Por fin, ha llegado la noche: merced a los anuncios de los p

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BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN»

MARIANO JOSÉ DE LARRA

FÍGARO

(ARTÍCULOS SELECTOS)

SEGUNDA EDICIÓN

BUENOS AIRES

1907

Imp. y estereotipia de LA NACIÓN.--Buenos Aires.

ÍNDICE

_PÁGS._

Mi nombre y mis propósitos 1

Una primera representación 7

Yo quiero ser cómico 18

El castellano viejo 25

¿Entre qué gentes estamos? 38

Las casas nuevas 47

El duelo 55

El álbum 63

Los calaveras 71

Modos de vivir que no dan de vivir: oficios menudos 87

La fonda nueva 98

La vida en Madrid 105

La diligencia 110

Varios caracteres 119

La Noche Buena de 1836: yo y mi criado: delirio filosófico 124

El mundo todo es máscaras: todo el año es carnaval 134

Empeños y desempeños 149

Cartas a Andrés Niporesas, por el bachiller don Juan de Munguía 160

Ya soy redactor 180

Don Timoteo, o el literato 186

La polémica literaria 195

Don Cándido Buenafé, o el camino de la gloria 202

El hombre pone y Dios dispone, o lo que ha de ser el periodista 210

El siglo en blanco 213

Un periódico nuevo 217

El hombre globo 226

Vuelva usted mañana 235

Cuasi: pesadilla política 247

La sociedad 253

Las palabras 262

Por ahora 265

El ministerial 269

En este país 275

La alabanza, o que me prohíban este 283

Las circunstancias 290

La junta de Castel-o-Branco 295

Nadie pase sin hablar al portero, o los viajeros en Vitoria 306

FÍGARO

DON MARIANO JOSÉ DE LARRA

Nació don MARIANO JOSÉ DE LARRA en Madrid, el 24 de marzo de 1809, para

ejercer grande y casi decisiva influencia en la literatura, y más que en

la literatura en el periodismo de España y de todos los países del habla

castellana,--entre los que está muy lejos de ser excepción el nuestro.

Desconocido en un principio por la crítica, fue desde el primer momento

el mimado del público;--que no siempre deja de ser verdad lo de que

_tout Paris a plus d'esprit que M. de Voltaire_. Y como era un escritor

valiente, un ingenio agudo, un satírico acerbo y un observador de muchos

quilates,--pese a la persecución de los gobiernos y las más mortales

aún, mordeduras de la envidia, Larra se impuso en vida, llegó a ser

gloria en muerte, y fue una vez más la sanción del soberano parecer del

pueblo.

Durante su rápida cuanto fecunda carrera periodística, no tuvo

competidores, y el mismo clásico e ingenuo Mesonero Romanos tuvo que

ceder el paso al maestro--entonces,--y hoy desaparece en la penumbra de

aquella gran sombra. Leer hoy los artículos de ambos, es recordar mañana

exclusivamente a Fígaro.

Y, sin embargo, este hombre que a tales alturas intelectuales alcanzó,

que sus artículos se leen ahora como si aún estuviera fresca la tinta

con que fueron escritos; este hombre, cuyo escepticismo parece el

resultado de larga y amarguísima experiencia; este hombre, cuyos

artículos más insignificantes pueden todavía servir de inspiradores, si

no de modelos,--murió cuando aún estaba por llegar a la madurez, antes

de alcanzar los treinta años. Pero ¿por qué conjeturar lo que

produciría, si basta y sobra con lo producido?

¡Y tanto como basta! Los más brillantes periodistas argentinos son hijos

de Fígaro, si no en otra cosa, en la audacia para romper viejos lazos,

derribar arcaicas supersticiones y rebelarse contra los antiguos e

innocuos catecísmos.

* * * * *

Respecto de la presente edición, sólo añadiremos que se ha cuidado de

seleccionar todo lo más fresco, todo lo más _actual_, que haya brotado

del ingenio de Fígaro, de manera tal, que este libro parezca un

periódico acabado de escribir por él... para mañana.

MI NOMBRE Y MIS PROPÓSITOS

_Figaro._--...Ennuyé de moi, dégoûté des autres... supérieur aux

événements, loué par ceux-ci, blâmé par ceux-là; aidant au bon

temps, supportant le mauvais; me moquant des sots, bravant les

méchants... vous me voyez enfin...

_Le comte._--Qui t'a donné une philosophie aussi gaie?

_Figaro._--L'habitude du malheur. Je me presse de rire de tout, de

peur d'être obligé d'en pleurer.

BEAUMARCHAIS

_Le barbier de Séville_, act. I.

Mucho tiempo hace que tenía yo vehementísimos deseos de escribir acerca

de nuestro teatro, no precisamente porque más que otros le entienda,

sino porque más que otros quisiera que llegasen todos a entenderle. Helo

dejado siempre, porque dudaba las unas veces de que tuviésemos teatro, y

las otras de que tuviese yo habilidad; cosas ambas a dos que creía

necesarias para hablar de la una con la otra.

Otras dudillas tenía además: la primera, si me querrían oír; la segunda,

si me querrían entender; la tercera, si habría quien me agradeciese mi

cristiana intención, y el evidente riesgo en que claramente me pusiera

de no gustar bastante a los unos y disgustar a los otros más de lo

preciso.

En esta no interrumpida lucha de afectos y de ideas me hallaba, cuando

uno de mis amigos (que algún nombre le he de dar) me quiso convencer, no

sólo de que tenemos teatro, sino también de que tengo habilidad; más

fácilmente hubiera creído lo primero que lo segundo, pero él me concluyó

diciendo: que en lo de si tenemos teatro, yo era quien debía de

decírselo al público; y en lo de si tengo habilidad para ello, que el

público era quien me lo había de decir a mí. Acerca del miedo de que no

me quieran oír, asegurome muy seriamente que no sería yo el primero que

hablase sin ser oído, y que como en esto más se trataba de hablar que de

escuchar, más preciso era yo que mi auditorio.

--Ridículo es hablar--me añadió--no habiendo quien oiga; pero todavía

sería peor oír sin haber quien hable.

Acerca de si me querrían entender, me tranquilizó afirmándome que en los

más no estaría el daño en que no quisiesen, sino en que no pudiesen. Y

en lo del riesgo de gustar poco a unos y disgustar mucho a otros:

-¡Pardiez!--me dijo--que os embarazáis en casos de poca monta. Si

hubieren cuantos escriben de pararse en esas bicocas, no veríamos tantos

autores que viven de fastidiar a sus lectores; a más de quedaros siempre

el simple recurso de disgustar a los unos y a los otros, dejándolos a

todos iguales; y si os motejan de torpe, no os han de motejar de

injusto.

Desvanecidas de esta manera mis dudas, quedábame aún que elegir un

nombre muy desconocido que no fuese mío, por el cual supiese todo el

mundo que era yo el que estos artículos escribía; porque esto de decir,

yo soy fulano, tiene el inconveniente de ser claro, entenderlo todo el

mundo y tener visos de pedante; y aunque uno lo sea, bueno es, y muy

bueno, no parecerlo. Díjome el amigo que debía de llamarme Fígaro,

nombre a la par sonoro y significativo de mis hazañas, porque aunque ni

soy barbero, ni de Sevilla, soy, como si lo fuera, charlatán, enredador

y curioso además, si los hay. Me llamo, pues, Fígaro; suelo hallarme en

todas partes; tirando siempre de la manta y sacando a la luz del día

defectillos leves de ignorantes y maliciosos; y por haber dado en la

gracia de ser ingenuo y decir a todo trance mi sentir, me llaman por

todas partes mordaz y satírico; todo porque no quiero imitar al vulgo de

las gentes que, o no dicen lo que piensan, o piensan demasiado lo que

dicen.

Paréceme que por hoy habré hecho lo bastante si me doy a conocer al

público yo y mis intenciones. El teatro será uno de mis objetos

principales, sin que por eso reconozca límites ni mojones determinados

mi inocente malicia, y para que se vea que no soy tan satírico como dan

en suponerlo; mil pequeñeces habrá que deje a un lado continuamente, y

que muy de tarde en tarde haré entrar en la jurisdicción de mi crítica.

Con respecto, por ejemplo, a los actores, y sobre todo a los nuevos que

nos van dando continuamente, y los cuales todos daría el público de

buena gana por uno solo mediano, ya me guardaría yo muy bien de fundar

sobre ellos una sola crítica contra nuestro ilustrado ayuntamiento.

Acaso rija en los teatros la idea de aquel famoso general, de cuyo

nombre no me acuerdo, si bien he de contar el lance que los actores,

muchos, pero malos, me recuerdan.

Hallábase con su gente este general en su posición, y recibió aviso de

que se acercaba a más andar el enemigo.

--Mi general--le dijo su edecán,--¡el enemigo!

--¿El enemigo, eh?--preguntó el general.--Déjele usted que se acerque.

--¡Señor, que ya se le ve!--dijo de allí a un rato el edecán.

--Cierto, ¡ya se le ve!

--¿Y qué hacemos, mi general?--añadió el edecán.

--Mire usted--contestó el general, como hombre resuelto,--mande usted

que le tiren un cañonazo, veremos cómo lo toma.

--¿Un cañonazo, mi general?--dijo el edecán.--Están muy lejos aún.

--No importa, un cañonazo he dicho--repuso el general.

--Pero, señor--contestó el edecán despechado,--un cañonazo no alcanza.

--¿No alcanza?--interrumpió furioso el general con tono de hombre que

desata la dificultad,--¿no alcanza un cañonazo?

--No, señor, no alcanza--dijo con firmeza el edecán.

--Pues bien--concluyó su excelencia,--que tiren dos.

Eso decimos por acá. Darle un actor malo al público a ver cómo lo toma.

¿No alcanza, no gusta? darle dos.

Menos diré, por consiguiente, que tanto los nuevos como los viejos creen

que su oficio es oficio de memoria, y que puede asegurarse sin escrúpulo

de conciencia que los más dicen sus papeles, pero no los hacen, porque

acaso nuestros actores se lleven la idea de un loco que vivía en Madrid,

no hace mucho, solo en su cuarto y sin consentir comunicación con su

familia. Movido de los ruegos de ésta, fuele a visitar un amigo, y en el

desorden de su cuarto notó entre otras cosas que no debía de hacer nunca

su cama; tal estaba ella de malparada.

--¿Pero es posible, señor don Braulio--le dijo el amigo al loco,--es

posible que ni ha de consentir usted que hagan su cama, ni la ha de

hacer usted, ni?....

--No, amigo, no; es mi sistema.

--¿Pero qué sistema?

--Tengo razones.

--¿Razones?

--No, amigo--respondió el loco,--no haré mi cama, no la haré,--y

acercándosele al oído, añadió con aire misterioso;--«no la hagas y no la

temas».

A este refrán se atienen, sin duda, nuestros cómicos cuando no hacen una

comedia. No hacemos la comedia, dicen como el loco, porque «no la hagas

y no la temas».

Pues tan comedido como con los teatros, he de ser, poco más o menos, con

todas las demás cosas. Ni pudiera ser de otra suerte; en política, sobre

todo, y en puntos que atañen al gobierno, ¿qué pudiera hacer un

periodista sino alabar? Como suelen decir, esto se hace sin gana, y si

ya desde hoy no nos soltamos a encomiarlo todo de una vez, es porque

somos como cierto sujeto de Ubeda, cuyo caso no he de callar por vida

mía, mas que en cuentos y relatos me llame el lector pesado.

Había llamado el tal a un pintor, y mandándole hacer un cuadro de las

Once mil vírgenes, y el contrato había sido darle un ducado por virgen,

que por cierto no fue caro. Llevó el pintor el cuadro al cabo de cierto

tiempo, pero era claro que ni cupieran once mil cuerpos en un lienzo, ni

había para qué ponerlas todas; había, pues, imaginado el pintor de Ubeda

figurar un templo de donde iban saliendo, y así sólo podrían contarse

alguna docena en primer término, dos o tres docenas en segundo, e

infinidad de cabezas que de las puertas salían. Contó callandito el

aficionado a vírgenes las que alcanzaba a ver, y preguntole en seguida

al artista cuánto valía el cuadro conforme al contrato. Respondiole

aquel, que claro estaba: que once mil ducados.

--¿Cómo puede ser eso?--le repuso el que había de pagar,--si aquí no

cuento yo arriba de cien cabezas.

--¿No ve vuestra merced--contestó el pintor,--que las demás están en el

templo y por eso no se ven? Pero...

--¡Ah! pues entonces--concluyó el aficionado,--tome vuestra merced por

hoy esos cien ducados que corresponden a las que han salido, y con

respecto a las demás yo se las iré pagando a vuestra merced conforme

vayan saliendo.

Vaya, pues, haciendo nuestro ilustrado gobierno de las suyas, que

conforme ellas vayan saliendo, nosotros se las iremos alabando.

Así que, me iré muy a la mano en estas y en todas las materias, y antes

de pronunciar que hay una sola cosa reprensible, veré cómo y cuando, y a

quien lo digo, asegurando desde ahora que no sé qué ángel malo me

inspira esta maldita tentación de reformar, y que entro en esta

obligación con la misma disposición de ánimo que tiene el soldado que va

a tomar una batería.

UNA PRIMERA REPRESENTACIÓN

En los tiempos de Iriarte y de Moratín, de Comella y del abate Cladera,

cuando divididas las pandillas literarias se asestaban de librería a

librería, de corral a corral, las burlas y los epigramas, la primera

representación de una comedia (entonces todas eran comedias o tragedias)

era el mayor acontecimiento de la España. El buen pueblo madrileño, a

cuyos oídos no habían llegado aún, o de cuya memoria se habían borrado

las encontradas voces de tiranía y libertad, hacía entonces la vista

gorda sobre el gobierno. Su Majestad cazaba en los bosques del Pardo, o

reventaba mulas en la trabajosa cuesta de la Granja; en la corte se

intrigaba, poco más o menos como ahora, si bien con un tanto más de

hipocresía; los ministros colocaban a sus parientes y a los de sus

amigos; esto ha variado completamente; la clase media iba a la oficina;

entonces un empleo era cosa segura, una suerte hecha; y el honrado, el

heroico pueblo iba a los toros a llamar bribón a boca llena a Pepe-Hillo

y Pedro Romero cuando el toro no se quería dejar matar a la primera.

Entonces no había más guerra civil que los famosos bandos y

parcialidades de chorizos y polacos. No se sospechaba siquiera que podía

haber más derecho que el de tirar varias cáscaras de melón a un

morcillero, y el de acompañar la silla de manos de la Rita Luna, de

vuelta a su casa desde el teatro, lloviendo dulces sobre ella. En

aquellos tiempos de tiranía y de inquisición había, sin embargo, más

libertad; y no se nos tome esto en cuenta de paradojas, porque al fin

se sabía por dónde podía venir la tempestad, y el que entonces la pagaba

era por poco avisado. En respetando al rey y a Dios, respeto que

consistía más bien en no acordarse de ambas majestades que en otra cosa,

podía usted vivir seguro sin carta de seguridad, y viajar sin pasaporte.

Si usted quería escribir, imprimía y vendía cuanto a mientes se le

viniese, y ahí están si no las obras de Saavedra, las del mismo Comella,

las de Iriarte, las de Moratín, las poesías de Quintana, que escritas en

nuestros días no podrían probablemente ver en muchos años la luz

pública. Entonces ni había espías, ni menos policía: no lo ahorcaban a

usted hoy por liberal y mañana por carlista, ni al día siguiente por

ambas cosas: tampoco había esta comezón que nos consume de ilustración y

prosperidad: el que tenía un sueldo se tenía por bastante ilustrado, y

el que se divertía alegremente se creía todo lo próspero posible. Y

esto, pesado en la balanza de las compensaciones, es algo sin duda.

Había otra ventaja, a saber, que si no quería usted cavar la tierra, ni

servir al rey en las armas, cosas ambas un si es no es incómodas; si no

quería usted quemarse las cejas sobre los libros de leyes o de medicina;

si no tenía usted ramo ninguno de rentas donde meter la cabeza, ni

hermana bonita, ni mujer amable, ni madre que lo hubiese sido; si no

podía usted ser paje de bolsa de algún ministro o consejero, decía usted

que tenía una estupenda vocación; vistiendo el tosco sayal tenía usted

su vida asegurada, y dejando los estudios, como fray Gerundio, se metía

usted a predicador. El oficio en el día parece también haber perdido

algunas de sus ventajas.

Por nuestros escritos conocerán nuestros lectores que no debemos

alcanzar esos tiempos bienaventurados. Pero ¿quién no es hijo de

alguien en el mundo? ¿Quién no ha tenido padres que se lo cuenten?

Entonces, en el teatro se escuchaban pocas silbas, y el ilustrado

público, menos descontentadizo, era a la par más indulgente. Lo que por

aquellos tiempos podía ser una primera representación, lo ignoramos

completamente; y como no nos proponemos pintar las costumbres de

nuestros padres, sino las nuestras, no nos aflige en verdad demasiado

esta ignorancia.

En el día, una primera representación es una cosa importantísima para el

autor de... ¿de qué diremos? Es tal la confusión de los títulos y de las

obras, que no sabemos cómo generalizar la proposición. En primer lugar,

hay lo que se llama comedia antigua, bajo cuyo rótulo general se

comprenden todas las obras dramáticas anteriores a Comella; de capa y

espada, de intriga, de gracioso, de figurón, etc.; hay, en seguida, el

drama, dicho melodrama, que fecha de nuestro interregno literario,

traducción de la _Porte Saint-Martin_ como _El Valle del Torrente_, _El

Mudo de Arpenas_, etc.; hay el drama sentimental y terrorífico, hermano

mayor del anterior, igualmente traducción, como _La huérfana de

Bruselas_; hay después la comedia dicha clásica de Molière y Moratín,

con su versito asonantado o su prosa casera; hay la tragedia clásica,

ora traducción, ora original, con sus versos pomposos y su

correspondiente hojarasca de metáforas y pensamientos sublimes de sangre

real; hay la piececita de costumbres, sin costumbres, traducción de

Scribe: insulsa a veces, graciosita a ratos, ingeniosa por aquí y por

allí; hay el drama histórico, crónica puesta en verso o prosa poética,

con sus trajes de la época y sus decoraciones _ad hoc_, y al uso de

todos los tiempos; hay, por fin, si no me dejo nada olvidado, el drama

romántico, nuevo, original, cosa nunca hecha ni oída, cometa que

aparece por primera vez en el sistema literario con su cola y sus colas

de sangre y de mortandad, el único verdadero; descubrimiento escondido a

todos los siglos y reservado sólo a los Colones del siglo XIX. En una

palabra, la naturaleza en las tablas, la luz, la verdad, la libertad en

literatura, el derecho del hombre reconocido, la ley sin ley.

He aquí que el autor ha dado su última mano a lo que sea; ya lo ha

cercenado la censura decentemente; ya la empresa se ha convencido de que

se puede representar y de que acaso es cosa buena.

Entonces los periodistas, amigos del autor, saben por casualidad la

próxima representación, y en todos los periódicos se lee, entre las

noticias de facciosos derrotados completamente, la cláusula que sigue:

«Se nos ha asegurado, o sabemos (el sabemos no se aventura todos los

días), que se va a poner en escena un drama nuevo en el teatro de...

(por lo regular del Príncipe). Se nos ha dicho que es de un autor muy

conocido ya ventajosamente por obras literarias de un mérito

incontestable. Deben desempeñar los principales papeles nuestra célebre

señora Rodríguez y el señor Latorre. La empresa no ha perdonado medio

alguno para ponerlo en escena con toda aquella brillantez que requiere

su argumento; y tenernos fundados motivos (la amistad nadie ha dicho que

no sea motivo, ni menos que no sea fundado) para asegurar que el éxito

corresponderá a las esperanzas y que por fin el teatro español, etc.», y

así sucesivamente.

Luego que el público ha leído esto, es preciso ir al café del Príncipe;

allí se da razón de quién es el autor, de cómo se ha hecho la comedia,

de por qué la ha hecho, de que tiene varias alusiones sumamente

picantes, lo cual se dice al oído; el café del Príncipe, en fin, es el

memorialista, el valenciano del teatro.

--¿Ha visto usted eso del drama que trae _La Revista_?

--¿Qué drama es ese?

--No sé.

--Sí, hombre: si es aquel que estaba componiendo...

--¡Ah! sí. ¡Hombre, debe ser bueno!

--Precioso.

--¿Cómo se titula?

--¡_Fulano_!

--¿A secas?

--No sé si tiene otro título.

--Es regular.

--¿Cuántos actos?

--Cinco, creo.

--No son actos--dice otro.

--¿Cómo? ¿No son actos?

--Sí, son actos; pero... yo no sé.

--¡Ah! sí.

--¿Y muere mucha gente?

--¡Por fuerza! Dicen que es bueno.

--¡Gustará!--dicen en otro corrillo.

--Hombre, eso, como este público es así... yo no me atrevería... pero mi

opinión es que o debe alborotar, o le tiran los bancos.

--¡Hola!

--No hay medio. Hay cosas atrevidas, ¡pero qué escenas! Figúrese usted

que hay uno que es hijo de otro.

--¡Oiga!

--Pero el hijo está enamorado... Deje usted: yo no me acuerdo si es el

hijo o el padre el que está enamorado. Es igual. El caso es que luego se

descubre que la madre no es madre; no; el padre es el que no es padre;

pero hay un veneno, y luego viene el otro, y el hijo o la madre matan al

padre o al hijo.

--¡Hombre! Eso debe ser de mucho efecto.

--¡Ya lo creo! Y hay una tempestad y una decoración obscura, tétrica,

romántica... en fin, con decirle a usted que la dama ayer en el ensayo

no podía seguir hablando.

--¡Ui!

Si la cosa es por otro estilo, aunque ahora no hay cosas por otro

estilo:

--Es bonita--dicen,--sólo que es pesada; pero a mi me hizo reír mucho

cuando la leí; es clásica, por supuesto; pero no hay acción; no sucede

nada.

El autor, entretanto, se las promete felices, porque en los ensayos han

convenido los actores (que son muy inteligentes) que hay una escena que

levanta del asiento; sólo se teme que el galán, que ha creído que el

papel no es para su carácter, porque no es de bastante bulto, le haga

con tibieza; y el segundo gracioso, no ha entendido una palabra del

suyo, no hay forma de hacérselo entender. Por otra parte, una dama está

un poquillo ofendida porque la protagonista, que nació demasiado pronto,

tiene más años de los que ella quiere aparentar. Y los segundos papeles

están en malas manos, porque como aquí no hay actores...

Esto sin embargo, los ensayos siguen su curso natural; el autor se

consume porque los actores principales no dicen su papel en el ensayo,

sino que lo rezan entre dientes.

--Un poco más energía--se atreve a decir el autor en ademán de pedir

perdón.

--No tenga usted cuidado--le responden;--a la noche verá usted.

Con esto, apenas se atreve a hacer nuevas advertencias; si las hace,

suele atraerse alguna risilla escondida; verdad que, a veces, el autor

suele entender de representar menos todavía que el actor.

--¿Qué saco yo en la cabeza?--le pregunta una joven.--¿Diadema?

--No es necesario.

--Como soy...

--No importa, se va usted a acostar cuando sucede el lance.

--Es verdad.

--Y yo, ¿qué saco en las piernas?

--La época, el calzón ajustado, pie y brazo acuchillados.

--Es que no tengo.

--Sí, tienes--dice un compañero,--el calzón que te sirvió para Dido.

--Ya; pero eso debe ser otra época.

--No importa: le pones cuatro lazos y es eso.

--Yo saco peluca rubia--dice el gracioso.

--¿Por qué rubia?

--No tengo más que rubias; todas las hacen rubias.

--Bien; así como así la escena es en Francia.

--¡Ah, entonces!... los franceses son rubios.

--¿Y calva, por supuesto?

--No, hombre, no: si no tiene usted más que cincuenta años.

--Es que todas mis pelucas tienen calva.

--Entonces saque usted lo que usted quiera.

--Yo necesito un retrato, ¿qué saco?--dice otro.

--No, un medallón: cualquier cosa: desde fuera no se ve.

Arreglado ya lo que cada uno saca, se conviene en que las decoraciones

harán efecto, porque se han anunciado como nuevas: la del pabellón de la

Expiación, en poniéndole cuatro retratos, es romántica enteramente, y si

se añaden unas armas, no digo nada; un gabinete de la Edad Media; la de

tal otra comedia, en abriéndole dos puertas laterales, y en cerrándole

la ventana, es el cuarto de la dama.

Si hay comparsas, se arma una disputa sobre si se deben afeitar o no; si

tienen que afeitarse, es preciso que se les den dos reales más; ¿se han

de poner limpios de balde? Para conciliar el efecto con la economía, se

conviene en que los cuatro que han de salir delante se afeiten; los que

están en segundo término, o confundidos en el grupo, pueden ahorrarse

las navajas. Si deben salir músicos, es obra de romanos encontrarlos;

porque es cosa degradante soplar en un serpentón, o dar porrazos a un

pergamino a la vista del público; cuando van por la calle o de casa en

casa, entonces nadie los ve.

Por fin, ha llegado la noche: merced a los anuncios de los periódicos y

de los carteles, en los cuales se previene al público que si se tarda en

los entreactos es porque hay que hacer, y que como la función es larga,

no admite intermedio ni sainete; merced a estas inocentes estratagemas,

se acaban los billetes al momento, y a la tarde están a dos, tres duros

las lunetas. El autor ha tomado los suyos, y los amigos, que han comido

con él, le tranquilizan, asegurándole que si el drama fuera malo se lo

hubieran dicho francamente en las repetidas lecturas que se han hecho

previamente en casa de éste o de aquél. Todo lo contrario: se han

extasiado: y no es decir que no lo entiendan. El buen ingenio anda aquel

día distraído; no responde con concierto a cosa alguna; reparte algunos

apretones de manos, lo más expresivos posible, a cuenta de aplausos, y

está muy modesto; se cura en salud; refuerza alguna sonrisa para

contestar a los muchos que llegan y le dicen embromándole, sin temor de

Dios:

--Conque hoy es la silba; voy a comprar un pito.

--¡Las seis! es preciso asistir al vestuario.

--¿Qué tal estoy?

--Bien: parece usted un verdadero abate; dese usted más negro en esa

mejilla; otra raya; es usted más viejo. Usted sí que está perfectamente,

señor, y cierto que daría los mejores trozos de mi comedia por ser el

galán de ella, y hacer el papel con usted. Se me figura que está frío el

segundo galán.

--¡Ah! no; ya lo verá usted; ahora está bebiendo un poco de ponche para

calentarse.

--¿Sí, eh? ¡Magnífico! No se le olvide a usted aquel grito en aquel

verso.

--No se me olvida, descuide usted; aturdiré el teatro.

--Sí, un chillido sentido: como que ve usted al otro muerto. Conque

salga como en el penúltimo ensayo, me contento. Alborota usted con ese

grito. ¡A mí me estremeció usted, y soy el autor!...

--¡La orden! ¡La orden!--gritan a esta sazón.

--¿Cómo la orden?--exclama el autor asustado.--¿La han prohibido?

--No, señor, es la orden para empezar; habrá venido Su Alteza.

--Suena una campanilla. ¡Fuera, fuera! y salen precipitadamente de la

escena aquella multitud de pies que se ven debajo del telón.

--¡Cuidado con los arrojes, señor autor!--dice un segundo apunte

tomándolo de un brazo.

--¿Qué es eso?

--Nada; los arrojes son cuatro mozos de cordel que hacen subir el telón,

bajando ellos colgados de una cuerda.

Se oye un estruendo espantoso: se ha descorrido la cortina, y el ingenio

se refugia a un rincón de un palco segundo, detrás de su familia o de

sus amigos, a quienes mortifica durante la representación con repetidas

interrupciones. Tiene toda la sangre en la cabeza, suda como cavador,

cierra las manos, hace gestos de desesperación cuando se pierde un

actor.

--Si lo dije, si no sabe el papel.

--¿Silban?

--¿Qué murmullo es ese?

--Bien, bien; este aplauso ha venido muy bien ahí: esto va bien; ese

trozo tenía que hacer efecto por fuerza.

--¡Bárbaros! ¿Por qué silban? Si no se puede escribir en este país;

luego, la están haciendo de una manera... Yo también la silbaría.

En el auditorio son las expresiones fugitivas.

--¡Vaya! Ya tenemos el telón bajando y subiendo.

--¡Bravo! se han dejado una silla.

--Mire usted aquel comparsa. ¿Qué es aquello blanco que se le ve?

--¡Hombre, en esa sala han nacido árboles! ¿Lo mató? ¡Ah, ah, ah! Si

morirá el apuntador.

--Pues, señor, hasta ahora no es gran cosa.

--Lo que tiene es buenos versos.

Entretanto la condesita de *** entra al segundo acto dando portazos para

que la vean; una vez sentada no se luce el vestido; los _fashionables_

suben y bajan a los palcos: no se oye: el teatro es un infierno: luego

parece que el público se ha constipado adrede aquel día. ¡Qué toser,

señor, qué toser!

Llega el quinto acto, y la mareta sorda empieza a manifestarse cada vez

más pronunciada: a la última puñalada el público no puede más, y

prorrumpe por todas partes en ruidosas carcajadas: los amigos defienden

el terreno; pero una llave decide la cuestión: sin duda no es la llave

con que encerraba Lope de Vega los preceptos; y cae el telón entre la

majestuosa algazara y con toda la pompa de la ignominia.

No sé qué propensión tiene la humanidad a alegrarse del mal ajeno; pero

he observado que el público sale más alegre y decidor, más risueño y

locuaz de una representación silbada: el autor, entretanto, sale confuso

y renegando de un público tan atrasado: no están todavía los

españoles--dice--para esta clase de comedias: se agarra otro poco a las

intrigas, otro poco a la mala representación, y de esta suerte ya puede

presentarse al día siguiente en cualquier parte con la conciencia

limpia.

Sus amigos convienen con él, y en su ausencia se les oye decir:

--Yo lo dije; esa comedia no podía gustar; pero, ¿quién se lo dice al

autor? ¿Quién pone cascabel al gato?

--Yo le dije que cortara lo del padre en el segundo acto: aquello es

demasiado largo; pero se empeñó en dejarlo.

He observado, sin embargo, que los amigos literatos suelen portarse con

gran generosidad; si la comedia gusta, ellos son los que como

inteligentes hacen notar los defectillos de la composición, y entonces

pasan por imparciales y rectos; si la comedia es silbada, ellos son los

que la disculpan y la elogian; saben que sus elogios no la han de

levantar, y entonces pasan por buenos amigos. En el primer caso, dicen:

--Es cosa buena, ¿cómo se había de negar? No tiene más sino aquello, y

lo otro, y lo de más allá... ya se ve; las cosas no pueden ser

perfectas.

En el segundo, dicen:

--Señor, no es mala; pero no es para todo el mundo: hay cosas demasiado

profundas: tiene bellezas: sobre todo hay versos muy lindos.

Pero la parte indudablemente más divertida es la de oír, acercándose a

los corrillos, los votos particulares de cada cual: éste la juzga mala

porque dura tres horas; aquél porque mueren muchos; el otro porque hay

gente de iglesia en ella; el de más allá porque se muda de

decoraciones: esotro porque infringe las reglas: los contrarios dicen

que sólo por estas circunstancias es buena. ¡Qué Babilonia, santo Dios!

¡Qué confusión!

Al día siguiente los periódicos... Pero, ¿quién es el autor? ¿Es un

principiante, un desconocido? ¡Qué nube! ¿Es algo más? ¡Qué reticencias!

¡Qué medias palabras! ¡Qué exacto justo medio!

¡Después de todo eso haga usted comedias!

YO QUIERO SER CÓMICO

Anch'io son pittore.

No fuera yo Fígaro, ni tuviera esa travesura y maliciosa índole que

malas lenguas me atribuyen, si no sacara a luz pública cierta visita que

no ha muchos días tuve en mi propia casa.

Columpiábame en mi mullido sillón, de estos que dan vuelta sobre su eje,

los cuales son especialmente de mi gusto por asemejarse en cierto modo a

muchas gentes que conozco, y me hallaba en la mayor perplejidad sin

saber cuál de mis numerosas apuntaciones elegiría para un artículo que

me correspondía ingerir aquel día en la Revista. Quería yo que fuese

interesante sin ser mordaz, y conocía toda la dificultad de mi empeño, y

sobre todo que fuese serio, porque no está siempre un hombre de buen

humor, o de buen talante para comunicar el suyo a los demás. No dejaba

de atormentarme la idea de que fuese histórico, y por consiguiente

verídico, porque mientras yo no haga más que cumplir con las

obligaciones de fiel cronista de los usos y costumbres de mi siglo, no

se me podrá culpar de mal intencionado, ni de amigo de buscar pendencias

por una sátira más o menos.

Hallábame, como he dicho, sin saber cuál de mis notas escogería por más

inocente, y no encontraba por cierto mucho que escoger, cuando me deparó

felizmente la casualidad, materia sobrada para un artículo, al

anunciarme mi criado a un joven que me quería hablar indispensablemente.

Pasó adelante el joven haciéndome una cortesía bastante zurda, como de

hombre que necesita y estudia en la fisonomía del que le ha de favorecer

sus gustos e inclinaciones, o su humor del momento para conformarse

prudentemente con él; y dando tormento a los tirantes y rudos músculos

de su fisonomía para adoptar una especie de careta que desplegase a mi

vista sentimientos mezclados de efecto y de deferencia, me dijo con voz

forzadamente sumisa y cariñosa:

--¿Es usted el redactor llamado Fígaro?...

--¿Qué tiene usted que mandarme?

--Vengo a pedirle un favor... ¡Cómo me gustan sus artículos de usted!

--Es claro... Si usted me necesita...

--Un favor de que depende mi vida acaso... ¡Soy un apasionado, un amigo

de usted!

--Por supuesto... siendo el favor de tanto interés para usted...

--Yo soy un joven...

--Lo presumo.

--Que quiero ser cómico, y dedicarme al teatro...

--¿Al teatro?

--Sí, señor... como el teatro está cerrado ahora...

--Es la mejor ocasión.

--Como estamos en cuaresma, y es la época de ajustar para la próxima

temporada cómica, desearía que usted me recomendase...

--¡Bravo empeño! ¿A quién?

--Al Ayuntamiento.

--¡Hola! ¿Ajusta el Ayuntamiento?

--Es decir, a la empresa.

--¡Ah! ¿Ajusta la Empresa?

--Le diré a usted... según algunos, esto no se sabe... pero... para

cuando se sepa.

--En ese caso no tiene usted prisa, porque nadie la tiene...

--Sin embargo, como yo quiero ser cómico...

--Cierto. ¿Y qué sabe usted? ¿Qué ha estudiado usted?

--¿Cómo? ¿se necesita saber algo?

--No; para ser actor, ciertamente, no necesita usted saber cosa mayor...

--Por eso; yo no quisiera singularizarme; siempre es malo entrar con pie

en una corporación.

--Ya le entiendo a usted: usted quisiera ser cómico aquí, y así será

preciso examinarle por la pauta del país. ¿Sabe usted el castellano?

--Lo que usted ve... para hablar, las gentes me entienden...

--Pero la gramática, y la propiedad, y...

--No, señor, no.

--Bien, ¡eso es muy bueno! Pero sabrá usted desgraciadamente el latín, y

habrá estudiado humanidades, bellas letras...

--Perdone usted.

--Sabrá de memoria los poetas clásicos, y los comprenderá, y podrá

verter sus ideas en las tablas.

--Perdone usted, señor. Nada, nada. ¡Tan poco favor me hace usted! Que

me caiga muerto aquí si he leído una sola línea de eso, ni he oído

hablar tampoco... mire usted...

--No jure usted. ¿Sabe usted pronunciar con afectación todas las letras

de una palabra; y decir unas voces por otras, actitud por aptitud, y

aptitud por actitud, diferiencia por diferencia, háyamos por hayamos,

dracmático por dramático, y otras semejantes?

--Sí, señor, sí; todo eso digo yo.

--Perfectamente; me parece que sirve usted para el caso. ¿Aprendió usted

historia?

--No, señor; no sé lo que es.

--Por consiguiente, no sabrá usted lo que son trajes, ni épocas, ni

caracteres históricos...

--Nada, nada; no señor.

--Perfectamente.

--Le diré a usted... en cuanto a trajes, ya sé que en siendo muy antiguo

siempre a la romana.

--Esto es: aunque sea griego el asunto.

--Sí, señor: si no es tan antiguo, a la antigua francesa o la antigua

española; según... ropilla, trusas, capacete, acuchillados, etc. Si es

más moderna o del día, levita a la Utrilla en los calaveras, y polvos,

casacón, y media en los padres.

--¡Ah, ah! Muy bien.

--Además, eso en el ensayo general se le pregunta al galán o a la dama,

según el sexo de cada uno que lo pregunta, y conforme a lo que ellos

tienen en sus arcas, así...

--¡Bravo!

--Porque ellos suelen saberlo.

--¿Y cómo presentará usted un carácter histórico?

--Mire usted: el papel lo dirá, y luego como el muerto no se ha de tomar

el trabajo de resucitar sólo para desmentirle a uno... además, que gran

parte del público suele estar tan enterado como nosotros...

--¡Ah! ya... usted sirve para el ejercicio. La figura es la que no...

--No es gran cosa; pero eso no es esencial.

--¿Y de educación, de modales y usos de sociedad? ¿a qué altura se halla

usted?

--Mal; porque si se va a decir verdad, yo soy pobrecillo: yo era

escribiente en una mala administración; me echaron por holgazán, y me

quiero meter cómico, porque se me figura a mi que es oficio en que no

hay nada que hacer...

--Y tiene usted razón.

--Todo lo hace el apunte, y... por consiguiente, no conozco esos señores

usos de sociedad que usted dice, ni nunca traté ninguno de ellos.

--Ni conocerá usted el mundo, ni el corazón humano.

--Escasamente.

--¿Y cómo representará usted tantos caracteres distintos?

--Le diré a usted: si hago de rey, de príncipe o de magnate, ahuecaré la

voz, miraré por encima del hombro a mis compañeros, mandaré con mucho

imperio...

--Sin embargo, en el mundo esos personajes suelen ser muy afables y

corteses, y como están acostumbrados, desde que nacen, a ser obedecidos

a la menor indicación, mandan poco y sin dar gritos...

--Sí, pero ¡ya ve usted! en el teatro es otra cosa.

--Ya me hago cargo.

--Por ejemplo, si hago un papel de juez, aunque esté delante de señoras

o en casa ajena, no me quitaré el sombrero, porque en el teatro la

justicia está dispensada de tener crianza; daré fuertes golpes en el

tablado con mi bastón de borlas, pondré cara de caballo, como si los

jueces no tuviesen entrañas...

--No se puede hacer más.

--Si hago de delincuente, me haré el perseguido, porque en el teatro

todos los reos son inocentes.

--Muy bien.

--Si hago un papel de pícaro, que ahora están en boga, cejas arqueadas,

cara pálida, voz ronca, ojos atravesados, aire misterioso, apartes

melodramáticos... Si hago un calavera, muchos brincos y zapatetas,

carreritas de pies y lengua, vueltas rápidas y habla ligera... Si hago

un barba, andaré a compás, como un juego de escarpias, me temblarán

siempre las manos como perlático o descoyuntado; y aunque el papel no

apunte más de cincuenta años, haré del tarato y decrépito, y apoyaré

mucho la voz con intención marcada en la moraleja, como quien dice a los

espectadores: «allá va esto para ustedes».

--¿Tiene usted grandes calvas para los barbas?

--¡Oh! disformes; tengo una que me coge desde las narices hasta el

colodrillo; bien que ésta la reservo para las grandes solemnidades. Pero

aun para diario tengo otras, tales que no se me ve la cara con ellas.

--¿Y los graciosos?

--Esto es lo más fácil: estiraré mucho la pata, daré grandes voces, haré

con la cara y el cuerpo todos los raros visajes y estupendas

contorsiones que alcance, y saldré vestido de arlequín.

--Usted hará furor.

--¡Vaya si haré! Se morirá el público de risa, y se hundirá la casa a

aplausos. Y especialmente, en toda clase de papeles, diré directamente

al público todos los apartes, monólogos, gracias y parlamentos de

intención o lucimiento que en mi parte se presenten.

--¿Y memoria?

--No es cosa la que tengo; y aun esa no la aprovecho, porque no me gusta

el estudio. Además que eso es cuenta del apuntador. Si se descuida se

le lanza de vez en cuando un par de miradas terribles, como diciendo al

público: ¡Ven ustedes qué hombre!

--Esto es; de modo que el apuntador vaya tirando del papel como de una

carreta, y sacándole a usted la relación del cuerpo como una cinta. De

esa manera, y hablando él altito, tiene el público, el placer de oír a

un mismo tiempo dos ejemplares de un mismo papel.

--Sí, señor; y, en fin, cuando uno no sabe su relación se dice cualquier

tontería, y el público se la ríe. ¡Es tan guapo el público! ¡si usted

viera!

--Ya sé ¡ya!

--Vez hay que en una comedia en verso se añade un párrafo en prosa: pues

ni se enfada, ni menos lo nota. Así es que no hay nada más común que

añadir...

--¡Ya se ve, que hacen muy bien! Pues, señor, usted es cómico, y bueno.

¿Usted ha representado anteriormente?

--¡Vaya! En comedias caseras. He alborotado con el _García_ y el

_Delincuente honrado_.

--No más, no más; le digo a usted que usted será cómico. Dígame usted,

¿sabrá usted hablar mal de los poetas y despreciarlos, aunque no los

entienda; alabar las comedias por el lenguaje, aunque no sepa lo que es,

o por el verso mas que no entienda siquiera lo que es prosa?

--¿Pues no tengo de saber, señor? eso lo hace cualquiera.

--¿Sabrá usted quejarse amargamente, y entablar una querella criminal

contra el primero que se atreva a decir en letras de molde que usted no

lo hace todas las noches sobresalientemente? ¿sabrá usted decir de los

periodistas que quién son ellos para?...

--Vaya si sabré; precisamente ese es el tema nuestro de todos los días.

Mande usted otra cosa.

Al llegar aquí no pude ya contener mi gozo por más tiempo, y arrojándome

en los brazos de mi recomendado:

--Venga usted acá, mancebo generoso--exclamé todo alborozado;--venga

usted acá, flor y nata de la andante comiquería: usted ha nacido en este

siglo de hierro de nuestra gloria dramática para renovar aquel siglo de

oro, en que sólo comían los hombres bellotas y pacían a su libertad por

los bosques, sin la distinción del tuyo y del mío. Usted será cómico en

fin, o se han de olvidar las reglas que hoy rigen en el ejercicio.

Diciendo estas y otras razones, despedí a mi candidato, prometiéndole

las más eficaces recomendaciones.

EL CASTELLANO VIEJO

Ya en mi edad pocas veces gusto de alterar el orden que en mi manera de

vivir tengo hace tiempo establecido, y fundo esta repugnancia en que no

he abandonado mis lares ni un solo día para quebrantar mi sistema, sin

que haya sucedido el arrepentimiento más sincero al desvanecimiento de

mis engañadas esperanzas. Un resto, con todo eso, del antiguo ceremonial

que en su trato tenían adoptado nuestros padres, me obliga a aceptar a

veces ciertos convites, a que parecería el negarse grosería, o por lo

menos ridícula afectación de delicadeza.

Andábame días pasados por esas calles, a buscar materiales para mis

artículos. Embebido en mis pensamientos me sorprendí varias veces a mí

mismo riendo como un pobre de mis propias ideas y moviendo maquinalmente

los labios; algún tropezón me recordaba de cuando en cuando que para

andar por el empedrado de Madrid no es la mejor circunstancia la de ser

poeta ni filósofo; más de una sonrisa maligna, más de un gesto de

admiración de los que a mi lado pasaban, me hacía reflexionar que los

soliloquios no se deben hacer en público; y no pocos encontrones que, al

volver las esquinas, di con quien tan distraída y rápidamente como yo

las doblaba, me hicieron conocer que los distraídos no entran en el

número de los cuerpos elásticos, y mucho menos de los seres gloriosos e

impasibles. En semejante situación de espíritu, ¿qué sensación no

debería de producirme una horrible palmada que una grande mano, pegada

(a lo que por entonces entendí) a un grandísimo brazo, vino a descargar

sobre uno de mis hombros que, por desgracia, no tienen punto alguno de

semejanza con los de Atlante?

No queriendo dar a entender que desconocía este enérgico modo de

anunciarse, ni desairar el agasajo de quien sin duda había querido

hacérmele más que mediano, dejándome torcido para todo el día, traté

sólo de volverme por conocer quién fuese tan mi amigo para tratarme tan

mal; pero mi castellano viejo es hombre que, cuando está de gracia, no

se ha de dejar ninguna en el tintero. ¿Cómo dirá el lector que siguió

dándome pruebas de confianza y cariño? Echome las manos a los ojos, y

sujetándome por detrás:

--¿Quién soy?--gritaba alborozado con el buen éxito de su delicada

travesura.--¿Quién soy?

--Un animal--iba a responderle; pero me acordé de repente de quien

podría ser, y sustituyendo cantidades iguales:

--¡Braulio eres!--le dije.

Al oírme suelta sus manos, ríe, se aprieta los ijares, alborota la

calle, y pónenos a entrambos en escena.

--¡Bien, mi amigo! Pues ¿en qué me has conocido?

--¿Quién pudiera ser sino tú?...

--¿Has venido ya de tu Vizcaya?

--No, Braulio, no he venido.

--¡Siempre el mismo genio! ¿Qué quieres? es la pregunta del español.

¡Cuánto me alegro de que estés aquí! ¿Sabes que mañana son mis días?

--Te los deseo muy felices.

--Déjate de cumplimientos entre nosotros; ya sabes que yo soy franco y

castellano viejo: el pan, pan, el vino, vino; por consiguiente, exijo de

ti que no vayas a dármelos, pero estás convidado.

--¿A qué?

--A comer conmigo.

--No es posible.

--No hay remedio.

--No puedo--insisto temblando.

--¿No puedes?

--¡Gracias!

--¿Gracias? ¡Vete a paseo! Amigo, como no soy el duque de F... ni el

conde de P...

--¿Quién se resiste a una sorpresa de esa especie? ¿Quién quiere parecer

vano?

--No es eso, sino que...

--Pues si no es eso--me interrumpe,--te espero a las dos; en casa se

come a la española, temprano. Irá mucha gente; tendremos al famoso X.,

que nos improvisará de lo lindo; T. nos cantará de sobremesa una rondeña

con su gracia habitual; y por la noche, J. cantará y tocará alguna

cosilla.

Esto me consoló algún tanto, y fue preciso ceder; un día malo--dije para

mi--cualquiera lo pasa; en este mundo, para conservar amigos, es preciso

tener el valor de aguantar sus obsequios.

--No faltarás si no quieres que riñamos.

--No faltaré--dije con voz exánime y ánimo decaído, como el zorro que se

revuelve inútilmente dentro de la trampa donde se ha dejado tomar.

--¡Pues hasta mañana!--y me dio un torniscón por despedida.

Vile marchar como el labrador ve alejarse la nube de su sembrado, y

quedeme discurriendo cómo podían entenderse estas amistades tan hostiles

y tan funestas.

Ya habrá conocido el lector, siendo tan perspicaz como yo le imagino,

que mi amigo Braulio está muy lejos de pertenecer a lo que se llama gran

mundo y sociedad de buen tono; pero no es tampoco un hombre de la clase

inferior, puesto que es un empleado de los de segundo orden, que reúne

entre su sueldo y su hacienda cuarenta mil reales de renta; que tiene

una cintita atada al ojal, y una crucecita a la sombra de la solapa; que

es persona, en fin, cuya clase, familia y comodidades de ninguna manera

se oponen a que tuviese una educación más escogida y modales más suaves

e insinuantes. Mas la vanidad le ha sorprendido por donde ha sorprendido

casi siempre a toda o a la mayor parte de nuestra clase media, y a toda

nuestra clase baja.

Es tal su patriotismo, que dará todas las lindezas del extranjero por un

dedo de su país. Esta ceguedad le hace adoptar todas las

responsabilidades de tan inconsiderado cariño; de paso que defiende que

no hay vinos como los españoles, en lo cual bien puede tener razón,

defiende que no hay educación como la española, en lo cual bien pudiera

no tenerla; a trueque de defender que el cielo de Madrid es purísimo,

defenderá que nuestras manolas son las más encantadoras de todas las

mujeres; es un hombre, en fin, que vive de exclusivas, a quien sucede

poco más o menos lo que a una parienta mía, que se muere por las

jorobas, sólo porque tuvo un querido que llevaba una excrecencia

bastante visible sobre entrambos omoplatos.

No hay que hablarle, pues, de estos usos sociales, de estos respetos

mutuos, de estas reticencias urbanas, de esta delicadeza de trato que

establece entre los hombres una preciosa armonía, diciendo sólo lo que

debe agradar, y callande siempre lo que puede ofender. El se muere por

«plantarle una fresca al lucero del alba», como suele decir, y cuando

tiene un resentimiento, se «lo espeta a uno cara a cara». Como tiene

trocados todos los frenos, dice de los cumplimientos que ya sabe lo que

quiere decir «cumplo y miento»; llama a la urbanidad hipocresía, y a la

decencia monadas; a toda cosa buena le aplica un mal apodo; el lenguaje

de la finura es para él poco más que griego; cree que toda la crianza

está reducida a decir «Dios guarde a ustedes» al entrar en una sala, y

añadir «con permiso de usted» cada vez que se mueve; a preguntar a cada

uno por toda su familia, y a despedirse de todo el mundo; cosas todas

que así se guardará él de olvidarlas como de tener pacto con los

franceses. En conclusión, hombres de éstos que no saben levantarse para

despedirse, sino en corporación con alguno o algunos otros; que han de

dejar humildemente debajo de una mesa su sombrero, que llaman «su

cabeza», y que, cuando se hallan en sociedad, por desgracia sin un

socorrido bastón, darían cualquier cosa por no tener manos ni brazos,

porque, en realidad, no saben donde ponerlos ni qué cosa se puede hacer

con los brazos en una sociedad.

Llegaron las dos, y como ya conocía yo a mi Braulio, no me pareció

conveniente acicalarme demasiado para ir a comer; estoy seguro de que se

hubiera picado; no quise, sin embargo, excusar un frac de color y un

pañuelo blanco, cosa indispensable en un día de días en semejantes

casas: vestíme, sobre todo, lo más despacio que me fue posible, como se

reconcilia al pie del suplicio el infeliz reo, que quisiera tener cien

pecados más cometidos que contar para ganar tiempo; estaba citado para

las dos, y entré en la sala a las dos y media.

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