Sus padres no pudieron nunca hacer carrera con él: le metieron en el
colegio para quitársele de encima, y hubieron de sacarle porque no
dejaba allí cosa con cosa. Mientras que sus compañeros más laboriosos
devoraban los libros para entenderlos, él los despedazaba para hacer
balitas de papel, las cuales arrojaba disimuladamente y con singular
tino a las narices del maestro. A pesar de eso, el día de examen el
talento profundo y tímido se cortaba, y nuestro audaz muchacho repetía
con osadía las cuatro voces tercas que había recogido aquí y allí, y se
llevaba el premio. Su carácter resuelto ejercía predominio sobre la
multitud, y capitaneaba por lo regular las pandillas y los partidos.
Despreciador de los bienes mundanos, su sombrero, que le servía de
blanco o de pelota, se distinguía de los demás sombreros como él de los
demás jóvenes.
En carnaval era el que ponía las mazas a todo el mundo, y aun las manos
encima si tenían la torpeza de enfadarse; si era descubierto hacía pasar
a otro por el culpable, o sufría en el último caso la pena con valor, y
riéndose todavía del feliz éxito de su travesura. Es decir que el
_calavera_, como todo el que ha de ser algo en el mundo, comienza a
descubrir desde su más tierna edad el germen que encierra. El número de
sus hazañas era infinito. Un maestro había perdido unos anteojos que se
habían encontrado en su faltriquera: el rapé de otro había pasado al
chocolate de sus compañeros, o a las narices de los gatos, que recorrían
bufando los corredores con gran risa de los más juiciosos; la peluca del
maestro de matemáticas había quedado un día enganchada en un sillón, al
levantarse el pobre Euclides, con notable perturbación de un problema
que estaba por resolver. Aquel día no se despejó más incógnita que la
calva del buen señor.
Fuera ya del colegio, se trató de sujetarle en casa y se le puso bajo
llave, pero a la mañana siguiente se encontraron colgadas las sábanas de
las ventanas; el pájaro había volado; y como sus padres se convencieron
de que no había forma de contenerle, convinieron en que era preciso
dejarle. De aquí fecha la libertad del _lampiño_. Es el más pesado, el
más incómodo: careciendo todavía de barba y de reputación, necesita
hacer dobles esfuerzos para llamar la atención pública; privado él de
medios, le es forzoso afectarlos. Es risa oírle hablar de las mujeres
como un hombre ya maduro; sacar el reloj como si tuviera que hacer;
contar todas sus acciones del día como si pudieran importarle a alguien,
pero con despejo, con soltura, con aire cansado y corrido.
Por la mañana madrugó porque tenía una cita: a las diez se vino a
encargar el billete para la Opera, porque hoy daría cien onzas por un
billete; no puede faltar. ¡Estas mujeres le hacen a uno hacer tantos
disparates! A media mañana se fue al billar; aunque hijo de familia no
come nunca en casa; entra en el café metiendo mucho ruido, su duro es el
que más suena; sus bienes se reducen a algunas monedas que debe de vez
en cuando a la generosidad de su mamá, o de su hermana, pero las luce
sobremanera. El billar es su elemento: los intervalos que le deja libre
el juego suéleselos ocupar cierta clase de mujeres, únicas que pueden
hacerle cara todavía, y en cuyo trato toma sus peregrinos conocimientos
acerca del corazón femenino. A veces el _calavera lampiño_ se finge malo
para darse importancia; y si puede estarlo de veras, mejor; entonces
está de enhorabuena. Empieza asimismo a fumar, es más cigarro que
hombre, jura y perjura y habla detestablemente; su boca es una sentina,
si bien tal vez con chiste. Va por la calle deseando que alguien le
tropiece; y cuando no lo hace nadie, tropieza él a alguno; su honor
entonces está comprometido, y hay de fijo un desafío; si éste acaba mal,
y si mete ruido, en aquel mismo punto empieza a tomar importancia; y
entrando en otra casta, como la oruga que se torna mariposa, deja de ser
_calavera lampiño_. Sus padres, que ven por fin decididamente que no hay
forma de hacerle abogado, le hacen meritorio; pero como no asiste a la
oficina, como bosqueja en ellas las caricaturas de sus jefes, porque
tiene el instinto del dibujo, se muda de bisiesto y se trata de hacerlo
militar: en cuanto está declarado irremisiblemente mala cabeza se le
busca una charretera, y si se encuentra ya es un hombre hecho.
Aquí empieza el _calavera temerón_, que es el gran _calavera_. Pero
nuestro artículo ha crecido debajo de la pluma más de lo que hubiéramos
querido, y de aquello que para un periódico convendría: ¡tan fecunda es
la materia! Por tanto, nuestros lectores nos concederán algún ligero
descanso, y remitirán al número siguiente su curiosidad si alguna
tienen.
II
Quedábamos al fin de nuestro artículo anterior en el _calavera temerón_.
Este se divide en paisano y militar; si el influjo no fue bastante para
lograr su charretera (porque alguna vez ocurre que las charreteras se
dan por influjo), entonces es paisano; pero no existe entre uno y otro
más que la diferencia del uniforme. Verdad es que es muy esencial, y más
importante de lo que parece: el uniforme ya es la mitad. Es decir, que
el paisano necesita hacer dobles esfuerzos para darse a conocer; es una
casa pública sin muestra; es preciso saber que existe para entrar en
ella. Pero por un contraste singular, el _calavera temerón_, una vez
militar, afecta no llevar el uniforme, viste de paisano, salvo el
bigote; sin embargo, si se examina el modo suelto que tiene de llevar el
frac o la levita, se puede decir que hasta este traje es uniforme en él.
Falta la plata y el oro, pero queda el despejo y la marcialidad, y eso
se trasluce siempre; no hay paño bastante negro ni tupido que le ahogue.
El _calavera temerón_ tiene indispensablemente, o ha tenido alguna
temporada una cerbatana, en la cual adquiere singular tino. Colocado en
alguna tienda de la calle de la Montera, se parapeta detrás de dos o
tres amigos, que fingen discurrir seriamente.
--Aquel viejo que viene allí: ¡mírale qué serio viene!
--Sí; el de la casaca verde, ¡va bueno!
--Dejad, dejad. ¡Pum! en el sombrero. Seguid hablando y no miréis.
Efectivamente, el sombrero del buen hombre produce un sonido seco: el
acometido se para, se quita el sombrero, lo examina.
--¡Ahora!--dice la turba.--¡Pum! otra a la calva.
El viejo da un salto y echa una mano en la calva; mira a todas partes...
nada.
--¡Está bueno!--dice por fin, poniéndose el sombrero;--algún
pillastre... bien podría irse a divertir...
--¡Pobre señor!--dice entonces el _calavera_, acercándosele;--¿le han
dado a usted? es una desvergüenza... ¿pero le han hecho a usted mal?...
--No, señor, felizmente.
--¿Quiere usted algo?
--Tantas gracias.
Después de haber dado gracias, el hombre se va alejando, volviendo poco
a poco la cabeza a ver si descubría... pero entonces el _calavera_ le
asesta su último tiro, que acierta a darle en medio de las narices, y el
hombre derrotado aprieta el paso, sin tratar de averiguar de dónde
procede el fuego; ya no piensa más que en alejarse. Suéltase entonces la
carcajada en el corrillo, y empiezan los comentarios sobre el viejo,
sobre el sombrero, sobre la calva, sobre el frac verde. Nada causa más
risa que la extrañeza y el enfado del pobre; sin embargo, nada más
natural.
El _calavera temerón_ escoge a veces para su centro de operaciones la
parte interior de una persiana; este medio permite más abandono en la
risa de los amigos, y es el más oculto; el _calavera_ fino le desdeña
por poco expuesto.
A veces se dispara la cerbatana en guerrilla; entonces se escoge por
blanco el farolillo de un escarolero, el fanal de un confitero, las
botellas de una tienda; objetos todos en que produce el barro cocido un
sonido sonoro y argentino. ¡Pim! las ansias mortales, las agonías, y los
votos del gallego y del fabricante de merengues, son el alimento del
_calavera_.
Otras veces, el _calavera_ se coloca en el confín de la acera, y
fingiendo buscar el número de una casa, ve venir a uno, y andando con la
cabeza alta, arriba, abajo, a un lado, a otro, sortea todos los
movimientos del transeúnte, cerrándole por todas partes el paso a su
camino. Cuando quiere poner un término a la escena, finge tropezar con
él, y le da un pisotón; el otro entonces le dice: perdone usted; y el
_calavera_ se incorpora con su gente.
A los pocos pasos se va con los brazos abiertos a un hombre muy formal,
y ahogándole entre ellos:
--Pepe--exclama,--¿cuándo has vuelto? ¡Sí, tú eres!
Y lo mira: el hombre, todo aturdido, duda si es un conocimiento
antiguo... y tartamudea..... Fingiendo entonces la mayor sorpresa.
--¡Ah! usted perdone--dice retirándose el _calavera_:--creí que era
usted un amigo mío...
--No hay de qué.
--Usted perdone. ¡Qué diantre! No he visto cosa más parecida.
Si se retira a la una o a las dos de su tertulia, y pasa por una botica,
llama: el mancebo, medio dormido, se asoma a la ventanilla.
--¿Quién es?
--Dígame usted--pregunta el _calavera_,--¿tendría usted espolines?
Cualquiera puede figurarse la respuesta: feliz el mancebo, si en vez de
hacerle esa sencilla pregunta no le ocurre al _calavera_ asirle de las
narices a través de la rejilla, diciéndole:
--Retírese usted; la noche está muy fresca, y puede usted atrapar un
constipado.
Otra noche llama a deshoras a una puerta.
--¿Quién?--pregunta de allí a un rato un hombre que sale al balcón medio
desnudo.
--Nada--contesta:--soy yo, a quien no conoce; no quería irme a mi casa
sin darle a usted las buenas noches.
--¡Bribón! ¡insolente! Si bajo...
--A ver cómo baja usted, baje usted: usted perdería más: figúrese usted
dónde estaré yo cuando usted llegue a la calle. Conque buenas noches:
sosiéguese usted, y que usted descanse.
Claro está que el _calavera_ necesita espectadores para todas estas
escenas: sólo lo son en cuanto pueden comunicarse; por tanto el
_calavera_ cría a su alrededor constantemente una pequeña corte de
aprendices, o de meros curiosos, que no teniendo valor o gracia bastante
para serlo ellos mismos, se contentan con el papel de cómplices y
partícipes: éstos le miran con envidia, y son las trompetas de su fama.
El _calavera-langosta_ se forma del anterior, y tiene el aire más
decidido, el sombrero más ladeado, la corbata más _négligé_: sus hazañas
son más serias; éste es aquel que se reúne en pandillas: semejante a la
langosta, de que toma nombre, tala el campo donde cae; pero como ella no
es de todos los años, tiene temporadas, y como en el día no es de lo más
en boga, pasaremos muy rápidamente sobre él. Concurre a los bailes
llamados de _candil_, donde entra sin que nadie le presente, y donde su
sola presencia difunde el terror: arma camorra, apaga las luces, se
escurre antes de la llegada de la policía, y después de haber dado unos
cuantos palos a derecha e izquierda: en las máscaras suele mover también
su zipizape: en viendo una figura antipática, dice: aquel hombre me
carga; se va para él, y le aplica un bofetón; de diez hombres que
reciban bofetón, los nueve se quedan tranquilamente con él, pero si
alguno quiere devolverle, hay desafío; la suerte decide entonces, porque
el _calavera_ es valiente: éste es el difícil de mirar: tiene un duelo
hoy con uno que le miró de frente, mañana con uno que le miró de
soslayo, y al día siguiente lo tendrá con otro que no le mire: éste es
el que suele ir a las casas públicas con ánimo de no pagar: éste es el
que talla y apunta con furor; es jugador, griego nato, y gran billarista
además. En una palabra, éste es el venenoso, el _calavera plaga_: los
demás divierten; éste mata.
Dos líneas más allá de éste está otra casta, que nosotros rehusaremos
desde luego: el _calavera-tramposo_, o trapalón, el que hace deudas, el
parásito, el que comete a veces picardías, el que empresta para no
devolver, el que vive a costa de todo el mundo, etc.; pero éstos no son
verdaderamente calaveras; son indignos de este nombre: esos son los que
desacreditan el oficio, y por ellos pierden los demás. No los
reconocemos.
Sólo tres clases hemos conocido más detestables que ésta: la primera es
común en el día, y como al describirla habríamos de rozarnos con
materias muy delicadas, y para nosotros respetables, no haremos más que
indicarla. Queremos hablar del _calavera-cura_. Vuelvo a pedir perdón;
pero ¿quién no conoce en el día algún sacerdote de esos que queriendo
pasar por hombres despreocupados, y limpiarse de la fama de carlistas,
dan en el extremo opuesto; de esos que para exagerar su liberalismo y su
ilustración, empiezan por llorar su ministerio; a quienes se ve siempre
alrededor del tapete y de las bellas en bailes y en teatros, y en todo
paraje profano, vestidos siempre y hablando mundanamente; que hacen
alarde de...? pero nuestros lectores nos comprenden. Este _calavera_ es
detestable, porque el cura liberal y despreocupado debe ser el más
timorato de Dios, y el mejor morigerado. No creer en Dios y decirse su
ministro, o creer en él y faltarle descaradamente, son la hipocresía o
el crimen más hediondos. Vale más ser cura carlista de buena fe.
La segunda de estas aborrecibles castas es el _viejo-calavera_, planta
como la caña, hueca y árida con hojas verdes. No necesitamos describirla
ni dar las razones de nuestro fallo. Recuerde el lector esos viejos que
conocerá, un decrépito que persigue a las bellas, y se roza entre ellas
como se arrastra un caracol entre las flores, llenándolas de baba; un
viejo sin orden, sin casa, sin método... el joven, al fin, tiene delante
de sí tiempo para la enmienda y disculpa en la sangre ardiente que
corre por sus venas; el _viejo-calavera_ es la torre antigua y cuarteada
que amenaza sepultar en su ruina la planta inocente que nace a sus pies;
sin embargo, éste es el único a quien cuadraría el nombre de _calavera_.
La tercera, en fin, es la _mujer-calavera_. La mujer con poca aprensión,
y que prescinde del primer mérito de su sexo, de ese miedo a todo, que
tanto la hermosea, cesa de ser mujer para ser hombre; es la confusión de
los sexos, el único hermafrodita de la naturaleza; ¿qué deja para
nosotros? La mujer, reprimiendo sus pasiones, puede ser desgraciada,
pero no le es lícito ser _calavera_. Cuanto es interesante la primera,
tanto es despreciable la segunda.
Después del _calavera-temerón_ hablaremos del _seudo-calavera_. Este es
aquél que sin gracia, sin ingenio, sin viveza y sin valor verdadero, se
esfuerza para pasar por _calavera_: es género bastardo, y pudiérasele
llamar, por lo pesado y lo enfadoso, el _calavera-mosca_. _Rien n'est
beau que le vrai_, ha dicho Boileau, y en esta sentencia se encierra
toda la crítica de esa apócrifa casta.
Dejando, por fin, a un lado otras varias, cuyas diferencias estriban
principalmente en matices y en medias tintas, pero que, en realidad, se
refieren a las castas madres de que hemos hablado, concluiremos nuestro
cuadro en un ligero bosquejo de la más delicada y exquisita, es decir,
del _calavera de buen tono_.
El _calavera de buen tono_, es el tipo de la civilización, el emblema
del siglo XIX. Perteneciendo a la primera clase de la sociedad, o
debiendo a su mérito y a su carácter la introducción en ella, ha
recibido una educación esmerada; dibuja con primor y toca un
instrumento: filarmónico nato, dirige el aplauso en la Opera, y le
dirige siempre a la más graciosa, a la más sentimental: más de una mala
cantatriz le es deudora de su boga: se ríe de los actores españoles, y
acaudilla las silbas contra el verso: sus carcajadas se oyen en el
teatro a larga distancia; por el sonido se le encuentra; reside en la
luneta al principio del espectáculo, donde entra tarde en el paso más
crítico, y del cual se va temprano; recorre los palcos, donde habla muy
alto, y rara noche se olvida de aparecer un momento por la tertulia a
asestar su doble anteojo a la banda opuesta. Maneja bien las armas y se
bate a menudo, semejante en eso al _temerón_, pero siempre con fortuna y
a primera sangre; sus duelos rematan en almuerzo, y son siempre por poca
cosa. Monta a caballo y atropella con gracia a la gente de a pie; habla
el francés, el inglés y el italiano; saluda en una lengua, contesta en
otra, cita en las tres; sabe casi de memoria a Paúl de Kock, ha leído a
Walter Scott, a D'Arlincourt, a Cooper, no ignora a Voltaire, cita a
Pigault-Lebrun, mienta a Ariosto, habla con desenfado de los poetas y
del teatro. Baila bien y baila siempre. Cuenta anécdotas picantes, le
suceden cosas raras, habla de prisa y tiene salidas. Todo el mundo sabe
lo que es tener salidas. Las suyas se cuentan por todas partes; siempre
son originales: en los casos en que él se ha visto, sólo él hubiera
hecho, hubiera respondido aquello. Cuando ha dicho una gracia, tiene el
singular tino de marcharse inmediatamente: esto prueba gran
conocimiento; la última impresión es la mejor de esta suerte, y todos
pueden quedar riendo y diciendo además de él: ¡Qué cabeza! ¡Es mucho
fulano!
No tiene formalidad, ni devuelve visitas, ni cumple palabras; pero de él
es de quien se dice: ¡Cosas de fulano! y el hombre que llega a tener
cosas es libre, es independiente. Niéguesenos, pues, ahora que se
necesita talento y buen juicio para ser _calavera_. Cuando otro falta a
una mujer, cuando otro es insolente, él es sólo atrevido, amable; las
bellas que se enfadarían con otros, se contentan con decirle a él: «¡No
sea usted loco; ¡Qué calavera! ¿Cuándo ha de sentar usted la cabeza?»
Cuando se concede que un hombre está loco, ¿cómo es posible enfadarse
con él? Sería preciso ser más loca todavía.
Dichoso aquel a quien llaman las mujeres _calavera_, porque el bello
sexo gusta sobremanera de toda especie de fama; es preciso conocerle,
fijarle, probar a sentarle, es una obra de caridad. El _calavera de buen
tono_ es, pues, el adorno primero del siglo, el que anima un círculo, el
cupido de las damas, _l'enfant gâté_ de la sociedad y de las hermosas.
Es el único que ve el mundo y sus cosas en su verdadero punto de vista:
desprecia el dinero, le juega, le pierde, le debe; pero siempre
noblemente y en gran cantidad; trata, frecuenta, quiere a alguna
bailarina o alguna operista; pero amores voladeros; mariposa ligera,
vuela de flor en flor. Tiene algún amor sentimental, y no está nunca sin
intrigas, pero intrigas de peligro y consecuencia: es el terror de los
padres y de los maridos. Sabe que, semejante a la moneda, sólo toma su
valor de su curso y circulación y, por consiguiente, no se adhiere a una
mujer sino el tiempo necesario para que se sepa. Una vez satisfecha la
vanidad, ¿qué podría hacer de ella? El estancarse sería perecer; se
creería falta de recursos o de mérito su constancia. Cuando su boga
decae, la reanima con algún escándalo ligero; un escándalo es para la
fama y la fortuna del _calavera_ un leño seco en la lumbre; una hermosa
ligeramente comprometida, un marido batido en duelo, son sus despachos y
su pasaporte: todas le obsequian, le pretenden, se le disputan. Una
mujer arruinada por él, es un mérito contraído para con las demás. El
hombre no _calavera_, el hombre de talento y juicio se enamora y, por
consiguiente es víctima de las mujeres: por el contrario: las mujeres
son las víctimas del _calavera_. Dígasenos ahora si el hombre de talento
y juicio no es un necio a su lado.
El fin de éste es la edad misma; una posición social nueva, un empleo
distinguido, una boda ventajosa, ponen término honroso a sus inocentes
travesuras. Semejante entonces al sol en su ocaso, se retira
majestuosamente, dejando, si se casa, su puesto a otros, que vengan en
él a la sociedad ofendida y cobran en el nuevo marido, a veces con
crecidos intereses, las letras que él contra sus antecesores girara.
Sólo una observación general haremos antes de concluir nuestro artículo
acerca de lo que se llama en el mundo vulgarmente _calaveradas_. Nos
parece que éstas se juzgan siempre por los resultados; por consiguiente,
a veces una línea imperceptible divide únicamente al _calavera_ del
genio y la suerte caprichosa los separa o los confunde en uno para
siempre. Supóngase que Cristóbal Colón perece víctima del furor de su
gente antes de encontrar el Nuevo Mundo, y que Napoleón es fusilado de
vuelta de Egipto, como acaso merecía: la intentona de aquél y la
insubordinación de éste hubieran pasado por dos _calaveradas_ y ellos no
hubieran sido más que dos _calaveras_. Por el contrario, en el día están
sentados como dos grandes hombres, dos genios.
Tal es el modo de juzgar de los hombres; sin embargo, eso se aprecia,
eso sirve muchas veces de regla. ¿Y por qué?... Porque tal es la opinión
pública.
MODOS DE VIVIR QUE NO DAN DE VIVIR
OFICIOS MENUDOS
Considerando detenidamente la construcción moral de un gran pueblo, se
puede observar que lo que se llama profesiones conocidas o carreras no
es lo que sostiene la gran muchedumbre: descártense los abogados y los
médicos, cuyo oficio es vivir de los disparates y excesos de los demás;
los curas, que fundan su vida temporal sobre la espiritual de los
fieles; los militares, que venden la suya con la expresa condición de
matar a los otros; los comerciantes, que reducen hasta los sentimientos
y pasiones a valores de bolsa; los nacidos propietarios, que viven de
heredar; los artistas, únicos que dan trabajo por dinero, etc., y
todavía quedará una multitud inmensa que no existirá de ninguna de esas
cosas y que sin embargo existirá: su número en los pueblos grandes es
crecido, y esta clase de gentes no pudieran sentar sus reales en ninguna
otra parte; necesitan el ruido y el movimiento, y viven, como el pobre
del Evangelio, de las migajas que caen de la mesa del rico. Para ellos
hay una rara superabundancia de pequeños oficios, los cuales, no
pudiendo sufragar por sus cortas ganancias a la manutención de una
familia, son más bien pretextos de existencia que verdaderos oficios; en
una palabra, modos de vivir que no dan de vivir, los que los profesan
son no obstante como las últimas ruedas de una máquina que sin tener a
primera vista gran importancia, rotas o separadas del conjunto
paralizan el movimiento.
Estos seres marchan siempre a la cola de las pequeñas necesidades de una
gran población y suelen desempeñar diferentes cargos, según el año, la
estación, la hora del día. Esos mismos que en noviembre venden ruedos o
zapatillas de orillo, en julio venden horchata, en verano son bañeros
del Manzanares, en invierno cafeteros ambulantes; los que venden agua en
agosto, vendían en carnaval cartas y garbanzos de pega y en navidades
motes nuevos para damas y galanes.
Uno de estos menudos oficios ha recibido últimamente un golpe mortal con
la sabia y filantrópica institución de San Bernardino, y es gran dolor,
por cierto, pues que era la introducción a los demás, es decir, el
oficio de examen y el más fácil; quiero hablar de la candela; una
numerosa turba de muchachos, que podría en todo tiempo tranquilizar a
cualquiera sobre el fin del mundo (cuyos padres es de suponer
existiesen, en atención a lo difícil que es obtener hijos sin previos
padres, pero no porque hubiese datos más positivos), se esparcían por
las calles y paseos. Todas las primeras materias, todo el capital
necesario para empezar su oficio se reducían a una mecha de trapos, de
que llevaban siempre sobre sí mismos abundante provisión; a la luz de la
filosofía debían tener cierto valor; cuando el mundo es todo vanidad,
cuando todos los hombres dan dinero por humo, ellos solos dan humo por
dinero. Desgraciadamente, un nuevo Prometeo les ha robado el fuego para
comunicárselo a sus hechuras, y este menudo oficio ha salido del gremio
para entrar en el número de las profesiones conocidas, de las
instituciones sentadas y reglamentadas.
Pero con respecto a los demás, dígasenos francamente si pueden
subsistir con sus ganancias; aquel hombre negro y mal carado, que con la
balanza rota y la alforja vieja parece, según lo maltratado, la imagen
de la justicia, y cuya profesión es dar higos y pasas por hierro viejo;
el otro que, siempre detrás de su acémila y tan inseparable de ella como
alma y cuerpo, no vende nada, antes compra... palomina; capitalista
verdadero, coloca sus fondos y tiene que revender después y ganar en su
preciosa mercancía; ha de mantenerse él y su caballería, que al fin son
dos aunque parecen uno, y eso suponiendo que no tenga más familia; el
que vende alpiste para canarios, el que pregona pajuelas, etc.