Yo, en mi sano juicio, mando a insensatos que no me aten.
PENTEO
Y yo, que mando más que tú, ordeno que te sujeten.
DIONISO
Ni conoces tu destino, ni lo que haces, ni quien eres.
PENTEO
Soy Penteo, hijo de Ágave, y Equión es mi padre.
DIONISO
Bien indica tu nombre la desgracia que te aguarda.[183]
PENTEO
Vete; atadlo junto al pesebre, y que lo rodeen oscuras tinieblas. Baila
allí: en cuanto a las que te acompañan, cómplices de tus crímenes, o
las venderemos o acabaremos con su alboroto y sus tambores, y serán mis
esclavas y tejerán mis telas.
DIONISO
Voime: lo que no está decretado, no debe sufrirse; pero no dudes
que Dioniso, a quien niegas, te castigará por tus ultrajes, porque
ofendiéndome, lo llevas también a la prisión.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — ..., hija del Aqueloo, venerable y noble virgen Dirce,
que en otro tiempo recibiste en tus ondas al hijo de Zeus, cuando su
padre lo libró del fuego inmortal y encerrándole en su muslo exclamó:
«Andad, Ditirambo,[184] sufre un nuevo y varonil útero: con este
nombre te mostraré, ¡oh Dioniso!, y así te llamará Tebas». Y tú, ¡oh
bienaventurada Dirce!, ¿tú me rechazas, cuando te traigo coronada
muchedumbre? ¿Por qué me desprecias?¿Por qué huyes? En verdad te digo
que en adelante, sí, por los racimos de la vid, delicias de Dioniso,
que en adelante cuidarás de Bromio.
_Antístrofa 1.ª_ — Mira, mira cuán cruel es el linaje de Penteo, hijo
de la Tierra, que nació del dragón, hijo de Equión, parto de la Tierra,
monstruo cruel, no hombre mortal, sino como sanguinario gigante enemigo
de los dioses, que en un momento ató mis manos, siendo sacerdotisa de
Dioniso, y en el palacio guarda en cárcel tenebrosa a mi compañero en
los coros. ¿Lo ves tú, ¡oh Dioniso!, hijo de Zeus, ves a tu sacerdote
en peligro? Ven, ¡oh rey!, atravesando el Olimpo, agita tu tirso
florido de color de oro, y refrena la osadía de este hombre impío.
_Epodo._ — ¿En dónde, pues, ¡oh Dioniso!, presides con tu tirso en los
coros? ¿En Nisa,[185] madre de fieras, o en la cima del Coricio?[186]
¿Quizá en las cavernas frondosas del Olimpo, en donde Orfeo tocaba
la cítara en otro tiempo, arrastrando con su canto a los árboles y a
las fieras de los montes? ¡Oh Pieria, tierra desventurada! Evios te
adora, y vendrá con sus coros y sus bacantes, y, pasando solamente las
corrientes del Axio,[187] guiará a las ménades danzando y atravesará el
Lidias, que derrama la dicha y riega con sus aguas, según he oído, esa
fértil región de muchos y buenos caballos.
DIONISO
¡Alerta, bacantes; alerta bacantes! ¡Oíd, oíd mi voz!
EL CORO
¿De quién es esta voz?, ¿de quién? ¿Desde dónde me llama Dioniso?
DIONISO
Venid, venid, que por segunda vez os llamo, yo, hijo de Sémele y de
Zeus.
EL CORO
¡Vítor, vítor; dueño mío, dueño mío! Ven a nosotras, que juntas te
aguardamos, ¡oh Bromio, oh Bromio! ¡Temblor sagrado de la tierra!
¡Ah, ah! ¡No tardará el palacio de Penteo en convertirse en ruinas!
En él está Dioniso. ¡Adoradlo! Nosotros te adoramos, ¡oh Dioniso! Ved
cómo saltan las piedras que se apoyan en las columnas.[188] Bromio da
triunfales clamores bajo su techo.
DIONISO
Enciende la tea, ardiente como el rayo. Incendia, incendia el palacio
de Penteo.
UN SEMICORO
¡Ah, ah! ¿No ves el fuego, ni el sagrado sepulcro de Sémele, y la llama
que en otro tiempo se desprendió del rayo de Zeus, hiriéndole?
EL OTRO SEMICORO
Prosternaos en tierra, prosternad vuestros trémulos cuerpos, ménades:
el rey, hijo de Zeus, se acerca, arruinando este palacio.
DIONISO
Mujeres bárbaras, ¿tanto es vuestro pavor que habéis caído en tierra?
Según parece, sentisteis a Dioniso que sacude el palacio de Penteo.
Pero levantaos y recobrad ánimo, no tembléis.
EL CORO
¡Oh astro el más resplandeciente de las báquicas fiestas, cuánto ha
sido mi placer al verte, antes solitaria!
DIONISO
¿Os desesperasteis acaso cuando me llevaban, creyendo que habían de
encerrarme en la negra cárcel de Penteo?
EL CORO
¿Cómo no? ¿Quién me defendería si eras víctima de alguna desdicha?
¿Pero cómo te has salvado, luchando con ese impío?
DIONISO
Yo mismo, sin ajeno auxilio, me salvé fácilmente.
EL CORO
¿Y no puso esposas en tus manos?
DIONISO
También me burlé de él, porque creyendo sujetarme, ni me tocó ni me
prendió, y fue vana su esperanza. Encontrando un toro en la cuadra
adonde nos llevó para encerrarnos, lo enlazó por las rodillas y los
pies, respirando cólera, sudando y mordiéndose los labios, y yo,
tranquilo, comtemplaba su faena sentado. Entonces vino Dioniso, e hizo
temblar el edificio, y encendió el fuego del sepulcro de su madre, y
así que Penteo lo vio, creyendo que ardía su palacio, corrió a uno
y otro lado pidiendo agua a sus servidores, y todos le ayudaron en
este inútil trabajo. Receloso de que yo me escapara, se precipita en
el palacio, desenvainando su negra espada. Después Bromio, según me
pareció, salvo error, evocó un fantasma en el palacio, al cual acometió
Penteo, dando sendas cuchilladas al brillante éter, como si tratara
de degollarme. Dioniso le suscitó además nuevos males: hizo que el
regio alcázar cayera en tierra, lo redujo a polvo mientras examinaba
mis dolorosas ligaduras; y soltando fatigado la espada, descansaba sin
aliento. Siendo mortal, osó pelear contra un dios. Yo salí tranquilo
del palacio y he venido a buscaros sin cuidarme de Penteo. Pero, según
creo, se oyen pasos solitarios, y no tardará en llegar al vestíbulo.
¿Qué dirá después de todo esto? Lo sufriré sin indisponerme, aunque lo
exalte furiosa ira, ya que es propio del sabio ser afable y tolerante.
PENTEO
¡Extraño es lo que me pasa! Se me escapó el extranjero cargado hace
poco de cadenas, ¡Hola, hola! Aquel es. ¿Qué es esto? ¿Cómo desde el
vestíbulo contemplas mi palacio, libre de tu prisión?
DIONISO
Detente y reprime tu cólera.
PENTEO
¿Cómo sacudiendo tus cadenas te has escapado?
DIONISO
¿No te he dicho, o no lo has oído, que alguno me libertaría?
PENTEO
¿Quién? Siempre dices cosas nuevas.
DIONISO
El que crea la vid, provechosa a los hombres.
PENTEO
A Dioniso atribuyes, pues, tan rico presente.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
PENTEO
Que se cierren todas las torres vecinas.[189]
DIONISO
¿Y para qué? ¿No atraviesan los dioses las murallas?
PENTEO
Sabio, sabio eres, excepto en lo que más te interesa.
DIONISO
Sabio soy, sin duda, en lo que es más necesario. Pero entérate primero
de lo que quiere decirte ese mensajero que viene del monte a anunciarte
alguna novedad, que nosotros nos estaremos quietos y no huiremos.
EL MENSAJERO
¡Oh Penteo, rey de esta tierra de Tebas! Vengo del Citerón, en donde
siempre hay blanca nieve, de resplandeciente brillo.
PENTEO
¿Y qué vienes a anunciarme?
EL MENSAJERO
Habiendo visto a las furiosas bacantes que de aquí, agitadas del divino
estro, huyeron con sus blancos pies, he venido deseando anunciarte,
¡oh rey!, y también a la ciudad, los milagros portentosos y superiores
a todo encarecimiento que hacen. Pero desearía saber si puedo hablarte
libremente, o si he de hacerlo con las consideraciones debidas. Temo,
¡oh rey!, tus ímpetus y tu cólera, y tus hábitos tiránicos.
PENTEO
Habla: por mi parte estás libre de toda pena, que cuando hay razón
nunca me enfurezco. Cuanto más grave sea lo que tienes que decirme de
las bacantes, tanto mayor será el castigo de este que ha enseñado a las
mujeres tan malas artes.
EL MENSAJERO
Al llevar los rebaños de bueyes a la cumbre del monte, cuando el sol,
calentando a la tierra, le enviaba sus rayos, vi tres coros de mujeres,
presididos el uno por Autónoe, el otro por tu madre Ágave y por Ino
el tercero. Todas dormían descuidadas, descansando unas en hojas de
abeto, otras en hojas de encina, apoyando humildemente sus cabezas
en el suelo, y en distintas actitudes, no, como tú dices, ebrias
por las libaciones y por el sonido de las flautas para entregarse a
Afrodita en las solitarias selvas. Tu madre, que yacía en medio de
las bacantes, las despertó al oír el mugido de los cornígeros bueyes.
Ellas, entonces, sacudiendo el profundo sueño que cerraba sus ojos, se
levantaron con maravillosa modestia, tanto las más jóvenes como las
de más edad y las vírgenes no casadas. Primero desataron sus cabellos
y cubrieron sus hombros, y se pusieron las pieles de ciervo, sin lazo
alguno, ciñéndolas después con serpientes que les besaban las mejillas.
Otras tenían en sus brazos cabritillos o fieros lobeznos, y les daban
blanca leche, sin duda recién paridas que habían abandonado sus hijos,
según era de presumir de sus hinchados pechos, y se pusieron coronas
de hiedra y de encina y de florida férula. Una de ellas tomó su tirso
e hirió una piedra, de la cual brotó clara corriente; otra dejó caer
la férula y el dios hizo salir una fuente de vino, y las que apetecían
leche entreabrían la tierra con los dedos de sus pies y la tenían
abundante, y de los tirsos de hiedra corría dulce miel, de tal suerte
que si la hubieses visto, con tus ardientes votos habrías llamado
al dios que ahora rechazas. Todos los boyeros y pastores de ovejas
resolvimos juntarnos para hablar y discutir lo que conviniese en vista
de tantos milagros, y uno que se explica bien, y que va con frecuencia
a la ciudad, dijo a los demás: «¿Queréis, vosotros los que habitáis
las sagradas cimas de estos montes, que cautivemos a Ágave, madre de
Penteo, que se halla entre las bacantes, que esto agradará al rey?».
Parecionos prudente su consejo, y nos pusimos en acecho, ocultándonos
entre las hojas de los árboles. Ellas, a la hora acostumbrada,
aprestaban ya sus tirsos para celebrar las bacanales invocando a
un tiempo a Yaco,[190] hijo de Zeus, y a Bromio, y el monte entero
comenzó a bailar entonces, arrastrando en su curso a fieras y a cuanto
contenía. Casualmente danzaba Ágave no lejos de mí y di un salto para
apresarla, saliendo del arbusto que me ocultaba. Pero ella exclamó:
«¡Oh perros míos ágiles, que estos hombres nos cautivan; seguidme,
seguidme, armados de tirsos!». Nosotros huimos al oírla y evitamos así
que nos despedazaran las bacantes, y ellas entonces acometieron inermes
a los novillos que pastaban. Te hubieras maravillado de ver a una que
tenía en sus manos una vaquilla de hinchada ubre, partida por medio y
mugiendo todavía, mientras las otras desgarraban a las restantes, y
hubieras contemplado sus costillas o sus pezuñas hendidas diseminadas
aquí y allí, y los pedazos de sus carnes palpitantes, que en los
abetos manaban sangre. Los toros feroces, que furiosos embestían antes
con sus cuernos, yacían tendidos en tierra por mano de innumerables
doncellas, y las pieles que los cubrían, hechas pedazos en un abrir
y cerrar de ojos. Después, cual bandada de aves que levantan por los
aires su vuelo, se extendieron por la ancha llanura que a orillas del
Asopo da a Tebas abundantes cosechas, y atacando como enemigos a Hisias
y Eritras,[191] a la falda del Citerón, todo lo destruyen y saquean:
arrebatan a los niños de sus casas, y cuanto cargan en sus hombros sin
ataduras, ya fuese de bronce, ya de hierro, ni se mueve ni se cae en
el oscuro suelo: luego radiaban sus cabellos y, sin embargo, no los
abrasaba. Los atacados, furiosos, tomaron las armas al verse despojados
por las bacantes. Admirable era aquel espectáculo, ¡oh rey! El dardo de
acerada punta no las hería, y ellas, lanzando los tirsos, destrozaban
a sus enemigos, y siendo mujeres, ponían en fuga a los hombres, no
sin ayuda de algún dios. Otra vez volvieron a las mismas fuentes que
hizo brotar el dios, de donde habían salido, y se lavaron la sangre, y
las serpientes con su lengua limpiaban las gotas que de las mejillas
corrían por su cuerpo. Adora, pues, a este dios, ¡oh soberano de
Tebas!, quienquiera que sea, porque en las demás ciudades es muy
venerado, y dicen de él, según he oído, que da a los mortales la vid,
que destierra los cuidados. Si el vino desaparece, se acabó Afrodita y
escasos serán los goces de los hombres.
EL CORO
Temo hablar al rey con demasiada libertad; pero lo haré, sin embargo:
Dioniso no es inferior a ningún dios.
PENTEO
Ved cómo se acerca ya a nosotros hasta tocarnos, semejante al fuego,
la vituperable osadía de las bacantes, deshonra de la Grecia. No hay,
pues, que vacilar; ve a la puerta Electra y manda que se preparen todos
los armados de escudos, los que montan ligeros caballos, cuantos vibran
las peltas y tienden los nervios de los arcos, para hacer la guerra a
las bacantes. Cansado estoy ya de sufrir las locuras de estas mujeres.
DIONISO
No haces caso alguno de lo que te digo, ¡oh Penteo!; pero aunque
me maltrates te aconsejaré que no hagas la guerra al dios, sino al
contrario, que te sosiegues. Bromio no sufrirá que lances a las
bacantes de los montes evios.
PENTEO
Déjate de corregirme, que si tuviste la fortuna de escaparte cargado de
cadenas, aprovéchate de ella, pues de otro modo te expones todavía a
sufrir el condigno castigo.
DIONISO
Yo, simple mortal, preferiría rendirle culto a rechazarle obstinado,
siendo un dios.
PENTEO
Haré sacrificios en su honor matando a muchas mujeres, como merecen, en
la cima del Citerón.
DIONISO
Todos huiréis; es vergonzoso que os pongan en fuga los tirsos de
Dioniso, armados vosotros con sendos escudos de bronce.
PENTEO
Intratable es el extranjero con quien nos las habernos, y no callará,
ya sufra, ya obre.
DIONISO
¡Oh amigo!, todavía puede arreglarse todo.
PENTEO
¿Cómo? ¿Me haré esclavo de mis esclavos?
DIONISO
Yo traeré aquí a las mujeres, desarmadas.
PENTEO
¡Ay de mí! Ya preparas en daño mío indignos artificios.
DIONISO
¿Cómo así, si yo solo deseo salvarte con ellos?
PENTEO
¿Os habéis convenido todos en celebrar perpetuas bacanales?
DIONISO
Es cierto, y no dudes que he hecho ese pacto con el dios.
PENTEO
Vengan mis armas; calla tú ahora.
DIONISO
¡Ah! ¿Quieres verlas juntas en los montes?
PENTEO
Sí, sin duda, y aun daré por lograrlo mucho oro.
DIONISO
¿Y por qué es tan vehemente tu deseo?
PENTEO
Por observarlas agobiadas por el vicio, con gran pesar suyo.
DIONISO
¿Y presenciarás de buen grado lo que te será fatal?
PENTEO
No lo dudes, y me estaré callado bajo los abetos.
DIONISO
Pero te descubrirán, aunque vayas con cautela.
PENTEO
Iré sin ocultarme; has dicho bien.
DIONISO
¿Vendrás, pues, sirviéndote yo de guía?
PENTEO
Anda cuanto antes; te doy todo el tiempo que sea necesario.
DIONISO
Ponte, pues, un vestido de lino.
PENTEO
¿Y para qué, siendo hombre, he de disfrazarme de mujer?
DIONISO
Para que no te maten si ven allí a un hombre.
PENTEO
Has dicho bien, y se conoce que la experiencia te ha hecho maestro.
DIONISO
Así nos lo enseñó Dioniso.
PENTEO
¿Y cómo llevaremos a cabo lo que me aconsejas?
DIONISO
Yo me encargo de tu persona si entramos en el palacio.
PENTEO
¿Cómo?, ¿con traje de mujer? Me da vergüenza.
DIONISO
No muestras ya tanto deseo de ver a las ménades.
PENTEO
¿Cómo dices que vas a vestirme?
DIONISO
Una larga cabellera caerá de tu cabeza.
PENTEO
¿Y qué más?
DIONISO
Manto talar y una mitra.
PENTEO
¿Y qué más?
DIONISO
Un tirso en las manos y una piel de manchado cervatillo.
PENTEO
No puedo yo vestirme traje mujeril.
DIONISO
Entonces te acarrearás la muerte peleando con las bacantes.
PENTEO
Está bien; exploraremos primero el campo.
DIONISO
Preferible es a emplear otros medios violentos, fecundos en males.
PENTEO
¿Y cómo atravesaré la ciudad sin ser visto de los tebanos?
DIONISO
Iremos por calles excusadas; yo seré tu guía.
PENTEO
Cualquier medio es bueno, siempre que las bacantes no se burlen de mí.
DIONISO
Cuando entremos en el palacio resolveremos lo más acertado.
PENTEO
No me opongo a ello; a todo estoy dispuesto. Voy a entrar y marcharé
allá, acompañado de soldados, o seguiré tus consejos. (_Penteo entra en
el palacio_).
DIONISO
Mujeres, este hombre ha caído en la red, y buscará a las bacantes, y
morirá allí como merece. Manos, pues, a la obra, ¡oh Dioniso!, que no
estás lejos; venguémonos de él. Perturba primero su mente inspirándole
leve furor, porque mientras conserve sano el juicio no querrá
vestirse traje mujeril. Al contrario, si su imaginación se extravía,
no vacilará en hacerlo. Quiero que se burlen de él los tebanos,
llevándolo en ese traje ridículo por toda la ciudad, que recordará sus
anteriores amenazas, tan terribles en apariencia. Pero voy a vestirlo
y componerlo; irá a los infiernos después de que muera a manos de
su madre. Al fin conocerá a Dioniso, hijo de Zeus, dios de los más
sensibles, y al mismo tiempo muy benévolo con los mortales.
EL CORO
_Estrofa._ — Luego, en los nocturnos coros moveré, como bacante, mi
blanco pie, agitando mi cuello en el húmedo aire, como el cervatillo
que juega en los verdes prados, sus delicias, libre ya de los crueles
cazadores, y se escapa de sus emboscadas y atraviesa las redes bien
tejidas, mientras el cazador, dando voces, alienta a sus ágiles perros;
y con trabajo, como rápido torbellino, salta por la llanura que riega
el río, y goza, lejos de los hombres, en las umbrías y espesas selvas.
¿Qué don más útil, cuál más precioso han concedido los dioses a los
mortales que tener sus manos vencedoras pendientes sobre la cabeza de
sus enemigos?
_Antístrofa._ — Tarde llega, pero cierta es la divina providencia, y
castiga a los hombres que rinden culto a la iniquidad, e insensatos
desprecian a los dioses. Astutos son, y ocultos acechan los tardos
pasos del tiempo, y persiguen al impío. Nunca debemos pensar, jamás
proyectar nada contrario a las leyes. Poco cuesta creer que son
poderosos los dioses, sean quienes fueron, como lo ha consagrado
siempre un largo tiempo y como nos enseña la misma naturaleza.
_Epodo._ — ¿Qué don más útil, cuál más precioso han concedido los
dioses a los mortales que tener sus manos vencedoras pendientes sobre
la cabeza de sus enemigos? Lo que es bello es siempre grato. Dichoso
aquel que se escapa de las olas del mar, y arriba al puerto; dichoso
también el que sale triunfante de sus trabajos. En otro sentido,
algunos superan a los demás en felicidad y en poder. Innumerables son
las esperanzas humanas: las hay que terminan en la opulencia, al paso
que otras se desvanecen; pero yo tengo por feliz al que vive siempre
tranquilo.
DIONISO
Yo te llamo, ¡oh Penteo!, que anhelas ver lo que no debes, y acometer
lo que no debe intentarse; sal del palacio, veámoste adornado como una
ménade para servir de expiación a tu madre y a la tropa de que forma
parte; te asemejas a una hija de Cadmo.
PENTEO
Paréceme ver dos soles y dos Tebas de siete puertas; que tú,
convertido en toro, me precedes, y que en tu cabeza han nacido dos
cuernos. ¿Eres acaso fiera? Ahora tienes figura de toro.
DIONISO
Con nosotros va el dios, antes adverso y ya nuestro aliado. Ya verás lo
que te interesa ver.
PENTEO
¿Qué parezco yo? ¿Ino o mi madre Ágave?
DIONISO
Imagino que al mirarte miro a ella. Pero no está bien este rizo, como
yo te lo puse, debajo de la mitra.
PENTEO
Tales movimientos hice allá dentro en todos sentidos, como una bacante,
que descompuso mi peinado.
DIONISO
Pero nosotros, que nos hemos encargado de tu aliño, volveremos a
arreglártelo. Levanta la cabeza.
PENTEO
Anda, pues; a tu disposición estamos...
DIONISO
Flojo está el cinturón, y los pliegues de tu vestido no caen con
elegancia.
PENTEO
Así me parece por este lado izquierdo; mas por el otro creo que el
manto cae bien.
DIONISO
Seguramente seré tu mejor amigo, cuando, contra tu opinión, observes la
modestia de las bacantes.
PENTEO
¿Cómo me asemejaré más a una bacante, llevando el tirso en la mano
derecha o en la izquierda?
DIONISO
Es menester levantarlo con la derecha y con el pie del mismo lado;
alabo tu cambio de opinión.
PENTEO
¿No puedo llevar en mis hombros con las bacantes la cima del Citerón?
DIONISO
Podrás, si quieres; antes no estabas en tu sano juicio; ahora piensas
como debes.
PENTEO
¿Llevaremos palancas, o lo arrancaré con mis manos y llevaré su cumbre
sobre mis hombros o en mis brazos?
DIONISO
No trastornes los lugares en donde residen las ninfas o Pan, y en los
cuales suele tocar la flauta.
PENTEO
Has dicho bien: por la fuerza no se vence a las mujeres; así me
ocultaré entre los abetos.
DIONISO
Te esconderás como debes, ya que vas engañado a servir de expiación a
las ménades.
PENTEO
Y espero cautivarlas, como si fueran aves, en las muy dulces redes de
sus lechos.
DIONISO
Todo tu afán es presenciar ese espectáculo; quizá las cautives, si no
te cautivan antes.
PENTEO
Llévame ahora por medio de la sierra tebana, que soy el único habitante
de esta ciudad que osa acometer tal empresa.
DIONISO
Tú solo te ufanas en provecho de Tebas, tú solo; así te aguardan luchas
que han de darte gloria. Sígueme, que yo seré el guía que te salve; de
allí te traerá otro.
PENTEO
Sin duda mi madre.
DIONISO
Es claro.
PENTEO
Allá voy.
DIONISO
De allí te traerán.
PENTEO
¿Aludes a mi molicie?
DIONISO
En brazos de tu madre.
PENTEO
Y me obligas a consagrarme al deleite.
DIONISO
Tales son los que para ti prevengo.
PENTEO
Digna de mí es la empresa que acometo.
DIONISO
Temible eres, temible eres, y vas a presenciar espantosa matanza
para alcanzar la gloria que en el cielo te aguarda. (_Vase Penteo_).
Extiende tu mano, ¡oh Ágave!, y vosotras, hermanas, hijas de Cadmo;
llevo a este joven a sufrir terrible lucha; yo y Bromio seremos
vencedores; lo que después suceda os enseñará lo demás.
EL CORO
_Estrofa._ — Andad, andad al monte, ágiles perros del Furor, en donde
las hijas de Cadmo celebran las bacanales; excitadlas contra este espía
rabioso de las ménades revestido de adornos mujeriles. Su madre le
verá primero acechando detrás de pulida piedra, o en algún árbol, y
gritará a las bacantes: «¿Quién, ¡oh bacantes!, es este explorador de
los cadmeos, que ha llegado con felicidad al monte? ¿Quién lo engendró?
No ha nacido de sangre de mujer, sino de alguna leona o del linaje de
las Gorgonas líbicas». Preséntese la justicia armada de su cuchilla y
húndala en el cuello de este impío, de este malvado, de este engendro
de la tierra, hijo de Equión, violador del derecho.
_Antístrofa._ — Con inicua atención y criminal furor viene, ¡oh
Dioniso!, a tus orgías y a las de tu madre, lleno de furia, y delirante
como si fuera a vencer a tu deidad invicta. El hombre modesto, pronto
a tributar a los dioses los honores que les deben los mortales, y de
humanos sentimientos, vive sin dolor. Con placer sería sabio, sin
excitar su envidia; honor grande e ilustre es también vivir de día y
de noche honradamente, ser piadoso y adorar a los dioses, rechazando
cuanto se opone a las leyes establecidas. Preséntese la justicia armada
de su cuchilla y húndala en el cuello del impío, del malvado engendro
de la tierra, hijo de Equión, que viola el derecho.
_Epodo._ — Aparécete, toro o dragón de muchas cabezas, o león rojo como
el fuego. Ea, Dioniso, echa tu lazo fatal con semblante risueño al que
viene en busca de las bacantes, que caerá en medio de las ménades.
EL MENSAJERO
¡Oh linaje del anciano sidonio, que florecías en otro tiempo en la
Grecia y sembraste la semilla serpentina del dragón, hijo de la tierra!
¡Cómo deploro tu suerte, aunque esclavo, ya que el esclavo leal
comparte también las desdichas de sus dueños!
EL CORO
¿Qué hay? ¿Anuncias algo nuevo relativo a las bacantes?
EL MENSAJERO
Murió Penteo, hijo de Equión.
EL CORO
¡Oh rey Bromio! ¡Has probado cuán grande, cuán grande eres!
EL MENSAJERO
¿Qué dices? ¿Por qué hablas así? ¿Te alegran acaso, ¡oh mujer!, los
males de mis señores?
EL CORO
Extranjera soy, y prorrumpo en versos bárbaros, acompañados de báquicos
clamores, que ya no me hacen temblar las cadenas.
EL MENSAJERO
¿Crees tú acaso que Tebas es tan cobarde?...
EL CORO
Dioniso, Dioniso es mi soberano, no Tebas.
EL MENSAJERO
Digna eres de perdón; pero no es honesto, ¡oh mujeres!, alegrarse de
los males ajenos.
EL CORO
Dime, cuéntame cómo ha muerto ese hombre, fautor de injusticias.
EL MENSAJERO