ligero en una de mis mejillas.
--¡Asmodeo!--grité.
Profunda obscuridad; silencio de nuevo en torno mío.
--Asmodeo--quise gritar de nuevo:--despiértame empero el esfuerzo. Llena
aún mi fantasía de mi nocturno viaje, abro los ojos, y todos los trajes
apiñados, todos los países me rodean en breve espacio: un chino, un
marinero, un abate, un indio, un ruso, un griego, un romano, un
escocés... ¡Cielos! ¿Qué es esto? ¿Ha sonado ya la trompeta final? ¿Se
han congregado ya los hombres de todas las épocas y de todas las zonas
de la tierra a la voz del Omnipotente en el valle de Josafat?... Poco a
poco vuelvo en mí, y asustando a un turco y a una monja entre quienes
estoy, exclamo con toda la filosofía de un hombre que no ha cenado, e
imitando las expresiones de Asmodeo, que aún suenan en mis oídos:
--_El mundo todo es máscaras: todo el año es Carnaval._
EMPEÑOS Y DESEMPEÑOS
En prensa tenía yo mi imaginación no ha muchas mañanas[1] buscando un
tema nuevo sobre que dejar correr libremente mi atrevida sin hueso, que
ya pedía conversación, y acaso no lo hubiera encontrado a no ser por la
casualidad que contaré; y digo que no lo hubiera encontrado, porque
entre tantas apuntaciones y notas como en mi pupitre tengo hacinadas,
acaso dos solas contendrán cosas que se puedan decir, o que no deban por
ahora dejarse de decir.
[1] Carnaval del año 1832.
Tengo un sobrino, y vamos adelante, que esto nada tiene de particular.
Este tal sobrino es un muchacho que ha recibido una educación de las más
escogidas que en este nuestro siglo se suelen dar; es decir esto, que
sabe leer aunque no en todos los libros, y escribir, si bien no cosas
dignas de ser leídas; contar no es cosa mayor, porque descuida el cuento
de sus cuentas en sus acreedores, que mejor que él se las saben llevar;
baila como discípulo de Veluci; canta lo que basta para hacerse rogar y
no estar nunca en voz; monta a caballo como un centauro y da gozo ver
con qué soltura y desembarazo atropella por esas calles de Madrid a sus
amigos y conocidos; de ciencias y artes ignora lo suficiente para poder
hablar de todo con maestría. En materia de bella literatura y de teatro,
no se hable, porque está abonado, y si no entiende la comedia, para eso
la paga y aun la suele silbar; de este modo da a entender que ha visto
cosas mejores en otros países, porque ha viajado por el extranjero a
fuer de bien criado. Habla un poco de francés y de italiano siempre que
había de hablar español, y español no lo habla sino lo maltrata: a eso
dice que la lengua española es la suya, y que puede hacer con ella lo
que más le viniese en voluntad. Por supuesto que no cree en Dios, porque
quiere pasar por hombre de luces, pero en cambio cree en chalanes y en
mozas, en amigos y en rufianes. Se me olvidaba. No hablemos de su
pundonor, porque éste es tal, que por la menor bagatela, sobre si lo
miraron, sobre si no lo miraron, pone una estocada en el corazón de su
mejor amigo, con la más singular gracia y desenvoltura que en esgrimidor
alguno se ha conocido.
Con esta exquisita crianza, pues, y vestirse de vez en cuando de majo,
traje que lleva consigo el _¿qué se me da a mí?_ y el _¡aquí estoy yo!_
ya se deja conocer que es uno de los gerifaltes que más lugar ocupan en
la corte, y que constituye uno de los adornos de la sociedad de buen
tono de esta capital, de qué sé yo cuántos mundos.
Este es mi pariente, y bien sé yo que si su padre le viese, había de
estar tan embobado con su hijo como lo estoy yo con mi sobrino, por tan
buena cualidad como en él se ha llegado a reunir. Conoce mi Joaquín esta
fragilidad y aun suele prevalerse de ella.
Las ocho serían y vestíame yo, cuando entra mi criado y me anuncia mi
sobrino.
--¿Mi sobrino? Pues debe ser la una.
--No, señor, son las ocho no más.
Abro los ojos asombrado y me encuentro a mi elegante de pie, vestido, y
en mi casa a las ocho de la mañana.
--Joaquín, tú a estas horas.
--Querido tío, buenos días.
--¿Vas de viaje?
--No, señor.
--¿Qué madrugón es este?
--¿Yo madrugar, tío? Todavía no me he acostado.
--¡Ah, ya decía yo!
--Vengo de casa la marquesita del Peñol, hasta ahora ha durado el baile;
Francisco se ha ido a casa con los seis dominós que he llevado esta
noche para mudarme.
--¿Seis no más?
--No más.
--No se me hacen muchos.
--Tenía que engañar a seis personas.
--¿Engañar? Mal hecho.
--Querido tío, usted es muy antiguo.
--Gracias, sobrino, adelante.
--Tío mío, tengo que pedirle a usted un gran favor.
--¿Seré yo la séptima persona?
--Querido tío, ya me he quitado la máscara.
--Di el favor--y eché mano de la llave de mi gaveta.
--En el día no hay rentas que basten para nada; tanto baile, tanto... en
una palabra, tengo un compromiso. ¿Se acuerda usted de la repetición de
Breguet, que me vio usted días pasados?
--Sí, que te había costado 250 pesos.
--No era mía.
--¡Ah!
--El marqués de *** acaba de llegar de París, quería mandarla a
limpiar, y no conociendo a ningún relojero en Madrid, le prometí
enviársela al mío.
--Sigue.
--Pero mi suerte lo dispuso de otra manera: tenía yo aquel día un
compromiso de honor; la baronesita y yo habíamos quedado en ir juntos a
Chamartín a pasar un día; era imposible ir en su coche; es demasiado
conocido...
--Adelante.
--Era indispensable tomar yo un coche, disponer una casa y una comida de
campo... a la sazón me hallaba sin un centavo; mi honor era lo primero,
además que andan las ocasiones por las nubes...
--Sigue.
--Empeñé la repetición de mi amigo.
--¡Por tu honor!
--Cierto.
--¡Bien entendido! ¿Y ahora?
--Hoy como con el marqués, le he dicho que la tengo en casa compuesta
y...
--Ya entiendo.
--Ya ve usted, tío... esto pudiera producir un lance muy desagradable.
--¿Cuánto es?
--Cien pesos.
--¿Nada más? No se me hace mucho.
Era claro que la vida de mi sobrino y su honor se hallaban en inminente
riesgo. ¿Qué podía hacer un tío tan cariñoso, tan amante de su sobrino,
tan rico y sin hijos? Conté, pues, sus cien pesos, es decir, los míos.
--Sobrino, vamos a la casa donde está empeñada la repetición.
--_Quand il vous plaira_, querido tío.
Llegamos al café, una de las lonjas de empeño, digámoslo así, y comencé
a sospechar desde luego que esta aventura había de producirme un
artículo de costumbres.
--Tío, aquí será preciso esperar.
--¿A quién?
--Al hombre que sabe la casa.
--¿No la sabes tú?
--No señor; estos hombres no quieren nunca que se vaya con ellos.
--¿Y se les confían repeticiones de 250 pesos?
--Es un honrado corredor que vive de este tráfico. Aquí está. Este es el
honrado corredor.
Entró un hombre como de unos cuarenta años, si es que se podía seguir la
huella del tiempo en una cara como la debe de tener el judío errante, si
vive todavía desde el tiempo de Jesucristo. Rostro acuchillado con
varios chirlos y jirones tan bien avenidos y colocados de trecho en
trecho, que más parecían nacidos en aquella cara que efectos de
encuentros desgraciados; mirar bizco, como de quien mira y no mira;
barbas independientes, crecidas y que daban claros indicios de no tener
con las navajas todo aquel trato y familiaridad que exige el aseo; ruin
sombrero con oficios de quitaguas; capa de éstas que no tapan lo que
llevan debajo, con muchas cenefas de barro de Madrid; botas o zapatos,
que esto no se conocía, con más lodo que cordobán; uñas de escribano, y
una pierna de dos que tenía, en vez de sustentar la carga del cuerpo, le
servía a éste de carga, y era de él sustentada, por donde del tal
corredor se podía decir exactamente aquello de que _Tripas llevan pies_;
metal de voz, además, que a todos los ruidos desapacibles se asemejaba,
y aire, en fin, misterioso y escudriñador.
--¿Está eso, señorito?
--Está; tío, déselo usted.
--Es inútil, yo no entrego mi dinero de esta suerte.
--Caballero, no hay cuidado.
--No lo habrá ciertamente; porque no le daré.
Aquí empezó una de votos y juramentos del honrado corredor, de quien tan
injustamente se desconfiaba, y de lamentaciones deprecatorias de mi
sobrino, que veía escapársele de las manos su repetición por una
etiqueta de esta especie; pero me mantuve firme y le fue preciso ceder
al hebreo mediante una honesta gratificación que con sus votos
canjeamos.
En el camino nuestro _cicerone_, más aplacado, sacó de la faltriquera un
paquetillo, y mostrándomelo secretamente:
--Caballero--me dijo al oído,--cigarros habanos, cajetillas, cédulas
de... y otras frioleras por si usted gusta.
--Gracias, honrado corredor.
Llegamos por fin a fuerza de apisonar con los pies calles y
encrucijadas, a una casa y a un cuarto 4.º, que alguno hubiera llamado
guardilla a haber vivido en él un poeta.
No podré explicar cuán mal se avenían a estar juntas unas con otras, y
en aquel tan incongruente desván, las diversas prendas que de tan varias
partes allí se habían venido a reunir. ¡Oh, si hablaran todos aquellos
cautivos! El deslumbrante vestido de la belleza, ¿qué de cosas diría
dentro de sus límites ocurridas? ¿Qué el collar muchas veces importuno,
con prisa desatado y arrojado con despecho? ¿Qué sería escuchar aquella
sortija de diamantes, inseparable compañera de los hermosos dedos de
marfil de su hermoso dueño? ¡Qué diálogo pudiera trabar aquella rica
capa de chinchilla con aquel chal de cachemira! Desvié mi pensamiento de
estas locuras, y pareciome bien que no hablasen. Admireme sobremanera al
reconocer en los dos prestamistas que dirigían toda aquella máquina, a
dos personas que mucho de las sociedades conocía, y de quien nunca
hubiera presumido que pelecharan con aquel comercio; avergonzáronse
ellos algún tanto de hallarse sorprendidos en tal ocupación, y
fulminaron una mirada de éstas que llevan en sí una larga reconvención
sobre el israelita que de aquella manera había comprometido su buen
nombre introduciendo profanos, no iniciados, en el santuario de sus
misterios.
Hubo de entrar mi sobrino a la pieza inmediata, donde se debía buscar la
repetición y contar el dinero; yo imaginé que aquél debía de ser lugar
más a propósito todavía para aventuras que el mismo puerto Lápice; calé
el sombrero hasta las cejas, levanté el embozo hasta los ojos, púseme a
lo obscuro, donde podía escuchar sin ser notado, y di a mi observación
libre rienda que caminase por do más le pluguiese. Poco tiempo habría
pasado en aquel recogimiento, cuando se abre la puerta, y un joven,
vestido modestamente, pregunta por el corredor.
--Pepe, te he esperado inútilmente; te he visto pasar y he seguido tus
huellas. Ya estoy aquí y sin un centavo; no tengo recursos.
--Ya le he dicho a usted que por ropas es imposible.
--¡Un frac nuevo! ¡Una levita poco usada! ¿No ha de valer esto más de 16
pesos que necesito?
--Mire usted, aquellos cofres, aquellos armarios, están llenos de ropas
de otros como usted; nadie parece a sacarlas y nadie da por ellas el
valor que se prestó.
--Mi ropa vale más de cincuenta pesos: te juro que antes de ocho días
vuelvo por ella.
--Lo mismo decía el dueño de aquel «surtú» que ha pasado en aquella
percha dos inviernos; y la que trajo aquel chal, que lleva aquí dos
carnavales; y la...
--Pepe, te daré lo que quieras; mira, estoy comprometido; ¡no me queda
más recurso que tirarme un tiro!
Al llegar aquí el diálogo, eché mano de mi bolsillo, diciendo para mí:
no se tirará un tiro por diez y seis pesos un joven de tan buen aspecto.
Quién sabe si no habrá comido hoy su familia; si alguna desgracia... iba
a llamarle, pero me previno Pepe, diciendo:
--¡Mal hecho!
--Tengo que ir esta noche sin falta a casa de la señora de W*** y estoy
sin traje: he dado palabra de no faltar a una persona respetable. Tengo
que buscar además un dominó para una prima mía, a quien he prometido
acompañar...
Al oír esto solté insensiblemente mi bolsa en mi faltriquera, menos
poseído ya de mi ardiente caridad.
--¡Es posible! Traiga usted una alhaja.
--Ni una me queda; tú lo sabes: tienes mi reloj, mis botones, mi
cadena... ¡Diez y seis pesos! Mira, con ocho me contento.
--Yo no puedo hacer nada en eso; es mucho.
--Con cinco me contento, y firmaré los diez y seis y te daré ahora mismo
uno de gratificación...
--Ya sabe usted que yo deseo servirle, pero como no soy el dueño... ¿A
ver el frac?
Respiró el joven, sonriose el corredor; tomó el atribulado cinco pesos,
dio de ellos uno y firmó diez y seis, contento con el buen negocio que
había hecho.
--Dentro de tres días vuelvo por ello. Adiós. Hasta pasado mañana.
--Hasta el año que viene.
Y fuese cantando el especulador.
Retumbaban todavía en mis oídos las pisadas y _le floriture_ del
atolondrado, cuando se abre violentamente la puerta, y la señora de
H***, y en persona, con los ojos encendidos y toda fuera de sí, se
precipita en la habitación.
--¡Don Fernando!
A su voz salió uno de los prestamistas, caballero de no mala figura y de
muy galantes modales.
--¡Señora!
--¿Me ha enviado usted esta esquela?
--Estoy sin un centavo; mi amigo no la conoce a usted... es un hombre
ordinario... y como hemos dado ya más de lo que valen los adornos que
tiene usted ahí...
--¿Pero no sabe usted que tengo repartidos los billetes para el baile de
esta noche? Es preciso darlo o me muero del sofoco...
--Yo, señora...
--Necesito indispensablemente cincuenta pesos, y retirar siquiera hasta
mañana, mi diadema de perlas y mis brazaletes para esta noche: en cambio
vendrá una vajilla de plata y cuanto tengo en casa. Debo a los músicos
tres noches de función; ésta me han dicho decididamente que no tocarán
si no les pago. El catalán me ha enviado la cuenta de las velas, y que
no enviará más mientras no le satisfaga.
--Si yo fuera solo...
--¿Reñiremos? ¿No sabe usted que esta noche el juego sólo puede
producir?... ¡Nos fue tan mal la otra noche! ¿Quiere usted más billetes?
No me han dejado más que seis. Envíe usted a casa por los efectos que he
dicho.
--Yo conozco... por mí... pero aquí pueden oírnos; entre usted en ese
gabinete.
Entráronse, y se cerró la puerta tras de ellos.
Siguiose a esta escena la de un jugador perdidoso que había perdido el
último centavo, y necesitaba armarse para volver a jugar. Dejó un reloj,
tomó diez, firmó quince, y se despidió diciendo:
--Tengo corazonada; voy a sacar veinte onzas en media hora, y vuelvo por
mi reloj.
Otro jugador ganancioso vino a sacar unas sortijas del tiempo de su
prosperidad; algún empleado vino a tomar su mesada adelantada sobre su
sueldo, pero descabalada de los crecidos intereses; algún necesitado
verdadero se remedió, si es remedio comprar un duro con dos; y sólo
mentaré en particular al criado de un personaje que vino por fin a
rescatar ciertas alhajas que había más de tres años que cautivas en
aquel Argel estaban. Habíanse vendido las alhajas, desconfiados ya los
prestamistas de que nunca las pagaran, y porque los intereses estaban a
punto de traspasar su valor. No quiero pintar la grita y la zalagarda
que en aquella bendita casa se armó. Después de dos años de
reclamaciones inútiles, hoy venían por las alhajas; ayer se habían
vendido. Juró y blasfemó el criado y fuese, prometiendo poner el remedio
de aquel atrevimiento en manos de quien más conviniese.
--¿Es posible que se viva de esta manera? Pero qué mucho, si el artesano
ha de parecer artista, el artista empleado, el empleado título, el
título grande, y el grande príncipe? ¿Cómo se puede vivir haciendo menos
papel que el vecino? ¡Bien haya el lujo, bien haya la vanidad!
En esto salía ya del gabinete la bella convidadora; habíase secado el
manantial de sus lágrimas.
--Adiós, y no falte usted a la noche--dijo misteriosamente una voz
penetrante y agitada.
--Descuide usted; dentro de medía hora enviaré a Pepe--respondió una voz
ronca y mal segura.
Bajó los ojos la belleza, compuso sus blondos cabellos, arregló su
mantilla, y salió precipitadamente.
A poco salió mi sobrino, que después de darme las gracias, se empeñó
tercamente en hacerme admitir un billete para el baile de la señora
H***.
Sonríeme, nada dije a mi sobrino, ya que nada había oído, y asistí al
baile.
Los músicos tocaron; las luces ardieron.
¡Oh utilidad de los usureros!
No quisiera acabar mi artículo sin advertir que reconocí en el baile al
famoso prestamista, y en los hombros de su mujer el chal magnífico que
llevaba tres Carnavales en el cautiverio; y dejó de asombrarme desde
entonces el lujo que en ella tantas veces no había comprendido.
Retireme temprano, que no les sientan bien a mis canas ver entrar a Febo
en los bailes; acompañome mi sobrino, que iba a otra concurrencia. Bajé
del coche, y nos despedimos. Pareciome no encontrar en su voz aquel
mismo calor afectuoso, aquel interés con que por la mañana me dirigía la
palabra. Un adiós bastante indiferente me recordó que aquel día había
hecho un favor, y que el tal favor ya había pasado.
Acaso había sido yo tan necio como loco mi sobrino.
--No era mucho--decía yo,--que un joven los pidiera; ¡pero que los diera
un viejo!
Para distraer estas melancólicas imaginaciones, que tan triste idea dan
de la humanidad, abrí un libro de poesía, y acertó a ser en aquel punto
en que dice Bartolomé de Argensola:
De estos niños Madrid vive logrado.
Y de viejos tan frágiles como ellos,
Porque en la misma escuela se han criado.
CARTAS A ANDRÉS NIPORESAS
POR EL BACHILLER
D. JUAN PÉREZ DE MUNGUÍA
I
De las Batuecas, este año que corre.
Andrés mío: ¡Yo, pobrecito de mí; yo, Bachiller; yo, batueco y natural,
por consiguiente, de este inculto país, cuya rusticidad pasa por
proverbio de boca en boca, de región en región; yo, hablador y
careciendo de toda persona dotada de chispa de razón con quien poder
dilucidar y ventilar las cuestiones que a mi embotado entendimiento se
le ofrecen y le embarazan, y tú, cortesano y discreto! ¡Qué de motivos,
querido Andrés, para escribirte!
Ahí van, pues, esas mis incultas ideas, tales cuales son, mal o bien
compaginadas, derramándose a borbotones como agua de cántaro mal tapado.
«¿No se lee en este país porque no se escribe, o no se escribe porque no
se lee?»
Esa breve dudilla se me ofrece por hoy, y nada más.
Terrible y triste cosa me parece escribir lo que no ha de ser leído;
empero más ardua empresa se me figura a mí, inocente que soy, leer lo
que no se ha escrito.
¡Mal haya, amén, quien inventó el escribir! Dale con la civilización, y
vuelta con la ilustración. ¡Mal haya, amén, tanto achaque para
emborronar papel!
A bien, Andrés mío, que aquí no pecamos de ese exceso. Y torna los ojos
a mirar en derredor nuestro, y mira si no estamos en una balsa de
aceite. ¡Oh infeliz moderación! ¡Oh ingenios limpios los que no tienen
que enseñar! ¡Oh entendimientos claros los que nada tienen que aprender!
¡Oh felices aquellos, y mil veces felices, que o todo se lo saben ya, o
todo se lo quieren ignorar todavía!
¡Maldito Gutenberg! ¿Qué genio maléfico te inspiró tu diabólica
invención? ¿Pues imprimieron los egipcios y los asirios, ni los griegos,
ni los romanos? ¿Y no vivieron, y no dominaron?
¿Que eran más ignorantes, dices? ¿Cuántos murieron de esa enfermedad?
¿Qué remordimientos atormentaron la conciencia de Omar, que destruyó la
biblioteca de Alejandría? ¿Que eran más bárbaros, añades? Si crímenes y
crueldades padecían, crímenes y crueldades tienen diariamente lugar
entre nosotros. Los hombres que no supieron y los hombres que saben,
todos son hombres, y lo peor es: todos son hombres malos. Todos mienten,
roban, falsean, perjuran, usurpan, matan y asesinan. Convencidos sin
duda de esta importante verdad, puesto que los mismos hemos de ser, ni
nos cansamos en leer, ni nos molestamos en escribir en este buen país en
que vivimos.
¡Oh felicidad de haber penetrado la inutilidad del aprender y del saber!
Mira aquel librero ricachón que cerca de tu casa tienes. Llégate a él y
dile:
--¿Por qué no emprende usted alguna obra de importancia? ¿Por qué no
paga bien a los literatos para que le vendan sus manuscritos?
--¡Ay señor!--te responderá.--Ni hay literatos, ni hay manuscritos, ni
quien los lea: no nos traen sino folletitos y novelicas de ciento al
cuarto; luego tienen una vanidad, y se dejan pedir... No señor, no.
--¿Pero no se vende?
--¿Vender? Ni un libro: ni regalados los quiere nadie; llena tengo la
casa... ¡Si fueran billetes para la ópera o los toros...!
¿Ves pasar aquel autor escuálido de todos conocido? Dicen que es hombre
de mérito. Anda y pregúntale:
--¿Cuándo da usted a luz alguna cosita? Vamos...
--¡Calle usted por Dios!--te responderá furioso como si
blasfemases;--primero lo quemaría. No hay dos libreros hombres de bien.
¡Usureros! ¡Mire usted, días atrás me ofrecieron diez y seis pesos por
la propiedad de una comedia extraordinariamente aplaudida; treinta pesos
por un Diccionario Manual de Geografía, y por un compendio de la
Historia de España, en cuatro tomos, o cincuenta pesos de una vez, o que
entraríamos a partir ganancias, después de haber hecho él las suyas ¡se
entiende! No, señor, no. Si es en el teatro, cincuenta pesos me dieron
por una comedia que me costó dos años de trabajo, y que a la empresa le
produjo diez mil pesos en menos tiempo; y creyeron hacerme mucho favor.
Ya ve usted que salía por ocho centavos diarios. ¡Oh! y eso después de
muchas intrigas para que la pasaran y la representaran. Desde entonces,
¿sabe usted lo que hago? Me he ajustado con un librero para traducir del
francés al castellano las novelas de Walter Scott, que se escribieron
originalmente en inglés, y algunas de Cooper, que hablan de marina, y es
materia que no entiendo palabra. Sesenta centavos me viene a dar por
pliego de imprenta, y el día que no traduzco no como. También suelo
traducir para el teatro la primer piececilla buena o mala que se me
presenta, que lo mismo pagan y cuesta menos; no pongo mi nombre, y ya se
puede hundir el teatro a silbidos la noche de la representación. ¿Qué
quiere usted? En este país no hay afición a esas cosas.
¿Conoces a aquel señorito que gasta su caudal en tiros y carruajes, que
lo mismo baila una mazurca en un sarao con su pantalón colán y su clac,
hoy en traje diplomático, mañana en polainas y con chambergo y al otro
arrastrando sable, o en breve chupetín, calzón y faja? Cincuenta pesos
gasta al día, cien logra de renta; ni un solo libro tiene, ni lo compra,
ni lo quiere. Pues publica tú algún folleto, alguna comedia... Prevalido
de ser quien es, tendrá el descaro de enviarte un gran lacayo aforrado
en la magnífica librea, y te pedirá prestado para leerlo, a tí, autor,
que de eso vives, un ejemplar que cuesta veinte centavos. Ni con eso se
contenta; darálo a leer a todos sus amigos y conocidos, y por aquel
ejemplar leerálo toda la corte, ni más ni menos que antes de descubrirse
la imprenta, y gracias si no te pide más para regalar. Pregúntale:
--¿Por qué no se subscribe a los periódicos? ¿Por qué no compra libros,
ni fiados siquiera?
--¿Qué quiere usted que haga?--te replicará,--¿qué tengo de comprar?
Aquí nadie sabe escribir; nadie escribe: todo eso es porquería.--Como si
de coro supiera cuantos libros buenos corren impresos.
Por allá cruza un periodista... Llámale, grítale:
--¡Don Fulano! ¡Ese periódico, hombre, mire usted que todos hablan de él
de una manera!...
--¿Qué quiere usted?--te interrumpe;--un redactor o dos tengo buenos,
que no es del caso nombrar a usted ahora, pero les pago poco, y así no
es extraño que no hagan todo lo que saben: a otro le doy casa, otro me
escribe por la comida...
--¡Hombre! ¡Calle usted!
--Sí, señor; oiga usted, y me dará la razón. En otro tiempo convoqué
cuatro sabios, diles buenos sueldos; redactaban un periódico lleno de
ciencia y de utilidad, el cual no pudo sostenerse medio año; ni un
cristiano se subscribió; nadie lo leía: puedo decir que fue un secreto
que todo el mundo me guardó. Pues ahora con eso que usted ve, estoy
mejor que quiero, y sin costarme tanto. Todavía le diría a usted más...
Pero... Desengáñese usted; aquí no se lee.
--Nada tengo que replicar--le contestaría yo,--sino que hace usted lo
que debe, y llévese el diablo las ciencias y la cultura.
Lucidos quedamos, Andrés. ¡Pobres batuecos!
La mitad de las gentes no lee, porque la otra mitad no escribe, y ésta
no escribe porque aquélla no lee.