acerca de la autenticidad de esta tragedia de Eurípides, negándole
algunos críticos y eruditos sus títulos legítimos de paternidad por su
demérito, comparada con otras composiciones del mismo autor.
Desde luego se comprende que su inferioridad respectiva no es ni puede
ser por sí sola argumento suficiente para demostrar tal aserto, porque
la juventud y la consiguiente inexperiencia de literatos, de poetas y
de artistas puede influir sobremanera en el valor de sus obras, como
influye también evidentemente en las de su vejez, y como lo confirman
numerosos ejemplos. Aun en igual edad de la vida coexisten muchas
causas que alteran y pueden alterar notablemente las facultades del
hombre en general y diferenciar sensiblemente sus creaciones, en más
o en menos, sin dejar por eso de ser suyas. Y las hay, en efecto, tan
desemejantes que algunas, a no constar fijamente que lo son, serían
unánimamente rechazadas si no lo asegurasen pruebas fidedignas.
Pero cuando la duda o la disputa versa sobre obras muy antiguas,
como esta, no hay otro recurso que atenerse a la opinión de su
autenticidad, afirmada constantemente por testimonios autorizados
desde los coetáneos, o más próximos, hasta nuestros días. En _Las
Didascalias_, o escritos diversos griegos conservados y relativos al
arte escénico, y empezando por Aristóteles, de peso enorme en esta
cuestión en todos conceptos, siempre se ha atribuido este drama a
Eurípides sin contradicción ninguna seria y atendible, puesto que no
merece ese dictado la de ningún escoliasta, sea el que fuere. Propio
y característico de Eurípides es la intervención de los dioses en la
acción en ocasión apurada, y en forma poco respetuosa y reverente,
como la de Atenea; sus alardes democráticos contra los monarcas; sus
lisonjas a los atenienses, como las de la Musa, madre de Reso, en su
plegaria; el conjunto y el corte, por decirlo así, de la ostentación
de sus conocimientos astronómicos; el diálogo irónico y eminentemente
dramático de Palas y de Paris, y hasta el pensamiento y las palabras de
la Musa al hablar de los padres que no tienen hijos iguales a los de
Andrómaca. Y si carece, por último, de prólogo, siéndonos desconocida
la causa de su existencia y de la fecha del primero que escribiera,
no hay fundamento bastante para conceder a tan liviano razonamiento
exagerada importancia.
El año de la representación de esta obra dramática es desconocido, y
por tanto, solo puede sensatamente suponerse que hubo de ser en la
primera juventud del poeta, puesto que si se supiera de cierto, dejaría
de ser una presunción y se convertiría en rotundo aserto.
PERSONAJES
CORO DE CENTINELAS TROYANOS.
HÉCTOR, _hijo de Príamo._
ENEAS, _hijo de Anquises y de Afrodita, yerno de Príamo._
DOLÓN, _troyano._
UN MENSAJERO.
RESO, _hijo del Estrimón, río tracio, y de una Musa._
ODISEO, _rey de Ítaca._
DIOMEDES, _hijo de Tideo._
ATENEA.
PARIS, _hijo de Príamo._
EL COCHERO DE RESO.
UNA MUSA, _madre de Reso._
La acción pasa en el campamento troyano, cerca de Troya.
Es de noche, y se ve en el teatro la tienda de Héctor.
EL CORO[217]
Que algún vigilante del rey que no duerma entre en la tienda de Héctor
y le pregunte si quiere oír un mensaje de los soldados que velan por
todo el ejército en la cuarta vigilia de la noche. Levanta la cabeza,
apóyate en el codo, abre tus ojos feroces; abandona, ¡oh Héctor!, tu
lecho de hojas extendido en el suelo, que es tiempo de oírme.
HÉCTOR
¿Quién es?; ¿por ventura una voz amiga? ¿Quién es este hombre? Di la
seña; sepamos quiénes son los que en las tinieblas se acercan a nuestro
lecho.
EL CORO
Los vigilantes del ejército.
HÉCTOR
¿Por qué mueves tal tumulto?
EL CORO
Ten confianza.
HÉCTOR
La tengo. ¿Se temen acaso asechanzas nocturnas?
EL CORO
Aún no.
HÉCTOR
¿Y por qué razón, abandonando tu puesto, turbas el ejército si no
tienes que comunicarme nueva alguna? ¿Ignoras que nuestros soldados,
inmediatos a los griegos, pasan la noche sobre las armas?
EL CORO
Cíñete tu espada, Héctor; ve a las tiendas de tus aliados; exhórtales
a que empuñen la lanza, despiértalos, envía a tus amigos para que
vengan a reunirse a tu cohorte; poned los frenos a los caballos. ¿Quién
irá en busca del hijo de Pántoo,[218] o del de Europa,[219] capitán
de los guerreros licios?[220] ¿En dónde están los que inspeccionan
las víctimas? ¿En dónde los que mandan las tropas ligeras? Vosotros,
flecheros frigios, atad los nervios a los arcos de cuerno.
HÉCTOR
En parte amedrentas a quienes te oyen, en parte nos animas; pero no te
explicas con claridad. ¿Te ha herido el trémulo látigo del crónida
Pan,[221] y alborotas al ejército, abandonando tu nocturno puesto? ¿Qué
hablas? ¿Qué novedad anuncias? Aunque no has dicho poco, no se entiende
lo que deseas.
EL CORO
Todas las noches, ¡oh Héctor!, brillan los fuegos en el campamento
griego, y las antorchas alumbran las estaciones navales. Y todo el
ejército se acerca con tumulto a la tienda de Agamenón, ansioso de oír
alguna nueva orden. Nunca antes ha habido en la armada tal algazara.
Yo, pues, temiendo algún ataque, he venido a anunciártelo, para que no
acuses mi negligencia.
HÉCTOR
A tiempo has llegado, a pesar de tus nuevas, que espantan; sin duda
esos guerreros quieren huir de aquí navegando a favor de las tinieblas,
y se aprestan a emprender la fuga ocultándose de mi vista; alégranme
las antorchas nocturnas. ¡Oh deidad que me arrebatas la victoria, como
a león su presa, antes de aniquilar con esta lanza todo el ejército
griego! Si no me lo hubiesen impedido los brillantes rayos del sol, no
hubiera dejado mi lanza vencedora sin incendiar sus naves y recorrer
sus tiendas, matando a mis enemigos con esta mano mortífera. Pronto
estaba a pelear de noche y aprovecharme de mi fortuna, a no detenerme
los sabios y los adivinos que conocen las voluntades de los dioses,
persuadiéndome que esperase la luz del día, para no dejar aquí griego
alguno. Ellos no aguardan el cumplimiento de los pronósticos de mis
arúspices, que la oscuridad es preciosa para los fugitivos. Conviene
formar cuanto antes al ejército; que los soldados tomen las armas y se
abstengan del sueño, para que los sitiadores, saltando en las naves,
heridos por la espalda, manchen las escalas con su sangre, y para que
otros, cautivos cargados de cadenas, aprendan a labrar los campos de
los frigios.
EL CORO
Te precipitas, Héctor, antes de saber con certeza lo que sucede; aún no
estamos seguros de la huida de los griegos.
HÉCTOR
¿Por qué, pues, brillaron en su campamento esos fuegos?
EL CORO
No lo sé; pero me infunden sospechas.
HÉCTOR
Todo lo temerás, si temes esto.
EL CORO
Nunca nuestros enemigos encendieron antes tantas hogueras.
HÉCTOR
Ni tampoco antes, con vergüenza suya, fueron derrotados como ahora.
EL CORO
Obra tuya fue cuidar, pues, de acabarla.
HÉCTOR
Sencilla es mi arenga contra los enemigos: «Tomar las armas».
EL CORO
He aquí a Eneas,[222] que viene con ligero paso para anunciar a sus
amigos alguna nueva.
ENEAS
¿Por qué los vigilantes nocturnos, ¡oh Héctor!, atravesaron aterrados
el ejército, dirigiéndose a tu tienda, e interrumpen con sus murmullos
el silencio de la noche, y todo lo alborotan?
HÉCTOR
Ármate, Eneas.
ENEAS
Pero ¿qué hay? ¿Se dice, acaso, que los enemigos preparan algún ataque
nocturno?
HÉCTOR
Huyen y suben a las naves.
ENEAS
¿En qué señal cierta te fundas?
HÉCTOR
Toda la noche están encendidas sus hogueras, y paréceme que no
aguardarán a mañana, sino que validos de ellas huirán desde aquí a su
patria en sus naves, bien provistas de remos.
ENEAS
¿Y qué piensas hacer armado contra ellos?
HÉCTOR
Detendré con mi lanza a los fugitivos y a los que se refugien en las
naves, y seré su azote; es vergonzoso para nosotros, y perjudicial
además de vergonzoso, que cuando Dios lo permite dejemos escapar sin
combatir a los enemigos que tantos males nos han causado.
ENEAS
¡Ojalá que fueses tan prudente como esforzado!; pero la Naturaleza no
concede a todos iguales dones, que a cada cual da el suyo, y así como
a ti te concedió el de pelear, a otros el de obrar con cordura. Tú,
oyendo hablar de las hogueras, diste ya por cierto que emprendían la
fuga los griegos, y quieres sacar al campo el ejército y atravesar
los fosos en medio de la noche. Y si lo consigues, a pesar de su
profundidad, y no encuentras a tus enemigos fugitivos sino esperando
el empuje de tu lanza, ¿no volverás aquí vencido? ¿Y cómo, en verdad,
pasarás las empalizadas si eres derrotado? ¿Y cómo atravesarán los
puentes los de los carros sin que se rompan los radios de las ruedas?
Y aunque venzas, vendrá a su socorro el hijo de Peleo, que te impedirá
incendiar las naves y exterminar a los griegos como presumes, que es
fogoso guerrero y está orgulloso con su fuerza. Dejemos, pues, dormir
tranquilo al ejército junto a las armas, descansando de sus bélicas
fatigas; yo creo que debe enviarse un explorador al campamento enemigo,
sea el que quiera, y si huyen, en efecto, que les sigamos y ataquemos
a los argivos; y si estas hogueras encubren algún engaño, resolveremos
lo que ha de hacerse después que el explorador lo averigüe. Tal es mi
parecer, ¡oh rey!
EL CORO
Apruébalo y varía de opinión. No me agradan las órdenes de capitanes
temerarios. ¿Qué mejor precaución que acercarse a las naves ligero
explorador, para saber la causa de esos fuegos que arden en la estación
naval?
HÉCTOR
Vosotros vencéis; hágase, pues, lo que agrada a todos. Vete y
distribuye los aliados; quizás el ejército se alborote si tiene
noticias de estas asambleas nocturnas. Yo enviaré un explorador al
campo enemigo, y si llegamos a descubrir alguna asechanza te la
participaré, y asistirás al consejo; pero si se desbandan y emprenden
la huida, prepárate al oír el sonido de la trompeta, porque yo no me
detendré, sino que, al contrario, me dirigiré esta misma noche a la
estación naval a atacar a los argivos.
ENEAS
Envíalo cuanto antes; ahora piensas con prudencia. A tu lado me verás,
peleando con esfuerzo, cuando fuere necesario.
HÉCTOR
¿Hay algún troyano de los que toman parte en este diálogo que quiera ir
de explorador a las naves de los griegos? ¿Quién prestará ese servicio
a su patria? ¿Quién se obliga a ello? Yo solo no puedo hacerlo todo,
mandando a un tiempo a los troyanos y sus aliados.
DOLÓN
Yo, exponiéndome al peligro por la salud de la patria, quiero espiar
las naves de los griegos, y volveré después que conozca sus proyectos;
con estas condiciones afrontaré la muerte.
HÉCTOR
Tienes, ¡oh Dolón!, un nombre[223] que conviene a tu empresa, y eres
amante de tu patria, y duplicas la nobleza de tu paterno linaje, ya
noble.
DOLÓN
Debo, pues, acometer esta hazaña, pero el que trabaja ha de obtener
proporcionada recompensa. Cuando esperamos ganar lucro, doble es
nuestro deleite.
HÉCTOR
Seguramente, y es justo, y no digo lo contrario. Fija, pues, tú el
premio, excepto mi mando.
DOLÓN
No apetezco tu mando, lleno de cuidados.
HÉCTOR
Pero contraerás himeneo con una hija de Príamo y serás su yerno.
DOLÓN
No quiero esposa de alcurnia más elevada que la mía.
HÉCTOR
Hay también oro si lo deseas.
DOLÓN
Tengo en mi casa; no me aflige la pobreza.
HÉCTOR
¿Qué deseas, pues, de lo que guarda Troya?
DOLÓN
Si vences a los griegos, prométeme alguna parte del botín.
HÉCTOR
La tendrás; pide la que quieras, excepto los capitanes de las naves.
DOLÓN
Mátalos; no me opondré a que dejes caer tu mano sobre Menelao.
HÉCTOR
¿No quieres el hijo de Oileo?
DOLÓN
Las manos acostumbradas al regalo son perezosas para labrar la tierra.
HÉCTOR
¿Acaso el precio del rescate de algún griego vivo?
DOLÓN
Ya te he dicho antes que tengo oro en mi casa.
HÉCTOR
Tú mismo elegirás los despojos que quieras.
DOLÓN
Cuélgalos en los templos de los dioses.
HÉCTOR
¿Anhelas más rico don?
DOLÓN
Los caballos de Aquiles: el que expone su vida a los azares de la
suerte, debe obtener digna recompensa.
HÉCTOR
Me disputas estos caballos, que yo también deseo: inmortales e hijos de
inmortales, llevan al belicoso hijo de Tetis. Dicese que Poseidón, rey
de los mares, después de domarlos, los dio a su padre Peleo. Pero ya
que te sonríe esa esperanza, no la verás frustrada. Te daré, pues, como
deseas, el más bello adorno de tu casa, el carro de Aquiles.[224]
DOLÓN
Bien; si lo consigo, diré que entre todos los frigios he recibido el
más rico presente en premio de mi valor. No debes tenerme envidia; tú
poseerás otros muchos presentes que te han de deleitar, ya que eres el
más esforzado de los troyanos.
EL CORO
Grande es el peligro; grande la recompensa. Feliz serás cuando
disfrutares de ella, y gloriosa tu hazaña. Y honor insigne es también
casarse con la hija de príncipes. Por lo que hace a los dioses, que te
proteja la Justicia; de mano de los hombres obtendrás la más preciosa
recompensa.
DOLÓN
Iré; pero voy antes a mi casa, a mis lares, y me vestiré como conviene,
y desde allí enderezaré mis pasos a las naves de los argivos.
EL CORO
Dime si tu vestido será distinto del que ahora llevas.
DOLÓN
Adecuado a esta empresa y a mi furtiva peregrinación.
EL CORO
Bueno es conocer hasta dónde llega tu astucia; di, ¿cuál será tu traje?
DOLÓN
Cubrirá mis espaldas una piel de lobo; la abertura de su boca caerá
sobre mi cabeza, sus garras delanteras vendrán a mis manos, y a mis
pies las traseras, e imitaré su paso; así será difícil que me sientan
los enemigos, y me acercaré al foso y a las trincheras de las naves.
Al penetrar en algún lugar desierto andaré en dos pies; tal es mi
estratagema.
EL CORO
Que Hermes, el hijo de Maya, te lleve y te traiga con felicidad, que él
es rey de los ladrones. Bien lo has pensado; solo falta que la fortuna
te favorezca.
DOLÓN
Así me escaparé de la muerte, mataré a Odiseo y verás su cabeza.
Seguro podrás decir entonces que Dolón estuvo junto a las naves de los
griegos. Quizá muera el hijo de Tideo;[225] no volveré a mi casa sin
llenar de sangre mis manos, antes que la luz alumbre de nuevo a la
tierra.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh Apolo Delio, que moras en tu templo de Timbrea y de
Licia!;[226] ¡oh numen divino!, ven armado de tu arco, ven y sirve de
guía salvador en esta peregrinación nocturna; ven y socorre a los hijos
de Dárdano,[227] que eres todopoderoso y el fundador de las antiguas
murallas de Troya.[228]
_Antístrofa 1.ª_ — Que el espía llegue a las naves, y se salve, después
de observar al ejército griego, y vuelva otra vez a los lares de Troya,
su patria, y que suba en el carro tirado de yeguas ftiotas,[229]
presente que el dios de la mar hizo a Peleo, el hijo de Éaco, cuando
Héctor, nuestro dueño, derrotare al Ares griego.
_Estrofa 2.ª_ — Él solo, por sus lares y su patria, osa explorar las
estaciones navales de los griegos. Yo admiro su valor, pocos son en
verdad los hombres esforzados, cuando las tinieblas envuelven la mar y
la ciudad se estremece.[230] Algún frigio, sí, alguno hay animoso; hay
una lanza bastante osada para atacar a los que desprecian mi alianza
con los misios.[231]
_Antístrofa 2.ª_ — ¿A cuál de los aqueos herirá en sus tiendas este
guerrero que camina a pie imitando el paso de una fiera? ¡Perezca
Menelao, y traiga la cabeza de Agamenón, para aliviar el llanto que
derrama la infortunada Helena, y entréguesele en castigo de haber
venido contra la patria y contra Troya al frente de mil naves!
EL MENSAJERO
¡Oh rey!, que siempre anuncie yo a mis soberanos nuevas como las que
sabrás en breve.
HÉCTOR
Necios son de ordinario los rústicos; tú, sin duda, creerás participar
a tus dueños noticias importantes si les hablas de la fecundidad de sus
rebaños en ocasión inoportuna. ¿No sabes a mi palacio o al de mi padre,
adonde debías dirigirte si la fortuna sonríe a tus rebaños?
EL MENSAJERO
Necios somos los pastores, no lo niego; pero, sin embargo, es fausto mi
mensaje.
HÉCTOR
No me hables de dichas pastoriles, que ahora solo nos preocupan las
batallas y los combates.
EL MENSAJERO
De lo mismo vengo a hablarte: un capitán, al frente de numeroso
ejército, se acerca a tus tiendas para ayudarte en la guerra como amigo
y aliado.
HÉCTOR
¿Y cuál es la patria que ha abandonado por socorrerme?
EL MENSAJERO
La Tracia;[232] él se llama el hijo del Estrimón.[233]
HÉCTOR
¿Dices que Reso pisa el suelo troyano?
EL MENSAJERO
Así es, y me ahorras las molestias de un largo discurso.
HÉCTOR
¿Y cómo camina por los bosques del Ida, alejándose de los caminos
llanos y trillados?
EL MENSAJERO
No lo sé de cierto, pero no es difícil conjeturarlo. Peligroso es
mover de noche un ejército, sabiendo que la llanura está cubierta de
tropas enemigas. Gran terror ha infundido en los rústicos pastores
que habitamos en el monte Ida, primer hogar de este pueblo,[234]
penetrando de noche en selvas llenas de fieras. El ejército tracio
marchaba con gran ruido, como la mar, y nosotros, consternados y
atónitos, nos llevamos los rebaños a los montes más altos, temiendo
que los griegos nos atacaran y robasen tus ganados, hasta que nuestros
oídos percibieron voces amigas y perdimos el miedo. Salí yo entonces
a su encuentro, y pregunté en lenguaje tracio a los exploradores
que enviaba su general, y de ellos supe el nombre y el linaje del
guerrero que venía a socorrer a la ciudad de Príamo. Y después que
oí cuanto deseaba, me detuve y vi a Reso, que, como un dios, regía
un carro tracio. El yugo, de oro, sujetaba el cuello de caballos más
blancos que la nieve. En los hombros traía una pelta de bronce,[235]
de dorados relieves, y las frentes de los caballos relucían como la
Gorgona de la diosa,[236] sembrando el terror al agitar sus numerosas
campanillas. No hubieras podido contar sus tropas. ¡Tanta era su
numerosa caballería, las multiplicadas filas de los armados de peltas,
los infinitos flecheros y la multitud de los armados a la ligera que
vestían el traje tracio! Formidable aliado se presenta; ya huya, ya le
aguarde[237] para combatir, el hijo de Peleo no podrá escapársele.
EL CORO
Cuando los hombres aplacan sumisos la cólera de los dioses, la fortuna
siempre los favorece.
HÉCTOR
Encontraré muchos amigos, ya que vence mi lanza con ayuda de Zeus. Pero
no necesitamos de los que no compartieron antes nuestros trabajos,
cuando encarnizada guerra rasgaba con violencia las velas de esta
nave. La llegada de Reso en estos momentos prueba bien a las claras la
clase de amistad que profesa a Troya; viene a disfrutar del festín, no
habiendo acompañado a los cazadores que se apoderaron de la presa, ni
manejado con ellos sus armas.
EL CORO
Con razón desprecias y acusas a esos amigos; disimula, no obstante, tu
enojo, y no rechaces a los que vienen en ayuda de la ciudad.
HÉCTOR
Bastamos nosotros, que la hemos defendido largo tiempo.
EL CORO
¿Crees ya haber vencido a tus enemigos?
HÉCTOR
Sí; lo probarán los rayos del sol de mañana.
EL CORO
Ignoramos lo futuro; recuerda los cambios que decretan los dioses.
HÉCTOR
Odio a los que socorren tarde a sus amigos.
EL MENSAJERO
Rechazar a los aliados es peligroso. Bastará su presencia para aterrar
a los argivos.
EL CORO
Que el que llega ahora no se siente como aliado a nuestra mesa, sino
como simple huésped; no son para él los favores de los hijos de Príamo.
HÉCTOR
Bien me aconsejas (_Al coro_), y oportuna es tu advertencia; ese
Reso, de brillantes y doradas armas, según anuncia el mensajero, será
recibido como aliado nuestro.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Que Adrastea,[238] hija de Zeus, ahuyente la envidia
que puedan excitar mis palabras; diré ya lo que me agrada. Viniste, ¡oh
hijo!, de un río; viniste, te acercaste a la tienda frigia y salgo a
saludarte, ya que te envió al fin tu madre, una de las Piérides,[239] y
el Estrimón, de bellos puentes.
_Antístrofa 1.ª_ — Este te engendró en otro tiempo, revolviendo sus
ondas por el inmaculado seno de la cantora Musa. Tú has venido a
buscarme como Zeus esplendente arrastrado por veloces caballos. Ahora,
¡oh patria!, ¡oh Frigia!, si Dios nos es propicio, podrás entonar
cánticos en alabanza de Zeus salvador.
_Estrofa 2.ª_ — ¿Celebrará otra vez ahora la antigua Troya,
durante todo el día, estas fiestas acompañadas de cantos amorosos,
embriagándose con las copas que circulan alternadamente por la huida
a Esparta de los Atridas, que atravesarán el mar desde las troyanas
costas? ¡Oh rey amado, ojalá que después de darles muerte con tu mano y
con tu lanza vuelvas a tu patria!
_Antístrofa 2.ª_ — Ven, comparece, muestra a los ojos del hijo de
Peleo tu pelta de brillante oro, levantándola oblicuamente junto a la
abertura circular de tu carro, mientras animas a los caballos y vibras
el dardo de dos puntas. Ninguno podrá resistirte; ninguno volverá jamás
a danzar en el templo de la argiva Hera; que esta tierra soportará esa
carga muy deseada después que muera a manos de un tracio. (_Reso se
acerca_). ¡Viva, viva! ¡Oh gran rey!, ¡oh Tracia! Criaste un hijo de
noble aspecto, hoy tu soberano. Mira las armas de oro que lo defienden;
oye el ruido de las campanillas de la embrazadura de su escudo. Un
dios, ¡oh Troya!, un dios, el mismo Ares es este hijo del Estrimón y de
la Musa cantora, que viene a socorrerte.
RESO
¡Salve, Héctor, buen hijo de buen padre, señor de esta región! Al fin
te hallo después de tanto tiempo. Alégrome que venzas, y que sities las
torres de tus enemigos; yo también vengo a derribar las trincheras de
los griegos y a incendiar sus naves.
HÉCTOR
Hijo de madre cantora, una de las Musas, y del Estrimón, río tracio,
agrádame decir siempre la verdad, porque no soy hombre artificioso.
Mucho tiempo ha, sí, mucho tiempo ha que debías haber venido a nuestro
socorro, y no consentir, en cuanto pudieras, que los argivos sitiasen
armados a Troya. No dirás que no te llamaron tus amigos, y que por
eso no viniste a auxiliarnos ni te has cuidado de nosotros. ¿Cuántos
heraldos o embajadas de los frigios, llegando hasta tu palacio, no
te han rogado que socorrieses a nuestra ciudad? ¿Qué presentes no te
han llevado de nuestra parte? Tú, pariente nuestro y también bárbaro,
nos has abandonado a merced de los griegos. Y yo, con esta diestra,
cuando era reducido tu imperio, te di el cetro de la vasta Tracia,
cerca del monte Pangeo y de las llanuras peonias,[240] acometiendo a
los más valerosos tracios, y destrocé sus escudos y sometí este pueblo.
Olvidaste tan grandes beneficios, y tarde socorres a tus amigos que
padecen. Algunos, que por cierto no son nuestros parientes, habiendo
venido hace mucho tiempo, yacen muertos en apiñados túmulos, en
prueba de su lealtad; otros, armados y cerca de sus ecuestres carros,
continúan arrostrando esforzadamente los vientos helados, y el fuego
del dios que engendra sed, no como tú, haciendo frecuentes libaciones
en los lechos del festín. Tales son los cargos que te hago; tales mis
recomendaciones, para que conozcas la franqueza de Héctor.
RESO
Igual al tuyo es mi carácter: de los que buscan en sus palabras el
camino más corto; no falaz ni artificioso. Mayor que la tuya era mi
indignación y el dolor que roía mis entrañas al verme lejos de ti, pero
los escitas,[241] mis vecinos, me hicieron la guerra cuando pensaba
venir a Troya, y me dirigí a las costas del mar Euxino,[242] al frente
de mi ejército. Allí la sangre escita, al par que la tracia, derramada
por la lanza, ha empapado la tierra. Tal ha sido la causa que me
detenía, impidiéndome venir a esta guerra como aliado tuyo. Después
que los derroté y que me dieron en rehenes a sus hijos, obligándose
a pagar un tributo anual, emprendí mi marcha, pasando en naves las
gargantas del Ponto, y recorriendo otros países, no, como tú dices en
mi oprobio, bebiendo en grandes copas ni descansando bajo artesonados
de oro, sino azotado por los vientos que combaten el mar de Tracia y
por las brisas heladas de la Peonia, sin dormir, y arrostrándolas con
estos vestidos. Pero aunque tarde, todavía llego a tiempo; diez años ha
que peleas y nada consigues, sino que pasa un día y otro día sufriendo
los inconstantes azares de la guerra; uno solo me bastará a mí para
asaetear sus torres, acometer las estaciones navales y destruirlos, y
al siguiente tornaré a mi patria desde Ilión, dando breve fin a tus
trabajos. Que ninguno de vosotros levante con sus manos el clípeo;[243]
yo, aunque haya venido tarde, refrenaré a los aqueos, orgullosos con
sus lanzas.
EL CORO