Adiós, adiós, ¡oh anciano!; enseña a estos niños a ser tan sabios

como tú; nada más tengo que decirte de ellos. Mira por su vida y no

apetezcas la muerte; hijos tuyos somos, a tus manos nos hemos criado.

Ya ves cómo en edad núbil muero por salvarlos. Vosotros, mis hermanos,

sed felices y que os favorezca la suerte dándoos todo aquello que me

mueve a perder la existencia. Y honrad a este anciano y a Alcmena,

madre de mi padre, que se halla en el palacio, y a los que nos ofrecen

asilo hospitalario. Y si os conceden los dioses que os veáis libres

de tantos males, y que volváis a vuestra patria, recordad que debéis

sepultar a vuestra salvadora, sin duda con magnificencia, porque no os

ha faltado, sino al contrario, ha muerto por vuestro linaje. Vosotros,

en vez de hijos, seréis mis más gloriosos monumentos; vosotros la palma

de mi virginidad, si algo se siente bajo la tierra, y ¡ojalá que así no

sea! Si allí hemos de sufrir también trabajos, no sé adónde dirigirme,

que la muerte se mira como el mayor remedio de todos nuestros males.

YOLAO

Sabe, ¡oh tú la más animosa y magnánima de todas las mujeres!, que

serás muy honrada por nosotros mientras vivas y después de muerta.

Y, adiós, temo que mis palabras ofendan a la diosa, hija de Deméter,

a quien se ha consagrado tu cuerpo. ¡Oh hijos!, llegó nuestra última

hora; el dolor hiela nuestra sangre; venid a mi lado y dejadme en

un asiento cubriéndome con este vestido, ¡oh hijos!, porque este

sacrificio no me agrada, y sin embargo, no podremos vivir si no se

cumple el oráculo, y aun nos expondríamos a mayor peligro, lo cual en

esta situación sería una verdadera calamidad.

EL CORO

_Estrofa._ — Yo digo que ningún hombre es feliz ni desdichado sino por

obra de los dioses, y que no hay familia siempre dichosa; uno a otro

se suceden los golpes del destino, que humilla al afortunado y eleva

al hombre oscuro. Inevitables son sus decretos; la sabiduría no puede

resistirlos, y vano es el trabajo de quien lo intente, que su desastre

no es menos seguro.

_Antístrofa._ — Pero no te postres en tierra para sufrir el rigor del

hado, ni atormentes tu alma con el más acerbo dolor; gloriosa es la

muerte de esta desventurada por sus hermanos y por Atenas, y su fama

brillará siempre entre los hombres. El sendero de la virtud es el de

los trabajos. Digno es el hijo de su padre, digno también de su noble

linaje.

UN CRIADO

¡Oh hijos, yo os saludo! ¿En dónde están Yolao y la madre de vuestro

padre?

YOLAO

Mírame cómo debo estar ahora.

EL CRIADO

¿Por qué yaces en tierra y está triste tu semblante?

YOLAO

Atormentábame cierto disgusto doméstico que acabo de experimentar.

EL CRIADO

Levántate; endereza la cabeza.

YOLAO

Viejo soy y no tengo fuerza alguna.

EL CRIADO

Vengo, sin embargo, a comunicarte gratísima nueva.

YOLAO

Pero ¿quién eres? ¿En dónde te he visto? No lo recuerdo ahora.

EL CRIADO

Soy un servidor de Hilo; ¿no me has conocido?

YOLAO

¡Oh tú el más amado! ¿Vienes, pues, a aliviar nuestras penas?

EL CRIADO

Sí; y desde este instante puedes disfrutar de tales bienes.

YOLAO

¡Oh madre de esforzado hijo!, ¡oh Alcmena!, sal y oye tan dulcísimo

mensaje, que, angustiada hace tiempo por las desdichas de los que aquí

vinieron, te consumías esperando a tus demás hijos.

ALCMENA

¿Qué significan tan desusados clamores en este recinto? ¡Oh Yolao! ¿Ha

vuelto otro heraldo de Argos? Débiles, en verdad, son mis fuerzas,

pero ten entendido, ¡oh extranjero!, que nunca mientras yo viva podrás

llevarte a mis hijos, si me han de llamar madre de Heracles; si a tanto

te atreves, no lucharás con gloria con dos ancianos.

YOLAO

Alégrate, anciana, no temas; no viene ningún heraldo de Argos a traer

nuevas hostiles.

ALCMENA

¿Por qué levantaste la voz como si tuvieras miedo?

YOLAO

Para llamarte; para que te acerques a mí y a este templo.

ALCMENA

Nada sabía. ¿Quién es este?

YOLAO

Anuncia la llegada del hijo de tu hijo.

ALCMENA

¡Salve, pues, por este mensaje! Pero si al fin vino, ¿en dónde está?

¿Qué causa le impide acompañarte y llenarme de ventura?

EL CRIADO

Dispone y ordena el ejército que manda.

ALCMENA

Sabido esto, ya nada me interesa.

YOLAO

Sí; pero yo debo informarme de todo.

EL CRIADO

¿Qué deseas saber?

YOLAO

¿Cuántos son sus auxiliares?

EL CRIADO

Muchos; no puedo decir su número.

YOLAO

¿Lo sabrán, sin duda, los generales atenienses?

EL CRIADO

Lo saben; ya ocupan su puesto en el ala izquierda.

YOLAO

¿Está el ejército preparado a la pelea?

EL CRIADO

Lejos de las filas se han llevado a las víctimas.

YOLAO

¿A qué distancia se hallan los argivos?

EL CRIADO

Se distingue claramente a su general.

YOLAO

¿Y qué hace? ¿Ordena, acaso, las tropas enemigas?

EL CRIADO

Así lo presenciamos, aunque no lo hayamos oído. Pero iré allá; líbrenme

los dioses, en cuanto pueda, de que mis señores den la batalla en mi

ausencia.

YOLAO

También yo iré contigo; los dos pensamos, sin duda, ayudar a nuestros

amigos.

EL CRIADO

No debías decir tal necedad.

YOLAO

¿Por qué no he de tomar parte con mis amigos en lo más recio de la

pelea?

EL CRIADO

La vista sola no hiere, si la mano está quieta.

YOLAO

¿Cómo, pues? ¿No heriré yo también si asisto a la batalla?

EL CRIADO

No digo que no, pero podrías caer antes.

YOLAO

No habrá enemigo que me resista.

EL CRIADO

No tienes ya la fuerza de otros tiempos.

YOLAO

Pelearé, no obstante, con igual número que en otras épocas.

EL CRIADO

De poco servirás a tus compañeros.

YOLAO

No me detengas cuando estoy dispuesto a hacer algo por ellos.

EL CRIADO

Acaso, aunque quieras, será inútil tu ayuda.

YOLAO

Puedes decir cuanto te plazca, pero no me harás desistir de mi

propósito.

EL CRIADO

¿Cómo te has de oponer, inerme, a hombres armados?

YOLAO

En este palacio hay armas, botín de guerra, que manejaremos y las

volveremos a traer si sobrevivimos; que si muero, los dioses no

las reclamarán. Pero entra, y descolgándolas de los clavos que las

sustentan, vísteme cuanto antes los militares arreos; vergonzosa es

nuestra tardanza mientras pelean unos y otros se esconden de miedo.

EL CORO

El tiempo no quebranta tu ánimo, tan esforzado como antes; pero nada

vale tu cuerpo. ¿Por qué intentas valiente lo que ha de perjudicarte

y aprovechar poco a Atenas? Debes reconocer tu debilidad, hija de tus

años, y no acometer imposibles. Aunque lo desees ardientemente, no

podrás ser dos veces joven.

ALCMENA

¿Cómo, pues, insensato, quieres dejarme aquí abandonada con estos niños?

YOLAO

La pelea es para los hombres; a ti te toca cuidar de ellos.

ALCMENA

Pero si mueres, ¿cómo me salvaré?

YOLAO

Los hijos de tu hijo que sobrevivan velarán por ti.

ALCMENA

¿Y si (¡lo que no suceda!) son víctimas de nuevas desdichas?

YOLAO

Estos extranjeros nunca faltarán; nada temas.

ALCMENA

Solo en ellos confío; no en otro alguno.

YOLAO

Y Zeus, estoy seguro de ello, se conduele también de sus trabajos.

ALCMENA

¡Bah! Nada que le desagrade oirá de mí; pero bien sabe si es justo o no

conmigo.

EL CRIADO

Ya tienes aquí las armas necesarias para que te las pongas cuanto

antes; se acerca el momento de dar la batalla, y Ares odia a los

tardos; pero si temes su peso, déjalas ahora y en las filas podrás

armarte. Yo las llevaré.

YOLAO

Bien has dicho; encárgate, pues, de su custodia hasta que yo te las

pida; dame la lanza y sostén mi brazo izquierdo para dirigir mis pasos.

EL CRIADO

¿Cuándo se ha visto a un soldado a quien guían como a un niño?

YOLAO

Marchemos sin tropezar, que es señal de buen agüero.

EL CRIADO

¡Ojalá que tu vigor igualase a tu buen deseo!

YOLAO

Date prisa; sentiré mucho no asistir a la batalla.

EL CRIADO

Vacilas tú, sin duda, y no yo, aunque creas lo contrario.

YOLAO

¿Pero no ves con qué vigor ando?

EL CRIADO

Veo que tu imaginación va mucho más allá de la realidad.

YOLAO

No dirás eso cuando lleguemos.

EL CRIADO

¿Qué has de hacer? Quisiera, sin duda, que salieras con felicidad de

este trance.

YOLAO

Hiriendo a algún enemigo en la lucha.

EL CRIADO

Si llegamos allí alguna vez, temo que no.

YOLAO

¡Ay de mí! ¡Ojalá, ¡oh brazo mío!, que seas tan buen compañero como

allá en mi pubertad, cuando domaste a Troya con Heracles! ¡Ojalá que

ponga en fuga a Euristeo!: es cobarde, y no resistirá al empuje de la

lanza. No es cierta la fama de esforzados que tienen los poderosos,

creyéndose falsamente que el hombre feliz lo sabe todo bien.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh Tierra, y Luna, que luces toda la noche, y

espléndida cabellera del dios, que alumbras a los mortales!; sed hoy

mis mensajeros, y llevad al cielo mi voz, y al regio solio, y a Atenea

de ojos azules. Por mi patria, por mi hogar, por haber protegido a

suplicantes, canto el peligro que conjuraré con mi espada.

_Antístrofa 1.ª_ — Formidable es una ciudad como la de Micenas,

afortunada y célebre por sus bélicas hazañas, que arde en ira contra

mi patria; pero sería vergonzoso, ¡oh Atenas!, que entregásemos,

obedientes a los argivos, a los que suplicantes nos piden hospitalidad.

Zeus es mi aliado en esta guerra, y nada temo. Zeus, con justicia,

aprecia la rectitud de nuestras intenciones. Nunca mis dioses más

reverenciados serán inferiores a los mortales.

_Estrofa 2.ª_ — Tuyo es este suelo, ¡oh virgen veneranda!, tuyo es, y

esta ciudad, de quien eres madre, y dueña y protectora; aleja de ella

al que trajo aquí de Argos ejército enemigo, y no castigues mi piedad

consintiendo en que me expulse del hogar en que nací.

_Antístrofa 2.ª_ — Numerosos sacrificios se hacen aquí en tu honra, y

nunca nos olvidamos del día que cierra el mes, y con vasos sagrados y

coros de jóvenes celebramos tus fiestas, y en la colina que azota el

viento[211] resuenan nuestros vítores al compás nocturno de los pies

de las vírgenes.

EL CRIADO

¡Oh señora!, tráigote una nueva que oirás en un instante, la más grata

para mí: vencimos a los enemigos, y ya se erigen trofeos de todas las

armas que han caído en nuestro poder.

ALCMENA

¡Oh tú el más querido!; por la nueva que me traes, recobrarás tu

libertad. Pero aún no has disipado mi inquietud, pues no sé si viven

aquellos cuya vida me es cara.

EL CRIADO

Viven, y han ganado en el ejército gloria incomparable.

ALCMENA

Y el anciano Yolao, ¿ha sobrevivido?

EL CRIADO

Sí, y con ayuda de los dioses ha hecho brillantes hazañas.

ALCMENA

¿Cómo, pues? ¿Se ha distinguido en la batalla?

EL CRIADO

Joven se ha vuelto, siendo viejo.

ALCMENA

Me sorprenden tus palabras: pero deseo que me describas primero la

acción en que vencieron nuestros amigos.

EL CRIADO

De una vez te lo referiré todo. Después que ordenamos nuestras huestes

enfrente de los enemigos, Hilo bajó de su carro de cuatro caballos, y

colocándose a igual distancia de ambos ejércitos, ya preparados a la

pelea, habló así: «¡Oh capitán que has venido de Argos!, ¿por qué hemos

de causar daño en esta región? Ni aun perjudicarás en nada a Micenas

si la privas de un solo hombre. Yo te desafío a singular combate:

si me matas, te llevas a los hijos de Heracles, y si tú mueres, me

devolverás mi palacio y disfrutaré de los honores debidos a mi padre».

El ejército aprobó su resolución, ya por la grandeza de ánimo que

revelaba, ya mirándola como el fin de tantos males. Pero Euristeo

ni mostró su deferencia a tan justo y universal deseo, ni, siendo

general, se atrevió por cobardía a combatir con la lanza, y se condujo

indignamente. Y, sin embargo, vino a reducir a esclavitud a los hijos

de Heracles. Hilo, en virtud de su negativa, volvió a incorporarse a

las filas. Los adivinos, sabedores de que no se obtendría la paz en

singular combate, se apresuraron a sacrificar a Macaria y derramaron

sangre salutífera de humana garganta. Unos subían en los carros, otros

resguardaban sus cuerpos con los clípeos, y el rey de los atenienses,

varón esforzado, animaba así a su ejército: «¡Oh ciudadanos!: necesario

es que todos, según vuestras fuerzas, ayudéis a la patria que os

engendró y alimentó». El otro, por su parte, rogaba a sus aliados que

no deshonrasen a Argos y a Micenas. Cuando la trompeta tirrénica dio

claramente la señal y trabaron la batalla, ¡cuánto choque de escudos,

cuántas voces, cuántos gemidos! En la primera acometida, el ejército

argivo nos puso en desorden, pero después retrocedió. Pie con pie

luego, y cuerpo a cuerpo, resistían con denuedo, y caían muchos. Dos

exhortaciones se oían a un tiempo: «Vosotros los que habitáis en

Atenas; vosotros los que sembráis los campos de Argos, ¿no libraréis

de oprobio a vuestra patria?». Con trabajo y esforzándonos cuanto

nos era dable, derrotamos al ejército argivo. Entonces el viejo

Yolao, viendo a Hilo que, ansioso de pelear, se salió de las filas,

extendiendo su diestra le rogó que lo subiese en su carro, y tomando

en su manos las riendas, lo dirigió contra los caballos de Euristeo.

Lo que sucedió después lo sé por haberlo oído, no así lo demás, que yo

mismo presencié. Al atravesar la aldea de Palene,[212] consagrada a la

diosa Atenea, vio el carro de Euristeo, e hizo un voto a Hebe y a Zeus

si le devolvían el vigor de sus juveniles años y lo vengaban de sus

enemigos. Ahora sabrás el milagro: dos dioses se aparecieron en el yugo

de los caballos y envolvieron su carro en oscura nube; los más sabios

aseguran que eran tu hijo y Hebe. En efecto; el ínclito Yolao recobró

la fuerza de su brazo, alcanzando la cuadriga de Euristeo cerca de

los peñascos escironios,[213] y, atado de manos y gozoso con tan rica

presa, trajo al general enemigo, antes el hijo de la dicha. Tan feliz

casualidad anuncia a los mortales que aprendan a no llamar afortunado

al que por tal celebran antes de que muera, porque la fortuna cambia a

cada instante.

EL CORO

¡Oh Zeus!, a quien debemos estos trofeos; ya puedo, libre de espantoso

miedo, mirar el día.

ALCMENA

¡Oh Zeus!, aunque tarde, te apiadaste de mis males; agradezco tu

beneficio. Ahora me convenzo de que mi hijo vive en el cielo, lo cual

no creía antes. ¡Oh hijos!, al fin, ya libres de trabajos, no debéis

temer a Euristeo, que recibirá muerte desastrosa, y veréis la ciudad de

vuestro padre, y poseeréis su herencia, y sacrificaréis a los dioses

patrios, ya que hasta ahora no habéis podido hacerlo viviendo errantes

mísera vida. Pero decidme la oculta causa que ha movido a Yolao a

perdonar la vida a Euristeo; en mi juicio, no es prudente cautivar a su

enemigo y no castigarlo como merece.

EL CRIADO

Por honrarte y para que lo contemplasen tus ojos sujeto a tu poder, y

pendiente de tu voluntad. Lo trajo a la fuerza, no de buen grado, pues

no quería venir vivo a tu presencia y sufrir justo castigo. Alégrate,

pues, ¡oh anciana!, y acuérdate de lo que dijiste antes: dame la

libertad, porque en ocasiones como esta deben ser veraces los labios de

los ingenuos.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Grata es para mí la danza cuando suena la flauta en el

festín; grata es también Afrodita, y dulcísimo ver dichosos a nuestros

amigos, humillados antes. Poderosa entre los hombres es la Parca, que

decreta nuestra muerte, y el Tiempo, hijo de Cronos.

_Antístrofa 1.ª_ — Con razón, ¡oh ciudad! (esto nunca debe aplazarse),

adorarás a los dioses; insensato es el que se oponga a ello mediante

tales pruebas, y cuando con gloria nuestra el dios nos exhorta a

hacerlo, quebrantando para siempre la soberbia de los malvados.

_Estrofa 2.ª_ — En el cielo vive tu hijo, ¡oh anciana! (nunca pienses

que ha bajado a la morada de Hades, cuando llama ardiente consumió su

cuerpo), y Hebe[214] es la amada compañera de su lecho en el palacio de

oro. ¡Oh Himeneo!, tú has llenado de gloria a dos hijos de Zeus.

_Antístrofa 2.ª_ — Igual es la suerte de muchos mortales; si dicen que

Palas protegió a Heracles, su ciudad y su pueblo salvaron a sus hijos

castigando la insolencia de un hombre que, dominado de furor violento,

llegó a hollar la Justicia. Que nunca sean insaciables mi espíritu ni

mi corazón.

EL MENSAJERO

¡Oh señora!, aunque ya lo veas, te diré, sin embargo, que te traemos

a Euristeo cuando menos lo esperabas y él también. Jamás creyera caer

en tus manos cuando salió de Micenas al frente de sufrido ejército,

arrastrado por su orgullo, no por su sed de justicia, para derribar

a Atenas; pero el cielo lo dispuso de otro modo, retirándole su

protección. Hilo y el valiente Yolao han consagrado a Zeus vencedor

triunfal estatua, y me ordenaron que te presentase el prisionero para

complacerte. Dulcísimo es contemplar desdichado a un enemigo, antes

feliz.

ALCMENA

¡Hombre odioso, ya estás aquí; al fin caíste en poder de la Justicia;

vuelve primero hacia mí tu rostro, y ten valor bastante para mirar

cara a cara a tus enemigos; en nuestros manos estás, no nosotros en

las tuyas! ¿Eres, acaso, aquel (pues quiero saberlo) que osó, ¡oh

malvado!, afrentar a mi hijo, esté en donde estuviere? ¿Qué tormento no

le hiciste sufrir? ¿No lo mandaste en vida a los infiernos, y a matar

hidras y leones? Omito por brevedad otros males que le causaste. Y no

contento con esto nos rechazaste de toda la Grecia a mí y a mis hijos

cuando éramos suplicantes, ancianos los unos, de tierna edad los otros.

Pero tropezaste con una ciudad y con unos hombres libres, que no te

temieron. Debes morir miserablemente y siempre ganarás, que no debías

perecer una sola vez, siendo tantos tus crímenes.

EL MENSAJERO

Tú no puedes decretar su muerte.

ALCMENA

Inútil ha sido entonces qué lo cautivemos. ¿Qué ley prohíbe inmolarlo?

EL MENSAJERO

La voluntad de los principales de este país.

ALCMENA

¿Por qué, pues? ¿Reputan acaso torpe matar a los enemigos?

EL MENSAJERO

Así lo creen, tratándose de un prisionero de guerra.

ALCMENA

¿Hilo lo consiente?

EL MENSAJERO

Debe respetar las costumbres de esta ciudad.

ALCMENA

Lo cierto es que no debía vivir ni ver más la luz.

EL MENSAJERO

En un principio no se le hizo justicia, conservándole la vida.

ALCMENA

Luego conviene imponerle la pena que merece.

EL MENSAJERO

No hay quien lo mate.

ALCMENA

Yo misma; por lo menos me cuento en el número de los vivos.

EL MENSAJERO

Te expondrías a oír duras reconvenciones si lo hicieras..

ALCMENA

Amo a esta ciudad, y en ninguna otra cosa me opondré a sus decretos;

pero no hay mortal que lo arranque de mi poder, ya que en él ha caído.

Diga, pues, quienquiera que soy audaz y orgullosa más de lo justo; a

pesar de todo lo haré.

EL CORO

Confieso, en verdad, que es grande y disculpable, ¡oh mujer!, el odio

que profesas a este hombre.

EURISTEO

Te advierto, Alcmena, que no he de adularte, ni por salvar mi vida

incurrir en la nota de cobardía. No por mi voluntad me empeñé en esta

contienda (yo sabía que Demofonte era sobrino tuyo y pariente de tu

hijo); pero quisiera o no, Hera, que es diosa, me inspiró ese odio

tenaz contra Heracles; cuando rompí con él y conocí la lucha que me

amenazaba, maquiné muchos males en su daño, siempre fraguándolos en

el silencio de la noche, para que, vencidos y muertos mis enemigos,

pudiese vivir tranquilo en adelante, aun sabiendo que tu hijo no era un

hombre vulgar, sino un varón esforzado. Aunque haya sido mi enemigo,

nunca ofenderán mis labios a un héroe tan verdadero. Muerto él, ¿debía

yo, detestado de estos herederos de su odio, descansar un momento hasta

desterrarlos y matarlos, acumulando sobre ellos todo linaje de males?

Solo así podía salvarme. Tú misma, si te pones en mi lugar, ¿no serías

el perpetuo azote de los hijuelos de ese león odioso? ¿Los dejarías

vivir tranquilos en Argos? Nadie lo creerá. Ahora, pues (ya que no

me mataron antes cuando estaba dispuesto a morir, como acostumbran

los griegos), si me sacrifican no será piadoso mi verdugo, y los

ciudadanos, obrando con prudencia, me han concedido la libertad, más

atentos a honrar a los dioses que a dejarse llevar de su odio. Ya has

oído mi réplica, por la cual comprenderás que debes mirarme como a

valeroso suplicante. Tal es la disposición de mi ánimo, que si no deseo

la muerte, tampoco sentiré perder la vida.

EL CORO

De buen grado te aconsejaría, ¡oh Alcmena!, que dieses libertad a este

hombre, mostrando tu deferencia a los ciudadanos.

ALCMENA

¿Y si hay medio de que muera y al mismo tiempo de complacerlos?

EL CORO

Sería lo mejor; pero ¿cómo puede ser eso?

ALCMENA

Fácilmente te convenceré: después que yo lo mate entregaré el cadáver a

sus amigos, que han de reclamarlo; de esta manera, por lo que hace a su

cuerpo exánime, respetaré las costumbres de este país, y dándole muerte

me pagará lo que me debe.

EURISTEO

Mátame, que no te rogaré lo contrario; pero ya que los ciudadanos

me han restituido la libertad, y llenos de respeto no han querido

inmolarme, les descubriré un oráculo antiguo de Apolo, que acaso

más adelante pueda aprovecharles. Me sepultaréis, cuando muera, en

el lugar señalado por el destino, delante del templo de la divina

virgen palénide.[215] Y a los atenienses seré siempre propicio, y en

mi sepulcro bajo tierra les serviré, y perseguiré cruelmente a los

descendientes de los heráclidas cuando vinieren aquí con numeroso

ejército, sin acordarse de este beneficio. ¡Tales son los extranjeros

a quienes protegéis! ¿Cómo, pues, sabiendo lo que había de suceder, he

venido aquí sin respetar el oráculo? Pensaba que Hera sería superior a

él y no me vendería. Pero no consientas que me hagan libaciones, ni

que en mi túmulo se derrame sangre; yo haré que quien me desobedezca

sea desdichado a su vuelta en castigo de su inhumanidad, y conmigo

ganaréis en dos sentidos cuando muera; a saber: protegiéndoos y

haciendo daño a estos.

ALCMENA

¿Por qué, pues, vaciláis si sabéis de sus labios que matándolo decreta

el destino que salve a vuestra ciudad y a vuestros descendientes?

Segurísima es la senda que os traza; ahora vuestro enemigo será, al

morir, vuestro amigo. Lleváoslo, pues, servidores, y cuando expire

echadlo a los perros. No volverás ya en vida a desterrarme de mi patria.

EL CORO

Paréceme bien. Andad, servidores; absteniéndonos nosotros, nuestros

reyes estarán libres de esa mancha.[216]

RESO

ARGUMENTO

La fábula o acción de esta tragedia está tomada del canto o libro X

de _La Ilíada_, y expone dramáticamente las dos muertes de Dolón y de

Reso, troyano el primero, que se propone robar el carro y los caballos

de Aquiles, y rey tracio el segundo, que llega en la misma noche al

campamento de Héctor. Los dos mueren a manos de Odiseo y de Diomedes,

que habían penetrado a favor de las tinieblas en el campamento troyano,

y el último principalmente por consejo y a instigación de Atenea, que

se aparece a los dos griegos y los salva. Reso, hijo de una de las

Musas y del río Estrimón, es la verdadera víctima trágica del destino,

porque sabiendo su madre la suerte que le esperaba en Troya, y habiendo

intentado vanamente disuadirlo de su propósito, no lo consigue, y

parece como que estaba decretada su muerte. Rey Reso, y rey poderoso,

y además de origen divino por sus padres, el poder fatal del destino,

que se burla del orgullo humano y lo humilla o anonada, muéstrase

aquí conforme con la índole característica de este linaje de obras

dramáticas.

La trama o el tejido de la acción es sencillo y sobrio, sin notables ni

numerosas peripecias, ni sobresale tampoco por sus pasajes patéticos,

en que más descuella Eurípides, si se exceptúa la intervención final

de la Musa, madre de Reso, ante el cadáver de su hijo, bien trazada

y expuesta, digna de su autor, y calculada hábilmente para dejar en

los espectadores la impresión dolorosa propia de tales composiciones

poéticas. Sin embargo, ninguno de los dos personajes más conspicuos

del drama, ni Héctor ni Reso, logran inspirarnos interés ni simpatía,

ni se ajustan tampoco a la idea que teníamos de ellos, y en particular

el primero, que en nada se asemeja al Héctor del poema inmortal de

Homero. El ingenio y el arte incomparables de este poeta brillan sin

rival en la creación y diversidad infinita de sus héroes, ninguno de

ellos abstracción sensible, seca, vaga ni confusa, sino individuos

reales, distintos unos de otros, y de personalidad tan característica,

casi tan palpable, que se nos figura conocerlos todos como si los

hubiéramos visto y tratado. El Héctor de _La Ilíada_, valeroso, modesto

y bueno, nos es más simpático que el mismo Aquiles, y en esta tragedia,

ambos monarcas, orgullosos, fanfarrones e hinchados con su poder y con

su grandeza, más mueven en nosotros la antipatía que la admiración o la

benevolencia. Como carácter dramático, parécenos mejor el del cochero

de Reso, muy natural y muy propio de su situación y de su clase.

Obras dramáticas de Eurípides (3 de 3) · 第 13 / 20 段