
aquí, que el expediente salió del primer establecimiento y nunca llegó
al otro.
--De aquí se remitió con fecha tantos--decían en uno.
--Aquí no ha llegado nada--decían en otro.
--¡Voto va!--dije yo a monsieur Sans-délai;--¿sabéis que nuestro
expediente se ha quedado en el aire como el alma de Garibay, y que debe
de estar ahora posado como una paloma sobre algún tejado de esta activa
población?
Hubo que hacer otro. ¡Vuelta a los empeños! ¡Vuelta a la prisa! ¡Qué
delirio!
--Es indispensable--dijo el oficial con voz campanuda,--que esas cosas
vayan por sus trámites regulares.
Es decir, que el toque estaba, como el toque del ejército militar, en
llevar nuestro expediente tantos o cuantos años de servicio.
Por último, después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar a la
firma, o al informe, o a la aprobación, o al despacho, o debajo de la
mesa, y de volver siempre mañana, salió con una noticia al margen, que
decía: «A pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente,
negado».
--¡Ah, ah! M. de Sans-délai--exclamé riéndome a carcajadas:--este es
nuestro negocio.
Pero monsieur de Sans-délai se daba a todos los oficinistas, que es como
si dijéramos a todos los diablos.
--¿Pues para esto he echado yo mi viaje tan largo? ¿Después de seis
meses no habré conseguido sino que me digan en todas partes diariamente:
Vuelva usted mañana, y cuando este dichoso mañana llega, en fin, nos
dicen redondamente que no? ¿Y vengo a darles dinero? ¿Y vengo a hacerles
favor? Preciso es que la intriga más enredada se haya fraguado para
oponerse a nuestras miras.
--¿Intriga, M. Sans-délai? No hay hombre capaz de seguir dos horas una
intriga. La pereza es la verdadera intriga; os juro que no hay otra: esa
es la gran causa oculta; es más fácil negar las cosas que enterarse de
ellas.
Al llegar aquí, no quiero pasar en silencio algunas razones de las que
me dieron para la anterior negativa, aunque sea una pequeña digresión.
--Ese hombre se va a perder--me decía un personaje muy grave y muy
patriótico.
--Esa no es una razón--le repuse:--si él se arruina, nada se habrá
perdido en concederle lo que pide: él llevará el castigo de su osadía o
de su ignorancia.
--¿Cómo ha de salir con su intención?
--Y suponga usted que quiere tirar su dinero y perderse, ¿no puede uno
aquí morirse siquiera, sin tener un empeño para el oficial de la mesa?
Puede perjudicar a los que hasta ahora han hecho de otra manera, eso
mismo que ese señor extranjero quiere.
--¿A los que lo han hecho de otra manera, es decir, peor?
--Sí, pero lo han hecho.
--Sería lástima que se acabara el modo de hacer mal las cosas. Conque,
porque siempre se han hecho las cosas del modo peor posible, ¿será
preciso tener consideraciones con los perpetuadores del mal? Antes se
debiera mirar si podrían perjudicar los antiguos al moderno.
--Así está establecido; así se ha hecho hasta aquí; así lo seguiremos
haciendo.
--Por esa razón deberían darle a usted papilla todavía como cuando
nació.
--En fin, señor Fígaro, es un extranjero.
--¿Y por qué no lo hacen los naturales del país?
--Con esas socaliñas vienen a sacarnos la sangre.
--Señor mío--exclamé sin llevar más adelante mi paciencia,--está usted
en un error harto general. Usted es como muchos que tienen la diabólica
manía de empezar siempre por poner obstáculos a todo lo bueno, y el que
pueda que los venza. Aquí tenemos el loco orgullo de no saber nada, de
quererlo adivinar todo y no reconocer maestros. Las naciones que han
tenido, ya que no el saber, deseos de él, no han encontrado otro remedio
que el de recurrir a los que sabían más que ellas.
Un extranjero--seguí--que corre a un país que le es desconocido para
arriesgar en él sus caudales, pone en circulación un capital nuevo,
contribuye a la sociedad, a quien hace un inmenso beneficio con su
talento y su dinero; si pierde, es un héroe; si gana, es muy justo que
logre el premio de su trabajo, pues nos proporciona ventajas que no
podíamos acarrearnos solos. Ese extranjero que se establece en este
país, no viene a sacar de él el dinero, como usted supone;
necesariamente se establece y se arraiga en él, y a la vuelta de media
docena de años, ni es extranjero ya, ni puede serlo; sus más caros
intereses y su familia le ligan al nuevo país que ha adoptado; toma
cariño al suelo donde ha hecho su fortuna, al pueblo donde ha escogido
una compañera: sus hijos son españoles, y sus nietos lo serán; en vez de
extraer el dinero, ha venido a dejar un capital suyo que traía,
invirtiéndole y haciéndole producir; ha dejado otro capital de talento,
que vale por lo menos tanto como el de dinero; ha dado de comer a los
pocos o muchos naturales de quien ha tenido necesariamente que valerse;
ha hecho una mejora, y hasta ha contribuido al aumento de la población
con su nueva familia. Convencidos de estas importantes verdades, todos
los gobiernos sabios y prudentes han llamado a sí a los extranjeros; a
su grande hospitalidad ha debido siempre Francia su alto grado de
resplandor; a los extranjeros de todo el mundo que ha llamado Rusia, ha
debido llegar a ser una de las primeras naciones en muchísimo menos
tiempo que el que han tardado otras en llegar a ser las últimas; a los
extranjeros han debido los Estados Unidos... pero veo por sus gestos de
usted--concluí interrumpiéndome oportunamente a mí mismo--que es muy
difícil convencer al que está persuadido de que no se debe convencer.
¡Por cierto si usted mandara, podríamos fundar en usted grandes
esperanzas!
Concluida esta filípica, fuíme en busca de mi Sans-délai.
--Me marcho, señor Fígaro--me dijo;--en este país no hay tiempo para
hacer nada; sólo me limitaré a ver lo que haya en la capital de más
notable.
--¡Ay! mi amigo--le dije,--idos en paz, y no queráis acabar con vuestra
poca paciencia: mirad que la mayor parte de nuestras cosas no se ven.
--¿Es posible?
--¿Nunca me habéis de creer? Acordaos de los quince días...
Un gesto de M. Sans-délai me indicó que no le había gustado el recuerdo.
--_Vuelva usted mañana_--nos decían en todas partes,--porque hoy no se
ve.
--Ponga usted un memorialito para que le den a usted un permiso
especial.
Era cosa de ver la cara de mi amigo al oír lo del memorialito:
representábasele en la imaginación el informe, y el empeño, y los seis
meses, y... contentose con decir: _soy extranjero_. ¡Buena recomendación
entre los amables compatriotas míos! Aturdíase mi amigo cada vez más, y
cada vez nos comprendía menos. Días y días tardamos en ver las pocas
rarezas que tenemos guardadas. Finalmente, después de medio año largo,
si es que puede haber un medio año más largo que otro, se restituyó mi
recomendado a su patria maldiciendo de esta tierra, y dándome la razón
que yo ya antes me tenía, y llevando al extranjero noticias excelentes
de nuestras costumbres, diciendo, sobre todo, que en seis meses no había
podido hacer otra cosa sino volver siempre mañana, y que a la vuelta de
tanto mañana, enteramente futuro, lo mejor, o más bien lo único que
había podido hacer bueno, había sido marcharse.
¿Tendrá razón, perezoso lector (si es que has llegado ya a esto que
estoy escribiendo), tendrá razón el buen M. Sans-délai en hablar mal de
nosotros y de nuestra pereza? ¿Será cosa de que vuelva el día de mañana
a visitar nuestros hogares? Dejemos esta cuestión para mañana, porque ya
estarás cansado de leer hoy: si mañana u otro día no tienes, como
sueles, pereza de volver a la librería, pereza de sacar tu bolsillo y
pereza de abrir los ojos para hojear las hojas que tengo que darte
todavía, te contaré cómo a mí mismo que todo esto veo, y conozco y
callo mucho más, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta
influencia, hija del clima y de otras causas, perder de pereza más de
una conquista amorosa, abandonar más de una pretensión empezada, las
esperanzas de más de un empleo, que me hubiera sido acaso, con más
actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de
hacer una visita justa o necesaria, a relaciones sociales que hubieran
podido valerme de mucho en el transcurso de mi vida; te confesaré que no
hay negocio que no pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré
que me levanto a las once y duermo siesta, que paso haciendo quinto pie
de la mesa de un café, hablando o roncando como buen español, las siete
y las ocho horas seguidas; te añadiré que cuando cierran el café me
arrastro lentamente a mi tertulia diaria (porque de pereza no tengo más
que una), y un cigarrito tras otro me alcanzan clavado en un sitial, y
bostezando sin cesar, las doce o la una de la madrugada; que muchas
noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en fin, lector de
mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve en esta vida
desesperado, ninguna me ahorqué, y siempre fue de pereza. Y concluyo por
hoy confesándote que ha más de tres meses que tengo, como la primera
entre mis apuntaciones, el título de este artículo, que llamé _Vuelva
usted mañana_; que todas las noches y muchas tardes he querido, durante
todo este tiempo, escribir algo en él, y todas las noches apagaba mi
luz, diciéndome a mí mismo con la más pueril credulidad en mis propias
resoluciones: _¡Eh! ¡mañana le escribiré!_ Da gracias a que llegó por
fin este mañana, que no es del todo malo; pero ¡ay de aquel mañana que
no ha de llegar jamás!
CUASI
PESADILLA POLÍTICA
Hay hombres que dan su nombre a su siglo, hombres privilegiados que,
calculada la fuerza de cuanto los rodea y la suya propia, saben hacer a
la primera tributaria de la segunda; que se constituyen manivelas de la
gran máquina en que los demás no saben ser más que ruedas. Dan el
impulso, y su siglo obedece. Hombres fascinadores, como la serpiente,
que hacen entrar cuanto miran en la periferia de su atmósfera; hombres
reverberos, cuya luz se proyecta toda al exterior sobre los demás
objetos y les da vida y color. Son los grandes mojones que el Criador
coloca a trechos en la creación para recordarle su origen: por ellos se
ha dicho sin duda que Dios ha hecho el hombre a su semejanza.
¡Sesostris, Alejandro, Augusto, Atila, Mahoma, Tamerlán, León X, Luis
XIV, Napoleón! ¡Dioses en la tierra! Sus épocas participaron de su
energía y de su grandeza: en derredor suyo y a su ejemplo se produjeron,
a modo de emanaciones de ellos, multitud de hombres notables, que
recorrieron como satélites su misma carrera. Después de ellos nada.
Después del coloso los enanos.
Actualmente empezamos a dejar atrás una época que tendrá nombre; el
último hombre reverbero ha desaparecido. Después del hombre grande, todo
hombre es chico. Uno solo falta, y se necesitan cien mil para llenar su
vacío. ¡Y aún! Expirado el reino del hombre, entran los hombres.
Agotados los hechos, nacen las palabras.
¡Si habrá épocas de palabras, como las hay de hombres y de hechos! ¡Si
estaremos en la época de las palabras!
Acababa de hacer estas reflexiones, cuando sentí sobre mí algo, más
fuerte que yo; oí sin ver, y mudé de sitio sin andar.
--Ven conmigo, dame la mano. ¿Ves esa mancha enorme que se extiende
sobre la tierra, y crece y se desparrama como la gota de aceite que ha
caído en el papel de estraza? Es la segunda Babel. Estás sobre París.
Mira los mortales de todos los países. Cada cual se apresura a traer
aquí una piedra para contribuir al loco edificio. ¿No oyes ya la
confusión de las lenguas? El inglés, el alemán, el español, el italiano,
el... ¡Babel la nueva! Empiezan a no entenderse. Ya en una ocasión se
han tirado unos a otros a la cabeza los materiales de la grande obra; el
suelo ha salido de madre como un río de su álveo; las casas se han
desmoronado... era el amago de la confusión, de la no inteligencia. ¡Una
cadena nos pesa!--dijeron:--y en vez de añadir: ¡Fuera
cadena!--clamaron: ¡Otra qué no pese! _Risum teneatis._ El lobo los
comía, y en lugar de comerse ellos al lobo, se comieron unos a otros.
Raro modo de entenderse. Corrió la sangre, y hoy están como estaban.
Sube a lo más alto, y oirás el ruido inmenso, el ruido del siglo y de
sus palabras, y oirás sobre todas ellas la gran palabra, la palabra del
siglo.
--Lo que veo es los hombres muy pequeños; pero la distancia sin duda...
--¡Bah! de aquí no se ve más que la verdad. ¿Los ves pequeños? Ahora es
únicamente cuando los ves como ellos son. De cerca la ilusión
óptica--esta es la verdadera física--te los hace parecer mayores. Pero
advierte que esas figuras que semejan hombres, y que ves bullir,
empujarse, oprimirse, retorcerse, cruzarse y sobreponerse, formando
grupos de vida como los gusanos producidos por un queso de Roquefort, no
son hombres tales, sino palabras. ¿No oyes el ruido que se exhala de
ellos?
--¡Ah!
--Palabras del derecho, palabras del revés, palabras simples, palabras
dobles, palabras contrahechas, palabras mudas, palabras elocuentes,
palabras monstruos. Es el mundo. Donde veas un hombre, acostúmbrate a no
ver más que una palabra. No hay otra cosa. No precisamente a palabra por
barba; tampoco. Despacio. A veces en uno verás muchas palabras, tantas,
que aquél sólo te parecerá cien hombres; en cambio otras veces, y será
lo más común, donde creas ver cien mil hombres, no habrá más que una
palabra.
Mira las palabras de dos caras, palabras-bifrontes, Janos: son las
palabras de honor, llamadas así por apodo; según te necesiten las verás
del bueno o del mal frente. A su lado las _palabras-promesas_,
_palabras-manifiestos_, regularmente coronadas, siempre escuchadas y
creídas, pero tan ambiláteras como las otras; _palabras-callos_,
endurecidas, incorregibles, que han de arrancarse de raíz si han de
dejar de doler.
¿Ves esa multitud de figurillas que se agitan, se muerden, se baten, se
matan?... Todo eso es la palabra _Honor_. ¿Ves ese sinnúmero,
muchedumbre armada, toda erizada y hostil? Lo llamáis ejército, y no es
más que _ambición_; _palabra-monstruo_, _palabra-puerco-espín_, llena de
púas: _palabra-percebe_, toda patas y manos. Mira qué de furiosos; teas
encendidas, sangre, saqueo, confusión: todo ese ruido son nueve letras:
_fanatismo palabra-loco-de-atar_; sin embargo, nadie la ata.
¡Ah! aquí viene la _palabra-arlequín_, la _palabra-camaleón_. ¡Qué de
faces, qué soltura! todos corren tras ella: inútilmente. Mira cómo la
quiere coger la _palabra-pueblo_, gran palabra. La primera tiene ocho
letras, _libertad_. Siempre que el _pueblo_ va a cogerla, se mete entre
las dos la _palabra-promesa_, _palabra-manifiesto_; pero la
_palabra-pueblo_ es de las que llamé palabras-contrahechas; ciega,
sordomuda, se deja guiar e interpretar, sin hacer más que dar de cuando
en cuando palo de ciego; como no ve, da ciento en la herradura, y
ninguna en el clavo: por lo regular se da a sí misma.
Pero todo ese vano ruido se apaga y se confunde. ¡Sitio, sitio! ¡Plaza,
plaza! La gran palabra, la nuestra, la de nuestra época, que lo coge y
lo atruena todo. En ella se cifra nuestro siglo de medias tintas, de
medianías, de cosas a medio hacer: de todas las palabras que reinan en
figuras de hombres y cosas por allá abajo, ésta es en el día la que
reina sobre todas, CUASI. Ese es todo el siglo XIX. Obsérvala: a cada
una de sus facciones le falta algo; no es más que un perfil: ni está de
pie, ni sentada. Vestida de blanco y negro, día y noche. Más breve:
_palabra-cuasi_, _cuasi-palabra_.
Empecemos por aquí. Mira al suelo perpendicularmente. A tus pies está la
Francia. Un pueblo _cuasi-libre_ la ocupa. En otro siglo hubiera hecho
una revolución entera: en éste, y en su año 30, no ha podido hacer más
que una _cuasi_ revolución; en el trono un _cuasi_ rey, que representa
una _cuasi_ legitimidad. Una cámara _cuasi_ nacional, que sufre en el
país de nuevo una _cuasi_ censura, _cuasi_ abolida, por la _cuasi_
revolución; un rey _cuasi_ asesinado; una gran nación _cuasi_
descontenta, y por otra conmoción política _cuasi_ próxima.
¿Qué ves en Bélgica? Un estado _cuasi_ naciente y _cuasi_ dependiente de
sus vecinos, mandado por otro _cuasi_ rey.
Mira la Italia. Tantos estados _cuasi_ como ciudades: _cuasi_ presa del
Austria. La antigua Venecia _cuasi_ olvidada. Un Supremo Pontífice, en
el día _cuasi_ pobre, y del cual _cuasi_ nadie hace caso.
Vuélvete al Norte. Pueblos _cuasi_ bárbaros, regidos por un Emperador
_cuasi_ déspota en un país _cuasi_ despoblado y desierto. En Alemania
los pueblos _cuasi_ más civilizados con un gobierno _cuasi_ absoluto,
_cuasi_ temperado por sus dietas, instituciones _cuasi_ representativas.
En Holanda, nación _cuasi_ toda mercantil y navegante, un rey _cuasi_
rabioso, y cuyo poder _cuasi_ se desmorona.
En Constantinopla mismo, un Imperio _cuasi_ agonizante, una civilización
_cuasi_ naciente, y un sultán _cuasi_ ilustrado con costumbres _cuasi_
europeas.
En Inglaterra, una industria y un comercio, monopolio _cuasi_ del mundo;
un orgullo nacional _cuasi_ insufrible; y otro _cuasi_ rey que no decide
_cuasi_ nada; una mayoría _cuasi_ whig. Un gobierno _cuasi_ oligárquico,
que tiene la audacia de llamarse liberal.
En Portugal una _cuasi_ nación, con una lengua _cuasi_ castellana, y
recuerdos de una grandeza _cuasi_ borrada. Un _cuasi_ ejército, y una
_cuasi_ protección a España, de _cuasi_ seis mil hombres, _cuasi_ todos
portugueses.
En España, primera de las dos naciones de la Península (es decir, de la
_cuasi-ínsula_), unas _cuasi_ instituciones reconocidas por _cuasi_ toda
la nación: una _cuasi-Vendée_ en las provincias con un jefe _cuasi_
imbécil: conmociones aquí y allí _cuasi_ parciales: un odio _cuasi_
general a unos _cuasi_ hombres, que _cuasi_ sólo existen ya en España.
_Cuasi_ siempre regida por un gobierno de _cuasi_ medidas. Una esperanza
_cuasi_ segura de ser _cuasi_ libres algún día. Por desgracia muchos
hombres _cuasi_ ineptos. Una _cuasi_ ilustración repartida por todas
partes. Una _cuasi_ intervención, resultado de un _cuasi_ tratado,
_cuasi_ olvidado, con naciones _cuasi_ aliadas. El _cuasi_ en fin en las
cosas más pequeñas. Canales no acabados: teatro empezado: palacio sin
concluir: museo incompleto: hospital fragmento; todo a medio hacer...
hasta en los edificios el _cuasi_.
Por último, tiende la vista por doquiera: una lucha _cuasi_ eterna en
Europa de dos principios: reyes y pueblos, y el _cuasi_ triunfante de
ella y resolviéndola con su justo medio de tener _cuasi_ reyes y _cuasi_
pueblos. Epoca de transición, y gobiernos de transición y de
transacción: representaciones _cuasi_ nacionales, déspotas _cuasi_
populares: por todas partes un justo medio, que no es otra cosa que un
gran _cuasi_ mal disfrazado.
--¡Oh! dejadme respirar, por Dios; estoy _cuasi_ mareado.
Plutarco ha dicho que los pueblos serían felices _cum reges
philosopharentur_, _aut cum philosophi regnarent_. Respetando la opinión
de Plutarco, yo me atrevería a decir que los pueblos no serán nunca
felices, ni más ni menos que los individuos que los componen. Pero
pudieran al menos ser hombres y ser pueblos si no fueran en el día
_cuasi-nada_. Luchando entre principios contrarios, sufren el tormento
del que descuartizan cuatro caballos que corren en direcciones opuestas.
Concluido este _cuasi_ sermón, cesé de oír: y a poco cesé de ver: dejado
de la mano del ser fantástico que me sostenía sobre Babel la nueva,
volví a caer en París, donde me encontré rodeado entre la confusión de
palabras vestidas de frac y de sombrero, que a pie y en coche corren
las calles de la gran capital. Volví a ver los hombres de nuevo, grandes
como no son; y abrí los ojos buscando mi cicerone.
No vi nada, sino el gran _cuasi_ por todas partes.
LA SOCIEDAD