--No voy al teatro; ¡eso está perdido!...--porque quieren persuadirnos

de que estaba mejor en su tiempo; nunca verá usted la cara del literato

en el teatro. Nada conoce, nada lee nuevo; pero de todo juzga, de todo

hace ascos.

Veamos a don Timoteo en el Prado; rodeado de una pequeña corte que a

nadie conoce cuando va con él: vean ustedes cómo le oyen con la boca

abierta; parece que le han sacado entre todos a paseo para que no se

acabe entre sus investigaciones acerca de la rima que a nadie le

importa. ¿Habló don Timoteo? ¡Qué algazara y qué aplausos! ¿Se sonrió

don Timoteo? ¿Quién fue el dichoso que le hizo desplegar los labios? ¿Lo

dijo don Timoteo, el sabio autor de una oda olvidada o de un ignorado

romance? Tenía razón don Timoteo.

Haga usted una visita a don Timoteo; en buena hora; pero no espere usted

que se la pague. Don Timoteo no visita a nadie. ¡Está tan ocupado! El

estado de su salud no le permite usar de cumplimientos; en una palabra,

no es para don Timoteo la buena crianza.

Veámosle en sociedad. ¡Qué aire de suficiencia, de autoridad, de

supremacía! Nada le divierte a don Timoteo. ¡Todo es malo! Por supuesto

que no baila don Timoteo, ni habla don Timoteo, ni ríe don Timoteo, ni

hace nada don Timoteo de lo que hacen las personas. Es un eslabón roto

en la cadena de la sociedad.

¡Oh sabio don Timoteo! ¿Quién me diera a mí hacer una mala oda para

echarme a dormir sobre el colchón de mis laureles; para hablar de mis

afanes literarios, de mis persecuciones y de las intrigas y revueltas de

los tiempos; para hacer ascos de la literatura; para recibir a las

gentes sentado; para no devolver visitas; para vestir mal; para no tener

que leer; para decir del alumno de las musas que más haga: «es un

mancebo de dotes muy recomendables, es mozo que promete»; para mirarle a

la cara con aire de protección y darle alguna suave palmadita en la

mejilla, como para comunicarle por medio del contacto mi saber; para

pensar que el que hace versos, o sabe dónde han de ponerse las comas, y

cuál palabra se halla en Cervantes y cuál no, la llegado al _summum_ del

saber humano; para llorar sobre los adelantos de las ciencias útiles;

para tener orgullo y amor propio; para hablar pedantesco y ahuecado;

para vivir en contradicción con los usos sociales; para ser, en fin,

ridículo en sociedad sin parecérselo a nadie?

LA POLÉMICA LITERARIA

...à Madrid la république des lettres était celle des loups,

toujours armés les uns contre les autres: et livrés au mépris où ce

visible acharnement les conduit, tous les insectes, les moustiques,

les cousins, les critiques, les maringouins, les envieux, les

feuillistes, les libraires, les censeurs et tout ce qui s'attache à

la peau des malheureux gens de lettres, achevait de déchiqueter et

de sucer le peu de substance qui leur restait.

BEAUMARCHAIS.

_Le Barbier de Séville_, act. I.

Muchos son los obstáculos que para escribir encuentra entre nosotros el

escritor, y el escritor sobre todo de costumbres que funda sus artículos

en la observación de los diversos caracteres que andan por la sociedad

revueltos y desparramados: si hace un artículo malo, ¿quién es él,

dicen, para hacerle bueno? Y si le hace bueno, _será traducido_, gritan

a una voz sus amigos. Si huyó de ofender a nadie, son pálidos sus

escritos, no hay chiste en ellos ni originalidad; si observó bien, si

hizo resaltar los colores, y si logra sacar a los labios de su lector

tal cual picante sonrisa, «es un payaso», exclaman, como si el toque del

escribir consistiera en escribir serio; si le ofenden los vicios, si

rebosa en sus renglones la indignación contra los necios, si los malos

escritores le merecen tal cual varapalo, «es un hombre feroz, a nadie

perdona. ¡Jesús, qué entrañas! ¡Habrá pícaro que no quiere que

escribamos disparates!» ¿Dibujó un carácter, y tomó para ello toques de

este y de aquel, formando su bello ideal de las calidades de todos? ¡Qué

picarillo, gritan, cómo ha puesto a don Fulano! ¿Pintó un avaro como hay

ciento? Pues ese es don Cosme, gritan todos, el que vive aquí a la

vuelta.--Y no se desgañite para decirle al público:--«Señores, que no

hago retratos personales, que no critico a uno, que critico a todos. Que

no conozco siquiera a ese don Cosme».--¡Tiempo perdido! Que el artículo

está hecho hace dos meses, y don Cosme vino ayer.--Nada.--Que mi avaro

tiene peluca y don Cosme no la gasta.--¡Ni por esas!--Púsole peluca,

dicen, para desorientar; pero es él.--Que no se parece a don Cosme en

nada.--No importa; es don Cosme, y se lo hacen creer todos a don Cosme

por ver si don Cosme le mata; y don Cosme, que es caviloso, es el

primero a decir: «ese soy yo». Para esto de entender alusiones nadie

como nosotros.

¿Consistirá esto en que los criticados que se reconocen en el cuadro de

costumbres se apresuran a echar el muerto al vecino para descartarse de

la parte que a ellos les toca? ¡Quién sabe! Confesemos de todos modos

que es pícaro oficio el de escritor de costumbres.

Con estas reflexiones encabezamos nuestro artículo de hoy, porque, no

nos perdone Dios nuestros pecados, si no creemos que antes de llegar al

último renglón han de haber encontrado nuestros perspicaces lectores el

original del retrato que no hacemos.

Como cosa de las doce serían cuando cavilaba yo ayer acerca del modo de

urdir un artículo bueno que gustase a todos los que le leyesen, y

encomendábame a toda prisa, con más fe y esperanza, a Santa Rita,

abogada de imposibles, para que me deparara alguna musa acomodaticia, la

cual me enviase inspiraciones cortadas a medida de todo el mundo.

Pedíale un modo de escribir que ni fuese serio, ni jocoso, ni general,

ni personal, ni largo, ni corto, ni profundo, ni superficial, ni

alusivo, ni indeterminado, ni sabio, ni ignorante, ni culto, ni trivial;

una quimera, en fin, y pedíale de paso un buen original francés de donde

poder robar aquellas ideas que buenamente no suelen ocurrirme, que son

las más, y una baraja completa de trasposiciones felices, de éstas que

el Diablo mismo que las inventó no entiende, y que por consiguiente no

comprometen al que las escribe... Pero estoy para mí que no debía de

hacer más caso de mis oraciones la santa que el que hacen los cómicos de

los artículos de teatros, porque ni venía musa, ni yo acertaba a

escribir un mal disparate que pudiese dar contento a necios o a

discretos. Mesábame las barbas, y renegaba de mi mal cortada pluma, que

siempre ha de pinchar, y de mi lengua que siempre ha de maldecir, cuando

un cariacontecido mozalbete con cara de literato, es decir, de envidia,

se me presentó, y mirándome zaino y torcido, como quien no camina

derecho ni piensa hacer cosa buena, díjome entre uno y otro piropo, que

yo eché en saco roto, cómo tenía que consultarme y pedirme consejo en

materias graves.

Invitele a que se sentara, lo cual hizo en la punta de una silla, como

que no quería abusar de mi buena crianza, poniendo su sombrero debajo de

una mesa a modo de florero o de escupidera.

--¿Y qué es el caso?--le pregunté; porque ha de advertir el lector que

yo me perezco por los diálogos.

--¿Qué ha de ser, señor Fígaro, sino que yo he puesto un artículo en un

periódico, y no bien le había leído impreso, cuando, zás, ya me han

contestado?

--¡Oh! Son muy bien criados los periodistas--le dije--no saben lo que es

dejar a un hombre sin contestación.

--Sí, señor; pero de buenas a primeras, y sin pedirme mi parecer, dan en

la flor de decirme que es mi artículo un puro disparate. Es el caso que

yo también quiero contestar, porque ¿qué dirá el mundo, y sobre todo la

Europa, si yo no contesto?

--Cierto: no se piensa en otra cosa en el día sino en Portugal y en su

artículo de usted.

--Ya se ve: y como usted entiende de achaques de contestaciones, y de

cómo se lleva por aquí eso de polémica literaria, vengo a que me

endilgue usted, sobre poco más o menos, cuatro consejos oportunos, de

modo que la materia en cuestión se dilucide, se entere el público de

quién tiene razón, y quede yo encima, que es el objeto.

--¿Y de qué habla el artículo?

--Le diré a usted: de nada; el hecho es que en la cuestión no nos

entendemos ni él ni yo, porque como la mitad de las cosas que podrían

decirse en la materia, uno y otro las ignoramos, y la otra mitad no se

puede decir...

--Sí... pues eso es muy fácil... ¿pero trata de?...

--De tabacos, sí, señor. Conque yo quisiera que usted me indicase todos

los hombres que han tenido que ver con tabacos desde Nicot, que los

descubrió, hasta Tissot, por lo menos que está contra su uso. Con la

vasta erudición que usted me va a proporcionar yo haré trizas a mi

contrario...

--¡Ay, amigo--le interrumpí--y qué poco entiende usted de polémica

literaria! En primer lugar, para disputar de una materia lo primero que

usted debe procurar es ignorarla de pe a pa. ¿Qué quiere usted? así

corren los tiempos. En segundo lugar, ¿usted sabe quién es el autor del

artículo contra usted?

--¿Y qué falta hace, para aclarar la cuestión, al público, saber quién

sea el autor del artículo?

--¡Hombre usted está en el cristus de la polémica literaria! ¿De dónde

viene usted? Usted no lee. En vez de buscar libros que confirmen la

opinión de usted, la primera diligencia que ha de hacer es saber quién

es el autor del artículo contrario.

--Bueno; pues ya lo sé. Pero el caso no es ese, sino que un periódico

dice que mi artículo es malo.

--Calle usted. Somos felices.

--Yo pensaba dar razones y probar...

--No, señor, no pruebe usted nada. ¿Usted se quiere perder? Diga usted,

¿qué señas tiene el adversario de usted? ¿Es alto?

--Mucho; se pierde de vista.

--¿Tendrá seis pies?

--Más, más: hágale usted más favor... pero ¿qué tiene que ver eso con la

cuestión de tabacos?

--¿No ha de tener? Empiece usted diciendo que su artículo de usted es

bueno: primero porque él es alto.

--¡Hombre!

--Calle usted. ¿Ha escrito algunas obras?

--Sí, señor: en el año 97 escribió una comedia que no valía gran cosa.

--Bravo: añada usted que usted entiende mucho de tabacos, fundado en que

él hizo el año 97 una comedia...

--Pero señor, haremos reír al público...

--No tenga usted cuidado: el público se morirá de risa, y la palestra

queda por el que hace reír. ¿Qué más tiene el adversario? ¿Tiene alguna

verruga en las narices, tiene moza, debe a alguien, ha estado en la

cárcel alguna vez, gasta peluca, ha tenido opinión nula?...

--Algo, algo hay de eso.

--Pues bien: a él: la opinión, la verruga; duro en sus defectos. ¿Qué

entenderá él de achaque de tabacos, si escribió en los periódicos de

entonces, si el año 8 jugaba a la pipirijaina o a la pata coja?

--¿Pero adónde vamos a parar?...

--A la tetilla izquierda, señor: usted no se desanime: ¿le coge usted en

un plagio? El texto en los hocicos, el original, y ande. ¿Sabe usted

algún cuento? a contársele.

--¿Y si no vienen a pelo los cuentos que yo sé?

--No importa; usted hará reír, y ese es el caso. ¿Dice él que usted se

equivoca una vez? Dígale usted que él se equivoca ciento, y pata. Usted

es un tal; y usted es más: éste es el modo.

--Pero, señor Fígaro, ¿y dónde dejamos ya la cuestión de tabacos?

--¿Y a usted qué le importa ni a nadie tampoco? Déjela usted que viaje.

Por fin, luego que usted haya agotado todos los recursos de la

personalidad, concluya usted apelando al público y diciendo que él

sabrá apreciar la moderación de usted en la cuestión presente: que se

retira usted de la polémica: en primer lugar, porque ha probado

suficientemente su opinión acerca de tabacos con las poderosas razones

antedichas de la estatura, de la verruga, de la comedia del año 97, de

las deudas y de la opinión del adversario: y en segundo lugar, porque

habiendo usado el contrario de mala fe y de indecorosas personalidades

(y eso dígalo usted aunque sea mentira), de que usted no se siente capaz

en atención a que usted respeta mucho al público respetable, la polémica

se ha hecho asquerosa e interminable. Aquí dice usted una gracia o dos,

si puede, acerca del mayor número de subscripciones que reúne el

periódico en que usted escribe, que es razón concluyente, y que le

piquen a usted moscas.

--Señor Fígaro, ese plan será bueno; mas yo le encuentro el

inconveniente de que si en un país en que tan poco prestigio tiene la

literatura y los literatos, en vez de darnos honor unos a otros nos

damos mutuamente en espectáculo, derribamos nosotros mismos nuestros

altares, y nos hacemos el hazmerreír del público... y a mí me da

vergüenza...

--¡Ay! ¡ay! ¡ay! ¿Ahora salimos con que tiene usted vergüenza?... y...

¡voto va! Dijéralo usted al principio. Usted es incorregible. Pues,

amigo, voy a concluir: hace muchos años que ando por este mundo, y las

más de las polémicas que he visto se han decidido por este estilo.

Fuera, pues, razones, señor mío: látigo y más látigo, no sé qué sabio ha

dicho que las más de las cuestiones son cuestiones de nombre: aquí,

amigo mío, las más son cuestiones de personas.

Y con esto despedí a mi cliente, quien no sé si habrá aprovechado mis

consejos. Una cosa tan sólo le supliqué al salir por el umbral de mi

puerta.

--Si acaso--le dije--oye usted decir a las gentes cuando le vean por el

mundo: «ahí va el cliente de Fígaro: ese es el del artículo».--No lo

creo, responda usted: el cliente de Fígaro es un ente ideal que tiene

muchos retratos en esta sociedad, pero que no tiene original en ninguna.

DON CÁNDIDO BUENAFÉ O EL CAMINO DE LA GLORIA

Don Cándido Buenafé es un excelente sujeto, de éstos de quienes solemos

decir con envidiable conmiseración: «Es un infeliz». Empleado desde

pequeño en un ramo de no mucha importancia, es todo lo más si sabe leer

la _Gaceta_, y redactar, con mala sintaxis y peor ortografía, algún

oficio sobrecargado de fórmulas y traslados, o hacer un extracto largo

de algún expediente corto; pero en medio de su escasa ciencia, es

bastante modesto para desear que su hijo Tomasito sepa más que él, para

lo cual no le es necesario felizmente extraordinarios esfuerzos ni

sacrificios.

En el tiempo de la libertad de la imprenta leía o devoraba don Cándido

los muchos papeles públicos que veían la luz, y llegó a formar alta idea

de todo hombre capaz de escribir para el público; cosa que él vea, por

consiguiente, en letra de molde, tiene para él una autoridad

irrecusable, porque cuando ve que hay quien se toma la pena de

imprimirla, mecanismo de que no tiene idea alguna, dice para sí: ¡sabido

se lo tendrá! Por lo tanto, era de buena fe liberal en los años nulos,

porque acababa de leer y exclamaba: tiene razón; y después ha sido

realista de buena fe en los años válidos, porque lee la _Gaceta_ y

exclama: ¡ya se ve que dicen bien!

Un partidario de este temple es una alhaja impagable para toda especie

de gobierno mientras haya imprenta; y más si añadimos que cree como en

su salvación en los partes de los encuentros y escaramuzas que en los

papeles públicos suelen venir consignados, y se extasía de placer cuando

se encuentra con aquello de que: «de los enemigos murieron tantos

centenares de hombres, y nosotros no hemos tenido más que un contuso y

algún sargento desmayado», o cosa semejante.

--Daría yo--dice algunas veces,--la mitad de mi sueldo por poder

escribir un artículo de esos retumbantes de política. ¡Voto va! ¡qué

hombres esos!; ¡y qué talentos! ¡Y cómo lo convencen a uno con sus

discursos! ¡Media vida diera yo, y la mitad de la otra media porque mi

hijo Tomasito pudiera el día de mañana hacer otro tanto!

Llevado de esta idea, ha hecho aprender latín al muchacho, y en el día

le ha dado un maestro de francés, porque dice que en sabiendo francés ya

se sabe todo lo que hay que saber; y que él conoce a no pocos sabios de

campanillas en esta tierra que no saben otra cosa. Como dos meses

llevaría el angelito, que tiene a la sazón catorce años, de traducir mal

y leer peor el _Calypso se trouvait inconsolable du départ d'Ulysse_,

cuando me lo trajo una mañana su papá, y ambos a dos me hicieron una

visita, cuyos interesantes detalles no quiero en ninguna manera perdonar

a mis curiosos lectores.

--Señor Fígaro--me dijo don Cándido abrazándome,--aquí le presento a

usted a mi hijo Tomás, el que sabe latín; usted no ignora que yo lo

crío para literato; ya que yo no puedo serlo, que lo sea él y saque de

la obscuridad a su familia. ¡Ay, señor Fígaro, como yo lo vea famoso,

muero contento!

Hízome a esta sazón Tomasito una cortesía tan zurda como sus

disposiciones literarias. Su exterior y sus palabras estaban en armonía

con las de casi todos los jóvenes del día; díjome que era verdad que no

tenía sino catorce años: pero que él conocía el mundo y el corazón

humano, _comme ma poche_; que todas las mujeres eran iguales, que estaba

muy escarmentado, y que a él no le engañaba nadie; que Voltaire era

mucho hombre, y que con nada se había reído más que con el _compère

Mathieu_, porque su papá, deseoso de su ilustración, le dejaba leer

cuanto libro en sus manos caía. En cuanto a política me añadió:

--Yo y Chateaubriand pensamos de un mismo modo.

Y a renglón seguido me habló de los pueblos y de las revoluciones como

pudiera de sus amigos de la escuela. Confieso que se me figuró el

muchacho esa fruta que suelen vender en Madrid, que arrancada verde aún

del árbol, y madurada por el traqueteo y la prisa del viaje, tiene todo

el exterior de la pasada madurez, sin haber tenido nunca la lozanía ni

el sabor de la juventud y de la sazón.

--Los muchachos del ilustrado siglo XIX--dije para mí,--llegan a viejos

sin haber sido nunca jóvenes.

Sentáronse mis amigos, el viejo joven y el joven viejo, y sacó don

Cándido de su faltriquera un legajo abultado.

--Dos objetos tiene esta visita--me dijo:--primero, para que Tomasito se

vaya soltando en el francés, le he dicho que traduzca una comedia; hala

traducido, y aquí se la traigo a usted.

--¡Hola!

--Sí, señor: algunas cosillas ha dejado en blanco, porque no tiene allí

más diccionario que el de Sobrino... y...

--Sí...

--Usted tendrá la bondad de enmendar lo que no le parezca bien; y como

usted entiende eso de darla al teatro... y las diligencias que hay que

practicar...

--¡Ah! ¿Usted quiere que se represente?

--Sin duda... le diré a usted: el dinerillo que saque es para él...

--Sí, señor--dijo el muchacho,--y papá me ha prometido hacerme un

vestido negro para cuando acabe una tragedia excelente que estoy

haciendo...

--¡Tragedia!

--Sí, señor, en once cuadros... ya sabe usted que en París no se hacen

ya esas obras en actos... sino en cuadros... Es una tragedia romántica.

El clasicismo es la muerte del genio, como usted sabe... ¿Le parece a

usted que se podrá representar?

--¿Y qué inconveniente ha de haber?

--Le diré a usted--interrumpió don Cándido,--tiene dada ya una comedia

de costumbres.

--Con perdón de usted--se apresuró a decir Tomasito,--cuando la hice no

había leído a Víctor Hugo: ni tenía los conocimientos que tengo en el

día...

--¡Ay! ya.

--Pues mi hijo dio esa comedia, y verá usted lo que sucedió a mi

entender. Entregámosla a un sujeto que corre con recibir las comedias:

dijo que era corriente y que la enviaría a la censura: la envió, pues.

--Papá, perdone usted, primero se perdió...

--Cierto... se perdió, y nunca se pudo encontrar; hubo que sacar otra

copia, y pasó a censura.

--Papá, perdone usted; que antes fue al corregimiento.

--Es verdad: fue al corregimiento, y de allí... pasó después a la

censura eclesiástica; por más señas que fue a un excelente padre, y en

un momento, esto es, en un par de meses, la despachó: volvió al

corregimiento y fue de allí a la censura política; en una palabra, ello

es que en menos de medio año salió prohibida.

--¡Prohibida!

--Sí, señor, y yo no sé a la verdad... porque mi comedia...

--Diga usted que hicieron bien, señor Fígaro: ¡éste escribe siempre con

una intención! lo que ha mamado en sus libros... baste con decirle a

usted que su madre se moría de risa al leerla, y yo lloraba de gozo...

hubo que rehacerla... y por fin se logró que pasara la nueva.

--¡Hola!

--Pero aguarde usted: como los señores que dirigen la cosa no están muy

allá que digamos en eso de comedias, la hubieron de enviar a un cómico

que dicen que es hombre que lo entiende, y tiene gran mano en las

compañías: éste dijo que no valía cosa, y todo fue, según yo pude

averiguar, porque no tenía él un buen papel para lucirse: recogimos la

comedia, y éste le puso un papel que era lo que había que ver; volvió y

dijo que tampoco valía nada, y fue, según me dijeron, porque el papel

era muy largo y él no debe de tener muchas ganas de trabajar. Dímosla al

otro teatro, mas allí contestaron que ellos no eran menos que los del

otro coliseo, y que no tomaban sobras: a fuerza, sin embargo, de emplear

más empeños que para lograr una prebenda, se consiguió una orden a

rajatabla de los señores que estaban a la cabeza del teatro; pero ya

era tema: una actriz, sobre si la habían dado el papel de segunda siendo

ella la primera, se puso mala la víspera; otro actor, también por

etiquetas y rencillas, armó una intriga de todos los diablos: se pagó

gente para el efecto, y si una noche se representó, una noche se

silbó...

--¿Se silbó?

--¡Ya ve usted! intrigas.

--¡Picardía!

--Conque yo quisiera que no sucediese otro tanto con la traducción ésta

y la tragedia. El segundo objeto que nos trae es el de que usted lo

dirija, dándole algunos consejos a mi Tomasito, porque yo ya le he dicho

que no debe limitarse al teatro... que el campo de la literatura es muy

vasto, y que el templo de la fama tiene muchas puertas.

--Dice usted muy bien, señor don Cándido.

Aquí recapacité, coordiné mis ideas un momento, y de la manera que el

lector va a ver, enderecé poco más o menos a mi joven cliente por la vía

de la gloria literaria, a la cual, si él sigue y observa mi reglamento,

temprano o tarde debe sin duda llegar.

Fígaro (Artículos selectos) · 第 13 / 21 段