querrá abarcar honra y provecho: esas estupendas rarezas que por acá nos
vienen contando los viajeros de los Walter Scott, los Casimir Delavigne,
los Lamartine, los Scribe y los Víctor Hugo, de los cuales el que menos
tiene, amén de su correspondiente gloria, su palacio donde se da la vida
de un príncipe, son cosas de por allá y extravagancias que sólo suceden
en Francia y en Inglaterra; verdad es que no tenemos tampoco hombres de
aquel temple, pero si los hubiere sucedería probablemente lo mismo. No
habiendo usted de reunir, pues, honra y provecho, querrá uno u otro. Si
quiere honra, paréceme que está en camino de lograrla: en primer lugar
usted no tiene sino catorce años; esa es la edad en el día, o poco más:
_la valeur n'attend pas le nombre des années_. En cuanto a saber, usted
no sabe sino francés, y como dice muy bien el señor don Cándido, tiene
usted sólo con eso andado ya la mitad del camino. Haga usted unas
cuantas poesías fugitivas, tal cual soneto, muy sonoro y lleno de
pámpanos poéticos, y no se apure usted si no dice nada en él: corra
entre los amigos, saque usted mismo copias furtivas, y repártalas como
pan bendito: sean destinadas sobre todo sus poesías a las mujeres, que
son las que dan fama: haga usted correr la voz de que está haciendo una
obra grande cuyo título se sabrá con el tiempo: procure usted fuerzas de
trasposiciones y de palabras desenterradas del diccionario, no sabidas
de nadie, que digan de él: ¡Cómo maneja la lengua! ¡es hombre que sabe
el castellano! Porque, aunque lo menos que puede saber un literato es su
lengua, éste es, sin embargo, el ápice de la ciencia en el país; y en
cuanto usted vea que pasa por muchacho de esperanzas, vaya usted a
viajar: esté usted fuera diez o doce años, en los cuales puede vivir
seguro de que se hablará de usted más de lo que sea menester. Vuelva
usted entonces: reúna usted en un tomo alguna comedia, media docena de
odas y un romancito: diga usted en el prólogo que las hizo en los ratos
perdidos que sus desgracias le dejaron libres; que las publica por haber
sabido que algunas composiciones de ellas se han impreso en Amberes o en
América, sin licencia y con faltas, hijas de la incuria de los
copiantes, y que dedica usted a su cara patria aquel corto obsequio, y
déjelas usted correr. No vuelva usted a escribir nada: silencio y
aristocracia literaria, y yo le respondo a usted de que llegará a una
edad provecta oyendo repetir a los pájaros: don Tomás, don Tomás, don
Tomás es un sabio; y entonces ya puede usted con seguridad darle al
público comedias, folletos, comentarios: todo será bueno ¡que es de don
Tomás!... Si usted no quiere honra, y sí sólo el corto provecho que de
aquí puede sacarse, es preciso tomar otro camino: póngase usted bien con
los cómicos; mantenga usted un corresponsal en París, y cada correo
traduzca una comedia de Scribe, que aquí las reciben con los brazos
abiertos: busque usted medios de ingerirse en las columnas de un
periódico, y diga usted que todo va bien, y que todos somos unos santos;
ajústese usted con un par de libreros, los cuales le darán a usted
cuatro o cinco duros por cada tomo de las novelas de Walter Scott, que
usted en horas les traduzca; y aunque vayan mal traducidas, usted no se
apure, que ni el librero lo entiende, ni ningún cristiano tampoco. _Sic
itur ad astra_, señor don Tomás.
Aquí se arrojó don Cándido en mis brazos; y tomando la mano a Tomasito:
--Ya se ve que dice bien el señor; ¡llega, hijo mío--le decía,--y da las
gracias a tu protector; ya lo ves, nada necesitas saber más de lo que
sabes ya! ¡qué fortuna, señor Fígaro! ¡ya tiene hecha mi hijo su
carrera! Folletos, comedias, novelas, traducciones... ¡y todo con sólo
saber francés! ¡Oh francés, francés! ¡Ah! ¿Y periódicos? ¿No es verdad,
señor Fígaro, que también ha dicho usted periódicos?
--Sí, amigo mío, lo he dicho--concluí conduciéndolo hasta la puerta y
despidiéndolos;--pero le aconsejaría de buena gana que en eso de los
periódicos no se fijase mucho, porque ya sabe usted que aquí no los hay
siempre...
--Sí, es verdad, es una casualidad el haberlos.
--Así, lo mejor será que se atenga a mis demás consejos. Este es el
camino.
EL HOMBRE PONE Y DIOS DISPONE
o
LO QUE HA DE SER EL PERIODISTA
Gran cosa dijo el primero que anunció este proverbio, hoy tan trillado.
Si hay proverbios que envejecen y caducan, éste toma por el contrario
más fuerza cada día. Yo, por mi parte, confieso que, a haber tenido la
desgracia de nacer pagano, sería ese proverbio una de las cosas que más
me retraerían de adoptar la existencia de muchos dioses; porque soy de
mío tan indómito e independiente, que me asustaría la idea de proponer
yo, y de que dispusiesen de mis propósitos millares de dioses, ya que
desdichadamente ha de ser hombre un periodista, y lo que es peor, hombre
débil y quebradizo. Ello no se puede negar que un periodista es un ser
bien criado, si se atiende a que no tiene voluntad propia; pues sobre
ser bien criado, debe participar también de calidades de los más de los
seres existentes: ha menester, si se ha de ser bueno y de dura, la pasta
del asno y su seguridad en el pisar, para caminar sin caer en un sendero
estrecho, y como de esas veces fofo y mal seguro, y agachar como él las
orejas cuando zumba en derredor de ellas el garrote. Necesita saberse
pasar sin alimento semanas enteras como el camello, y caminar la frente
erguida por medio del desierto. Ha de tener la velocidad del gamo en el
huir para un apuro, para un día en que Dios disponga lo que él no haya
puesto. Ha de tener del perro el olfato, para oler con tiempo dónde está
la fiera, y el ladrar a los pobres; y ha de saber dónde hace presa, y
dónde quiere Dios que hinque el diente. Le es indispensable la vista
perspicaz del lince, para conocer en la cara del que ha de disponer, lo
que él debe poner; el oído del jabalí para barruntar el runrún de la
asonada; se ha de hacer, como el topo, el mortecino, mientras pasa la
tormenta; ha de saber andar cuando va delante con el paso de la tortuga,
tan menudo y lento que nadie se lo note, que no hay cosa que más espante
que el ver andar al periodista; ha de saber, como el cangrejo, desandar
lo andado, cuando lo ha andado demás, y como esas veces ha de irse
sesgando por entre las matas a guisa de serpiente; ha de mudar de camisa
en tiempo y lugar como la culebra; ha de tener cabeza fuerte como el
buey, y cierta amable inconsecuencia con la mujer; ha de estar en
contínua atalaya como el ciervo, y dispuesto como la sanguijuela a
recibir el tijeretazo del mismo a quien salva la vida; ha de ser, como
el músico, inteligente en las fugas, y no ha de cantar de contralto más
que escriba con trabajo; y a todo, en fin, ha de poner cara de risa como
la mona. Esto, con respecto al reino animal.
Can respecto al vegetal, parécese el periodista a las plantas en acabar
con ellas un huracán sin servirles de mérito el fruto que hayan dado
anteriormente: como la caña ha de doblar la cerviz al viento, pero sin
murmurar como ella; ha de medrar como el junco y la espadaña en el
pantano; ha de dejarse podar como y cuando Dios disponga, y tomar la
dirección que le dé el jardinero; ha de pinchar como el espino y la
zarza los pies de los caminantes desvalidos, dejándose hollar de la
rueda del poderoso; en días obscuros ha de cerrar el cáliz y no dejar
coger sus pistilos como la flor del azafrán; ha de tomar color según le
den los rayos del sol; ha de hacer sombra, en ocasiones dañina, como el
nogal; ha de volver la cara al astro que más calienta como el girasol, y
es planta muerta si no; seméjase a las palmas en que mueren las
compañeras empezando a morir una; así ha de servir para comer como para
quemar, a guisa de piña; ha de oler a rosa para los altos, y a espliego
para los bajos; ha de matar halagando como la hiedra.
Por lo que hace al mineral, parécese el periodista a la piedra en que no
hay picapedrero que no le quite una esquirla y que no le dé un porrazo;
ha de tener tantos colores como el jaspe, si ha de parecer bien a todos;
ha de ser frío como el mármol debajo del pie del magnate; ha de ser
dúctil como el oro: de plata no ha de tener ni aun el hablar en ella; ha
de tener los pies de plomo; ha de servir como el bronce para
inmortalizar hasta los dislates de los próceres; lo ha de soldar todo
como el estaño; ha de tener más vetas que una mina, y más virtudes que
un agua termal. Y después de tanto trabajo y de tantas calidades, ha de
saltar, por fin, como el acero en dando en cosa dura.
En una palabra, ha de ser el periodista un imposible: no ha de contar
sobre todo jamás con el día de mañana: ¡Dichoso el que puede contar con
el de ayer! No debe, por consiguiente, decir nunca como _El Universal_:
«Este periódico sale todos los días excepto los lunes»; sino decir: «De
este periódico sólo se sabe de cierto que no sale los lunes». Porque el
hombre pone y Dios dispone.
EL SIGLO EN BLANCO[2]
No sé qué profeta ha dicho que el gran talento no consiste precisamente
en saber lo que se ha de decir, sino en saber lo que se ha de callar:
porque en esto de profetas no soy muy fuerte, según la expresión de
aquel que miraba detenidamente al Neptuno de la fuente del Prado, y
añadía de buena fe enseñándosele a un amigo suyo:
--Aquí tiene usted a Jonás conforme salió del vientre de la ballena.
--¿Hombre, a Jonás?--le replicó el amigo--si éste es Neptuno...
--O Neptuno, como usted quiera--replicó el _cicerone_--que en esto de
profetas no soy muy fuerte.
[2] Antes de ayer apareció en esta corte el número 14 del periódico _El
Siglo_ con varios artículos en blanco, cuyos epígrafes eran: _De la
amnistía_; _Política interior_; _carta de don Miguel y don Manuel María
Hazaña en defensa de su honor y patriotismo_; _sobre Cortés, y canción a
la muerte de don Joaquín de Pablo Chapalangarra_. Posteriormente hemos
sabido que se ha suprimido la publicación de este periódico.
El hecho es que la cosa se ha dicho, y haya sido padre de la Iglesia,
filósofo o dios del paganismo, no es menos cierta ni verosímil, ni más
digna tampoco de ser averiguada en tiempos en que dice cada cual sus
cosas y las ajenas como y cuando puede.
Platón, que era hombre que sabía dónde le apretaba el zapato, si bien no
los gastaba, y que sabía asimismo cuánto tenía adelantado para hablar
el que no ha hablado nada todavía, había adoptado por sistema enseñar a
sus discípulos a callar antes de pasar a enseñarles materias más hondas,
y en esa enseñanza invertía cinco años, lo cual prueba evidentemente dos
cosas: primera, que Platón estaba, como nuestras universidades, por los
estudios largos; segunda, que no es cosa tan fácil como parece enseñar a
callar al hombre, el cual nació para hablar, según han creído
erróneamente algunos autores mal informados, dejándose deslumbrar sin
duda por las apariencias de verosimilitud que le da a esta opinión el
don de la palabra, que nos diferencia tan funestamente de los demás
seres que crió, de suyo callados y taciturnos, la sabia naturaleza.
De cuánto se pueda callar en cinco años, podráse formar una idea
aproximada con sólo repasar por la memoria cuanto hemos callado
nosotros, mis lectores y yo, en diez años, esto es, en dos cursos
completos de Platón que hemos hecho pacíficamente desde el año 23 hasta
el 33 inclusive, de feliz recuerdo, en los cuales nos sucedía
precisamente lo mismo que en la cátedra de Platón, a saber, que sólo
hablaba el maestro, y eso para enseñar a callar a los demás, y
perdónenos el filósofo griego la comparación. Esto con respecto a dar
una idea de lo mucho que se puede callar en cinco o en diez años; ahora
bien, con respecto a lo que se puede callar en un solo día, basta para
formar una idea leer, si es posible, _El Siglo_, periódico que no se
ofenderá si aseguramos de él que trae cosas que no están escritas;
periódico enteramente platónico, pero que no puede haber sacado tanto
provecho como honra de su ciencia en el callar.
Confesemos, sin embargo, que lo que hay que leer es un artículo que no
está escrito. Leer palabras y más palabras lo hace cualquiera, y toda
la dificultad, si puede cifrarse en alguna cosa, se cifra evidentemente
en leer un papel blanco.
Un artículo en blanco es susceptible de las interpretaciones más
favorables: un artículo en blanco es un artículo en el sentido de todos
los partidos: es cera blanda a la cual puede darse a voluntad la forma
más adaptada al gusto de cada uno. Un artículo en blanco es además
picante, porque excita la curiosidad hasta un punto difícil de pintar.
¿Qué dirá? ¿Qué no dirá? En un mundo como éste de ilusión y
fantasmagoría, donde no se goza sino en cuanto se espera, es indudable
que el hacer esperar es hacer gozar. Las cosas una vez tocadas y
poseídas pierden su mérito; desvanécese el prestigio, rómpese el velo
con que nuestra imaginación las embellecía, y exclama el hombre
desengañado: _¿Es esto lo que anhelaba?_ Este sistema de hacer gozar
haciendo esperar, del cual pudiéramos citar en el día algún sectario
famoso, es evidente, y por él nunca podrá entrar en competencia con un
artículo en blanco un artículo en negro. Este ya sabemos lo que puede
querer decir, aunque no sea más que haciendo deducciones del color.
De esta facilidad con que puede leerse un artículo en blanco se deduce
un principio que desgraciadamente ha sido fin para _El Siglo_; a saber,
que se pueden comparar con las cosas escritas en tinta simpática y con
esas pantallas elegantes que toman más o menos color según se acercan
más o menos a la lumbre; leídos en un gabinete ministerial, naturalmente
resguardado de toda intemperie, y en que suele estar alto el termómetro,
toman un colorcito subido que ofende la vista; y leídos al aire libre,
se revisten de una tinta suave que da gozo a la multitud. Pero siempre
hacen fortuna, porque en el primer caso, y cuando dan con un lector
amigo del silencio, suelen dar por gusto al periodista, y en tal caso se
da un privilegio exclusivo al autor de un artículo en blanco, para que
puedan también quedar en blanco los números sucesivos.
Bien conocerá el lector, aun sin haber leído _El Siglo_, como
probablemente no le habrá leído por aficionado que sea a leer, que no es
mi intención defender ni acriminar los artículos en blanco, ni mucho
menos a los gobiernos, que temo, a Dios gracias.
Es únicamente mi objeto apuntar unas cuantas ideas acerca de la teoría
de los artículos en blanco, género nuevo en nuestro país, y para el cual
debió decir Malherbe aquellos versos:
Et rose elle a vécu ce que vivent les roses
L'espace d'un matin.
_Quod scripsi_, _scripsi_, dijo un antiguo y famoso magistrado. He aquí
otra de las ventajas de un artículo en blanco; y si hay quien culpe
todavía de poco carácter a la _Revista_, desafiamos por esta vez al
_Siglo_ a que tenga más que nosotros. No dirá por esta vez _quod
scripsi_, _scripsi_. En tiempo en que es tan de primera necesidad no
contradecirse nunca, he aquí otra ventaja de los escritores en blanco.
Ni se crea que es fácil tampoco sobresalir en este género: yo confieso
en verdad que, si es cierto aquello de que _principio quieren las
cosas_, al ponerme a escribir un artículo en blanco, no sabría por dónde
empezar, y en cuanto a lo de prohibirlos, confieso que me había de ver
apurado todavía.
_¡El Siglo es más grande que los hombres!_ he aquí una verdad que ha
echado por tierra el tiempo. Nosotros, en realidad, al condolernos
sinceramente de la suerte de nuestro colega, inferimos: o es el siglo
más chico de lo que habíamos pensado, o no es este siglo que alcanzamos
el que habíamos menester.
Inferimos que no está bastante ilustrado el país para leer artículos en
blanco, y que es más acertado meter las cosas con cuchara, como lo
entiende el _Boletín_: adoptamos el agüero que nos ofrece nuestro
silencioso cofrade. A catorce _Siglos_ nos ha dejado este periódico; es
decir, en la Edad Media; confesemos francamente que no podemos pasar de
aquí, y quedémonos en blanco en hora buena. Muchos son efectivamente los
puntos que ha dejado en blanco nuestro buen _Siglo_ en punto a amnistía,
en punto a política interior, en punto a honor y patriotismo de no sé
qué hazañas, y en punto, en fin, a Cortes; pero más creemos que hubieran
sido aún los puntos en blanco, si conforme era el 14 el siglo, hubiera
sido el 19. Y por último, deducimos de todo lo dicho y de la muerte que
alcanza a nuestro buen _Siglo_, a pesar de toda su ilustración y
grandeza, que el siglo es chico como son los hombres, y que en tiempos
como éstos los hombres prudentes no deben hablar, ni mucho menos callar.
UN PERIÓDICO NUEVO
Noble Espagne, où la littérature est réduite à la liberté du
monologue de Figaro.
F. SOULIÉ. La Librairie à Paris.
_Libre des Cent-et-un._
--¿Por qué no pone usted un periódico suyo? ¿Cuándo sale _Fígaro_? ¡Es
idea peregrina! Ya he visto en los demás periódicos la publicación del
permiso para el periódico nuevo. ¿Saldrá por fin en febrero, en marzo?
¿Cuándo? ¿Nos hará usted reír, por supuesto?
He aquí las preguntas que por todas partes se me dirigen, que me cercan,
me estrechan, me comprometen, y a las cuales me veo más apurado para
responder, que se ven hace tres días... Iba a hacer una mala
comparación; y si me la había de suprimir algún amigo de éstos que miran
de continuo por mi tranquilidad, suprímomela yo.
¿Por qué no he de publicar un periódico también? he dicho efectivamente
para mí. En todos los países cultos y despreocupados, la literatura
entera, con todos sus ramos y sus diferentes géneros, ha venido a
clasificarse, a encerrarse modestamente en las columnas de los
periódicos. No se publican ya infolios corpulentos de tiempo en tiempo.
La moda del día prescribe los libros cortos, si han de ser libros. Y si
hemos de hablar en razón, si sólo se ha de escribir la verdad, si no se
ha de decir sino lo que de cierto se sabe, convengamos en que todo está
dicho en un papel de cigarro. Los adelantos materiales han ahogado de un
siglo a esta parte las disertaciones metafísicas, las divagaciones
científicas; y la razón, como se clama por todas partes, ha conquistado
el terreno de la imaginación, si es que hay razón en el mundo que no sea
imaginaria. Los hechos han desterrado las ideas. Los periódicos, los
libros. La prisa, la rapidez, diré mejor, es el alma de nuestra
existencia, y lo que no se hace de prisa en el siglo XIX, no se hace de
ninguna manera, razón por la cual es muy de sospechar que no hagamos
nunca nada en España. Las diligencias y el vapor han reunido a los
hombres de todas las distancias: desde que el espacio ha desaparecido en
el tiempo, ha desaparecido también en el terreno. ¿Qué significaría,
pues, un autor formando a pie firme un libro, detenido él solo en medio
de la corriente que todo lo arrebata? ¿Quién se detendría a escucharlo?
En el día es preciso hablar y correr a un tiempo, y de aquí la necesidad
de hablar de corrida, que todos desgraciadamente no poseen. Un libro es,
pues, a un periódico, lo que un carromato a una diligencia. El libro
lleva las ideas a las extremidades del cuerpo social con la misma
lentitud, tan a pequeñas jornadas, como aquél lleva la gente a las
provincias. Así sólo puede explicarse la armonía, la indispensable
relación que existe entre la ilustración del siglo y la escasez de los
libros nuevos. De otra suerte sería preciso inferir que la civilización
mata las artes y las letras. Y decimos las artes, porque aquella misma
rapidez de existencia ha lanzado sobre el terreno de la pintura la
litografía, y ha levantado al lado de las antiguas moles de arquitectura
gótica de los tiempos lentos, las modernas construcciones de las
ratoneras que por casas habitamos en el día.
Convencidos de que el periódico es una secuela indispensable, si no un
síntoma de la vida moderna, esperarían tal vez aquí nuestros lectores
una historia de esta invención; una seria disertación sobre los primeros
periódicos, y acerca de si debieron o no su primer nombre a una moneda
veneciana que limitaba su precio. Nada de eso. Sólo diremos que los
primeros periódicos fueron _gacetas_: no nos admiremos, pues, si fieles
a su origen, si reconociendo su principio, los periódicos han conservado
la afición a mentir, que los distingue de las demás publicaciones desde
los tiempos más remotos; en lo cual no han hecho nunca más que
administrar una herencia. Es su mayorazgo; respetemos éste como los
demás, pues que estamos a esta altura todavía.
Inapreciables son las ventajas de los periódicos; habiendo periódicos,
en primer lugar, no es necesario estudiar, porque a la larga, ¿qué cosa
hay que no enseñe un periódico? Sabe usted por un periódico la hora a
que empieza el teatro, y algunas veces la función que se representa, es
decir, siempre que la función que se representa sea la misma que se
anuncia: esto, al fin, sucede algunas veces. Por los periódicos sabe
usted de día en día lo que sucede en Navarra, cuando sucede algo; verdad
es que esto no es todos los días; pero para eso muchas veces sabe usted
también lo que no sucede: no se sabe ciertamente la pérdida del enemigo,
pero ésa siempre debe ser mucha; y en cambio se sabe que llegó la noche,
porque la noche llega siempre; no es como la libertad, ni como las cosas
buenas, que no llegan nunca; y se sabe que los caballos de los facciosos
corren más que los nuestros, puesto que siempre deben aquéllos su
salvación a su velocidad. Así se supiera dónde diantres los van a
buscar. Esta investigación sería de grande utilidad para mejorar
nuestras crías. Por un periódico sabe usted que hay Cortes reunidas para
elevar sobre el _cimiento_ el edificio de nuestra libertad. Por ellos se
sabe que hay dos Estamentos, es decir, además del de Procuradores, otro
de Próceres. Por los periódicos sabe usted, _mutatis mutandis_, es
decir, quitando unas cosas y poniendo otras, lo que hablan los oradores,
y sabe usted, como por ejemplo ahora, cuándo una discusión es tal
discusión, y cuándo es meramente _conversación_, para repetir la frase
feliz de un orador.
¿A quién debe aquel orador de café, que perora sobre la intervención
extranjera, sus vastos conocimientos acerca de las intenciones de Luis
Felipe, sino a los periódicos? ¿Dónde habría aprendido aquella columna
de la Puerta del Sol, que hace la oposición de corrillo en corrillo, lo
que es un tory y un whig, y un reformista, y lo que puede una alianza,
sobre todo si es cuádruple, y una _resistencia_, sobre todo si es una?
¿Dónde aprendería, siendo español, lo que es progreso? ¿En qué libro
encontraría lo que quiere decir un _ministro responsable_, y una _ley
fundamental_, y una _representación nacional_, y una _fantasma_? ¿En qué
universidad podría aprender la sutil distinción que existe entre las
_fantasmas que matan_ y _las que no matan_? Distinción por cierto
sumamente importante para nosotros, pobres mortales, que somos los que
hemos de morir.
Convengamos, pues, en que el periódico es el grande archivo de los
conocimientos humanos, y que si hay algún medio en este siglo de ser
ignorante, es no leer un periódico.
Estas y otras muchas reflexiones, las cuales no expongo todas, por ser
siempre mucho más lo que callo que lo que digo, me movieron a ser
periodista; pero no como quiera periodista, atenido a sueldos y
voluntades ajenas, sino periodista por mí y ante mí.
Dicho y hecho, concibamos el plan. El periódico se titulará _Fígaro_, un
nombre propio; esto no significa nada y a nada compromete, ni a
_observar_, ni a _revistar_, ni a ser _eco de nadie_, ni a _chupar
flores_, ni a _compilar_, ni a maldita de Dios la cosa. Encierra sólo un
tanto de malicia, y eso bien sé yo que no me costará trabajo. Con sólo
contar nuestras cosas lisa y llanamente ellas llevan ya la bastante sal
y pimienta. He aquí una de las ventajas de los que se dedican a
graciosos en nuestro país: en sabiendo decir lo que pasa, cualquiera
tiene gracia, cualquiera hará reír. Sea esto dicho sin ofender a nadie.
El periódico tratará... de todo. ¿Qué menos? Pero como no ha de ser ni
tan grande como nuestra paciencia, ni tan corto como nuestra esperanza,
y como han de caber mis artículos, no pondremos las reales órdenes. Por
otra parte, no gusto de afligir a nadie; por consiguiente no se pondrán
los reales nombramientos: menos gusto de estar siempre diciendo una
misma cosa; por lo tanto fuera los partes oficiales. Estoy decidido a no
gastar palabras en balde; mi periódico ha de ser todo substancia; así
cada sesión de Cortes vendrá en dos líneas; algunos días en menos; como
de esas veces no ocupará nada.
Artículos de _política_. Los habrá. Estos, en no entendiéndolos nadie,
estamos al cabo de la calle. Y eso no es difícil, sobre todo quien no
los ha de entender es el censor. Oposición: eso por supuesto. A mí,
cuando escribo, me gusta siempre tener razón.
De _hacienda_. Largamente, pero siempre en broma, para nosotros será un
juego esto; no nos faltará a quien imitar. Los asuntos de cuentas sólo
son serios para quien paga; pero para quien cobra...
De _guerra_. También daremos artículos, y en abundancia: buscaremos
primero quien lo entienda y quien sepa hablar de la materia; por lo
demás, saldremos del paso, si no bien, mal; nunca serán los artículos
tan pesados como el asunto.
De _interior_. Hasta los codos. Desentrañaremos esto; y tanto queremos
hablar de esta materia, que no nos detendremos en enumerar lo que se ha
hecho; sólo hablaremos de lo que falta por hacer.
De _estado_. Aquí nos extenderemos sobre el _statu quo_ y sobre el
Estatuto, y nos quedaremos extendidos; ni moveremos pie ni pata.
De _marina_. Esto es más delicado. ¿Ha de ser _Fígaro_ el único que
hable de eso? No me gusta ahogarme en poca agua.
De _gracia y justicia_. He dicho muchas veces que no soy ministerial:
haré por lo tanto justicia seca. ¡Ojalá que me dejen también hacer
gracias!
De _literatura_. En cuanto se publique un libro bueno, lo analizaremos;
por consiguiente, no seremos pesados en esta sección.
De _teatro español_. No diremos nada mientras no haya nada que decir.
Felizmente va largo.
De _actores_. Aquí seremos malos de buena fe: seremos actores hablando
de actores.
De _música_. Buscaremos un literato que sepa música, o un músico que
sepa escribir: entre tanto, _Fígaro_ se compondrá como se han compuesto
hasta el día los demás periódicos. Felizmente pillaremos al público
acostumbrado; y él y nosotros estamos iguales.
_Modas_. En esta sección hablaremos de empréstitos, de intrigas, de
favor... en una palabra, lo que corre... a la _dernière_ siempre.
De _costumbres_. Por supuesto: malas: lo que hay: escribiremos como
otros viven sobre el país. _Fígaro_ hablará, bajo este título, de
paciencia, de tinieblas, de mala intención, de atraso, de pereza, de
apatía, de egoísmo. En una palabra, de nuestras costumbres.
_Anuncios._ Queriendo hacer lo más corto posible esta parte del
periódico, sólo anunciará las funciones buenas, los libros regulares,
las reformas, los adelantos, los descubrimientos. Ni se pondrán las
pérdidas, ni menos todo lo que se vende entre nosotros. Esto sería no
acabar nunca.