si hubiera entrado un perro. ¿Va usted a ver un establecimiento público?
Vea usted qué caras, qué voz, qué expresiones, qué respuestas, qué
grosería. Sea usted Grande de España; lleve usted un cigarro encendido.
No habrá aguador ni carbonero que no le pida la lumbre, y le detenga en
la calle, y le manosee y empuerque su tabaco, y se le vuelva apagado.
¿Tiene usted criados? Haga usted cuenta que mantiene unos cuantos
amigos; ellos llaman por su apellido seco y desnudo a todos los que lo
sean de usted, hablan cuando habla usted, y hablan ellos... ¡Señor,
señor! ¿entre qué gentes estamos? ¿Qué orgullo es el que impide a las
clases ínfimas de nuestra sociedad acabar de reconocer el puesto que en
el trato han de ocupar? ¿Qué trueque es éste de ideas y de costumbres?
Mi francés había hecho todas estas observaciones, pero no había hecho la
principal; faltábale observar que nuestro país es el país de las
anomalías; así que, al concluirse el día:--Amigo--me dijo,--yo he
viajado mucho; ni en Europa, ni en América, ni en parte alguna del
mundo, he visto menos aristocracia en el trato de los hombres; este es
el país adonde yo me vendría a vivir; aquí todos los hombres son unos;
se cree estar en la antigua Roma. En llegando a París voy a publicar un
opúsculo en que pruebe que la España es el país más dispuesto a
recibir...
--Alto ahí, señor observador de un día--dije a mi extranjero
interrumpiéndole;--adivino la idea de usted. Las observaciones que ha
hecho usted hoy son ciertas; la observación general, empero, que de
ellas deduce usted, es falsa; esa es una anomalía como otras muchas que
nos rodean y que sólo se podrían explicar entrando en pormenores que no
son del momento; éste es, desgraciadamente, el país menos dispuesto a lo
que usted cree, por más que le parezcan a usted todos unos. No confunda
usted la debilidad de la senectud con la de la niñez: ambas son
debilidad; las causas son, no obstante, diferentes; esa franqueza, esa
aparente confusión y nivelamiento extraordinario, no es el de una
sociedad que acaba, es el de una sociedad que empieza, porque yo llamo
empezar...
--¡Oh! sí, sí, entiendo. _¡C'est drôle! ¡C'est drôle!_--repetía mi
francés.
--Ahí verá usted--repetía yo--entre qué gentes estamos.
LAS CASAS NUEVAS
«La constancia es el recurso de los feos--dice la célebre Ninón de
Lenclos en sus lindas cartas al marqués de Sevigné;--las personas de
mérito, que saben que por donde quiera han de encontrar ojos que se
prenden de ellas, no se curan de conservar la prenda conquistada; los
feos, los necios, los que viven seguros de que difícilmente podrán
encontrar quien llene el vacío de su corazón, se adhieren al amor que
una vez por acaso encontraron, como las ostras a las peñas que en el mar
las sostienen y alimentan.
»Estos son generalmente los que, temerosos de perder el bien, que
conocen no merecer, preconizan la constancia, la erigen en virtud y
hacen con ella el tormento de una vida que deben llenar la variedad y la
sucesión de sensaciones tan vivas como diferentes.»
Aquella máxima de coqueta, al parecer ligera, si no es siempre cierta,
porque no a todos les es dado el poder ser inconstantes, es sin embargo
profunda y filosófica, y aun puede, fuera del amor, encontrar más de una
exacta aplicación. Pero mi propósito no es hundirme en consideraciones
metafísicas acerca del amor; tengamos lástima al que le ha dejado tomar
incremento en su corazón, y pasemos como sobre ascuas sobre tan
quisquilloso argumento. El hecho es que no tenía yo la edad todavía de
querer ni de ser querido, cuando entre otras varias obras francesas que
en mis manos cayeron, hacía ya un papel muy principal la de la famosa
cortesana citada. Chocome aquella máxima, y fuese pueril vanidad, fuese
temor de que por apocado me tuviesen, adoptela por regla general de mis
aficiones. Tuve que luchar en un principio con la costumbre, que es en
el hombre hija de la pereza y madre de la constancia. El hombre,
efectivamente, se contenta muchas veces con las cosas tales cuales las
encuentra, por no darse a buscar otras, como se figura acaso difícil
encontrarlas; una vez resignado por pereza, se aficiona por costumbre a
lo que tiene y le rodea; y una vez acostumbrado, tiene la bondad de
llamar constancia a lo que es en él casi naturaleza. Pero yo luché y al
cabo de poco tiempo de ese empeño de cerrar mi corazón a las aficiones
que pudieran llegar a dominarle, agregado esto a la necesidad de viajar
y variar de objetos, en que las revoluciones del principio del siglo
habían puesto a mi familia, lograron hacer de mí el ser más veleidoso
que ha nacido. Pesándome de ver a las mismas gentes todos los días, no
hay amigo que me dure una semana; no hay tertulia adonde pueda concurrir
un mes entero; no hay hermosa que me lo parezca todos los días, ni fea
que no me encante una vez siquiera al mes; esto me hace disfrutar de
inmensas ventajas, porque sólo se puede soportar a las gentes los quince
primeros días que se las conoce. ¡Qué de atenciones en ellas! ¡Qué de
sinceros ofrecimientos! ¿Pasaron aquéllos? ¿Se intimó la amistad?
¡Adiós! como ya de cualquier modo tienen cumplido con usted, todos son
desaires, todas crudas y ácidas respuestas. Pesándome comer siempre los
mismos alimentos, hoy como a la francesa, mañana a la inglesa, un día
ceno y otro meriendo; ni tengo horas fijas ni hago comida con concierto.
Y esto tiene la ventaja de predisponerme para el cólera. Pesándome
hablar siempre en español, tengo amigos franceses sólo para hablar en
francés una hora al día; me trato con los operistas para hablar una vez
a la semana en italiano; aprendí griego por conocer una lengua que no
habla nadie; y sufro las impertinencias de un inglés a quien trato, por
darme a entender en el idioma en que decía Carlos V que hablaría a los
pájaros. Pesándome de que me llamen todos los días, desde el año 9 en
que nací, por el mismo apellido, cien veces dejé aquél con que vine al
mundo, y ora fui el _Duende satírico_, ora el _Pobrecito hablador_, ora
el _Bachiller Munguía_, ora _Andrés Nipresas_, ora _Fígaro_, ora... y
qué sé yo los muchos nombres que me quedarán aún que tomar en los muchos
años que, Dios mediante, tengo hecho propósito de vivir en este bajo
suelo; porque si alguna cosa hay que no me canse es el vivir; y si he de
decir la verdad, consiste esto en que a fuerza de meditar he venido a
conocer que sólo viviendo podré seguir variando. Por último, y vengamos
al asunto, pesándome de vivir todos los días en una misma casa, la vista
de un cuarto desalquilado hace en mi ánimo el mismo efecto que produce
la picadura del pez en el corazón del anhelante pescador que le tiende
el cebo. Corro a mi casa, pongo en movimiento a mi familia, hágome la
ilusión de que emprendo un viaje, y de cuartel en cuartel, de calle en
calle, de manzana y hasta de piso en piso, recorro alegremente y
reconozco los más recónditos escondrijos y rincones de esta populosa
ciudad. Si la casa es grande: «¡Qué hermosura!--exclamo;--esto es vivir
con desahogo, esto es lujo y magnificencia.» Si es chica: «Gracias a
Dios--me digo,--que salí de esos eternos caserones que nunca bastan
muebles para ellos; ésta es a lo menos recogida, reducida, propia, en
fin, del hombre tan reducido también y limitado.» Si es cuarto bajo: «No
tiene escalera, digo y el hombre no ha nacido para vivir en las
estrellas.» Si es alto el piso: «¡Bendito sea Dios, qué claridad, qué
ventilación y qué pureza de aires!» Si es caro: «¿Qué importa? lo
primero es tener buena habitación.» Si es barato: «Mejor; con eso
emplearé en galas lo que había de invertir en mi vivienda.»
Nadie, pues, más feliz que yo, porque en cuanto a las habladurías y
murmuraciones del mundo perecedero, así me cuido de ellas como de ir a
la Meca. Pero es el caso que tengo un amigo que es de esos hombres que
se dejan impresionar fácilmente por la última persona que oyen, de esos
caracteres débiles, flojos, apáticos, irresolutos, de reata, en fin, que
componen el mayor número en este mundo, que nacieron, por consiguiente,
para obedecer, callar y ser constantemente víctimas, y cuya debilidad es
la más firme columna de los fuertes.
Oyome este amigo las reflexiones que anteceden, y vean ustedes a mi
hombre descontento ya con cuanto le rodea; ya que no lo puede mudar
todo, quiere cuando menos mudar de casa, y hétele buscando conmigo
papeles en los balcones de barrio en barrio, porque ésta es muy de
antiguo la señal que distingue las habitaciones alquilables de esta
capital, sin que yo haya podido dar hasta ahora con el origen de esta
conocida costumbre, ni menos con la de poner los papeles en las esquinas
de los balcones cuando la casa es sólo alquilable para huéspedes.
Las casas antiguas, dijimos, que van desapareciendo de Madrid
rapidísimamente, están reducidas a una o dos enormes piezas y muchos
callejones interminables; son demasiado grandes; son obscuras por lo
general a causa de su mala repartición y combinación de entradas,
salidas, puertas y ventanas.
Dirigímonos, pues, a ver las casas nuevas; esas que surgen de la noche a
la mañana por todas las calles de Madrid; esas que tienen más balcones
que ladrillos y más pisos que balcones; esas por medio de las cuales se
agrupa la población de esta coronada villa, se apiña, se sobrepone y se
aleja de Madrid, no por las puertas, sino por arriba, como se marcha el
chocolate de una chocolatera olvidada sobre las brasas. La población que
se va colocando sobre los límites que encerraron a nuestros abuelos, me
hace el efecto del helado que se eleva fuera de la copa de los sorbetes.
El caso es el mismo: la copa es pequeña y el contenido mucho.
Muchas casas muy lindas vimos. Mi amigo observó, con razón, que se sigue
en todas el método antiguo de construcción: sala, gabinete y alcoba
pegada a cualquiera de estas dos piezas; y siempre en la misma cocina,
donde se preparan los manjares, colocado inoportuna y puercamente el
sitio más desaseado de la casa. ¿No pudiera darse otra forma de
construcción a las casas, de suerte que este sitio quedase separado de
la vivienda, como en otros países lo hemos visto constantemente
observado? ¿No pudieran llegarse a desusar esos vidrios horribles,
desiguales, pequeños, unidos por plomos, generalmente invertidos en las
vidrieras? ¿No se les podrían substituir vidrios de mejor calidad, de
más tamaño, y unidos entre sí con sutiles listones de madera, que harían
siempre mejor efecto a la vista y darían más entrada a la luz? ¿No
convendría desterrar esas pesadas maderas que cierran los balcones,
llenas de inútiles rebajos y costosas labores, sustituyéndoles
puertas-ventanas de hojas más delgadas y lisas? ¿No pudiera
introducirse el uso de las comodísimas chimeneas para las casas, sobre
todo más espaciosas, como se hallan adoptadas en toda Europa? ¿Tanto
perderíamos en olvidar los mezquinos y miserables braseros que nos
abrasan las piernas, dejándonos frío el cuerpo y atufándonos con el
pestífero carbón, y que son restos de los zahumadores orientales
introducidos en nuestro país por los moros? ¿Qué mal haríamos en
desterrar los canalones salientes, cuyo objeto parece ser el de reunir
sobre el pobre transeúnte, además del agua que debía naturalmente caerle
del cielo, toda la que no debía caerle, y en substituirles los conductos
vertederos semejantes a los de correos, pegados a la pared?
Los caseros, más que al interés público, consultan el suyo propio:
aprovechemos terreno; ése es su principio: apiñemos gente en estas
diligencias paradas, y vivan todos como de viaje; cada habitación es en
el día un baúl en que están las personas empaquetadas de pie, y las
cosas en la posición que requiere su naturaleza; tan apretado está todo,
que en caso de apuro todo podría viajar junto sin romperse. Las
escaleras son cerbatanas, por donde pasa la persona como la culebra que
se roza entre dos piedras para soltar su piel. Un poco más de hombre o
un poco menos de escalera, y serán una sola cosa hombre y escalera.
Pero sigamos la historia de mi amigo. No bien hubo visto la blancura de
una de las casas nuevas, la monería de las acomodadas piececitas, el
estado de novedad de las habitaciones del piso tercero, alborózase, y:
--¡Este cuarto es mío!--exclama.
--Pero acabemos de ver.
--Nada, inútil, quiero casa nueva, casa nueva; no hay remedio.
De allá a media hora estábamos ya en casa del casero. Inútil es decir
que el casero tenía mala cara; todos la tienen; es la primera cosa que
hacen en comprando casa; a lo menos tal nos parece siempre a los
inquilinos, sin que esto sea decir que no pueda ser ilusión de óptica.
--¿Qué tiene usted que mandarme?...
--¿Usted es el dueño de la casa que se está haciendo?...
--Sí, señor.
--Hay varios cuartos en la casa.
--Están dados.
--¡Cómo! si no están hechos.
--Ahi verá usted.
--Pero, ¿no habría?...
--Un tercero queda.
--Bueno; he dicho que quiero casa nueva.
--No es tampoco de los más altos, caballero; no tiene más que noventa y
tres escalones y un tramito.
--Ya se ve que no es mucho; se baja uno a Madrid en un momento; quiero
casa nueva.
--¿Pagará usted adelantado?
--Hombre, ¿adelantado? A mí nadie me paga adelantado.
--Pues, déjelo usted.
--¡Ah! no, eso no; bien; pagaré, ¿un mes?
--Tres meses o seis.
--Pero, hombre...
--Dejarlo.
--No, bien, bien, ¿cuánto renta? Es tercero y tiene pocas piezas y
estrechas, y...
--Diez reales diarios; dé usted gracias que no se le pone en doce.
--¡Diez reales!
--Si no acomoda...
--Sí, señor, sí. ¡Cómo ha de ser! ¡Casa nueva!
--Fiador.
--¿Fiador?
--Y abonado.
--Bueno, ¡paciencia! Tengo amigos, el marqués de...
--¿Marqués? no, no, señor.
--El coronel de...
--¿Militar? menos.
--Un mayordomo de semana.
--¿Tiene fuero? no, señor.
--Pero, hombre, ¿adónde he de ir a buscar?
--Ha de tener casa abierta.
--Pero si yo no me trato con taberneros, ni...
--Pues dejarlo.
--¡Voto va!
No hubo más remedio que buscar el fiador; ya daba mi amigo la mudanza a
todos los diablos. Venciéronse por fin las dificultades; ya cogió las
llaves, y cogió al celador, y cogió el padrón, y cogió... ¿qué había de
coger por último? el cielo con las manos, lectores míos. Comenzó la
mudanza; el sofá no cupo por la escalera; fue preciso izarle por el
balcón, y en el camino rompió los cristales del cuarto principal, los
tiestos del segundo, y al llegar al tercero, una de sus propias patas,
que era precisamente la que le había estorbado; si se hubiese roto al
principio, pleito por menos; fue preciso pagar los daños; el bufete
entró como taco en escopeta, haciendo más allá la pared a fuerza de
rascarle el yeso con las esquinas; la cama del matrimonio tuvo que
quedarse en la sala, porque fue imposible meterla en la alcoba; el
hermano de mi amigo, que es tan alto como toda la casa, se levantó un
chichón, en vez de levantar la cabeza, con el techo que estaba hombre en
medio con el piso. En fin, mal que bien, estuvo ya la casa adornada,
pero ¡oh desgracia! mi amigo tiene un suegro sumamente gordo; verdad que
es monstruoso; y es hombre que ha menester dos billetes en la
diligencia para viajar; como a éste no se le podía romper la pata como
al sofá, no hubo forma de meterlo en casa. ¿Qué medio en este conflicto?
¿Reñir con él y separarse porque no cabe en casa? no es decente.
¿Meterlo por el balcón? no es para todos los días. ¡Santo Dios! ¡que no
se hagan las casas en el día para los hombres gordos! En una palabra,
desde ayer están los trastos dentro; mi amigo en la escalera mesándose
los cabellos, luchando entre la casa nueva y el amor filial; y el viejo
en la calle esperando, o a perder carnes o a ganar casa.
EL DUELO
Muy incrédulo sería preciso ser para negar que estamos en el siglo de
las luces y de la más extremada civilización: el hombre ha dado ya con
la verdad, y la razón más severa preside a todas las acciones y
costumbres de la generación del año 1835.
Dejaremos a un lado, por no ser hoy de nuestro asunto, la perfección en
que se ha llegado en punto a religión y a política, dos cosas
esencialísimas en nuestra manera actual de existir, y a que los pueblos
dan toda la importancia que indudablemente se merecen. En el primero no
tenemos preocupación ninguna, no abrigamos el más pequeño error; cuando
decimos con orgullo que el hombre es el ser más perfecto, la hechura más
acabada de la creación, sólo añadimos a las verdades reconocidas otra
verdad más innegable todavía. Hacemos muy bien en tener vanidad. Si
hemos adelantado en política, dígalo la estabilidad que alcanzamos, la
fijación de nuestras ideas y principios: no sólo sabemos ya cuál es el
buen gobierno, el único bueno, el verdadero secreto para constituir y
conservar una sociedad bien organizada, sino que lo sabemos establecer y
lo gozamos con toda paz y tranquilidad. Acerca de sus bases estamos
todos acordes, y es tal nuestra ilustración, que una vez reconocida la
verdad y el interés político de la sociedad, toda guerra civil, toda
discordia, viene a ser imposible entre nosotros; así es que no las hay.
Que hubiese guerra en los tiempos bárbaros y de atraso, en los cuales
era preciso valerse hasta de la fuerza para hacer conocer al hombre cuál
era el Dios a quien había de adorar o el rey a quien había de servir...
nada más natural. Ignorantes entonces los más, y poco ilustrados, no
fijadas sus ideas sobre ninguna cosa, forzoso era que fuesen presa de
multitud de ambiciosos, cuyos intereses estaban encontrados. Empero
ahora, en el siglo de la ilustración, es cosa bien difícil que haya una
guerra en el mundo. Así es que no las hay. Y si las hubiera sería en
defensa de derechos positivos, de intereses materiales, no de un
apellido, no del nombre de un ídolo. La prueba de esto mismo es bien
fácil de encontrar. Esa poca de guerra, que empieza ahora, en nuestras
provincias, es indudablemente por derechos claros y bien entendidos:
sobre todo, si alguno de los partidos contendientes pudiese ir a ciegas
en la lid, e ignorar lo que defiende, no sería ciertamente el partido
más ilustrado, es decir, el liberal. Este bien sabe por lo que pelea;
pelea por lo que tiene, por lo que le han concedido, por lo que él ha
conquistado.
En un siglo en que ya se ven las cosas tan claras, y en que ya no es
fácil abusar de nadie, en el siglo de las luces, una de las cosas sobre
que está más fijada la pública opinión, es el honor, quisicosa que, en
el sentido que en el día le damos, no se encuentra nombrada en ninguna
lengua antigua. Hijo este honor de la Edad Media y de la confluencia de
los Godos y los Arabes, se ha ido comprendiendo y perfeccionando a tal
grado, a la par de la civilización, que en el día no hay una sola
persona que no tenga su honor a su manera: todo el mundo tiene honor.
En los tiempos antiguos, tiempos de confusión y de barbarie, el que ha
faltado a otro, abusaba de cualquier superioridad que le daban las
circunstancias o su atrevimiento, se infamaba a sí mismo, y sin hablar
tanto de honor, quedaba deshonrado. Ahora es enteramente al revés. Si
una persona baja o mal intencionada le falta a usted, usted es el
infamado. ¿Le dan a usted un bofetón? Todo el mundo lo desprecia a
usted, no al que le dio. ¿Le faltan a usted su mujer, su hija, su
querida? Ya no tiene usted honor. ¿Le roban a usted? Usted, robado,
queda pobre, y, por consiguiente, deshonrado. El que le robó que quedó
rico, es un hombre de honor. Va en el coche de usted y es un hombre
decente, caballero. Usted se quedó a pie, es usted gente ordinaria,
canalla. ¡Milagros todos de la ilustración!
En la historia antigua no se ve un solo ejemplo de un duelo. Agamenón
injuria a Aquiles, y Aquiles se encierra en su tienda, pero no le pide
satisfacción. Alcibíades alza el palo sobre Temístocles, y el gran
Temístocles, según una expresión de nuestra moderna civilización, queda
como un cobarde.
El duelo, en medio de la duración del mundo, es una invención de ayer:
cerca de seis mil años se ha tardado en comprender que cuando uno se
porta mal con otro, le queda siempre un medio de enmendar el daño que le
ha hecho, y este medio es matarlo. El hombre es lento en todos sus
adelantos, y si bien camina indudablemente hacia la verdad, suele tardar
en encontrarla.
Pero una vez hallado el desafío, se apresuraron los reyes y los pueblos,
visto que era cosa buena, a erigirlo en ley, y por espacio de muchos
siglos no hubo entre caballeros otra forma de enjuiciar y sentenciar el
combate. El muerto, el caído, era el culpable siempre en aquellos
tiempos; la cosa no ha cambiado por cierto. Siguiendo, empero, el curso
de nuestros adelantos, se fueron haciendo cabida los jueces en la
sociedad, se levantó el edificio de los tribunales con su séquito de
escribanos, notarios, autos, fiscales y abogados, que dura todavía y
parece tener larga vida, y se convino en que los juicios de Dios (así se
había llamado a los desafíos jurídicos, merced al empeño de mezclar
constantemente a Dios en nuestras pequeñeces) eran cosa mala. Los reyes
entonces alzaron la voz en nombre del Altísimo, y dijeron a los pueblos:
«No más juicios de Dios; en lo sucesivo, nosotros juzgaremos».
Prohibidos los juicios de Dios, no tardaron en prohibirse los duelos;
pero si las leyes dijeron: «No os batiréis», los hombres dijeron: «No os
obedeceremos»; y un autor de muy buen criterio asegura que las épocas de
rigurosa prohibición han sido las más señaladas por el abuso del
desafío. Cuando los delitos llegan a ser de cierto bulto, no hay pena
que los reprima. Efectivamente, decir a un hombre: «No te harás matar,
pena de muerte», es provocarlo a que se ría del legislador cara a cara;
es casi tan ridículo como la pena de muerte establecida en algunos
países contra el suicidio; sabia ley que determina que se quite la vida
a todo el que se mate, sin duda para su escarmiento.
Se podría hacer a propósito de esto la observación general de que sólo
se han obedecido en todos tiempos las leyes que han mandado hacer a los
hombres su gusto; las demás se han infringido y han acabado por caducar.
El lector podrá sacar de esto alguna consecuencia importante.
Efectivamente, al prohibir los duelos en distintas épocas, no se ha
hecho más que lo que haría un jardinero que tirase la fruta queriendo
acabarla; el árbol en pie todos los años volvería a darle nueva tarea.
Mientras el honor siga entronizado donde se le ha puesto; mientras la
opinión pública valga algo, y mientras la ley no esté de acuerdo con la
opinión pública, el duelo será una consecuencia forzosa de esta
contradicción social. Mientras todo el mundo se ría del que se deje
injuriar impunemente, o del que acuda a un tribunal para decir: «Me han
injuriado», será forzoso que todo agraviado elija entre la muerte y una
posición ridícula en sociedad. Para todo corazón bien puesto, la duda no
puede ser de larga duración: y el mismo juez que con la ley en la mano
sentencia a pena capital al desafiado indistintamente o al agresor, deja
acaso la pluma para tomar la espada en desagravio de una ofensa
personal.
Por otra parte, si se prescinde de la porción de preocupación más o
menos visible o sublime del pundonor, y si se considera en el duelo el
mero hecho de satisfacer una cuenta personal, diré francamente que
comprendo que el asesino no tenga derecho a quitar la vida a otro, por
dos razones: primera, porque se la quita contra su gusto, siendo suya;
segunda, porque él no da nada en cambio.
Los duelos han tenido sus épocas y sus fases enteramente distintas: en
un principio se batían los duelistas a muerte, a todas armas, y tras
ellos sus segundos: cada injuria producía entonces una escaramuza.
Posteriormente se introdujo el duelo a primera sangre; el primero lo
comprendo sin disculparlo; el segundo ni lo comprendo ni lo disculpo; es
de todas las ridiculeces la mayor: los padrinos o testigos han sucedido
a los segundos, y su incumbencia en el día se reduce a impedir que su
mala fe abuse del valor o del miedo. Al arma blanca se substituye muchas
veces la pistola, arma de cobarde, con que nada le queda que hacer al
valor sino morir; en que la destreza es infame si hay superioridad, e
inútil si hay igualdad.
La libertad, empero, si no es la licencia de mi imaginación, me ha
llevado más lejos de lo que yo pretendía ir: al comenzar este artículo
no era mi objeto explorar si las sociedades modernas entienden bien el
honor, ni si esta palabra es algo; individuo de ellas y amamantado con
sus preocupaciones, no seré yo quien me ponga de parte de unas leyes que
la opinión pública repugna, ni menos de parte de una costumbre que la
razón reprueba. Confieso que pensaré siempre en este particular como
Rousseau, y los más rígidos moralistas y legisladores, y obraré como el
primer calavera de Madrid. ¡Triste lote del hombre el de la
inconsecuencia!