Después de pasar más allá de Terapnas[192] la tebana y de las aguas

del Asopo, comenzamos a subir la pendiente del Citerón Penteo, yo,

su fiel servidor, y el extranjero que nos guiaba para enseñarnos las

bacantes. Primero hicimos alto en un valle lleno de hierba, andando con

cuidado y en silencio para que viésemos sin ser vistos. Estaba cercado

de peñascos por ambas partes, con arroyos que lo regaban, y lleno

de umbrosos pinos, y en él yacían las ménades, ocupadas en gratos

trabajos. Unas coronaban otra vez de hiedra sus tirsos, ya despojados

de ella; otras, como los potrillos que dejan sus pintorescos pastos,

se respondían cantando báquicos versos. El desdichado Penteo, no

viéndolas, no obstante su número, dijo: «¡Oh extranjero!, no veo aquí

a las ménades por más que miro; quizá si me subo a alguna eminencia o

en algún elevado abeto presenciaré claramente sus torpezas». Entonces

fui yo testigo de un milagro que hizo el extranjero; agarró la rama más

alta de un abeto, la dobló hasta el oscuro suelo, encorvola como un

arco o cual rueda cuando gira moviéndose alrededor de su eje, y de este

modo, atrayéndolas, él las doblaba hasta tocar la tierra, haciendo lo

que no hubiera hecho ningún hombre. Colocado Penteo en las ramas del

abeto, las soltó otra vez con cuidado, de modo que no lo dejase caer

si se enderezaba de pronto. El abeto, ya derecho, elevaba al cielo su

cima, y en ella aparecía sentado mi dueño. Viéronlo las ménades antes

que él las viese, apenas llegó a lo alto, desapareciendo el extranjero

y oyéndose cierta voz, al parecer de Dioniso, que exclamó desde los

aires: «¡Oh tiernas jóvenes!, os traigo al que se burla de vosotras,

de mí y de mis orgías; castigadlo, pues». Y mientras esto decía

relampagueaba el fuego sagrado en la tierra y en el cielo. El aire

quedó mudo, callaron las hojas del umbrío bosque, y ni se percibían

los aullidos de las fieras. Ellas, al escuchar confusamente la voz, se

levantaron y miraban a todas partes. Volvió entonces él a exhortarlas.

Cuando las hijas de Cadmo conocieron distintamente la báquica trompeta,

se precipitaron en veloz carrera, no más tardas que palomas, Ágave,

su madre, sus hermanas y todas las bacantes, y recorrían las rocas y

el valle dividido por el torrente, agitadas del estro furioso del

dios. Cuando vieron a mi señor en el abeto, primero le tiraron piedras

con gran fuerza, subiéndose a un peñasco como si fuera una torre;

después ramas; otras lanzaron al aire sus tirsos contra Penteo, blanco

desdichado, pero nada conseguían. El infeliz, a una altura a la cual

no podían llegar las bacantes a pesar de sus esfuerzos, no se movía,

sin saber qué hacer. Al fin rompieron ramas de encina, y con tales

palancas intentaban arrancar de raíz al abeto; pero cansadas de sus

inútiles tentativas, dijo así Ágave: «Andad, ménades, cercad el árbol

para apoderarnos de la fiera que se ha subido en él, y evitaremos que

publique las danzas misteriosas del dios». Todas ellas sacudieron

juntas el abeto y lo arrancaron de la tierra, y Penteo, sentado en lo

más alto, cayó desde allí al suelo dando un gran gemido, presintiendo

sin duda la desdicha que le amenazaba. Su madre, la primera, comenzó

como sacerdotisa el sacrificio, y le acometió; él se quitó la mitra

de la cabeza para que la mísera Ágave, conociéndolo, no lo matase, y

dijo tocando sus mejillas: «Yo, madre, soy tu hijo Penteo, que diste

a luz en el palacio de Equión; compadécete de mí, ¡oh madre!, y, por

sus pecados, no mates a tu hijo». Mas ella, echando espuma por la boca

y revolviendo sus ojos extraviados, sin sentir compasión y poseída de

Dioniso, no se apiadó de él. Cogió con sus dos manos la izquierda de

Penteo, y apoyando su pie en el cuerpo del desventurado, le arrancó el

brazo no a impulso de su fuerza, sino ayudada del dios. Ino acababa

la obra, por otra parte, desgarrando sus carnes, y Autónoe y toda la

muchedumbre de las bacantes le amenazaba también. Oíanse clamores de

toda especie, y él gemía mientras respiraba, y ellas aullaban a un

tiempo. Y una le arrancaba el otro brazo, otra un pie con su calzado

y desgarraba sus entrañas, y otras, llenas de sangre las manos,

rasgaban sus carnes. Yace, pues, su cuerpo hecho pedazos, parte bajo

ásperos peñascos, parte en las espesas ramas de la selva, y no es fácil

encontrarlos; y la cabeza, de que se apoderó su madre, clavada está en

un tirso como la de un león, y la pasean por el Citerón mientras danzan

sus hermanas en el coro de las ménades. Y envanecida con tan triste

trofeo regresa a estas murallas invocando a Dioniso, su compañero y

victorioso auxiliar en la conquista de este botín, fuente para ella de

lágrimas, no de placer. Yo me alejaré de este teatro de calamidades

antes que Ágave llegue al palacio. Someterse a las leyes divinas y

obedecerlas es para mí lo mejor y lo más prudente, y dignos de alabanza

los mortales que así lo hacen. (_Vase._)

EL CORO

Celebremos con danzas a Dioniso, cantemos la desdicha de Penteo,

descendiente del dragón, que, al vestirse el traje mujeril y empuñar la

férula, recibió segura muerte, coronado de bellas hojas, arrastrándolo

un toro al abismo. Bacantes, descendientes de Cadmo, en luto y lágrimas

trocasteis vuestro egregio canto de victoria. Grata lucha la de

despedazar un hijo con manos que gotean sangre. Pero veo a Ágave, madre

de Penteo, que viene apresurada a su palacio con los ojos extraviados.

Acoged a las compañeras del dios Evio.

ÁGAVE

¡Bacantes asiáticas!

EL CORO

¿Para qué me llamáis?

ÁGAVE

Traemos de los montes al palacio hiedra recién cortada y rica presa.

EL CORO

Ya la veo: bienvenida seas, ¡oh compañera de mis danzas!

ÁGAVE

Cogí sin lazos... este león nuevo, como puedes verlo.

EL CORO

¿En qué desierto?

ÁGAVE

En el Citerón.

EL CORO

¿Qué hizo el Citerón?

ÁGAVE

Lo mató.

EL CORO

¿Cuál fue la primera que lo hirió?

ÁGAVE

Mío es este honor. Yo, la bienaventurada Ágave, seré inmortal en las

asambleas báquicas.

EL CORO

¿Y cuál después?

ÁGAVE

Los descendientes...

EL CORO

¿Qué descendientes?

ÁGAVE

Los de Cadmo; pero después que yo, después que yo se acercaron a esta

fiera.

EL CORO

¡Felices vosotras, que os apoderasteis de tal presa!

ÁGAVE

Ya participarás del banquete.

EL CORO

¿De qué banquete, desventurada?

ÁGAVE

Este novillo, tierno aún, tiene en sus mejillas vello reciente, y

suaves cabellos adornan su cabeza.

EL CORO

Notable es su melena; como de salvaje alimaña.

ÁGAVE

Dioniso, prudente cazador, excitó sabiamente a las ménades a cazarlo.

EL CORO

Este rey es el que preside a la caza.

ÁGAVE

¿Lo apruebas?

EL CORO

¿Cómo no? Lo apruebo.

ÁGAVE

Y después también los cadmeos...

EL CORO

Y Penteo también a su madre...

ÁGAVE

Alabará por haber apresado a este león.

EL CORO

Hermoso, en verdad.

ÁGAVE

Hermoso, en efecto.

EL CORO

¿Te alegras?

ÁGAVE

Me alegro por las grandes, por las grandes hazañas que se han ejecutado

en esta región.

EL CORO

Enseña, pues, ¡oh desventurada!, enseña a los ciudadanos el trofeo que

traes de tu victoria.

ÁGAVE

¡Oh vosotros!, que habitáis la ciudad bien fortificada de este campo

tebano, venid y veréis esta presa, esta fiera que apresamos nosotras

las hijas de Cadmo, no valiéndonos de los aguzados dardos tesalios, no

de redes, sino de los dedos de nuestras blancas manos. ¡Vanagloriaos,

pues, ahora, y preparad, fabricando lanzas, inútiles armas! Nosotras

con esta mano nos apoderamos de él y en diversos trozos portamos sus

miembros. ¿En dónde está mi anciano padre? Que se acerque. Y mi hijo

Penteo, ¿en dónde está? Que traiga escalas de compactos peldaños,

y clave en los esculpidos artesonados esta cabeza de león que os

presento.

CADMO

Seguidme, cargados con el cadáver del mísero Penteo; seguidme, siervos,

al palacio: con mucho trabajo encontré su pecho despedazado en las

gargantas del Citerón, no en donde lo inmolaron, sino en lo más

áspero de la selva, en lugar oculto y de difícil acceso. Contáronme

las maldades que han cometido mis hijas al atravesar las murallas

y penetrar en la ciudad, acompañado de Tiresias a mi vuelta de las

bacanales; y regresando otra vez al monte traigo aquí a mi hijo, muerto

a manos de las ménades. Y vi a Ino y a Autónoe, que de Aristeo dio a

luz en otro tiempo a Acteón, danzando todavía furiosas, y alguno me

dijo que Ágave se dirigía aquí con pie báquico, y no fue falso, en

verdad, que la veo, y al mismo tiempo un espectáculo nada grato.

ÁGAVE

Mucho, ¡oh padre!, puedes vanagloriarte por haber engendrado dos hijas

de las más ilustres; todas ellas lo son y yo principalmente, que,

dejando la tela en la lanzadera, acometo más altas empresas, apresando

en persona a las fieras. Ves en mis brazos la recompensa que ha tenido

mi valor, para que puedas clavarla en tu palacio. Acéptala, ¡oh padre!,

y gozoso con el fruto de mi caza, convida a tus amigos: bienaventurado,

bienaventurado eres por haber dado el ser a hijas capaces de tales

hazañas.

CADMO

¡Oh asesinato funesto, fuente de inagotable llanto! ¡Y tú lo has

perpetrado con tus manos desventuradas! Inspirada por los dioses

celebraste este sacrificio y me invitas al festín y también a Tebas.

¡Ay de mí! ¡Qué desdicha para ti y para mí también! Justamente, aunque

con rigor, nos perdió el dios, el rey Bromio, a pesar de su parentesco

con nosotros.

ÁGAVE

¡Cuán molesta es para los hombres la vejez, y cuán triste su aspecto!

¡Ojalá que mi hijo sea afortunado en la caza, y tan ingenioso como

su madre, cuando persiga a las fieras con los jóvenes tebanos! Pero

solo sabe resistir a los dioses. Tú, ¡oh padre!, y yo también debemos

aconsejarle que no se complazca siguiendo las lecciones de malhadados

maestros. ¿En dónde está? ¿Quién lo llamará para que venga a verme tan

gozosa?

CADMO

¡Ay, ay de mí! Grave dolor ha de causarte tu acción, cuando recobres

el juicio; si siempre permanecieras así, aunque no fuerais felices, no

conoceríais, sin embargo, toda la extensión de vuestro infortunio.

ÁGAVE

¿Pero hay en todo esto algo que no te parece bien o es causa de pena?

CADMO

Primeramente mira el aire con tus ojos.

ÁGAVE

Así lo hago. ¿Por qué me lo mandas?

CADMO

¿Es para ti el mismo, o crees que ha variado?

ÁGAVE

Figúraseme más transparente y que brilla más que antes.

CADMO

¿Sientes todavía en tu alma la misma perturbación?

ÁGAVE

No entiendo lo que dices, pero poco a poco recobro mi juicio y vuelvo a

mi estado natural.

CADMO

¿Oirás lo que te diga? ¿Me responderás con claridad?

ÁGAVE

Como que ya no me acuerdo de lo que acabo de decir, ¡oh padre!

CADMO

¿A que palacio viniste después de celebrar tu himeneo?

ÁGAVE

Me casaste con Equión, hijo, según dicen, de los dientes del dragón,

que se sembraron.

CADMO

¿Qué hijo nació en ese palacio, de tu marido y tuyo?

ÁGAVE

Penteo, fruto de nuestra unión.

CADMO

¿Y cúya es la cabeza que sostienes con tus brazos?

ÁGAVE

De un león, según dijeron las cazadoras.

CADMO

Mírala con cuidado; poco cuesta observarla.

ÁGAVE

¡Ay de mí! ¿Qué veo? ¿Qué es esto que traigo en mis manos?

CADMO

Contémplalo y examínalo atenta.

ÁGAVE

¡Desventurada de mí! ¡Contemplo la mayor desventura!

CADMO

¿Te parece ahora semejante a un león?

ÁGAVE

No. ¡Qué infortunada! Tengo en mis manos la cabeza de Penteo.

CADMO

Llorado antes de ser reconocido.

ÁGAVE

¿Quién lo mató? ¿Cómo ha venido a mi poder?

CADMO

¡Mísera realidad, cuán intempestiva eres!

ÁGAVE

Habla, porque tiemblo al pensar en lo que vas a decir.

CADMO

Tú y tus hermanas lo matasteis.

ÁGAVE

¿En dónde pereció? ¿En el palacio, o en qué lugar?

CADMO

En donde tus perros despedazaron antes a Acteón.

ÁGAVE

¿Y por qué fue al monte este desdichado?

CADMO

Fue a burlarse del dios y de tus bacanales.

ÁGAVE

¿Pero cómo nosotras nos acercamos a él?

CADMO

Estabais furiosas, y toda la ciudad corría al mismo tiempo agitada por

el ardor báquico.

ÁGAVE

Dioniso nos perdió; al fin lo entiendo.

CADMO

Lo injuriabais no adorándolo.

ÁGAVE

¿Pero en dónde está el cuerpo de mi hijo muy querido, ¡oh padre!?

CADMO

Aquí, habiéndolo encontrado con no poco trabajo.

ÁGAVE

¿Pero no ha sufrido mutilación alguna?

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

ÁGAVE

¿Y qué relación hay entre Penteo y mi locura?

CADMO

Os imitó no adorando al dios. Sin duda por esto padecisteis igual

daño así él como vosotras, y arruinasteis a esta familia y a mí,

que, no teniendo hijos varones, veo, ¡oh desventurada!, muerto torpe

y tristemente a este fruto de tu vientre; que en ti, ¡oh hijo!,

cifrábamos todos nuestra esperanza, y tú eras nuestro báculo, hijo

de mi hija, venerado de los ciudadanos; ninguno, solo al mirarte, se

atrevía a ofenderme en mi vejez, que pronto le hubiese alcanzado justo

castigo. Despreciado ahora, me echarán de este palacio, a mí, aquel

famoso Cadmo que sembró el linaje de los tebanos y segué óptima mies

lisonjera. ¡Oh hijo!, el más amado de los hombres, aunque no existas,

siempre serás el más querido, ya que no tocaré más esta barba con mi

mano ni abrazarás más al padre de tu madre, diciéndole: «¿Quién te

injuria, anciano? ¿Quién te desprecia? ¿Quién aflige tu corazón? ¿Quién

te ofende?, dímelo que yo castigaré al que tal haga, ¡oh padre!». Ahora

soy desdichado, y tú también, y tu madre y tus infelices hermanas

dignas de lástima. Así, si alguno no venera a los dioses, acuérdese de

la muerte de Penteo y crea en ellos.

EL CORO

Duéleme tu suerte, ¡oh Cadmo!; tu nieto ha recibido el castigo que

merecía, aunque te llene de amargura.

ÁGAVE

¡Oh padre!, ya ves cuánto he cambiado... si no cometiese este crimen

que debo expiar.[193]

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

DIONISO

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

dragón serás, cambiando de forma, y tu esposa Harmonía, hija de

Ares, con la que te casaste, siendo tú mortal, será convertida en

fiera serpiente. Con tu esposa guiarás una yunta de novillos, como

dice el oráculo de Zeus, y reinarás entre los bárbaros. Y con tropas

innumerables derribarás muchas ciudades; pero cuando devastaren el

oráculo de Apolo será infeliz su vuelta.[194] Ares, sin embargo, te

salvará, y también a Harmonía, y te llevará a vivir al país de los

bienaventurados. Yo, Dioniso, lo digo, no nacido de padre mortal, sino

de Zeus. Si hubieseis sido prudentes, cuando no queríais, os hubiese

ayudado el hijo de Zeus, y sería feliz vuestra suerte.

ÁGAVE

¡Oh Dioniso!, nosotros te suplicamos que nos perdones nuestros pecados.

DIONISO

Tarde lo conocéis, no cuando debíais.

ÁGAVE

Así lo confesamos; pero es cruel tu venganza.

DIONISO

Vosotros, siendo yo dios, me injuriabais.

ÁGAVE

Los dioses no han de imitar a las mortales.

DIONISO

Zeus, mi padre, lo había decretado largo tiempo hacía.

ÁGAVE

¡Ay, ay de mí! Condenados estamos, ¡oh Cadmo!, a mísero destierro;

DIONISO

¿Por qué, pues, vaciláis en cumplir vuestro destino?

CADMO

¡Oh hija, qué deplorable es nuestra suerte, y tú qué desdichada, y

cuánto tus hermanas! Yo, mísero anciano, pediré hospitalidad en tierra

extranjera, y obediente al triste hado, traeré a la Grecia mis tropas

de bárbaros, y a la hija de Ares, a Harmonía, mi esposa, convertida en

dragón espantoso, como yo, al frente de mi ejército, a devastar los

altares y sepulcros griegos, y será tanta mi desdicha, que nunca me

veré libre de males, ni tranquilo pasaré el Aqueronte en la navecilla.

ÁGAVE

¡Oh padre!, y yo, separada de ti, seré también desterrada.

CADMO

¿Por qué me abrazas, ¡oh hija desdichada!, como si fuese un cisne,

blanca ave agobiada por los años?

ÁGAVE

¿Adónde iré, expulsada de mi patria?

CADMO

No lo sé, hija; de poco puede servirte tu padre.

ÁGAVE

¡Adiós, palacio, adiós, ciudad en que nací; mísera desterrada de mi

hogar, te dejo presa de amarga pena!

CADMO

Busca, ¡oh hija!, a Aristeo...

ÁGAVE

¡Por ti lloro, padre!

CADMO

¡Y yo por ti, hija, y por tus hermanas!

ÁGAVE

Cruel es el castigo que el rey Dioniso da a tu familia por la injuria

que le hicisteis.

CADMO

Atroz fue también el agravio no honrándose en Tebas su nombre.

CADMO

¡Adiós, hija desdichada! Difícilmente recobrarás tu alegría.

ÁGAVE

Guiadme, ¡oh amigas!, en busca de mis hermanas, que me acompañarán en

el destierro. Lejos iré del abominable Citerón, en donde no lo vean mis

ojos, ni sepan lo que es tirso. De él cuidarán otras bacantes.

EL CORO

Bajo múltiples formas se muestra el hado, y muchas cosas que no se

esperan hacen los dioses y lo que se aguardaba no viene, y el cielo les

da fin inopinado. Así ha sucedido ahora.

LOS HERÁCLIDAS

ARGUMENTO

El objeto de LOS HERÁCLIDAS, como el de _Las Suplicantes_, es alabar a

Atenas por sus leyes y sentimientos humanitarios favoreciendo al débil

y al desdichado. Los descendientes de Heracles, con Hilo, hijo del

héroe y de Deyanira, con Yolao, sobrino y escudero del hijo de Zeus y

de Alcmena, y con esta, se han refugiado como suplicantes en el ara de

Zeus, en Maratón, aldea de Ática, huyendo de la persecución constante

de Euristeo, que no los deja tranquilos en toda la Grecia. En Atenas

reinaban entonces Demofonte y Acamante, hijos de Teseo. Preséntase,

en efecto, en seguida un heraldo argivo en nombre de Euristeo, que

no puede arrancarlos de su asilo ni con amenazas ni con razones de

conveniencia para Atenas y sus autoridades, concluyendo en declarar la

guerra a los atenienses en nombre de Euristeo. Pelean después los dos

ejércitos enemigos: el argivo, mandado por Euristeo en persona, y el de

los atenienses y los heráclidas, por Hilo, Yolao y los reyes de Atenas,

siendo vencidos los invasores y hecho prisionero Euristeo. El oráculo

había declarado que para alcanzar la victoria contra los argivos

los atenienses y los heráclidas, era necesario el sacrificio previo

de una víctima humana, y Macaria, hermana de Hilo, entonces ofrece

espontáneamente su vida, y se logra el triunfo deseado.

En la traza y desarrollo del plan de esta tragedia se observa, desde

luego, mejor gusto que en otras más famosas de nuestro poeta, como

si se hubiese escrito en una época más clásica y atildada, así en el

ajuste y distribución de sus partes, como en la sobriedad que en

toda ella reina, en la extensión menor de los coros, en la relación

más estrecha y constante con el asunto que guardan, y en la falta o

parsimonia de las digresiones del poeta, cuando se ofrece la ocasión de

entremezclar disputas o alegatos jurídicos, o sostener opiniones más o

menos inoportunas sobre política, religión o filosofía. No por esto se

abstiene Eurípides, al hablar de Heracles, de decir que fue un héroe,

_esté donde estuviere_, ni de afirmar de Euristeo que sus maldades no

son tanto obra suya como de Hera, ni, por último, de asegurar rotunda y

categóricamente, sin paliativos de ningún género, que esa misma diosa

Hera lo ha engañado y vendido. El personaje de Alcmena, como el de

Hécuba en la tragedia de este nombre, atrabiliario, desvergonzado e

insolente, iracundo y cruel, como vaciados en el mismo molde, sírvenos

además para confirmar el odio del poeta al bello sexo, comparando estos

tipos de ancianas con sus semejantes del sexo masculino. Néstor es la

personificación homérica del anciano griego, trazado magistralmente con

sus largas y viejas narraciones, sus alabanzas exageradas a las cosas y

a los hombres que fueron, y con sus arranques extemporáneos juveniles,

pero experimentado, prudente y hábil en los consejos. Cuando Eurípides

nos presenta ancianos, como el Yolao de esta tragedia o el Peleo de

_Andrómaca_, no se nota en él antipatía, odio ni ensañamiento; no así

cuando introduce en sus dramas mujeres ancianas, como las dos citadas,

en cuyo trazado brilla siempre la benevolencia por su ausencia.

Esta tragedia y _Las Suplicantes_, fijándonos en su objeto y en la

manera de conseguirlo, nos revelan ya, sin ulteriores disquisiciones,

la decadencia sufrida en corto tiempo por la primitiva y verdadera

tragedia griega. El espíritu, profunda y exclusivamente religioso,

que anima desde el principio hasta el fin a las obras de Esquilo y de

Sófocles, ha desaparecido casi por completo; porque lo que de él queda

aparece casi siempre empequeñecido y degenerado, e injustos y malvados

los dioses, inferiores a los hombres, ya sean Zeus o Hera, Artemisa o

Apolo. La influencia del destino se nombra y señala solo por cumplir

con la tradición, pero se ve con claridad que el poeta obedece a una

fórmula, no a su convicción plena y sincera. Solo Atenea, la patrona

de Atenas, sin duda por serlo, disfruta del privilegio de intervenir

para hacer el bien de los atenienses, anunciándoles dichas y bienes

futuros. El arte drámatico baja desde el cielo a la tierra, y se

convierte en instrumento de adulación popular, como la elocuencia de

sus oradores y demagogos, y llega en esta parte adonde no llegaron

Tucídides, Jenofonte ni aun Heródoto, ni siquiera Demóstenes, que,

cuando hay necesidad, no se muerde la lengua y dice al pueblo que

lo oye amargas y saludables verdades. Llámanos también la atención

la pobreza de inventiva que ambas obras ostentan, signo evidente de

decadencia, puesto que son los mismos los motivos dramáticos, igual

el enredo y la misma también su resolución. Todas las épocas de

decadencia artística o literaria se distinguen generalmente por este

fenómeno: porque parece que artistas y literatos pierden la inventiva y

carecen del vigor, de la originalidad y de la energía de sus ilustres

predecesores.

No hay dato o indicación alguna cierta para señalar, con apariencias

siquiera de exactitud, la fecha de su representación, y por tanto, no

queda otro recurso que atenernos a simples conjeturas, más o menos

aceptables. La diferencia, entre las dos que se admiten, es nada menos

que de veintitrés años, porque la fijada por Böckh en sus _Tragicis

graecis_ es la del año 3 de la olimpiada 90, o 418 años antes de

Jesucristo, o el año 13 de la guerra del Peloponeso, y otros piensan

que ha debido escribirse hacia la olimpiada 84, más de diez años antes

de dicha guerra. Su factura más parece de esta última fecha.

PERSONAJES

YOLAO, _escudero de Heracles._

UN HERALDO DE EURISTEO, _rey de Argos._

CORO DE CIUDADANOS DE MARATÓN.

DEMOFONTE, _hijo y sucesor de Teseo en Atenas._

MACARIA, _hija de Heracles._

UN CRIADO, _escudero de Hilo, hijo de Heracles._

ALCMENA, _madre de Heracles._

UN MENSAJERO ATENIENSE.

EURISTEO, _rey de Argos y de Atenas, pariente de Alcmena y de

Heracles._

La acción pasa en Maratón.

Se ve en el teatro el templo de Zeus, y en torno del ara varios

jóvenes, hijos de Heracles, con los distintivos de los suplicantes, y

Yolao entre ellos, el escudero de Heracles.

YOLAO[195]

Por cierto tengo hace tiempo que el hombre honrado ha nacido para

bien de los demás, y que el codicioso es inútil a la república y

molesto en el trato social, por fructuoso que sea para sí. Así me

lo ha enseñado la experiencia. Yo, por pundonor, fiel a los deberes

que me imponía mi parentesco, he participado solo de los infinitos

trabajos de Heracles mientras estuvo a mi lado, pudiendo vivir en Argos

tranquilo; ahora, desde que habita en el cielo, solo cuido de proteger

a sus hijos, cuando yo soy, en verdad, el que necesita de protección

para salvarse. Después que su padre abandonó la tierra, quiso Euristeo

matarnos; pero evitamos la muerte, y aun cuando perdimos la patria,

conservamos la vida. Vagamos, pues, desterrados, emigrando de una en

otra región. Además de otros males con que nos aflige Euristeo, envía

también heraldos a las ciudades en donde nos fijamos, y nos reclama

y nos expulsa de ellas, haciendo amenazador alarde del poder de

Argos, temible como amigo o enemigo, de sus propias fuerzas y de los

favores que le dispensa la Fortuna. Y ellos, cuando ven mis escasos

recursos y contemplan a estos niños, de tierna edad y sin padre,

obedecen a los más poderosos y nos destierran. Yo huyo entonces con mis

hijos, y con los afligidos me aflijo, temeroso de hacerles traición

y de que exclame alguno: «Ved cómo Yolao, desde que no tienen padre

estos niños, no los socorre, y eso que es su pariente». Y rechazados

por toda la Grecia, desde que hemos llegado a Maratón[196] yacemos

suplicantes junto a las aras de los dioses, pidiéndoles que no nos

abandonen; dicen que en estas llanuras habitan dos hijos de Teseo, que

las rigen alternativamente, del linaje de Pandión y parientes de los

heráclidas,[197] y por esta causa hemos venido a los confines de la

ínclita Atenas. Dos ancianos los protegen en su triste destierro; yo

defiendo a estos niños, y Alcmena,[198] a las hijas de su hijo, dentro

del templo, temerosa de que tan tiernas vírgenes se confundiesen con la

multitud que rodea a las aras. Hilo[199] y sus hermanos, de más edad,

buscan algún alcázar donde refugiarnos, si nos echan de aquí a la

fuerza. ¡Oh hijos, hijos míos!, acercaos y agarrad mis vestidos; ya veo

al heraldo de Euristeo,[200] que viene hacia nosotros a perseguirnos,

y a hacernos vagar por todo el orbe. ¡Hombre odioso, que perezcas tú y

quien te envía! ¡Cuántos males anunciaron también tus labios al noble

padre de estos desdichados!

EL HERALDO COPREO

Obras dramáticas de Eurípides (3 de 3) · 第 11 / 20 段