prueba evidente de que entrambas cosas ninguna falta nos hacen para ser
felices. Aquí pensamos como cierta señora, que viendo llorar a una su
parienta, porque no podía mantener a su hijo en un colegio, «calla,
tonta, le decía: mi hijo no ha estado en ningún colegio, y a Dios
gracias bien gordo se cría y bien robusto».
Y para confirmación de esto mismo, un diálogo quiero referirte que con
cuatro batuecos de estos tuve no ha mucho, en que todos vinieron a
contestarme en substancia una misma cosa, concluyendo cada uno a su tono
y como quiera.
--Aprenda usted la lengua del país--les decía--coja usted la
gramática.--La parda es la que yo necesito--me interrumpió el más
desembarazado con aire zumbón y de chulo; fruta del país: lo mismo es
decir las cosas de un modo que de otro.
--Escriba usted la lengua con corrección.--¡Monadas! ¿Que más dará
escribir vino con _b_ que con _v_? ¿Si pasará por eso de ser vino?
--Cultive usted el latín.--Yo no he de ser cura, ni tengo de decir misa.
--El griego.--¿Para qué, si nadie me lo ha de entender?
--Dése usted a las matemáticas.--Ya sé sumar y restar, que es todo lo
que puedo necesitar para ajustar mis cuentas.
--Aprenda usted física. Le enseñará a conocer los fenómenos de la
naturaleza.--¿Quiere usted todavía más fenómenos que los que está uno
viendo todos los días?
--Historia natural. La botánica le enseñará el conocimiento de las
plantas.--¿Tengo yo cara de herbolario? Las que son de comer, guisadas
me las han de dar.
--La zoología le enseñará a conocer los animales y sus...--¡Ay! ¡Si
viera usted cuántos animales conozco ya!
--La mineralogía le enseñará el conocimiento de los metales, de
los...--Mientras no me enseñe donde tengo de encontrar una mina, no
hacemos nada.
--Estudie usted la geografía.--Ande usted, que si el día de mañana tengo
que hacer un viaje, dinero es lo que necesito, y no geografía; ya sabrá
el postillón el camino, que es su obligación, y dónde está el pueblo a
donde voy.
--Lenguas.--No estudio para intérprete: si voy al extranjero, en
llevando dinero ya me entenderán, que es la lengua universal.
--Humanidades, bellas letras...--¿Letras? de cambio: todo lo demás es
broma.--Siquiera un poco de retórica y poesía.--Sí, sí, venga usted con
coplas; ¡para retórica estoy yo! Y si por las comedias lo dice usted, yo
no las tengo de hacer; traducidas del francés me las han de dar en el
teatro.
--La historia.--Demasiadas historias tengo yo en la cabeza.--Sabrá usted
lo que han hecho los hombres...--¡Calle usted por Dios! ¿Quién le ha
dicho a usted que cuentan las historias una sola palabra de verdad? ¡Es
bueno que no sabe uno de lo que ocurre en casa!
Y por último concluyeron:
--Mire usted--dijo el uno,--déjeme usted de quebraderos de cabeza;
mayorazgo soy, y el saber es para los hombres que no tienen sobre qué
caerse muertos.
--Mire usted--dijo el otro;--mi tío es general, y ya tengo una
charretera a los quince años; otra vendrá con el tiempo, y algo más, sin
necesidad de quemarse las cejas; para llevar el chafarote al lado y
lucir la casaca no se necesita mucha ciencia.
--Mire usted--dijo el tercero,--en mi familia nadie ha estudiado, porque
las gentes de la sangre azul no han de ser médicos ni abogados, ni han
de trabajar como la canalla... Si me quiere usted decir que don Fulano
se granjeó un grande empleo por su ciencia y su saber, ¡buen provecho!
¿quién será él cuando ha estudiado? Yo no quiero degradarme.
--Mire usted--concluyó el último,--verdad es que yo no tengo grandes
riquezas, pero tengo tal cual letra; ya he logrado meter la cabeza en
Rentas por empeños de mi madre; un amigo nunca me ha de faltar, ni un
empleíllo de mala muerte; y para ser oficinista, no es preciso ser
ningún catedrático de Alcalá ni de Salamanca.
Bendito sea Dios, Andrés, bendito sea Dios, que se ha servido con su
alta misericordia aclararnos un poco las ideas en este particular. De
estas poderosas razones trae su origen el no estudiar, del no estudiar
nace el no saber, y del no saber es escuela indispensable ese hastío y
ese tedio que a los libros tenemos, que tanto redunda en honra y
provecho, y sobre todo en descanso de la patria.
--¿Pues no da lástima--me decía otro batueco días atrás,--ver la
confusión de papeles que se cruzan y se atropellan por todas partes en
esos países que se llaman cultos? ¡Válgame Dios! ¡Qué flujo de hablar y
qué caos de palabras, y qué plaga de papeles, y qué turbión de libros,
que ni el entendimiento barrunta cómo hay plumas que los escriban, ni
números que los cuenten, ni oficinas que los impriman, ni paciencia que
los lea! ¿Y con aquello se han de mantener un sinnúmero de hombres, sin
más oficio ni beneficio que el de literatos? Y dale con las ciencias y
dale con las artes, y vuelta con los adelantos y torna con los
descubrimientos. ¡Oh siglo gárrulo y lenguaraz! ¡Mire usted qué mina han
descubierto!
¡Qué de ventajas, Andrés, llevamos en esto a los demás! Muérense
miserables aquí los autores malos, y digo malos, porque buenos no los
hay; y lo que es mejor, lo mismo se han muerto los buenos, cuando los ha
habido, y volverán a morirse cuando los vuelva a haber, ni aquí se
enriquecen los ingenios pobres con la lectura de los discretos ricos, ni
tienen aquí más vanidad fundada que la que siempre traen en el estómago,
pues por no hacerlos orgullosos nadie los alaba, ni les da qué comer.
¡Oh idea cristiana! Ni aquí prospera nadie con las letras, ni se cruzan
los libros y periódicos en continua batalla; aquí las comedias buenas no
se representan sino muy de tarde en tarde, sin otra razón que porque no
las hay a menudo, y las malas ni se silban ni se pagan, por miedo de que
se lleguen a hacer buenas todos los días. Aquí somos tan bien criados, y
tanto gustamos de ejercer la hospitalidad, que vaciamos el oro de
nuestros bolsillos para los extranjeros. ¡Oh desinterés! Aquí se trata
mal a los actores medianos, y peor a los mejores por no ensoberbecerlos.
¡Oh deseo de humildad! No se les da siquiera precio por no agitarlos.
¡Oh caridad! Y a la par se exige de ellos que sean buenos. ¡Oh
indulgencia! No es aquí, en fin, profesión el escribir, ni afición el
leer, ambas cosas son pasatiempo de gente vaga o mal entretenida: que no
puede ser hombre de provecho quien no es por lo menos tonto y mayorazgo.
¡Oh tiempo y edad venturosa! No paséis nunca, ni tengan nunca las letras
más amparo, ni se hagan jamás comedias, ni se impriman papeles, ni
libros se publiquen, ni lea nadie, ni escriba desde que salga de la
escuela.
Que si me dices, Andrés, que se escribe y se lee, por los muchos
carteles que por todas partes ves, direte que me saques tres libros
buenos del país y del día, y de lo demás no hagas caso, que no es más ni
mejor el agua de una cascada por mucho estruendo que meta, ni eso es
otra cosa que el espantoso ruido de los famosos batanes del hidalgo
manchego; después de visto, un poco de agua sucia; ni escribe, en fin,
todavía quien sólo escribe palotes.
Así que, cuando la anterior proposición senté, no quise decir que no se
escribiese, sino que no se escribe bien, ni que no fuese el de
emborronar papel el pecado del día, pecado que no quiera Dios perdonarle
nunca, ni quiero yo negar la triste verdad de que no hay día que algún
libro malo no se publique, antes lo confieso, y de ello y de ellos me
pesa y tengo verdadero dolor, como si los compusiera yo. Pero todo ese
atarugamiento y prisa de libros, reducido está, como sabemos, a un
centón de novelitas fúnebres y melancólicas, y de ninguna manera arguye
la existencia de una literatura nacional que no puede suponerse
siquiera donde la mayor parte de lo que se publica, si no el todo, es
traducido, y no escribe el que sólo traduce bien, como no dibuja quien
estarce y pasa el dibujo ajeno a otro papel al trasluz de un cristal. Lo
cual es tan verdad, que no me dejaría mentir ni decir cosa en contrario
todo ese enjambre de autorzuelos, a quienes pudiéramos aplicar los
tercetos del rey de Artieda:
«Como las gotas que en verano llueven,
Con el ardor del Sol, dando en el suelo,
Se convierten en ranas, y se mueven:
Con el calor del gran señor de Delo
Se levantan del polvo poetillas
Con tanta habilidad, que es un consuelo».
Y más que me cuentes entre ellos, y por tanto me reconvengas, pues si me
preguntas por qué me entrometo yo también en embadurnar papel sin saber
más que otros, te recordaré aquello de «donde quiera que fueres, haz lo
que vieres». Así, si fuese a país de cojos, pierna de palo me pondría; y
ya que en país de autorcillos y traductores he nacido y vivo, autorcillo
y traductor quiero y debo, y no puedo menos de ser, pues ni es justo
singularizarme y que me señalen con el dedo por las calles, ni depende
además del libre albedrío de cada uno el no contagiarse de una epidemia
general. Ni a nadie hagas cargos tampoco por lo de traductor, pues es
forzoso que se eche muletas para ayudarse a andar quien nace sin pies, o
los trae trabados desde el nacer.
Y si me añades que no puede ser de ventaja alguna el ir atrasados con
respecto a los demás, te diré que lo que no se conoce no se desea ni
echa de menos: así suele el que va atrasado creer que va adelantado, que
tal es el orgullo de los hombres, que nos pone a todos una venda en los
ojos para que no veamos ni sepamos por dónde vamos, y te citaré a este
propósito el caso de una buena vieja que en un pueblo, que no quiero
nombrarte, ha de vivir todavía, la cual vieja era de estas muy leídas de
los lugares; estaba subscripta a la _Gaceta_, y la había de leer siempre
desde la Real orden hasta el último partido vacante, de seguido, y sin
pasar nunca a otro sin haber primero dado fin del anterior. Y es el caso
que vivía y leía la vieja (al uso del país) tan despacio y con tal
sorna, que habiéndose ido atrasando en la lectura, se hallaba el año 29,
que fue cuando yo la conocí, en las _Gacetas_ del año 23, nada más; hube
de ir un día a visitarla, y preguntándole qué nuevas tenía, al entrar en
su cuarto, no pudo dejarme concluir; antes arrojándose en mis brazos con
el mayor alborozo y soltando la _Gaceta_ que en la mano a la sazón
tenía:--¡Ay señor de mi alma!--me gritaba con voz mal articulada y
ahogada en lágrimas y sollozos, hijos de su contento,--¡ay señor de mi
alma! ¡Bendito sea Dios, que ya vienen los franceses, y que dentro de
poco nos han de quitar esa pícara Constitución, que no es más que un
desorden y una anarquía!» Y saltaba de gozo y dábase palmadas repetidas,
esto en el año 29, que me dejó pasmado de ver cuán de ilusión vivimos en
este mundo, y que tanto da ir atrasado como adelantado, siempre que nada
veamos ni queramos ver por delante de nosotros.
Más te dijera, Andrés, en el particular, si más voluntad tuviese yo de
meterme en mayores honduras; empero sólo me limitaré a decirte, para
concluir, que no sabemos lo que tenemos con nuestra feliz ignorancia,
porque el vano deseo de saber induce a los hombres a la soberbia, que es
uno de los siete pecados mortales, por el plano resbaladizo de nuestro
amor propio: de este feo pecado nació, como sabes, en otros tiempos, la
ruina de Babel, con el castigo de los hombres y la confusión de lenguas,
y la caída asimismo de aquellos fieros titanes, gigantazos descomunales,
que por igual soberbia escalaron también el cielo; sea esto dicho para
confundir la historia sagrada con la profana, que es otra ventaja de que
gozamos los ignorantes, de que todo lo hacemos igual.
De que podrás inferir, Andrés, cuán dañoso es el saber y qué verdad es
todo cuanto arriba te llevo dicho acerca de las ventajas que en esta,
como en otras cosas, a los demás hombres llevamos los batuecos, cuánto
debe regocijarnos la proposición cierta de que: «En este país no se lee
porque no se escribe, y no se escribe porque no se lee»; que quiere
decir, en conclusión, que aquí ni se lee ni se escribe; y cuánto
tenemos, por fin, que agradecer al cielo, que por tan raro y desusado
camino nos guía a nuestro bien y eterno descanso, el cual deseo para
todos los habitantes de este incultísimo país de las Batuecas, en que
tuvimos la dicha de nacer, donde tenemos la gloria de vivir y en el cual
tendremos la paciencia de morir. Adiós, Andrés.
Tu amigo.--_El Bachiller._
II
¡Qué país, Andrés, el de las Batuecas! ¡Cuánto no promete! ¿De mi
amistad exiges que siga poniendo en tu noticia la que de este
extraordinario suelo pueda alcanzar a tener? ¿Gustote mi primera
epístola? Juro en buen hora por mi honor, y ya sabes que este juramento
es en estos tiempos y en las Batuecas cosa seria y sagrada, juro por mi
honor, digo, que no tengo de parar hasta que tanto sepas en la materia
como yo.
De poco te asombras, querido amigo: nada es lo que he dicho en
comparación de lo que me queda que decir. Te dije que no se leía ni se
escribía. ¿Cuál será tu asombro y tu placer cuando te pruebe que tampoco
se habla? ¿No puedes concebir que llegue a tanto la moderación de este
inculto país? ¿Y por eso lo llaman inculto? ¡Hombres injustos! Llamáis a
la prudencia miedo, a la moderación apocamiento, a la humildad
ignorancia. A toda virtud habéis dado el nombre de vicio.
¿Puede haber nada más hermoso ni más pacífico que un país en que no se
habla? Ciertamente que no, y por lo menos nada puede haber más
silencioso. Aquí nada se habla, nada se dice, nada se oye.
¿Y no se habla, me dirás, porque no hay quien oiga, o no se oye porque
no hay quien hable? Cuestión es esa que dejaremos para otro día, si bien
cuestiones andan en esos mundos decididas, acreditadas y creídas más
paradójicas que ésta. Empero, conténtate por ahora con saber que no se
habla; costumbre antigua tan admitida en el país, que para ella sola
tiene un refrán que dice: «Al buen callar llaman Sancho»; y no necesito
decirte la autoridad que tiene en las Batuecas un refrán, y más un
refrán tan claro como éste.
Llégome a una ocurrencia.
--Buenos días, don Prudencio; ¿qué hay de nuevo?
--Sí, calle usted--me dice con el dedo en los labios.
--¿Que calle?
--Así; y se vuelve a mirar en derredor.
--Hombre, si yo no pienso decir nada malo.
--No importa, calle usted. ¿Ve usted aquel embozado que escucha?... Es
un esp... un sop...
--¡Ah!
--Que vive de eso.
--¿Y se vive de eso en las Batuecas?
--Ese es un hombre que vive de lo que otros hablan, y como ése hay
muchos; así que todos estamos reducidos aquí a no hablar; mírenos usted
obscuramente envueltos en nuestras capas, hablando por dentro del
embozo, desconfiando de nuestros padres y de nuestros hermanos... Parece
que hemos cometido todos o vamos a cometer algún delito... Imite usted
nuestro ejemplo, que en ello le va más de lo que parece.
¿Hay cosa más rara? ¡Un hombre que vive de lo que otros hablan! ¿Y dicen
que los batuecos no son industriosos para vivir?..........
* * * * *
Va a edificarse un monumento que podrá dar gloria a las Batuecas; el
plan es colosal, la idea magnífica, la ejecución asombrosa; pero hay un
defecto, un defecto también colosal; me apresuro: yo lo haré conocer, yo
lo haré desaparecer.
--Señor don Timoteo, traigo un artículo para usted: insértemelo usted en
su miscelánea.
--¡Ah! ¿Esto? Es imposible, ¡imposible!--Y me añade al oído:--Usted no
sabe que el sujeto que ha propuesto él, se llama D. Y. Z.
--Bien pudiera llamarse así ese sujeto y corregirse el defecto.
--Pero es pariente del señor...
--¿Y no pudiera seguir siendo su pariente después de desaparecer el
defecto?
--Cierto; no me entiende usted; es mal enemigo, y no me atrevo a
insertarlo.
¡Oh inagotable capítulo de las consideraciones! Por todos lados adonde
nos volvamos para marchar, encontramos con la pared.
¿Qué de elogios no merece esta noble moderación, este respeto a las
personas que pueden, entre los batuecos?
Encuéntrome con un escritor público.
--Señor bachiller, ¿qué le parece a usted mis escritos?
--Hombre, me parece que no hay nada que pedirles, porque nada tienen.
--¡Siempre ha de decir usted cosas!...
--¡Y usted nunca ha de decir cosas! ¿Por qué no fulmina usted el anatema
de la crítica contra ciertas obras que nos inundan?
--¡Ay, amigo! Los autores han descubierto el gran secreto para que no
les critiquen sus obras. Zurcen un libro. ¿Son vaciedades? No importa.
¿Para qué son las dedicatorias? Buscan un nombre ilustre, encabezan con
él su mamotreto, dicen que se lo dedican, aunque nadie sepa lo que
quiere decir eso de dedicar un libro que uno hace a otro que nada tiene
de común con el tal libro, y con ese talismán caminan seguros de ofensas
ajenas. Ampáranse como los niños en las faldas de mamá para que papá no
les pegue.
--¿Por qué no pinta usted el desorden de nuestras costumbres y de
nuestras...?
--¡Ah! ¿no conoce usted el país? ¿Yo satírico? ¡Si tuviera el vulgo la
torpeza de entender las cosas como se dicen! Pero es tanta la
penetración de estos batuecos, que adivinan el original del retrato que
usted no ha hecho. Dice usted que es ridículo el ser un calzonazos; y
que es un pobre hombre todo Juan Lanas, y sale un importante de estos
que, a costa de tener reputación, se conforman con tenerla mala, y
exclaman a voces: ¡Señores! ¿Saben ustedes quién es ese Juan Lanas de
quien habla el satírico? Ese Juan Lanas soy yo: porque para eso de
entender alusiones no hay hombres como los batuecos.--Hombre, ¿qué ha de
ser usted? Si el autor no lo conoce siquiera...--No importa; apuesto mi
cabeza a que soy yo; y os pone un cartel de desafío, y no hay sino
dejaros matar, porque él es un necio.--¿Quién es aquella sultana del
Oriente? le dicen a usted.--Cualquiera que se halle en ese caso,
responde usted. ¡Picarillo! le responden; sí, a mí con esas... Esa es la
X***.--Como si no hubiera más que una en Madrid.--Agregue usted a esto
que la naturaleza reparte sus dones con economía, y dando fuerzas a
aquel a quien negó el talento, corre el satírico gran riesgo en las
Batuecas de que su cabeza se encuentre en el mismo camino de un garrote,
encuentro siempre que puede traer peores consecuencias para la primera
que para el segundo.
--Bien, pues, no sea usted satírico: sea usted justo no más. Cuando
representan pésimamente una comedia, cuando cantan rabiando una ópera,
cuando es la decoración mezquina, ¿por qué no levanta su voz?
--Con gente del teatro nunca se las haya usted. Cervantes lo dijo. Nunca
les falta algún campeón que defenderá su pleito, campeón formidable.
Además, es ese un teclado en que no se ve más que el exterior: nunca se
sabe quién le toca: detrás del retablo y de esas figuritas de pasta de
Gaiferos y los moros, debajo del parche de maese Pedro está Ginesillo de
Pasamonte que los mueve: ¡ay! no tome usted la defensa de la infeliz
Melisendra, no desbarate las figuras, que si la mona se escapa al
tejado, si rompe la ilusión, si destroza las muñecas, las pagará caras.
Esa es, en fin, materia sagrada, y nadie las mueva, que estar no pueda
con Roldán a prueba.
--Pero, señor, nunca se ha ahorcado a nadie por decir que Fulano es mal
cómico.
--Lo que se ha hecho, señor Bachiller, y lo que se hará, mejor se está
callado.
--Se reclama, se apela...
--Señor Munguía, quiero contarle a usted un cuentecillo, y es caso
ocurrido no ha muchos meses en un lugarcito de las Batuecas.
Corríanse un día novillos, y contra la costumbre establecida en esos
pueblos de salir enmaromado el animal, bien como debían andar por el
mundo muchos animales de asta que yo conozco para que no hicieran daño,
hubieron de determinarse a dejarle suelto por las calles. Capeábanle los
mozos alegremente, y fue el caso que uno de ellos, más valentón que sus
compatriotas, en vez de sortear al novillo, se dejó sortear por él;
notable equivocación: enganchole el asta retorcida de la faja que en la
cintura traía, y aún no se sabe cuáles hubieran sido las vicisitudes del
jaque a no haber acudido en su auxilio dos primos suyos, movidos de
aquel impulso natural que todos tenemos de amparar a los que andan
enredados con animales cornudos. Soltáronle en efecto. Pero como quiera
que los novillos no valgan nada cuando no hacen alguna de las suyas,
amotinose en la plaza la parcialidad contraria a nuestro jaque, clamando
que para eso no se sacaba el novillo, y el que no supiese torear la
pagase, y que había sido una mala partida meterse entre dos que riñen a
su salvo: que aquello de ayudar al capeador había sido una alevosía
contra el toro; y aun es fama que alguno de los más leídos, que debía
ser sobrino del cura, trató aquello de traición semejante a la de
Beltrán Claquín, como le llama nuestro Mariana, cuando, volviendo lo de
abajo arriba, dijo en Montiel: Ni quito ni pongo rey. Como quiera que
fuese, creció la zambra, enronqueciéronse las voces, alzáronse los
palos, y no se sabe en qué hubiera parado aquella nueva discordia de
Agramante, a no haberse aparecido en medio de la confusión la divina
Astrea, disfrazada en figura de alcalde, que el mismo Diablo no la
conociera, con medio pino en la mano en vez de balanza, y sin venda,
porque es sabido, que el que no ve con los ojos abiertos, excusa
tapárselos para no ver, y a su decisión prometieron resignarse todos.
Alegaron las partes, escuchólas a entrambas aquel rústico Lain Calvo,
que fue milagro que se cansó en oírlas para sentenciar (aunque hay quien
asegura que se durmió mientras hablaron) y dijo en conclusión alzando la
voz estentórea:--Señores, por la vara que tengo en la mano--y tenía el
tal medio pino que llevamos referido,--juro a bríos que me he enterado,
aunque me esté mal el decirlo; y condeno a los dos primos a una multa
para mis urgencias, es decir, para las urgencias de la justicia, que soy
yo, por haber quitado la acción al animal; y declaro que en lo sucesivo
nadie sea osado a ayudar en función de esta clase a ningún mozo, por lo
menos hasta después de la primera embestida, porque el primer golpe es
de derecho del toro, y nadie se le puede quitar. Y Dios sea con todos.
Con cuya decisión debió quedar el pueblo sosegado y usted convencido.
¿Me ha entendido usted, señor Bachiller? Pregúntolo, porque si no me ha
entendido ahora, excuso hacer más preguntas, que ya nunca me entenderá.
Así, pues, líbrese de la primera embestida, y no lo deje para la
segunda; y desengáñese, que en las Batuecas si nos quita el adular, nos
quita el vivir; es preciso contentarse con decir en todo papel impreso
que la comedia estuvo de lo lindo; que todos los actores, incluso los
que no la representaron, se sobrepujaron a sí mismos, que es frase que
quiere decir mucho, aunque no hay un cristiano que la entienda; que la
decoración fue cosa exquisita; que el público anduvo acertado en
aplaudirla; que la invención última es el súmum del saber humano; que el
edificio y que la fuente y que el monumento, son otras tantas
maravillas; que aquella obra está planteada sobre las bases más sólidas
y los auspicios más felices; que la paz y la gloria, y la dicha y el
contento llegaron a su colmo; que el cólera no viene a las Batuecas
porque describe triángulos acutángulos, y es cosa averiguada, que todo
el que describe esta figura al andar, no puede pasar de cierto punto;
entreverar un articulejo de volapiés, que esto a nadie ofende sino al
toro; ingerir tal cual examen analítico de la obra última entre si diré,
si no diré lo que hay en la materia, tal cual anacreóntica, donde se le
digan a Filis cuatro frioleras de gusto, con su poco de acertijo, y
algún sonetuelo de circunstancias, que es cosa que sabe como cada fruta
en su tiempo, y en las demás materias, ¡chitón! que las noticias no son
para dadas, la política no es planta del país, la opinión es sólo del
tonto que la tiene, y la verdad estese en su punto. Además de que la
lengua se nos ha dado para callar, bien así como se nos dio el libre
albedrío para hacer sólo el gusto de los demás, los ojos para ver sólo
lo que nos quieran enseñar, los oídos para sólo oír lo que nos quieran
decir, y los pies para caminar a donde nos lleven. Y a alguno conozco
yo, señor Bachiller, que argüía a uno de estos que pregonan la felicidad
presente; y arguyéndole con ejemplos bien palpables, le repetía a cada
punto ¿conque estamos bien? A lo que le fue respondido como respondió
Bossuet al jorobado: Para batuecos, amigo mío, no podemos estar mejor.
Así ves, Andrés mío, a los batuecos, a quienes una larga costumbre de
callar ha entorpecido de lengua, no acertar a darse mutuamente los
buenos días, tener miedo, pazguatos y apocados, a su propia sombra
cuando se la encuentran a su lado en una pared, y guardándose
consideraciones a sí mismos por no hacerse enemigos, sucediéndoles
precisamente que se mueren de miedo de morirse, y que es la especie de
muerte más miserable de que puede hombre morir. Bien como le sucedió a
un enfermo a quien un médico brusista había mandado no comer si quería
evitar la muerte, que comiendo, según decía, lo amenazaba; el cual, a
poco tiempo de este régimen dietético, se murió de hambre.