Mi objeto era referir simplemente un hecho de que no ha muchos meses fui

testigo ocular; pero como yo no presencié, digámoslo así, más que el

desenlace, mis lectores me perdonarán si tomo mi relación _ab ovo_.

Mi amigo Carlos, hijo del marqués de ***, era heredero de bienes

cuantiosos, que eran en él, al revés que en el mundo, la menos

apreciable de sus circunstancias. Adorado de sus padres, que habían

empleado en su educación cuanto esmero es imaginable, Carlos se presentó

en el mundo con talento, con instrucción, con todas esas superfluidades

de primera necesidad, con una herencia capaz de asegurar la fortuna de

varias familias, con una figura a propósito para hacer la de muchas

mujeres, y con un carácter destinado a constituir la de todo el que de

él dependiese.

Pero desgraciadamente, la diferencia que existe entre los necios y los

hombres de talento, suele ser sólo que los primeros dicen necedades, y

los segundos las hacen: mi amigo entró en sociedad, y a poco tiempo hubo

de enamorarse; los hombres de imaginación necesitan mujeres muy picantes

o muy sensibles, y esta especie de mujeres deben de ser mejores para

ajenas que para propias. La joven Adela era, sin duda alguna, de las

picantes: hermosa a sabiendas suyas, y con una conciencia de su belleza,

acaso harto pronunciada, sus padres habían tratado de adornarla de todas

las buenas cualidades de sociedad; la sociedad llama buenas cualidades

en una mujer, lo que se llama alcance en una escopeta y tino en un

cazador; es decir, que se había formado a Adela como una arma ofensiva

con todas las reglas de la destrucción: en punto a la coquetería era una

obra acabada, y capaz de acabar con cualquiera muy poco sensible; en

realidad, podía fingir admirablemente todo ese sentimentalismo, sin el

cual no se alcanza en el día una sola victoria; contaba con una

languidez mortal; le miraba a usted con ojos de víctima expirante,

siendo ella el verdugo; bailaba como una sílfide desmayada; hablaba con

el acento del candor y de la conmoción; y de cuando en cuando un

destello de talento o de gracia venía a iluminar su tétrica

conversación, como un relámpago derrama una ráfaga de luz sobre una

noche obscura.

¿Cómo no adorar a Adela? Era la verdad entre la mentira, el candor entre

la malicia, decía mi amigo al verla en el gran mundo; era el cielo en

la tierra.

Los padres no deseaban otra cosa: era un partido brillante, la boda era

para entrambos una especulación; de suerte que lo que sin razón de

estado no hubiera pasado de ser un amor, una calamidad, pasó a ser un

matrimonio. Pero cuando el mundo exige sacrificios los exige completos,

y el de Carlos lo fue; la víctima debía ir adornada al altar. Negocio

hecho: de allí a poco Carlos y Adela eran uno.

He oído decir muchas veces que suele salir de una coqueta una buena

madre de familia: también suele salir de una tormenta una cosecha: yo

soy de opinión que la mujer que empieza mal acaba peor. Adela fue un

ejemplo de esta verdad: medio año hacía que se había unido con santos

vínculos a Carlos; la moda exigía cierta separación, cierto abandono.

¿Cuánto no se hubiera reído el mundo de un marido atento con su mujer?

Adela, por otra parte, estaba demasiado bien educada para hacer caso de

su marido. ¡La sociedad es tan divertida y los jóvenes tan amables! ¿Qué

hace usted en un rigodón si le oprimen la mano? ¿Qué contesta usted si

le repiten cien veces que es interesante? Si tiene usted visita todos

los días, ¿cómo cierra usted sus puertas? Es forzoso abrirlas, y por lo

regular de par en par.

Un joven del mejor tono fue más asiduo y mañoso, y Adela abrazó por fin

las reglas del gran mundo: el joven era orgulloso, y entre el cúmulo de

adoradores de camino trillado parece despreciar a Adela; con mujeres

coquetas y acostumbradas a vencer, rara vez se deja de llegar a la meta

por ese camino. ¡Adela no quería faltar a su virtud!... ¡pero Eduardo

era tan orgulloso! Era preciso humillarlo: esto no era malo; era un

juego; siempre se empieza jugando. Cómo se acaba no lo diré; pero así

acabó Adela, como se acaba siempre.

La mala suerte de mi amigo quiso que entre tanto marido como llega a una

edad avanzada diariamente con la venda de himeneo sobre los ojos, él

sólo entreviese primero su destino, y lo supiese después positivamente.

La cosa, desgraciadamente fue escandalosa, y el mundo exigía una

satisfacción. Carlos hubo de dársela. Eduardo fue retado, y llamado yo

como padrino no pude menos de asistir a la satisfacción.

A las cinco de la mañana estábamos los contendientes y los padrinos en

la puerta de... de donde nos dirigimos al teatro frecuente de esta

especie de luchas. Esta no era de aquellas que debían acabar con un

almuerzo. Una mujer había faltado, y el honor exigía en reparación la

muerte de dos hombres. Es incomprensible, pero es cierto.

Se eligió el terreno, se dio la señal, y los dos tiros salieron a un

tiempo: de allí a poco había expirado un hombre útil a la sociedad.

Carlos había caído, pero habían quedado en pie su mujer y su honor.

Un año hizo ayer de la muerte de Carlos: su familia, sus amigos lo

lloran todavía.

¡He aquí el mundo, he aquí el honor, he aquí el duelo!

EL ALBUM

El escritor de costumbres no escribe exclusivamente para esta o aquella

clase de la sociedad, y si le puede suceder el trabajo de no ser de

ninguna de ellas leído, debe de figurarse al menos, mientras que su

modestia o su desgracia no sean suficientes a hacerle dejar la pluma,

que escribe imparcialmente para todos. Ni los colores que han de dar

vida al cuadro de las costumbres de un pueblo o de una época pudieran

por otra parte tomarse en un cálculo determinado y reducido; la mezcla

atinada de todas las gradaciones diversas es la que puede únicamente

formar el todo, y es forzoso ir a buscar en distintos puntos las tintas

fuertes y las medias tintas, el claro obscuro, sin los cuales no habría

cuadro.

La cuna, la riqueza, el talento, la educación, a veces obrando

separadamente, obrando otras de consuno, han subdividido siempre a los

hombres hasta lo infinito, y lo que se llama en general la sociedad, es

una amalgama de mil sociedades colocadas en escalón, que sólo se rozan

en sus fronteras respectivas unas con otras, y las cuales no reúne en un

todo compacto en cada país sino el vínculo de una lengua común, y de lo

que se llama entre los hombres patriotismo o nacionalismo. Hay más

puntos de contacto entre una reunión de buen tono de Madrid y otra de

Londres o de París, que entre un habitante de un cuarto principal de la

calle del Príncipe y otro de un cuarto bajo de Avapiés, sin embargo de

ser estos dos, españoles y madrileños.

Sabiendo esto el escritor de costumbres, no desdeña muchas veces salir

de un brillante _rout_, o del más elegante sarao y previa la conveniente

transformación de traje, pasar en seguida a contemplar una escena

animada de un mercado público, o entrar en una simple horchatería a ser

testigo del modesto refresco de la capa inferior del pueblo, cuyo

carácter trata de escudriñar y bosquejar.

¡Qué de costumbres diversas establecidas en una atmósfera, que en otra

inferior, ni aun sabiéndolas se comprenderían! El título de este

artículo, sin ir más lejos, es verdadero griego para la inmensa mayoría

que compone este pueblo. No harán, pues, un gesto de desagrado nuestras

elegantes lectoras cuando nos vean explicar la significación de nuestro

título: esta explicación no es ciertamente para ellas; pero nosotros no

tenemos la culpa si su extraordinaria delicadeza y si su civilización

llevada al extremo, que forma de ellas un pueblo aparte, y pueblo

escogido, nos pone en el caso de empezar por traducir hasta las palabras

de su elegante vocabulario, cuando queremos dar cuenta al público entero

de los usos de su impagable sociedad.

El que la voz álbum no sea castellana, es para nosotros, que ni somos ni

queremos ser puristas, objeción de poquísima importancia; en ninguna

parte hemos encontrado todavía el pacto que ha hecho el hombre con la

divinidad ni con la Naturaleza de usar tal o cual combinación de sílabas

para explicarse: desde el momento en que por mutuo acuerdo una palabra

se entiende, ya es buena: desde el punto en que una lengua es buena para

hacerse entender en ella, cumple con su objeto, y mejor será

indudablemente aquella cuya elasticidad le permite dar entrada a mayor

número de palabras exóticas, porque estará segura de no carecer jamás de

las voces que necesite: cuando no las tenga por sí, las traerá de fuera.

En esta parte diremos de buena fe, lo que ponía Iriarte irónicamente en

boca de uno que estropeaba la lengua de Garcilaso:

«Que si él habla la lengua castellana,

Yo hablo la lengua que me da la gana.»

Pasando por alto este inconveniente, el álbum es un enorme libro, en

cuya forma es esencial condición que se observe la del papel de música.

Debe de estar, como la mayor parte de los hombres, por de fuera,

encuadernado con un lujo asiático, y por dentro en blanco: su carpeta,

que será más elegante si puede cerrarse a guisa de cartera, debe ser de

la materia más rica que se encuentre, adornada con relieves del mayor

gusto, y la cifra o las armas del dueño: lo más caro, lo más inglés, eso

es lo mejor: razón por la cual sería muy difícil lograr en España uno

capaz de competir con los extranjeros. Sólo el conocido y el hábil

Alegría podría hacer una cosa que se aproximase a un álbum decente. Pero

en cambio es bueno advertir que una de las circunstancias que debe

tener, es que se pueda decir de él:

--Ya me han traído el álbum que encargué a Londres.

También se puede decir en lugar de Londres, París; pero es más vulgar,

más trivial. Por lo tanto, nosotros aconsejamos a nuestras lectoras que

digan Londres: lo mismo cuesta una palabra que otra; y por supuesto, que

digan de todas suertes que se lo han enviado de fuera, o que lo han

traído ellas mismas cuando estuvieron allá la primera, la segunda, o

cualquiera vez, y aunque sea obra de Alegría.

¿Y para qué sirve, me dirá otra especie de lectores, ese gran librote,

esa especie de misal, tan rico y tan enorme, tan extranjero y tan raro?

¿De qué trata?

Vamos allá. Ese librote es, como el abanico, como la sombrilla, como la

tarjeta, un mueble enteramente de uso de señora, y una elegante sin

álbum sería ya en el día un cuerpo sin alma, un río sin agua, en una

palabra, una especie de Manzanares. El álbum, claro está, no se lleva en

la mano, pero se transporta en el coche; el álbum y el coche se

necesitan mutuamente: lo uno no puede ir sin lo otro; es el agua con el

chocolate; el álbum se envía además con el lacayo de una parte a otra. Y

como siempre está yendo y viniendo, hay un lacayo destinado a sacarlo;

el lacayo y el álbum es el ayo y el niño.

¿De qué trata? No trata de nada; es un libro en blanco. Como una bella

conoce de rigor a los hombres de talento en todos ramos, es un libro el

álbum que la bella envía al hombre distinguido para que éste estampe en

una de sus inmensas hojas, si es poeta, unos versos, si es pintor, un

dibujo, si es músico, una composición, etc. En su verdadero objeto es un

repertorio de la vanidad: cuando una hermosa, por otra parte, le ha

dispensado a usted la lisonjera distinción de suplicarle que incluya

algo en su álbum, es muy natural pagarle en la misma moneda; de aquí el

que la mayor parte de los versos contenidos en él, suelen ser

variaciones de distintos autores sobre el mismo tema de la hermosura y

de la amabilidad de su dueño. Son distintas fuentes donde se mira y se

refleja un solo Narciso. El álbum tiene una virtud singular, por la cual

deben apresurarse a hacerse con él todas las elegantes que no lo tengan,

si hay alguna a la sazón en Madrid: hemos reparado que todas las dueñas

de álbum son hermosas, graciosas, de gran virtud y talento, y

amabilísimas: así consta a lo menos de todos estos libros en blanco,

conforme van tomando color.

Como el caso es tener un recuerdo, propio, intrínsecamente de la persona

misma, es indispensable que lo que se estampe vaya de puño y letra del

autor; un álbum, pues, viene a ser un panteón donde vienen a enterrarse

en calidad de préstamos adelantados hechos a la posteridad una porción

de notabilidades; a pesar de que no todos los hombres de mérito de un

álbum lo son igualmente en las edades futuras. Y como por una

distinción de exquisito precio, la amistad participa del privilegio del

mérito, de poner algo en el álbum, y como se puede ser muy buen amigo y

no tener ninguna especie de mérito, un álbum viene a ser frecuentemente,

más bien que un panteón, un cementerio, donde están enterrados, tabique

por medio, los tontos al lado de los discretos, con la única diferencia

de que los segundos honran al álbum, y éste honra a los primeros.

Sabido el objeto del álbum, cualquiera puede conocer la causa a que debe

su origen: el orgullo del hombre se empeña en dejar huellas por todas

partes; en rigor, las pirámides famosas, ¿qué son sino la firma de los

Faraones en el gran álbum de Egipto? Todo monumento es el _facsímile_

del pueblo que lo erigió, estampado en el gran álbum del triunfo. ¿Qué

es la historia sino el álbum donde cada pueblo viene a depositar sus

obras?

La Alhambra está llena de los nombres de viajeros ilustres que no han

querido pasar adelante sin enlazar con aquellos grandes recuerdos sus

grandes nombres; esto, que es lícito en un hombre de mérito, confesado

por todos, es risible en un desconocido, y conocemos un sujeto que se ha

puesto en ridículo en sociedad por haber estampado en las paredes de la

venerable antigüedad de que acabamos de hablar, debajo del letrero

puesto por Chateaubriand: «Aquí estuvo también Pedro Fernández, el día

tantos de tal año.» Sin embargo, la acción es la misma, por parte del

que la hace.

He aquí cómo motiva el origen de la moda del álbum un autor francés, que

escribía, como nosotros, un artículo de costumbres acerca de él el año

11, época en que comenzó a hacer furor esta moda en París:

«El origen del álbum es noble, santo, majestuoso. San Bruno había

fundado en el corazón de los Alpes la cuna de su orden; dábase allí

hospitalidad por espacio de tres días a todo viajero. En el momento de

su partida se le presentaba un registro, invitándolo a escribir en él su

nombre, el cual iba acompañado, por lo regular, de algunas frases de

agradecimiento, frases verdaderamente inspiradas. El aspecto de las

montañas, el ruido de los torrentes, el silencio del monasterio, la

religión grande y majestuosa, los religiosos humildes y penitentes, el

tiempo despreciado, y la eternidad siempre presente, debían de hacer

nacer bajo la pluma de los huéspedes que se sucedían en la augusta

morada, altos pensamientos y delicadas expresiones. Hombres de gran

mérito depositaron en este repertorio cantidad de versos y pensamientos

justamente célebres. El álbum de la Gran Cartuja es incontestablemente

el padre y modelo de los álbums.»

Esta afición, recién nacida, cundió extraordinariamente; los ingleses

asieron de ella; los franceses no la despreciaron, y todo hombre de

alguna celebridad fue puesto a contribución: el valor, por consiguiente,

de un álbum, puede ser considerable; una pincelada de Goya, un capricho

de David, o de Vernet, un trozo de Chateaubriand, o de lord Byron, la

firma de Napoleón, todo esto puede llegar a hacer de un álbum un

mayorazgo para una familia.

Nuestras señoras han sido las últimas en esta moda como en otras, pero

no las que han sabido apreciar menos el valor de un álbum: ni es de

extrañar: el libro en blanco en un templo colgado todo de sus trofeos,

es una lista civil, su presupuesto, o por lo menos el de su amor propio.

Y en rigor, ¿qué es una bella sino un álbum, a cuyos pies todo el que

pasa deposita su tributo de admiración? ¿Qué es su corazón muchas veces

sino un álbum? Perdónesenos la atrevida comparación; ¡pero dichoso el

que encuentra en esta especie de álbum todas las hojas en blanco!

¡Dichoso el que no pudiendo ser el primero (no pende siempre de uno el

madrugar) puede ser siquiera el último!

El álbum no se llama nunca el álbum, sino mi álbum; esto es esencial. En

rigor las señoras no han tomado de él más que la parte agradable: todos

los inconvenientes están de parte de los que han de quitarle hoja a hoja

la calidad de blanco. ¡Qué admirable fecundidad no se necesita para

grabar un cumplimiento, por lo regular el mismo, y siempre de distinto

modo, en todos los álbums que vienen a parar a manos de uno! Luego ¡hay

tantas mujeres a quienes es más fácil profesar amor que decírselo!

¡Cuánta habilidad no es menester para que, comparados después estos

diversos depósitos, no pueda picarse ningún amor propio! ¡Qué delicadeza

para decir galanterías, que no sean más que galanterías, a una hermosa

de la cual sólo se conoce el álbum!

Si éste es el mueble indispensable de una mujer de moda, también es la

desesperación del poeta, del hombre de mérito, del amigo. Siempre se

espera mucho del talento, y nunca es más difícil lucirlo que en

semejantes ocasiones.

Nosotros, para tales casos, si en ellos nos encontrásemos, reclamaríamos

siempre toda indulgencia, y no concluiremos este artículo sin recordar a

las hermosas que cada una de ellas no tiene más que un álbum que dar a

llenar, y que cada poeta suele tener a la vez varios a que contribuir.

LOS CALAVERAS

I

Es cosa que daría que hacer a los etimologistas y a los anatómicos de

lenguas, el averiguar el origen de la voz _calavera_ en su acepción

figurada, puesto que la propia no puede tener otro sentido que la

designación del cráneo de un muerto, ya vacío y descarnado. Yo no

recuerdo haber visto empleada esta voz, como substantivo masculino, en

ninguno de nuestros autores antiguos, y esto prueba que esta acepción

picaresca es de uso moderno. La especie, sin embargo, de seres a que se

aplica, ha sido de todos los tiempos. El famoso Alcibíades era el

_calavera_ más perfecto de Atenas: el célebre filósofo que arrojó sus

tesoros al mar, no hizo en eso más que una _calaverada_, a mi entender

de muy mal gusto: César, marido de todas las mujeres de Roma, hubiera

pasado en el día por un excelente _calavera_: Marco Antonio echando a

Cleopatra por contrapeso en la balanza del destino del Imperio, no podía

ser más que un _calavera_; en una palabra, la suerte de más de un pueblo

se ha decidido a veces por una simple _calaverada_. Si la historia, en

vez de escribirse como un índice de los crímenes de los reyes y una

crónica de unas cuantas familias, se escribiera con esta especie de

filosofía, como un cuadro de costumbres privadas, se vería probada

aquella verdad; y muchos de los importantes trastornos que han cambiado

la faz del mundo, a los cuales han solido achacar grandes causas los

políticos, encontrarían una clave de muy verosímil y sencilla

explicación en las _calaveradas_.

Dejando aparte la antigüedad (por más mérito que les añada, puesto que

hay muchas gentes que no tienen otro), y volviendo a la etimología de la

voz, confieso que no encuentro qué relación puede existir entre un

_calavera_ y una _calaverada_. ¡Cuánto exceso de vida no supone el

primero! ¡Cuánta ausencia de ella no supone la segunda! Si se quiere

decir que haya un punto de similitud entre el vacío del uno y de la

otra, no tardaremos en demostrar que es un error. Aun concediendo que

las cabezas se dividan en vacías y en llenas, y que la ausencia del

talento y del juicio se refiera a la primera clase, espero que por mi

artículo se convencerá cualquiera de que para pocas cosas se necesita

más talento y buen juicio que para ser _calavera_.

Por tanto, el haber querido dar un aire de apodo y de vilipendio a los

_calaveras_, es una injusticia de la lengua y los hombres que acertaron

a darle los primeros ese giro malicioso: yo por mí rehúso esa voz;

confieso que quisiera darle una nobleza, un sentido favorable, un

carácter de dignidad que desgraciadamente no tiene, y así sólo la usaré,

porque no teniendo otra a mano, y encontrando esa establecida, aquellos

mismos cuya causa defiendo se harán cargo de lo difícil que me sería

darme a entender valiéndome para designarlos de una palabra nueva; ellos

mismos no se reconocerían, y no reconociéndolos seguramente el público

tampoco, vendría a ser inútil la descripción que de ellos voy a hacer.

Todos tenemos algo de _calaveras_, más o menos. ¿Quién no hace locuras y

disparates alguna vez en su vida? ¿Quién no ha hecho versos, quién no ha

creído en alguna mujer, quién no se ha dado malos ratos algún día por

ella, quién no ha prestado dinero, quién no ha debido, quién no ha

abandonado alguna cosa que le importase, por otra que le gustase, quién

no se casa en fin?... Todos lo somos; pero así como no se llama locos

sino a aquellos cuya locura no está en armonía con la de los más, así

sólo se llama _calaveras_ a aquellos cuya serie de acciones continuadas

son diferentes de las que los otros tuvieran en iguales casos.

El _calavera_ se divide y subdivide hasta lo infinito, y es difícil

encontrar en la naturaleza una especie que presente al observador mayor

número de castas distintas: tienen todas, empero, un tipo común de donde

parten, y en rigor sólo dos son las calidades esenciales que determinan

su ser, y que las reúnen en una sola especie: en ellas se reconoce al

_calavera_, de cualquier casta que sea.

1.º El _calavera_ debe tener por base de su ser lo que se llama talento

natural por unos; despejo por otros; viveza por los más: entiéndase esto

bien; talento natural: es decir, no cultivado. Esto se explica: toda

clase de estudio profundo, o de extensa instrucción, sería lastre

demasiado pesado que se opondría a esa ligereza, que es una de sus más

amables calidades.

2.º El _calavera_ debe tener lo que se llama en el mundo poca aprensión.

No se interprete esto tampoco en mal sentido. Todo lo contrario. Esta

poca aprensión es aquella indiferencia filosófica con que considera el

qué dirán el que no hace más que cosas naturales, el que no hace cosas

vergonzosas. Se reduce a arrostrar en todas nuestras acciones la

publicidad, a vivir ante los otros, más para ellos que para uno mismo.

El _calavera_ es un hombre público cuyos actos todos pasan por el tamiz

de la opinión, saliendo de él más depurados. Es un espectáculo cuyo

telón está siempre descorrido; quítensele los espectadores, y adiós

teatro. Sabido es que con mucha aprensión no hay teatro.

El talento natural, pues, y la poca aprensión, son las dos cualidades

distintas de la especie: sin ellas no será _calavera_. Un tonto, un

timorato del qué dirán, no lo serán jamás. Sería tiempo perdido.

El _calavera_ se divide en silvestre y doméstico.

El _calavera silvestre_ es un hombre de la plebe, sin educación ninguna

y sin modales; es el capataz del barrio, tiene honores de jaque, habla

andaluz; su conversación va salpicada de chistes; enciende un cigarro en

otro, escupe por el colmillo; convida siempre, y nadie paga donde está

él; es chulo nato; dos cosas son indispensables a su existencia: la

querida, que es manola, condición _sine qua non_, y la navaja que es

grande; por un quítame allá esas pajas le da honrosa sepultura en un

cuerpo humano. Sus manos siempre están ocupadas: o empaqueta el cigarro,

o saca la navaja, o tercia la capa, o se cala el chapeo, o se aprieta la

faja, o vibra el garrote: siempre está haciendo algo. Se le conoce a

larga distancia, y es bueno dejarle pasar como al jabalí. ¡Ay del que

mire a su Dulcinea! ¡Ay del que la tropiece! Si es hombre de levita,

sobre todo, si es señorito delicado, más le valiera no haber nacido. Con

esa especie está a matar, y la mayor parte de sus _calaveradas_ recaen

sobre ella; se perece por asustar a uno, por desplumar a otro. El

_calavera silvestre_ es el gato del lechuguino: así es que éste le ve

con terror; de quimera en quimera, de qué se me da a mí en qué se me da

a mí, para en la cárcel; a veces en presidio, pero esto último es raro:

se diferencia esencialmente del ladrón en su condición generosa: da y no

recibe; puede ser homicida, nunca asesino. Este _calavera_ es

esencialmente español.

El _calavera doméstico_ admite diferentes grados de civilización, y su

cuna, su edad, su profesión, su dinero le subdividen después en diversas

castas. Las principales son las siguientes:

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