hablar, y no quiero citarte para convencerte, entre otros ejemplos, sino
el pícaro resultado y la larga cola, que más bien parece maza que cola,
que nos han traído aquellas palabras que se hablaron en los principios
del mundo, esto es, las que dijo a Eva la serpiente acerca del asunto de
la manzana: trance primero en que empezó ya a hacer la lengua de las
suyas, y a dar a conocer para qué había de servir en el mundo. Sin
lengua, ¿qué sería, Andrés, de los chismosos, canalla tan perjudicial en
cualquier república bien ordenada? ¿Qué de los abogados? Ni existiera
sin lengua la mentira, ni hubiera sido precisa la invención de la
mordaza, ni entrara nunca el pecado por los oídos, ni hubiera
murmuradores ni bachilleres, que son el gusano y polilla de todo buen
orden. Con lo cual creo haberte convencido de otra ventaja que llevan
los batuecos a los demás hombres, y de qué cosa sea tan especial el
miedo, o llámase la prudencia, que a tal silencio los reduce. Te diré
más todavía: en mi opinión no habrán llegado al colmo de su felicidad
mientras no dejen de hablar eso mismo poco que hablan, aunque no es gran
cosa, y semeja sólo el suave e interrumpido murmullo de viento cuando
silba por entre las ramas de los cipreses de un vasto cementerio;
entonces gozarán de la paz del sepulcro, que es la paz de las paces. Y
para que veas que no es sólo Dios el que desaprueba el hablar demasiado
como arriba llevo apuntado, te traeré otra, autoridad recordándote al
famoso filósofo griego (y no me hagas gestos al oír esto de filósofo),
que enseñaba a sus discípulos por espacio de cinco años a callar antes
de enseñarles ninguna otra cosa, que fue idea peregrina, y sería aquella
cátedra lo que habría que oír; de donde concluyo, porque me canso, que
cada batueco es un Platón, y no me parece que lo ha encarecido poco tu
amigo--_El Bachiller._
P. D. Se me olvidaba decirte que a mi última salida de las Batuecas se
susurraba que hablaban ya. ¡Pobres batuecos! ¡Y ellos mismos se lo
creían!
YA SOY REDACTOR
¿Por qué extraña fatalidad ha de anhelar el hombre siempre lo que no
tiene? Preguntémosle a un joven barbilucio qué desea. ¿Cuándo tendré
barbas?--exclama en su interior.--Nácenle las barbas, y hele allí
maldiciendo ya del barbero y de las navajas. ¿Cuándo hallaré en mi Filis
correspondencia?--le grita en el fondo de su corazón un deseo innato de
amor y de ser amado.--Ya oyó el sí. ¡Gozó el bien que deseaba! Y ya
maldice del amor y sus espinas. ¿Le prefiere Laura? Pues todo su deseo
se cifra en conquistar a Amira que lo desprecia. ¿De qué nace esta sed
insaciable, este deseo vividor, reemplazado por otros y otros deseos que
rápidamente se suceden sin encontrar jamás sino imperfecta satisfacción?
El padre Almeida, si mal no me acuerdo dice entre otras cosas curiosas,
y aun lo afianza, que la Providencia quiso poner en nosotros este deseo
implacable, para que nos atestiguase eternamente que no hacemos en este
mundo transitorio sino una corta peregrinación, y que la satisfacción de
nuestros deseos no está en esta vida, sino en otra más perfecta y
duradera. Así debe de ser, y cierto, que vivimos de todas suertes
agradecidos a la previsión y ardiente caridad con que el reverendo padre
nos quiso sacar de esta peregrina duda. Yo, que no tengo un ápice de
metafísico, y que dejo la resolución de estos problemas a aquellos que
tienen más noticias ciertas que yo de nuestro destino, me ciño a decir
que el deseo existe, y esto basta para mi propósito.
Yo, Fígaro, soy de ello una viva prueba: no bien me había tentado el
enemigo malo, y sentí los primeros pujos de escritor público, cuando
dieron en írseme los ojos tras cada periódico que veía, y era mi pío por
mañana y noche:
--¿Cuándo seré redactor de periódico?
Figurábaseme, sí, desde luego obra de romanos, el llenar y embutir con
verdades luminosas las largas columnas de un papel público; pero en
cambio era para mí de la mayor consideración el imaginarme a la cabeza
de una sección literaria, recibiendo comunicados atentos y decorosos,
viendo diariamente consignadas en indelebles caracteres de imprenta mis
propias ideas y las de mis amigos, y sin más trabajo a mi parecer, que
el haber de contar y recontar al fin del mes los sonantes doblones que
el público desinteresado tiene la bondad de depositar, en cambio de
papel, en los arcones periodísticos de una empresa, luz y antorcha de la
patria, y órgano de la civilización del país.
Dejemos aparte las causas y concausas felices o desgraciadas que de
vicisitud en vicisitud me han conducido al auge de periodista; lo uno
porque al público no le importarán probablemente, y lo otro, porque a mí
mismo podría serme acaso más difícil de lo que a primera vista parece el
designarlas. El hecho es que me acosté una noche autor de folletos y de
comedias ajenas, y amanecí periodista: mireme de alto abajo, sorteando
un espejo que a la sazón tenía, no tan grande como mi persona, que es
hacer el elogio de su pequeñez, y dime a escudriñar detenidamente si
alguna alteración notable se habría verificado en mi físico; pero por
fortuna eché de ver que como no fuese en la parte moral, lo que es en la
exterior y palpable, tan persona es un periodista como un autor de
folletos.
--Ya soy redactor--exclamé alborozado,--y echeme a fraguar artículos,
bien determinado a triturar en el mortero de mi crítica cuanto malandrín
literario me saliese al camino en territorio de mi jurisdicción.
Pero ¡ay de mi! insensato, qué chasco sobre chasco, vivo hoy tan
desengañado de periodista como de autor de comedias. Diré brevemente lo
que me aconteció, sin descubrir, por otra parte, los recursos ocultos
que mueven la gran máquina de un periódico, ni romper el velo del
prestigio que cubre nuestros altares, que eso fuera sobrado e inoportuno
desinterés; y juzgue el lector sino es preferible vivir tranquilamente
subscripto a un periódico, que haberle sabia y precipitadamente de
componer.
--¡Señor Fígaro! un artículo de teatros.
--¿De teatros? Voy allá.
Yo escribo para el público, y el público--digo para mí,--merece la
verdad: el teatro, pues, no es teatro: la comedia es ridícula: el actor
A es malo, y la actriz H es peor. ¡Santo cielo! Nunca hubiera pensado en
abrir mi boca para hablar de teatros. Comunicado a renglón seguido en
mi papel y en todos los contemporáneos en que el autor de la comedia
dice que es excelente, y el articulista un _acéfalo_: se conjuran los
actores, cierran la puerta del teatro a mis comedias para lo sucesivo, y
ponen el grito en los cielos. ¿Quién es el fatuo que nos critica?
¡Pícaro traductor, ladrón, pedante! ¿Y esto logra el pobre amigo de la
verdad y de la ilustración? ¡Oh qué placer el de ser redactor!
Precipítome huyendo del teatro en la literatura. Un señorón encopetado
acaba de publicar una obra indigesta.
«Señor redactor--me dice en una carta seductora,--confío en el talento
de usted y en nuestra amistad, de que le tengo dadas bastantes
pruebas--por desgracia suele ser verdad,--que hará un juicio crítico de
mi obra, imparcial--imparcial llama él a un juicio que le alabe,--y
espero a usted a comer para que juntos departamos acerca de algunas
ideas que convendría indicar, etc.» Resista usted a estas indirectas, y
opte usted entre la gratitud y la mentira. Ambos vacíos tienen sus
acerbos detractores, y unos u otros se han de ensangrentar en el triste
Fígaro. ¡Oh qué placer el de ser redactor!
¡Bueno! Traduciré noticias; al trabajo; corto mi pluma, desenvuelvo el
inmenso papel extranjero; aquí van tres columnas.
--¿Tres columnas he dicho? Al día siguiente las busco en la Revista,
pero inútilmente.
--¡Señor director! ¿qué se hicieron mis columnas?
--¡Calle usted--me responde,--ahí están; no han servido: esta noticia es
inoportuna; es arriesgada; la otra no conviene; aquella de más allá es
insignificante; esta otra es buena, pero está mal traducida!
--Considere usted que es preciso hacer ese trabajo en horas--replico
lleno de entusiasmo;--el hombre llega a cansarse...
--Si usted es hombre que se cansa alguna vez, no sirve usted para
periódicos...
--Me dolía ya la cabeza...
--Al buen periodista nunca le debe doler la cabeza...
--¡Oh, qué placer el de ser redactor!
Dejémonos de fárrago, yo no sirvo para él. Vaya un artículo profundo;
ojeo el _Say_ y el _Smith_; de economía política será.
--Grande artículo--me dice el editor,--pero, amigo Fígaro, no vuelva
usted a hacer otro.
--¿Por qué?
--Porque esto es matarme el periódico. ¿Quién quiere usted que lea, si
no es jocoso, ni mordaz, ni superficial? Si tiene además cinco
columnas... todos se me han quejado; nada de artículos científicos,
porque nadie los lee. Perderá usted su trabajo.
--¡Oh, qué placer el de ser redactor!
--Encárguese usted de revisar los artículos comunicados, y sobre todo
las composiciones poéticas de circunstancias...
--¡Ay, señor editor, pero habrá que leerlos!...
--Preciso, señor Fígaro...
--¡Ay, señor editor, mejor quiero rezar diez rosarios de quince
dieces!...
--¡Señor Fígaro!...
¡Oh, qué placer el de ser redactor!
Política y más política. ¿Qué otro recurso me queda? Verdad es que de
política no entiendo una palabra. ¿Pero en qué niñerías me paro? Si seré
yo el primero que escriba política sin saberla! Manos a la obra; junto
palabras y digo: conferencias, protocolos, derechos, representación,
monarquía, legitimidad, notas, usurpación, cámaras, cortes, centralizar,
naciones, felicidad, paz, ilusos, incautos, seducción, tranquilidad,
guerra, beligerantes, armisticio, contraproyecto, adhesión, borrascas
políticas, fuerzas, unidad, gobernantes, máximas, sistemas,
desquiciadores, revolución, orden, centros, izquierda, modificación,
bill, reformas, etc. Ya hice mi artículo, pero ¡oh cielos! El editor me
llama.
--Señor Fígaro, usted trata de comprometerme con las ideas que propala
en ese artículo...
--¿Yo propalo ideas, señor editor? Crea usted que es sin saberlo.
¿Conque tanta malicia tiene?...
--Si usted no tiene pulso...
--Perdone usted; yo no creí que mi sistema político era tan... yo lo
hice jugando...
--Pues si nos pasa perjuicio, usted será el responsable...
--¿Yo, señor editor?
¡Oh, qué placer el de ser redactor!
¡Oh, si esto fuese todo, y si sólo fuera uno responsable, pobre Fígaro,
de lo que escribe! Pero ¡ah! tocamos a otro inconveniente; supongo yo
que no apareció el autor necio, ni el actor ofendido, ni disgustó el
artículo, sino que todo fue dicha en él. ¿Quién me responde de que algún
maldito yerro de imprenta no me hará decir disparate sobre disparate?
¿Quién me dice que no se pondrá Camellos donde yo puse Comellas, torner
donde escribí yo Forner, ritómico donde rítmico, y otros de la misma
familia? ¿Será preciso imprimir yo mismo mis artículos? ¡Oh, qué placer
el de ser redactor!
¡Santo cielo! ¿Y yo deseaba ser periodista? Confieso como hombre débil,
lector mío, que nunca supe lo que quise; juzga tú por el largo cuento de
mis infortunios periodísticos, que mucho procuré abreviarte, si puedo y
debo, con sobrada razón, exclamar ahora que ya lo soy: ¡Oh, qué placer
el de ser redactor!
DON TIMOTEO O EL LITERATO
_Genus irritabile vatum_, ha dicho un poeta latino. Esta expresión
bastaría a probarnos que el amor propio ha sido en todos tiempos el
primer amor de los literatos, si hubiésemos menester más pruebas de esta
incontestable verdad que la simple vista de los más de esos hombres que
viven entre nosotros de literatura. No queremos decir por esto que sea
el amor propio defecto exclusivo de los que por su talento se
distinguen: generalmente se puede asegurar que no hay nada más temible
en la sociedad que el trato de las personas que se sienten con alguna
superioridad sobre sus semejantes. ¿Hay cosa más insoportable que la
conversación y los dengues de la hermosa que lo es a sabiendas? Mírela
usted a la cara tres veces seguidas; diríjala usted la palabra con
aquella educación, deferencia o placer que difícilmente pueden dejar de
tenerse hablando con una hermosa; ya le cree a usted su _don Amadeo_, ya
le mira a usted como quien le perdona la vida. Ella, sí, es amable, es
un modelo de dulzura; pero su amabilidad es la afectada mansedumbre del
león, que hace sentir de vez en cuando el peso de sus garras; es pura
compasión que nos dispensa.
Pasemos de la aristocracia de la belleza a la de la cuna. ¡Qué amable es
el señor marqués, qué despreocupado, qué llano! Vedle con el sombrero en
la mano, sobre todo para sus inferiores. Aquella llaneza, aquella
deferencia, si ahondamos en su corazón, es una honra que cree dispensar,
una limosna que cree hacer al plebeyo. Trate éste diariamente con él, y
al fin de la jornada nos dará noticias de su amabilidad: ocasiones habrá
en que algún manoplazo feudal le haga recordar con quién se las ha.
No hablemos de la aristocracia del dinero, porque si alguna hay falta de
fundamento es ésta: la que se funda en la riqueza, que todos pueden
tener; en el oro, de que solemos ver henchidos los bolsillos de éste o
aquél alternativamente, y no siempre de los hombres de más mérito; en el
dinero, que se adquiere muchas veces por medios ilícitos, y que la
fortuna reparte a ciegas sobre sus favoritos de capricho.
Si algún orgullo hay, pues, disculpable, es el que se funda en la
aristocracia del talento, y más disculpable ciertamente donde es a toda
luz más fácil nacer hermosa, de noble cuna, o adquirir riqueza, que
lucir el talento que nace entre abrojos, cuando nace, que sólo acarrea
sinsabores, y que se encuentra aisladamente encerrado en la cabeza de su
dueño como en callejón sin salida. El estado de la literatura entre
nosotros, y el heroísmo que en cierto modo se necesita para dedicarse a
las improductivas letras, es la causa que hace a muchos de nuestros
literatos más insoportables que los de cualquiera otro país: añádase a
esto el poco saber de la generalidad, y de aquí se podrá inferir que
entre nosotros el literato es una especie de oráculo que, poseedor único
de su secreto y solo iniciado en sus misterios recónditos, emite su
opinión obscura con voz retumbante y hueca, subido en el trípode que la
general ignorancia le fabrica. Charlatán por naturaleza, se rodea del
aparato ostentoso de las apariencias, y es un cuerpo más impenetrable
que la célebre cuña de la milicia romana. Las bellas letras, en una
palabra, el saber escribir es un oficio particular que sólo profesan
algunos, cuando debiera constituir una pequeñísima parte de la
educación general de todos.
Pero, si atendidas estas breves consideraciones, es el orgullo del
talento disculpable, porque es el único modo que tiene el literato de
cobrarse el premio de su afán, no por eso autoriza a nadie a ser en
sociedad ridículo, y éste es el extremo por donde peca don Timoteo.
No hace muchos días que yo, que no me precio de gran literato, yo que de
buena gana prescindiría de esta especie de apodo, si no fuese preciso
que en sociedad tenga cada cual el suyo, y si pudiese tener otro mejor,
me vi en la precisión de consultar a algunos literatos con el objeto de
reunir sus diversos votos y saber qué podrían valer unos opúsculos que
me habían traído para que diese yo sobre ellos mi opinión. Esto era
harto difícil en verdad, porque, si he de decir lo que siento, no tengo
fijada mi opinión todavía acerca de ninguna cosa, y me siento
medianamente inclinado a no fijarla jamás: tengo mis razones para creer
que éste es el único camino del acierto en materias opinables: en mi
entender todas las opiniones son peores; permítaseme esta manera de
hablar antigramatical y antilógica.
Fuíme, pues, con mis manuscritos debajo del brazo (circunstancia que no
le importará gran cosa al lector) deseoso de ver a un literato, y me
pareció deber salir para esto de la atmósfera inferior donde pululan los
poetas noveles y lampiños, y dirigirme a uno de esos literatazos
abrumados de años y de laureles.
Acerté a dar con uno de los que tienen más sentada su reputación. Por
supuesto que tuve que hacer una antesala digna de un pretendiente,
porque una de las cosas que mejor se saben hacer aquí, es esto de
antesala. Por fin tuve el placer de ser introducido en el obscuro
santuario.
Cualquiera me hubiera hecho sentar; pero don Timoteo me recibió en pie,
atendida, sin duda, la diferencia que hay entre el literato y el hombre.
Figúrense ustedes un ser enteramente parecido a una persona; algo más
encorvado hacia el suelo que el género humano, merced, sin duda, al
hábito de vivir inclinado sobre el bufete: mitad sillón, mitad hombre;
entrecejo arrugado; la voz más hueca y campanuda que las de las
personas; las manos _mijt_ y _mijt_, como dicen los chuferos y
valencianos, de tinta y tabaco; gran autoridad en el decir; mesurado
compás de frases; vista insultantemente curiosa, y que oculta a su
interlocutor por una rendija que le dejan libres los párpados fruncidos
y casi cerrados, que es manera de mirar sumamente importante y como de
quien tiene graves cuidados; los anteojos encaramados a la frente;
calva, hija de la fuerza del talento, y gran balumba de papeles
revueltos y libros confundidos, que bastarán a dar una muestra de lo
coordinadas que podía tener en la cabeza sus ideas; una caja de rapé y
una petaca: los demás vicios no se veían. Se me olvidaba decir que la
ropa era adrede mal hecha, afectando desprecio de las cosas terrenas, y
todo el conjunto no de los más limpios, porque éste era de los literatos
rezagados del siglo pasado, que tanto más profundos se imaginaban,
cuanto menos aseados vestían.
Llegué, le vi, dije: éste es un sabio.
Saludé a don Timoteo y saqué mis manuscritos.
--¡Hola!--me dijo ahuecando mucho la voz para pronunciar.
--Son de un amigo mío.
--¿Sí?--me respondió,--¡Bueno! ¡Muy bien!--Y me echó una mirada de
arriba abajo por ver si descubría en mi rostro que fuesen míos.
--¡Gracias!--repuse, y empezó a hojearlos.
--«Memoria sobre las aplicaciones del vapor». ¡Ah! esto es acerca del
vapor, ¿eh? Vea usted... aquí falta una coma: en esto soy muy delicado.
No hallará usted en Cervantes usada la voz _memoria_ en este sentido; el
estilo es duro, y la frase es poco robusta... ¿Qué quiere decir
_presión_ y...?
--Sí; pero acerca del vapor... porque el asunto es saber si...
--Yo le diré a usted; en una oda que yo hice allá cuando muchacho,
cuando uno andaba en esas cosas de literatura... dije... cosas buenas...
--Pero ¿qué tiene que ver?
--¡Oh! ciertamente ¡oh! Bien, me parece bien. Ya se ve; estas ciencias
exactas son las que han destruido los placeres de la imaginación: ya no
hay poesía.
--¿Y qué falta hace la poesía cuando se trata de mover un barco, señor
don Timoteo?
--¡Oh! cierto... pero la poesía... amigo... ¡oh! aquellos tiempos se
acabaron. Esto... ya se ve... estará bien, pero debe usted llevarlo a un
físico, a uno de esos...
--Señor don Timoteo, un literato de la fama de usted tendrá siquiera
ideas generales de todo, demasiado sabrá usted...
--Sin embargo... ahora estoy escribiendo un tratado completo con notas y
comentarios, míos también, acerca de quién fue el primero que usó el
asonante castellano.
--¡Hola! Debe usted darse prisa a averiguarlo: esto urge mucho a la
felicidad de España y a las luces... Si usted llega a morirse, nos
quedamos a buenas noches en punto a asonantes... y...
--Sí, y tengo aquí una porción de cosillas que me traen a leer; no puedo
dar salida a los que... ¡Me abruman a consultas!... ¡Oh! estos muchachos
del día salen todos tan... ¡Oh! ¿Usted habrá leído mis poesías? Allí hay
algunas cosillas...
--Sí; pero un sabio de la reputación de don Timoteo habrá publicado
además obras de fondo y...
--¡Oh! ¡no se puede... no saben apreciar!... ya sabe usted... a salir
del día... Sólo la maldita afición que uno tiene a estas cosas...
--Quisiera leer, con todo, lo que usted ha publicado: el género humano
debe estar agradecido a la ciencia de don Timoteo... Dícteme usted los
títulos de sus obras. Quiero llevarme una apuntación.
--¡Oh! ¡Oh!
--¿Qué especie de animal es éste--iba diciendo yo para mí--que no hace
más que lanzar monosílabos y hablar despacio, alargando los vocablos y
pronunciando más abiertas las _aes_ y las _oes_?
Cogí, sin embargo, una pluma y un gran pliego de papel presumiendo que
se llenaría con los títulos de las luminosas obras que habría publicado
durante su vida el célebre literato don Timoteo.
--Yo hice--empezó--una oda a la _Continencia_... ya la conocerá usted...
allí hay algunos versecillos.
--_Continencia_--dije yo repitiendo.--Adelante.
--En los periódicos de entonces puse algunas anacreónticas; pero no con
mi nombre.
--_Anacreónticas_; siga usted; vamos a lo gordo.
--Cuando los franceses, escribí un folletito que no llegó a
publicarse... ¡como ellos mandaban!
--_Folletito_ que no llegó a publicarse.
--He hecho una oda al Huracán, y una silva a Filis.
--_Huracán, Filis._
--Y una comedia que medio traduje de cualquier modo; pero como en aquel
tiempo nadie sabía francés, pasó por mía: me dio mucha fama. Una
novelita traduje también...
--¿Qué más?
--Ahí tengo un prólogo empezado para una obra que pienso escribir, en el
cual trato de decir modestamente que no aspiro al título de sabio: que
las largas convulsiones políticas que han conmovido a la Europa y a mí a
un mismo tiempo, las intrigas de mis émulos, enemigos y envidiosos, y la
larga carrera de infortunios y sinsabores en que me he visto envuelto y
arrastrado juntamente con mi patria, han impedido que dedicara mis ocios
al cultivo de las musas; que habiéndose luego el gobierno acordado y
servídose de mi poca aptitud en circunstancias críticas, tuve que dar de
mano a los estudios amenos que reclaman soledad y quietud de espíritu,
como dice Cicerón; y en fin, que en la retirada de Vitoria perdí mis
papeles y manuscritos más importantes; y sigo por ese estilo...
--Cierto... Ese prólogo debe darle a usted extraordinaria importancia.
--Por lo demás, no he publicado otras cosas...
--Conque una oda y otra oda--dije yo recapitulando--y una silva,
anacreónticas, una traducción original, un folletito que no llegó a
publicarse, y un prólogo que se publicará...
--Eso es. Precisamente.
Al oír esto no estuvo en mí tener más la risa, despedíme cuanto antes
pude del sabio don Timoteo, y fuíme a soltar la carcajada al medio del
arroyo a todo mi placer.
--¡Por vida de Apolo!--salí diciendo.--¿Y es este don Timoteo? ¿Y cree
que la sabiduría está reducida a hacer anacreónticas? ¿Y porque ha hecho
una oda le llaman sabio? ¡Oh reputaciones fáciles! ¡Oh pueblo bondadoso!
¿Para qué he de entretener a mis lectores con la poca diversidad que
ofrece la enumeración de las demás consultas que en aquella mañana pasé?
Apenas encontré uno de esos célebres literatos, que así pudiera dar su
voto en poesía como en legislación, en historia como en medicina, en
ciencias exactas como en... Los literatos aquí no hacen más que versos,
y si existen entre ellos algunos de mérito verdadero que de él hayan
dado pruebas positivas, no son excepciones suficientes para variar la
regla general.
¿Hasta cuándo, pues, esa necia adoración a las reputaciones usurpadas?
Nuestro país ha caminado más de prisa que esos literatos rezagados;
recordamos sus nombres que hicieron ruido cuando, más ignorantes, éramos
los primeros a aplaudirlos; y seguimos repitiendo siempre como
papagayos: _Don Timoteo es un sabio_. ¿Hasta cuándo? Presenten sus
títulos a la gloria y los respetaremos y pondremos sus obras sobre
nuestra cabeza. ¿Y al paso que nadie se atreve a tocar a esos sagrados
nombres que sólo por antiguos tienen méritos, son juzgados los jóvenes
que empiezan con toda la severidad que aquéllos merecían? El más leve
descuido corre de boca en boca; una reminiscencia es llamada robo, una
imitación plagio, y un plagio verdadero, intolerable desvergüenza. Esto
en tierra donde hace siglos que otra cosa no han hecho sino traducir
nuestros más originales hombres de letras.
Pero volvamos a nuestro don Timoteo. Háblesele de algún joven que haya
dado alguna obra.
--No lo he leído... ¡Como no leo esas cosas!--exclama.
Hable usted de teatros a don Timoteo.