compañeros?
ODISEO
Sí; a dos que examinó y pesó con cuidado, muy rollizos por cierto.
EL CORO
¿Quieres contarme esa desdicha, ¡oh desventurado!?
ODISEO
Después que entramos en esta peñascosa caverna encendió fuego,
arrojando al vasto hogar troncos de robusta encina, en cantidad
suficiente para cargar tres carros. Preparó luego su lecho junto a él
con hojas de abeto que extendió en el suelo; llenó de blanca leche de
vaca, ordeñada por su mano, un vaso que contendría unas diez ánforas,
y puso a su alcance una copa de hiedra de tres brazas de ancho y cuya
profundidad parecía de cuatro. Arrimó al fuego una caldera de bronce
llena de agua y endureció en él la punta de los asadores de espino
blanco, puliendo con la hoz lo restante, y pidió vasos del Etna, para
que al filo del hacha...
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Hechos estos preparativos por el odioso cocinero de Hades, se apoderó
de dos compañeros míos y los mató, guardando cierto orden; arrojó
al uno a la caldera de bronce, y cogiendo al otro por los pies, lo
machacó contra el filo de una piedra que sobresalía en la roca, le
hizo saltar los sesos, y, cortando sus carnes con cruel cuchillo, asó
parte al fuego, y echó la restante en la caldera, para guisarla. Yo,
desventurado, derramaba abundantes lágrimas y servía al Cíclope, sin
separarme de su lado. Los demás, como aves asustadas, se refugiaban,
temblando, en las hendiduras de la caverna, helada su sangre de
terror. Harto ya, después de haber devorado a mis compañeros, se
abandonó al descanso, exhalando de sus fauces hediondo aliento.
Ocurrióseme entonces, por inspiración divina, ofrecerle una copa de
este vino Marón, para que lo gustase, diciéndole así: «¡Oh Cíclope,
hijo del dios marino!, mira el néctar suave que te ofrezco, licor de
Dioniso, extraído de las viñas de la Grecia». Aceptolo; se llenó de
manjar abominable, y la apuró y la alabó de este modo, levantando la
mano: «¡Oh tú el más amable de los huéspedes!; grata copa es esta
para coronar mi banquete». Conocí que le había gustado y le di otra,
previendo que el vino sería su mayor enemigo y el mejor medio para
que expiase su delito. Empezó a cantar, bebiendo a mi ruego copa tras
copa, difundiéndose el calor por sus entrañas. En este momento entona
desaliñadas canciones, mientras lloran mis compañeros de navegación
y repite sus lamentos la caverna. He salido, pues, con cuidado, y si
quieres, nos salvaremos todos. Decid, pues, si deseáis abandonar a este
monstruo inhospitalario y habitar el palacio de Dioniso en compañía de
vírgenes náyades.[284] Apruébalo tu padre, que está dentro; pero como
es débil y ha percibido el aroma del vino, vacila como el ave presa
con liga, pegadas sus alas a la copa; pero tú, que eres joven, sálvate
conmigo y busca a Dioniso, tu antiguo amigo, bien distinto del Cíclope.
EL CORO
¡Oh tú el más querido, ojalá que veamos este día venturoso, y huyamos
del impío Cíclope! Mi larga y forzosa continencia es ya intolerable.
ODISEO
Oye ahora cómo nos vengaremos de esa bestia feroz y nos libraremos de
su servidumbre.
EL CORO
Habla, pues; que más placer ha de infundirnos la muerte del Cíclope que
si oyésemos el sonido de la cítara asiática.[285]
ODISEO
Trastornado su juicio con el licor báquico, quiere visitar a los
cíclopes, sus hermanos, para comer con ellos.
EL CORO
Ya comprendo: proyectas matarlo cuando atraviese solo las selvas o
acaso precipitarlo desde las rocas.
ODISEO
No es eso; astuto es mi proyecto.
EL CORO
¿Cómo, pues? Ya antes de ahora celebró la Fama tu astucia.
ODISEO
Quiero disuadirlo de ese banquete diciéndole que no debe compartir el
vino con los cíclopes, sino regalarse solo, y cuando se duerma, vencido
por el licor, cogeré cierta estaca de olivo que hay en la caverna, y
afilando su extremo con mi espada, lo pondré al fuego, y cuando se
encienda, lo introduciré por la frente del Cíclope y abrasaré su único
ojo. Como el que traba la tablazón de una nave y mueve el taladro
con las dos correas, así haré girar el tizón en el ojo brillante del
Cíclope y quemaré su pupila.
EL CORO
¡Viva, viva! Nos llena de alegría, locos nos vuelve tu invención.
ODISEO
Y después que te embarque con tus amigos y con ese anciano en el
cóncavo casco de la negra nave, con duplicados remos os alejaréis de
esta tierra.
EL CORO
¿Y no consentirás que yo lo ciegue también con el tizón, a guisa de
purificación divina? Quisiera ayudarte en este atentado.
ODISEO
Me ayudaréis, sin duda; el tizón es grande, y todos vosotros podréis
manejarlo.
EL CORO
Con gusto soportaría la carga de cien carros, siempre que vaciase el
ojo del Cíclope cual nido de avispas, y le diese mala muerte.
ODISEO
Callad ahora; ya conocéis mi proyecto. Y cuando yo lo mande, obedeced
a los arquitectos, que no huiré solo abandonando a los amigos que hay
dentro de la caverna. Aunque podría escaparme y ya estoy fuera de la
cueva, no es justo que, siendo mis compañeros, me salve solo. (_Entra
de nuevo en la caverna_).
PRIMER SEMICORO
Vamos. ¿Quién será el primero? ¿Quién empuñará el segundo el tizón, e
introduciéndolo por los párpados del Cíclope, perforará su ojo claro?
SEGUNDO SEMICORO
Calla, calla. Ebrio ya el cantor discordante, y entonando una canción
desapacible que aullará después, se adelanta desde su peñascosa
caverna. Vamos; enseñemos a este ignorante lo que debe hacer en los
banquetes. Pronto quedará completamente ciego.
EL CORO
Bienaventurado el que se embriaga con el grato licor de la uva, tan
dulce en los festines, estrechando en sus brazos a su joven amigo y
guardando en su lecho bella y tierna amiga, mientras sus cabellos
brillan perfumados, y canta: «¿Quién me abrirá la puerta?».
EL CÍCLOPE
¡Hola, hola, hola! Anegado en vino, regocíjanme los banquetes, y mi
vientre, como nave de carga, relleno está hasta los bordes. El risueño
césped me invita a comer, en este hermoso tiempo de primavera, con mis
hermanos los cíclopes. Vaya, huésped, dame, dame el odre.
EL CORO
Bellos son sus ojos y bello todo él, ahora que sale de su morada.
Ámanos él, y nosotros le correspondemos. Las antorchas te aguardan
y tierna ninfa te espera en la gruta, llena de húmedo rocío. Pronto
llevarás en tu cabeza corona de varios colores.
ODISEO
Escúchame, Cíclope, que yo conozco perfectamente ese Dioniso que te di
a beber.
EL CÍCLOPE
¿Y qué dice la fama de ese dios Dioniso?
ODISEO
Que ninguno como él alegra la vida humana.
EL CÍCLOPE
Por eso yo le eructo tan suavemente.
ODISEO
Tan bondadoso es; a nadie daña.
EL CÍCLOPE
¿Y cómo, siendo dios, se complace encerrado en un odre?
ODISEO
En todas partes contento.
EL CÍCLOPE
Pero no parece regular que un dios se envuelva en pieles.
ODISEO
¿Y qué, si te deleita? ¿Te ofende la piel, acaso?
EL CÍCLOPE
Detesto el odre, pero me gusta la bebida.
ODISEO
No te vayas, pues; bebe y alégrate, ¡oh Cíclope!
EL CÍCLOPE
¿Pero no debo compartirla con mis hermanos?
ODISEO
Mayor será tu dicha si solo la disfrutas.
EL CÍCLOPE
Pero convidando a mis amigos, me lo agradecerán.
ODISEO
Propensos son los banquetes a disputas y reyertas escandalosas.
EL CÍCLOPE
Nos embriagaremos, y nadie osará tocarme.
ODISEO
¡Oh amigo!, conserva ese licor en tu gruta.
EL CÍCLOPE
Necio es el que, bien bebido, no ama los banquetes.
ODISEO
El que, ebrio, no sale de su casa, es prudente.
EL CÍCLOPE
¿Qué hacemos, Sileno? ¿Me aconsejas quedarme?
SILENO
Sí. ¿Qué necesidad tienes de compañeros para beber, ¡oh Cíclope!?
EL CÍCLOPE
Y en verdad que florido césped cubre la tierra.
SILENO
Y grato es beber al sol. Recuéstate, pues, y descansa junto a mí.
EL CÍCLOPE
Aquí me tienes ya; pero ¿por qué pones la copa detrás de mí?
SILENO
No se la lleve alguno que pase.
EL CÍCLOPE
Lo que tú quieres es empinarla a hurtadillas; ponla en medio de los
dos. Tú, ¡oh huésped!, dime cómo he de llamarte.
ODISEO
_Ninguno_. Pero ¿qué gracia me dispensarás para que yo te alabe?
EL CÍCLOPE
Serás el último que devore.
ODISEO
Egregio favor para tu huésped, ¡oh Cíclope!
EL CÍCLOPE
¡Hola!, ¿qué haces? ¿Te bebes el vino a escondidas?
SILENO
No; Dioniso me ha dado un ósculo, enamorado de mi gracia.
EL CÍCLOPE
Lágrimas ha de costarte tu afición al vino, que no te ama.
SILENO
No, por Zeus; dice que adora mi belleza.
EL CÍCLOPE
Viértelo, y llena la copa para mí solo.
SILENO
¿Qué tal? Veamos si está bien hecha la mezcla.
EL CÍCLOPE
Tú me desesperas; dámela así.
SILENO
No, por Zeus; antes veré la corona en tu cabeza, y lo probaré.
EL CÍCLOPE
¡Copero bribón!
SILENO
No, por Zeus; que el vinillo es exquisito. Límpiate bien las narices
antes de beberlo.
EL CÍCLOPE
Mira; limpios están mis labios y mi barba.
SILENO
Apoya el codo con gracia; bebe después como me ves beber... y como ya
no me ves.
EL CÍCLOPE
¡Ah, ah! ¿Qué haces?
SILENO
Suavemente me la bebí de un trago.
EL CÍCLOPE
Tómala tú, huésped, y serás mi copero.
ODISEO
Ya conoce mi mano la viña.
EL CÍCLOPE
Vamos; llénala ya.
ODISEO
Eso hago; calla ahora.
EL CÍCLOPE
Difícil será, después de beber mucho.
ODISEO
Aquí la tienes; no dejes una sola gota, que, apurada la copa, lo mejor
es morirse.
EL CÍCLOPE
¡Hola! Precioso don es la vid.
ODISEO
Seguro es que si después de comer mucho bebes mucho y humedeces tu
vientre, aun sin sed, sentirás sueño; pero si dejas algo, Dioniso
secará tus fauces.
EL CÍCLOPE
¡Viva, viva! ¡Casi nado! ¡Puro es este goce! Paréceme que el cielo y
la tierra se mueven confundidos, y que veo el trono de Zeus y toda la
corte celestial. No los besaré; las Gracias me provocan; pero contento
con este Ganimedes,[286] descansaré por las Gracias muy gustoso. Hasta
cierto punto me gustan más los jóvenes que las mujeres.
SILENO
Pero ¿soy acaso el Ganimedes de Zeus, Cíclope?
EL CÍCLOPE
Sí, por Zeus, que yo lo arrebato del palacio de Dárdano.[287]
SILENO
Yo muero, ¡oh hijos! Voy a ser víctima de una desgracia indigna.
EL CÍCLOPE
¿Rechazas a tu amante ebrio y con tanto desdén me tratas?
SILENO
¡Ay de mí! Amargo, en verdad, será pronto para mí el vino que he
bebido. (_El Cíclope arrastra a Sileno a la caverna_).
ODISEO
Vamos ahora, hijos de Dioniso, mancebos generosos; ya entró en la
gruta; rendido por el sueño, no tardarán sus horribles fauces en
devolver la carnaza. El tizón humea ya dentro; todo está preparado, y
solo nos resta abrasar el ojo del Cíclope; prueba ahora tu valor.
EL CORO
Duros seremos como la piedra y el hierro. Entra, sin embargo, antes que
mi padre sea deshonrado; aquí todos te obedecemos.
ODISEO
¡Oh Vulcano, rey del Etna!, protégeme, y que al primer golpe abrase el
ojo de tu mal vecino; y tú, Sueño, hijo de la negra Noche, socórreme
con todo tu poder contra esta bestia enemiga de los dioses; después de
pasar en Troya tan honrosos trabajos, no entreguéis a la muerte a estos
navegantes y al mismo Odiseo por un hombre que desprecia a un tiempo al
cielo y a la tierra. ¿Creeremos que es diosa la Fortuna, y superior a
los demás dioses? (_Entra en la caverna_).
EL CORO
Fuertes tenazas oprimirán el cuello del comedor de extranjeros, y el
fuego abrasará después su brillante pupila, porque ya cubre la ceniza
esta robusta rama. Venga, pues, Marón, y trastornándole el juicio con
su fuego, hágale pagar su pena, y destruya el párpado del Cíclope, ya
que lo ha bebido en su daño. Y yo, dejando este desierto, quiero ver al
afable Dioniso, amante de la hiedra. ¿Lo conseguiré algún día?
ODISEO
Callad, por los dioses, ¡oh fieras!; estaos quietas y no despegad los
labios; ni respirar os permito, ni guiñaros los ojos, ni aun escupir
siquiera; no despierte este calamitoso Cíclope antes que el fuego acabe
con su ojo.
EL CORO
Callemos, y que solo el aire atraviese nuestras fauces.
ODISEO
Entrad ya, y coged el tizón encendido en punto.
PRIMER SEMICORO
¿No señalarás tú por su orden los que primero han de quemar el ojo del
Cíclope con esta palanca inflamada, para que todos contribuyamos al
buen éxito de esta empresa?
SEGUNDO SEMICORO
Nosotros estamos a la puerta, algo lejos, en verdad, para abrasarlo.
PRIMER SEMICORO
Nosotros cojeamos hace poco.
SEGUNDO SEMICORO
Algo parecido me pasa, porque en pie y todo, me acomete una convulsión,
cuya causa ignoro.
PRIMER SEMICORO
¿Y cómo, estando en pie, padecéis convulsiones?
SEGUNDO SEMICORO
Y nuestros ojos están llenos de polvo, o de ceniza, o de otra cualquier
cosa.
ODISEO
Cobardes auxiliares son estos, y para nada sirven.
EL CORO
¿Es cobardía acaso cuidar de nuestro pellejo y de nuestras espaldas, y
oponernos a perder los dientes a fuerza de azotes? Conozco un encanto
excelente de Orfeo, cuya virtud es tal, que el tizón encendido se
introducirá por sí mismo en el cráneo del hijo de la Tierra que ve con
un ojo solo.
ODISEO
Aunque ya sabía hasta dónde llega tu valor, ahora no tengo la menor
duda. Más vale que mis amigos me ayuden en la obra. Si nada has de
hacer, aliéntanos siquiera con tus palabras.
EL CORO
Así lo haré. En los carios[288] confiamos. Que nuestras exhortaciones
contribuyan a abrasar al Cíclope. (_Odiseo entra en la caverna_).
¡Ánimo, ánimo! Blandid el tizón con esfuerzo; daos prisa; quemad las
cejas de la bestia que traga a los huéspedes. Devorad con el fuego,
¡oh!, abrasad al pastor de las ovejas del Etna. Taládralo; déjalo ya,
no te maltrate, atormentado por el dolor.
EL CÍCLOPE
¡Ay de mí! ¡Apagan la luz de mi ojo!
EL CORO
¡Suave himno!; cántalo, ¡oh Cíclope!
EL CÍCLOPE
¡Ay de mí, otra vez! ¡Cómo me ultrajan! ¡Cómo me asesinan! Pero nunca
os escaparéis contentos de esta cueva, hombres que nada valéis; yo
cerraré la puerta, y mis manos os atraparán.
EL CORO
¿Qué significan esos clamores, ¡oh Cíclope!?
EL CÍCLOPE
¡Muerto soy!
EL CORO
Deplorable es tu estado.
EL CÍCLOPE
Y bien mísero, además.
EL CORO
¿Caíste ebrio en medio del fuego?
EL CÍCLOPE
_Ninguno_ me perdió.
EL CORO
Luego ninguno te ha ofendido.
EL CÍCLOPE
_Ninguno_ cegó mi ojo.
EL CORO
¿Luego no estás ciego?
EL CÍCLOPE
Así lo estés tú.
EL CORO
Pero ¿cómo no te ha cegado ninguno?
EL CÍCLOPE
¿Te ríes? ¿En donde está _Ninguno_?
EL CORO
En ninguna parte, ¡oh Cíclope!
EL CÍCLOPE
Me perdió el huésped odioso que trastornó con su vino mi juicio; ¿lo
entiendes ya?
EL CORO
Grande es el poder del vino, y se domina con trabajo.
EL CÍCLOPE
Por los dioses, ¿se escaparon, o están todavía en la caverna?
EL CORO
Escondiéronse callados bajo el oscuro peñasco.
EL CÍCLOPE
¿Hacia qué parte?
EL CORO
A tu derecha.
EL CÍCLOPE
¿En dónde?
EL CORO
Junto a la misma roca. ¿Los encontraste ya?
EL CÍCLOPE
¡Desdicha sobre desdicha! Al tropezar me he roto el cráneo.
EL CORO
Y se escapan.
EL CÍCLOPE
No estaban, pues, hacia aquí, como dijiste.
EL CORO
No digo que ahí.
EL CÍCLOPE
Pues ¿en dónde?
EL CORO
Dan vueltas a tu alrededor por la izquierda.
EL CÍCLOPE
¡Ay de mí! ¡Cómo se burlan! Os reís de mis males.
EL CORO
Ya no; ahora está delante de ti.
EL CÍCLOPE
¡Oh infame! Al fin, ¿dónde estás?
ODISEO
Lejos de ti se halla Odiseo, bien defendido.
EL CÍCLOPE
¿Qué dices? ¿Cambiaste de nombre? ¿No es este nuevo?
ODISEO
Llámome Odiseo, como me puso el padre que me engendró. Justo era que
expiases tus banquetes impíos; poco glorioso sería para mí haber
incendiado a Troya y que no vengara en ti la muerte de mis compañeros.
EL CÍCLOPE
¡Ay, ay de mí! Cúmplese un oráculo según el cual tú habías de cegarme
al volver de Troya. Pero también predijo que serías castigado vagando
largo tiempo por la mar.
ODISEO
Llora tú ahora, que yo logré mi deseo. Me dirigiré a la ribera, y
navegaré hacia el mar Sículo y hacia mi patria.
EL CÍCLOPE
No será así; que este peñasco que he arrancado alcanzará y aplastara a
ti y a tus compañeros de navegación. Subiré, pues, la colina, ciego y
todo, atravesando esta caverna de dos bocas.
EL CORO
Y nosotros navegaremos con Odiseo, y en adelante serviremos a Dioniso.
FIN DEL TERCERO Y ÚLTIMO TOMO
ÍNDICE
Páginas.
Ion 5
Andrómaca 99
Las Suplicantes 155
Las Bacantes 211
Los Heráclidas 275
Reso 323
El Cíclope 373
NOTAS
[1] «Atlas —dice Hesíodo— sostiene en sus hombros el cielo en los
confines de la tierra, allá en el país de las Hespérides». Era
hijo de Jápeto y de Clímene, hija del Océano y hermana de Menecio,
Prometeo y Epimeteo.
[2] Esta diosa fue Pléyone, madre de las siete Pléyades, hijas suyas
y de Atlas.
[3] Maya, una de las Pléyades.
[4] Delfos, famosa ciudad de la antigua Grecia, junto al Parnaso y
las riberas del golfo Criseo. Creían los griegos que era el centro de
la tierra.
[5] Atenas.
[6] Erecteo o Erictonio, cuarto rey de Atenas, era hijo de la Tierra
y de Hefesto, y reinó en aquella ciudad hacia el año 1489. Dicese que
Atenea, al verlo cojo y contrahecho, como su padre, lo encerró en un
cesto y lo dio a guardar a Aglauro, prohibiéndole mirarlo; pero esta
no la obedeció, y encontró en el cesto un niño, cuyas piernas eran
dos serpientes.
[7] Aglauro, hija de Cécrope, que, según unos, fue atormentada por
las Furias por haber desobedecido la orden de Atenea de no mirar
el cestillo en que le dio a guardar a Erictonio; según otros, fue
convertida en roca por Hermes, por entrometerse indiscretamente en
los amores de este dios y de su hermana Herse, y, por último, según
otros, se sacrificó voluntariamente por su patria en una guerra.
[8] Collares de esta forma.
[9] De Calcodonte, rey de la Eubea, padre de Elefénor, uno de los
héroes griegos del sitio de Troya. Calcodonte murió en una batalla
que le dio Anfitrión y los tebanos. (V. el _Heracles Furioso_).
[10] De la Jonia, región del Asia Menor, separada de la Eolia por el
río Hermo, y regada por el Meandro y el Caistro.
[11] Castalia, fuente de la Fócida, entre Delfos y el Parnaso,
muy celebrada de los poetas, así llamada de la virgen Castalia
que, huyendo de Apolo, fue convertida en fuente. Virgilio, en sus
_Geórgicas_, dice así: _Castaliam molli divertitur orbita clivo_.
[12] Peán, himno religioso, especialmente el que se cantaba a Apolo.
Virgilio, en su _Eneida_, VI. 657, dice así: _laetumque choro paeana
canentis_; y Claud., in Ruf., praef. n. 11, _Omnis, io paean, regio
sonat_.
[13] El águila, que, como se sabe, era mensajera de Zeus, consagrada
a él por ser la reina de las aves, como él era rey del cielo.
[14] La voz del cisne.
[15] En el istmo de Corinto.
[16] Advocación de Apolo como guardián de las calles. (V. nuestra
nota a _Las Fenicias_).
[17] Heracles.
[18] Vanagloriábanse las mujeres griegas de su habilidad en esta
clase de labores, especialmente las atenienses, que las ofrecían
primorosas a Atenea en la fiesta de las Panateneas.
[19] Yolao, su escudero, que cauteriza las heridas de la hidra.
[20] Belerofonte, que montado en el caballo Pegaso dio muerte a la
Quimera.
[21] Famoso gigante, de quien Horacio (III, od. IV) dice:
_Sed quid Typhoeus et validus Mimas,_
_Aut quid minaci Porphyrion statu,_
_Quid Rhoetus evulsisque truncis_
_Enceladus, jaculator audax,_
_Contra sonantem Palladis aegida_
_Possent ruentes?_
Y nuestro divino Herrera, en su oda a don Juan de Austria:
—¡Oh duro y no cansado pecho!
Por quien cayó vencido,
Y en peligroso estrecho
Mimante pavoroso fue deshecho.
[22] Especie de junco con que hacían los tirsos.
[23] Según dice Estrabón (IX, pág. 420), en el centro de la Tierra
había dos palomas que, por orden de Zeus, vinieron a él de los
extremos de la Tierra. Eurípides, como se ve en la réplica de Ion,
dice que eran las gorgonas quizá para asustar a las mujeres, o para
expresar el terror con que los mortales debían visitarlo.
[24] Nació, como hemos dicho, de la Tierra y de Hefesto, esto es, _ex
Vulcani semine, Minervam appetentis_. (Véanse las notas que van al
principio de esta tragedia).
[25] Eurípides alude aquí a la guerra de Erecteo con Eumolpo, rey
tracio que con numeroso ejército vino a devastar el Ática. Consultado
entonces el oráculo, ordenó que fuesen sacrificadas las hijas de
Erecteo. Este las atrajo a su campamento e inmoló a Ctonia, una de
ellas, y las demás se precipitaron desde unos peñascos, por haber
jurado antes que si moría una, las demás la seguirían. Erecteo venció
a Eumolpo, hijo de Poseidón, y su padre, por vengarlo, lo hirió con
su tridente.
[26] Los mitólogos no dicen que Eolo fuese padre de Juto, sino Helén.
Apolod. Bibliot., lib. I, cap. 7. dice así: Ἕλληνος δὲ καὶ Νύμφης
Ὀρσηΐδος, Δῶρος, Ξοῦθος, Αἴολος. De Helén y de la ninfa Orseida
fueron hijos Doro, Juto y Eolo. Doro fue el tronco de los dorios;
Juto, de los aqueos; Eolo, de los eolios, e Ion, el protagonista
de esta tragedia, de los jonios, los cuales pasaron al Asia Menor
y fundaron Éfeso, Mileto, Miunte, Lébedos, Colofón, Priene, Teos,
Eritras, Focea, Clazomene, Quíos y Samos. Así lo contaba la
tradición, aunque la historia diga que todo esto sucedió dos siglos
antes, cuando los heráclidas invadieron el Peloponeso y arrojaron de
allí a los aqueos, los cuales expulsaron a su vez a los jonios, que
fundaron las doce colonias mencionadas.
[27] Trofonio y Agamedes fueron dos hermanos, famosos arquitectos que
edificaron el templo de Apolo en Delfos. Hirieo, rey de Orcómeno, los
llamó para que construyesen su tesoro. Así lo hicieron, en efecto,
aunque con tanta malicia que, de noche, por una puerta secreta,
entraban en él y robaban a Hirieo. Súpolo este, que los cogió en un
lazo, y Trofonio, para que su hermano no le descubriese, le cortó
la cabeza y pudo huir con tan sangriento despojo, muriendo a poco
en una caverna cerca de Lebadea (Beocia). Apolo, agradecido porque
le había edificado su templo, le concedió el don de profetizar lo
futuro. Pausanias cuenta (Beot., IX, 39) que cuando alguno quería
consultarlo debía pasar muchos días purificándose en el templete o
capilla de la Buena Dicha (δαίμονος ἀγαθοῦ καὶ τύχης). Bañábase en
el arroyo llamado Hercina y solo comía carne consagrada de la que
se sacrificaba a unos seis dioses, probada por un sacerdote para
declarar si Trofonio lo recibiría benévola o agriamente. El ánimo y
más solemne sacrificio era el de un carnero, que se inmolaba en un
hoyo llamado Agamedes. Si los augurios eran favorables, llevábanlo a
las aguas de Hercina, en donde dos muchachos de trece a catorce años
lo ungían y lavaban; de allí lo llevaban los sacerdotes al nacimiento
de dicho arroyo, en donde bebía nuevamente el agua del olvido y el
de la memoria; después le enseñaban la estatua de Trofonio, obra de
Dédalo, y la adoraba. Poníanle un saco de lino y le daban su calzado.
El oráculo estaba en una montaña, y la caverna no era natural, sino
obra de los hombres y regular su figura. Para bajar a ella tenía
que valerse de una estrecha escalera y había de llevar en cada mano
una torta hecha con miel. En esta caverna había un hoyo de una
braza de alto y dos de ancho en donde se colocaba el curioso para
conocer las respuestas de Trofonio, que consistían en visiones o
en voces articuladas e inteligibles. Las tortas estaban destinadas
a las culebras que se criaban allí. Recibíanlo los sacerdotes a la
salida, que tardaba más o menos tiempo, y lo sentaban en la silla
del recuerdo, preguntándole lo que había visto u oído. Entregábanlo
luego al cuidado de sus servidores, los cuales le transportaban a la
capilla de la Buena Dicha, en donde volvía en sí al cabo de algún
tiempo.
[28] Como el oráculo de Delfos era tan célebre en toda Grecia,
de aquí también que se le hiciesen ricas ofrendas y presentes de
todo género, como esclavos, vasos sagrados, obras de arte, etc. El
respeto y la veneración que le profesaban todos los griegos hizo que
depositasen en él sus tesoros, cuya posesión más tarde, cuando las
creencias religiosas no eran tan vivas, produjeron la guerra sagrada
(355 a 345 antes de Jesucristo) y la invasión de los galos, mandados
por Breno (278 antes de Jesucristo).
[29] Nosotros decimos, al contrario, que mal de muchos es consuelo de
tontos. Pensando cristianamente, no debemos nunca regocijarnos de las
desdichas ajenas, aunque sean semejantes a las nuestras, pero como no
todos piensan así, lo más común es sentir y expresar lo contrario, ya
porque la soledad de los males nos horroriza, ya porque así creemos
que de este modo apreciarán los demás en su justo valor nuestros
sufrimientos, experimentándolos en propia cabeza. Tal parece ser el
sentido de estas palabras de Ion.
[30] Este principio desenvuelve el poeta en _La Andrómaca_, pues
Neoptólemo, el hijo de Aquiles, muere en Delfos por haber osado
acusar a Febo como autor del asesinato de su padre.
[31] Rasgo de benevolencia hacia el bello sexo, rarísimo en
Eurípides, pues ya dice que hay mujeres buenas, lo cual para él es
mucho decir.