testigo ocular; pero como yo no presencié, digámoslo así, más que el
desenlace, mis lectores me perdonarán si tomo mi relación _ab ovo_.
Mi amigo Carlos, hijo del marqués de ***, era heredero de bienes
cuantiosos, que eran en él, al revés que en el mundo, la menos
apreciable de sus circunstancias. Adorado de sus padres, que habían
empleado en su educación cuanto esmero es imaginable, Carlos se presentó
en el mundo con talento, con instrucción, con todas esas superfluidades
de primera necesidad, con una herencia capaz de asegurar la fortuna de
varias familias, con una figura a propósito para hacer la de muchas
mujeres, y con un carácter destinado a constituir la de todo el que de
él dependiese.
Pero desgraciadamente, la diferencia que existe entre los necios y los
hombres de talento, suele ser sólo que los primeros dicen necedades, y
los segundos las hacen: mi amigo entró en sociedad, y a poco tiempo hubo
de enamorarse; los hombres de imaginación necesitan mujeres muy picantes
o muy sensibles, y esta especie de mujeres deben de ser mejores para
ajenas que para propias. La joven Adela era, sin duda alguna, de las
picantes: hermosa a sabiendas suyas, y con una conciencia de su belleza,
acaso harto pronunciada, sus padres habían tratado de adornarla de todas
las buenas cualidades de sociedad; la sociedad llama buenas cualidades
en una mujer, lo que se llama alcance en una escopeta y tino en un
cazador; es decir, que se había formado a Adela como una arma ofensiva
con todas las reglas de la destrucción: en punto a la coquetería era una
obra acabada, y capaz de acabar con cualquiera muy poco sensible; en
realidad, podía fingir admirablemente todo ese sentimentalismo, sin el
cual no se alcanza en el día una sola victoria; contaba con una
languidez mortal; le miraba a usted con ojos de víctima expirante,
siendo ella el verdugo; bailaba como una sílfide desmayada; hablaba con
el acento del candor y de la conmoción; y de cuando en cuando un
destello de talento o de gracia venía a iluminar su tétrica
conversación, como un relámpago derrama una ráfaga de luz sobre una
noche obscura.
¿Cómo no adorar a Adela? Era la verdad entre la mentira, el candor entre
la malicia, decía mi amigo al verla en el gran mundo; era el cielo en
la tierra.
Los padres no deseaban otra cosa: era un partido brillante, la boda era
para entrambos una especulación; de suerte que lo que sin razón de
estado no hubiera pasado de ser un amor, una calamidad, pasó a ser un
matrimonio. Pero cuando el mundo exige sacrificios los exige completos,
y el de Carlos lo fue; la víctima debía ir adornada al altar. Negocio
hecho: de allí a poco Carlos y Adela eran uno.
He oído decir muchas veces que suele salir de una coqueta una buena
madre de familia: también suele salir de una tormenta una cosecha: yo
soy de opinión que la mujer que empieza mal acaba peor. Adela fue un
ejemplo de esta verdad: medio año hacía que se había unido con santos
vínculos a Carlos; la moda exigía cierta separación, cierto abandono.
¿Cuánto no se hubiera reído el mundo de un marido atento con su mujer?
Adela, por otra parte, estaba demasiado bien educada para hacer caso de
su marido. ¡La sociedad es tan divertida y los jóvenes tan amables! ¿Qué
hace usted en un rigodón si le oprimen la mano? ¿Qué contesta usted si
le repiten cien veces que es interesante? Si tiene usted visita todos
los días, ¿cómo cierra usted sus puertas? Es forzoso abrirlas, y por lo
regular de par en par.
Un joven del mejor tono fue más asiduo y mañoso, y Adela abrazó por fin
las reglas del gran mundo: el joven era orgulloso, y entre el cúmulo de
adoradores de camino trillado parece despreciar a Adela; con mujeres
coquetas y acostumbradas a vencer, rara vez se deja de llegar a la meta
por ese camino. ¡Adela no quería faltar a su virtud!... ¡pero Eduardo
era tan orgulloso! Era preciso humillarlo: esto no era malo; era un
juego; siempre se empieza jugando. Cómo se acaba no lo diré; pero así
acabó Adela, como se acaba siempre.
La mala suerte de mi amigo quiso que entre tanto marido como llega a una
edad avanzada diariamente con la venda de himeneo sobre los ojos, él
sólo entreviese primero su destino, y lo supiese después positivamente.
La cosa, desgraciadamente fue escandalosa, y el mundo exigía una
satisfacción. Carlos hubo de dársela. Eduardo fue retado, y llamado yo
como padrino no pude menos de asistir a la satisfacción.
A las cinco de la mañana estábamos los contendientes y los padrinos en
la puerta de... de donde nos dirigimos al teatro frecuente de esta
especie de luchas. Esta no era de aquellas que debían acabar con un
almuerzo. Una mujer había faltado, y el honor exigía en reparación la
muerte de dos hombres. Es incomprensible, pero es cierto.
Se eligió el terreno, se dio la señal, y los dos tiros salieron a un
tiempo: de allí a poco había expirado un hombre útil a la sociedad.
Carlos había caído, pero habían quedado en pie su mujer y su honor.
Un año hizo ayer de la muerte de Carlos: su familia, sus amigos lo
lloran todavía.
¡He aquí el mundo, he aquí el honor, he aquí el duelo!
EL ALBUM
El escritor de costumbres no escribe exclusivamente para esta o aquella
clase de la sociedad, y si le puede suceder el trabajo de no ser de
ninguna de ellas leído, debe de figurarse al menos, mientras que su
modestia o su desgracia no sean suficientes a hacerle dejar la pluma,
que escribe imparcialmente para todos. Ni los colores que han de dar
vida al cuadro de las costumbres de un pueblo o de una época pudieran
por otra parte tomarse en un cálculo determinado y reducido; la mezcla
atinada de todas las gradaciones diversas es la que puede únicamente
formar el todo, y es forzoso ir a buscar en distintos puntos las tintas
fuertes y las medias tintas, el claro obscuro, sin los cuales no habría
cuadro.
La cuna, la riqueza, el talento, la educación, a veces obrando
separadamente, obrando otras de consuno, han subdividido siempre a los
hombres hasta lo infinito, y lo que se llama en general la sociedad, es
una amalgama de mil sociedades colocadas en escalón, que sólo se rozan
en sus fronteras respectivas unas con otras, y las cuales no reúne en un
todo compacto en cada país sino el vínculo de una lengua común, y de lo
que se llama entre los hombres patriotismo o nacionalismo. Hay más
puntos de contacto entre una reunión de buen tono de Madrid y otra de
Londres o de París, que entre un habitante de un cuarto principal de la
calle del Príncipe y otro de un cuarto bajo de Avapiés, sin embargo de
ser estos dos, españoles y madrileños.
Sabiendo esto el escritor de costumbres, no desdeña muchas veces salir
de un brillante _rout_, o del más elegante sarao y previa la conveniente
transformación de traje, pasar en seguida a contemplar una escena
animada de un mercado público, o entrar en una simple horchatería a ser
testigo del modesto refresco de la capa inferior del pueblo, cuyo
carácter trata de escudriñar y bosquejar.
¡Qué de costumbres diversas establecidas en una atmósfera, que en otra
inferior, ni aun sabiéndolas se comprenderían! El título de este
artículo, sin ir más lejos, es verdadero griego para la inmensa mayoría
que compone este pueblo. No harán, pues, un gesto de desagrado nuestras
elegantes lectoras cuando nos vean explicar la significación de nuestro
título: esta explicación no es ciertamente para ellas; pero nosotros no
tenemos la culpa si su extraordinaria delicadeza y si su civilización
llevada al extremo, que forma de ellas un pueblo aparte, y pueblo
escogido, nos pone en el caso de empezar por traducir hasta las palabras
de su elegante vocabulario, cuando queremos dar cuenta al público entero
de los usos de su impagable sociedad.
El que la voz álbum no sea castellana, es para nosotros, que ni somos ni
queremos ser puristas, objeción de poquísima importancia; en ninguna
parte hemos encontrado todavía el pacto que ha hecho el hombre con la
divinidad ni con la Naturaleza de usar tal o cual combinación de sílabas
para explicarse: desde el momento en que por mutuo acuerdo una palabra
se entiende, ya es buena: desde el punto en que una lengua es buena para
hacerse entender en ella, cumple con su objeto, y mejor será
indudablemente aquella cuya elasticidad le permite dar entrada a mayor
número de palabras exóticas, porque estará segura de no carecer jamás de
las voces que necesite: cuando no las tenga por sí, las traerá de fuera.
En esta parte diremos de buena fe, lo que ponía Iriarte irónicamente en
boca de uno que estropeaba la lengua de Garcilaso:
«Que si él habla la lengua castellana,
Yo hablo la lengua que me da la gana.»
Pasando por alto este inconveniente, el álbum es un enorme libro, en
cuya forma es esencial condición que se observe la del papel de música.
Debe de estar, como la mayor parte de los hombres, por de fuera,
encuadernado con un lujo asiático, y por dentro en blanco: su carpeta,
que será más elegante si puede cerrarse a guisa de cartera, debe ser de
la materia más rica que se encuentre, adornada con relieves del mayor
gusto, y la cifra o las armas del dueño: lo más caro, lo más inglés, eso
es lo mejor: razón por la cual sería muy difícil lograr en España uno
capaz de competir con los extranjeros. Sólo el conocido y el hábil
Alegría podría hacer una cosa que se aproximase a un álbum decente. Pero
en cambio es bueno advertir que una de las circunstancias que debe
tener, es que se pueda decir de él:
--Ya me han traído el álbum que encargué a Londres.
También se puede decir en lugar de Londres, París; pero es más vulgar,
más trivial. Por lo tanto, nosotros aconsejamos a nuestras lectoras que
digan Londres: lo mismo cuesta una palabra que otra; y por supuesto, que
digan de todas suertes que se lo han enviado de fuera, o que lo han
traído ellas mismas cuando estuvieron allá la primera, la segunda, o
cualquiera vez, y aunque sea obra de Alegría.
¿Y para qué sirve, me dirá otra especie de lectores, ese gran librote,
esa especie de misal, tan rico y tan enorme, tan extranjero y tan raro?
¿De qué trata?
Vamos allá. Ese librote es, como el abanico, como la sombrilla, como la
tarjeta, un mueble enteramente de uso de señora, y una elegante sin
álbum sería ya en el día un cuerpo sin alma, un río sin agua, en una
palabra, una especie de Manzanares. El álbum, claro está, no se lleva en
la mano, pero se transporta en el coche; el álbum y el coche se
necesitan mutuamente: lo uno no puede ir sin lo otro; es el agua con el
chocolate; el álbum se envía además con el lacayo de una parte a otra. Y
como siempre está yendo y viniendo, hay un lacayo destinado a sacarlo;
el lacayo y el álbum es el ayo y el niño.
¿De qué trata? No trata de nada; es un libro en blanco. Como una bella
conoce de rigor a los hombres de talento en todos ramos, es un libro el
álbum que la bella envía al hombre distinguido para que éste estampe en
una de sus inmensas hojas, si es poeta, unos versos, si es pintor, un
dibujo, si es músico, una composición, etc. En su verdadero objeto es un
repertorio de la vanidad: cuando una hermosa, por otra parte, le ha
dispensado a usted la lisonjera distinción de suplicarle que incluya
algo en su álbum, es muy natural pagarle en la misma moneda; de aquí el
que la mayor parte de los versos contenidos en él, suelen ser
variaciones de distintos autores sobre el mismo tema de la hermosura y
de la amabilidad de su dueño. Son distintas fuentes donde se mira y se
refleja un solo Narciso. El álbum tiene una virtud singular, por la cual
deben apresurarse a hacerse con él todas las elegantes que no lo tengan,
si hay alguna a la sazón en Madrid: hemos reparado que todas las dueñas
de álbum son hermosas, graciosas, de gran virtud y talento, y
amabilísimas: así consta a lo menos de todos estos libros en blanco,
conforme van tomando color.
Como el caso es tener un recuerdo, propio, intrínsecamente de la persona
misma, es indispensable que lo que se estampe vaya de puño y letra del
autor; un álbum, pues, viene a ser un panteón donde vienen a enterrarse
en calidad de préstamos adelantados hechos a la posteridad una porción
de notabilidades; a pesar de que no todos los hombres de mérito de un
álbum lo son igualmente en las edades futuras. Y como por una
distinción de exquisito precio, la amistad participa del privilegio del
mérito, de poner algo en el álbum, y como se puede ser muy buen amigo y
no tener ninguna especie de mérito, un álbum viene a ser frecuentemente,
más bien que un panteón, un cementerio, donde están enterrados, tabique
por medio, los tontos al lado de los discretos, con la única diferencia
de que los segundos honran al álbum, y éste honra a los primeros.
Sabido el objeto del álbum, cualquiera puede conocer la causa a que debe
su origen: el orgullo del hombre se empeña en dejar huellas por todas
partes; en rigor, las pirámides famosas, ¿qué son sino la firma de los
Faraones en el gran álbum de Egipto? Todo monumento es el _facsímile_
del pueblo que lo erigió, estampado en el gran álbum del triunfo. ¿Qué
es la historia sino el álbum donde cada pueblo viene a depositar sus
obras?
La Alhambra está llena de los nombres de viajeros ilustres que no han
querido pasar adelante sin enlazar con aquellos grandes recuerdos sus
grandes nombres; esto, que es lícito en un hombre de mérito, confesado
por todos, es risible en un desconocido, y conocemos un sujeto que se ha
puesto en ridículo en sociedad por haber estampado en las paredes de la
venerable antigüedad de que acabamos de hablar, debajo del letrero
puesto por Chateaubriand: «Aquí estuvo también Pedro Fernández, el día
tantos de tal año.» Sin embargo, la acción es la misma, por parte del
que la hace.
He aquí cómo motiva el origen de la moda del álbum un autor francés, que
escribía, como nosotros, un artículo de costumbres acerca de él el año
11, época en que comenzó a hacer furor esta moda en París:
«El origen del álbum es noble, santo, majestuoso. San Bruno había
fundado en el corazón de los Alpes la cuna de su orden; dábase allí
hospitalidad por espacio de tres días a todo viajero. En el momento de
su partida se le presentaba un registro, invitándolo a escribir en él su
nombre, el cual iba acompañado, por lo regular, de algunas frases de
agradecimiento, frases verdaderamente inspiradas. El aspecto de las
montañas, el ruido de los torrentes, el silencio del monasterio, la
religión grande y majestuosa, los religiosos humildes y penitentes, el
tiempo despreciado, y la eternidad siempre presente, debían de hacer
nacer bajo la pluma de los huéspedes que se sucedían en la augusta
morada, altos pensamientos y delicadas expresiones. Hombres de gran
mérito depositaron en este repertorio cantidad de versos y pensamientos
justamente célebres. El álbum de la Gran Cartuja es incontestablemente
el padre y modelo de los álbums.»
Esta afición, recién nacida, cundió extraordinariamente; los ingleses
asieron de ella; los franceses no la despreciaron, y todo hombre de
alguna celebridad fue puesto a contribución: el valor, por consiguiente,
de un álbum, puede ser considerable; una pincelada de Goya, un capricho
de David, o de Vernet, un trozo de Chateaubriand, o de lord Byron, la
firma de Napoleón, todo esto puede llegar a hacer de un álbum un
mayorazgo para una familia.
Nuestras señoras han sido las últimas en esta moda como en otras, pero
no las que han sabido apreciar menos el valor de un álbum: ni es de
extrañar: el libro en blanco en un templo colgado todo de sus trofeos,
es una lista civil, su presupuesto, o por lo menos el de su amor propio.
Y en rigor, ¿qué es una bella sino un álbum, a cuyos pies todo el que
pasa deposita su tributo de admiración? ¿Qué es su corazón muchas veces
sino un álbum? Perdónesenos la atrevida comparación; ¡pero dichoso el
que encuentra en esta especie de álbum todas las hojas en blanco!
¡Dichoso el que no pudiendo ser el primero (no pende siempre de uno el
madrugar) puede ser siquiera el último!
El álbum no se llama nunca el álbum, sino mi álbum; esto es esencial. En
rigor las señoras no han tomado de él más que la parte agradable: todos
los inconvenientes están de parte de los que han de quitarle hoja a hoja
la calidad de blanco. ¡Qué admirable fecundidad no se necesita para
grabar un cumplimiento, por lo regular el mismo, y siempre de distinto
modo, en todos los álbums que vienen a parar a manos de uno! Luego ¡hay
tantas mujeres a quienes es más fácil profesar amor que decírselo!
¡Cuánta habilidad no es menester para que, comparados después estos
diversos depósitos, no pueda picarse ningún amor propio! ¡Qué delicadeza
para decir galanterías, que no sean más que galanterías, a una hermosa
de la cual sólo se conoce el álbum!
Si éste es el mueble indispensable de una mujer de moda, también es la
desesperación del poeta, del hombre de mérito, del amigo. Siempre se
espera mucho del talento, y nunca es más difícil lucirlo que en
semejantes ocasiones.
Nosotros, para tales casos, si en ellos nos encontrásemos, reclamaríamos
siempre toda indulgencia, y no concluiremos este artículo sin recordar a
las hermosas que cada una de ellas no tiene más que un álbum que dar a
llenar, y que cada poeta suele tener a la vez varios a que contribuir.
LOS CALAVERAS
I
Es cosa que daría que hacer a los etimologistas y a los anatómicos de
lenguas, el averiguar el origen de la voz _calavera_ en su acepción
figurada, puesto que la propia no puede tener otro sentido que la
designación del cráneo de un muerto, ya vacío y descarnado. Yo no
recuerdo haber visto empleada esta voz, como substantivo masculino, en
ninguno de nuestros autores antiguos, y esto prueba que esta acepción
picaresca es de uso moderno. La especie, sin embargo, de seres a que se
aplica, ha sido de todos los tiempos. El famoso Alcibíades era el
_calavera_ más perfecto de Atenas: el célebre filósofo que arrojó sus
tesoros al mar, no hizo en eso más que una _calaverada_, a mi entender
de muy mal gusto: César, marido de todas las mujeres de Roma, hubiera
pasado en el día por un excelente _calavera_: Marco Antonio echando a
Cleopatra por contrapeso en la balanza del destino del Imperio, no podía
ser más que un _calavera_; en una palabra, la suerte de más de un pueblo
se ha decidido a veces por una simple _calaverada_. Si la historia, en
vez de escribirse como un índice de los crímenes de los reyes y una
crónica de unas cuantas familias, se escribiera con esta especie de
filosofía, como un cuadro de costumbres privadas, se vería probada
aquella verdad; y muchos de los importantes trastornos que han cambiado
la faz del mundo, a los cuales han solido achacar grandes causas los
políticos, encontrarían una clave de muy verosímil y sencilla
explicación en las _calaveradas_.
Dejando aparte la antigüedad (por más mérito que les añada, puesto que
hay muchas gentes que no tienen otro), y volviendo a la etimología de la
voz, confieso que no encuentro qué relación puede existir entre un
_calavera_ y una _calaverada_. ¡Cuánto exceso de vida no supone el
primero! ¡Cuánta ausencia de ella no supone la segunda! Si se quiere
decir que haya un punto de similitud entre el vacío del uno y de la
otra, no tardaremos en demostrar que es un error. Aun concediendo que
las cabezas se dividan en vacías y en llenas, y que la ausencia del
talento y del juicio se refiera a la primera clase, espero que por mi
artículo se convencerá cualquiera de que para pocas cosas se necesita
más talento y buen juicio que para ser _calavera_.
Por tanto, el haber querido dar un aire de apodo y de vilipendio a los
_calaveras_, es una injusticia de la lengua y los hombres que acertaron
a darle los primeros ese giro malicioso: yo por mí rehúso esa voz;
confieso que quisiera darle una nobleza, un sentido favorable, un
carácter de dignidad que desgraciadamente no tiene, y así sólo la usaré,
porque no teniendo otra a mano, y encontrando esa establecida, aquellos
mismos cuya causa defiendo se harán cargo de lo difícil que me sería
darme a entender valiéndome para designarlos de una palabra nueva; ellos
mismos no se reconocerían, y no reconociéndolos seguramente el público
tampoco, vendría a ser inútil la descripción que de ellos voy a hacer.
Todos tenemos algo de _calaveras_, más o menos. ¿Quién no hace locuras y
disparates alguna vez en su vida? ¿Quién no ha hecho versos, quién no ha
creído en alguna mujer, quién no se ha dado malos ratos algún día por
ella, quién no ha prestado dinero, quién no ha debido, quién no ha
abandonado alguna cosa que le importase, por otra que le gustase, quién
no se casa en fin?... Todos lo somos; pero así como no se llama locos
sino a aquellos cuya locura no está en armonía con la de los más, así
sólo se llama _calaveras_ a aquellos cuya serie de acciones continuadas
son diferentes de las que los otros tuvieran en iguales casos.
El _calavera_ se divide y subdivide hasta lo infinito, y es difícil
encontrar en la naturaleza una especie que presente al observador mayor
número de castas distintas: tienen todas, empero, un tipo común de donde
parten, y en rigor sólo dos son las calidades esenciales que determinan
su ser, y que las reúnen en una sola especie: en ellas se reconoce al
_calavera_, de cualquier casta que sea.
1.º El _calavera_ debe tener por base de su ser lo que se llama talento
natural por unos; despejo por otros; viveza por los más: entiéndase esto
bien; talento natural: es decir, no cultivado. Esto se explica: toda
clase de estudio profundo, o de extensa instrucción, sería lastre
demasiado pesado que se opondría a esa ligereza, que es una de sus más
amables calidades.
2.º El _calavera_ debe tener lo que se llama en el mundo poca aprensión.
No se interprete esto tampoco en mal sentido. Todo lo contrario. Esta
poca aprensión es aquella indiferencia filosófica con que considera el
qué dirán el que no hace más que cosas naturales, el que no hace cosas
vergonzosas. Se reduce a arrostrar en todas nuestras acciones la
publicidad, a vivir ante los otros, más para ellos que para uno mismo.
El _calavera_ es un hombre público cuyos actos todos pasan por el tamiz
de la opinión, saliendo de él más depurados. Es un espectáculo cuyo
telón está siempre descorrido; quítensele los espectadores, y adiós
teatro. Sabido es que con mucha aprensión no hay teatro.
El talento natural, pues, y la poca aprensión, son las dos cualidades
distintas de la especie: sin ellas no será _calavera_. Un tonto, un
timorato del qué dirán, no lo serán jamás. Sería tiempo perdido.
El _calavera_ se divide en silvestre y doméstico.
El _calavera silvestre_ es un hombre de la plebe, sin educación ninguna
y sin modales; es el capataz del barrio, tiene honores de jaque, habla
andaluz; su conversación va salpicada de chistes; enciende un cigarro en
otro, escupe por el colmillo; convida siempre, y nadie paga donde está
él; es chulo nato; dos cosas son indispensables a su existencia: la
querida, que es manola, condición _sine qua non_, y la navaja que es
grande; por un quítame allá esas pajas le da honrosa sepultura en un
cuerpo humano. Sus manos siempre están ocupadas: o empaqueta el cigarro,
o saca la navaja, o tercia la capa, o se cala el chapeo, o se aprieta la
faja, o vibra el garrote: siempre está haciendo algo. Se le conoce a
larga distancia, y es bueno dejarle pasar como al jabalí. ¡Ay del que
mire a su Dulcinea! ¡Ay del que la tropiece! Si es hombre de levita,
sobre todo, si es señorito delicado, más le valiera no haber nacido. Con
esa especie está a matar, y la mayor parte de sus _calaveradas_ recaen
sobre ella; se perece por asustar a uno, por desplumar a otro. El
_calavera silvestre_ es el gato del lechuguino: así es que éste le ve
con terror; de quimera en quimera, de qué se me da a mí en qué se me da
a mí, para en la cárcel; a veces en presidio, pero esto último es raro:
se diferencia esencialmente del ladrón en su condición generosa: da y no
recibe; puede ser homicida, nunca asesino. Este _calavera_ es
esencialmente español.
El _calavera doméstico_ admite diferentes grados de civilización, y su
cuna, su edad, su profesión, su dinero le subdividen después en diversas
castas. Las principales son las siguientes: