trapera que con un cesto en el brazo y un instrumento en la mano recorre
a la madrugada, y aún más comúnmente de noche, las calles de la capital?
Es preciso observarla atentamente. La trapera marcha sola y silenciosa;
su paso es incierto como el vuelo de la mariposa: semejante también a la
abeja, vuela de flor en flor (permítaseme llamar así a los portales de
Madrid, siquiera por figura retórica y en atención a que otros hacen
peores figuras que las debieran hacer mejores). Vuela de flor en flor,
como decía, sacando de cada parte sólo el jugo que necesita: repáresela
de noche; indudablemente ve como las aves nocturnas: registra los más
recónditos rincones, y donde pone el ojo pone el gancho, parecida en
esto a muchas personas de más decente categoría que ella, su gancho es
parte integrante de su persona; es en realidad su sexto dedo, y le sirve
como la trompa al elefante; dotado de una sensibilidad y de un tacto
exquisitos, palpa, desenvuelve, encuentra; y entonces, por un
sentimiento simultáneo, por una relación simpática que existe entre la
trapera y su gancho, el objeto útil, no bien es encontrado ya está en
el cesto. La trapera, por tanto, con otra educación sería un excelente
periodista y un buen traductor de Scribe; su clase de talento es la
misma: buscar, husmear, hacer propio lo hallado; solamente mal aplicado:
he ahí la diferencia.
En una noche de luna el aspecto de la trapera es imponente: alargar el
gancho, hacerlo guadaña, y al verla entrar y salir en los portales
alternativamente, parece que viene a llamar a todas las puertas,
precursora de la parca. Bajo este aspecto hace en las calles de Madrid
los oficios mismos que la calavera en la celda del religioso: invita a
la meditación, a la contemplación de la muerte, de que es viva imagen.
Bajo otros puntos de vista se puede comparar a la trapera con la muerte:
en ella vienen a nivelarse todas las jerarquías: en su cesto vienen a
ser iguales como en el sepulcro Cervantes y Avellaneda; allí, como en un
cementerio, vienen a colocarse al lado los unos de los otros: los
decretos de los reyes, los quejidos del desgraciado, los engaños del
amor, los caprichos de la moda; allí se reúnen por única vez las
poesías, releídas, de Quintana, y las ilegibles de A***; allí se codean
Calderón y C***; allí van juntos Moratín y B***. La trapera, como la
muerte, _equo pulsat pede páuperum tabernas regumque turres_. Ambas
echan tierra sobre el hombre obscuro y nada pueden sobre el ilustre: ¡de
cuántos bandos ha hecho justicia la primera! de cuántos banderos la
segunda!
El cesto de la trapera, en fin, es la realización única posible, de la
fusión, que tales nos ha puesto. _El Boletín de Comercio_, y _La
Estrella_, _La Revista_ y _La Abeja_ las metáforas de Martínez de la
Rosa y las interpelaciones del conde de las Navas, todo se funde en uno
dentro del cesto de la trapera.
Así como el portador de la candela era siempre muchacho y nunca
envejecía, así la trapera no es nunca joven: nace vieja: estos son los
dos oficios extremos de la vida, y como la Providencia, justa, destinó a
la mortificación de todo bicho otro bicho en la naturaleza, como crió el
sacre para daño de la paloma, la araña para tormento de la mosca, la
mosca para el caballo, la mujer para el hombre, y el escribano para todo
el mundo, así crió en sus altos juicios a la trapera para el perro.
Estas dos especies se aborrecen, se persiguen, se ladran, se enganchan y
se venden.
Ese ser, con todo, ha de vivir, y tiene grandes necesidades, si se
considera la carrera ordinaria de su existencia anterior; la trapera por
lo regular (antes por supuesto de serlo) ha sido joven, y aun bonita;
muchacha, freía buñuelos, y su hermosura la perdió. Fea, hubiera
recorrido una carrera obscura, pero acaso holgada; hubiera recurrido al
trabajo; y éste la hubiera sostenido. Por desdicha, era bien parecida, y
un chulo de la calle de Toledo se encargó en sus verdores de hacérselo
creer; perdido el tino con la lisonja, abandonó la casa paterna (taberna
muy bien acomodada), y pasó a naranjera. El chulo no era eterno, pero
una naranjera siempre es vista; un caballerete fue de parecer de que no
eran naranjas lo que debía vender, y le compró una vez por todas todo el
cesto; de allí a algún tiempo, queriendo desasirse de ella, la aconsejó
que se ayudase, y reformada ya de trajes y costumbres, la recomendó
eficazmente a una modista; nuestra heroína tuvo diez años felices de
modistilla; el pañuelo de labor en la mano, el fichú en la cabeza, y el
galán detrás, recorrió las calles y un tercio de su vida; pero cansada
del trabajo, pasó a ser prima de un procurador (de la curia), que como
pariente le alhajó un cuarto: poco después el procurador se cansó del
parentesco, y le procuró una plaza de corista en el teatro: ésta fue la
época de su apogeo y de su gloria; de señorito en señorito, de marqués
en marqués, no se hablaba sino de la hermosa corista. Pero la voz pasa,
y la hermosura con ella, y con la hermosura los galanes ricos; entonces
empezó a bajar de nuevo la escalera hasta el último piso, hasta el piso
bajo; luego mudó de barrios hasta el hospital; la vejez, por fin vino a
sorprenderla entre las privaciones y las enfermedades; el hambre le puso
el gancho en la mano, y el cesto fue la barquilla de su naufragio. Bien
dice Quintana:
¡Ay! ¡infeliz de la que nace hermosa!
Llena por consiguiente de recuerdos de grandeza, la trapera necesita
ahogarlos en algo, y por lo regular los ahoga en aguardiente. Esto
complica extraordinariamente sus gastos. Desgraciadamente, aunque el
mundo da tanto valor a los trapos, no es a los de la trapera. Sin
embargo, ¡qué de veces lleva tesoros su cesto! ¡Pero tesoros impagables!
Ved aquel amante, que cuenta diez veces al día y otras tantas a la noche
las piedras de la calle de su querida. Amelia es cruel con él: ni un
favor, ni una distinción, alguna mirada de cuando en cuando... algún...
nada. Pero ni una contestación de su letra a sus repetidas cartas, ni un
rizo de su cabello que besar, ni un blanco cendal de batista que
humedecer con sus lágrimas. El desdichado daría la vida por un harapo de
su señora.
¡Ah, mundo de dolor y de trastrueques! La trapera es más feliz. ¡Mírala
entrar en el portal, mírala mover el polvo! El amante la maldice:
durante su estancia no puede subir la escalera; por fin, sale y el
imbécil entra, despreciándola al pasar. ¡Insensato! esa que desprecia
lleva en su canasta, cogidos a su misma vista, el pelo que le sobró a
Amelia del peinado aquella mañana, una apuntación antigua de la ropa
dada a la lavandera, toda de su letra (la cosa más tierna del mundo), y
una gola de linón hecha pedazos... ¡Una gola! Y acaso el borrador de
algún billete escrito a otro amante.
Alcánzala, busca; el corazón te dirá cuáles son los afectos de tu amada.
Nada. El amante sigue pidiendo a suspiros y gemidos las tiernas prendas,
y la trapera sigue pobre su camino. Todo por no entenderse. ¡Cuántas
veces pasa así nuestra felicidad a nuestro lado, sin que nosotros la
veamos!
Me he detenido distinguiendo en mi descripción a la trapera entre todos
los demás menudos oficios, porque realmente tiene una importancia que
nadie le negará. Enlazada con el lujo y las apariencias mundanas por la
parte del trapo, e íntimamente unida con las letras y la imprenta por la
del papel, era difícil no destinarle algunos párrafos más.
El oficio que rivaliza en importancia con el de la trapera, es
indudablemente el del zapatero de viejo.
El zapatero de viejo hace su nido en los rincones de los portales; allí
tiene una especie de gruta, una socavación subterránea, las más de las
veces sin luz ni pavimento. Al rayar del alba fabrica en un abrir y
cerrar de ojos su taller en un ángulo (si no es lunes): dos tablas
unidas componen su recinto: una mala banqueta, una vasija de barro para
la lumbre, indispensablemente rota, y otra más pequeña para el agua en
que ablanda la suela, son todo su menaje; cajón de las leznas a un lado,
su delantal de cuero, un calzón de pana y medias azules, son sus signos
distintivos. Antes de extender la tienda de campaña, bebe un trago de
aguardiente, y cuelga con cuidado a la parte de afuera una tabla, y de
ella pendiente una bota inutilizada; cualquiera al verla creería que
quiere decir: _aquí se estropean botas_.
No puede establecerse en un portal sin previo permiso de los inquilinos;
pero como regularmente es un infeliz, cuya existencia depende de las
gentes que conoce ya en el barrio, ¿quién ha de tener el corazón tan
duro para negarse a sus importunidades? La señora del cuarto principal,
compadecida, lo consiente: la del segundo, en vista de esa primera
protección, no quiere chocar con la señora condesa: los demás inquilinos
no son siquiera consultados. Así es que empiezan por aborrecer al
zapatero, y desahogan su amor propio resentido en quejas contra las
aristocráticas vecinas. Pero al cabo el encono pasa, sobre todo
considerando que desde que se ha establecido allí el zapatero, a lo
menos está el portal limpio.
Una vez admitido, se agarra a la casa como una alga a las rocas; es tan
inherente a ella como un balcón a una puerta; pero se parece a la hiedra
y a la mujer; abraza para destruir. Es la víbora abrigada en el pecho:
es el ratón dentro del queso. Por ejemplo, canta y martillea, y parece
no hacer otra cosa. ¡Error! Observa la hora a que sale el amo, qué gente
viene en su ausencia, si la señora sale periódicamente, si va sola o
acompañada, si la niña balconea, si se abre casualmente alguna
ventanilla o alguna puerta con tiento, cuando sube tal o cual caballero;
ve quién ronda la calle, y desde su puesto conoce al primer golpe de
vista, por la inclinación del cuello y la distancia del _cuyo_, el piso
en que está la intriga. Aunque viejo, dice chicoleos a toda criada que
sale y entra, y se granjea por tanto su buena voluntad; la criada es al
zapatero lo que el anteojo al corto de vista: por ella ve lo que no
puede ver por sí, y reunido lo interior y lo exterior, suma y lo sabe
todo. ¿Se quiere saber la causa de la tardanza de todo criado o criada
que va a un recado? ¿Hay zapatero de viejo? No hay que preguntar.
¿Tarda? Es que le está contando sus rarezas de usted, tirano de la casa,
y lo que con usted sufre la señora, que es una malva la infeliz.
El zapatero sabe lo que se come en cada cuarto, y a qué hora. Ve salir
al empleado en rentas por la mañana, disfrazado con la capa vieja, que
va al mercado en persona, no porque no tenga criada, sino porque el
sueldo da para estar servido, pero no para estar sisado. En fin, no se
mueve una mosca en la manzana sin que el buen hombre la vea; es una red
la que tiende sobre todo el vecindario, de la cual nadie escapa. Para
darle más extensión es siempre casado, y la mujer se encarga de otro
menudo oficio: como casada, no puede servir, es decir, de criada, pero
sirve de lo que se llama asistenta; es conocida por tal en el barrio:
¿se despidió a una criada demasiado bruscamente y sin dar lugar al
reemplazo? Se llama a la mujer del zapatero. ¿Hay un convite que
necesita aumento de brazos en otra parte? ¿Hay que dar de prisa y
corriendo ropa a lavar, a coser, a planchar, mil recados, en fin,
extraordinarios? La mujer del zapatero, el zapatero.
Por la noche el marido y la mujer se reúnen y hacen fondo común de
hablillas; ella da cuenta de lo que ha recogido su policía, y él sobre
cualquier friolera le pega una paliza, y hasta el día siguiente. Esto
necesita explicación: los artesanos en general no se embriagan más que
el domingo y el lunes, algún día entre semana, las pascuas, los días de
santificar, y por este estilo: el zapatero de viejo es el único que se
embriaga todos los días: ésta es la clave de la paliza diaria; el vino,
que en otros se sube a la cabeza, en el zapatero de viejo se sube a las
espaldas de la mujer: es decir, que se trasiega.
Este hermoso matrimonio tiene numerosos hijos que enredan en el portal,
o sirven de pequeños nudos a la gran red pescadora.
Si tiene usted hija, mujer, hermana o acreedores, no viva usted en casa
de zapatero de viejo. Usted al salir le dirá: Observe usted quién entra
y quién sale de mi casa. A la vuelta ya sabe quién debe sólo decir que
ha estado, o habrá salido un momento fuera, y como no haya sido en aquel
momento... Usted le da un par de reales por la fidelidad. Par de reales
que, sumados con la peseta que le ha dado el que no quiere que se diga
que entró, forma la cantidad de seis reales. El zapatero es hombre de
revolución, despreocupado, superior a las preocupaciones vulgares, y
come tranquilamente a dos carrillos.
En otro cuarto es la niña la que produce: el galán no puede entrar en la
casa, y es preciso que alguien entregue las cartas: el zapatero es
hombre de bien, y por tanto no hay inconveniente: el zapatero puede
además franquear su cuarto, puede... ¡qué sé yo qué puede el zapatero!
Por otra parte los acreedores, y los que persiguen a su mujer de usted,
saben por su conducto si usted ha salido, si ha vuelto, si se niega, o
si está realmente en casa. ¡Qué multitud de atenciones no tiene sobre sí
el zapatero! ¡Qué tino no es necesario en sus diálogos y respuestas!
¡Qué corazón tan firme para no aficionarse sino a los que más le pagan!
Sin embargo, siempre que usted llega al puesto del zapatero, está
ausente; pero de allí a poco sale de la taberna de enfrente, adonde ha
ido un momento a echar un trago: semejante a la araña, tiende la tela
en el portal y se retira a observar la presa al agujero.
Hay otro zapatero de viejo, ambulante, que hace su oficio de comprar
desechos... pero éste regularmente es un ladrón encubierto que se
informa de ese modo de las entradas y salidas de las casas, de... en una
palabra, no tiene comparación con nuestro zapatero.
Otra multitud de oficios menudos merecen aún una historia particular,
que les haríamos si no temiésemos fastidiar a nuestros lectores. Ese
enjambre de mozos y sirvientes que viven de las propinas, y en quienes
consiste que ninguna cosa cueste realmente lo que cuesta, sino mucho
más: la abaniquera de abanicos de novia en el verano, a cuarto la pieza;
la mercadera de torrados de la Ronda; el de los tirantes y navajas; el
cartelero que vive de estampar mi nombre y el de mis amigos en la
esquina; los comparsas del teatro, condenados eternamente a representar
por dos reales, barbas, un pueblo numeroso entre seis o siete; el
infinito corbatines y almohadillas, que está en todos los cafés a un
mismo tiempo; siempre en aquel en que usted está, y vaya usted al que
quiera; el barbero de la plazuela de la Cebada, que abre su asiento de
tijera, y del aire libre hace tienda; esa multitud de corredores de
usura que viven de llevar a empeñar y desempeñar; esos músicos del
anochecer, que el calendario en una mano y los reales nombramientos en
otra, se van dando días y enhorabuenas a gentes que no conocen; esa
muchedumbre de maestros de lenguas a treinta reales y retratistas a
setenta reales; todos los habitantes y revendedores del rastro, las
prenderas, los... ¿no son todos menudos oficios? Esas casamenteras de
voluntades, como las llama Quevedo... pero no todo es del dominio del
escritor, y desgraciadamente en punto a costumbres y menudos oficios
acaso son los más picantes los que es forzoso callar: los hay odiosos,
los hay despreciables, los hay asquerosos, los hay que ni adivinar se
quisieran; pero en España ningún oficio reconozco más a menudo, y sirva
esto de conclusión, ningún modo de vivir que dé menos de vivir, que el
de escribir para el público, y hacer versos para la gloria: más menudo
todavía el público que el oficio, es todo lo más si para leerlo a usted
le componen cien personas, y con respecto a la gloria, bueno es no
contar con ella por si ella no contase con nosotros.
LA FONDA NUEVA
Preciso es confesar que no es nuestra patria el país donde viven los
hombres para comer: gracias, por el contrario, si se come para vivir:
verdad que no es este el único punto en que manifestamos lo mal que nos
queremos: no hay género de diversión que no nos falte: no hay especie de
comodidad de que no carezcamos.
--¿Qué país es éste?--me decía no hace un mes un extranjero que vino a
estudiar nuestras costumbres.
Es de advertir, en obsequio de la verdad, que era francés el extranjero,
y que el francés es el hombre del mundo que menos concibe el monótono y
sepulcral silencio de nuestra existencia española.
--Grandes carreras de caballos habrá aquí--me decía desde el
amanecer:--no faltaremos.
--Perdone usted--le respondía yo;--aquí no hay carreras.
--¿No gustan de correr los jóvenes de las primeras casas? ¿No corren
aquí siquiera los caballos?...
--Ni siquiera los caballos.
--Iremos a caza.
--Aquí no se caza: no hay dónde, ni qué.
--Iremos al paseo de coches.
--No hay coches.
--Bien: a una casa de campo a pasar el día.
--No hay casas de campo, no se pasa el día.
--Pero habrá juegos de mil suertes diferentes, como en toda Europa...
habrá jardines públicos donde se baile; más en pequeño, pero habrá sus
_Tivolis_, sus _Ranelagh_, sus _Campos Elíseos_... habrá algún juego
para el público.
--No hay nada para el público: el público no juega.
Es de ver la cara de los extranjeros cuando se les dice francamente que
el público español, o no siente la necesidad interior de divertirse, o
se divierte como los sabios (que en eso todos lo parecen) con sus
propios pensamientos: creía mi extranjero que yo quería abusar de su
credulidad, y con rostro entre desconfiado y resignado:
--Paciencia--me decía por fin;--nos contentaremos con ir a los bailes
que den las casas de buen tono, y las suarés...
--Paso, señor mío--le interrumpí yo:--¿conque es bueno, que le dije que
no había gallinas y se me viene pidiendo?... En Madrid no hay bailes, no
hay suarés. Cada uno habla o reza o hace lo que quiere en su casa con
cuatro amigos muy de confianza, y basta.
Nada más cierto, sin embargo, que este tristísimo cuadro de nuestras
costumbres. Un día sólo en la semana, y eso no todo el año, se divierten
mis compatriotas: el lunes, y no necesito decir en qué: los demás días
examinemos cuál es el público recreo. Para el pueblo bajo el día más
alegre del año redúcese su diversión a calzarse las castañuelas (digo
calzarse, porque en ciertas gentes las manos parecen pies), y agitarse
violentamente en medio de la calle, en corro al desapacible son de la
agria voz del desigual pandero. Para los elegantes todas las corridas de
caballos, las partidas de caza, las casas de campo, todo se encierra en
dos o tres tiendas de la calle de la Montera. Allí se pasa alegremente
la mañana en contar las horas que faltan para irse a comer, si no hay
sobre todo gordas noticias de Lisboa, o si no pasan muchos lindos talles
de quien murmurar, y cuya opinión se puede comprometer, en cuyos casos
varía mucho la cuestión y nunca falta que hacer.
--¿Qué se hace por la tarde en Madrid?
--Dormir la siesta.
--¿Y el que no duerme, qué hace?
--Estar despierto; nada más.
Por la noche, es verdad, hay un poco de teatro, y tiene un elegante el
desahogo inocente de venir a silbar un rato la mala voz del bufo
caricato, o a aplaudir la linda cara de la _altra prima donna_; pero ni
se proporciona tampoco todos los días, ni se divierte en esto sino un
muy reducido número de personas, las cuales, entre paréntesis, son
siempre las mismas, y forman un pueblo chico de costumbres extranjeras,
embutido dentro de otro grande de costumbres patrias, como un cucurucho
menor metido en un cucurucho mayor.
En cuanto a la pobre clase media, cuyos límites van perdiéndose y
desvaneciéndose cada vez más, por arriba en la alta sociedad, en que hay
de ella no pocos intrusos, y por abajo en la capa inferior del pueblo,
que va conquistando sus usos, ésa sólo de una manera se divierte. ¿Llegó
un día de días? ¿Hubo boda? ¿Nació un niño? ¿Diéronle un empleo al amo
de la casa? que en España ese es el gran alegrón que hay que recibir.
Sólo de un modo se solemniza. Gran coche de alquiler, decentemente
regateado, pero más gran familia: seis personas coge el coche a lo más.
Pues entra papá, entra mamá, las dos hijas, dos amigos íntimos
convidados, una prima que se apareció allí casualmente, el cuñado, la
doncella, un niño de dos años y el abuelo, la abuela no entra porque
murió el mes anterior. Ciérrase la portezuela entonces con la misma
dificultad que la tapa de un cofre apretado para un largo viaje, y a la
fonda. La esperanza de la gran comida, a que se va aproximando el coche
mal que bien, aquello de andar en alto, el rubor de las jóvenes que van
sentadas sobre los convidados, y la ausencia sobre todo del diurno
puchero, alborotan a nuestra gente en tal disposición, que desde media
legua se conoce el coche que lleva a la fonda a una familia de
enhorabuena.
Tres años seguidos he tenido la desgracia de comer de fonda en Madrid, y
en el día sólo el deseo de observar las variaciones que en nuestras
costumbres se verifican con más rapidez de lo que algunos piensan, o el
deseo de pasar un rato con amigos, pueden obligarme a semejante
despropósito. No hace mucho, sin embargo, que un conocido mío me quiso
arrastrar fuera de mi casa a la hora de comer.
--Vamos a comer a la fonda.
--Gracias; mejor quiero no comer.
--Comeremos bien, iremos a Genyeis: es la mejor fonda.
--Linda fonda: es preciso comer de seis o siete duros para no comer mal.
¿Qué aliciente hay allí para ese precio? Las salas son bien feas: el
adorno ninguno: ni una alfombra, ni un mueble elegante, ni un criado
decente, ni un servicio de lujo, ni un espejo, ni una chimenea, ni una
estufa en invierno, ni agua de nieve en verano, ni... ni burdeos, ni
champaña... Porque no es burdeos el valdepeñas, por más raíz de lirio
que se le eche.
--Iremos a los _Dos Amigos_.
--Tendremos que salirnos a la calle a comer, o a la escalera, o llevar
una cerilla en el bolsillo para vernos las caras en la sala larga.
--A cualquiera otra parte. Crea usted que hoy nos van a dar bien de
comer.
--¿Quiere usted que le diga yo lo que nos darán en cualquier fonda a
donde vayamos? Mire usted: nos darán en primer lugar mantel y
servilletas puercos, vasos puercos, platos puercos y mozos puercos;
sacarán las cucharas del bolsillo, donde están con las puntas de los
cigarros; nos darán luego una sopa que llaman de hierbas, y que no
podría acertar a tener nombre más alusivo; estofado de vaca a la
italiana, que es cosa nueva; ternera mechada, que es cosa de todos los
días; vino de la fuente; aceitunas magulladas; frito de sesos y manos de
carnero, hechos aquéllos y éstas a fuerza de pan; una polla que se
dejaron otros ayer, y unos postres que nos dejaremos nosotros para
mañana.
--Y también nos llevarán poco dinero, que aquí se come barato.
--Pero mucha paciencia, amigo mío, que aquí se aguanta mucho.
No hubo sin embargo remedio: mi amigo no daba cuartel, y estaba visto
que tenía capricho de comer mal un día. Fue preciso, pues, acompañarle,
e íbamos a entrar en los _Dos Amigos_, cuando llamó nuestra atención un
gran letrero nuevo que en la misma calle de Alcalá y sobre las ruinas
del antiguo figón de Perona, dice: _Fonda del Comercio_.
--¿Fonda nueva? Vamos a ver.
En cuanto al local, no les da el naipe a los fondistas para escoger
local; en cuanto al adorno, nos cogen acostumbrados a no pagarnos de
apariencias; nosotros decimos: ¡como haya qué comer, aunque sea en el
suelo! Por consiguiente, nada nuevo en este punto en la fonda nueva.
Choconos, sin embargo, la diferencia de las caras de ahora, y que hace
medio año se veían en aquella casa. Vimos elegantes, y dionos esto
excelente idea. Realmente hubimos de confesar que la fonda nueva es la
mejor; pero es preciso acordarnos de que la Fontana era también la mejor
cuando se instaló; ésta será, pues, otra Fontana dentro de un par de
meses. La variedad que hoy en platos se encuentra, cederá a la fuerza de
las circunstancias; lo que nunca podrá perder será el servicio: la fonda
nueva no reducirá nunca el número de sus mozos, porque es difícil
reducir lo poco; se ha adoptado en ella el principio admitido en todas:
un mozo para cada sala, y una sala para cada veinte mesas.