Por lo demás, no deja de ofrecer un cuadro divertido para el observador

obscuro el aspecto de una fonda. Si a su entrada hay ya una familia en

los postres, ¿qué efecto le hace al que entra frío y sereno el ruido y

la algazara de aquella gente toda alborotada porque ha comido? ¡qué

miserable es el hombre! ¿De qué se ríen tanto? ¿Han dicho alguna gracia?

No, señor; se ríen de que han comido, y la parte física del hombre

triunfa de la moral, de lo sublime; que no debiera estar tan alegre sólo

por haber comido. Allí está la familia que trajo el coche... ¡Apartemos

la vista y tapemos los oídos por no ver, por no oír!

Aquel joven que entra venía a comer de medio duro; pero se encontró con

veinte conocidos en una mesa inmediata: dejose coger también por la

negra honrilla, y sólo por los testigos pide de a duro. Si como son

conocidos, fuera una mujer a quien quisiera conquistar, la que en otra

mesa comiera, hubiera pedido de a doblón: a pocos amigos que encuentre

el infeliz se arruina. ¡Necio rubor de no ser rico! ¡Mal entendida

vergüenza de no ser calavera!

¿Y aquel otro? Aquel recorre todos los días a una misma hora todas las

fondas: aparenta buscar a alguien: en efecto, algo busca; ya lo

encontró; allí hay conocidos suyos: a ellos derecho: primera frase suya:

--¡Hombre! ¿Ustedes por aquí?

--Coma usted con nosotros--le responden.

Excúsase al principio; pero si había de comer solo... un amigo a quien

esperaba no viene.

--Vaya comeré con ustedes--dice por fin y se sienta.

¡Cuán ajenos estaban sus convidadores de creer que habían de comer con

él! El sin embargo, sabía desde la víspera que había de comer con ellos:

los oyó convenir en la hora, y es hombre que come los más días de oídas,

y algunos por haber oído.

¿Qué pareja es la que sin mirar a un lado ni a otro pide un cuarto al

mozo y...? Pero es preciso marcharnos, mi amigo y yo hemos concluido de

comer: cierta curiosidad nos lleva a pasar por delante de la puerta

entornada donde ha entrado a comer sin testigos aquel obscuro

matrimonio... sin duda... Una pequeña parada que hacemos alarma a los

que no quieren ser oídos, y un portazo dado con todo el amor propio de

un misántropo nos advierte nuestra indiscreción y nuestra impertinencia.

--Paciencia--salgo diciendo;--todo no se puede observar en este mundo;

algo ha de quedar obscuro en un cuadro: sea esto lo que quede en negro

en este artículo de costumbres de la _Revista Española_.

LA VIDA DE MADRID

Muchas cosas me admiran en este mundo: esto prueba que mi alma debe

pertenecer a la clase vulgar, al justo medio de las almas; sólo a las

muy superiores o a las muy estúpidas, les es dado no admirarse de nada.

Para aquéllas no hay cosa que valga algo, para éstas no hay cosa que

valga nada. Colocada la mía a igual distancia de las unas y de las

otras, confieso que vivo todo de admiración, y estoy tanto más distante

de ellas, cuanto menos concibo que se pueda vivir sin admirar.

En un día de esos en que un insomnio prolongado, o un contratiempo de la

víspera preparan al hombre a la meditación, me paro a considerar el

destino del mundo; cuando me veo rodando dentro de él con mis semejantes

por los espacios imaginarios, sin que sepa nadie para qué, ni a dónde;

cuando veo nacer a todos para morir, y morir sólo por haber nacido;

cuando veo la verdad igualmente distante de todos los puntos del orbe

donde se la anda buscando, y la felicidad siempre en casa del vecino a

juicio de cada uno; cuando reflexiono que no se le ve el fin a este

cuadro halagüeño, que según todas las probabilidades tampoco tuvo

principio; cuando pregunto a todos y me responde cada cual quejándose de

su suerte; cuando contemplo que la vida es un amasijo de

contradicciones, de llanto, de enfermedades, de errores, de culpas y de

arrepentimientos, me admiro de varias cosas.

Primera, del gran poder del Ser Supremo, que haciendo marchar el mundo

de un modo dado, ha podido hacer que todos tengan deseos diferentes y

encontrados, que no suceda más que una sola cosa a la vez, y que todos

queden descontentos. Segunda, de su gran sabiduría en hacer corta la

vida. Y tercera, en fin, y de ésta me asombro más que de las otras

todavía, de ese apego que todos tienen sin embargo a esta vida tan mala.

Esto último bastaría a confundir a un ateo, si un ateo, al serlo, no

diese ya claras muestras de no tener su cerebro organizado para el

convencimiento; porque sólo un Dios, y un Dios Todopoderoso, podía hacer

amar una cosa como la vida.

Esto, considerada la vida en general, donde quiera que la tomemos por

tipo; en las naciones civilizadas, en los países incultos, en todas

partes, en fin. Porque en este punto, me inclino a creer que el hombre

variará de necesidades, y se colocará en una escala más alta o más baja;

pero en cuanto a su felicidad nada habrá adelantado. Toda la diferencia

entre el hombre ilustrado y el salvaje estará en los términos de su

conversación. Lord Wéllington hablará de los whigs, el indio nómada

hablará de las panteras; pero iguales penas le acarreará a aquél el

concluir con los primeros, que a éste el dar caza a las segundas. La

civilización le hará variar al hombre de ocupaciones y de palabras; de

suerte, es imposible. Nació víctima, y su verdugo le persigue

enseñándole el dogal, así debajo del dorado artesón, como debajo de la

rústica techumbre de ramas. Pero si se considera luego la vida de

Madrid, es preciso cerrar el entendimiento a toda reflexión para

desearla.

El joven que voy a tomar por tipo general es un muchacho de regular

entendimiento, pero que posee sin embargo más doblones que ideas, lo

cual no parecerá inverosímil si se atiende al modo que tiene la sabia

naturaleza de distribuir sus dones. En una palabra, es rico sin ser

enteramente tonto. Paseábame días pasados con él, no precisamente porque

nos estreche una gran amistad, sino porque no hay más que dos modos de

pasear, o solo o acompañado. La conversación de los jóvenes más suele

pecar de indiscreta que de reservada: así fue, que a pocas preguntas y

respuestas nos hallamos a la altura de lo que se llama en el mundo

franqueza, sinónimo casi siempre de imprudencia. Preguntome qué especie

de vida hacía yo, y si estaba contento con ella. Por mi parte pronto

hube despachado: a lo primero le contesté:

--Soy periodista; paso la mayor parte del tiempo, como todo escritor

público, en escribir lo que no pienso y en hacer creer a los demás lo

que no creo. ¡Cómo sólo se puede escribir alabando! Esto es, que mi vida

está reducida a querer decir lo que otros no quieren oír.

A lo segundo, de si estaba contento con esta vida, le contesté que

estaba por lo menos tan resignado como lo está con irse a la gloria el

que se muere.

--¿Y usted?--le dije.--¿Cuál es su vida en Madrid?

--Yo--me repuso--soy muchacho de muy regular fortuna; por consiguiente

no escribo. Es decir... escribo... ayer escribí una esquela a Borrell

para que me enviase cuanto antes un pantalón de _patincour_ que me tiene

hace meses por allá. Siempre escribe uno algo. Por lo demás, le contaré

a usted. Yo no soy amigo de levantarme tarde; a veces hasta madrugo;

días hay que a las diez ya estoy en pie. Tomo té, y alguna vez

chocolate; es preciso vivir con el país. Si a esas horas ha parecido ya

algún periódico, me lo entra mi criado, después de haberlo hojeado él:

tiendo la vista por encima; leo los partes, que se me figura siempre

haberlos leído ya; todos me suenan a lo mismo, entra otro, lo cojo, y es

la segunda edición del primero. Los periódicos son como los jóvenes de

Madrid, no se diferencian sino en el nombre. Cansado estoy ya de que me

digan todas las mañanas en artículos muy graves todo lo felices que

seríamos si fuésemos libres, y lo que es preciso hacer para serlo. Tanto

valdría decirle a un ciego que no hay cosa como ver. Como a aquellas

horas no tengo ganas de volverme a dormir, dejo los periódicos: me rodeo

al cuello un echarpe, me introduzco en un surtú, y a la calle. Doy una

vuelta a la Carrera de San Jerónimo, a la calle de Carretas, del

Príncipe, y de la Montera, encuentro en un palmo de terreno a todos mis

amigos que hacen otro tanto, me paro con todos ellos, compro cigarros en

un café, saludo a alguna asomada, y me vuelvo a casa a vestir.

¿Está malo el día? el capote de barragán: a casa de la marquesa hasta

las dos; a casa de la condesa hasta las tres; a tal otra casa hasta las

cuatro: en todas partes voy dejando la misma conversación; en donde

entro oigo hablar mal de la casa de donde vengo, y de la otra a donde

voy: esta es toda la conversación de Madrid.

¿Está el día regular? A la calle de la Montera. A ver a la Gallarde o a

Tomás. Dos horas, tres horas, según. Mina, los facciosos, la que pasa,

el sufrimiento y las esperanzas.

¿Está muy bueno el día? A caballo. De la puerta de Atocha a la de

Recoletos, de la de Recoletos a la de Atocha. Andado y desandado este

camino muchas veces, una vuelta a pie. A comer a Genieys, o al

Comercio: alguna vez en mi casa; las más fuera de ella.

¿Acabé de comer? A Solito. Allí horas, dos cigarros, y dos amigos. Se

hace una segunda edición de la conversación de la calle de la Montera.

¡Oh! y felizmente esta semana no ha faltado materia. Un poco se ha

ponderado, otro poco se ha... Pero en fin, en un país donde no se hace

nada, sea lícito al menos hablar.

--¿Qué se da en el teatro?--dice uno.

--Aquí: 1.º sinfonía; 2.º pieza del célebre Scribe; 3.º sinfonía; 4.º

pieza nueva del fecundo Scribe; 5.º sinfonía; 6.º baile nacional; 7.º la

comedia nueva en dos actos, traducida también del ingenioso Scribe; 8.º

sinfonía; 9.º...

--Basta, basta; ¡santo Dios!

--Pero, chico, ¿qué lees ahí? si ese es el diario de ayer.

--Hombre, parece el de todos los días.

--Sí, aquí es _Guillermo_ hoy.

--_¿Guillermo?_ ¡Oh, si fuera ayer! ¿Y allá?

--Allá es el teatro de la Cruz. Cualquier cosa.

--A mí me toca el turno aquí. ¿Sabe usted lo que es tocar el turno?

--Sí, sí--respondo a mi compañero de paseo;--a mí también me suele tocar

el turno.

Pues bien, subo al palco un rato. Acabado el teatro, si no es noche de

sociedad, al café otra vez a disputar un poco de tiempo al sueño. Luego

a ninguna parte. Si es noche de sociedad, a vestirme; gran «tualeta». A

casa de E... Bonita sociedad; muy bonita. Ello sí, las mismas de la

sociedad de la víspera, y del lunes, y de... y las mismas de las visitas

de la mañana, del Prado y del teatro, y... pero lo bueno, nunca se cansa

uno de verlo.

--¿Y qué hace usted en la sociedad?

--Nada; entro en la sala; paso al gabinete; vuelvo a la sala; entro al

ecarté; vuelvo a entrar en la sala; vuelvo a salir al gabinete; vuelvo

a entrar en el ecarté...

--¿Y luego?

--Luego a casa, y ¡buenas noches!

Esta es la vida que de sí me contó mi amigo. Después de leerla y de

releerla, figurándome que no he ofendido a nadie, y que a nadie retrato

en ella, e inclinándome casi a creer que por ésta no tendré ningún

desafío, aunque necios conozco yo para todo, trasládola a la

consideración de los que tienen apego a la vida.

LA DILIGENCIA

Cuando nos quejamos de que esto no marcha, y de que la España no

progresa, no hacemos más que enunciar una idea relativa: generalizada la

proposición de esa suerte, es evidentemente falsa; reducida a sus

límites verdaderos, hay un gran fondo de verdad en ella.

Así como no notamos el movimiento de la tierra, porque todos vamos

envueltos en él, así no echamos de ver tampoco nuestros progresos. Sin

embargo, ciñéndonos al objeto de este artículo, recordaremos a nuestros

lectores que no hace tantos años carecíamos de multitud de ventajas, que

han ido naciendo por sí solas y colocándose en su respectivo lugar;

hijas de la época, secuelas indispensables del adelanto general del

mundo. Entre ellas, es acaso la más importante la facilitación de las

comunicaciones entre los pueblos apartados: los tiranos, generalmente

cortos de vista, no han considerado en las diligencias más que un medio

de transportar paquetes y personas de un pueblo a otro: seguros de

alcanzar con su brazo de hierro a todas partes, se han sonreído

imbécilmente al ver mudar de sitio a sus esclavos: no han considerado

que las ideas se agarran como el polvo a los paquetes y viajan también

en diligencia. Sin diligencias, sin navíos, la libertad estaría todavía

probablemente encerrada en los Estados Unidos. La navegación la trajo a

Europa; las diligencias han coronado la obra: la rapidez de

comunicaciones ha sido el vínculo que ha reunido a los hombres de todos

los países: verdad es que ese lazo de los liberales lo es también de sus

contrarios; pero ¿qué importa? La lucha es así general y simultánea;

sólo así puede ser decisiva.

Hace pocos años, si le ocurría a usted hacer el viaje, empresa que se

acometía entonces sólo por motivos muy poderosos, era forzoso recorrer

todo Madrid, preguntando de posada en posada por medios de transportes.

Estos se dividían entonces en coches de colleras, en galeras, en

carromatos, tal cual tartana y acémilas. En la celeridad no había

diferencia ninguna: no se concebía cómo podía un hombre apartarse de un

punto en un solo día más de seis o siete leguas; aún así era preciso

contar con el tiempo y con la colocación de las ventas: esto, más que

viajar, era irse asomando al país, como quien teme que se le acabe el

mundo al dar un paso más de lo absolutamente indispensable. En los

coches viajan sólo los poderosos: las galeras eran el carruaje de la

clase acomodada; viajaban en ellas los empleados que iban a tomar

posesión de su destino, los corregidores que mudaban de vara: los

carromatos y las acémilas estaban reservadas a las mujeres de militares,

a los estudiantes, a los predicadores cuyo convento no les proporcionaba

mula propia. Las demás gentes no viajaban; y semejantes los hombres a

los troncos, allí donde nacían, allí morían. Cada cual sabía que había

otros pueblos que el suyo en el mundo, a fuerza de fe; pero viajar por

instrucción y curiosidad, ir a París sobre todo, eso ya suponía un

hombre superior, extraordinario, osado, capaz de todo: la marcha era una

hazaña, la vuelta una solemnidad: y el viajero, al divisar la venta del

Espíritu Santo, exclamaba estupefacto:

--¡Qué grande es el mundo!

Al llegar a París después de dos meses de medir la tierra con los pies,

hubiera podido exclamar con más razón:

--¡Qué corto es el año!

A su vuelta, ¡qué de gentes lo esperaban, y se apiñaban a su alrededor

para cerciorarse de si había efectivamente París, de si se iba y se

venía, de si era, en fin, aquel mismo el que había ido, y no su ánima

que volvía sola! Se miraba con admiración el sombrero, los anteojos, el

baúl, los guantes, la cosa más diminuta que venía de París. Se tocaba,

se manoseaba, y todavía parecía imposible. ¡Ha ido a París, ha vuelto de

París! ¡Jesús!

Los tiempos han cambiado extraordinariamente: dos emigraciones numerosas

han enseñado a todo el mundo el camino de París y Londres. Como quien

hace lo más, hace lo menos, ya el viajar por el interior es una

bagatela, y hemos dado en el extremo opuesto: en el día se mira con

asombro al que no ha estado en París; es un punto menos que ridículo.

¿Quién será él, se dice, cuando no ha estado en ninguna parte? Y

efectivamente, por poco liberal que uno sea, o está uno en la

emigración, o de vuelta de ella, o disponiéndose para otra: el liberal

es el símbolo del movimiento perpetuo, es el mar con su eterno flujo y

reflujo. Y no sé cómo se las componen los absolutistas; pero para ellos

no se han establecido las diligencias; ellos esperan siempre a pie

firme la vuelta de su Mesías; en una palabra, siempre son de casa; este

partido no tiene más movimiento que el del caracol; toda la diferencia

está en tener la cabeza fuera o dentro de la concha. A propósito, ¿la

tiene ahora dentro o fuera?

Volviendo empero a nuestras diligencias, no entraré en la explicación

minuciosa y poco importante para el público de las causas que me

hicieron estar no hace muchos días en el patio de la casa de postas,

donde se efectúa la salida de las diligencias llamadas reales, sin duda

por lo que tienen de efectivas. No sé qué tienen las diligencias de

común con Su Majestad; una empresa particular las dirige, el público las

llena y las sostiene. La misma duda tengo con respecto a los billares;

pero como si hubiera yo de extender ahora en el papel todas mis dudas,

no haría gran diligencia en el artículo de hoy, prescindiré de

digresiones, y diré en último resultado, que, ora fuese a despedir a un

amigo, ora fuese a recibirlo, ora en fin con cualquier otro objeto, yo

me hallaba en el patio de las diligencias.

No es fácil imaginar qué multitud de ideas sugiere el patio de las

diligencias: yo por mi parte me he convencido que es uno de los teatros

más vastos que puede presentar la sociedad moderna al escritor de

costumbres.

Todo es allí materiales, pero hechos ya y elaborados: no hay sino ver y

coger. A la entrada le llama a usted ya la atención un pequeño aviso que

advierte, pegado en un poste, que nadie puede entrar en el

establecimiento público sino los viajeros, los mozos que traen sus

fardos, los dependientes y las personas que vienen a despedir o recibir

a los viajeros: es decir, que allí sólo puede entrar todo el mundo. Al

lado, numerosas y largas tarifas indican las líneas, los itinerarios,

los precios: aconsejaremos sin embargo a cualquiera que reproduzca, al

ver las listas impresas, la pregunta de aquel palurdo que iba a entrar

en años pasados en el botánico con chaqueta y palo, y a quien un

dependiente decía:

--No se puede pasar en ese traje: ¿no ve el cartel puesto de ayer?

--Sí, señor--contestó el palurdo,--pero... ¿eso rige todavía?

Lea, pues, el curioso las tarifas y pregunte luego: verá como no hay

carruajes para muchas de las líneas indicadas: pero no se desconsuele,

le dirán la razón.

--¡Como los facciosos están por ahí, por allí, y por más allá!

Eso siempre satisface: verá además como los precios no son los mismos

que cita el aviso; en una palabra, si el curioso quiere proceder por

orden, pregunte y lea después, y si quiere atajar, pregunte y no lea. La

mejor tarifa es un dependiente; podrá suceder que no haya quien dé

razón; pero en ese caso puede volver a otra hora, o no volver si no

quiere.

El patio comienza a llenarse de viajeros y de sus familias y amigos: los

unos se distinguen fácilmente de los otros. Los viajeros entran

despacio: como muy enterados de la hora, están ya como en su casa: los

que vienen a despedirlos, si no han venido con ellos, entran de prisa y

preguntando:

--¿Ha marchado ya la diligencia? Ah, no; está aquí todavía.

Los primeros tienen capa o capote, aunque haga calor; echarpe al cuello

y gorro griego o gorra si son hombres: si son mujeres gorro o papalina,

y un enorme ridículo; allí va el pañuelo, el abanico, el dinero, el

pasaporte, el vaso de camino, las llaves, ¡qué más sé yo!

Los acompañantes, portadores de menos aparato, se presentan vestidos de

ciudad, a la ligera.

A la derecha del patio se divisa una pequeña habitación; agrupados allí

los viajeros al lado de sus equipajes, piensan el último momento de su

estancia en la población: media hora falta sólo: una niña, ¡qué joven,

qué interesante! apoyada la mejilla en la mano, parece exhalar la vida

por los ojos cuajados en lágrimas: a su lado el objeto de sus miradas

procura consolarla, oprimiendo acaso por última vez su lindo pie, su

trémula mano...

--Vamos, niña--dice la madre, robusta e impávida matrona, a quien nadie

oprime nada, y cuya despedida no es la primera ni la última,--¿a qué

vienen esos llantos? No parece sino que nos vamos del mundo.

Un militar que va solo examina curiosamente las compañeras de viaje; en

su aire determinado se conoce que ha viajado y que conoce a fondo todas

las ventajas de la presión de una diligencia. Sabe que en diligencia el

amor, sobre todo, hace mucho camino en pocas horas. La naturaleza en los

viajes, desnuda de las consideraciones de la sociedad, y muchas veces

del pudor, hijo del conocimiento de las personas, queda sola y triunfa

por lo regular. ¿Cómo no adherirse a la persona a quien nunca se ha

visto, a quien nunca se volverá acaso a ver, que no lo conoce a uno, que

no vive en su círculo, que no puede hablar ni desacreditar, y con quien

se va encerrado dentro de un cajón dos, tres días con sus noches? Luego

parece que la sociedad no está allí: una diligencia viene a ser para los

dos sexos una isla desierta; y en las islas desiertas no sería

precisamente donde tendríamos que sufrir más desaires de la belleza.

Por otra parte, ¡qué franqueza tan natural no tiene que establecerse

entre los viajeros, qué multitud de ocasiones de prestarse mutuos

servicios, cuántas veces al día se pierde un guante, se cae un pañuelo,

se deja olvidado algo en el coche o en la posada, cuántas veces hay que

dar la mano para bajar o subir! Hasta el rápido movimiento de la

diligencia parece un aviso secreto de lo rápido que pasa la vida, de lo

precioso que es el tiempo; todo debe ir de prisa en diligencia. Una

salida de un pueblo deja siempre cierta tristeza que no es natural al

hombre: sabido es que nunca está el corazón más dispuesto a recibir

impresiones que cuando está triste: los amigos, los parientes que quedan

atrás, dejan un vacío inmenso. ¡Ah, la naturaleza es enemiga del vacío!

Nuestro militar sabe todo esto; pero sabe también que toda regla tiene

excepciones, y que la edad de quince años es la edad de las excepciones;

pasa, pues, rápidamente al lado de la niña con una sonrisa, mitad

burlesca, mitad compasiva.

--Pobre niña--dice entre dientes:--lo que es la poca edad: si pensará

que no se aprecian las caras bonitas más que en Madrid: el tiempo le

enseñará que es moneda corriente en todos los países.

Una bella parece despedirse de un hombre de unos cuarenta años: el

militar fija el lente: ella es la que parte; hay lágrimas, sí, pero

¿cuándo no lloran las mujeres? las lágrimas por sí solas no quieren

decir nada; luego hay cierta diferencia entre éstas y las de la niña:

una sonrisa de satisfacción se dibuja en los labios del militar. Entre

las ternezas de despedida se deslizan algunas frases, que no son reñir

enteramente, pero poco menos, hay cierta frialdad, cierto dominio en el

hombre. ¡Ah! es su marido.

--Se puede querer mucho a su marido--dice el militar para sí,--y hacer

un viaje divertido.

--¡Voto va! ya ha marchado--entra gritando un original cuyos bolsillos

vienen llenos de salchichón para el camino, de frasquetes ensogados, de

petacas, de gorros de dormir, de pañuelos, de chismes de encender...

¡Ah, ah! éste es un verdadero viajero: su mujer le acosa a preguntas:

--¿Se ha olvidado el pastel?

--No, aquí lo traigo.

--¿Tabaco?

--No, aquí está.

--¿El gorro?

--En este bolsillo.

--¿El pasaporte?

--En este otro.

Su exclamación al entrar no carece de fundamento; faltan sólo minutos, y

no se divisa disposición alguna de viaje. La calma de los mayorales y

zagales contrasta singularmente con la prisa y la impaciencia que se

nota en las menores acciones de los viajeros; pero es de advertir que

éstos, al ponerse en camino, alteran el orden de su vida para hacer una

cosa extraordinaria; y mayoral y el zagal por el contrario hacen lo de

todos los días.

Por fin, se adelanta la diligencia, se aplica la escalera a sus

costados, y la vaca recibe en su seno los paquetes: en menos de un

minuto está dispuesta la carga, y salen los caballos lentamente a

colocarse en su puesto. Es de ver la impasibilidad del conductor a las

repetidas solicitudes de los viajeros.

--A ver, esa maleta; que vaya donde se pueda sacar.

--Que no se moje ese baúl.

--Encima ese saco de noche.

--Cuidado con la sombrerera.

--Ese paquete que es cosa delicada.

Todo lo oye, lo toma, lo encajona, a nadie responde; es un tirano en sus

dominios.

--La hoja, señores, ¿tienen ustedes todos sus pasaportes? ¿Están todos?

Al coche, al coche.

El patio de las diligencias es a un cementerio lo que el sueño a la

muerte, no hay más diferencia que la ausencia y el sueño pueden no ser

para siempre; no les comprende el terrible _voi ch'intrate lasciate ogni

speranza_, de Dante.

Se suceden los últimos abrazos, se renuevan los últimos apretones de

manos; los hombres tienen vergüenza de llorar y se reprimen, y las

mujeres lloran sin vergüenza.

--Vamos, señores--repite el conductor:--y todo el mundo se coloca.

Fígaro (Artículos selectos) · 第 7 / 21 段