va a tomar las aguas: la bella casada entre una actriz que va a las
provincias, y que lleva sobre las rodillas una gran caja de cartón con
sus preciosidades de reina y princesa, y una vieja monstruosa que lleva
encima un perro faldero, que ladra y muerde por el pronto como si viese
el aguador, y que hará probablemente algunas otras gracias por el
camino. El militar se arroja de mal humor en el cabriolé, entre un
francés que le pregunta:--¿Tendremos ladrones?--y un fraile corpulento,
que con arreglo a su voto de humildad y de penitencia, va a viajar en
estos carruajes tan incómodos. La rotonda va ocupada por el hombre de
las provisiones: una robusta señora que lleva un niño de pecho y un
bambino de cuatro años, que salta sobre sus piernas para asomarse de
continuo a la ventanilla; una vieja verde, llena de años y de lazos, que
arregla entre las piernas del suculento viajero una caja de un loro, e
hinca el codo para colocarse en el costado de un abogado, el cual hace
un gesto, y vista la mala compañía en que va, trata de acomodarse para
dormir, como si fuera ya juez. Empaquetado todo el mundo, se confunden
en el aire los ladridos del perrito, la tos del fraile, el llanto de la
criatura, las preguntas del francés, los chillidos del bambino, que
arrea los caballos desde la ventanilla, los sollozos de la niña, los
juramentos del militar, las palabras enseñadas del loro, y multitud de
frases de despedida.
--Adiós, hasta la vuelta, tantas cosas a Pepe: envíame el papel que se
ha olvidado, que escribas en llegando.
--Buen viaje.
Por fin suena el agudo rechinido del látigo, la mole inmensa se
conmueve, y estremeciendo el empedrado, se emprende el viaje, semejante
en la calle a una casa que se desprendiese de las demás con todos sus
trastos e inquilinos a buscar otra ciudad en donde empotrarse de nuevo.
VARIOS CARACTERES
No siempre está en mano del hombre el coordinar sus ideas y formar con
ellas una obra arreglada, con principio, medio y fin. ¿A quién no le
habrá sucedido repetidas veces abrir un libro, leer maquinalmente y no
poder establecer entre lo escrito y su cabeza ninguna especie de
comunicación, cerrar el libro y no poderse dar cuenta de lo que ha
leído? En estos casos, que muy a menudo me suceden, suelo echar mano del
sombrero y la capa, y no pudiendo fijar mi atención en una sola cosa,
trato de fijarla en todas: sálgome a la calle, éntrome por los cafés,
voime a la Puerta del Sol, a Correos, al Museo de pinturas, a todas
partes, en fin, y en ninguna puedo decir que estoy en realidad.
Cualquiera me conocerá en estos días en que el fastidio se apodera de mi
alma, y en que no hay cosa que tenga a mis ojos color, y menos, color
agradable. En estos días llevo cara de filósofo, es decir, de mal humor;
una sonrisa amarga de indiferencia y despego a cuanto veo se dibuja en
mis labios; llevo conmigo un lente, no porque me sirva, pues veo mejor
sin él, sino para poder clavar fijamente el objeto que más me choca, que
un corto de vista tiene licencia para ser desvergonzado; no saludo a
ningún amigo ni conocido que encuentro, porque esto sería hacer yo
también un papel en la comedia de que pretendo ser únicamente
espectador, y que sólo para divertirme a mí creo por entonces que
representa el mundo entero. Mala crianza será, pero me acerco a escuchar
conversaciones de corrillos: es de advertir que cuando el tedio me
abruma con su peso, no puedo tener más que tedio. Recibo insensible las
impresiones de cuanto pasa a mi alrededor; a todas me dejo amoldar con
indiferencia y abandono; en semejantes días no hay hermosas para mí, no
hay feas, no hay amor, no hay odio.
Esta es la razón por qué me fuera imposible hacer hoy un artículo de
costumbres medianamente coordinado: si ha menester plan, si necesita
reflexión la cosa que hoy emprenda, inútil me es emprenderla; conozco
que no he de poder llevarla a cabo. Acaso encontraría, investigando
metafísicamente mi corazón, la causa que ha podido ponerme hoy en esta
extraña disposición de ánimo; pero este trabajo me cansaría, y he dicho
que no quiero hacer hoy impresiones sino recibirlas. En estos días es,
sin embargo, cuando, colocado detrás de mi lente, que es entonces para
mí el vidrio de la linterna mágica, veo pasar el mundo todo delante de
mis ojos; e imparcial, ajeno de consideración que a él me ligue, véole
tal cual se presenta en cada fisonomía, en cada acción que observo
indolentemente.
--¿Qué hace don Julián en ese café? Todos los días viene al dar las
cuatro: el mozo no ha menester que le hable una palabra: apenas se ha
colocado aquél en su silla, ya tiene la cafetera encima de la mesa.
Toma, paga y se duerme. Esa es la principal ocupación de don Julián.
Tomar café una vez cada día.
--¿Y qué hace en el café aquel viejo? Treinta años ha que viene: todas
las tardes juega su partida de ajedrez: todas las tardes se la ven jugar
aquellos cuatro originales que tiene en derredor: ni él hace más en la
vida, ni ellos ven otra cosa. Eso es lo que se llama aislarse en medio
del mundo.
--¿Quién es aquél que cruza por aquella esquina? ¡Bello muchacho! Pero
no; conforme se acerca cuento las arrugas del rostro. ¡Ah! es un joven
de sesenta años. A las ocho de la mañana sale vestido ya y ceñido,
prendido y ajustado: ni una mota, ni una arruga lleva el frac: la bota
es un espejo: el guante blanco como la nieve: la corbata no hace un
pliegue: el pelo rizado, mejor diremos pintado: en todos los conciertos,
en todos los bailes, en el paseo, en la luneta, erguido siempre,
bailando, coqueteando. ¿Nunca se descompone, nunca se ensucia? ¿Qué
secreto posee? ¿No le crece nunca la barba? Jamás. Es sólo de extrañar
que vaya solo; o acaba de dejar algunas señoras, o va a buscarlas. Les
hablará de la ópera, del figurín, de lo mal que bailó el solo Gasparito;
esta es la existencia del viejo verde: miradle contraerse y revolcarse
en su vanidad al lado de una hermosa: ¿es una serpiente que se roza
contra un árbol? No; el viejo verde al lado de las bellas es una oruga
que se desliza por entre las rosas.
--¿Han visto ustedes unas caras paradas, unos ojos mudos, unos
corbatines siempre iguales, un vestido regular y uniforme, unos cuerpos
ni elegantes ni mal vestidos, unos brazos que se balancean monótonos,
siempre con la regularidad y compás de las aspas de un molino? ¿Saben
ustedes que los hombres de esas señas hablen nunca nada que pueda ser
referido, escriban nada que deba ser leído, hagan una acción digna de
ser imitada? No; esos son oficinistas o propietarios. Se levantan,
fuman, dicen palabras, dan pasos, saludan, entran, salen, se ríen (éstos
nunca lloran), son hombres entre otros hombres. En una palabra, duermen
despiertos.
--¿Cómo hace aquel original para llevar hace diez años el mismo frac,
abrochado siempre del mismo modo, los mismos guantes, el mismo pañuelo
blanco al cuello con el mismo lazo, el mismo pantalón, la misma postura
de sombrero?... ¿No se desnuda ese hombre? ¿No envejece? Ese es el judío
errante.
--¿De qué habla don Cosme? Lo diré: don Cosme viene de la calle de la
Paz; allí acude todos los días a las ocho de la mañana; alarga una mano
a la banasta de los periódicos: es un parroquiano a la lectura de
papeles a cuarto. Hoy la _Revista_, mañana el _Boletín_... Gran
noticioso. Ese sabe siempre a punto fijo, de muy buena tinta, los
pormenores de la última batalla: sabe si don Miguel está en Coimbra, en
Lisboa o en Badajoz; entiende muy bien la marcha de Nicolás, que así
llama él con franqueza al autócrata ruso. Suele sucederle luego que los
que él supuso entrar vencedores en un punto, entraron en él
prisioneros; pero todo es entrar. Estos hombres hablan siempre al oído:
contraen la costumbre de suponerse espiados por las grandes cosas que
creen decir; de resultas, si le encuentran a usted, le dirán al oído muy
secretamente: «Buenos días; beso a usted la mano.»
--¿Hay nada más torpe en estos hombres amigos de usted que le ven parado
en una calle, y no conocen que cuando está usted parado es porque no
quiere andar, que cuando está callado es que no quiere hablar?
--¡Dios me libre de un hombre amable! No iré a su casa, porque me
convidará. No le encontraré en la calle, porque vendrá a mí con los
brazos abiertos aunque me haya visto ayer; se enganchará de mí, me
preguntará de mi salud, de mis hijos, de mis comedias, de mis artículos,
de mis... Pero líbreme, aunque sea el Diablo, de una mujer amable; nunca
sabré si me quiere o si me estima, si es bien criada o tierna, si...
¡Válgame Dios! y líbreme, aunque sea el Diablo, de una mujer amable: ésa
me volvería loco.
--Oigan ustedes a don Lucas Mentirola. Ese viene siempre de donde sucede
algo. ¿Ha habido fuego?
--Vengo de allí. Hace estragos horrorosos.
--¿Ha llegado el tenor nuevo?
--Sí--responde,--le acabo de dar un abrazo: viene gordo, y su voz es un
portento; le hice entrar en un portal y cantar un rato... por mí lo
hizo. Es un gran muchachón: rubio, alto, ¡extranjero!
Al otro día se sabe que el tenor no ha llegado, y si ha llegado es
chiquito, negro, bizco...
--¿Está malo algún sujeto marcado?
--Hoy está mejor--dice;--se ha reído mucho conmigo; una hora he estado
con él.
Luego se averigua que el que tanto se ha reído estaba ya enterrado.
--¿Quién es aquel botarate?
--¿Aquél? un monstruo; aquél se prevale de la bondad, del candor de la
casa donde le reciben; hay una mujer hermosa, nada le dice; sin embargo,
afecta ir a la casa a horas de franqueza; la acompaña al Prado; en baile
o sarao donde está ella está él; siempre al lado de la hermosa, siempre
baila con ella; cuando ella no le ve, finge mirarla con celos de algún
otro; afecta disimulo, que en realidad no puede existir, pues nada hay
que disimular. ¿Se retiran? Siempre da el brazo a la hermosa. Ella, en
tanto, a quien nada dice, que nada nota en él de galanteo, está bien
lejos de creer que el público malicioso no habla de otra cosa sino de
sus amores con fulanito. Fulanito tiene amor propio, no amor. Se
contenta con que las gentes crean que es feliz; para él no hay otro modo
de serlo. ¡Qué horrible carácter! ¡Qué triste buena fe la de su víctima
que no lo conoce!
LA NOCHEBUENA DE 1836
YO Y MI CRIADO
DELIRIO FILOSÓFICO
El número 24 me es fatal: si tuviera que probarlo diría que en día 24
nací. Doce veces al año amanece, sin embargo, día 24; soy supersticioso,
porque el corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando
no encuentra verdades que creer; sin duda, por esa razón, creen los
amantes, los casados y los pueblos a sus ídolos, a sus consortes y a sus
gobiernos; y una de mis supersticiones consiste en creer que no puede
haber para mí un día 24 bueno. El día 23 es siempre en mi calendario
víspera de desgracia; y a imitación de aquel jefe de policía ruso que
mandaba tener prontas las bombas las vísperas de incendios, así yo desde
el día 23 me prevengo para el día de sufrimiento y de resignación; y en
dando las doce, ni tomo vaso en mi mano por no romperlo, ni apunto carta
por no perderla, ni enamoro mujer porque no me diga que sí, pues en
punto a amores tengo otra superstición: imagino que la mayor desgracia
que a un hombre le puede suceder, es que una mujer le diga que lo
quiere. Si no la cree es un tormento, y si la cree... ¡Bienaventurado
aquél a quien la mujer dice no quiero, porque ése, a lo menos, oye la
verdad!
El último día 23 del año 1836 acababa de expirar en la muestra de mi
péndola; y, consecuente en mis principios supersticiosos, ya estaba yo
agachado esperando el aguacero y sin poder conciliar el sueño. Así pasé
las horas de la noche, más largas para el triste desvelado que una
guerra civil, hasta que al fin, la mañana vino con paso de intervención,
es decir, lentísimamente, a teñir de púrpura y rosa las cortinas de mi
estancia.
El día anterior había sido hermoso, y no sé por qué me daba el corazón
que el día 24 había de ser día de agua. Fue peor todavía; amaneció
nevando. Miré el termómetro, y marcaba muchos grados bajo cero, como el
crédito del Estado.
Resuelto a no moverme porque tuviera que hacerlo toda la suerte, incliné
la frente cargada como el cielo de nubes frías, apoyé los codos en mi
mesa, y parecí tal, que cualquiera me hubiese reconocido por escritor
público en tiempo de libertad de imprenta, o me hubiese tenido por
miliciano nacional citado para un ejercicio. Ora vagaba mi vista sobre
la multitud de artículos y folletos que yacen empezados y no acabados ha
más de seis meses sobre mi mesa, y de que sólo existen los títulos, como
esos nichos preparados en los cementerios que no aguardan más que el
cadáver, comparación exacta, porque en cada artículo entierro una
esperanza o una ilusión. Ora volvía los ojos a los cristales de mi
balcón: veíalos empañados y como llorosos por dentro; los vapores
condensados se deslizaban a manera de lágrimas a lo largo del diáfano
cristal. Así se empaña la vida, pensaba: así el frío exterior del mundo
condensa las penas en el interior del hombre; así caen gota a gota las
lágrimas sobre el corazón. Los que ven de fuera los cristales, los ven
tersos y brillantes; los que ven sólo los rostros, los ven alegres y
serenos...
Haré merced a mis lectores de las más de mis meditaciones; no hay
periódicos bastantes en Madrid, acaso no hay lectores bastantes tampoco.
¡Dichoso el que tiene oficina, dichoso el empleado, aún sin sueldo o sin
cobrarlo, que es lo mismo; al menos no está obligado a pensar; puede
fumar, puede leer la _Gaceta_!
--¡Las cuatro! ¡La comida!--me dijo una voz de criado, una voz de
entonación servil y sumisa; en el hombre que sirve hasta la voz parece
pedir permiso para sonar.
Esta palabra me sacó de mi estupor, e involuntariamente iba a exclamar
como don Quijote: «Come, Sancho hijo, come, tú que no eres caballero
andante y que naciste para comer», porque al fin los filósofos, es
decir, los desgraciados, podemos no comer; ¡pero los criados de los
filósofos! Una idea más luminosa me ocurrió: era día de Navidad. Me
acordé de que en sus famosas saturnales los romanos trocaban los
papeles y que los esclavos podían decir la verdad a sus amos. Costumbre
humilde, digna del cristianismo. Miré a mi criado y dije para mí: esta
noche me dirás la verdad. Saqué de mi gaveta unas monedas: tenían el
busto de los monarcas de España. Cualquiera diría que eran retratos; sin
embargo eran artículos de periódico. Las miré con orgullo y...
--Come y bebe de mis artículos--añadí con desprecio:--sólo en esa forma,
sólo por medio de esa estratagema, se pueden meter los artículos en el
cuerpo de ciertas gentes.
Una risa estúpida se dibujó en la fisonomía de aquel ser que los
naturalistas han tenido la bondad de llamar racional, sólo porque lo han
visto hombre. Mi criado se rió. Era aquella risa el demonio de la gula
que reconocía su campo.
Tercié la capa, calé el sombrero y me planté en la calle.
¿Qué es un aniversario? Acaso un error de fecha. Si no se hubiera
compartido el año en trescientos sesenta y cinco días ¿qué sería de
nuestros aniversarios? Pero al pueblo le han dicho: hoy es un
aniversario; y el pueblo ha respondido: pues si es un aniversario,
comamos y comamos doble. ¿Por qué come hoy más que ayer? O ayer pasó
hambre, u hoy pasará indigestión. ¡Miserable humanidad, destinada
siempre a quedarse más acá o a ir más allá!
Hace mil ochocientos treinta y seis años nació el Redentor del mundo,
nació el que no reconoce principio, y el que no reconoce fin; nació para
morir. ¡Sublime misterio!
¿Hay misterio que celebrar? Pues comamos, dice el hombre; no dice:
reflexionemos. El vientre es el encargado de cumplir con las grandes
solemnidades. El hombre tiene que recurrir a la materia para pagar las
deudas del espíritu. ¡Argumento terrible en favor del alma!
Para ir desde mi casa al teatro es preciso pasar por la plaza tan
indispensablemente como es preciso pasar por el dolor para ir desde la
cuna al sepulcro. Montones de comestibles acumulados, risa y algazara,
compra y venta, sobra por todas partes y alegría. No pudo menos de
ocurrirme la idea de Bilbao; figuróseme ver de pronto que se alzaba por
entre las montañas de víveres una frente altísima y extenuada: una mano
seca y roída llevaba a una boca cárdena, y negra de morder cartuchos, un
manojo de laurel sangriento. Y aquella boca no hablaba. Pero el rostro
entero se dirigía a los bulliciosos liberales de Madrid que traficaban.
Era horrible el contraste de la fisonomía escuálida y de los rostros
alegres. Era la reconvención y la culpa; aquélla, agria y severa; ésta,
indiferente y descarada.
Todos aquellos víveres han sido aquí traídos de distintas provincias
para la colación cristiana de una capital. En una cena de ayuno se come
una ciudad a las demás.
¡Las cinco! Hora del teatro: el telón se levanta a la vista de un pueblo
palpitante y bullicioso. Dos comedias de circunstancias, o yo estoy
loco. Una representación en que los hombres son mujeres y las mujeres
hombres. He aquí nuestra época y nuestras costumbres. Los hombres ya no
saben sino hablar como las mujeres en congresos y en corrillos. Y las
mujeres son hombres, ellas son las únicas que conquistan. Segunda
comedia: un novio que no ve el logro de su esperanza. Ese novio es el
pueblo español: no se casa con un solo gobierno con quien no tenga que
reñir al día siguiente. Es el matrimonio repetido al infinito.
Pero las orgías llaman a los ciudadanos. Ciérranse las puertas, ábrense
las cocinas. Dos horas, tres horas, y yo rondo de calle en calle a
merced de mi pensamiento. La luz que ilumina los banquetes viene a herir
mis ojos por las rendijas de los balcones; el ruido de los panderos y de
la bacanal que estremece los pisos y las vidrieras, se abre paso hasta
mis sentidos, y entra en ellos como cuña a mano rompiendo y
desbaratando.
Las doce van a dar: las campanas que ha dejado la junta de enagenación
en el aire, y que en estar todavía en el aire se parecen a todas
nuestras cosas, citan a los cristianos al oficio divino. ¿Qué es esto?
¿Va a expirar el 24, y no me ha ocurrido en él más contratiempo que mi
mal humor de todos los días? Pero mi criado me espera en mi casa, como
espera la cuba al catador, llena de vino; mis artículos hechos moneda,
mi moneda hecha mosto, se ha apoderado del imbécil como imaginé; y el
asturiano ya no es un hombre; es todo verdad.
Mi criado tiene de mesa lo cuadrado y el estar en talla al alcance de la
mano. Por tanto es un mueble cómodo: su color es el que indica la
ausencia completa de aquello con que se piensa es decir, que es bueno:
las manos se confundirían con los pies, si no fuera por los zapatos, y
porque anda casualmente sobre los últimos; a imitación de la mayor parte
de los hombres, tiene orejas que están a uno y otro lado de la cabeza
como los floreros en una consola, de adorno, o como los balcones
figurados, por donde no entra ni sale nada; también tiene dos ojos en la
cara; él cree ver con ellos; ¡qué chasco se lleva! A pesar de esta
pintura, todavía sería difícil reconocerlo entre la multitud, porque al
fin no es sino un ejemplar de la grande edición hecha por la Providencia
de la humanidad, y que yo comparo de buena gana con las que suelen hacer
los autores; algunos ejemplares de regalo finos y bien empastados; el
surtido todo igual, ordinario y a la rústica.
Mi criado pertenece al surtido. Pero la Providencia que se vale para
humillar a los soberbios de los instrumentos más humildes, me reservaba
en él mi mal rato del día 24. La verdad me esperaba en él y era preciso
oírla de sus labios impuros. La verdad es como el agua filtrada, que no
llega a los labios sino al través del cieno. Me abrió mi criado, y no
tardé en reconocer su estado.
--Aparta, imbécil--exclamé empujando suavemente aquel cuerpo sin alma
que en uno de sus columpios se venía sobre mí.--¡Oiga, está ebrio!
¡Pobre muchacho! ¡Da lástima!
Me entré de rondón a mi estancia, pero el cuerpo me siguió con un rumor
sordo e interrumpido; una vez dentro los dos, su aliento desigual y sus
movimientos violentos, apagaron la luz; una bocanada de aire colada por
la puerta al abrir, me cerró la de mi habitación, y quedamos dentro casi
a obscuras yo y mi criado, es decir, la verdad y Fígaro, aquélla en
figura de hombre beodo arrimado a los pies de mi cama para no vacilar, y
yo a su cabecera, buscando un fósforo que nos iluminase.
Dos ojos brillaban como dos llamas fatídicas enfrente de mí: no sé por
qué misterio mi criado encontró entonces, y de repente, voz y palabras,
y habló y raciocinó. Misterios más raros se han visto acreditados: los
fabulistas hacen hablar a los animales, ¿por qué no he de hacer yo
hablar a mi criado? Oradores conozco de quienes hace algún tiempo no
hubiera hecho yo una pintura más favorable que de mi astur, y que han
roto, sin embargo, a hablar, y los oye el mundo y los escucha, y nadie
se admira.
En fin, cuento un hecho. Tal me ha pasado; no escribo para los que dudan
de mi veracidad. El que no quiera creerme puede doblar la hoja. Esto se
ahorrará tal vez de fastidio; pero una sola voz salió de mi criado, y
entre ella y la mía se estableció el siguiente diálogo:
--Lástima--dijo la voz, repitiendo mi piadosa exclamación.--¿Y por qué
me has de tener lástima, escritor? Yo a ti, ya lo entiendo.
--¿Tú a mí?--pregunté sobrecogido ya por un terror supersticioso; y es
que la voz empezaba a decir la verdad.
--Escucha: tú vienes triste como de costumbre; yo estoy más alegre que
suelo. ¿Por qué ese color pálido, ese rostro deshecho, esas hondas y
verdes ojeras que ilumino con mi luz al abrirte todas las noches? ¿Por
qué esa distracción constante y esas palabras vagas e interrumpidas de
que sorprendo todos los días fragmentos errantes sobre tus labios? ¿Por
qué te vuelves y te revuelves en tu mullido lecho como un criminal
acostado con su remordimiento, en tanto que yo ronco sobre mi tosca
tarima? ¿Quién debe tener lástima a quién? No pareces criminal, la
justicia no te prende al menos; verdad es que la justicia no prende sino
a los pequeños criminales, a los que roban con ganzúas, o a los que
matan con puñal; pero a los que arrebatan el sosiego de una familia
seduciendo a la mujer casada o a la hija honesta, a los que roban con
los naipes en la mano, a los que matan una existencia con una palabra
dicha al oído, con una carta cerrada, a esos ni les llama la sociedad
criminales, ni la justicia los prende, porque la víctima no arroja
sangre, ni manifiesta herida, sino que agoniza lentamente consumida por
el veneno de la pasión que su verdugo le ha propinado. ¡Qué de tísicos
han muerto asesinados por una infiel, por un ingrato, por un
calumniador! Los entierran; dicen que la cura no ha alcanzado, y que los
médicos no la entendieron. Pero la puñalada hipócrita alcanzó e hirió
el corazón. Tú acaso eres de esos criminales, y hay un acusador dentro
de ti; y ese frac elegante y esa media de seda, y ese chaleco de tisú de
oro que yo te he visto, son tus armas maldecidas.
--Silencio, hombre borracho.
--No; has de oír al vino, una vez que habla. Acaso ese oro que a fuer de
elegante has ganado en tu sarao y que vuelcas con indiferencia sobre tu
tocador, es el precio de honor de una familia. Acaso ese billete que
desdoblas es un anónimo embustero que va a separar de ti para siempre la
mujer que adorabas; acaso es una prueba de la ingratitud de ella o de su
perfidia. Más de uno te he visto morder y despedazar con tus uñas y tus
dientes, en los momentos en que el buen tono cede el paso a la pasión y
a la sociedad. Tú buscas la felicidad en el corazón humano, y para eso
lo destrozas, hozando en él como quien remueve la tierra en busca de un
tesoro. Yo nada busco, y el desengaño no me espera a la vuelta de la
esperanza. Tú eres literato y escritor; y ¡qué tormento no te hace pasar
tu amor propio, ajado diariamente por la indiferencia de unos, por la
envidia de otros, por el rencor de muchos! Preciado de gracioso, harías
reír a costa de un amigo, si amigos hubiera; y no quieres tener
remordimientos. Hombre de partido, haces la guerra a otro partido; o
cada vencimiento es una humillación, o compras la victoria demasiado
cara para gozar de ella. Ofendes y no quieres tener enemigos. A mí
¿quién me calumnia? ¿quién me conoce? Tú me pagas un salario bastante a
cubrir mis necesidades; a ti te paga el mundo como paga a los demás que
le sirven. Te llamas liberal y despreocupado; y el día que te apoderes
del látigo, azotarás como te han azotado. Los hombres de mundo os
llamáis hombre de honor y de carácter, y a cada suceso nuevo cambiáis
de opinión, apostatáis de vuestros principios. Despedazado siempre por
la sed de gloria, inconsecuencia rara, despreciarás acaso a aquellos
para quienes escribes y reclamas con el incensario en la mano su
adulación: adulas a tus lectores para ser de ellos adulado, y eres
también despedazado por el temor, y no sabes si mañana irás a coger tus
laureles a las Baleares o a un calabozo.
--¡Basta, basta!