que Zeus Máximo aleje la invencible envidia que pueden excitar tus
palabras. Ni ahora ni antes trajo la armada de Argos varón más ilustre
que tú. ¿Cómo Aquiles, cómo Áyax podrán resistir tu empuje? ¡Ojalá, oh
rey, que yo vea el día en que los castigues con tu lanza, llenando de
sangre tus manos!
RESO
Disculparás mi larga ausencia cuando te deje gozar de esos deleites;
dígote, pues, con perdón de Adrastea, que después de librar a Troya de
sus enemigos, y cuando apartes los despojos que has de consagrar a los
dioses, iremos juntos a la tierra argiva y devastaré con mis armas a
toda la Grecia, para que a su vez sufran tan aflictivos males.
HÉCTOR
Sí; libre del que ahora nos aqueja, habitaré en Troya, segura como en
otro tiempo, y daré eternas gracias a los dioses. Por lo que toca a
Argos y a la Grecia, no es tan fácil devastarla como aseguras.
RESO
¿No dicen que los sitiadores son los más esforzados de los griegos?
HÉCTOR
No, en verdad; rebajamos su valor; bástanos rechazarlos siempre.
RESO
Muertos, pues, estos, lo demás será fácil empresa.
HÉCTOR
No pienses ahora en lo más remoto, olvidándote de lo que tienes más a
la mano.
RESO
¿Y te contentas con sufrir, no con curar males?
HÉCTOR
Vasto es mi imperio, aun sin salir de aquí; llévate, pues, los armados
de peltas, y acampa tu ejército, ya en el ala izquierda, ya en la
derecha, ya en el centro de los aliados.
RESO
Mi único deseo es pelear con los enemigos, ¡oh Héctor! Así, si no
te avergüenzas de no incendiar conmigo las popas de las naves, ya
que tantas han sido tus bélicas fatigas, déjame acampar frente a las
huestes de Aquiles.
HÉCTOR
Es imposible que le ataques con irresistible lanza.
RESO
Se dijo que había navegado también contra Troya.
HÉCTOR
Navegó y vino, en efecto; pero airado con los generales, dejó ociosa su
mano.
RESO
Después de él, ¿cuál se distingue más?
HÉCTOR
En mi concepto, no le son inferiores Áyax y el hijo de Tideo; Odiseo es
también elocuentísimo hablador, bastante animoso, y fautor de muchos
males que afligen a Troya. Penetró de noche en el templo de Atenea,
robó el Paladión[244] y lo llevó a las naves de los argivos. Merodeando
otra vez, disfrazado de mendigo, atravesó las murallas y pedía a los
dioses que enviasen a los argivos muchas desdichas, y vino de espía a
Ilión, y se escapó, después de matar a los centinelas y capitanes de
las puertas; siempre está armando asechanzas cerca de la ciudad, junto
al altar Timbreo,[245] y sostenemos con él frecuentes luchas, hijas de
su sagacidad maléfica.
RESO
Ningún varón esforzado quiere matar a su enemigo a traición, sino
atacándolo frente a frente. A mis manos vendrá vivo el que tú dices
que trama dolorosas asechanzas y espía ocasión oportuna para ejecutar
sus insidiosos intentos, y lo clavaré por la espalda a la salida de
las puertas, y será pasto de los buitres y demás aves; que si es un
salteador y despoja los templos de los dioses, debe sufrir este género
de muerte.
HÉCTOR
Ahora ocupad vuestro puesto en los reales, que es de noche. Yo te
enseñaré el lugar en donde pernoctará tu ejército, separado de las
filas. No olvides, por si fuera menester, que la seña es «Febo», y
anuncíalo a los tracios. Adelantaos vosotros (_A los vigilantes_) un
poco y vigilad con cuidado, y aguardad a Dolón, que ha ido a explorar
las naves, que, si se salva, no tardará en volver al campamento
troyano.[246]
EL CORO
¿A quién toca hacer la guardia? ¿Quién me releva? Ya se ocultan las
primeras estrellas y se ven las siete Pléyades, y el águila vuela
en los aires. Despertad. ¿Por qué vaciláis? Levantaos del lecho;
despertad, que la vigilia os aguarda. ¿No veis la luz de la luna? Ya se
acerca, ya se acerca la aurora, precedida del matutino lucero.
EL SEMICORO
¿A quién toca la primera guardia?
EL OTRO SEMICORO
Dicen que a Corebo, el hijo de Migdón.
EL SEMICORO
¿Y a quién después?
EL OTRO SEMICORO
El ejército peonio relevó a los cilicios, y nosotros a los misios.
EL SEMICORO
Tiempo es ya, según ha dispuesto la suerte, de que nosotros llamemos a
los licios para la cuarta vigilia.
EL CORO
Ya oigo al ruiseñor de artificioso canto, asesino de sus hijos,[247]
que a las orillas ensangrentadas del Simois canta sus penas; ya los
rebaños pastan en el Ida, ya se percibe el sonido de la flauta, que
interrumpe el silencio de la noche; el sueño solicita dulcemente mis
ojos, y al despuntar la aurora, se desliza suavísimo en mis párpados.
EL SEMICORO
¿Por qué no vendrá el espía que envió Héctor a explorar las naves?
EL OTRO SEMICORO
Algo temo; mucho dura su ausencia.
EL SEMICORO
¿Habrá perecido víctima de ocultas asechanzas? Casi estoy por creerlo.
EL OTRO SEMICORO
Llamemos a los licios, a quienes la suerte ha designado para montar la
quinta vigilia.[248]
ODISEO
¿Oíste, Diomedes? ¿Son vanos ruidos que se deslizan hasta mí? ¿Es
estrépito de armas?
DIOMEDES
No; son las cadenas de hierro de los carros ecuestres; el miedo me
sobrecogió también antes de asegurarme que era el crujir de las cadenas
de los caballos.
ODISEO
Cuida no tropieces con los centinelas nocturnos.
DIOMEDES
Mío es ese cuidado, aunque nos oculten las tinieblas.
ODISEO
Si despierta alguno, ¿te acordarás de la seña del ejército troyano?
DIOMEDES
«Febo» es la seña, según dijo Dolón.
ODISEO
Vamos; abandonadas están estas tiendas.
DIOMEDES
Mas Dolón dijo que era la tienda de Héctor, contra cuyo pecho viene
esta lanza.
ODISEO
¿Qué será, pues? ¿Se habrá ido a otra parte su cohorte?
DIOMEDES
Quizá a armarnos alguna asechanza.
ODISEO
Audaz es Héctor; audaz porque ahora vence.
DIOMEDES
¿Qué hacemos, Odiseo? No encontramos a nuestro hombre en la tienda, y
vano ha sido nuestro empeño.
ODISEO
Vayamos cuanto antes a la estación naval. Sálvalo algún dios que lo
favorece; no debemos pelear contra la fortuna.
DIOMEDES
Busquemos, pues, a Eneas, o a Paris, el más odioso de los frigios, y
cortemos en castigo su cabeza.
ODISEO
Pero ¿cómo podrás encontrarlos de noche, en medio de un ejército
enemigo, y matarlos sin peligro?
DIOMEDES
Es vergonzoso volver a las naves de los argivos sin ejecutar ninguna
hazaña que humille a los troyanos.
ODISEO
¿Cómo que no? ¿No matamos a Dolón, espía de nuestras naves, y guardamos
sus despojos? ¿Crees que tú solo acabarás con todo el ejército?
Obedéceme y volvámonos. ¡Que la fortuna nos favorezca!
ATENEA
¿Adónde, pues, os volvéis desde el campamento troyano, agobiado vuestro
corazón por la tristeza, porque los dioses no os conceden matar a
Héctor ni a Paris? ¿No sabéis que ha venido Reso, aliado de Troya, con
pomposo aparato? Si mañana viene, ni la lanza de Aquiles ni la de Áyax
le impedirán destruir el campamento griego, arruinar las trincheras y
abrirse con su esfuerzo ancha puerta dentro de ellas. Si lo matas, todo
es tuyo. Deja la tienda de Héctor, y no pienses en cortarle la cabeza,
que otra mano ha de matarlo.
ODISEO
Hiriome, ¡oh Atenea soberana!, el eco conocido de tu voz; tú siempre me
socorres en el peligro; dinos en dónde yace ese guerrero y en qué parte
del ejército bárbaro tiene su puesto.
ATENEA
Aquí cerca, separado de sus compañeros, fuera de las filas, por orden
de Héctor, hasta que suceda a la noche la luz del día. Caballos
blancos, visibles en la noche, están próximos, atados a sus carros
tracios; brillan como el plumaje del cisne de los ríos. Robadlos, pues,
que son riquísimo botín, después de matar a sus dueños; en todo el orbe
no se encontrará un carro semejante.
ODISEO
O mata tú, Diomedes, a los tracios, o déjame a mí que lo haga y tú
robarás los caballos.
DIOMEDES
Yo mataré y tú sujetarás los caballos. Mucha es tu experiencia en
tales hazañas y grande tu sagacidad. Es menester que se utilicen los
servicios de cada uno según sus facultades.
ATENEA
Alejandro[249] se acerca a nosotros, sin duda porque algún centinela
le habrá comunicado sus vagas sospechas acerca de la llegada de los
enemigos.
DIOMEDES
¿Solo o acompañado?
ATENEA
Solo; según parece, viene a la tienda de Héctor a participarle que
espías griegos rondan el campamento.
DIOMEDES
¿Muere este primero?
ATENEA
Tú no podrás más que el destino, el cual no consiente que perezca a tus
manos. Pero aproxímate cuanto antes a Reso, a quien has de dar muerte
fatal; yo me apareceré a Paris como si fuese Afrodita que le socorre
en sus peligros, y me burlaré a mansalva de mi enemigo. Y esto solo
vosotros lo sabéis, que quien debe padecer, ni lo conoce ni lo oye,
aunque esté inmediato.
PARIS
¿Duermes, Héctor, mi capitán y hermano? ¿No debías velar? Enemigos se
acercan a nuestro ejército, ya sean ladrones, ya espías.
ATENEA
Nada temas; yo, Afrodita,[250] que te estimo, cuido de ti. Yo también
me intereso en esta guerra, y no me olvido de la palma que me diste, y
agradecida te favorezco. Y ahora vengo a salvar al ejército troyano y
te traigo un guerrero esforzado, amigo tuyo, hijo tracio de la divina
Musa que canta,[251] y a cuyo padre llaman Estrimón.
PARIS
Siempre eres benévola conmigo y con mi patria; gran tesoro aseguré en
favor de Troya dándote la palma. He venido, no por saber claramente lo
que pasaba, sino guiado por cierto rumor vago. Los centinelas dicen que
se han acercado espías griegos; y el que no los ha visto lo afirma, y
el que los vio no puede indicar el camino que han tomado. He aquí el
motivo que me trajo a la tienda de Héctor.
ATENEA
Nada temas; no amenaza al ejército peligro alguno. Tu hermano, ausente,
da sus órdenes para que acampe el ejército tracio.
PARIS
Tus palabras me persuaden, y dándoles la fe que merecen, voy, libre de
temor, a conservar el orden en el campo.
ATENEA
Vete; no te olvides que velo por cuanto te interesa, y que nada me
satisface tanto como contemplar felices a mis amigos. Algún día sabrás
hasta dónde llega mi benevolencia. (_Vase Paris_). A ti digo, ¡oh hijo
de Laertes!, que te dejas arrastrar de tu ánimo, fogoso en demasía, y
que ocultes sin tardanza tu afilado acero. Por tierra yace el capitán
tracio, y vuestros son sus caballos; pero los enemigos, sabedores de lo
que sucede, vienen a buscaros. Huid, pues, cuanto antes a la estación
naval. ¿Por qué vaciláis? Salvad vuestra vida, que llega un tropel de
troyanos.
EL CORO[252]
¡Ea, ea; hiere, hiere, hiere, hiere: mata, mata! ¿Quién es este hombre?
Helo aquí; este digo. Ladrones son que de noche perturban el ejército.
Que venga, que venga por aquí alguno. Aquí están, ya son míos. ¿Que
dices? ¿De dónde has venido? ¿Cuál es tu patria?
ODISEO
No te interesa saberlo; hoy morirás si me haces algún mal.
PRIMER SEMICORO
¿No dirás la seña antes que te atraviese el pecho con mi lanza?
ODISEO
Detente; nada receles.
SEGUNDO SEMICORO
Acércate más. (_A uno de los soldados que le acompañan_). Hiere,
quienquiera que sea.
PRIMER SEMICORO
¿Fuiste tú, acaso, el que mataste a Reso?
ODISEO
No; el que había de matarlo.
SEGUNDO SEMICORO
Quietos todos.
PRIMER SEMICORO
De ninguna manera.
SEGUNDO SEMICORO
Cuidado, no mates a algún amigo.
PRIMER SEMICORO
Pero ¿cuál es la seña?
ODISEO
Febo.
SEGUNDO SEMICORO
Ya entiendo. Que nadie mueva su lanza.
PRIMER SEMICORO
¿Sabes, acaso, hacia dónde se dirigieron esos guerreros?
SEGUNDO SEMICORO
Por esta senda los vimos.
PRIMER SEMICORO
Que alguno siga sus huellas. ¿Se da la voz de alarma?
SEGUNDO SEMICORO
No es conveniente alborotar a los aliados durante la noche, madre de
terroríficos fantasmas.
EL CORO
_Estrofa._ — ¿Qué guerrero es el que ha venido aquí? ¿Quién, haciendo
alarde de su audacia, se jactará de escaparse de mis manos? ¿En dónde
lo alcanzaré? ¿A quién lo compararé? ¿Ha venido, intrépido, durante la
noche, atravesando las cohortes y los vigilantes? ¿Es acaso tesalio,
o habitante de la ciudad marítima de los locrenses?[253] ¿Se crio
en alguna de las Espóradas?[254] ¿Quién era? ¿De qué gente? ¿De qué
patria? ¿A qué dios venera?
PRIMER SEMICORO
¿Será esa hazaña obra de Odiseo? ¿Quién será este héroe?
SEGUNDO SEMICORO
¿Por qué no, si así nos lo hace presumir lo que ha sucedido hasta ahora?
PRIMER SEMICORO
¿Lo crees, acaso?
SEGUNDO SEMICORO
¿Por qué no?
PRIMER SEMICORO
Osado es, sin duda, en daño nuestro.
SEGUNDO SEMICORO
¿Quién? ¿A quién alabas por su valor?
PRIMER SEMICORO
A Odiseo.
SEGUNDO SEMICORO
No celebres a un guerrero que solo se distingue hurtando.
EL CORO
_Antístrofa._ — También vino antes a la ciudad y era su apariencia de
imbécil, y estaba cubierto de harapos, y bajo ellos llevaba escondida
su espada. Mendigando el sustento iba como siervo fugitivo, con sus
cabellos desaliñados y sucios; muchas imprecaciones lanzó contra
el linaje de los Atridas como si fuese enemigo. ¡Ojalá que hubiese
perecido, que hubiese perecido en rigurosa justicia antes de pisar la
tierra de los frigios!
EL SEMICORO
Ya haya sido Odiseo, ya otro cualquiera, el miedo me sobrecoge.
PRIMER SEMICORO
Héctor se enfurecerá contra nosotros, que estábamos de centinela.
SEGUNDO SEMICORO
¿Y cómo nos ha de reconvenir?
PRIMER SEMICORO
Lo llevará a mal.
SEGUNDO SEMICORO
Pero ¿en qué faltamos? ¿Qué temes?
PRIMER SEMICORO
Que entre nosotros pasaran...
SEGUNDO SEMICORO
¿Quiénes?
PRIMER SEMICORO
Los que han venido esta noche al campamento frigio.
EL COCHERO
¡Ay, ay! ¡Grave golpe de la fortuna! ¡Ay, ay!
EL CORO
Pist..., callad todos; estaos quietos; alguno caerá, acaso, en la red.
EL COCHERO
¡Ay, ay de mí! ¡Cuán funesta es la desdicha que sufren los aliados
tracios!
EL CORO
¿Quién gime?
EL COCHERO
¡Ay, ay de mí! ¡Desventurado soy, y tú también, rey de los tracios!
¡Oh, en mal hora viniste en ayuda de la funestísima Troya! ¡Cuál ha
sido el término de tu vida!
EL CORO
¿Quién eres, en fin, de nuestros aliados? Las tinieblas de la noche no
me dejan ver ni conocerte claramente.
EL COCHERO
¿En dónde encontraré a algún príncipe troyano? ¿En dónde duerme Héctor,
resguardado con su escudo? ¿A cuál de los capitanes del ejército
contaré, ¡ah, ah, ah, ah!, los males que hemos sufrido, la desgracia de
que hemos sido víctimas, obra de un desconocido, pródigo en desdichas
deplorables para los tracios?
EL CORO
Algún infortunio ha sobrevenido al ejército de Reso, según parecen
indicar las palabras de este.
EL COCHERO
¡Pereció el ejército, cayó el rey, víctima de pérfida mano! ¡Dolor
mortal me causa la herida que me consume! ¡Que yo muera! ¡Ah, ah, ah,
ah! Reso y yo debíamos perecer miserablemente por socorrer a Troya.
EL CORO
No hay duda que estos lamentos indican alguna calamidad; claramente dan
a entender que han perecido los aliados.
EL COCHERO
Calamidad grave y afrentosa, doblemente intolerable, nos ha herido.
El morir con gloria, si al fin se ha de morir, paréceme amargo al que
lo sufre; ¿cómo no? La nobleza y el lustre de las familias es goce de
los vivos; nosotros, al contrario, perecemos temeraria y torpemente.
Después que Héctor nos señaló nuestro puesto en los reales, y nos
comunicó la seña, dormíamos recostados en la tierra, vencidos del
cansancio, y no velaban por el ejército nocturnos centinelas, ni
estaban a mano las armas ni guardados los yugos de los caballos,
confiando el rey en que vosotros erais vencedores y amenazabais a las
popas de las naves; descuidados nos entregábamos todos al reposo. Yo,
solícito, desperté de mi sueño y di abundante pienso a los caballos,
creyendo que mañana pelearíamos con ellos. Vi entonces a dos hombres
que, en la oscuridad de la noche, rondaban nuestro campamento, y que
al moverme se deslizaron y huyeron; les di voces para espantarlos,
pensando que fuesen ladrones que venían a robarnos. Pero nada
replicaron; yo no sé mas; volví a mi tienda y me dormí. Y en sueños
se me apareció cierto fantasma; en sueños, según creía, vi dos lobos
que se cebaban en los lomos de los caballos que yo crie y a los cuales
regía, unidos al carro de Reso, y que azotándolos con sus colas[255]
los aguijoneaban, dando ellos resoplidos de ira y resistiéndose de
miedo. Despierto entonces pugnando por ahuyentar a esas fieras de los
caballos, y agitado de nocturnos terrores. Al levantar la cabeza oigo
gemidos de moribundo. Un río de sangre juvenil caliente me inunda al
acercarme a mi señor, víctima de triste muerte. Sobresalteme, sin tener
a mano la lanza, y al buscar y requerir mi espada, hiriome un robusto
brazo en el costado; sentí el golpe que abrió en mi cuerpo profundo
surco. Caí en tierra, y ellos, dueños del yugo ecuestre, aceleran en su
huida el paso de los caballos. ¡Ay, ay de mí! ¡El dolor me atormenta,
y ya, desventurado, no puedo sostenerme! Y aunque he presenciado esta
desgracia, no puedo decir quiénes han sido sus autores, ni cómo la han
causado. Presumo, sin embargo, que deben ser amigos.[256]
EL CORO
Cochero del mísero tracio, no sospeches que no son enemigos los que han
perpetrado ese crimen. Pero Héctor, sabedor de él, se acerca; como es
justo, se conduele de tus males.
HÉCTOR
¿Por qué, ¡oh fautores de gravísimos males!, se os escaparon
vergonzosamente los espías griegos que han asesinado a vuestros
compañeros, y no los rechazasteis ni al entrar ni al salir del
campamento? ¿Quién expiará esta falta? Tú, que guardabas nuestro
ejército. Ilesos huyeron, burlándose del descuido de los frigios y de
mí, que soy vuestro capitán. Tened, pues, por cierto, y os lo juro por
el poder de Zeus, que, en castigo, serás azotado o muerto. Creed, si no
lo hago, que Héctor es un cobarde y para nada sirve.
EL CORO
¡Ay, ay! ¡A mí grande, grande...![257] ¡Oh general, defensor de la
ciudad!; sin duda penetraron cuando vine a anunciarte que se veían
luces junto a las naves del ejército argivo; ni mis ojos vigilantes
se cerraron esta noche, ni un momento durmieron, no, por las fuentes
del Simois; no te encolerices conmigo, ¡oh rey!; yo no he faltado a
mi deber. Y si después llega a tu noticia algún hecho o dicho mío
intempestivo, entiérrame vivo, que no pediré perdón.
EL COCHERO
¿A qué tales amenazas? ¿Por qué, siendo tú también bárbaro, intentas
engañarme con artificiosos discursos? Obra tuya es todo; ningún otro
fue autor de la muerte de Reso ni de la herida que he recibido; larga
y sagaz oración necesitas, sin duda, para persuadirme de que no has
asesinado a tus amigos. Tu deseo de poseer los caballos te arrastró
a matar a tus aliados. Recuerdo bien las protestas que hiciste. Los
desdichados llegaron y murieron. Menos criminal fue Paris violando
el derecho de la hospitalidad que tú, que asesinaste a los que te
socorren. No digas que algún argivo, acercándose a nosotros, ha sido
el delincuente. ¿Quién, en verdad, atravesando las cohortes troyanas,
podría llegar oculto a nuestros reales? Tú y el ejército argivo
estabais aquí antes. ¿Cuál otro fue herido, cuál de tus aliados ha
muerto, si vinieron los griegos, como dices? Las víctimas que han
derramado su sangre nosotros somos y lo que es más sensible, nuestros
son también los que ya no ven la luz. En suma: no acusamos a ningún
griego. ¿Quién podría encontrar la tienda de Reso en las tinieblas de
la noche, a no decirlo algún dios? Ni aun sabían que hubiese llegado;
luego tú eres el verdadero criminal.
HÉCTOR
En tantos años como han transcurrido desde que nos ayudan nuestros
aliados y el pueblo aqueo sitia a Troya, nadie me ha reconvenido por
ningún delito; tú eres el primero que lo hace. Por grande que fuese mi
afición a esos caballos, nunca me hubiese arrastrado a dar muerte a mis
amigos. Obra es de Odiseo. ¿Qué otro argivo podría haber concebido ese
proyecto? ¿Cuál realizarlo? Le temo, y me aflige que hayan encontrado
a Dolón y perecido a sus manos; hace ya largo tiempo que se ausentó, y
por ninguna parte parece.
EL COCHERO
Nada sé de ese Odiseo a que aludes; pero estoy seguro de que ningún
enemigo nos ha herido.
HÉCTOR
Piensa tú lo que quieras, si tal es tu placer.
EL COCHERO
¡Oh tierra patria, ojalá que muriese en tu seno!
HÉCTOR
No morirás; bastantes han muerto ya.
EL COCHERO
¿Adónde volveré mis ojos, no existiendo mis dueños?
HÉCTOR
Mi palacio te acogerá y te cuidará.
EL COCHERO
¿Y cómo me han de curar las manos de mis asesinos?
HÉCTOR
No dejarás de repetir siempre lo mismo.
EL COCHERO
Muera el que lo hizo; no te maldigo, como piensas; pero la Justicia lo
sabe mejor que yo.
HÉCTOR
Lleváoslo a mi palacio, y cuidad de que no sufra; y vosotros encaminaos
a la ciudad, y decid al Senado que mande sepultar los muertos en las
encrucijadas de los caminos.[258]
EL CORO
¿Qué objeto se propone el numen adverso, que, después de tanta ventura,
llena otra vez a Troya de lágrimas? Pero ¿qué es esto, ¡oh, oh!? ¿Qué
diosa, ¡oh rey!, lleva en sus brazos por el aire el cuerpo de Reso?
Estupefacto quedo al contemplar este portento.
MUSA
Podéis mirar, troyanos; yo, Musa adorada de los sabios, una de las
nueve hermanas, me presento a vosotros; vengo por este hijo mío,
asesinado miserablemente por sus enemigos. El pérfido Odiseo, que lo
mató, pagará algún día su crimen. Con lágrimas míseras, ¡oh hijo!, te
lloro, con dolor de madre. Funesta ha sido tu venida a Troya, funesta
tu obstinación, sin haber celebrado los auspicios, prohibiéndotelo yo y
desoyendo los ruegos de tu padre. ¡Ay de mí, mísera! ¡Oh hijo amado!,
¡oh hijo amado! ¡Ay de mí!
EL CORO
En cuanto debo, no uniéndome contigo lazo alguno de parentesco, deploro
la triste suerte de tu hijo.
LA MUSA
¡Perezca el nieto[259] de Eneo; perezca también el de Laertes, que me
han arrebatado el mío nobilísimo, y Helena, que abandonó su palacio,
navegando, robada, al tálamo frigio y perdiéndote miserablemente
junto a Ilión, ¡oh tú, el muy querido!, arrancando de innumerables
ciudades esforzadísimos varones! Mucho, ¡oh hijo de Filamón!,[260] ya
mientras viviste, ya al descender al Orco, atormentaste mi corazón; tu
arrogancia, que te perdió, y tu lucha con las Musas, fueron causa de
que yo diese a luz este hijo desdichado. Atravesando las ondas del río,
llegué al lecho en que te engendró el Estrimón, cuando nosotras las
Musas fuimos al monte Pangeo, rico en oro terrenal, a celebrar cantando
famoso certamen con el ilustre tracio, y cegamos a Tamiris, que había
lanzado contra nuestro arte muchas injurias. Y después que te di la
vida, por respeto a mis vírgenes hermanas, te deposité en los remolinos
de tu caudaloso padre; pero Estrimón, para criarte, no te confió a
manos mortales, sino a las ninfas de las fuentes. Allí, bien educado
por ellas, llegaste a ser el más famoso, ¡oh hijo!, y el soberano de
la Tracia. No temía que murieses en tu patrio suelo, cuando ordenabas
las huestes ávidas de sangre; sabedora de tu destino, te prohibía que
auxiliases a Troya. Las embajadas de Héctor y los frecuentes mensajes
del Senado te indujeron a venir al socorro de tus amigos. No creas que
ignoro que a Atenea se debe esta desdicha; nada hizo Odiseo ni el hijo
de Tideo, aunque lo parezca. Y sin embargo, nosotras las Musas adoramos
todas a Atenas, ciudad de esa diosa, y con ella tenemos frecuente
trato, y Orfeo,[261] primo de Reso, a quien tú mataste, reveló en ella
secretos misterios, y a Museo,[262] tu santo ciudadano, y uno de los
que más se distinguieron en el arte, enseñamos nosotras las nueve
hermanas y el mismo Febo, y en premio de esto lloro ahora a mi hijo,
llevándolo en mis brazos. No tengo necesidad de acudir a nadie que me
explique esta desgracia.
EL CORO
Temerariamente, ¡oh Héctor!, nos calumnió el cochero tracio diciendo
que habíamos maquinado ese crimen.
HÉCTOR
Ya lo sabía; no necesitaba oír a ningún adivino para asegurar que
había perecido por obra del astuto Odiseo. Pero al ver que el ejército
griego sitiaba a mi patria, ¿por qué no había de enviar mensajeros a
mis amigos para que viniesen a socorrer a Troya? Los envié, pues; como
debía, vino a ayudarme en esta guerra. No me alegro, en verdad, de su
muerte. Y ahora estoy pronto a erigirle un sepulcro y a quemar en la
pira muchos y ricos vestidos; vino como aliado, aunque haya muerto
miserablemente.
LA MUSA