He aquí el periódico de _Fígaro_. Ya está concebida la idea. Sin

embargo, no es eso todo. Es preciso pedir licencia; pero para pedir

licencia es preciso poder presentar fianzas. Si las tuviera no sería yo

el que me pusiera a escribir tonterías para divertir a otros, _o tener

empleo con sueldo_... Pero si tuviera empleo, y jefe, y a hora fijas, y

onces, y expedientes, y la cesantía al ojo, no tendría yo humor de

escribir periódicos... _o ser catedrático_... pero si fuera catedrático,

sabría algo, y entonces no servía para periodista...

Está decidido que no sirvo para pedir licencia. Otro al canto; un

testaférreo; un sueldo al testaférreo; seguridades contra seguridades,

fianza, depósito, licencia, en fin. He aquí ya a _Fígaro_ con licencia:

no esa licencia tan temida, esa licencia-fantasma, esa licencia que nos

ha de volver al despotismo, esa licencia que está detrás de todo,

acechando siempre el instante, y el ministro, y el... No, sino licencia

de imprimirse a sí mismo.

Ya no falta más que imprenta. Corro a una...

--Aquí es imposible: no hay letra.

Corro a otra.

--Aquí, le diré a usted francamente, no hay prensa.

A otra.

--Aquí no queremos periódico, hay que trabajar de noche. Dios ha hecho

la noche para dormir.

--Sí, pero no el impresor--contesto furioso.

--¿Qué quiere usted? Luego, es trabajo en que no se gana: como no hay

cajistas en España, piden un sentido, se hacen valer; el público no

quiere pagar caro, el oficial no quiere trabajar barato.

--¿Conque es imposible imprimir un periódico?

--Poco menos, señor; y si acaso se lo imprimen a usted, será caro y mal.

Pondrán unas letras por otras.

--Eso ¡pardiez! no será imprimir mi periódico, sino otro del cajista.

--Pues eso, señor, sucederá; en habiendo un día de formación no tendrá

usted cajistas; y si usted se enfada algún día por una errata, lo

dejarán plantado, y si no se enfada también.

¿Es posible? ¿Conque no hay _Fígaro_? ¡Oh! ¡Habrá _Fígaro_, habrá

_Fígaro_! Venceremos las dificultades... ¡Ah! se me olvidaba: ¡Papel! A

una fábrica, a otra, a otra... Este es chico, este caro, este grande,

este moreno, este con demasiada cola...

--Mire usted, como usted lo quiere no lo hay--me dicen por fin--. Es

preciso mandarlo hacer.

--Pues lo mando hacer: para dentro de ocho días.

--Señor, la fábrica está a sesenta leguas; hay que hacer los moldes, y

luego el papel, y luego secarlo, y si llueve... y luego, traerlo... y el

ordinario echa quince días o veinte... y...

--¿No hay quien le eche a usted a los infiernos?--grito

desesperado.--¡País de obstáculos!

Es preciso resignarse, esperar... Al fin lo habrá todo... demasiado va a

haber luego... esta es la idea que me detiene, por fin, que cuando haya

editor, redactores, impresor, cajistas, papel... entonces también habrá

censor... Eso sí, eso siempre lo hay... ni hay que mandarlo hacer, ni

hay que esperar...

Aquí acabo de perder la cabeza, enciérrome en mi casa, ¡voto va! Pues ha

de haber _Fígaro_, sí, señor, por lo mismo ha de haber _Fígaro_, y ha de

hablar de todo, absolutamente de todo.

Diciendo esto llego a mi casa, me siento a mi bufete para tomar

disposiciones.

--¿Qué hace usted?--le digo a mi escribiente, de mal humor.

--Señor--me responde,--estoy traduciendo, como me ha mandado usted, este

monólogo de su tocayo de usted, en el _Mariage de Figaro_ de

Beaumarchais, para que sirva de epígrafe a la colección de sus artículos

que va usted a publicar.

--¿A ver cómo dice?

--«Se ha establecido en Madrid un sistema de libertad que se extiende

hasta a la imprenta; y con tal que no hable en mis escritos, ni de la

autoridad, ni del culto, ni de la política, ni de la moral, ni de los

empleados, ni de las corporaciones, ni de los cómicos, ni de nadie que

pertenezca a algo, puedo imprimirlo todo libremente, previa la

inspección y revisión de dos o tres censores. Para aprovecharme de esta

hermosa libertad anuncio un periódico»...

--Basta--exclamo al llegar aquí mi escribiente,--basta; eso se ha

escrito para mí; cópielo usted aquí al pie de este artículo: ponga usted

la fecha en que eso se escribió...--1784.--Bien. Ahora la fecha de

hoy.--22 de enero de 1835.--Y debajo:--_Fígaro_.

EL HOMBRE-GLOBO

La física ha clasificado los cuerpos, según el estado en que los pone el

mayor o menor grado de calórico que contienen, en sólidos, líquidos y

gaseosos. Así, el agua es sólido en el estado de hielo, líquido en el de

fluidez, y gas en el de la evaporación. Es ley general de los cuerpos la

gravedad, o la atracción que ejerce sobre ellos el centro común; es

natural que esta atracción se ejerza más fuertemente en los que reúnen

en menor espacio mayor cantidad de las moléculas que los componen: que

éstos por consiguiente tengan más gravedad específica, y ocupen el

puesto más inmediato al centro. Así es que en la escala de las

posiciones de los cuerpos, los sólidos ocupan el puesto inferior, los

líquidos el intermedio, y los gaseosos el superior. Una piedra busca el

fondo de un río; un gas busca la parte superior de la atmósfera. Cada

cuerpo está en continuo movimiento para obedecer a la ley que le obliga

a buscar el puesto variable, que corresponde al grado de intensidad que

adquiere o que pierde. La nube, conforme se condensa, baja, y cuando se

liquida, cae; este mismo cuerpo, puesto al fuego, se dilata, y cuando se

evapora y se gasifica, sube.

No trato de instalar un curso de física, lo uno porque dudo si tengo la

bastante para mí, y lo otro porque estoy persuadido de que mis lectores

saben de ella más que yo; no hago más que sentar una base de donde

partir.

Igual clasificación a esta que ha hecho la ciencia de los fenómenos en

los cuerpos en general, se puede hacer en los hombres en particular.

Probemos.

Hay hombres sólidos, líquidos y gaseosos. El hombre sólido es ese hombre

compacto recogido, obtuso, que se mantiene en la capa inferior de la

atmósfera humana, de la cual no puede desprenderse jamás. Sólo el

contacto de la tierra puede sostener su vida; es el Anteo moderno, y

usando de un nombre atrevido, el _hombre-raíz_, el _hombre-patata_:

arrancado el terrón que le cubre, deja de ser lo que es. Es el sólido de

los sólidos. Toda la ausencia posible de calórico le mantiene en un

estado tal de condensación, que ocupa en el espacio el menor sitio

posible; gravita extraordinariamente; empuja casi hacia abajo el suelo

que le sostiene; está con él en continua lucha, y le vence y le hunde.

Le conocerán ustedes a legua: su frente achatada se inclina al suelo,

su cuerpo está encorvado, su propio pelo le abruma, sus ojos no tienen

objeto fijo, ven sin mirar, y en consecuencia no ven nada claro. Cuando

una causa, ajena de él, le conmueve, produce un son confuso, bárbaro y

profundo, como el de las masas enormes que se desprenden en el momento

del deshielo en las regiones polares. Y como en la naturaleza no falta

nunca, ni en el hielo, cierto grado calórico, él también tiene su alma

particular; es su grado de calórico; pero tan poca cosa, que no

desprende luz; es un fuego fatuo entre otros fuegos fatuos; sirve para

confundirle y extraviarle más; el _hombre-sólido_, por lo tanto en

religión, en política, en todo, no ve más que un laberinto, cuyo hilo

jamás encontrará; un caos de fanatismo, de credulidad de errores. No es

siquiera la linterna apagada; es la linterna que nunca se ha encendido,

que jamás se encenderá: falta dentro el combustible. El _hombre-sólido_

cubre la faz de la tierra; es la costra del mundo. Es la base de la

humanidad, del edificio social. Como la tierra sostiene todos los demás

cuerpos, a los cuales impide que se precipiten al centro, así el

_hombre-sólido_ sostiene a los demás que se mantienen sobre él. De esta

especie sale el esclavo, el criado, el ser abyecto; en una palabra, el

que nunca ha de leer y saber esto mismo que se dice de él. No raciocina,

no obra, sino sirve. Sin _hombres-sólidos_ no habría tiranos; y como

aquellos son eternos, éstos no tendrán fin. Es la muchedumbre inmensa

que llaman pueblo, a quien se fascina, sobre el cual se pisa, se anda,

se sube: cava, suda, sufre. Alguna vez se levanta, y es terrible, como

se levanta la tierra en un terremoto. Entonces dicen que abre los ojos.

Es un error. Tanto valdría llamar ojos de la tierra a las grietas que

produce un volcán. Ni más ni menos que una piedra, no se mueve de su

sitio si no le dan un empellón; de la aldea donde nació (si es que el

_hombre-sólido_ nace; yo creo que al nacer no hace más que variar de

forma); del café donde le pusieron a servir sorbetes; del callejón donde

limpia botas; del buque donde carga las velas o les toma rizos; del

regimiento donde dispara tiros; de la cocina donde adereza manjares; de

la esquina donde carga baúles; de la calle donde barre escorias; de la

máquina donde teje medias; del molino donde hace harina, de la reja con

que separa terrones. Es el primer instrumento adherido siempre a los

demás instrumentos.

El _hombre-líquido_ fluye, corre, varía de posición; vuela a ocupar el

vacío, tiene ya mayor grado de calórico; serpentea de continuo encima

del _hombre-sólido_, y le moja, le gasta, le corroe, le arrastra, le

vuelca, le ahoga. En momentos de revolución él es el empujado; pero se

amontona, sale de su cauce, y como el torrente que arrastra árboles y

piedras, lo trastorna todo aumentando su propia fuerza con las masas de

_hombres-sólidos_ que lleva consigo. Pero, así como el torrente no sabe

la fuerza que le impele, ni se hace al correr daño o provecho, así el

_hombre-líquido_, al moverse, no es más que un instrumento menos

imperfecto, que subleva instrumentos más ignorantes; pero lleno ya de

pretensiones, mete ruido, desafía al cielo, enuncia una voz, produce

eco. Esta es una diferencia esencial del sólido al líquido para nuestro

asunto; la piedra no suena sino cuando la impelen a rodar; el agua

murmura sólo corriendo y existiendo. La clase media de la humanidad, así

también, va siempre murmurando. Un golpe dado en un cuerpo sólido le

arranca un pedazo; el golpe dado ya en el líquido encuentra resistencia,

produce ondas, imprime movimiento. He aquí otra observación. El golpe

dado al pueblo simplemente es sólo perjudicial para él: el que se da en

la clase media suele salpicar al que le da.

El _hombre-líquido_ tiene un alma menos compacta, y en ella más grados

de calórico, pero alma de imitación; como todo líquido, remeda al

momento la forma del vaso donde está; en pequeña cantidad se le da la

figura que se quiere, en gran porción toma la que puede. El

_hombre-líquido_ es la clase media, le conocerán ustedes también al

momento; su movimiento continuo le delata; pasa de un empleo a otro, va

a ocupar los vacíos de las vacantes: hoy en una provincia, mañana en

otra, pasado en la corte; pero por fin, como todo líquido, encuentra el

mar, donde se para y se encarcela; no le es dado correr más. Hoy es

arroyo, mañana río caudaloso. Igual. Hoy es meritorio, mañana

escribiente, pasado oficial; su instinto es crecer, rara vez separarse

del suelo; si se alza momentáneamente, vuelve a caer.

Dada una idea rápida y general del _hombre-sólido_ y del

_hombre-líquido_, pasemos al objeto de nuestro artículo, al

_hombre-gas_. De las dos especies referidas está lleno el mundo; no se

ve otra cosa. Pero como para la formación de la tercera se necesita un

grado altísimo de calórico, hay regiones enteras que carecen del

suficiente para formarla.

He aquí nuestra desgracia; siguiendo el camino que nos señala nuestra

nueva metafísica, estamos, por ahora, en las regiones árticas del

pensamiento. Lo probaré.

El _hombre-gas_, llegado a adquirir la competente dilatación, se alza

por sí solo donde quiera que está, y se sobrepone a ocupar el puesto que

le corresponde en la escala de los cuerpos, llega hasta la altura que su

densidad le permite, y se detiene en ella; no hay obstáculos para él,

porque si pudiera haberlos, rompería, como el vapor, la caldera, y

escaparía. Ponedle en una aldea, él vencerá la distancia y llegará a la

capital; tirará el arado; pondrá un pie en el _hombre-sólido_, otro en

el _líquido_, y una vez arriba: «Yo mando--exclamará,--no obedezco».

Tales son las leyes de la naturaleza. Una vez comprendido este principio

general de física, mis lectores conocerán al _hombre-gas_ a primera

vista. Su frente es altiva, sus ojos de águila, su fuerza irresistible,

su movimiento el del tapón de una botella de champaña. Pero para dar al

gas una forma, no hay más medio que el de encerrarle en un continente

que la tenga. Nada, pues, más natural que el que demos a esta especie el

nombre de _hombre-globo_: sólo así podemos hacerle perceptible a

nuestros sentidos.

De todos nuestros lectores es conocida la historia de los globos desde

las primeras mongolfieras hasta el último experimento de la dirección

emprendido y malogrado últimamente en París: todos saben que hay gases

de gases, y que los hay específicamente mas ligeros que otros; pero no

todos se habrán parado a considerar detenidamente hasta qué punto

podemos vanagloriarnos en nuestro país de la perfección de los gases que

artificialmente necesitamos producir para nuestras ascensiones. Yo creo

que nuestra vanidad no debe hacernos perder la cabeza, si queremos

reparar en su equívoca calidad.

Es claro que en tiempos pasados la atmósfera en que podía elevarse el

_hombre-globo_ entre nosotros, era sumamente limitada: los que más se

habían podido separar del suelo habían hecho consistir todo su esfuerzo

en llegar a los escalones del trono, y si un _hombre-globo_ llegaba a

ser entonces Ministro, había hecho toda la ascensión que se podía de él

esperar: uno solo conocieron nuestros físicos más experimentados que

consiguió remontarse en aquella época hasta las más altas cornisas del

coronamiento del real palacio; pero sea por falta de dirección una vez

en el aire, sea por haber calculado mal la intensidad de su gas, una

ráfaga violenta bastó para romper el globo, y el aire se lo llevó hasta

caer todo agujereado a orillas del Tíber, donde yace todavía malparado:

culpa acaso también de no haber hecho uso de su paracaídas, aunque, como

dice muy bien don Simplicio de Bodilla, para caídas no hay como un globo

roto.

Pero cuando posteriormente se han visto en todos los países elevarse

muchos a alturas desmesuradas y mantenerse mas o menos tiempo en ellas,

no se concibe nuestra casi total ausencia de _hombres-globos_ que se

elevan verdaderamente, sino atribuyéndolo a desgracia del país mismo.

Los Estados Unidos tuvieron un _hombre-globo_ que subió cuanto pudo, y

manejando diestramente su válvula, descendió como y cuando le plugo; de

Francia hicieron mil su ascensión, que están todavía en altura, haciendo

la admiración de los espectadores; la Suecia mira uno en su pináculo

todavía; y si el mayor de todos fue a parar hasta Santa Elena, es

preciso confesar que hay descensos gloriosos, como retiradas honrosas.

Ahora bien, observamos al _hombre-globo_ en nuestro país. El año 8

empezaron a quererse henchir multitud de mongolfieras: pero estábamos

indudablemente al principio de la invención, y no debieron de tener gas

mejor que el humo de paja, porque los unos dieron al traste con su globo

en el Estrecho, los otros quisieron sostenerse en tierra firme; pero han

ido poco a poco deshinchándose, y una ráfaga ha acabado con unos, otra

con otros.

El año 20 quisieron repetir el experimento: pero por lo visto no habían

aprendido nada nuevo: no contaron nuestros _hombres-globos_ con el aire

del Norte, que los envolvió, pegó fuego a unos que cayeron

miserablemente donde pudieron, y arrebató a otros a caer de golpe y

porrazo en países remotos y extranjeros. Raro fue el que cayó

suavemente. Pero adelanto positivo para la ciencia no hubo ninguno.

He aquí sin embargo a nuestros _hombres-globos_ probando de nuevo otra

ascensión; pero escarmentados ya nuestros antiguos y derretidos Ícaros,

tienen miedo hasta al gas que los ha de levantar: y en una palabra,

nosotros no vemos que suban más alto que subió Rozzo. Para nosotros

todos son Rozzos.

Vean ustedes sin embargo al _hombre-globo_ con todos sus caracteres.

¡Qué ruido antes!

¡La ascensión! Va a subir. ¡Ahora, ahora sí va a subir!

Gran fama, gran prestigio. Se les arma el globo; se les confía: ved cómo

se hinchan. ¿Quién dudará de su suficiencia? Pero como casi todos

nuestros globos, mientras están abajo entre nosotros, asombra su

grandeza, y su aparato y su fama. Pero conforme se van elevando, se les

va viendo más pequeños; a la altura apenas de palacio, que no es grande

altura, ya se les ve tamaños como avellanas, ya el _hombre-globo_ no es

nada: un poco de humo, una gran tela, pero vacía, y por supuesto, en

llegando arriba, no hay dirección. ¡Es posible que nadie descubra el

modo de dar dirección a este globo!

Entretanto el _hombre-globo_ hace unos cuantos esfuerzos en el aire, un

viento le lleva aquí, otro allá, descarga lastre... ¡inútiles afanes! al

fin viene al suelo: sólo observo que están ya más duchos en el uso del

paracaídas: todos caen blandamente, y no lejos: los que más se apartan

van a caer al Buen Retiro.

Pero, señor--me dirán,--¿y ha de ser siempre esto así? ¿No les basta a

esos hombres de experiencias? ¿Serán ellos los últimos que se desengañen

de sí mismos?

He ahí una respuesta que yo no sabré dar. Yo no veo la ciencia

desesperada, creo que acaso habrá por ahí escondidos otros

_hombres-globos_; pero si los hay, ¿por qué no obedecen a las leyes de

la naturaleza? Si su gas tiene más intensidad, ¿cómo no se elevan por sí

solos, cómo no se sobreponen a los otros?

Esta investigación me conduciría muy lejos. Mi objeto no ha sido más que

pintar el _hombre-globo_ de nuestro país: un artículo de física no puede

ser largo: si fuera de política sería otra cosa. Haré mi última

deducción y concluiré: los Rozzos, que hasta ahora han hecho pinitos a

nuestra vista, parece que ya se han elevado cuanto elevarse pueden.

¡Otros al puesto, experimentos nuevos! Si por el camino trillado nada se

ha hecho, camino nuevo.

Esto la razón sola lo indica. Si hay un _hombre-globo_, que salga, y le

daremos las gracias; mas cuenta con engañarse en sus fuerzas: recuerde

que primero hay que subir, y luego hay que dar dirección; y como dice

Quevedo, «ascender a rodar es desatino; y el que desciende de la cumbre,

ataja», observe que puede sucederle lo que a los demás, que conforme se

vaya elevando se vaya viendo más pequeño. Si no le hay, lastimoso es

decirlo, pero aparejemos el paracaídas.

VUELVA USTED MAÑANA

Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la

pereza; nosotros, que ya en uno de nuestros artículos anteriores

estuvimos más serios de lo que nunca nos habíamos propuesto, no

entraremos ahora en largas y profundas investigaciones acerca de la

historia de este pecado, por más que conozcamos que hay pecados que

pican en historia, y que la historia de los pecados sería un tanto

cuanto divertida. Convengamos solamente en que esta institución ha

cerrado y cerrará las puertas del cielo a más de un cristiano.

Estas reflexiones hacía yo casualmente no hace muchos días, cuando se

presentó en mi casa un extranjero de estos que en buena o en mala parte

han de tener siempre de nuestro país una idea exagerada e hiperbólica,

de estos que, o creen que los hombres aquí son todavía los espléndidos,

francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos, o que son

aún las tribus nómadas del otro lado del Atlante: en el primer caso

vienen imaginando que nuestro carácter se conserva tan intacto como

nuestra ruina; en el segundo vienen temblando por esos caminos, y

preguntan si son ladrones que los han de despojar los individuos de

algún cuerpo de guardia establecido precisamente para defenderlos de los

azares de un camino, comunes a todos los países.

Verdad es, que nuestro país no es de aquellos que se conocen a la

primera ni segunda vista, y si no temiéramos que nos llamasen

atrevidos, lo compararíamos de buena gana a esos juegos de manos

sorprendentes e inescrutables para el que ignora su artificio, que

estribando en una grandísima bagatela, suelen después de sabidos dejar

asombrado de su poca perspicacia al mismo que se devanó los sesos por

buscarles causas extrañas. Muchas veces la falta de una causa

determinante en las cosas nos hace creer que debe de haberlas profundas

para mantenerlas al abrigo de nuestra penetración. Tal es el orgullo del

hombre, que más quiere declarar en alta voz que las cosas son

incomprensibles cuando no las comprende él, que confesar que el

ignorarlas puede depender de su torpeza.

Esto, no obstante, como quiera que entre nosotros mismos se hallen

muchos en esta ignorancia de los verdaderos resortes que nos mueven, no

tendremos derecho para extrañar que los extranjeros no los puedan tan

fácilmente penetrar.

Un extranjero de éstos fue el que se presentó en mi casa, provisto de

competentes cartas de recomendación para mi persona. Asuntos intrincados

de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos concebidos en

París, de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal o cual

especulación industrial o mercantil, eran los motivos que a nuestra

patria le conducían.

Acostumbrado a la actividad en que viven nuestros vecinos, me aseguró

formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo, sobre todo, si

no encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital. Pareciome

el extranjero digno de alguna consideración, trabé presto amistad con él

y lleno de lástima, traté de persuadirle a que se volviese a su casa

cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el

de pasearse. Admirole la proposición, y fue preciso explicarme más

claro.

--Mirad--le dije,--monsieur Sans-délai--que así se llamaba;--vos venís

decidido a pasar quince días, y a solventar en ellos vuestros asuntos.

--Ciertamente--me contestó.--Quince días, y es mucho. Mañana por la

mañana buscamos un genealogista para mis asuntos de familia; por la

tarde revuelve sus libros, busca mis ascendientes, y por la noche ya sé

quién soy. En cuanto a mis reclamaciones, pasado mañana las presento

fundadas en los datos que aquel me dé, legalizadas en debida forma; y

como será una cosa clara y de justicia innegable--pues sólo en este caso

haré valer mis derechos,--al tercer día se juzga el caso y soy dueño de

lo mío. En cuanto a mis especulaciones, en que pienso invertir mis

caudales, el cuarto día ya habré presentado mis proposiciones. Serán

buenas o malas, y admitidas o desechadas en el acto; y son cinco días;

en el sexto, séptimo y octavo, veo lo que hay que ver en Madrid;

descanso el noveno; el décimo, tomo mi asiento en la diligencia, si no

me conviene estar más tiempo aquí y me vuelvo a mi casa; aún me sobran

de los quince, cinco días.

Al llegar aquí monsieur Sans-délai, traté de reprimir una carcajada que

me andaba retozando ya hacía rato en el cuerpo, y si mi educación logró

sofocar mi inoportuna jovialidad, no fue bastante a impedir que se

asomase a mis labios una suave sonrisa de asombro y de lástima que sus

planes ejecutivos me sacaban al rostro mal de mi grado.

--Permitidme Mr. Sans-délai--le dije entre socarrón y

formal,--permitidme que os convide a comer para el día en que llevéis

quince meses de estancia en Madrid.

--¿Cómo?

--Dentro de quince meses estáis aquí todavía.

--¿Os burláis?

--No por cierto.

--¿No me podré marchar cuando quiera? ¡Cierto que la idea es graciosa!

--Sabed que no estáis en vuestro país activo y trabajador.

--¡Oh! los españoles que han viajado por el extranjero han adquirido la

costumbre de hablar mal de su país por hacerse superiores a sus

compatriotas.

--Os aseguro que en los quince días con que contáis no habréis podido

hablar siquiera a una sola de las personas cuya cooperación necesitáis.

--¡Hipérboles! Yo les comunicaré a todos mi actividad.

--Todos os comunicarán su inercia.

Conocí que no estaba el señor de Sans-délai muy dispuesto a dejarse

convencer sino por la experiencia, y callé por entonces, bien seguro de

que no tardarían mucho los hechos en hablar por mí.

Amaneció el día siguiente, salimos, entrambos a buscar un genealogista,

lo cual sólo se pudo hacer preguntando de amigo en amigo y de conocido

en conocido: encontrámosle por fin y el buen señor, aturdido de ver

nuestra precipitación, declaró francamente que necesitaba tomarse algún

tiempo, instósele, y por mucho favor nos dijo definitivamente que nos

diéramos una vuelta por allí dentro de unos días. Sonreíme y

marchámonos. Pasaron tres días; fuimos.

--Vuelva usted mañana--nos respondió la criada,--porque el señor no se

ha levantado todavía.

--Vuelva usted mañana--nos dijo al siguiente día,--porque el amo acaba

de salir.

Fígaro (Artículos selectos) · 第 15 / 21 段