Por lo demás, Eurípides nos sale aquí al encuentro de cuerpo entero.

Empieza Dioniso descerrajándonos el consabido prólogo, y termina el

drama apareciéndose en toda su gloria y resolviendo con su intercesión

el conflicto suscitado. La deidad que figura aquí o interviene, como

es uso suyo y costumbre, se conduce de tal modo que resulta inferior

y más injusta que un mortal mediano. Sémele es la esposa de Zeus y la

madre gloriosa de Dioniso; pero se ha pensado y dicho por alguno que

pudo _muy bien deslizarse con algún simple mortal, y aconsejada por su

padre, y por salvar su honra, atribuir la hazaña al rey del Olimpo_.

El Universo está sujeto a las leyes divinas, y por consiguiente, el

legislador es lógicamente un dios, _sea el que fuere_. Dioniso, numen

egoísta, como la mayoría de los hombres de aquel tiempo y de los

posteriores, es _pro dominatione_ capaz de todo, y se cuida poco de

proporcionar a las mujeres en sus orgías y bacanales ocasión propicia

para abandonarse a Afrodita, por la sencilla y espeluznante razón de

que la luz del día no las evita tampoco, o lo que viene a ser lo mismo,

que él añadirá a los excesos diurnos, inevitables, los nuevos nocturnos

que serán la consecuencia del nuevo culto. Y esta saeta va contra

lo divino y lo femenino humano. Ni se olvida de lisonjear al rey de

Macedonia, que lo protege, y en general al pueblo helénico extremando

el valor de sus creencias populares, superior al de los sabios

pensadores. Y, sin embargo, en esta obra como en casi todas las suyas,

se encuentra también una situación o escena eminentemente trágica,

como la de Ágave al recobrar la razón y darse cuenta del horror de

su desdicha, y su buen gusto y su aticismo se revela en la manera de

presentarla, sobria, interesante y conmovedora, sin esbozarla tan solo,

porque su efecto dramático sería escaso, ni apurándola y alargándola

con exceso, porque debilitaría y anularía la impresión que ha de nacer

en los espectadores, como suele suceder comúnmente.

En cuanto o la fecha probable de su representación, y teniendo en

cuenta la noticia del escoliasta de Aristófanes al verso 67 de _Las

Ranas_, a la estancia de Eurípides en Macedonia, en la corte del rey

Arquelao, en los últimos años de su vida, a lo escrito por Diodoro en

el capítulo XVI de su libro VIII de los juegos públicos instituidos por

ese rey en Díon, en honor del dios del vino, y hasta la métrica usada

en LAS BACANTES, parece lo más sensato fijar su representación en el

año 3 de la olimpiada 93, lo más pronto en seguida de su muerte, o el

405 antes de Jesucristo, o con mayor seguridad poco después, sabiéndose

que se puso en escena después de su muerte por su hijo del mismo

nombre, juntamente con _Alcmeón_ o _Ifigenia en Áulide_, las otras dos

partes de la trilogía.

PERSONAJES

DIONISO.

CORO DE BACANTES.

TIRESIAS, _adivino._

CADMO, _fundador de Tebas._

PENTEO, _rey de Tebas, hijo de Ágave._

UN CRIADO.

UN MENSAJERO.

OTRO MENSAJERO.

ÁGAVE, _hija de Cadmo, madre de Penteo._

La acción pasa en Tebas.

Se ve en el teatro el palacio de Penteo, y a un lado ruinas, de las

cuales sale humo de tiempo en tiempo. Cércalas una empalizada, y

entretejida en ella una vid frondosa.

DIONISO

A esta tierra tebana he venido yo, Dioniso, hijo de Zeus, a quien

Sémele, hija de Cadmo,[157] dio a luz en otro tiempo, ayudándola en su

parto el rayo del cielo; de dios hecho hombre, hállome ahora junto a

la fuente de Dirce y las aguas del Ismeno.[158] Y veo inmediato a este

palacio el sepulcro de mi madre, herida por el rayo, y las ruinas de

su regia morada, cuyo humo anuncia la llama viva del divino fuego y el

odio perpetuo de Hera. Pero alabo a Cadmo, que ha hecho inaccesible

este lugar sagrado, convirtiéndolo en santuario de su hija, y yo le

doy sombra por todas partes con los frondosos racimos de la vid. Y

dejando los campos de los lidios,[159] ricos en oro, las abrigadas

llanuras de los frigios[160] y los persas,[161] las ciudades de los

bactrianos,[162] y después de recorrer el país de los medos,[163] de

áspero cielo, la Arabia feliz y toda el Asia que yace junto al mar

salado en donde se ven ciudades populosas y bien defendidas por torres,

habitadas a un tiempo por griegos y bárbaros, me he acercado primero a

esta ciudad griega, después de establecer allí mi culto y mis fiestas,

para que los hombres me adoren. Tebas es la primera ciudad griega que

ha acudido a mi llamamiento, dando alaridos, cubiertos sus habitantes

con una piel de ciervo y llevando en sus manos el tirso,[164] dardo

adornado de hiedra, porque las hermanas de mi madre, por su interés

particular, negaban que yo, Dioniso, fuese hijo de Zeus, y afirmaban

que Sémele me había concebido de algún mortal, atribuyendo a Zeus la

falta a instigación de Cadmo, y que por eso repetían que el rey de

los dioses le había dado muerte, alegando falsamente que la amase.

Así es que yo, inspirándoles mis furores, las he obligado a abandonar

su residencia, y delirantes habitan en el monte, adornadas con mis

sagradas insignias; a todas las mujeres de los cadmeos, ya adultas,

víctimas de mis furores, he arrebatado de sus casas, y mezcladas con

las hijas de Cadmo, se hallan a la intemperie en las alturas bajo

los verdes abetos. Conviene que esta ciudad, aunque no quiera,[165]

reconozca que ignora mis misterios, que defiendo a mi madre Sémele, y

que, como dios, me he aparecido a los mortales después de engendrarme

Zeus. Cadmo hizo heredero de su dignidad y de su imperio a Penteo,

hijo de su hija, que rechaza mi culto y me niega las libaciones, y no

se acuerda de mí en sus preces. Yo le probaré, pues, y a todos los

tebanos, que soy dios. A otra región, fundado aquí mi culto, pasaré

después, en donde haré lo mismo. Y si la ciudad de los tebanos,

enfurecida, quiere obligar a las bacantes a abandonar el monte, daré

la batalla al frente de las ménades.[166] Con este objeto he trocado

en humana mi divina naturaleza, revistiendo la forma mortal. Así,

¡oh mujeres!, mis amigas, que dejasteis el Tmolo,[167] baluarte de

la Lidia, y desde las naciones bárbaras habéis sido mis compañeras

y auxiliares en tan larga peregrinación, levantad los tímpanos

usados entre los frigios, invención mía y de la madre Rea,[168] y

encaminándoos al regio palacio de Penteo, tocad a vista y presencia de

la ciudad de Cadmo. Yo danzaré también en los coros de las bacantes,

dirigiéndome ahora a las alturas del Citerón,[169] en donde se hallan.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Desde el Asia, abandonando el sagrado Tmolo, sufro por

Bromio[170] grato trabajo y dulce fatiga, alabando al dios Dioniso.

_Antístrofa 1.ª_ — ¿Quién está en el camino? ¿Quién está en el camino?

¿Quién en su casa? ¡Apártese de aquí!, y que todos, con labios

piadosos, guarden silencio, porque como esta solemnidad exige, cantaré

las glorias de Dioniso.

_Estrofa 2.ª_ — Feliz el bienaventurado que conociendo los divinos

misterios purifica su alma, y les consagra su existencia errante en

los montes, en expiación sagrada; y celebrando, según los ritos, las

orgías de la madre Cibeles, agita el tirso, y adora a Dioniso, coronado

de hiedra. Andad, bacantes; andad, bacantes, que desde los montes

frigios acompañáis a Dioniso Bromio, a Dioniso Bromio, dios, hijo de

dios, a las ricas ciudades de la Grecia.

_Antístrofa 2.ª_ — Cuando en otro tiempo lo llevaba Sémele en sus

entrañas, al sentir los dolores del parto cayó un rayo de Zeus, y la

madre lo lanzó de su vientre, dejando también la vida, herida por

el fuego sagrado. Zeus Cronida lo recogió del tálamo de su madre,

y guardándolo en su muslo lo encerró en él con broches de oro,

ocultándolo de la vista de Hera, y dio a luz al dios cornígero[171]

cuando lo acabaron las Parcas, y lo coronó con guirnaldas de dragones,

y de aquí que las ménades, armadas de tirsos, entrelazaron con ellos su

cabellera.

_Estrofa 3.ª_ — ¡Oh Tebas!, en donde se crio Sémele, corónate de

hiedra; florece, florece, con la verde férula[172] de bellos racimos,

y adórnate, según los ritos de Dioniso, con hojas de encina o de abeto

y con vestidos manchados de pieles de ciervas, mezclándolos con blanca

lana; muestra tu piedad cogiendo las férulas lujuriosas, que luego toda

la tierra celebrará con danzas a Bromio, que lleva sus tropas al monte,

al monte, en donde se halla femenil muchedumbre furiosa por obra de

Dioniso, y olvidada de sus lanzaderas y sus telas.

_Antístrofa 3.ª_ — ¡Oh templo de los curetes[173] y santuarios

divinos de Creta!, en donde Zeus celebra su natalicio, y en donde los

coribantes, llevando en las cavernas su casco de triplicado cuero,

inventaron en honor mío este círculo, cubierto de estirada piel, y

mezclaron sus clamores báquicos con el dulce sonido de las flautas

frigias, y lo entregaron a la madre Rea, formando coro con los alaridos

de las bacantes; y los sátiros furiosos lo obtuvieron de la madre diosa

y lo llevaron a los coros de las trietérides, con los cuales se deleita

Dioniso.

_Epodo._ — Y se alegra cuando en los montes, dejando los ágiles coros,

se recuesta en tierra, llevando el vestido sagrado del cervatillo, o

persigue a los ciervos y goza en agrestes festines, recorriendo las

cumbres de la Lidia y de la Frigia, y Bromio es el primero que cantó

_Evohé_.[174] Mana leche la tierra, mana vino, mana néctar de abejas, y

parece perfumado el aire con el incienso sirio. El mismo Dioniso, con

el rostro alumbrado por la negra antorcha de la férula, precipita su

carrera, alienta a los coros errantes, y excitándolos con sus clamores,

esparce al aire sus bellísimos cabellos. Al mismo tiempo, y con

grandes alaridos, dice así: «Andad, bacantes; andad bacantes, delicias

del Tmolo,[175] que arrastra el oro, cantad a Dioniso, celebrad al

dios con los tambores sonoros, gritando _Evohé_ con gritos y clamores

frigios, cuando la flauta de dulce sonido toca las sagradas danzas que

celebran corriendo en el monte, en el monte». Gozosa la bacante, como

el potrillo que pace la hierba con su madre, mueve en las danzas su pie

ligero.

TIRESIAS[176]

¿Quién llamará a la puerta de esta casa a Cadmo, hijo de Agénor,

que, dejando a Sidón, edificó la ciudad de Tebas? Que vaya alguno a

anunciarle que Tiresias lo busca. Él sabe el motivo que me trae y el

pacto que yo, anciano, he celebrado con quien lo es más, para que

empuñe los tirsos y lleve las pieles de ciervo y corone su cabeza con

hojas de hiedra.

CADMO

¡Oh, tú, muy querido, que al oírte conocí tu voz desde allá dentro, voz

sabia de sabio varón! Preparado vengo con este distintivo del dios.

Conviene que yo tribute grandes honores a Dioniso en cuanto pueda, ya

que nació de mi hija y como dios ha aparecido a los hombres. ¿Adónde

llevamos los coros? ¿En dónde nos detenemos y agitamos nuestros blancos

cabellos? Tú, anciano Tiresias, guía a otro anciano, que eres sabio.

No me cansaré de noche ni de día de herir con el tirso la tierra, que

placentero me olvido de mis años.

TIRESIAS

Lo mismo sentimos ambos: yo me remozo y asistiré a los coros.

CADMO

¿Iremos, pues, al monte en el carro?

TIRESIAS

No se honrará al dios como se debe.

CADMO

Yo, anciano, te llevaré a ti, también anciano, como si fueras un niño.

TIRESIAS

El mismo dios nos llevará allá sin trabajo.

CADMO

¿Y de todos los ciudadanos solo nosotros formaremos coros en honor de

Dioniso?

TIRESIAS

Nosotros solos somos sensatos; los demás deliran.

CADMO

Mucho tardaremos; coge tú mi mano.

TIRESIAS

Hela aquí, enlázala, y júntala con la tuya.

CADMO

No soy yo, simple mortal, quien desprecia a los dioses.

TIRESIAS

Tratándose de ellos, dejémonos de sutilezas. Respetamos las tradiciones

de nuestros padres, sean cuales fueren, y no habrá razón que las

destruya, aunque sean parto del más agudo ingenio. Quizá dirá alguno

que no sienta bien a mis años danzar coronado de hiedra. El dios no

ha establecido si ha de ser joven o viejo el que guíe los coros; solo

quiere que todos le tributen comunes honores, y no fija que sean tantos

o cuantos los que han de adorarle.

CADMO

Ya que tú, ¡oh Tiresias!, no ves esta luz, yo seré para ti el adivino

que ha de explicarte lo que suceda. Penteo, hijo de Equión,[177] a

quien di el cetro de Tebas, se acerca precipitadamente a este palacio.

¡Qué sorprendido parece! ¿Qué dirá de nuevo?

PENTEO

Ausente estaba, y supe que en esta ciudad habían ocurrido extraños

males; que nuestras mujeres habían abandonado sus casas por engañosas

bacanales, y andan errantes en los umbrosos montes adorando con sus

danzas a Dioniso, nuevo dios, o a un impostor cualquiera; que en sus

conciliábulos circulan copas llenas, y que, huyendo unas de otras, se

dejan abrazar de los hombres, pretextando, es verdad, que son ménades

que celebran sagradas fiestas, pero, en rigor, honrando a Afrodita

más que a Dioniso. En la cárcel guardan mis servidores a cuantas he

atrapado, atadas las manos; también vendrán las que faltan cuando las

prendan en el monte; esto es, Ino, Ágave, que me concibió de Equión,

y Autónoe,[178] la madre de Acteón, y les pondré férreas cadenas,

y las apartaré de esta bacanal malvada. Dicen, no obstante, que ha

llegado de la Lidia cierto farsante extranjero, cierto encantador

de blondos rizos y perfumado cabello, de negros y agraciados ojos,

que no las deja de día ni de noche, con achaque de celebrar con las

doncellas sagradas bacanales. Si le llego a cautivar, cesarán de una

vez sus gesticulaciones acompañadas del tirso, separándole la cabeza

del cuerpo. Él dice que es el dios Dioniso; él, que en otro tiempo

estuvo encerrado en el muslo de Zeus, y que el rayo lo abrasó con su

madre, dando a entender falsamente que se había casado con el rey de

los dioses. ¿No merece muerte infame la petulante conducta de ese

extranjero, quienquiera que sea? Pero he aquí otro milagro: mirad

al adivino Tiresias con pieles de cervatillo manchadas, y al padre

de mi madre, ridícula pareja, que como bacantes agitan la férula.

Me avergüenzo, padre, viéndote chochear tan viejo. ¿No tirarás la

hiedra? ¿No soltarás el tirso, padre de mi madre? ¿Tú lo has seducido,

Tiresias? ¿Quieres, acaso, difundiendo entre los hombres el culto de

ese nuevo dios, observar el vuelo de las aves y enriquecerte examinando

el fuego? Si no fuese por tu cana vejez, atado te había de ver en medio

de las bacantes, ya que favoreces este culto dañoso. Cuando en los

banquetes prueban las mujeres el zumo de la uva, se acabó ya el orden

en las orgías.

EL CORO

¿No respetas a la piedad venerable, ¡oh extranjero!, ni a Cadmo, el

que sembró los hijos de la Tierra?[179] ¿Cómo siendo tú hijo de Equión

deshonras así tu linaje?

TIRESIAS

Cuando el sabio encuentra ocasión oportuna, no es difícil que hable

bien. Voluble es tu lengua como de hombre sagaz, pero insensatas

tus palabras. El atrevido, como sea poderoso y elocuente, perjudica

más que aprovecha si le falta el juicio. Este dios nuevo, de quien

tú te burlas, ha de ser tan grande en la Grecia, que yo no puedo

expresarlo. Dos dioses, ¡oh joven!, son los principales entre los

hombres: Deméter (la Tierra es, llámala como quieras), que les da

alimentos secos, y en segundo lugar, y distinto de ella, el hijo de

Sémele, que inventó el llamado licor de la uva y quiere divulgarlo

entre los mortales, librándolos de dolores en sus infinitas miserias

cuando de él se hartan, y entregándolos al sueño, olvido de los males

cotidianos. Ningún otro filtro es tan poderoso para desterrar sus

cuidados. Con este mismo dios se hacen libaciones a los demás, para

que, intercediendo él, seamos dichosos. ¿Te ríes de que Zeus lo haya

guardado en su muslo? Te lo explicaré de la mejor manera. Después

que lo libró del fuego fulmíneo y llevó al Olimpo al recién nacido,

quiso Hera expulsarlo del cielo; pero Zeus se valió de cierta astucia,

digna de un dios. Cortando parte del aire que rodea a la tierra, lo

transformó en Dioniso y lo dio en rehenes a Hera para evitar disputas,

y después dijeron los hombres que acabó de formarse criado en el muslo

de Zeus, alterando la palabra por el motivo indicado, y fingieron

esa fábula. Es dios adivino, porque el mismo desorden y la locura

que produce ayudan a profetizar. Cuando se apodera de nosotros nos

obliga a predecir lo futuro, haciéndonos perder la razón. También se

asemeja a Ares, que aterra a los ejércitos armados puestos en orden

de batalla, antes de acometer con la lanza; también este furor es

obra de Dioniso. Algún día le veréis en las rocas de Delfos danzando

con antorchas en su peñasco de dos puntas, y vibrando y sacudiendo

el báquico ramo. No dudes que será grande en la Grecia. Obedéceme,

pues, Penteo; no creas que el mandar vale algo entre los hombres,

ni, si lo crees (vana es tu opinión), te tengas por sabio; acoge al

dios en tus dominios, y ofrécele libaciones, y celebra bacanales, y

corona tu cabeza. Dioniso no incita a las mujeres a ser deshonestas,

al contrario, según la naturaleza de cada uno, enseña siempre en todo

la continencia. Considera que, aun en las bacanales, la que es casta

no se pervierte. ¿Ves? Tú gozas cuando vienen muchos a tus pnertas

y ensalza la ciudad el nombre de Penteo, y él, a mi parecer, gozará

también cuando le tributan honores. Así, yo y Cadmo, a pesar de tus

burlas, nos coronaremos de hiedra y danzaremos, ancianos los dos y de

cabellos blancos, y por mi parte no resistiré al dios arrastrado por

tus consejos. Deliras de la manera más desdichada y no hay remedio que

pueda sanarte, y si no empleas los indicados, cierta es tu ruina.

EL CORO

¡Oh anciano, tus palabras no deshonran a Febo, y eres prudente adorando

a Bromio, dios grande!

CADMO

Buenos, ¡oh hijo!, son los consejos de Tiresias; imítanos y no

desprecies las nuevas leyes. Tu entendimiento se ha extraviado y tu

razón es sinrazón. Aun cuando no sea dios, como dices, afírmalo, sin

embargo, y miente en honra suya, y se creerá que Sémele le dio a luz, y

no padecerá nuestro linaje. ¿No recuerdas la mísera muerte de Acteón?

Devoráronlo en las selvas rabiosos perros que crio, por sostener que

era mejor cazador que Artemisa. Para que no te suceda esto, ven y

coronaré de hiedra tu cabeza; alaba con nosotros al dios.

PENTEO

No me toques siquiera; vete a celebrar tus bacanales y no me hagas

partícipe de tu necedad. Castigaré a este maestro tuyo en tales

delirios. Que alguno, sin perder tiempo, se encamine a la casa de

Tiresias, en donde examina los auspicios, y fuerce las puertas y las

derribe, y lo revuelva todo, y entregue las coronas a los vientos y a

las borrascas, que así será grande su tormento. Recorred vosotros toda

la ciudad en busca de ese afeminado extranjero que intenta pervertir

aún más a las mujeres y desunir los matrimonios; y si os apoderáis de

él, traedlo aquí atado, y que muera a pedradas, ya que ha promovido en

Tebas acerbas bacanales.

TIRESIAS

¡Oh desventurado! ¡Cómo ignoras las consecuencias de tus órdenes! Ya

estás furioso, cuando hace poco eras solo insensato. Vámonos nosotros,

Cadmo, y roguemos al dios por él, a pesar de su crueldad, y por Tebas,

y que nos libre de mal. Pero sígueme con tu báculo de hiedra, para que

me sostengas como puedas y yo a ti. Es vergonzoso que caigan en tierra

dos ancianos; pero, en fin, suceda lo que quiera. Es preciso servir a

Dioniso, hijo de Zeus. ¡Ojalá que Penteo, ¡oh Cadmo!, no lleve el luto

a tu palacio!; y no mires esto como una profecía, sino como el efecto

natural de lo que intenta; su necedad le hace decir sandeces.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh santidad, diosa venerable! ¡Oh santidad, que

recorres el orbe con tus alas de oro! ¿Oyes las palabras de Penteo?

¿Oyes sus impías injurias contra Bromio, hijo de Sémele, entre

los inmortales el primero, cuando las alegres coronas adornan los

banquetes? Suyo es guiar en las fiestas a los coros, infundir la

alegría al son de las flautas y disminuir los cuidados cuando el licor

de la uva circula en la mesa de los dioses, o cuando la copa invita

al sueño a los mortales en los festines en que abunda la floreciente

hiedra.

_Antístrofa 1.ª_ — Fin infortunado tienen la lengua desenfrenada y

la demencia que desprecia las leyes; al contrario, la vida práctica

y la moderación permanecen inalterables y conservan las familias,

pues aunque los dioses habiten lejos el éter, no descuidan las cosas

humanas. La sabiduría demasiado sutil no es sabiduría, ni el ambicionar

lo que no está al alcance del hombre. Breve es la vida, y el que

acomete grandes empresas no goza de los bienes presentes. Inclinaciones

son estas, en mi juicio, de insensatos y necios.

_Estrofa 2.ª_ — Que yo vaya a Chipre,[180] isla de Afrodita, en donde

moran los amores que difunden dulce deleite entre los mortales,[181]

hacia donde las cien bocas del Nilo, río bárbaro, fecundan la tierra

sin las lluvias del cielo; que vaya a la bellísima morada de las

Piérides,[182] colina sagrada del Olimpo. Llévame allá, Bromio; Bromio,

dios que las bacantes adoran: allí están las gracias, allí el amor,

allí es lícito celebrar báquicas orgías.

_Antístrofa 2.ª_ — Este dios, hijo de Zeus, goza con los alegres

banquetes y ama la Paz, madre de las riquezas, diosa que alimenta a los

jóvenes y distribuye por igual entre el rico y el pobre los placeres

del vino, que destierran la tristeza; aborrece a quien no se cuida de

sus bienes, y nos da grata vida de día y de noche. Lejos de ti el sutil

ingenio y los pensamientos de los muy sabios; lo que el humilde vulgo

sigue y aprueba será también mi divisa.

UN CRIADO

Aquí nos tienes, Penteo, con la presa que anhelabas, que tus órdenes

no han sido vanas. Dulce fue con nosotros esta fiera, y no huyó,

entregándose a nosotros sin repugnancia, y risueña nos mandó que la

trajésemos aquí atada, y se estuvo quieta, facilitando nuestro trabajo.

Yo le dije con respeto: «¡Oh extranjero, no te llevo por mi voluntad,

sino por mandato de Penteo, que me envió!». Pero las bacantes que

habías encerrado, apoderándote a la fuerza de ellas y maniatándolas

en la cárcel pública, se han escapado y danzan en los bosques lejanos

invocando al dios Bromio. Sus grillos se abrieron por sí mismos, y las

prisiones las dejaron atravesar sus puertas sin intervenir la mano del

hombre. Muchos milagros acompañan en Tebas a este varón. A ti te toca

cuidar de lo demás.

PENTEO

Desata las manos de este prisionero, que, ya en mis redes, no es tan

ligero que pueda escapárseme. Y seguramente, ¡oh peregrino!, no es

deforme tu cuerpo para seducir a las mujeres, motivo que te trajo a

Tebas; larga es tu cabellera, no para la lucha, y oculta parte de tus

mejillas excitando al deleite, y blanco y bello tu color, hijo de la

sombra, no de los rayos del sol, que fascina por su belleza. Dime

primero cuál es tu linaje.

DIONISO

No seré jactancioso; fácil es decirlo. Acaso hayas oído hablar del

florido Tmolo.

PENTEO

Sí, el que rodea por todas partes a la ciudad de Sardes.

DIONISO

De allí soy, y la Lidia es mi patria.

PENTEO

¿De dónde importas este culto en la Grecia?

DIONISO

Dioniso nos inició, hijo de Zeus.

PENTEO

¿Y hay allí, en efecto, algún Zeus que engendra nuevos dioses?

DIONISO

No; es el mismo que se casó aquí con Sémele.

PENTEO

¿Quizá de noche en sueños, o se te apareció despierto excitándote a

celebrar su culto?

DIONISO

Yo lo vi y él me veía, y me inició en sus misterios.

PENTEO

¿Pero qué significan esas orgías?

DIONISO

Está prohibido que lo sepan los hombres no iniciados en los misterios

de Dioniso.

PENTEO

¿Y para qué sirven?

DIONISO

Tú no puedes oírlo, pero importa conocerlos.

PENTEO

Sagazmente lo encubres, cuando quiero saberlo.

DIONISO

Los misterios del dios no son para los impíos.

PENTEO

Si dices que viste al dios claramente, ¿cómo era?

DIONISO

Como quiso; yo nada le mandaba.

PENTEO

Esquivas deliberadamente mi pregunta para no replicar nada.

DIONISO

El que habla a un necio, aunque sea prudente parecerá también necio.

PENTEO

¿Fuiste tú el primero que vino aquí adorando ese nuevo dios?

DIONISO

Todos los bárbaros con danzas celebran tales orgías.

PENTEO

En prudencia son muy inferiores a los griegos.

DIONISO

En esto, al menos, son superiores, no obstante la diversidad de sus

costumbres.

PENTEO

Y su culto, ¿se celebra de noche o de día?

DIONISO

Generalmente de noche: hay en las tinieblas yo no sé qué de santo.

PENTEO

Peligroso es para las mujeres y expuesto a graves males.

DIONISO

Quienquiera encontrará torpezas a la luz del día.

PENTEO

Castigo merecen tus perjudiciales sofismas.

DIONISO

Y tu estolidez y tu impiedad.

PENTEO

¡Osado es este sectario de Dioniso, y, a la verdad, no imperito en el

decir!

DIONISO

Dime... la pena que me aguarda: ¿qué castigo piensas darme?

PENTEO

En primer lugar, cortaré tus delicados rizos.

DIONISO

Son sagrados: los dejo crecer en honor del dios.

PENTEO

Dame ahora el tirso que llevas en la mano.

DIONISO

Quítamelo tú; el mismo Dioniso me lo dio.

PENTEO

Y seguras cadenas te guardarán.

DIONISO

Me libertará cuando yo quiera el mismo dios.

PENTEO

Cuando puedas invocarlo en medio de las bacantes.

DIONISO

Y ahora, junto a mí, ve lo que sufro.

PENTEO

¿En dónde está? Yo no lo veo.

DIONISO

Conmigo; tú no lo ves porque eres impío.

PENTEO

A él, servidores: se burla de mí y de Tebas.

Obras dramáticas de Eurípides (3 de 3) · 第 9 / 20 段