No quiero hablar de las infinitas visitas ceremoniosas que antes de la

hora de comer entraron y salieron en aquella casa, entre las cuales no

eran de despreciar todos los empleados de su oficina con sus señoras y

sus niños y sus capas y sus paraguas y sus chanclos y sus perritos;

déjome en blanco los necios cumplimientos que dijeron al señor de los

días; no hablo del inmenso círculo con que guarnecía la sala el concurso

de tantas personas heterogéneas, que hablaron de que el tiempo iba a

mudar, y de que en invierno suele hacer más frío que en verano. Vengamos

al caso: dieron las cuatro y nos hallamos solos los convidados.

Desgraciadamente para mí, el señor de X., que debía divertirnos tanto,

gran conocedor de convites, había tenido la habilidad de ponerse malo

aquella mañana; el famoso T. se hallaba oportunamente comprometido para

otro convite; y la señorita que tan bien había de cantar y tocar, estaba

ronca, en tal disposición, que se asombraba ella misma de que se le

entendiera una sola palabra, y tenía un panadizo en un dedo. ¡Cuántas

esperanzas desvanecidas!

--Supuesto que estamos los que hemos de comer--exclamó don

Braulio,--vamos a la mesa, querida mía.

--Espera un momento--le contestó su esposa casi al oído;--con tanta

visita yo he faltado unos momentos de allá dentro, y...

--Bien, pero mira que son las cuatro...

--Al instante comeremos.

Las cinco eran cuando nos sentábamos a la mesa.

--Señores--dijo el anfitrión, al vernos vacilar acerca de nuestras

respectivas colocaciones;--exijo la mayor franqueza: en mi casa no se

usan cumplimientos. ¡Ah, Fígaro! quiero que estés con toda comodidad;

eres poeta, y además, estos señores, que saben nuestras íntimas

relaciones, no se ofenderán si te prefiero; quítate el frac, no sea que

le manches.

--¿Qué tengo de manchar?--le respondí, mordiéndome los labios.

--No importa; te daré una chaqueta mía; siento que no haya para todos.

--No hay necesidad.

--¡Oh, sí, sí! ¡mi chaqueta! Toma, mírala; un poco ancha te vendrá.

--Pero, Braulio,..

--¡No hay remedio, no te andes con etiquetas!

Y en esto me quita él mismo el frac, _velis_, _nolis_, y quedo sepultado

en una cumplida chaqueta rayada, por la cual sólo asomaba los pies y la

cabeza, y cuyas mangas no me permitirían comer probablemente. Dile las

gracias: al fin el hombre creía hacerme un obsequio.

Los días en que mi amigo no tiene convidados se contenta con una mesa

baja, poco más que banqueta de zapatero, porque él y su mujer, como

dice, ¿para qué quieren más? Desde la tal mesita, y como se sube el

agua del pozo, hace subir la comida hasta la boca, adonde llega goteando

después de una larga travesía; porque pensar que estas gentes han de

tener una mesa regular y estar cómodos todos los días del año es pensar

en lo excusado. Ya se concibe, pues, que la instalación de una gran mesa

de convite era un acontecimiento en aquella casa; así que se había

creído capaz de contener catorce personas que éramos, una mesa donde

apenas podrían comer ocho cómodamente. Hubimos de sentarnos de medio

lado, como quien va a arrimar el hombro a la comida, y entablaron los

codos de los convidados íntimas relaciones entre sí, con la más

fraternal inteligencia del mundo.

Colocáronme, por mucha distinción, entre un niño de cinco años

encaramado en unas almohadas que era preciso enderezar a cada momento,

porque las ladeaba la natural turbulencia de mi joven _ad látere_, y uno

de esos hombres que ocupan en el mundo el espacio y sitio de tres, cuya

corpulencia por todos lados se salía de madre de la única silla en que

se hallaba sentado, digámoslo así, como en la punta de una aguja.

Desdobláronse silenciosamente las servilletas, nuevas a la verdad,

porque tampoco eran muebles en uso para todos los días, y fueron izadas

por todos aquellos buenos señores a los ojales de sus fraques, como

cuerpos intermedios entre las salsas y las solapas.

--Ustedes harán penitencia, señores--exclamó el anfitrión, una vez

sentado;--pero hay que hacerse cargo de que no estamos en Genieys--frase

que creyó preciso decir.

--Necia afectación es ésta, si es mentira--dije yo para mi;--y si es

verdad, gran torpeza convidar a los amigos a hacer penitencia.

Desgraciadamente no tardé mucho en conocer que había en aquella

expresión más verdad de la que mi buen Braulio se figuraba.

Interminables y de mal gusto fueron los cumplimientos con que para dar y

recibir cada plato nos aburrimos unos a otros.

--Sírvase usted.

--Hágame usted el favor.

--De ninguna manera.

--No lo recibiré.

--Páselo usted a la señora.

--Está bien ahí.

--Perdone usted.

--Gracias.

--¡Sin etiqueta, señores!--exclamó Braulio, y se echó el primero con su

propia cuchara.

Sucedió a la sopa un cocido surtido de todas las sabrosas impertinencias

de este engorrosísimo, aunque buen plato; cruza por aquí la carne; por

allá la verdura; acá los garbanzos; allá el jamón; la gallina por la

derecha; por medio el tocino; por la izquierda los embuchados de

Extremadura. Siguiole un plato de ternera mechada, que Dios maldiga, y a

éste otros, y otros y otros; mitad traídos de la fonda, que esto basta

para que excusemos hacer su elogio; mitad hechos en casa por la criada

de todos los días, por una vizcaína auxiliar tomada al intento para la

festividad, y por el ama de la casa, que en semejantes ocasiones debe

estar en todo, y por consiguiente suele no estar en nada.

--Este plato hay que disimularle--decía ésta de unos pichones;--están un

poco quemados...

--Pero mujer...

--Hombre, me aparté un momento, ¡y ya sabes lo que son las criadas!

--¡Qué lástima que este pavo no haya estado media hora más al fuego!

--Se puso algo tarde.

--¿No les parece a ustedes que está algo ahumado este estofado?

--¡Qué quieres! una no puede estar en todo.

--¡Oh, está excelente, excelente!--exclamábamos todos, dejándonoslo en

el plato;--¡excelente!...

--Este pescado está pasado.

--Pues en el despacho de la diligencia del fresco dijeron que acababa de

llegar, ¡el criado es tan bruto!

--¿De dónde se ha traído este vino?

--En eso no tienes razón, porque es...

--¡Es malísimo!

Estos diálogos cortos iban exornados con una infinidad de miradas

furtivas del marido para advertir continuamente a su mujer alguna

negligencia, queriendo darnos a entender entrambos a dos, que estaban

muy al corriente de las fórmulas que en semejantes casos se reputan en

finura, y que todas las torpezas eran hijas de los criados, que nunca

han de aprender a servir. Pero estas negligencias se repetían tan a

menudo, servían tan poco ya las miradas, que le fue preciso al marido

recurrir a los pellizcos y a los pisotones; y ya la señora, que a duras

penas había podido hacerse superior hasta entonces a las persecuciones

de su esposo, tenía la faz encendida y los ojos llorosos.

--Señora, no se incomode usted por eso--le dijo el que a su lado tenía.

--¡Ah! les aseguro a ustedes que no vuelvo a hacer estas cosas en casa;

ustedes no saben lo que es esto; otra vez, Braulio, iremos a la fonda, y

no tendrás...

--Usted, señora mía, hará lo que...

--¡Braulio! ¡Braulio!...

Una tormenta espantosa estaba a punto de estallar; empero, todos los

convidados a porfía probamos a aplacar aquellas disputas, hijas del

deseo de dar a entender la mayor delicadeza, para lo cual no fue poca

parte la manía de Braulio y la expresión concluyente que dirigió de

nuevo a la concurrencia, acerca de la inutilidad de los cumplimientos,

que así llama él a estar bien servido y al saber comer. ¿Hay nada más

ridículo que estas gentes que quieren pasar por finas en medio de la más

crasa ignorancia de los usos sociales? ¿Que para obsequiarle le obligan

a usted a comer y beber por fuerza, y no le dejan medio de hacer su

gusto? ¿Por qué habrá gentes que sólo quieren comer con alguna más

limpieza los días de días?

A todo esto, el niño que a mi izquierda tenía, hacía saltar las

aceitunas a un plato de magras con tomate, y una vino a parar a uno de

mis ojos, que no volvió a ver claro en todo el día; y el señor gordo de

mi derecha había tenido la precaución de ir dejando en el mantel, al

lado de mi pan, los huesos de las suyas, y los de las aves que había

roído; el convidado de enfrente, que se preciaba de trinchador, se había

encargado de hacer la autopsia de un capón, o sea gallo, que esto nunca

se supo; fuese por la edad avanzada de la víctima, fuese por los

ningunos conocimientos anatómicos del victimario, jamás parecieron las

coyunturas.

--¡Este capón no tiene coyunturas!--exclamaba el infeliz, sudando y

forcejeando, más como quien cava que como quien trincha.

¡Cosa más rara! En una de las embestidas resbaló el tenedor sobre el

animal, como si tuviera escama, y el capón, violentamente despedido,

pareció querer tomar el vuelo como en sus tiempos más felices, y se posó

en el mantel tranquilamente, como pudiera hacerlo en un palo de

gallinero.

El susto fue general y la alarma llegó a su colmo cuando un surtidor de

caldo, impulsado por el animal furioso, saltó a inundar mi limpísima

camisa; levántase rápidamente, a este punto, el trinchador, con ánimo de

cazar el ave prófuga, y al precipitarse sobre ella, una botella que

tiene a la derecha, con la que tropieza su brazo, abandonando la

posición perpendicular, derrama un abundante caño de Valdepeñas sobre el

capón y el mantel; corre el vino, auméntase la algazara, llueve la sal

sobre el vino para salvar el mantel; para salvar la mesa se ingiere por

debajo de él una servilleta, y una eminencia se levanta sobre el teatro

de tantas ruinas.

Una criada, toda azorada, retira el capón en el plato de su salsa; al

pasar sobre mí hace una pequeña inclinación, y una lluvia maléfica de

grasa desciende, como el rocío sobre los prados, a dejar eternas huellas

en mi pantalón color de perla; la angustia y el aturdimiento de la

criada no conocen término; retírase atolondrada, sin acertar con las

excusas; al volverse tropieza con el criado que traía una docena de

platos limpios y una salvilla con las copas para los vinos generosos, y

toda aquella máquina viene al suelo con el más horroroso estruendo y

confusión.

--¡Por San Pedro!--exclama, dando una voz, Braulio, difundida ya sobre

sus facciones una palidez mortal, al paso que brota fuego el rostro de

su esposa.--Pero sigamos, señores, no ha sido nada--añade, volviendo en

sí.

¡Oh honradas casas donde un modesto cocido y un principio final

constituyen la felicidad diaria de una familia! ¡Huid del tumulto de un

convite de días! ¡Sólo la costumbre de comer y servirse bien

diariamente, puede evitar semejantes destrozos!

¿Hay más desgracias? ¡Santo cielo! ¡Sí, las hay para mí, infeliz! Doña

Juana, la de los dientes negros y amarillos, me alarga de su plato y

con su propio tenedor una fineza, que es indispensable aceptar y

tragar; el niño se divierte en despedir a los ojos de los concurrentes

los huesos descarnados de las cerezas; don Leandro me hace probar el

manzanilla exquisito, que he rehusado, en su misma copa, que conserva

las indelebles señales de sus labios grasientos; mi gordo fuma ya sin

cesar y me hace cañón de su chimenea; por fin, ¡oh última de las

desgracias! Crece el alboroto y la conversación; roncas ya las voces

piden versos y décimas, y no hay más poeta que Fígaro...

--¡Es preciso! ¡Tiene usted que decir algo!--exclaman todos.

--Désele pie forzado; que diga una copla a cada uno.

--Yo le daré el pie: _a don Braulio en este día_.

--¡Señores, por Dios!

--No hay remedio.

--En mi vida he improvisado.

--No se haga usted el chiquito.

--¡Me marcharé!

--¡Cerrar la puerta! No se sale de aquí sin decir algo.

Y digo versos, por fin, y vomito disparates, y los celebran, y crece la

bulla y el humo y el infierno.

A Dios gracias, logro escaparme de aquel nuevo Pandemonio. Por fin, ya

respiro el aire fresco y desembarazado de la calle; ya no hay necios, ya

no hay castellanos viejos a mi alrededor.

--¡Santo Dios, yo te doy gracias--exclamo respirando como el ciervo que

acaba de escaparse de una docena de perros y que oye ya apenas sus

ladridos;--pero de aquí en adelante no te pido riquezas, no te pido

empleos, ni honores; líbrame de los convites caseros y de días de días;

líbrame de estas casas en que es un convite un acontecimiento; en que

sólo se pone la mesa decente para los convidados; en que creen hacer

obsequios cuando dan mortificaciones; en que se hacen finezas, en que se

dicen versos, en que hay niños, en que hay gordos, en que reina, en fin,

la brutal franqueza de los castellanos viejos! ¡Quiero que, si caigo de

nuevo en tentaciones semejantes, me falte un _roastbeef_, desaparezca

del mundo el _beefsteak_, se anonaden los timbales de macarrones, no

haya pavos en Perigueux, ni pasteles en Périgord, se sequen los viñedos

de Burdeos, y beban, en fin, todos menos yo, la deliciosa espuma del

champaña!

Concluida mi deprecación mental, corro a mi habitación a despojarme de

mi camisa y de mi pantalón, reflexionando en mi interior que no son unos

todos los hombres, puesto que los de un mismo país, acaso de un mismo

entendimiento, no tienen unas mismas costumbres, ni una misma

delicadeza, cuando ven las cosas de tan distinta manera. Vístome, y

vuelvo a olvidar tan funesto día entre el corto número de gentes que

piensan, que viven sujetas al provechoso yugo de una buena educación,

libre y desembarazada, y que fingen acaso estimarse y respetarse

mutuamente, para no incomodarse, al paso que las otras hacen ostentación

de incomodarse, y se ofenden y se maltratan, queriéndose y estimándose

tal vez verdaderamente.

¿ENTRE QUE GENTES ESTAMOS?

Henos aquí refugiándonos en las costumbres; no todo ha de ser siempre

política; no todos facciosos. Por otra parte, no son las costumbres el

último ni el menos importante objeto de las reformas. Sirva, pues, sólo

este pequeño preámbulo para evitar un chasco al que forme grandes

esperanzas sobre el título que llevan al frente estos renglones, y vamos

al caso.

No hace muchos días que la llegada inesperada a Madrid de un extranjero,

antiguo amigo mío de colegio, me puso en la obligación de cumplir con

los deberes de la hospitalidad. Acaso sin esta circunstancia, nunca

hubiese yo solo realizado la observación sobre que gira este artículo.

La costumbre de ver y oír diariamente los dichos y modales que son la

moneda de nuestro trato social, es culpa de que no salte su extrañeza

tan fácilmente a nuestros sentidos; mi amigo no pudo menos de abrirme el

camino que el hábito tenía cerrado a mi observación.

Necesitábamos hacer varias visitas: «¡Un carruaje!» dijimos; pero un

coche es pesado; un cabriolé será más ligero: no bien lo habíamos dicho,

ya estaba mi criado en casa de uno de los mejores alquiladores de esta

corte, sobre todo, de esos que llevan dinero por los que llaman _bombés

decentes_, donde encontró, efectivamente, uno sobrante y desocupado,

que, para calcular cómo sería el maldecido, no se necesitaba saber más.

Dejó mi criado la señal que le pidieron, y dos horas después ya estaba

en la puerta de mi casa un birlocho pardo con varias capas de polvo de

todos los días y calidades, el cual no le quitaban nunca porque no se

viese el estado en que estaba, y aun yo tuve para mí que lo debían de

sacar en los días de aire a tomar polvo para que le encubriese las macas

que tendría. Que las ruedas habían rodado hasta entonces, no se podía

dudar; que rodarían siempre y que no harían rodar por el suelo al que

dentro fuese de aquel inseguro mueble, eso era ya otra cuestión: que el

caballo había vivido hasta aquel punto no era dudoso; que viviría dos

minutos más, eso era precisamente lo que no se podía menos de dudar

cada vez que tropezaba con su cuerpo, no perecedero, sino ya perecido,

la curiosa visual del espectador. Cierto ruido desapacible de los

muelles y del eje le hacía sonar a hierro como si dentro llevara medio

Rastro. Peor vestido que el birlocho estaba el criado que le servía, y

entre la vida del caballo y la suya no se podía atravesar

concienzudamente la apuesta de un solo real de vellón: por lo mal

comidos, por lo estropeados, por la vida, en fin, del caballo y el

lacayo, por la completa semejanza y armonía que en ambos entes

irracionales se notaba, hubiera creído cualquiera que eran gemelos, y

que no sólo habían nacido a un mismo tiempo, sino que a un mismo tiempo

iban a morir. Si andaba el birlocho, era un milagro; si estaba parado,

un capricho de Goya. Fue preciso conformarnos con este elegante mueble:

subí, pues, a él y tomé las riendas, después de haberse sentado en él mi

amigo el extranjero. Retirose el lacayo cuando nos vio en tren de

marchar, y fue a subir a la trasera; sacudí mi fusta sobre el animal,

con mucho tiento por no acabarle de derrengar: mas, ¿cuál fue mi

admiración, cuando siento bajar el asiento y veo alzarse las varas

levantando casi del suelo al infeliz animal, que parecía un espíritu

desprendiéndose de la tierra? ¿Y qué dirán ustedes que era? que el

birlocho venía sin barriguera, y lo mismo fue poner el lacayo la planta

sobre la zaga, que, a manera de balanza, vino a tierra el mayor peso, y

subió al cielo la ligera resistencia del que _tantum pellis et ossa

fuit_.

--Esto no es conmigo--exclamé;--bajamos del birlocho, y a pie nos fuimos

a quejar y reclamar nuestra señal a casa del alquilador. Preguntamos y

volvimos a preguntar, y nadie respondía, que aquí es costumbre muy

recibida: pareció por fin un hombre, digámoslo así, y un hombre tan mal

encarado como el birlocho: expúsele el caso, y pedíle mi señal en vista

de que yo no alquilaba el birlocho para tirar de él, sino para que

tirase él de mí.

--¿Qué tiene usted que pedirle a ese birlocho y a esa jaca sobre

todo?--me dijo echándome a la cara una interjección expresiva y una

bocanada de humo de un maldito cigarro de dos cuartos.

Después de semejante entrada nada quedaba que hablar.

--Veale usted despacio--le contesté, sin embargo.

--Pues no hay otro--siguió diciendo;--y volviéndome la espalda:--¡A

París por gangas!--añadió.

--Diga usted, señor grosero--le repuse,--ya en el colmo de la cólera,

¿no se contentan ustedes con servir de esta manera, sino que también se

han de aguantar sus malos modos? ¿Usted se pone aquí para servir, o para

mandar al público? Pudiera usted tener más respeto y crianza para los

que son más que él.

Aquí me echó el hombre una ojeada de arriba abajo, de estas que

arrebañan a la persona mirada; de éstas que van acompañadas de un gesto

particular de los labios; de éstas que no se ven sino entre los majos

del país.

--Nadie es más que yo, don caballero o don lechuga; si no acomoda,

dejarlo. ¡Mire usted con lo que se viene el seor levosa! A ver, chico,

saca un bombé nuevo; ¡ahí en el bolsillo de mi chaqueta debo tener uno!

Y al decir esto, salió una mujer y dos o tres mozos de cuadra; y

llegáronse a oír cuatro o seis vecinos y catorce o quince curiosos

transeúntes; y como el calesero hablaba en majo y respondía en

desvergonzado, y fumaba y escupía por el colmillo, e insultaba a la

gente decente, el auditorio daba la razón al calesero, y le aplaudía y

soltaba la carcajada, y le animaba a seguir: en fin, sólo una retirada a

tiempo pudo salvarnos de alguna cosa peor, por la cual se preparaba a

hacernos pasar el concurso que allí se había reunido.

--¿Entre qué gentes estamos?--me dijo el extranjero asombrado.--¡Qué

modos tan raros se usan en este país!

--¡Oh! es casual--le respondí algo avergonzado de la inculpación,--y

seguimos nuestro camino.

El día había empezado mal, y yo soy supersticioso con estos días que

empiezan mal: acaban peor.

Tenía mi amigo que arreglar sus papeles, y fue preciso acompañarle a una

oficina de policía.

--¡Aquí verá usted--le dije--otra amabilidad y otra finura!

La puerta estaba abierta y naturalmente nos entrábamos; pero no habíamos

andado cuatro pasos, cuando una especie de portero vino a nosotros,

gritándonos:

--¡Eh, hombre! ¿a dónde va usted? ¡fuera!

--Este es pariente del calesero--dije yo para mí.

Salimos fuera, y sin embargo, esperamos el turno. Vamos, adentro.

--¿Qué hacen ustedes ahí parados?--dijo de allí a un rato para darnos a

entender que ya podíamos entrar.

Entramos, saludamos, nos miraron dos oficinistas de arriba abajo, no

creyeron que debían contestar al saludo, se pidieron mutuamente papel y

tabaco, echaron un cigarro, nos volvieron la espalda, y a una indicación

mía para que nos despachasen, en atención a que el Estado no les pagaba

para fumar sino para despachar los negocios:

--Tenga usted paciencia--respondió uno,--que aquí no estamos para servir

a usted. A ver--añadió dentro de un rato,--venga eso--y cogió el

pasaporte y lo miró.--¿Y usted quién es?

--Un amigo del señor.

--¿Y el señor? algún francés de esos que vienen a sacarnos los cuartos.

--Tenga usted la bondad de prescindir de insultos, y ver si está ese

papel en regla.

--Ya le he dicho a usted que no sea insolente si no quiere usted ir a la

cárcel.

Brincaba mi extranjero, y yo le veía dispuesto a hacer un disparate.

--Amigo, aquí no hay más remedio que tener paciencia.

--¿Y qué nos han de hacer?

--Mucho y malo.

--Será injusto.

--¡Buena cuenta!

Logré, por fin, contenerle.

--Pues ahora no se le despacha a usted; vuelva usted mañana.

--¿Volver?

--Vuelva usted, y calle usted. Vaya usted con Dios.

Yo no me atrevía a mirar a la cara a mi amigo.

--¿Quién es ese señor tan altanero--me dijo al bajar la escalera--y tan

fino, y tan?... ¿Es algún príncipe?

--Es un escribiente que se cree la justicia y el primer personaje de la

Nación: como está empleado, se cree dispensado de tener crianza.

--Aquí tiene todo el mundo esos mismos modales, según voy viendo.

--¡Oh! no; es casualidad.

--_C'est drôle_--iba diciendo mi amigo, y yo:

--¿Entre qué gentes estamos?

Mi amigo quería hacerse un pantalón, y le llevé a casa de mi sastre.

Esta era más negra: mi sastre es hombre que me recibe con sombrero

puesto, que me alarga la mano y me la aprieta; me suele dar dos

palmaditas o tres, más bien más que menos, cada vez que me ve; me llama

simplemente por mi apellido, a veces por mi nombre como un antiguo

amigo; otro tanto hace con todos sus parroquianos, y no me tutea, no sé

por qué: eso tengo que agradecerle todavía. Mi francés nos miraba a los

dos alternativamente, mi sastre se reía; yo mudaba de colores, pero

estoy seguro que mi amigo salió creyendo que en España todos los

caballeros son sastres o todos los sastres son caballeros. Por supuesto

que el maestro no se descubrió, no se movió de su asiento, no hizo gran

caso de nosotros, nos hizo esperar todo lo que pudo, se empeñó en

regalarnos un cigarro y en dárnoslo encendido él mismo de su boca;

¡cuántas groserías, en fin, suelen llamarse franquezas entre ciertas

gentes! Era por la mañana: la fatiga y el calor nos habían dado sed:

entramos en un café y pedimos sorbetes.

--¡Sorbetes por la mañana!--dijo un mozo con voz brutal y gesto de

burla. ¡Que si quieres!

--¡Bravo!--dije para mí.--¿No presumía yo que el día había empezado

bien? Pues traiga usted dos vasos pequeños de limón...

--¡Vaya, hombre! anímese usted; tómelos usted grandes--nos dijo entonces

el mozo con singular franqueza,--si tiene usted cara de sed.

--Y usted tiene cara de morir de un silletazo--repuse yo ya

incomodado;--sirva usted con respeto, calle, y no se chancee con las

personas que no conoce, y que están muy lejos de ser sus iguales.

Entretanto que esto pasaba con nosotros, en un billar contiguo, diez o

doce señoritos de muy buenas familias, jugaban al billar con el mozo de

éste, que estaba en mangas de camisa, que tuteaba a uno, que sobaba a

otro, insultaba al de más allá, y se hombreaba con todos: todos eran

unos.

--¿Entre qué gentes estamos?--repetía yo con admiración.

--_C'est drôle!_--repetía el francés.

--¿Es posible que nadie sepa aquí ocupar su puesto? ¿Hay tal confusión

de clases y personas? ¿Para qué cansarme en enumerar los demás casos de

este género que en aquel bendito día nos sucedieron? Recapitule el

lector cuántos de éstos le suceden al día y le están sucediendo siempre,

y esos mismos nos sucedieron a nosotros. Hable usted con tres amigos en

una mesa de café: no tardará mucho en arrimarse alguno que nadie del

corro conozca, y con toda franqueza meterá su baza en la conversación.

Vaya usted a comer a una fonda, y cuente usted con el mozo que ha de

servirle como pudiera usted contar con un comensal. El le bordará a

usted la comida con chanzas groseras; él le hará a usted preguntas

fraternales y amistosas... él... Vaya usted a una tienda a pedir algo.

--¿Tiene usted tal cosa?

--No, señor; aquí no hay.

--¿Y sabe usted dónde la encontraría?

--¡Toma! ¡qué sé yo! Búsquela usted. Aquí no hay.

--¿Se puede ver al señor de tal?--dice usted en una oficina.

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