No lo cubrirá el negro manto de la tierra; yo pediré a la esposa de

Hades, a la hija de Ceres, diosa frugífera,[263] que me lo entregue;

débeme este favor, agradecida a mis esfuerzos en hacer creer que honra

a los amigos de Orfeo. Y para mí será en adelante como un muerto y

como quien no ve la luz; nunca me acompañará ni verá a su madre; oculto

en las cavernas de la tierra argentífera,[264] de hombre convertido en

dios, vivirá, sacerdote de Dioniso, en la roca Pangea, en donde habita

el dios, a quien adoran los iniciados en sus divinos misterios. Yo lo

lloraré con moderación, imitando a la diosa marina, cuyo hijo ha de

morir también fatalmente. Nosotras, las nueve hermanas, entonaremos

en su honor fúnebres cánticos, y después celebraremos a Aquiles, hijo

de Tetis, que llorará también. Palas, que te mató, no podrá librarlo

de la muerte; que en el carcaj de Apolo se guarda la flecha que ha

de quitarle la vida. ¡Cuántos cuidados dan los hijos! ¡Cuántas penas

afligen a los mortales! Alejad de vosotras pensamientos temerarios

y pasad sin ellos la vida,[265] y no os veréis en el duro trance de

sepultarlos.

EL CORO

La madre de Reso cuidará de sus funerales; si tú, Héctor, meditas algún

proyecto, ocasión es de realizarlo, que dentro de poco nos inundará la

luz del día.

HÉCTOR

Andad, y que los aliados tomen al punto las armas y ajusten el yugo

al cuello de los caballos. Conviene, no obstante, que, provistos de

antorchas, aguarden la señal de la trompeta tirrena.[266] Espero

derrotar el ejército, asaltar las trincheras de los aqueos e incendiar

sus naves, y que los rayos del sol, que se acerca, solemnicen con su

esplendor el día de nuestra libertad.

EL CORO

Obedece al rey; cúbrannos nuestras armas, y hagamos saber a los aliados

las órdenes de Héctor; y que el dios que nos protege nos conceda la

victoria.

EL CÍCLOPE

ARGUMENTO

El famoso Odiseo, rey de Ítaca, no voluntariamente, sino arrastrado por

vientos contrarios, arriba a la costa de Sicilia, en donde habitaba

Polifemo, el Cíclope, consagrado en absoluto, a pesar de su origen

divino, a satisfacer sus apetitos bestiales. Como gigante, necesitaba

una cantidad de alimento proporcionada a su estatura, y aunque

constituían su más suculenta comida ordinaria los animales domésticos,

regalábase también, cuando la ocasión se presentaba, con la carne de

los desventurados náufragos o extraviados que aportaban a sus dominios.

Los esclavos que a la sazón le servían para atender a su ganadería y a

su labranza eran Sileno y los sátiros hijos de este, que habían caído

en sus manos cuando buscaban a Dioniso, su señor, en poder de unos

piratas tirrenios enviados por Hera, su enemiga.

Odiseo pide a Sileno víveres y agua, estando ausente el Cíclope, y

pagándole su precio; y cuando el viejo exayo del hijo de Sémele se

dispone a complacerlo, por el vino del comprador y con la piadosa

intención de guardarse el precio de la venta, aparece el Cíclope, que

desbarata tan seductores proyectos, desoye las súplicas y exhortaciones

de Odiseo, y lo destina a ser asado o cocido con sus compañeros. Y,

en efecto, mata y se come a dos de ellos, accediendo solo por pura

benevolencia y cortesía ciclópea, agradecido al deleite que ha recibido

de su prisionero escanciándole el licor de Dioniso, a reservarlo para

el último de su antropófago banquete. No queda, pues, otro recurso al

héroe de Homero que matar a Polifemo, y así lo hace, embriagándolo

primero e introduciendo después en su único ojo frontal un enorme tizón

puntiagudo ardiendo.

Esta obra dramática de Eurípides es preciosa para nosotros, por ser

la única de su especie que se conserva, por su mérito literario

intrínseco, y porque nos ofrece al eminente trágico cómico consumado,

y justamente en la época más brillante de su vida y en la flor de su

talento. Contaba entonces el año 57 de su edad, y la representación de

esta obra tuvo lugar en la olimpiada 85, y en su tercer año, 438 antes

de Jesucristo.

El drama satírico, según la opinión más admitida por los eruditos

dedicados a estos estudios, fue inventado como homenaje o expiación

en favor de Dioniso, de cuyas fiestas habían nacido la tragedia y

la comedia, aunque ni la una ni la otra conservaban de su primitivo

origen sino la tradición del hecho, desfigurado y casi olvidado,

hasta el extremo de afirmar los mismos atenienses que en ninguna de

ellas se veía rastro o huella de su origen, aparte de la formación

de las palabras que expresaban el nombre de la tragedia de τράγος,

_macho cabrío_, animal consagrado a Dioniso, y de la época de su

representación en las fiestas dionisíacas. La prueba evidente y al

alcance de todos de esta verdad la hallamos en seguida en los lectores

vulgares de esas composiciones, ignorantes por completo de esa relación

entre el dios coronado de hiedra y las obras dramáticas griegas,

si antes no han llegado a su noticia las indicaciones expuestas.

Se exigió, pues, en desagravio del dios, que a las obras trágicas

acompañase un drama satírico, cuyo asunto había de desenvolver una

fábula o acción relativa a Dioniso, directa o indirectamente, con

un coro compuesto de sátiros, de donde le vino su nombre, y sujeto,

además, a ciertos límites previamente trazados en su exposición y

desarrollo, a sus danzas peculiares y hasta a sus ritmos. Solamente en

la mitología o en la edad heroica, a diferencia de la tragedia y de la

comedia, habían de fundarse sus argumentos, y fueron entre los griegos

lo que las farsas _atelanas_ de los romanos y los entremeses entre

los españoles: lo bufo y lo alegre después de lo serio y lo triste.

Los escribieron y perfeccionaron todos los grandes poetas, Esquilo,

Sófocles, Eurípides, Pratinas, Hegemón y otros muchos.

Pero prescindiendo de su rareza, recomienda especialmente al CÍCLOPE

su valor literario intrínseco, extraordinario a nuestro juicio. Su

acción, elegida, trazada y desenvuelta con naturalidad, sencillez y

sobriedad dramática, tan hábil como práctica en su conjunto y en sus

más ínfimos detalles; la gracia, la claridad y la aparente ligereza

de sus distintas peripecias, y la variedad, la novedad y el interés

escénico de las situaciones burlescas de sus distintos personajes;

la mezcla de serio y de ridículo de un gusto depurado y ático que

resplandece en todas sus estrofas; la diversidad de los caracteres

de sus personajes, maravillosamente diseñados y sostenidos, y, por

último, la poesía verdadera derramada a manos llenas en toda ella,

y en particular en los cantos de los coros, obligan por necesidad a

cuantos lean este drama, si poseen sentido natural para la percepción

de la belleza literaria, y han aprovechado la educación consiguiente

para perfeccionarla, a admirar a su autor como merece, y a confesar

con justicia que su capacidad poética en lo trágico no es inferior,

sino más bien al contrario, en el drama satírico titulado EL CÍCLOPE.

Hasta en las groserías o indecencias que contiene, se muestra hasta

cierto punto moderado, porque, comparadas con las de los poetas cómicos

contemporáneos, resultan, así respecto a su número como a su calidad,

pálidos y vagos reflejos del cinismo, de la desvergüenza y de la osada

procacidad de esos antiguos predecesores helenos de algunos novelistas,

periódicos y autores dramáticos modernos.

PERSONAJES

SILENO, _exayo de Dioniso._

CORO DE SÁTIROS, _hijos de Sileno._

ODISEO, _príncipe de Ítaca._

EL CÍCLOPE, _Polifemo._

La acción pasa en Sicilia, delante de la caverna del Cíclope.

Se ve en el teatro una caverna y su entrada, y próximo a ella un

verde prado.

SILENO

¡Oh Dioniso!, por ti soporto ahora innumerables trabajos, semejantes a

los de mi florida juventud. Primero envió Hera contra mí a las Furias

para que me atormentaran en tu ausencia, después que dejaste a las

ninfas de los montes que te criaron; luego fui tu auxiliar, y a tu

lado combatí en la lucha contra los gigantes y di muerte a Encélado,

rompiendo con mi lanza el centro de su escudo. Pero, poco a poco, ¿no

he soñado todo esto? No, por Zeus, que presenté a Dioniso los bélicos

despojos. Pero nada de esto es comparable a mi última desdicha, cuando

Hera suscitó contra ti a los piratas tirrenios para que te vendiesen

en lejanas tierras, y yo lo supe y con mis hijos navegué en busca

tuya, y yo mismo, empuñando el timón en la popa de la nave, al compás

de los remos y sentados mis hijos en los bancos, azotamos la blanca

espuma del azulado mar, ansiosos de encontrarte, ¡oh rey! Y ya cerca

de Malea,[267] un viento que soplaba del oriente combatió nuestro

bajel y nos arrojó contra estos escollos del Etna, en donde habitaban

los cíclopes[268] homicidas, hijos de un solo ojo del dios marino.

Esclavos somos de uno de ellos, que nos apresó; Polifemo se llama

nuestro dueño, y en vez de celebrar danzas báquicas, apacentamos los

rebaños del impío Cíclope. Mis hijos, muchachos ya crecidos, apacientan

las ovejas en las últimas colinas; yo lleno los abrevaderos y limpio la

casa, y en ella resido, y sirvo al impío Cíclope en sus nefandas cenas.

Y ahora, obediente a sus órdenes, barreré la gruta con estos rastrillos

de hierro, para que esté limpia a la vuelta del Cíclope, mi señor,

y de las ovejas. Pero ya veo a mis hijos que se acercan apacentando

los ganados. ¿Qué es esto? ¿Acaso os entregáis a vuestras ruidosas

danzas,[269] como en otro tiempo, cuando erais fieles compañeros de

Dioniso en la casa de Altea[270] y os deleitabais al son de las liras y

del canto?

EL CORO

¿Adónde caminas, ¡oh hijo de padre noble y de noble madre!? ¿Por qué

vas hacia los escollos? ¿Por ventura no tienes aquí suave aura y alegre

césped, y agua clara de los ríos que reposa en los abrevaderos junto

a la gruta en donde balan tus corderillos? ¡Ay de ti! ¿No pacerás

aquí; no pacerás aquí? ¿No en la colina llena de húmedo rocío? ¡Hola!

Pronto te lanzaré una piedra. Apártate; apártate, ¡oh carnero!, vete al

establo del pastor, del rústico Cíclope.

Déjame, oveja, tus tetas turgentes; entrega tus pezones a los

corderillos que yacen en los lechos. Los balidos de tus hijuelos, que

duermen durante el día, te llaman. ¿No volverás al fin a tu establo,

abandonando los pastos herbosos bajo las rocas del Etna? Aquí no está

Dioniso, aquí no hay coros ni bacantes armadas de tirsos, ni estrépito

de tímpanos junto a las fuentes de agua cristalina, ni frescas gotas de

vino, ni Nisa[271] con sus ninfas.

Báquicos, báquicos versos me hace cantar Afrodita, a la cual perseguía

yo ligero con las bacantes de pies blancos. ¡Oh Dioniso, oh Dioniso

querido! ¿En dónde yaces solitario sacudiendo tu blonda cabellera? Yo,

mientras tanto, tu servidor, soy ahora esclavo del Cíclope de un solo

ojo, siervo errante cubierto con esta piel miserable de macho cabrío,

lejos de ti, a quien amo.

SILENO

Callad, ¡oh hijos!, y ordenad a los criados que traigan los rebaños a

la cóncava gruta que forman estos peñascos.

EL CORO

Andad; pero ¿a que tanta precipitación, ¡oh padre!?

SILENO

Veo a la orilla del mar el casco de una nave griega, y a los remeros

con su capitán que vienen hacia aquí y traen colgados de su cuello

vasos vacíos, sin duda en busca de alimento, y las urnas del agua. ¡Oh

extranjeros desdichados! ¿Quiénes son? No sabrán quién es Polifemo,

nuestro señor, cuando se dirigen hacia este techo inhospitalario,

arrastrados por su triste destino para servir de pasto al Cíclope que

devora a los hombres. Pero callaos, y les preguntaremos de dónde vienen

a las sículas rocas del Etna.

ODISEO

¿Me diréis, ¡oh extranjeros!, en dónde encontraremos algún río para

apagar nuestra sed, y alguno que quiera vender víveres a navegantes

hambrientos? ¿Qué es esto? Parece que hemos arribado a la tierra de

Dioniso, porque veo junto a esa gruta multitud de sátiros. Saludo al

más anciano.

SILENO

Salve, ¡oh extranjero!; di quién eres y cuál es tu patria.

ODISEO

Odiseo, de Ítaca, rey de los cefalonios.

SILENO

He oído hablar de cierto Odiseo, hombre locuaz, del astuto linaje de

Sísifo.[272]

ODISEO

Yo soy, pero no me insultes.

SILENO

¿Desde dónde venís por mar a Sicilia?

ODISEO

Desde Troya, después de haber sufrido en ella muchos trabajos.

SILENO

¿Cómo, pues? ¿No sabías navegar hacia tu patria?

ODISEO

Las tempestades y los vientos me han traído aquí a la fuerza.

SILENO

¡Hola! Tu fortuna es igual a la mía.

ODISEO

¿Contra tu voluntad estás aquí también?

SILENO

Por seguir a los piratas que robaron a Dioniso.

ODISEO

Pero ¿qué país es este y quienes lo habitan?

SILENO

El monte Etna, el más alto de Sicilia.

ODISEO

¿Y las murallas y las torres de la ciudad?

SILENO

No hay; en estas cumbres no habitan hombres, ¡oh extranjero!

ODISEO

¿A quién pertenece esta región? ¿A las fieras, acaso?

SILENO

A los cíclopes, que moran en cavernas, no en casas.

ODISEO

¿A quién obedecen? ¿Gobierna el pueblo?

SILENO

Son pastores nómadas; ninguno obedece a otro.

ODISEO

¿Siembran las espigas de Deméter, o de qué viven?

SILENO

De leche y de queso, y de la carne de sus ganados.

ODISEO

¿Y saborean el licor de Dioniso, el suave jugo de la viña?

SILENO

De ninguna manera; en este país son desconocidas las danzas.

ODISEO

¿Son hospitalarios y benévolos con los extranjeros?

SILENO

Dicen que no hay manjar tan exquisito como su carne.

ODISEO

¿Qué dices? ¿Celebran deleitosos banquetes y devoran los hombres

después de matarlos?

SILENO

Ninguno se ha escapado hasta ahora.

ODISEO

Y el Cíclope, ¿está en la gruta?

SILENO

Fue al Etna a cazar fieras con sus perros.

ODISEO

¿Podrás ayudarnos a huir de aquí?

SILENO

No me es posible; pero pídeme otra cosa.

ODISEO

Véndenos víveres, que no tenemos.

SILENO

Ya te he dicho que solo hay carne.

ODISEO

¡Dulce alivio de nuestra hambre!

SILENO

Y queso y leche de vaca.

ODISEO

Traedlo todo, pues, que la luz es necesaria en estos tratos.

SILENO

Dime tú ahora: ¿cuánto piensas darme en cambio?

ODISEO

No traigo dinero, sino néctar de Dioniso.

SILENO

¡Dulcísima nueva! ¡Largo tiempo hace que no lo probamos!

ODISEO

Regalo es de Marón, hijo del dios.

SILENO

¿El que tuve en otro tiempo en mis brazos?

ODISEO

El hijo de Dioniso, para que me entiendas mejor.

SILENO

¿Y lo guardas en la nave, o lo traes allí?

ODISEO

En este odre, ¡oh anciano!

SILENO

Ni para un trago tengo.

ODISEO

Traeremos dos veces otro tanto.

SILENO

¡Deleitosa, gratísima fuente!

ODISEO

¿Quieres probarlo, que es puro?

SILENO

Así debe ser; la prueba atrae compradores.

ODISEO

Con el odre viene también una copa.

SILENO

Llénala, pues, y recordaré haber bebido en otro tiempo.

ODISEO

Hela aquí.

SILENO

¡Oh placer! ¡Qué aroma despide!

ODISEO

¿Lo viste acaso?

SILENO

No, por Zeus, pero lo percibo.

ODISEO

Pruébalo, pues, y serán fondadas tus alabanzas.

SILENO

¡Oh gozo! Dioniso me excita a bailar. ¡Ah, ah, ah!

ODISEO

¿Qué tal sonaba al atravesar tu garganta?

SILENO

Hasta los tuétanos ha penetrado.

ODISEO

Te daré además dinero.

SILENO

Bástame el odre; déjate ahora de dinero.

ODISEO

Vengan ya los quesos o los corderillos.

SILENO

Los traeré, sin cuidarme de mi amo; por beber una copa daría todos

los rebaños de los cíclopes, y me precipitaría, por embriagarme y

desarrugar mi ceño, en la mar desde la roca Léucade. El que no goza

bebiendo es un insensato; así puedes disfrutar de todos los variados y

dulces goces del amor,[273] y bailar, y olvidar tus penas. ¿Y no besaré

tan suave licor sin hacer caso de las necias lágrimas del Cíclope, y

del único ojo que brilla en medio de su frente? (_Sileno entra en la

caverna_).

EL CORO

Oye, Odiseo, quisiéramos hablarte.

ODISEO

Amigos sois; acercaos al que lo es vuestro.

EL CORO

¿Tomasteis Troya y recobrasteis a la cautiva Helena?

ODISEO

Y también cautivamos a toda la familia de Príamo.

EL CORO

Y después que recobrasteis a esa tierna joven, ¿no la disfrutasteis

todos, por su orden, ya que tanto le plugo casarse con distintos

maridos? De la traidora hablo, que, al contemplar los calzones de

variados colores y el collar de oro que adornaba la garganta de Paris,

perdió el juicio y abandonó a Menelao, el mejor de los hombrecillos.

Ojalá que nunca hubiese nacido mujer alguna..., a no ser para mí solo.

SILENO

Aquí tienes, ¡oh rey Odiseo!, nuestras rústicas riquezas, corderillos

que balan, y no pocos quesos de cuajada leche. Lleváoslos, pues;

alejaos cuanto antes de estas cavernas, y dadme en cambio este dulce

néctar de los báquicos racimos. ¡Ay de mí! El Cíclope viene; ¿qué

hacemos?

ODISEO

Perdidos somos, anciano. ¿Adónde huimos?

SILENO

Entrad en las cavernas; quizá logréis esconderos.

ODISEO

Peligroso es tu consejo, pues nosotros mismos nos precipitaremos en las

redes.

SILENO

No lo es; hay dentro ciertos rincones en donde podéis refugiaros.

ODISEO

No será así; Troya se quejaría bastante si huyésemos de un solo hombre,

cuando yo resistí muchas veces con mi escudo numeroso escuadrón de

frigios. Si hemos de morir, será con gloria; y si vivimos, que sea

después de defendernos con valor, cual cumple a nuestra antigua fama.

EL CÍCLOPE

Detente; trae la luz. ¿Qué es esto? ¿Jugáis acaso? ¿Qué significan esas

bacanales? No está aquí Dioniso, ni suenan las trompetas ni se oyen los

tambores. ¿Y los corderillos recién nacidos? ¿Maman todavía y corren

alrededor de sus madres? ¿Echasteis ya en las cestillas de junco la

leche para los quesos? ¿Qué decís? ¿Qué respondéis? Este palo os hará

llorar en breve; mirad hacia arriba, no al contrario.

EL CORO

Observa tú cómo levantamos al cielo los ojos; veo a las estrellas y a

Orión.[274]

EL CÍCLOPE

¿Preparasteis la comida?

EL CORO

Sí; apresta también tus fauces.

EL CÍCLOPE

¿Llenasteis los vasos de leche?

EL CORO

Si quieres, puedes beberte una cuba entera.

EL CÍCLOPE

¿Es de oveja, de vaca, o mezclada?

EL CORO

La que más te agrade, siempre que no me tragues.

EL CÍCLOPE

De ninguna manera, porque bailando en medio de mi vientre, me mataríais

con vuestros saltos. ¡Hola! ¿Qué gente es esa que veo junto al establo?

¿Son piratas, o ladrones que han arribado? Sí, sin duda alguna; observo

también corderillos de mis rebaños atados con mimbres, y entre ellos,

castillos con quesos, e hinchada la frente calva de este viejo, efecto

de los golpes que ha sufrido.

SILENO

¡Ay de mí! Tales fueron, que estoy calenturiento.

EL CÍCLOPE

¿Quién fue el agresor? ¿Quién, ¡oh anciano!, esgrimió sus puños en tu

cabeza?

SILENO

Esos, ¡oh Cíclope!, porque me opuse a que se llevaran tus bienes.

EL CÍCLOPE

¿No sabían que yo era dios e hijo de dioses?

SILENO

Así les dije, y sin embargo se llevaban tus corderos y comieron queso,

a pesar de mi resistencia, y se disponían a apropiarse los corderos;

aseguraban que te habían de atar a un madero de tres codos, y te

sacarían las entrañas por el ombligo y azotarían soberbiamente tus

espaldas, y después, bien sujeto, te llevarían a la nave y te venderían

para mover piedras con palancas o a trabajar en un molino.

EL CÍCLOPE

¿Conque así hablaron? ¿No cortarás pronto estacas puntiagudas y

encenderás bastante leña? No tardaré en matarlos, y llenarán mi

estómago, y sin ayuda de trinchante los comeré, los unos calientes,

recién sacados de las ascuas, y otros bien cocidos en el puchero,

cansado ya de carne montés; bastantes ciervos y leones he tragado, y

hace mucho tiempo que no como carne humana.

SILENO

Nada hay más sabroso, ¡oh señor!, que alternar con nuevos manjares los

ordinarios; mucho ha que no vienen extranjeros a tu caverna.

ODISEO

Atiende también a estos. Nosotros, deseosos de comprar víveres, vinimos

a tu caverna desde nuestra nave; este nos ha vendido y entregado los

corderos por una copa de vino, que apuró, reinando entre todos la mejor

armonía y sin apelar a la fuerza. Nada tiene de extraño que este viejo

no haya dicho palabra de verdad, porque lo has cogido _in fraganti_

vendiendo lo tuyo.

SILENO

¡Yo! ¡Mala muerte te lleve!

ODISEO

Sí, si miento.

SILENO

No, por Poseidón que te engendró, ¡oh Cíclope!; no, por Tritón el

magno[275] y por Nereo;[276] no, por sus hijas y por Calipso,[277] por

las sagradas olas y por todos los peces te juro, ¡oh Cíclope bellísimo,

oh dueñecito mío!, que nada tuyo vendí a los extranjeros; si así no

fuere, que tengan mala muerte estos hijos míos que tanto amo.

EL CORO

Oye tú; seguro estoy de haberte visto vendiendo a los extranjeros, y si

es falso, que se muera mi padre; pero no seas injusto con ellos.[278]

EL CÍCLOPE

Mentís; más confianza me inspira Sileno que Radamanto,[279] y declaro

que es más imparcial. Pero voy a interrogaros. ¿De dónde venís? ¿Cuál

es vuestra patria? ¿En qué ciudad nacisteis?

ODISEO

Nacimos en Ítaca, y después de derribar a Ilión, vientos marinos, ¡oh

Cíclope!, nos han arrojado a tus dominios.

EL CÍCLOPE

¿Sois, acaso, de los que fueron a la ciudad de Ilión, próxima al

Escamandro,[280] a vengar el rapto de la malvada Helena?

ODISEO

Somos, en efecto, los que sufrieron tan intolerables trabajos.

EL CÍCLOPE

Vergonzosa empresa, en verdad, navegar a la Frigia por una mujer.

ODISEO

Obra fue de una deidad, y así, no acuses a los mortales. Nosotros,

¡oh noble hijo del dios marino!, te suplicamos y te pedimos, a fuer

de hombres libres, que no mates a tus amigos que han llegado a esta

caverna, convirtiéndolos en manjar impío de tu boca, porque nosotros,

¡oh rey!, dimos a tu padre posesión de varios templos en distintos

lugares de la Grecia, e inviolados continúan el santo puerto del Ténaro

y las alturas inaccesibles de Malea, y el promontorio Sunio, abundante

en plata, consagrado a la diosa Atenea, y los asilos Gerésteos,[281]

y no perdonamos a los frigios los graves insultos con que deshonraron

a la Grecia, de cuya gloria tú también participas, puesto que griego

es este rincón apartado[282] que habitas bajo las rocas volcánicas

del Etna. Ley es entre los mortales, si no te convencen mis palabras,

acoger benévolos a los suplicantes que se pierden en la mar y

ofrecerles presentes hospitalarios y vestidos, no clavarlos en largos

asadores para llenar tu vientre y ejercitar tus mandíbulas. Bastantes

griegos perecieron en la tierra de Príamo, que bebió la sangre de

muchos muertos al empuje de la lanza, y muchas esposas quedaron sin

maridos, y sin hijos ancianos y ancianas de blancos cabellos. Si

devoras en tus crueles banquetes a algunos de mis compañeros, asándolos

antes, ¿adónde nos dirigiremos? Sigue, pues, mi consejo, ¡oh Cíclope!;

refrena tu voraz gula, y piadoso, no impío, recuerda que ilícitas

ganancias son de ordinario gravosas.

SILENO

Si te atienes a mi dictamen apurarás la carne de este, y si comes su

lengua, ¡oh Cíclope!, serás charlatán elocuentísimo.

EL CÍCLOPE

Las riquezas, ¡oh hombrecillo!, son la única deidad de los prudentes;

todo lo demás, sonoras y vanas palabras. No me cuido de los marinos

alcázares consagrados a mi padre, e inútilmente los ensalzaste en

tu discurso. Tampoco temo el rayo de Zeus, ¡oh extranjero!, ni creo

que sea un dios más poderoso que yo. Este rey del Olimpo, por las

razones que te diré, me inquieta muy poco; cuando difunde la lluvia

desde el cielo, me refugio en esta caverna en donde no penetra el

agua, y saboreo una ternera asada o algún otro animal bien rollizo, y

descanso en cómoda postura[283] después de beberme una ánfora de leche,

resonando mi manto con un ruido émulo de los truenos de Zeus. Cuando

el tracio Bóreas arrastra nieve, me envuelvo en pieles de fieras,

enciendo fuego y no me curo de nada. Necesariamente la tierra, ya

quiera o no, produce hierba que engorda a mis rebaños; yo no mato para

ofrecer víctimas a los dioses, sino solo para mí y para mi vientre, el

principal de todos; beber y comer y satisfacer la necesidad de cada día

es el Zeus de los sabios, y no afligirme por nada; me compadezco de los

que establecieron leyes para civilizar al humano linaje, y no dejaré

de regalarme absteniéndome de comerte. Y para que no me reconvengas,

recibirás, en presente hospitalario, fuego, agua y esta caldera que

contendrá tu carne hecha pedazos y la cocerá de lo lindo. Pero entrad y

os acercaréis al ara del dios de la caverna, y celebraré con vosotros

opíparo banquete. (_Entra el Cíclope en la caverna_).

ODISEO

¡Ay, ay de mí! Ileso salí de los peligros de Troya y de la mar, y

tropiezo ahora con este ser impío, de corazón inexorable. ¡Oh Palas, oh

señora, hija de Zeus, socórreme, socórreme! Aguárdanme trabajos más

graves que los de Troya, y más temibles riesgos. Y tú, Zeus, protector

de la hospitalidad, que habitas entre los astros brillantes, mira todo

esto, que si no me atiendes serás un Zeus inútil, un dios que para nada

sirve. (_Sigue al Cíclope_).

EL CORO

Abre, ¡oh Cíclope!, los labios de tu inmensa boca, que ya están

prontos tus cocidos y asados; limpielos después de apartarlos del

fuego, para que tragues y tritures con tus dientes los miembros de los

extranjeros, recostado en la erizada piel de macho cabrío. Ruégote que

para mí nada dejes; disfruta tú solo y llena tu vasto vientre. ¡Ojalá

que yo no vea más esta caverna, ni presencie el impío sacrificio de

víctimas que celebra el Cíclope del Etna, ávido de devorar las carnes

de los navegantes! Cruel es el miserable que degüella a los viajeros

suplicantes que se acercan a sus lares y los despedaza y traga, ya

comiéndolos cocidos con sus abominables dientes, ya asando carne humana

y devorándola caliente cuando la aparta del fuego.

ODISEO

¡Oh Zeus! ¿Qué diré, testigo en esta caverna de tales horrores,

increíbles y más fabulosos que reales?

EL CORO

Obras dramáticas de Eurípides (3 de 3) · 第 16 / 20 段