del Asopo, comenzamos a subir la pendiente del Citerón Penteo, yo,
su fiel servidor, y el extranjero que nos guiaba para enseñarnos las
bacantes. Primero hicimos alto en un valle lleno de hierba, andando con
cuidado y en silencio para que viésemos sin ser vistos. Estaba cercado
de peñascos por ambas partes, con arroyos que lo regaban, y lleno
de umbrosos pinos, y en él yacían las ménades, ocupadas en gratos
trabajos. Unas coronaban otra vez de hiedra sus tirsos, ya despojados
de ella; otras, como los potrillos que dejan sus pintorescos pastos,
se respondían cantando báquicos versos. El desdichado Penteo, no
viéndolas, no obstante su número, dijo: «¡Oh extranjero!, no veo aquí
a las ménades por más que miro; quizá si me subo a alguna eminencia o
en algún elevado abeto presenciaré claramente sus torpezas». Entonces
fui yo testigo de un milagro que hizo el extranjero; agarró la rama más
alta de un abeto, la dobló hasta el oscuro suelo, encorvola como un
arco o cual rueda cuando gira moviéndose alrededor de su eje, y de este
modo, atrayéndolas, él las doblaba hasta tocar la tierra, haciendo lo
que no hubiera hecho ningún hombre. Colocado Penteo en las ramas del
abeto, las soltó otra vez con cuidado, de modo que no lo dejase caer
si se enderezaba de pronto. El abeto, ya derecho, elevaba al cielo su
cima, y en ella aparecía sentado mi dueño. Viéronlo las ménades antes
que él las viese, apenas llegó a lo alto, desapareciendo el extranjero
y oyéndose cierta voz, al parecer de Dioniso, que exclamó desde los
aires: «¡Oh tiernas jóvenes!, os traigo al que se burla de vosotras,
de mí y de mis orgías; castigadlo, pues». Y mientras esto decía
relampagueaba el fuego sagrado en la tierra y en el cielo. El aire
quedó mudo, callaron las hojas del umbrío bosque, y ni se percibían
los aullidos de las fieras. Ellas, al escuchar confusamente la voz, se
levantaron y miraban a todas partes. Volvió entonces él a exhortarlas.
Cuando las hijas de Cadmo conocieron distintamente la báquica trompeta,
se precipitaron en veloz carrera, no más tardas que palomas, Ágave,
su madre, sus hermanas y todas las bacantes, y recorrían las rocas y
el valle dividido por el torrente, agitadas del estro furioso del
dios. Cuando vieron a mi señor en el abeto, primero le tiraron piedras
con gran fuerza, subiéndose a un peñasco como si fuera una torre;
después ramas; otras lanzaron al aire sus tirsos contra Penteo, blanco
desdichado, pero nada conseguían. El infeliz, a una altura a la cual
no podían llegar las bacantes a pesar de sus esfuerzos, no se movía,
sin saber qué hacer. Al fin rompieron ramas de encina, y con tales
palancas intentaban arrancar de raíz al abeto; pero cansadas de sus
inútiles tentativas, dijo así Ágave: «Andad, ménades, cercad el árbol
para apoderarnos de la fiera que se ha subido en él, y evitaremos que
publique las danzas misteriosas del dios». Todas ellas sacudieron
juntas el abeto y lo arrancaron de la tierra, y Penteo, sentado en lo
más alto, cayó desde allí al suelo dando un gran gemido, presintiendo
sin duda la desdicha que le amenazaba. Su madre, la primera, comenzó
como sacerdotisa el sacrificio, y le acometió; él se quitó la mitra
de la cabeza para que la mísera Ágave, conociéndolo, no lo matase, y
dijo tocando sus mejillas: «Yo, madre, soy tu hijo Penteo, que diste
a luz en el palacio de Equión; compadécete de mí, ¡oh madre!, y, por
sus pecados, no mates a tu hijo». Mas ella, echando espuma por la boca
y revolviendo sus ojos extraviados, sin sentir compasión y poseída de
Dioniso, no se apiadó de él. Cogió con sus dos manos la izquierda de
Penteo, y apoyando su pie en el cuerpo del desventurado, le arrancó el
brazo no a impulso de su fuerza, sino ayudada del dios. Ino acababa
la obra, por otra parte, desgarrando sus carnes, y Autónoe y toda la
muchedumbre de las bacantes le amenazaba también. Oíanse clamores de
toda especie, y él gemía mientras respiraba, y ellas aullaban a un
tiempo. Y una le arrancaba el otro brazo, otra un pie con su calzado
y desgarraba sus entrañas, y otras, llenas de sangre las manos,
rasgaban sus carnes. Yace, pues, su cuerpo hecho pedazos, parte bajo
ásperos peñascos, parte en las espesas ramas de la selva, y no es fácil
encontrarlos; y la cabeza, de que se apoderó su madre, clavada está en
un tirso como la de un león, y la pasean por el Citerón mientras danzan
sus hermanas en el coro de las ménades. Y envanecida con tan triste
trofeo regresa a estas murallas invocando a Dioniso, su compañero y
victorioso auxiliar en la conquista de este botín, fuente para ella de
lágrimas, no de placer. Yo me alejaré de este teatro de calamidades
antes que Ágave llegue al palacio. Someterse a las leyes divinas y
obedecerlas es para mí lo mejor y lo más prudente, y dignos de alabanza
los mortales que así lo hacen. (_Vase._)
EL CORO
Celebremos con danzas a Dioniso, cantemos la desdicha de Penteo,
descendiente del dragón, que, al vestirse el traje mujeril y empuñar la
férula, recibió segura muerte, coronado de bellas hojas, arrastrándolo
un toro al abismo. Bacantes, descendientes de Cadmo, en luto y lágrimas
trocasteis vuestro egregio canto de victoria. Grata lucha la de
despedazar un hijo con manos que gotean sangre. Pero veo a Ágave, madre
de Penteo, que viene apresurada a su palacio con los ojos extraviados.
Acoged a las compañeras del dios Evio.
ÁGAVE
¡Bacantes asiáticas!
EL CORO
¿Para qué me llamáis?
ÁGAVE
Traemos de los montes al palacio hiedra recién cortada y rica presa.
EL CORO
Ya la veo: bienvenida seas, ¡oh compañera de mis danzas!
ÁGAVE
Cogí sin lazos... este león nuevo, como puedes verlo.
EL CORO
¿En qué desierto?
ÁGAVE
En el Citerón.
EL CORO
¿Qué hizo el Citerón?
ÁGAVE
Lo mató.
EL CORO
¿Cuál fue la primera que lo hirió?
ÁGAVE
Mío es este honor. Yo, la bienaventurada Ágave, seré inmortal en las
asambleas báquicas.
EL CORO
¿Y cuál después?
ÁGAVE
Los descendientes...
EL CORO
¿Qué descendientes?
ÁGAVE
Los de Cadmo; pero después que yo, después que yo se acercaron a esta
fiera.
EL CORO
¡Felices vosotras, que os apoderasteis de tal presa!
ÁGAVE
Ya participarás del banquete.
EL CORO
¿De qué banquete, desventurada?
ÁGAVE
Este novillo, tierno aún, tiene en sus mejillas vello reciente, y
suaves cabellos adornan su cabeza.
EL CORO
Notable es su melena; como de salvaje alimaña.
ÁGAVE
Dioniso, prudente cazador, excitó sabiamente a las ménades a cazarlo.
EL CORO
Este rey es el que preside a la caza.
ÁGAVE
¿Lo apruebas?
EL CORO
¿Cómo no? Lo apruebo.
ÁGAVE
Y después también los cadmeos...
EL CORO
Y Penteo también a su madre...
ÁGAVE
Alabará por haber apresado a este león.
EL CORO
Hermoso, en verdad.
ÁGAVE
Hermoso, en efecto.
EL CORO
¿Te alegras?
ÁGAVE
Me alegro por las grandes, por las grandes hazañas que se han ejecutado
en esta región.
EL CORO
Enseña, pues, ¡oh desventurada!, enseña a los ciudadanos el trofeo que
traes de tu victoria.
ÁGAVE
¡Oh vosotros!, que habitáis la ciudad bien fortificada de este campo
tebano, venid y veréis esta presa, esta fiera que apresamos nosotras
las hijas de Cadmo, no valiéndonos de los aguzados dardos tesalios, no
de redes, sino de los dedos de nuestras blancas manos. ¡Vanagloriaos,
pues, ahora, y preparad, fabricando lanzas, inútiles armas! Nosotras
con esta mano nos apoderamos de él y en diversos trozos portamos sus
miembros. ¿En dónde está mi anciano padre? Que se acerque. Y mi hijo
Penteo, ¿en dónde está? Que traiga escalas de compactos peldaños,
y clave en los esculpidos artesonados esta cabeza de león que os
presento.
CADMO
Seguidme, cargados con el cadáver del mísero Penteo; seguidme, siervos,
al palacio: con mucho trabajo encontré su pecho despedazado en las
gargantas del Citerón, no en donde lo inmolaron, sino en lo más
áspero de la selva, en lugar oculto y de difícil acceso. Contáronme
las maldades que han cometido mis hijas al atravesar las murallas
y penetrar en la ciudad, acompañado de Tiresias a mi vuelta de las
bacanales; y regresando otra vez al monte traigo aquí a mi hijo, muerto
a manos de las ménades. Y vi a Ino y a Autónoe, que de Aristeo dio a
luz en otro tiempo a Acteón, danzando todavía furiosas, y alguno me
dijo que Ágave se dirigía aquí con pie báquico, y no fue falso, en
verdad, que la veo, y al mismo tiempo un espectáculo nada grato.
ÁGAVE
Mucho, ¡oh padre!, puedes vanagloriarte por haber engendrado dos hijas
de las más ilustres; todas ellas lo son y yo principalmente, que,
dejando la tela en la lanzadera, acometo más altas empresas, apresando
en persona a las fieras. Ves en mis brazos la recompensa que ha tenido
mi valor, para que puedas clavarla en tu palacio. Acéptala, ¡oh padre!,
y gozoso con el fruto de mi caza, convida a tus amigos: bienaventurado,
bienaventurado eres por haber dado el ser a hijas capaces de tales
hazañas.
CADMO
¡Oh asesinato funesto, fuente de inagotable llanto! ¡Y tú lo has
perpetrado con tus manos desventuradas! Inspirada por los dioses
celebraste este sacrificio y me invitas al festín y también a Tebas.
¡Ay de mí! ¡Qué desdicha para ti y para mí también! Justamente, aunque
con rigor, nos perdió el dios, el rey Bromio, a pesar de su parentesco
con nosotros.
ÁGAVE
¡Cuán molesta es para los hombres la vejez, y cuán triste su aspecto!
¡Ojalá que mi hijo sea afortunado en la caza, y tan ingenioso como
su madre, cuando persiga a las fieras con los jóvenes tebanos! Pero
solo sabe resistir a los dioses. Tú, ¡oh padre!, y yo también debemos
aconsejarle que no se complazca siguiendo las lecciones de malhadados
maestros. ¿En dónde está? ¿Quién lo llamará para que venga a verme tan
gozosa?
CADMO
¡Ay, ay de mí! Grave dolor ha de causarte tu acción, cuando recobres
el juicio; si siempre permanecieras así, aunque no fuerais felices, no
conoceríais, sin embargo, toda la extensión de vuestro infortunio.
ÁGAVE
¿Pero hay en todo esto algo que no te parece bien o es causa de pena?
CADMO
Primeramente mira el aire con tus ojos.
ÁGAVE
Así lo hago. ¿Por qué me lo mandas?
CADMO
¿Es para ti el mismo, o crees que ha variado?
ÁGAVE
Figúraseme más transparente y que brilla más que antes.
CADMO
¿Sientes todavía en tu alma la misma perturbación?
ÁGAVE
No entiendo lo que dices, pero poco a poco recobro mi juicio y vuelvo a
mi estado natural.
CADMO
¿Oirás lo que te diga? ¿Me responderás con claridad?
ÁGAVE
Como que ya no me acuerdo de lo que acabo de decir, ¡oh padre!
CADMO
¿A que palacio viniste después de celebrar tu himeneo?
ÁGAVE
Me casaste con Equión, hijo, según dicen, de los dientes del dragón,
que se sembraron.
CADMO
¿Qué hijo nació en ese palacio, de tu marido y tuyo?
ÁGAVE
Penteo, fruto de nuestra unión.
CADMO
¿Y cúya es la cabeza que sostienes con tus brazos?
ÁGAVE
De un león, según dijeron las cazadoras.
CADMO
Mírala con cuidado; poco cuesta observarla.
ÁGAVE
¡Ay de mí! ¿Qué veo? ¿Qué es esto que traigo en mis manos?
CADMO
Contémplalo y examínalo atenta.
ÁGAVE
¡Desventurada de mí! ¡Contemplo la mayor desventura!
CADMO
¿Te parece ahora semejante a un león?
ÁGAVE
No. ¡Qué infortunada! Tengo en mis manos la cabeza de Penteo.
CADMO
Llorado antes de ser reconocido.
ÁGAVE
¿Quién lo mató? ¿Cómo ha venido a mi poder?
CADMO
¡Mísera realidad, cuán intempestiva eres!
ÁGAVE
Habla, porque tiemblo al pensar en lo que vas a decir.
CADMO
Tú y tus hermanas lo matasteis.
ÁGAVE
¿En dónde pereció? ¿En el palacio, o en qué lugar?
CADMO
En donde tus perros despedazaron antes a Acteón.
ÁGAVE
¿Y por qué fue al monte este desdichado?
CADMO
Fue a burlarse del dios y de tus bacanales.
ÁGAVE
¿Pero cómo nosotras nos acercamos a él?
CADMO
Estabais furiosas, y toda la ciudad corría al mismo tiempo agitada por
el ardor báquico.
ÁGAVE
Dioniso nos perdió; al fin lo entiendo.
CADMO
Lo injuriabais no adorándolo.
ÁGAVE
¿Pero en dónde está el cuerpo de mi hijo muy querido, ¡oh padre!?
CADMO
Aquí, habiéndolo encontrado con no poco trabajo.
ÁGAVE
¿Pero no ha sufrido mutilación alguna?
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
ÁGAVE
¿Y qué relación hay entre Penteo y mi locura?
CADMO
Os imitó no adorando al dios. Sin duda por esto padecisteis igual
daño así él como vosotras, y arruinasteis a esta familia y a mí,
que, no teniendo hijos varones, veo, ¡oh desventurada!, muerto torpe
y tristemente a este fruto de tu vientre; que en ti, ¡oh hijo!,
cifrábamos todos nuestra esperanza, y tú eras nuestro báculo, hijo
de mi hija, venerado de los ciudadanos; ninguno, solo al mirarte, se
atrevía a ofenderme en mi vejez, que pronto le hubiese alcanzado justo
castigo. Despreciado ahora, me echarán de este palacio, a mí, aquel
famoso Cadmo que sembró el linaje de los tebanos y segué óptima mies
lisonjera. ¡Oh hijo!, el más amado de los hombres, aunque no existas,
siempre serás el más querido, ya que no tocaré más esta barba con mi
mano ni abrazarás más al padre de tu madre, diciéndole: «¿Quién te
injuria, anciano? ¿Quién te desprecia? ¿Quién aflige tu corazón? ¿Quién
te ofende?, dímelo que yo castigaré al que tal haga, ¡oh padre!». Ahora
soy desdichado, y tú también, y tu madre y tus infelices hermanas
dignas de lástima. Así, si alguno no venera a los dioses, acuérdese de
la muerte de Penteo y crea en ellos.
EL CORO
Duéleme tu suerte, ¡oh Cadmo!; tu nieto ha recibido el castigo que
merecía, aunque te llene de amargura.
ÁGAVE
¡Oh padre!, ya ves cuánto he cambiado... si no cometiese este crimen
que debo expiar.[193]
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
DIONISO
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
dragón serás, cambiando de forma, y tu esposa Harmonía, hija de
Ares, con la que te casaste, siendo tú mortal, será convertida en
fiera serpiente. Con tu esposa guiarás una yunta de novillos, como
dice el oráculo de Zeus, y reinarás entre los bárbaros. Y con tropas
innumerables derribarás muchas ciudades; pero cuando devastaren el
oráculo de Apolo será infeliz su vuelta.[194] Ares, sin embargo, te
salvará, y también a Harmonía, y te llevará a vivir al país de los
bienaventurados. Yo, Dioniso, lo digo, no nacido de padre mortal, sino
de Zeus. Si hubieseis sido prudentes, cuando no queríais, os hubiese
ayudado el hijo de Zeus, y sería feliz vuestra suerte.
ÁGAVE
¡Oh Dioniso!, nosotros te suplicamos que nos perdones nuestros pecados.
DIONISO
Tarde lo conocéis, no cuando debíais.
ÁGAVE
Así lo confesamos; pero es cruel tu venganza.
DIONISO
Vosotros, siendo yo dios, me injuriabais.
ÁGAVE
Los dioses no han de imitar a las mortales.
DIONISO
Zeus, mi padre, lo había decretado largo tiempo hacía.
ÁGAVE
¡Ay, ay de mí! Condenados estamos, ¡oh Cadmo!, a mísero destierro;
DIONISO
¿Por qué, pues, vaciláis en cumplir vuestro destino?
CADMO
¡Oh hija, qué deplorable es nuestra suerte, y tú qué desdichada, y
cuánto tus hermanas! Yo, mísero anciano, pediré hospitalidad en tierra
extranjera, y obediente al triste hado, traeré a la Grecia mis tropas
de bárbaros, y a la hija de Ares, a Harmonía, mi esposa, convertida en
dragón espantoso, como yo, al frente de mi ejército, a devastar los
altares y sepulcros griegos, y será tanta mi desdicha, que nunca me
veré libre de males, ni tranquilo pasaré el Aqueronte en la navecilla.
ÁGAVE
¡Oh padre!, y yo, separada de ti, seré también desterrada.
CADMO
¿Por qué me abrazas, ¡oh hija desdichada!, como si fuese un cisne,
blanca ave agobiada por los años?
ÁGAVE
¿Adónde iré, expulsada de mi patria?
CADMO
No lo sé, hija; de poco puede servirte tu padre.
ÁGAVE
¡Adiós, palacio, adiós, ciudad en que nací; mísera desterrada de mi
hogar, te dejo presa de amarga pena!
CADMO
Busca, ¡oh hija!, a Aristeo...
ÁGAVE
¡Por ti lloro, padre!
CADMO
¡Y yo por ti, hija, y por tus hermanas!
ÁGAVE
Cruel es el castigo que el rey Dioniso da a tu familia por la injuria
que le hicisteis.
CADMO
Atroz fue también el agravio no honrándose en Tebas su nombre.
CADMO
¡Adiós, hija desdichada! Difícilmente recobrarás tu alegría.
ÁGAVE
Guiadme, ¡oh amigas!, en busca de mis hermanas, que me acompañarán en
el destierro. Lejos iré del abominable Citerón, en donde no lo vean mis
ojos, ni sepan lo que es tirso. De él cuidarán otras bacantes.
EL CORO
Bajo múltiples formas se muestra el hado, y muchas cosas que no se
esperan hacen los dioses y lo que se aguardaba no viene, y el cielo les
da fin inopinado. Así ha sucedido ahora.
LOS HERÁCLIDAS
ARGUMENTO
El objeto de LOS HERÁCLIDAS, como el de _Las Suplicantes_, es alabar a
Atenas por sus leyes y sentimientos humanitarios favoreciendo al débil
y al desdichado. Los descendientes de Heracles, con Hilo, hijo del
héroe y de Deyanira, con Yolao, sobrino y escudero del hijo de Zeus y
de Alcmena, y con esta, se han refugiado como suplicantes en el ara de
Zeus, en Maratón, aldea de Ática, huyendo de la persecución constante
de Euristeo, que no los deja tranquilos en toda la Grecia. En Atenas
reinaban entonces Demofonte y Acamante, hijos de Teseo. Preséntase,
en efecto, en seguida un heraldo argivo en nombre de Euristeo, que
no puede arrancarlos de su asilo ni con amenazas ni con razones de
conveniencia para Atenas y sus autoridades, concluyendo en declarar la
guerra a los atenienses en nombre de Euristeo. Pelean después los dos
ejércitos enemigos: el argivo, mandado por Euristeo en persona, y el de
los atenienses y los heráclidas, por Hilo, Yolao y los reyes de Atenas,
siendo vencidos los invasores y hecho prisionero Euristeo. El oráculo
había declarado que para alcanzar la victoria contra los argivos
los atenienses y los heráclidas, era necesario el sacrificio previo
de una víctima humana, y Macaria, hermana de Hilo, entonces ofrece
espontáneamente su vida, y se logra el triunfo deseado.
En la traza y desarrollo del plan de esta tragedia se observa, desde
luego, mejor gusto que en otras más famosas de nuestro poeta, como
si se hubiese escrito en una época más clásica y atildada, así en el
ajuste y distribución de sus partes, como en la sobriedad que en
toda ella reina, en la extensión menor de los coros, en la relación
más estrecha y constante con el asunto que guardan, y en la falta o
parsimonia de las digresiones del poeta, cuando se ofrece la ocasión de
entremezclar disputas o alegatos jurídicos, o sostener opiniones más o
menos inoportunas sobre política, religión o filosofía. No por esto se
abstiene Eurípides, al hablar de Heracles, de decir que fue un héroe,
_esté donde estuviere_, ni de afirmar de Euristeo que sus maldades no
son tanto obra suya como de Hera, ni, por último, de asegurar rotunda y
categóricamente, sin paliativos de ningún género, que esa misma diosa
Hera lo ha engañado y vendido. El personaje de Alcmena, como el de
Hécuba en la tragedia de este nombre, atrabiliario, desvergonzado e
insolente, iracundo y cruel, como vaciados en el mismo molde, sírvenos
además para confirmar el odio del poeta al bello sexo, comparando estos
tipos de ancianas con sus semejantes del sexo masculino. Néstor es la
personificación homérica del anciano griego, trazado magistralmente con
sus largas y viejas narraciones, sus alabanzas exageradas a las cosas y
a los hombres que fueron, y con sus arranques extemporáneos juveniles,
pero experimentado, prudente y hábil en los consejos. Cuando Eurípides
nos presenta ancianos, como el Yolao de esta tragedia o el Peleo de
_Andrómaca_, no se nota en él antipatía, odio ni ensañamiento; no así
cuando introduce en sus dramas mujeres ancianas, como las dos citadas,
en cuyo trazado brilla siempre la benevolencia por su ausencia.
Esta tragedia y _Las Suplicantes_, fijándonos en su objeto y en la
manera de conseguirlo, nos revelan ya, sin ulteriores disquisiciones,
la decadencia sufrida en corto tiempo por la primitiva y verdadera
tragedia griega. El espíritu, profunda y exclusivamente religioso,
que anima desde el principio hasta el fin a las obras de Esquilo y de
Sófocles, ha desaparecido casi por completo; porque lo que de él queda
aparece casi siempre empequeñecido y degenerado, e injustos y malvados
los dioses, inferiores a los hombres, ya sean Zeus o Hera, Artemisa o
Apolo. La influencia del destino se nombra y señala solo por cumplir
con la tradición, pero se ve con claridad que el poeta obedece a una
fórmula, no a su convicción plena y sincera. Solo Atenea, la patrona
de Atenas, sin duda por serlo, disfruta del privilegio de intervenir
para hacer el bien de los atenienses, anunciándoles dichas y bienes
futuros. El arte drámatico baja desde el cielo a la tierra, y se
convierte en instrumento de adulación popular, como la elocuencia de
sus oradores y demagogos, y llega en esta parte adonde no llegaron
Tucídides, Jenofonte ni aun Heródoto, ni siquiera Demóstenes, que,
cuando hay necesidad, no se muerde la lengua y dice al pueblo que
lo oye amargas y saludables verdades. Llámanos también la atención
la pobreza de inventiva que ambas obras ostentan, signo evidente de
decadencia, puesto que son los mismos los motivos dramáticos, igual
el enredo y la misma también su resolución. Todas las épocas de
decadencia artística o literaria se distinguen generalmente por este
fenómeno: porque parece que artistas y literatos pierden la inventiva y
carecen del vigor, de la originalidad y de la energía de sus ilustres
predecesores.
No hay dato o indicación alguna cierta para señalar, con apariencias
siquiera de exactitud, la fecha de su representación, y por tanto, no
queda otro recurso que atenernos a simples conjeturas, más o menos
aceptables. La diferencia, entre las dos que se admiten, es nada menos
que de veintitrés años, porque la fijada por Böckh en sus _Tragicis
graecis_ es la del año 3 de la olimpiada 90, o 418 años antes de
Jesucristo, o el año 13 de la guerra del Peloponeso, y otros piensan
que ha debido escribirse hacia la olimpiada 84, más de diez años antes
de dicha guerra. Su factura más parece de esta última fecha.
PERSONAJES
YOLAO, _escudero de Heracles._
UN HERALDO DE EURISTEO, _rey de Argos._
CORO DE CIUDADANOS DE MARATÓN.
DEMOFONTE, _hijo y sucesor de Teseo en Atenas._
MACARIA, _hija de Heracles._
UN CRIADO, _escudero de Hilo, hijo de Heracles._
ALCMENA, _madre de Heracles._
UN MENSAJERO ATENIENSE.
EURISTEO, _rey de Argos y de Atenas, pariente de Alcmena y de
Heracles._
La acción pasa en Maratón.
Se ve en el teatro el templo de Zeus, y en torno del ara varios
jóvenes, hijos de Heracles, con los distintivos de los suplicantes, y
Yolao entre ellos, el escudero de Heracles.
YOLAO[195]
Por cierto tengo hace tiempo que el hombre honrado ha nacido para
bien de los demás, y que el codicioso es inútil a la república y
molesto en el trato social, por fructuoso que sea para sí. Así me
lo ha enseñado la experiencia. Yo, por pundonor, fiel a los deberes
que me imponía mi parentesco, he participado solo de los infinitos
trabajos de Heracles mientras estuvo a mi lado, pudiendo vivir en Argos
tranquilo; ahora, desde que habita en el cielo, solo cuido de proteger
a sus hijos, cuando yo soy, en verdad, el que necesita de protección
para salvarse. Después que su padre abandonó la tierra, quiso Euristeo
matarnos; pero evitamos la muerte, y aun cuando perdimos la patria,
conservamos la vida. Vagamos, pues, desterrados, emigrando de una en
otra región. Además de otros males con que nos aflige Euristeo, envía
también heraldos a las ciudades en donde nos fijamos, y nos reclama
y nos expulsa de ellas, haciendo amenazador alarde del poder de
Argos, temible como amigo o enemigo, de sus propias fuerzas y de los
favores que le dispensa la Fortuna. Y ellos, cuando ven mis escasos
recursos y contemplan a estos niños, de tierna edad y sin padre,
obedecen a los más poderosos y nos destierran. Yo huyo entonces con mis
hijos, y con los afligidos me aflijo, temeroso de hacerles traición
y de que exclame alguno: «Ved cómo Yolao, desde que no tienen padre
estos niños, no los socorre, y eso que es su pariente». Y rechazados
por toda la Grecia, desde que hemos llegado a Maratón[196] yacemos
suplicantes junto a las aras de los dioses, pidiéndoles que no nos
abandonen; dicen que en estas llanuras habitan dos hijos de Teseo, que
las rigen alternativamente, del linaje de Pandión y parientes de los
heráclidas,[197] y por esta causa hemos venido a los confines de la
ínclita Atenas. Dos ancianos los protegen en su triste destierro; yo
defiendo a estos niños, y Alcmena,[198] a las hijas de su hijo, dentro
del templo, temerosa de que tan tiernas vírgenes se confundiesen con la
multitud que rodea a las aras. Hilo[199] y sus hermanos, de más edad,
buscan algún alcázar donde refugiarnos, si nos echan de aquí a la
fuerza. ¡Oh hijos, hijos míos!, acercaos y agarrad mis vestidos; ya veo
al heraldo de Euristeo,[200] que viene hacia nosotros a perseguirnos,
y a hacernos vagar por todo el orbe. ¡Hombre odioso, que perezcas tú y
quien te envía! ¡Cuántos males anunciaron también tus labios al noble
padre de estos desdichados!
EL HERALDO COPREO