residencia que buscabas llegando a una ciudad aliada. Nadie preferirá
tu débil poder al de Euristeo. Vete. ¿Por qué te afanas? En derechura
debías ir a Argos, en donde morirás apedreado.
YOLAO
De ninguna manera; el ara del dios y la tierra libre en que estamos no
me abandonarán así.
COPREO
¿Quieres hacer más penoso mi trabajo?
YOLAO
Nunca me arrastrarás por la fuerza, ni tampoco a estos.
COPREO
Ya veremos; que, a mi juicio, también ahora te equivocas.
YOLAO
No será mientras yo viva.
COPREO
Apártate; me los llevaré contra tu voluntad, autorizado por Euristeo,
cuyos súbditos son.
YOLAO
¡Oh vosotros los que habitáis en Atenas desde los pasados tiempos!:
socorrednos, que suplicantes de Zeus Agoreo[201] nos hacen violencia,
y los ramos envueltos en lana se manchan con desdoro de la ciudad y
ofensa de los dioses.
EL CORO
¡Hola, hola! ¿Qué significa este clamor que se levanta junto al ara?
¿Anunciará, acaso, alguna calamidad?
YOLAO
Mirad a este débil anciano tendido en tierra; ¡ay de mí, desdichado!
EL CORO
¿Qué desgracia te ha postrado?
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
YOLAO
Este, ¡oh extranjeros! en cuya tierra busco hospitalidad, despreciando
vuestros dioses, me arrastra con violencia desde el vestíbulo del ara
de Zeus.
EL CORO
¿De dónde, ¡oh anciano!, has venido a esta tetrápolis[202] y en busca
de sus habitantes? ¿Acaso de la región opuesta os ha traído el marino
remo, dejando las costas de la Eubea?
YOLAO
No vivo en ninguna isla, ¡oh extranjeros!; desde Micenas hemos venido a
este país.
EL CORO
¿Qué nombre, ¡oh anciano!, te daba el pueblo de Micenas?
YOLAO
Quizá hayáis oído hablar de Yolao, el escudero de Heracles; no es
oscuro su nombre.
EL CORO
En efecto, lo he oído antes; mas di cúyos son los hijos impúberes que
te acompañan.
YOLAO
Son hijos de Heracles, ¡oh extranjeros!, que recurren suplicantes a ti
y a tu ciudad.
EL CORO
¿De qué necesitan, dime? ¿Impetran algo de esta ciudad?
YOLAO
Que no los entregue ni los arranquen a la fuerza de tus templos para
llevarlos a Argos.
COPREO
Pero ninguna de tus razones satisfará a tus dueños, a quienes debes
obediencia en dondequiera que te encuentren.
EL CORO
Preciso es, ¡oh extranjero!, respetar a los suplicantes, y no
obligarles a abandonar a la fuerza la mansión de los dioses; no lo
sufrirá la Justicia venerable.
COPREO
Expulsa, pues, de aquí a estos súbditos de Euristeo y no apelaré a
medios violentos.
EL CORO
¡Impía es la ciudad que desprecia a extranjeros suplicantes!
COPREO
Pero sensato no entrometerse en asuntos que no interesan, y más útil es
seguir los consejos de la prudencia.
EL CORO
Después que lo sepa nuestro rey podrás hacerlo, no como intentas,
arrancando a los extranjeros de los templos sin respetar este país
libre.
COPREO
¿Quién es vuestro rey y el de esta ciudad?
EL CORO
Demofonte, hijo del ínclito Teseo.
COPREO
Pues con él trataré primero de este asunto; nada valga cuanto he dicho.
EL CORO
Helo aquí, que viene apresurado con su hermano Acamante. Ambos te oirán.
DEMOFONTE
Ya que tú, más anciano, nos precediste acudiendo a este ara de Zeus,
di: ¿qué causa ha traído aquí a tanta gente?
EL CORO
Esos suplicantes que, como ves, coronan con ramas el ara, son, ¡oh
rey!, los hijos de Heracles, y Yolao, fiel compañero de su padre.
DEMOFONTE
¿Y por qué daban tales clamores?
EL CORO
Porque este heraldo intentaba arrancarlos del ara a la fuerza; dio esos
gritos el anciano y dobló sus rodillas, obligándome a derramar lágrimas
de compasión.
DEMOFONTE
Y, sin embargo, griegos son su traje, sus galas, aunque no lo sean sus
hechos. Ahora puedes hablarme sin demora y decirme de dónde vienes.
COPREO
Soy argivo, ya que quieres saberlo. Te diré, además, el motivo que me
trae y quién me envía. Euristeo, rey de Micenas, me manda aquí para
llevarme a estos fugitivos, y mi misión, ¡oh extranjeros!, y cuanto
expondré en su apoyo, será arreglada a justicia. Yo, argivo, me llevo
estos argivos que han huido de su patria, condenados a muerte por las
leyes, que nos autorizan, como sucede en tales casos, a llevar a
ejecución nuestros fallos. Y cuando se han refugiado en los altares
de otros estados, empleamos los mismos medios, y ninguno osa atraerse
desdichas merecidas. Han venido aquí, o para aprovecharse de tu
imprudente condescendencia si con ellos la tienes, o desesperados,
temiendo el peligro que corrían, ya se haga lo que desean, ya no. No
esperan seguramente que tú, mientras conserves sana la razón, y solo
entre todos los soberanos de la Grecia cuyos dominios recorrieron, te
compadezcas de su triste situación. ¿Calcularás, pues, lo que puedes
ganar si dejas que nos los llevemos? Cuenta desde luego con todo el
numeroso ejército argivo y con el poder de Euristeo, que serán aliados
de esta república. Pero si después de oírlos te apiadas de ellos y tu
corazón se ablanda, se decidirá la cuestión por la fuerza de las armas,
para que no creas que cederemos sin apelar al hierro. ¿Qué contestarás?
¿Te han despojado los tirintios[203] y argivos de parte de tus dominios
para declararles la guerra? ¿Será, acaso, por socorrer a tus amigos?
¿Cómo podrás dar justa sepultura a los que mueran en la guerra? Mala
fama tendrás entre los atenienses si por un anciano al borde del
sepulcro, si por una sombra, por decirlo así, y por estos niños te
precipitas en tal abismo. Dirás quizá, lo cual es muy especioso, que
lo haces mirando a lo que podrá suceder más adelante. Sin embargo, es
preferible lo que te propongo; mal pelearán contra los argivos estos
niños armados cuando lleguen a la pubertad, suponiendo que así lo
esperes, y mientras tanto ha de transcurrir largo tiempo y te expones
a morir. Sigue, pues, mi consejo; sin dar tú nada, deja que me lleve lo
que me pertenece, y contrae amistad con Micenas, para que no te suceda
lo que a tus conciudadanos, que pudiendo tener aliados poderosos eligen
los más débiles.[204]
EL CORO
¿Quién fallará bien tal contienda y conocerá a fondo este litigio sin
oír a las dos partes?
YOLAO
¡Oh rey!, confesaré que soy deudor a tu patria de no leve beneficio,
pudiendo hablar y oír a mis enemigos sin correr el riesgo de ser
arrojado antes de aquí como en otras partes. No hay lazo alguno legal
entre este y nosotros; en nada dependemos de Argos, habiéndose cumplido
el decreto que de allí nos desterraba; ¿cómo podrá reclamarnos en
justicia como argivos, cuando nos han expulsado de nuestra ciudad?
Ahora somos extranjeros; ¿creéis justo lanzar de los confines de la
Grecia, para que padezcan la pena del destierro, a todos los que
lo han sido de Argos? No, seguramente, de Atenas, que por miedo a
los argivos no será tan inhumana con los hijos de Heracles, ni como
Traquinia, o la pequeña plaza aquea, de donde tú, sin derecho alguno,
exagerando el poder de Argos como ahora, nos expulsaste cuando nos
refugiamos en ellas suplicantes dentro de los altares. Si logras tu
deseo y los atenienses lo aprueban, no diré jamás que Atenas es una
ciudad libre. Conozco bien cómo piensan y sienten estos ciudadanos;
preferirán morir si el honor, en los hombres dignos, vale más que la
vida. Pero no hablemos de esto; odioso es alabar sin tasa, y así me
parecía cuando me ensalzaban demasiado. Quiero ahora demostrarte que
debes proteger a estos suplicantes como rey de Atenas. Piteo es hijo
de Pélope; de Piteo nació Etra, y de Etra tu padre Teseo. Veamos ahora
cuál es el linaje de los heráclidas. Heracles era hijo de Zeus y de
Alcmena, y Alcmena de Pélope. Así, eran primos tu padre y el de estos
niños. El parentesco te une, pues, a ellos, ¡oh Demofonte! Pero además
de los deberes que te impone, te indicaré otros que debes cumplir;
aludo ahora a la navegación que su padre hizo con Teseo cuando era
yo su escudero, en demanda de cierto tahalí,[205] origen de muchas
desgracias, y el servicio que te prestó sacándolo de las oscuras
mansiones del infierno,[206] como toda la Grecia puede atestiguarlo.
Por cuyos beneficios a su vez te piden que no los entregues a sus
enemigos ni consientas que los arranquen a viva fuerza de tus templos y
los expulsen de aquí. Sería para ti vergonzoso y una desdicha para tu
ciudad que tus parientes, cuando imploran el favor de Zeus, desterrados
y errantes (¡ay de mí, ay de mis males; míralos, míralos!), fuesen
víctimas de la violencia. Ruégote, pues, tocándote con este ramo, que
no abandones a los hijos de Heracles, que demandan tu ayuda, sino que
vean en ti un pariente, un amigo, un padre, un hermano, su señor; todo
esto es preferible a caer otra vez en manos de los argivos.
EL CORO
Al oírlo muévenme a lástima sus males, ¡oh rey! Ahora me he convencido
como nunca de que la fortuna vence a la nobleza, pues estos, hijos del
mejor de los padres, son infelices sin merecerlo.
DEMOFONTE
Tres razones, ¡oh Yolao!, me inducen a no rechazaros: la primera y
principal es Zeus, en cuya ara te has refugiado, protegiendo a estos
tiernos hijuelos; después, el parentesco y la deuda antigua que tengo
con ellos de hacerlos el bien, agradecido a su padre; y por último,
la torpe fama que de lo contrario ganaría, lo cual debo evitar a todo
trance. Si consiento que un extranjero se los lleve del ara a la
fuerza, nadie creerá que este país es libre, sino que he vendido a unos
suplicantes por miedo a los argivos, infamia digna de la horca. ¡Ojalá
que tu llegada hubiese sido más feliz!; pero así y todo no tiembles,
que nadie te arrebatará de aquí con violencia, ni a esos niños
tampoco. Y tú vuelve a Argos, y dilo así a Euristeo: si acusa a estos
extranjeros de algún delito, se le hará justicia; pero llevártelos,
nunca.
EL HERALDO
¿Y si mi pretensión es fundada y te convence?
DEMOFONTE
¿Cómo ha de serlo nunca arrancar a un suplicante de los altares?
COPREO
Luego para mí solo es la vergüenza, sin daño tuyo.
DEMOFONTE
Seguramente lo sería para mí, si consiento que te los lleves.
COPREO
Relégalos, pues, de tu territorio, y entonces nos los llevaremos.
DEMOFONTE
Necio eres, si piensas saber más que los dioses.
COPREO
Según parece, este es el refugio de todos los malos.
DEMOFONTE
Asilo de todos es el templo de los dioses.
COPREO
No pensarán así los de Micenas, por ventura.
DEMOFONTE
¿No soy yo aquí soberano?
COPREO
Siempre que no los ofendas, si presumes de prudente.
DEMOFONTE
Pero me importa, si no soy sacrílego.
COPREO
No deseo que te muevan guerra los argivos.
DEMOFONTE
Y, sin embargo, tales son mis sentimientos; no los abandonaré.
COPREO
No obstante, me apoderaré de ellos, y me los llevaré.
DEMOFONTE
No será fácil tu vuelta a Argos.
COPREO
Pronto lo sabré, haciendo la prueba.
DEMOFONTE
Guárdate de tocarles, si no quieres llorar también pronto.
EL CORO
No, por los dioses; no osarás maltratar a un heraldo.
DEMOFONTE
Sin duda, si no aprende a conducirse con humildad.
EL CORO
Vete. Tú, ¡oh rey!, no le toques.
COPREO
Voyme. Poco vale uno solo en la pelea; pero vendré con numeroso
ejército de argivos, cubiertos de bronce, que me esperan infinitos,
armados de clípeos, y el mismo rey Euristeo, que se pondrá a su frente,
y que me aguarda en los últimos límites de Alcátoo,[207] preparado a
todo evento. Cuando conozca la injuria que le haces, terrible será para
ti y para los ciudadanos, y para esta tierra y estos árboles; inútiles
serían tantos jóvenes como hay en Argos si no te castigáramos.
DEMOFONTE
Vete enhoramala; que no me infunde miedo tu ciudad de Argos. Nunca de
aquí, llenándome de ignominia, arrancarás a estos a la fuerza: que
gobierno una ciudad libre, no sujeta a los argivos.
EL CORO
Tiempo tienes de reflexiones, antes que el ejército argivo se acerque
a nuestro territorio; esforzados en la guerra son los de Micenas, y en
vista de lo ocurrido lo serán mucho más; y como es costumbre de los
heraldos exagerarlo todo, es probable que diga al rey, entre otras
cosas, que ha sufrido bárbaros tratamientos, y quizá que ha estado a
punto de perder la vida.
YOLAO
Nada es tan honroso para los hijos como haber nacido de un padre bueno
y valiente, y casarse con mujeres que pertenezcan a familias honradas.
El que, dominado por pasión libidinosa, se junta con los malos, no
oirá mis alabanzas, ya que por disfrutar de vituperable deleite deja
sin honra a sus hijos. Más preserva del infortunio la nobleza de la
estirpe que la oscuridad del nacimiento. Nosotros, víctimas de males
extremos, hemos hallado amigos y parientes que solos nos defienden en
toda la Grecia, a pesar de ser tan grande y tan ensalzada. Dadles, ¡oh
niños!, vuestra diestra; dádselas, y vosotros a ellos, y andad juntos.
¡Oh hijos!, nos han probado su amistad; si algún día tenéis la dicha
de volver a vuestra patria y habitar vuestros palacios, y alcanzáis
los honores de que disfrutaron vuestros padres, acordaos siempre de
que fueron bondadosos y os salvaron, y no empuñad contra su país lanza
hostil, teniendo presentes tales beneficios, sino amadlos más que a
nadie. Dignos son de vuestra estimación, ya que nos han librado del
pueblo pelásgico y de su inmenso poder, concitando su odio, y que, al
veros miserables y sin hogar, no os entregaron a vuestros enemigos ni
os expulsaron de su suelo. Yo, por mi parte, ahora que vivo y cuando
muera, ¡oh amigo!, te alabaré en presencia de Teseo; lo llenaré de
alegría refiriéndole todo lo ocurrido, ya que nos acogiste humano y
has socorrido a los hijos de Heracles, y porque, generoso, conservas
en la Grecia la gloria de tu padre, y, nacido de claro linaje, no
lo deshonras. Quizás, entre muchos, solo encuentres uno que no sea
inferior a tu padre.
EL CORO
Siempre este país ayuda a los débiles; los protege la justicia. Así
ha sufrido por sus aliados innumerables trabajos, y ahora veo ya otra
lucha que amenaza.
DEMOFONTE
Y tú has dicho bien, anciano, y espero que cumplirán los deberes a que
has aludido. Yo, por mi parte, convocaré la asamblea de los ciudadanos
todos, y tendré preparado, para oponer al ejército de Micenas,
numerosas tropas. Enviaré primero espías para que no me encuentren
desprevenido, ya que los de Argos son ágiles guerreros, y celebraré los
sacrificios, congregados los adivinos. Entra tú en el palacio con los
niños y deja el ara de Zeus, que no faltará quien te ampare, aunque yo
me ausente. Anda, pues, al palacio, anciano.
YOLAO
No abandonaré el ara; como suplicantes permanecemos aquí, para que tu
ciudad consiga la victoria; iremos adonde deseas cuando deis glorioso
término a esta lucha; los dioses que nos auxilian, ¡oh rey!, no son
inferiores a los de los argivos; y si entre ellos la primera es Hera,
esposa de Zeus, tenemos de nuestra parte a Atenea. Yo aseguro que para
obtener buen éxito en esta empresa es muy importante invocar a los
dioses más poderosos, porque Palas no consentirá que se le humille.
EL CORO[208]
_Estrofa._ — Si te llena de orgullo tu poder, a otros es indiferente,
¡oh extranjero de Micenas!; no temas que tus palabras jactanciosas me
aterren. Nunca lograrás amedrentar a la famosa Atenas, la de bellos
coros. Y tú eres un insensato, y el hijo de Esténelo, el tirano de
Argos.
_Antístrofa._ — Que has llegado a una ciudad en nada inferior a la
tuya, para arrancar con violencia a desterrados que suplican a mis
dioses y se refugian en mi país, siendo tú también extranjero, y no
obedeces a nuestros reyes ni es justo lo que reclamas. ¿Cómo podrán
nunca aprobarlo los hombres prudentes?
_Epodo._ Pláceme la paz; pero te digo, ¡oh necio rey!, que si vienes a
buscarnos no quedará impune tu osadía. Tú solo no estás armado de lanza
y de clípeo cubierto de bronce. Sin embargo, no me agrada la guerra.
No molestes a mi ciudad, floreciente con los dones de las Gracias, sino
modérate, como debes.
YOLAO
¡Oh hijos!, ¿por qué venís, mostrando tanta ansiedad en vuestros ojos?
¿Me anunciaréis algo nuevo de los enemigos? ¿Se pondrán en marcha?
¿Están aquí ya? ¿Qué sabéis? No serán vanas las amenazas del heraldo;
su general, favorecido antes de la fortuna, vendrá, lo sé bien, y no
con pocas pretensiones, a hacer a Atenas la guerra. Pero Zeus castiga a
los soberbios.
DEMOFONTE
Han llegado el ejército argivo y su rey Euristeo; yo los he visto.
Conviene que el buen general, si sabe su deber, no observe a sus
enemigos con ojos ajenos. Aún no acampan sus tropas en estas llanuras,
sino en la pendiente de un collado, y espía (según presumo) la ocasión
oportuna para traer aquí su ejército y situarse en lugar seguro. Por mí
parte, bien prevenido me halla: armados estamos, prontas las víctimas
que se han de inmolar a los dioses, y ya los adivinos purifican
la ciudad para ahuyentar a los enemigos y salvarla. Y aun cuando
sean diversos los oráculos, todos claramente convienen en mandarme
sacrificar a Perséfone, hija de Deméter, una virgen de noble estirpe.
Decidido, como ves, estoy a defenderte; pero ni mataré a mi hija, ni
obligaré a ningún ciudadano a hacerlo contra su voluntad: ¿quién, en
efecto, pierde la razón hasta el punto de entregar a la muerte a los
hijos, que tanto se aman? Y ahora podrías observar agitadas asambleas,
sosteniendo unos que es justo socorrer a los extranjeros, y otros que
me acusan de imprudente; si realizo, pues, lo que deseo, sobrevendrá
una guerra civil. Considera todo esto, y pensemos ambos en los medios
de salvarte, así como a esta región, sin exponerme a las reconvenciones
de los ciudadanos. No soy tirano, como sucede entre los bárbaros; si es
justo lo que hago, justos serán conmigo.
EL CORO
¿Se oponen acaso los dioses a que esta ciudad, a pesar de sus deseos,
socorra pronto a los extranjeros?
YOLAO
¡Oh hijos!, parecemos navegantes que habiendo escapado de tempestad
violenta, tocan la tierra con sus manos, y los vientos y la mar los
rechazan. Tal es nuestra triste suerte después que, ya en salvo,
pisamos la ribera. ¡Ay de mí! ¿A qué me lisonjeaste, ¡oh mísera
esperanza!, si no habías de ser nunca realidad? Perdón merece Demofonte
si no quiere sacrificar a las hijas de los ciudadanos; alabo su bondad
y la de sus conciudadanos; y si mi desgracia es obra de los dioses,
no por eso será menor mi agradecimiento. ¡Oh hijos, no sé qué hacer
por vosotros! ¿Adónde nos dirigiremos? ¿Qué dioses no hemos coronado?
¿A qué ciudad bien guardada no recurrimos? Moriremos, ¡oh hijos!; nos
entregarán sin duda. Poco me cuido de mi suerte, si debo morir, a no
ser por el gozo que sentirán mis enemigos; pero deploro la vuestra y os
compadezco, ¡oh hijos!, y a la vieja Alcmena, madre de vuestro padre.
¡Oh infortunada por tu larga vida, e infortunado yo también, que tanto
he sufrido inútilmente! Oblíganos, sí, oblíganos el destino a caer
en manos de nuestro enemigo, y a morir miserable y torpemente. ¿Pero
sabes tú un remedio a nuestros males, ya que todavía no he perdido
por completo la esperanza de salvarlos? Entrégame a los argivos; por
ellos, ¡oh rey!, no te expongas al peligro, y que mis hijos se libren
de la muerte; yo no debo amar la vida; piérdola, pues. Mucho anhela
Euristeo, hombre sin entrañas, apoderarse de mí e injuriarme, por haber
sido compañero de Heracles. El sabio prefiere enemistarse con el sabio,
no con el necio, porque hasta el más despreciable encuentra en aquel
protección.[209]
EL CORO
¡Oh anciano!, no acuses a esta ciudad, que si pudiera sernos útil
vender a los que imploran nuestra ayuda, nos cubriría de infamia.
DEMOFONTE
Generoso es lo que has dicho, pero imposible. Ese rey no ha traído aquí
su ejército para cautivarte. ¿Qué ganaría Euristeo dando muerte a un
anciano? Solo quiere matar a los heráclidas. Tremenda amenaza es para
los enemigos la existencia de hijos esforzados y nobles que no olvidan
las injurias de su padre, y así lo habrá pensado Euristeo. Quizás se te
ocurra algún otro remedio, porque no sé qué hacer, conociendo ya los
oráculos, y me embarga el miedo. (_Vase_).
MACARIA[210]
Extranjeros, no atribuid a audacia mi venida; es mi primer ruego, pues
la mayor gloria de una mujer es el silencio y la modestia y vivir
tranquila en su casa. Pero he salido al oír tus lamentos, ¡oh Yolao!,
aunque mi linaje no me impusiese ese deber. Sin embargo, en cierto modo
soy a propósito para cumplirlo, porque he puesto todo mi cariño en mis
hermanos, y quiero saber también por mí misma si te atormenta algún
nuevo mal, además de los antiguos.
YOLAO
¡Oh hija!, con mayor razón debo alabarte que a los demás hijos de
Heracles. Cuando creíamos que la suerte favorecía a nuestra familia,
le amenaza de nuevo peligro inevitable. Según afirma Demofonte, los
adivinos han dicho que no se ha de sacrificar toro ni novillo, sino
una virgen hija de noble padre, si todos hemos de salvarnos. Tal es
nuestra angustia, resistiéndose él a matar a sus hijas o a las de los
demás ciudadanos. Y aunque no me lo haya dicho claramente, me ha dado
a entender que si no encontramos algún medio de evitar esas desdichas,
nos encaminemos a otro territorio, que él no quiere comprometer la paz
de Atenas.
MACARIA
¿Nada debemos temer si se cumple esa condición?
YOLAO
Basta esa sola, la única que se opone a nuestra dicha.
MACARIA
Que no te espante ya el enemigo ejército de los argivos; dispuesta
estoy, ¡oh anciano!, antes que me lo manden, a morir y entregar mi
cuello al dios. ¿Qué diremos si la ciudad quiere exponerse por nosotros
a grandes peligros y nos infunde pavor la muerte, nuestro solo
recurso? ¿Qué, cuando somos causa de ajenos trabajos? No, sin duda; que
sería ridículo estar aquí gimiendo y suplicando, cuando nos engendró
tal padre, y aparecer como cobardes. ¿Quién lo creería decoroso?
Más vale, pues, hacerlo que exponer a esta ciudad (¡ojalá que nunca
suceda!) a caer en manos de sus enemigos, y perecer yo misma al fin,
después de sufrir ultrajes indignos de la hija de tan noble padre. ¿Me
desterrarán y andaré errante? Que el rubor nunca tiña mis mejillas,
si ha de decir alguno: «¿A qué vinisteis con ramos de suplicantes
si tanta afición mostráis a la vida? Alejaos, que no auxiliaremos a
pusilánimes». Y ni aunque mis hermanos muriesen y yo no, espero ser
feliz, aunque muchos, con esa esperanza, vendieron a sus amigos. ¿Quién
querría casarse con una doncella abandonada y tener hijos de ella?
Mejor es perecer que exponerme a tan indignos peligros. A algún otro
que no fuese noble, como yo, convendría esto acaso. Llevadme, pues,
adonde han de inmolarme, y coronadme, y comenzad los auspicios si os
parece, pero venced a los enemigos; pronta está mi existencia, de buen
grado, no forzada; protesto que muero por mis hermanos y por mí. Tal es
el honroso medio que he encontrado, yo que no amo la vida, para dejarla
con gloria.
EL CORO
¡Hola, hola! ¿Qué diré al oír las palabras de esta doncella valerosa,
que quiere sacrificarse por sus hermanos? ¿Quién hablará más
noblemente? ¿Qué hombre haría otro tanto?
YOLAO
¡Oh hija!, tus divinos pensamientos demuestran bien a las claras
que eres hija de Heracles, no de otro alguno. No me hacen sonrojar
tus palabras, aunque me aflija la desgracia; pero te diré cómo, en
justicia, puede hacerse esto: convoca aquí a todas tus hermanas, y que
muera por ellos la que designe la suerte, que no es razonable que tú
sola seas la víctima, sin correr las demás ese riesgo.
MACARIA
Nunca moriré por obra de la casualidad, pues no habría que agradecerlo;
no te cuides de ello, ¡oh anciano! Pero si aceptas mi ofrecimiento y
pronto queréis utilizarlo, de buen grado doy por ellos mi vida, lo cual
no haría obligada.
YOLAO
¡Ah dioses! Más generosas que antes son tus palabras de ahora, y eran,
no obstante, las mejores; pero superas en fortaleza a lo más fuerte y
eres más buena que la bondad misma. No te mando, ni prohíbo tampoco,
¡oh hija!, que te sacrifiques, pues así salvas a tus hermanos.
MACARIA
Prudente es tu resolución; no temas contaminarte llevándome al
sacrificio, que moriré por mi voluntad. Pero sígueme, que deseo morir
en tus manos y que cubras con tus vestidos mi cuerpo, que yo arrostraré
el horror de esta fúnebre ceremonia, ya que he nacido de un padre que
es todo mi orgullo.
YOLAO
Yo no podré presenciar tu muerte.
MACARIA
Ruega a estos, al menos, que no lance mi último suspiro en manos de
hombres, sino de mujeres.
EL CORO
Se cumplirá tu deseo, ¡oh virgen desdichada!, porque sería vergonzoso
para mí no cuidar de tu decoro corporal por muchas razones, por la
grandeza de tu ánimo y por ser contigo justo; que mis ojos te han
admirado y eres valerosa como ninguna. Pero si quieres despedirte de
tus hermanos y de este anciano, apresúrate a darles el último adiós.
MACARIA