--Concluyo; yo, en fin, no tengo necesidades: tú, a pesar de tus

riquezas, acaso tendrás que someterte mañana a un usurero para un

capricho innecesario, porque vosotros tragáis oro, o para un banquete de

vanidad en que cada bocado es un tósigo. Tú lees día y noche buscando la

verdad en los libros, hoja por hoja, y sufres de no encontrarla ni

escrita. Ente ridículo, bailas sin alegría, tu movimiento turbulento es

el movimiento de la llama, que sin gozar ella, quema. Cuando yo necesito

de mujeres echo mano de mi salario, y las encuentro, fieles por más de

un cuarto de hora; tú echas mano de tu corazón, o vas y lo arrojas a los

pies de la primera que pasa, y no quieres que lo pise o lo lastime, y le

entregas ese depósito sin conocerla. Confías tu tesoro a cualquiera por

su linda cara, y crees porque quieres; y si mañana tu tesoro desaparece,

llamas ladrón al depositario, debiendo llamarte imprudente y necio a ti

mismo.

--Por piedad, déjame, voz del infierno.

--Concluyo: inventas palabras y haces de ellas sentimientos, ciencias,

artes, objetos de existencia. ¿Política, gloria, saber, poder, riquezas,

amistad, amor? Y cuando descubres que son palabras, blasfemas y

maldices. En tanto el pobre asturiano come, bebe y duerme, y nadie lo

engaña; y si no es feliz, no es desgraciado, no es al menos hombre de

mundo, ni ambicioso, ni elegante, ni literato ni enamorado. Ten lástima

ahora al pobre asturiano. Tú me mandas; pero no te mandas a ti mismo.

Tenme lástima, literato. ¡Yo estoy ebrio de vino, es verdad, pero tú lo

estás de deseos y de impotencia...!

Un ronco sonido terminó el diálogo; el cuerpo, cansado del esfuerzo,

había caído al suelo; el órgano de la Providencia había callado, y el

asturiano roncaba.

--¡Ahora te conozco--exclamé,--día 24!

Una lágrima preñada de horror y desesperación surcaba mi mejilla ajada

ya por el dolor. A la mañana, amo y criado yacían, aquél en el lecho,

éste en el suelo. El primero tenía todavía abiertos los ojos y los

clavaba con delirio y con delicia en una caja amarilla, donde se leía

«mañana». ¿Llegará ese mañana fatídico? ¿Qué encerraba la caja? En tanto

la Noche Buena era pasada, y el mundo todo, a mis barbas, cuando hablaba

de ella, la seguía llamando Noche Buena.

EL MUNDO TODO ES MÁSCARAS

TODO EL AÑO ES CARNAVAL

No hace muchas noches que me hallaba encerrado en mi cuarto y entregado

a profundas meditaciones filosóficas nacidas de la dificultad de

escribir diariamente para el público. ¿Cómo contentar a los necios y a

los discretos, a los cuerdos y a los locos, a los ignorantes y a los

entendidos que han de leerme, y sobre todo a los dichosos y a los

desgraciados que con tan distintos ojos suelen ver una misma cosa?

* * * * *

Animado con esta reflexión, cogí la pluma y ya iba a escribir nada menos

que un elogio de todo lo que veo a mi alrededor, el cual pensaba rematar

con cierto discurso encomiástico acerca de lo adelantado que está el

arte de la declamación en el país, para contentar a todo el que se me

pusiera por delante, que esto es lo que conviene en estos tiempos tan

valentones que corren, pero tropecé con el inconveniente de que los

hombres sensatos habían de sospechar que dicho elogio era burla, y esta

reflexión era más pesada que la anterior.

Al llegar aquí arrojé la pluma, despechado y decidido a consultar

todavía con la almohada si en los términos de lo lícito me quedaba algo

que hablar, para lo cual determiné verme con un amigo, abogado por más

señas, lo que basta para que se infiera si debe ser hombre entendido, y

que éste, registrando su Novísima y sus Partidas, me dijese para de aquí

en adelante qué es lo que me está prohibido, pues en verdad que es mi

mayor deseo ir con la corriente de las cosas sin andarme a buscar

cotufas en el golfo, ni el mal fuera de mi casa, cuando dentro de ella

tengo el bien.

En esto estaba ya para dormirme, a lo cual había contribuido no poco el

esfuerzo que había hecho para componer mi elogio de modo que tuviera

trazas de cosa formal; pero Dios no lo quiso así, o a lo que yo tengo

por más cierto, un amigo que me alborotó la casa, y que se introdujo en

mi cuarto dando voces en los términos siguientes, u otros semejantes:

--¡Vamos a las máscaras, Bachiller!--me gritó.

--¿A las máscaras?

--No hay remedio, tengo un coche a la puerta. ¡A las máscaras! Iremos a

algunas casas particulares, y concluiremos la noche en uno de los

grandes bailes de subscripción.

--Que te diviertas; yo me voy a acostar.

--¡Qué despropósito! No lo imagines; precisamente te traigo un dominó

negro y una careta.

--¡Adiós! Hasta mañana.

--¿Adónde vas?

--Mira, mi querido Munguía, tengo interés en que vengas conmigo; sin tí

no voy, y perderé la mejor ocasión del mundo...

--¿De veras?

--Te lo juro.

--En ese caso, vamos. ¡Paciencia! Te acompañaré.

De mala gana entré dentro de un amplio ropaje, bajé la escalera, y me

dejé arrastrar al compás de las exclamaciones de mi amigo, que no cesaba

de gritarme: ¡Cómo nos vamos a divertir! ¡Qué noche tan deliciosa hemos

de pasar!

Era el coche alquilón; a ratos parecía que andábamos tanto atrás como

adelante, a modo de quien pisa nieve; a ratos, que estábamos

columpiándonos en un mismo sitio, y llegó por fin a ser tan completa la

ilusión, que temeroso yo de alguna pesada burla de Carnaval, parecida al

viaje de don Quijote y Sancho en el Clavileño, abrí la ventanilla más de

una vez, deseoso de investigar si después de media hora de viaje

estaríamos todavía a la puerta de mi casa, o si habríamos pasado ya la

línea, como en la aventura de la barca del Ebro.

Ello parecerá increíble, pero llegamos, quedándome yo, sin embargo, en

la duda de si habría andado el coche hacia la casa, o la casa hacia el

coche; subimos la escalera, verdadera imagen de la primera confusión de

los elementos; un Edipo sacando el reloj y viendo la hora que era; una

Vestal, atándose una liga elástica, y dejando a su criado los chanclos

y el capote escocés para la salida; un romano coetáneo de Catón, dando

órdenes a su cochero para encontrar su landó dos horas después; un indio

no conquistado todavía por Colón, con su papeleta impresa en la mano y

bajando de un birlocho; un Oscar, acabando de fumar un cigarrillo de

papel para entrar en el baile; un moro, santiguándose asombrado al ver

el gentío; cien dominós, en fin, subiendo todos los escalones sin que se

sospechara que hubiese dentro quien los moviese, y tapándose todos las

caras, sin saber los más para qué, y muchos sin ser conocidos de nadie.

Después de un modesto reconocimiento del billete y del sello y la

rúbrica y la contraseña, entramos en una salita que no tenía más defecto

que estar las paredes demasiado cerca unas de otras; pero ello es más

preciso tener máscaras que salas donde colocarlas. Algún ciego alquilado

para toda la noche, como la araña y la alfombra, y para descansarle un

piano, tan _piano_ que nadie lo consiguió oír jamás, eran la música del

baile, donde nadie bailó. Poníanse, sí, de vez en cuando a modo de

parejas la mitad de los concurrentes, y dábanse con la mayor intención

de ánimo sendos encontrones a derecha e izquierda, y aquello era el

bailar, si se nos permite esta expresión.

Mi amigo no encontró lo que buscaba, y según yo llegué a presumir,

consistió en que no buscaba nada, que es precisamente lo mismo que a

otros muchos les acontece. Algunas madres, sí, buscaban a sus hijas, y

algunos maridos a sus mujeres, pero ni una sola hija buscaba a su madre,

ni una sola mujer a su marido. Acaso--decían,--se habrán quedado

dormidas entre la confusión en alguna pieza... Es posible--decía yo para

mí,--pero no es probable.

Una máscara vino disparada hacia mí.

--¿Eres tú?--me preguntó misteriosamente.

--Yo soy--le respondí seguro de no mentir.

--Conocí el dominó; pero esta noche es imposible; Paquita está ahí; mas

el marido se ha empeñado en venir; no sabemos por dónde diantres ha

encontrado billetes. ¡Lástima grande! ¡mira tú qué ocasión! Te hemos

visto, y no atreviéndose a hablarte ella misma, me envía para decirte

que mañana sin falta os veréis en la _Sartén_... Dominó encarnado y

lazos blancos...

--Bien.

--¿Estás?

--No faltaré.

--¿Y tu mujer, hombre?--le decía a un ente rarísimo que se había vestido

todo de cuernecitos de abundancia, un dominó negro que llevaba otro

igual del brazo.

--Durmiendo estará ahora; por más que he hecho, no he podido decidirla a

que venga; no hay otra más enemiga de diversiones.

--Así descansas tú en su virtud; ¿piensas estar aquí toda la noche?

--No, hasta las cuatro.

--Haces bien.

En esto se había alejado el de los cuernecillos, y entreoí estas

palabras:

--Nada ha sospechado.

--¿Cómo era posible? Si salí una hora después que él...

--¿A las cuatro ha dicho?

--Sí.

--Tenemos tiempo. ¿Estás segura de la criada?

--No hay cuidado alguno, porque...

Una oleada cortó el hilo de mi curiosidad; las demás palabras del

diálogo se confundieron con las repetidas voces de: ¿me conoces? te

conozco, etcétera, etc.

¿Pues no parecía estrella mía haber traído esta noche un dominó igual

al de todos los amantes, más feliz, por cierto, que Quevedo, que se

parecía de noche a cuantos esperaban para pegarles?

--¡Chis! ¡chis! Por fin te encontré--me dijo otra máscara esbelta,

asiéndome del brazo, y con su voz tierna y agitada por la esperanza

satisfecha. ¿Hace mucho que me buscabas?

--No por cierto, porque no esperaba encontrarte.

--¡Ay! ¡Cuánto me has hecho pasar desde anoche! No he visto un hombre

más torpe; yo tuve que componerlo todo; y la fortuna fue haber convenido

antes en no darnos nuestros nombres, ni aun por escrito. Si no...

--¿Pues qué hubo?

--¿Qué había de haber? El que venía conmigo era Carlos mismo.

--¿Qué dices?

--Al ver que me alargabas el papel tuve que hacerme la desentendida y

dejarlo caer, pero él le vio y le cogió. ¡Qué angustias!

--¿Y cómo saliste del paso?

--Al momento me ocurrió una idea. ¿Qué papel es ese?--le dije.--Vamos a

verle; será de algún enamorado; se lo arrebato, veo que empieza: Querida

Anita; cuando no vi mi nombre respiré; empecé a echarlo a broma. ¿Quién

será el desesperado?--le decía riéndome a carcajadas.--Veamos, y él

mismo leyó el billete, donde me decías que esta noche nos veríamos aquí,

si podía venir sola. Si vieras cómo se reía.

--¡Cierto que fue gracioso!

--Sí, pero por Dios, don Juan, de éstas pocas.

Acompañé largo rato a mi amante desconocida, siguiendo la broma lo mejor

que pude... el lector comprenderá fácilmente que bendije las máscaras, y

sobre todo el talismán de mi impagable dominó.

Salimos, por fin, de aquella casa, y no pude menos de soltar la

carcajada al oír a un máscara que a mi lado bajaba:

--¡Pesia a mí!--le decía a otro;--no ha venido; toda la noche he seguido

a otra creyendo que era ella, que hasta se ha quitado la careta. ¡La

vieja más fea de Madrid! No ha venido; en mi vida pasé rato más amargo.

¿Quién sabe si el papel de la otra noche lo habrá echado todo a perder?

Si don Carlos lo cogió...

--Hombre, no tengas cuidado.

--¡Paciencia! Mañana será otro día. Yo, con ese temor, me he guardado

muy bien de traer el dominó, cuyas señas le daba en la carta.

--Hiciste muy bien.

--Perfectísimamente--repetí yo para mí, y salimos riendo de los azares

de la vida.

Bajamos atropellando un rimero de criados y capas tendidos aquí y allí

por la escalera. La noche no dejó de tener tampoco algún contratiempo

para mí. Yo me había llevado la querida de otro; en justa compensación

otro se había llevado mi capa, que debía parecerse a la suya, como se

parecía mi dominó al del desventurado querido. Ya estás

vengado--exclamé,--¡oh, burlado mancebo! Felizmente, yo, al entregarla

en la puerta, había tenido la previsión de despedirme de ella

tiernamente para toda mi vida. ¡Oh, previsión oportuna! Ciertamente que

no nos volveremos a encontrar mi capa y yo en este mundo perecedero;

había salido ya de la casa, había andado largo trecho, y aún volvía la

cabeza de rato en rato hacia sus altas paredes, como Héctor al dejar a

su Andrómaca, diciendo para mí: allí quedó, allí la dejé, allí la vi por

última vez.

Otras casas corrimos; en todas el mismo cuadro: en ninguna nos admiró

encontrar intrigas amorosas, madres burladas, chasqueados esposos o

solícitos amantes; no soy de aquellos que echan de menos la acción en

una buena cantatriz, o alaban la voz de un mal comediante, y por tanto

no voy a buscar virtudes a las máscaras. Pero nunca llegué a comprender

el afán que por asistir al baile había manifestado tantos días seguidos

don Cleto, que hizo toda la noche de una silla cama y del estruendo

arrullo; no entiendo todavía a don Jorge cuando dice que estuvo en la

función, habiéndole visto desde que entró hasta que salió en derredor de

una mesa en un verdadero _écarté_. Toda la diferencia estaba en él, con

respecto a las demás noches, en ganar o perder, vestido de moharracho.

Ni me sé explicar de una manera satisfactoria la razón en que se funda

para creer que se divierten un enjambre de máscaras que vi buscando

siempre, y no encontrando jamás, sin hallar a quien embromar ni quien

las embrome, que no bailan, que no hablan, que vagan errantes de sala en

sala, como si de todas les echaran, imitando el vuelo de la mosca, que

parece no tener nunca objeto determinado. ¿Es por ventura un apetito

desordenado de hallarse donde se hallan todos, hijo de la pueril vanidad

del hombre? ¿Es por aturdirse a sí mismos y creerse felices por espacio

de una noche entera? ¿Es por dar a entender que también tienen un

interés y una intriga? Algo nos inclinamos a creer lo último cuando

observamos que los más de éstos os dicen si los habéis conocido:

--¡Chitón! ¡Por Dios! no digáis nada a nadie.

Seguidlos, y os convenceréis de que no tienen motivos ni para

descubrirse ni para taparse. Andan, sudan, gastan, salen quebrantados

del baile... nunca, empero, se les olvida salir los últimos, decir al

despedirse: ¿Mañana es el baile en Solís?--Pues hasta mañana.--¿Pasado

mañana en San Bernardino? ¡Diez onzas diera por un billete!

Ya que sin respeto a mis lectores me he metido en estas reflexiones

filosóficas, no dejaría pasar en silencio antes de concluirlas la más

principal que me ocurrió. ¿Qué mejor careta ha menester don Braulio que

su hipocresía? Pasa en el mundo por un santo, oye misa todos los días, y

reza sus devociones; a merced de esta máscara que tiene constantemente

adoptada, mirad cómo engaña, cómo intriga, cómo murmura, cómo roba...

¡Qué empeño de no parecer Julianita lo que es! ¿Para eso sólo se pone un

rostro de cartón sobre el suyo? ¿Teme que sus facciones delaten su alma?

Viva tranquila; tampoco ha menester careta. ¿Veis su cara angelical?

¡Qué suavidad! ¡Qué atractivo! ¡Cuán fácil trato debe tener! No puede

abrigar vicio alguno. Miradla por dentro, observadores de superficies:

no hay día que no engañe a un nuevo pretendiente; veleidosa, infiel,

perjura, desvanecida, envidiosa, áspera con los suyos, insufrible y

altanera con su esposo: esa es la hermosura perfecta, cuya cara os

engaña más que su careta. ¿Veis aquel hombre tan amable y tan cortés,

tan comedido con las damas en la sociedad? ¡Qué deferencia! ¡Qué

previsión! ¡Cuán sumiso debe ser! No le escojas sólo por eso para

esposo, encantadora Amelia; es un tirano grosero de la que le entrega su

corazón. Su cara es también más pérfida que su careta; por ésta no estés

expuesta a equivocarte, porque nada juzgas por ella; ¡pero la otra!...

imperfecta discípula de Lavater, crees que debe ser tu clave, y sólo

puede ser un pérfido guía que te entrega a su enemigo.

Bien presumirá el lector que al hacer estas metafísicas indagaciones,

algún pesar muy grande debía afligirme; pues nunca está el hombre más

filósofo que en sus malos ratos; el que no tiene fortuna se encasqueta

su filosofía como un falto de pelo su _bisoñé_: la filosofía es,

efectivamente, para el desdichado lo que la peluca para el calvo; de

ambas maneras se les figura a entrambos que ocultan a los ojos de los

demás la inmensa laguna que dejó en ellos por llenar la naturaleza

madrastra.

Así era: un pesar me afligía. Habíamos entrado ya en uno de los

principales bailes de esta corte; el continuo transpirar, el estar en

pie la noche entera, la hora avanzada y el mucho cavilar habían

debilitado mis fuerzas en tales términos que el hambre era a la sazón mi

maestro de filosofía. Así de mi amigo, y de común acuerdo nos decidimos

a cenar lo más espléndidamente posible. ¡Funesto error! Así se

refugiaban máscaras a aquel estrecho local, y se apiñaban y empujaban

unas a otras como si fuera de la puerta las esperase el más inminente

peligro. Iban y venían los mozos aprovechando claros y describiendo

sinuosidades como el arroyo que va buscando para correr entre las breñas

de las rendijas y agujeros de las piedras. Era tarde ya: apenas había un

plato de que disponer; pedimos, sin embargo, de lo que había, y nos

trajeron varios restos de manjares que alguno que había cenado antes que

nosotros había tenido la previsión de dejar sobrantes. Hicimos semblante

de comer, según decían nuestros antepasados, y como dicen ahora nuestros

vecinos, y pagamos como si hubiéramos comido. Esta ha sido la primera

vez en mi vida, salí diciendo, que me ha costado dinero un rato de

hambre.

Entrámonos de nuevo en el salón de baile, y cansado ya de observar y de

oír sandeces, prueba irrefragable de lo reducido que es el número de

hombres dotados por el cielo con travesura y talento, toda mi ambición

se limitó a conquistar con los codos y los pies un rincón donde ceder

algunos minutos a la fatiga. Allí me recosté, púseme la careta para

poder dormir sin excitar la envidia de nadie, y columpiándose mi

imaginación entre mil ideas opuestas, hijas de la confusión de

sensaciones encontradas de un baile de máscaras, me dormí, mas no tan

tranquilamente como lo hubiera yo deseado.

Los fisiólogos saben mejor que nadie, según dicen, que el sueño y el

ayuno, prolongados, sobre todo, predisponen la imaginación débil y

acalorada del hombre a las visiones nocturnas y aéreas que vienen a

tomar en nuestra irritable fantasía formas corpóreas cuando están

nuestros párpados aletargados por Morfeo. Más de cuatro que han pasado

en este bajo suelo por haber visto realmente lo que realmente no existe,

han debido al sueño y al ayuno sus estupendas apariciones. Esto es

precisamente lo que a mí me aconteció, porque al fin, según expresión de

Terencio, _homo sum et nihil humani a me alienum puto_. No bien había

cedido al cansancio, cuando imaginé hallarme en una profunda obscuridad;

reinaba el silencio en torno mío; poco a poco una luz fosfórica fue

abriéndose paso lentamente por entre las tinieblas, y una redoma mágica

se me fue acercando misteriosamente por sí sola como un luminoso

meteoro. Saltó un tapón con que venía herméticamente cerrada, un

torrente de luz se escapó de su cuello destapado, y todo volvió a quedar

en la obscuridad. Entonces sentí una mano fría como el mármol que se

encontró con la mía; un sudor yerto me cubrió; sentí el crujir de la

ropa de un fantasma bullicioso que ligeramente se movía a mi lado, y una

voz semejante a un leve soplo me dijo con acentos que no tienen entre

los hombres signos representativos:

--Abre los ojos, Bachiller; si te inspiro confianza, sígueme.

El aliento me faltó, flaquearon mis rodillas; pero el fantasma despidió

de sí un pequeño resplandor, semejante al que produce un fumador en una

escalera tenebrosa aspirando el humo de su cigarro, y a su escasa luz

reconocí brevemente a Asmodeo, héroe del _Diablo Cojuelo_.

--Te conozco--me dijo;--no temas: vienes a observar el Carnaval en un

baile de máscaras, ¡Necio! ven conmigo; do quiera hallarás máscaras, do

quiera Carnaval, sin esperar al segundo mes del año.

Arrebatome entonces insensible y rápidamente, no sé si sobre algún

dragón alado, o vara mágica, o cualquier otro bagaje de esta especie.

Ello fue que alzarme del sitio que ocupaba y encontrarnos suspendidos en

la atmósfera sobre Madrid, como el águila que se columpia en el aire

buscando con vista penetrante su temerosa presa, fue obra de un

instante. Entonces vi al través de los tejados, como pudiera al través

del vidrio de un excelente anteojo de larga vista.

--Mira--me dijo mi extraño _cicerone_.--¿Qué ves en esa casa?

--Un joven de sesenta años disponiéndose a asistir a una _suaré_;

pantorrillas postizas, porque va de calzón; un frac diplomático; todas

las maneras afectadas de un seductor de veinte años; una persuasión,

sobre todo, indestructible de que su figura hace conquistas todavía...

--¿Y allí?

--Una mujer de cincuenta años.

--Obsérvala; se tiñe los blancos cabellos.

--¿Qué es aquello?

--Una caja de dientes; a la izquierda una pastilla de olor; a la derecha

un _polisón_.

--¡Cómo se ciñe el corsé! va a exhalar el último aliento.

--Repara su gesticulación de coqueta.

--¡Ente execrable! ¡Horrible desnudez!

--Más de uno ha deslumbrado tus ojos en algún sarao que debieras haber

visto en ese estado para ahorrarte algunas locuras.

--¿Quién es aquel de más allá?

--Un hombre que pasa entre vosotros los hombres por sensato; todos le

consultan: es un célebre abogado; la librería que tiene al lado es el

disfraz con que os engaña. Acaba de asegurar a un litigante con sus

libros en la mano que su pleito es imperdible; el litigante ha salido;

mira cómo cierra los libros en cuanto salió, como tú arrojarás la careta

en llegando a tu casa. ¿Ves su sonrisa maligna? Parece decir: «venid

aquí, necios; dadme vuestro oro; yo os daré papeles, yo os haré frases.

Mañana seré juez; seré el intérprete de Temis». ¿No te parece ver al

loco de Cervantes, que se creía Neptuno?... Observa más abajo: un

moribundo; ¿oyes cómo se arrepiente de sus pecados? Si vuelve a la vida

tornará a las andadas. A su cabecera tiene a un hombre bien vestido, un

bastón en una mano, una receta en la otra: o la tomas, o te pego. Aquí

tienes la salud, parece decirle, yo sano los males, yo los conozco;

observa con qué seriedad lo dice; parece que lo cree él mismo; parece

perdonarle la vida que se le escapa ya al infeliz. No hay cuidado, sale

diciendo; ya sube en su bombé; ¿oyes el chasquido del látigo?

--Sí.

--Pues oye también el último ¡ay! del moribundo, que va a la eternidad,

mientras que el doctor corre a embromar a otro con su disfraz de

sabio... Ven a ese otro barrio.

--¿Qué es eso?

--Un duelo. ¿Ves esas caras tan compungidas?

--Sí.

--Míralas con este anteojo.

--¡Cielos! La alegría rebosa dentro, y cuenta los días que el decoro le

podrá impedir salir al exterior.

--Mira una boda; con qué buena fe se prometen los novios eterna

constancia y fidelidad.

* * * * *

--¿Quién es aquél?

--Un militar; observa cómo se paga de aquel oro que adorna su casaca.

¡Qué de trapitos de colores se cuelga en los ojales! ¡Qué vano se

presenta! _Yo sé ganar batallas_, parece que va diciendo.

--¿Y no es cierto? Ha ganado la de ***.

--¡Insensato! Esa no la ganó él, sino que la perdió el enemigo.

--Pero...

--No es lo mismo.

--¿Y la otra de ***?

--La casualidad. Se está vistiendo de gran uniforme, es decir,

disfrazando; con ese disfraz todos le dan V. E.; él y los que así le ven

creen que ya no es un hombre como todos.

--Ya lo ves; en todas partes hay máscaras todo el año; aquel mismo amigo

que te quiere hacer creer que lo es, la esposa que dice que te ama, la

querida que te repite que te adora, ¿no te están embromando toda la

vida? ¿A qué, pues, esa prisa de buscar billetes? Sal a la calle, y

verás las máscaras de balde. Sólo te quiero enseñar antes de volverte a

llevar donde te he encontrado, concluyó Asmodeo, una casa donde dicen

especialmente que no las hay este año. Quiero desencantarte.

Al decir esto pasábamos por el teatro.

--Mira allí--me dijo--a un autor de comedia. Dice que es un gran poeta.

Está muy persuadido de que ha escrito los sentimientos de Orestes, y de

Nerón, y de Otelo... ¡Infeliz! ¿Pero qué mucho? Un inmenso concurso se

lo cree también. ¡Ya se ve! ni unos ni otros han conocido a aquellos

señores. Repara, y ríete a tu salvo. ¿Ves aquellos grandes palos

pintados, aquellos lienzos corredizos? Dicen que aquello es el campo, y

casas, y habitaciones, ¡y qué más sé yo! ¿Ves aquel que sale ahora?

Aquél dice que es el grande sacerdote de los griegos, y aquel otro

Edipo; ¿los conoces tú?

--Sí; por más señas que esta mañana los vi en misa.

--Pues míralos; ahora se desnudan, y el gran sacerdote, y Edipo, y

Jocasta, y el pueblo tebano entero, se van a cenar sin más

acompañamiento, y dejándose a su patria entre bastidores, algún carnero

verde, o si quieres, un excelente beefteck hecho en casa de Genyeis.

¿Quieres oír a Semíramis?

--¿Estás loco, Asmodeo? ¿A Semíramis?

--Sí; mírala; es una excelente conocedora de la música de Rossini.

¿Oíste qué bien cantó aquel adagio? Pues es la viuda de Nino, ya expira;

a imitación del cisne, canta y muere.

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