merecían la muerte ni han perecido a manos de dignos adversarios en
medio del combate.
EL CORO
Dádmelos, que yo los estreche y en mis brazos los sustente.
ADRASTO
Ya los tienes, ya los tienes en tus brazos.
EL CORO
¡Carga bastante pesada es la de mis dolores!
ADRASTO
¡Ay, ay de mí!
EL CORO
Pero hablas con madres.
ADRASTO
Vosotras me oís.
EL CORO
Gimes por nuestros males comunes.
ADRASTO
¡Ojalá que las tropas tebanas me hubiesen dado muerte entre el polvo!
EL CORO
¡Ojalá que nunca hubiese dormido al lado de mi esposo!
ADRASTO
¡Contemplad este piélago de desdichas, madres desventuradas que habéis
perdido vuestros hijos!
EL CORO
¡Con las uñas nos hemos lacerado, y sobre nuestras cabezas hemos
derramado las cenizas!
ADRASTO
¡Ay, ay de mí, ay de mí! ¡Que a mí solo me trague la tierra, que la
tempestad me despedace, que el rayo de Zeus me hiera!
EL CORO
Asististe a tristes nupcias,[148] y funesto fue el oráculo de Apolo; el
genio maléfico de Edipo, abandonando su palacio, ha venido a hacerte la
guerra sembrando lágrimas.
TESEO
Deseaba interrogaros cuando os lamentabais delante del ejército;
pero dejémoslo ahora, aunque os interese, y preguntemos a Adrasto.
Dime, ¿por qué estos mortales se hacen ilustres por su fortaleza?
Responde tú, más sabio que estos jóvenes y hombre de experiencia. He
admirado sus hazañas, superiores a toda expresión, en virtud de las
cuales esperaban apoderarse de la ciudad. Nada diré para no excitar
la risa,[149] ni para averiguar con cuál ha peleado cada uno en el
campo de batalla, ni la lanza enemiga que los ha herido. Vanas son las
palabras de los que escuchan y del que cuenta, si después de asistir
a la pelea y de contemplar espeso bosque de lanzas se quiere referir
quién ha sido valiente. Ni yo lo preguntaría, ni daría crédito a los
que se atreviesen a narrarlo, porque estando enfrente del enemigo
apenas se puede ver lo que más nos interesa.[150]
ADRASTO
Óyeme, pues; no contraríes mi voluntad permitiéndome alabar a amigos
de quienes solo diré lo que sea justo y verdadero. ¿No ves a aquel
a quien atravesó el instantáneo dardo de Zeus? Ese es Capaneo, que
disfrutaba de opulentas riquezas, aunque sin insolencia ni más orgullo
que un pobre, y huía de los que se jactan de sentarse a mesa abundante
y desprecian la frugalidad; en su concepto, la virtud no era la
glotonería, sino contentarse con el sustento necesario. Amigo leal de
sus amigos, presentes y ausentes (cuyo linaje de hombres no es, en
verdad, numeroso), de costumbres sencillas, afable lenguaje y fiel a
sus promesas, ya las hiciese a siervos, ya a ciudadanos. El segundo es
Etéocles,[151] también bondadoso como pocos, joven, con escasa fortuna,
y, sin embargo, obtuvo en Argos muchos honores. A menudo le ofrecieron
oro sus amigos, y no lo aceptó para no esclavizarse por dinero. Odiaba
a los malos, no a la república, porque no debe culparse a esta si no
tiene buena fama porque no es bueno quien la gobierna. El tercero
fue Hipomedonte, que no se consagró desde niño a los placeres de las
Musas ni a vivir muellemente; habitaba en el campo, y agradábanlo
los ejercicios corporales y las empresas arriesgadas, la caza, los
caballos, tirar el arco, y deseaba servir a su patria con su esfuerzo.
El otro el niño Partenopeo, hijo de la cazadora Atalanta, de bellísima
forma, nacido en la Arcadia, aun cuando después vino a las orillas
del Ínaco y se educó como extranjero en Argos; a nadie molestaba ni
excitó la envidia de los ciudadanos, ni le gustaban las disputas,
defecto intolerable así en el ciudadano como en el extranjero; formaba
humildemente en las filas como si fuese argivo, defendía su territorio
cuando era menester; si la ciudad prosperaba era grande su alegría, y
grande su tristeza si recibía daño; y aunque tuvo muchas amantes y no
pocas que se enamoraron de él, nunca faltó en nada. En pocas palabras
haré la mayor alabanza de Tideo: no era claro en su lenguaje, sino
esforzado sofista en las armas y muy perito en bélicas estratagemas.
Inferior en prudencia a su hermano Meleagro, alcanzó igual renombre en
el arte de la guerra y mucha pericia militar: ánimo ávido de gloria,
ingenio fecundo en obras, no así en el decir. No te admires, pues,
¡oh Teseo!, recordando mis palabras, que osaran arrostrar la muerte
delante de las torres. La buena educación es madre del pundonor, y el
hombre que acostumbra a bien obrar se sonroja de aparecer malo. La
fortaleza puede enseñarse si desde niño se aprende a decir y a oír lo
que no se conoce, y lo que se ha aprendido se conserva hasta la vejez.
Así, educad bien a vuestros hijos.
EL CORO
¡Oh hijo!, te crié desventurado, y te llevé en mis entrañas, y sufrí
por ti los dolores del parto; y ahora se lleva Hades el fruto de mis
míseros cuidados; yo, desdichada, no tendré en mi vejez hijo que me
sustente.
TESEO
Al noble hijo de Oicleo,[152] arrebatado en vida por los dioses a los
ocultos senos de la tierra con su cuadriga, lo han colmado de claras
alabanzas; y si alabamos al hijo de Edipo, a Polinices, no mentiremos;
me dio hospitalidad antes de dejar la ciudad de Cadmo, y dejome pasar
a Argos en destierro voluntario. Pero ¿sabes lo que desearía hacer de
estos?
ADRASTO
No lo sé; pero obedeceré tus órdenes.
TESEO
A Capaneo, herido por el rayo de Zeus...
ADRASTO
¿Quieres quemarlo aparte como cadáver sagrado?
TESEO
Seguramente, y a todos los demás en una misma pira.
ADRASTO
¿Y en dónde edificarás en su honor un monumento separado de los otros?
TESEO
Cerca de este palacio se levantará su sepulcro.
ADRASTO
De esto cuidarán los siervos.
TESEO
Y nosotros de los demás; vayan delante los que llevan los cadáveres.
ADRASTO
Id cerca de vuestros hijos, madres desdichadas.
TESEO
De ningún modo, ¡oh Adrasto!, debe hacerse lo que dices.
ADRASTO
¿Por qué no ha de ser conveniente que las madres toquen a sus hijos?
TESEO
Morirán si los ven desfigurados; horrible espectáculo ofrecen los
cadáveres a poco de expirar. ¿A qué, pues, os ruego, queréis aumentar
su dolor?
ADRASTO
Ya me convences. Es menester que os quedéis aquí; tiene razón Teseo.
Después que los hayamos puesto en la pira, acompañaréis sus restos.
¡Oh, míseros mortales!, ¿a qué aprestáis las lanzas para ruina vuestra?
Deteneos; descansad de vuestros trabajos, y tranquilos conservad
vuestras ciudades en compañía de otros también pacíficos. Breve es la
vida, y debemos pasarla lo más agradablemente que se pueda, no con
penas.
EL CORO
_Estrofa._ — Ya no feliz con mis hijos, ya no dichosa con mi prole, ni
puedo participar de la ventura de las madres argivas, ni nos saludará
Artemisa, que asiste a las que sufren los dolores del parto, huérfanas
de los nuestros. Miserable es mi vida; como a vaga nube, impéleme
airado viento.
_Antístrofa._ — Nosotras, siete madres desdichadas, dimos a luz siete
hijos, los más ilustres de los argivos, y ahora, sin ellos, envejezco
víctima de tristísima suerte, y ni me cuentan entre los muertos ni
entre los vivos, sufriendo en la orfandad una acerba fortuna.
_Epodo._ — Lágrimas solo quedan para mí, desventurada: yacen en mi
casa, como recuerdos de mi hijo, lúgubres cabellos cortados, tristes
coronas y las libaciones que se hacen a los muertos; cantos que no
agradan a Apolo, de dorada cabellera, y al rayar el día lloraré mi
infortunio, y mis lágrimas humedecerán el manto que cubre mi pecho.
Pero ya veo el último lecho de Capaneo y el sagrado túmulo, y fuera de
los atrios las ofrendas que Teseo consagra a los muertos, y a Evadne,
que se acerca, ínclita esposa del que pereció herido por el rayo, e
hija del rey Ifis. Pero ¿por qué se detiene en ese peñasco elevado que
domina a este palacio después de andar esta senda?
EVADNE
¿Qué luz, qué resplandor derramó el sol con su carro cual la luna por
el cielo, precedida en las tinieblas de ligeras ninfas que llevaban
antorchas, cuando en mis suntuosas nupcias la ciudad argiva cantó mi
epitalamio deseándome la dicha, y a mi esposo, el guerrero Capaneo?
Desolada, vengo de mi palacio buscando las llamas y su sepulcro, para
acabar en el palacio de Hades mi trabajosa vida y mis eternos dolores.
Dulcísima es la muerte, y perecer con los que amamos si Dios lo decreta.
EL CORO
Tú ves esta pira, tesoro de Zeus,[153] cerca de la cual estás, en donde
yace tu marido herido por el rayo.
EVADNE
Ya veo el término de mi carrera; en él estoy ahora; la fortuna dirige
mis pasos. Me precipitaré desde aquí para probar mi honesta fama
saltando en el fuego desde esta roca; y confundiendo en la ardiente
llama mi amado cuerpo con el de mi esposo, mis miembros yacerán junto
a los suyos, y descenderé al tálamo de Perséfone; fiel te seré también
bajo la tierra, ya que has muerto. Adiós, luz; adiós, bodas. ¡Ojalá que
mis hijos contraigan en Argos legítimo himeneo, y que casto compañero
acompañe en su lecho a mi noble hija!
EL CORO
Mira a tu padre, el anciano Ifis, que se acerca a saber tristes
nuevas; dolor sentirá al escucharlas; y más le valiera no oírlas.
IFIS[154]
¡Oh desventurada, y yo también, mísero anciano! Vengo llorando dos
desgracias de mi familia: la muerte de mi hijo Etéocles por la lanza
tebana, que volverá a su patria sin vida, y la desaparición de mi
hija, la esposa de Capaneo, que salió precipitadamente de su palacio,
anhelando morir con su esposo, Guardábala antes en él; pero aprovechose
de un leve descuido, hijo de los malos presentes, y pudo escaparse.
Presumí que estuviera aquí: decídmelo vosotras si lo sabéis.
EVADNE
¿Por qué interrogas a estas? Mírame en este peñasco, como un ave, ¡oh
padre!, sobre la pira de Capaneo, pronta a levantar mi triste vuelo.
IFIS
¿Qué viento te trajo? ¿Qué senda? ¿Por qué después que huiste del
palacio te viniste aquí?
EVADNE
Ira sentirás si conoces mi propósito; pero no quiero que lo oigas, ¡oh
padre!
IFIS
¿Por qué, pues, no es justo que tu padre lo sepa?
EVADNE
Serías juez mío no imparcial.
IFIS
¿Por qué te has vestido de esta manera?
EVADNE
Algo nuevo indican estas galas, ¡oh padre!
IFIS
No es tu aspecto de quien llora a su marido.
EVADNE
Preparada estoy a osar inaudita empresa.
IFIS
¿Y por qué te has puesto tan cerca del sepulcro y de la pira?
EVADNE
He venido aquí a ganar preclara palma.
IFIS
¿Qué palma ganarás? Deseo saberlo.
EVADNE
Seré superior a todas las mujeres que el sol alumbra.
IFIS
¿En las labores de Atenea o en prudencia?
EVADNE
En fortaleza; muerta yaceré al lado de mi marido.
IFIS
¿Qué dices? ¿Qué das a entender con tan necio enigma?
EVADNE
Me precipitaré en esa pira de Capaneo.
IFIS
¡Oh hija!, no profieras tales palabras delante del vulgo.
EVADNE
Justamente deseo que lo sepan todos los argivos.
IFIS
Pero yo no lo consentiré.
EVADNE
Lo mismo da, no pudiendo impedirlo. Ya me precipito, aunque no te
sea grato; pero lo será para mí y para el esposo que se ha de quemar
conmigo.[155]
EL CORO
Atroz hazaña, ¡oh mujer!, has ejecutado.
IFIS
Yo, desventurado, muero, ¡oh mujeres argivas!
EL CORO
¡Ay, ay! Horrible, ¡oh desdichado!, es tu suplicio; has presenciado un
acto inaudito de osadía.
IFIS
No encontraréis otro más infortunado que yo.
EL CORO
¡Oh infeliz! Hasta cierto punto, ¡oh anciano!, tú y tu mísera ciudad
habéis participado de la muerte de Edipo.
IFIS
¡Ay de mí! ¿Por qué no es lícito a los hombres ser dos veces jóvenes
y otras tantas viejos? Si en nuestro palacio hay algo que no nos
parezca bien, podemos corregirlo, no así en la vida. Si fuésemos dos
veces jóvenes y ancianos y faltásemos, dotados de dos vidas podríamos
enmendarnos. Al ver yo a otros con hijos también los deseaba, y
atormentábame ese deseo; pero si hubiera experimentado lo que es su
pérdida para un padre, jamás sufriera el infortunio que ahora me aqueja
por haber contraído himeneo y dado vida a un fortísimo joven, que me
han arrancado después. Pero así es. ¿Qué debo hacer en mi desventura?
¿Iré a mi palacio? ¿Veré allí la espantosa soledad que en él reina,
desesperación de mi vida? ¿Me encaminaré a la morada de Capaneo? Mucho
gozaba antes en ella cuando mi hija vivía, pero ya no existe: ella
besaba siempre mis mejillas, y con sus manos sustentaba mi cabeza. Nada
es más sabroso para un padre anciano que una hija, pues aunque sean
más nobles los varones son menos cariñosos. ¿No me llevaréis cuanto
antes a mi palacio, y me sepultaréis en las tinieblas, para que el
hambre acabe al fin con mi viejo cuerpo? ¿De qué me servirá tocar las
cenizas de mi hija? ¡Oh vejez incontrastable, cómo te aborrezco! Odio a
cuantos quieren alargar la vida y previenen la muerte con determinados
alimentos, con abrigos y artes mágicas, cuando lo que convenía, ya que
de nada sirven, es que dejaran de existir y cedieran su puesto a los
más jóvenes.
EL CORO
¡Ay, ay de mí! ¡Ved cómo traen los restos de nuestros hijos,
consumidos por el fuego! Tomadlos, esclavas de ancianas débiles (que
las lágrimas que por ellos hemos derramado nos han dejado exánimes) que
han vivido largo tiempo y se desvanecen agobiadas por las desdichas.
¿Qué desventura hay mayor para el hombre que contemplar las cenizas de
sus hijos?
UN NIÑO
_Estrofa 1.ª_ — Traigo, traigo de la pira, ¡oh mísera madre!, los
restos de mi padre, peso no leve por los dolores que causa, y reducido
cuanto me es caro a breve espacio.
EL CORO
¡Ay, ay de mí! ¿A qué traes lágrimas a la madre amada de estos muertos,
y un puñado de cenizas, en vez de los cuerpos de aquellos que en otro
tiempo fueron ilustres en Micenas?
EL NIÑO
_Antístrofa 1.ª_ — ¡Oh dolor, oh dolor! Desventurado huérfano de mi
mísero padre, viviré en desierto palacio, no en los brazos del que me
engendró.
EL CORO
¡Ay, ay de mí! ¿Qué se hizo mi dolor al dar a luz mis hijos? ¿Qué mis
desvelos y mi educación maternal, y los insomnios que sufrí por ellos y
mis tiernos besos?
ADRASTO
_Estrofa 2.ª_ — Desaparecieron, ya no existen para ti, ¡oh madre!, ya
no viven tus hijos; volverán al éter reducidos a cenizas por el fuego,
y después de visitar veloces el palacio de Hades.
EL NIÑO
Padre, ¿oyes tú también los gemidos de tus hijos? ¿No vengaré algún día
tu muerte con las armas?
EL CORO
¡Ojalá, hijo, que así sea!
EL NIÑO
_Antístrofa 2.ª_ — Alguna vez, con ayuda de los dioses, vengaré a mi
padre; aún no duerme en el olvido esta desgracia.
EL CORO
¡Ah, ah! ¡Bastante he llorado mi desdicha; bastantes dolores sufro!
EL NIÑO
¿No me verán las corrientes del Asopo capitaneando huestes argivas
armadas de bronce para vengar la muerte de mi difunto padre?
EL NIÑO
_Estrofa 3.ª_ — Paréceme, ¡oh padre!, que todavía te miran mis ojos...
EL CORO
... dando un dulce beso en tus mejillas.
EL NIÑO
Que te oigo hablar.
EL CORO
Y que sus palabras se han desvanecido en el aire.
EL NIÑO
Para dos dejó llantos y también para una madre.
EL CORO
_Antístrofa 3.ª_ — Y nunca te abandonará la amarga memoria de tu padre.
Tan grave es el peso que me agobia, que me ha perdido. Vamos, en el
pecho guardaré las cenizas.
EL NIÑO
Me lamento al oír esta tristísima palabra; llegome al corazón.
EL CORO
¡Desapareciste, ¡oh hijo!; no te veré ya más, imagen querida de una
madre que te amaba!
TESEO
¡Oh Adrasto y mujeres argivas! ¿Veis a estos niños, que en sus manos
llevan los restos de sus esforzadísimos padres, rescatados por mí? A mí
y a la ciudad los debéis. Conservadlos, acordándoos de este favor que
de mí habéis recibido. Lo mismo digo a estos niños: honrad a Atenas, y
que los hijos de vuestros hijos no lo olviden nunca. Testigo es Zeus y
los dioses del cielo del beneficio que os hago al ausentaros.
ADRASTO
Conocemos bien, ¡oh Teseo!, todo lo que has hecho en pro del territorio
argivo cuando más necesitaba de bienhechores, y nuestro agradecimiento
será eterno; porque si tu servicio ha sido señalado, nuestra gratitud
debe ser lo mismo.
TESEO
¿En qué otra cosa puedo mostraros mi afecto?
ADRASTO
Libre estás: digno eres de tu ciudad y ella de ti.
TESEO
Así sea; que la dicha también te acompañe.
ATENEA
Oye, Teseo, las palabras de Atenea, para que sepas lo que has de hacer
en provecho de Atenas. No des estos restos mortales a los niños que
han de llevarlos al campo argivo, ni los dejes ir tan fácilmente sin
exigirles que presten juramento, en justa reciprocidad de tus servicios
y de los de tu ciudad: conviene que jure Adrasto por toda la tierra de
las danaides que, como rey, tiene autoridad. Ha de obligarse a impedir
que los argivos pisen nunca el territorio ateniense con ejército
enemigo, y que si vienen otros, los rechazará con las armas, y si
violando su solemne promesa acomete a esta ciudad, ruega a los dioses
que perezca. Yo te señalaré el lugar en donde has de sacrificar las
víctimas. En tu palacio tienes un trípode de pies de bronce que te dio
en otro tiempo Heracles para el ara pítica, derribadas las murallas de
Ilión y presuroso de dar cima a otro trabajo suyo. En él cortarás los
cuellos de tres ovejas e inscribirás el juramento en su cavidad, y lo
darás después a guardar al dios que cuida de Delfos, como monumento de
tu alianza y testimonio irrecusable para la Grecia. La afilada cuchilla
con que abrirás las víctimas y las matarás, será escondida por ti en la
tierra, junto a las piras de los siete muertos; que bastará mostrarla
para inspirarles miedo si alguna vez vinieren contra esta ciudad, y
les deparará vuelta funesta. Hecho esto, saca de aquí las cenizas,
y que junto a la misma encrucijada istmia sea en adelante un bosque
consagrado a Apolo el lugar en donde sus cuerpos han sido purificados
por el fuego. Esto para ti; a los hijos de los argivos anuncio que
conquistarán la ciudad que besa el Ismeno, y vengarán a sus padres.
Tú, Egialeo,[156] joven capitán, mandarás en lugar del tuyo, y el hijo
de Tideo, que vendrá de la Etolia, a quien el suyo llamó Diomedes. Que
la barba cubra cuanto antes vuestras mejillas para que al frente del
ejército bien armado de los danaides vengáis contra las siete torres de
los cadmeos; cuando seáis hombres, las acometeréis con terrible ímpetu
como leoncillos que las han de conquistar. No sucederá de otra manera:
vosotros, con el nombre de epígonos, daréis en toda la Grecia a la
posteridad abundante materia para la poesía: a tales tropas mandaréis,
y Dios os será propicio.
TESEO
Atenea, mi señora, obedeceré tus órdenes (que tú me diriges para que
no yerre) y me obligaré a ello con juramento: llévame tú tan solo por
el camino derecho, porque si tú eres propicia a la ciudad, siempre
viviremos seguros.
EL CORO
Vamos, Adrasto, prestemos ese juramento a este héroe y a Atenas: bien
merece lo que han sufrido antes que nosotros que les demos esta prueba
de gratitud.
LAS BACANTES
ARGUMENTO
La institución del culto de Dioniso, expuesta dramáticamente, es el
asunto de esta tragedia y el fin del poeta que la compuso. Acudió
para lograrlo a las tradiciones mitológicas existentes, numerosas y
difundidas entre los gentiles, como lo demuestra la relación detallada
que de la vida y hechos de este dios nos ha conservado Diodoro,
historiador harto prolijo sin duda en este linaje de narraciones.
Penteo, rey de Tebas, y la familia de Cadmo, fundador de esta ciudad,
unos en más y otros en menos, son las víctimas de las iras del nuevo
numen, por haberse opuesto a la admisión y establecimiento del culto
del hijo, no adorado antes, de Zeus y de Sémele. Penteo, juguete
miserable de Dioniso, que lo humilla y se burla de él sin piedad,
perece al fin desgarrado por las bacantes, y entre ellas por su propia
madre y sus tías, y los demás individuos de la familia cadmea son
condenados unos a perpetuo destierro de Tebas, y otros, como Cadmo y su
esposa Harmonía, hija de Ares, a ser metamorfoseados en dragones y a
un destierro de siglos entre los bárbaros. Harmonía es rescatada de su
pena por Ares.
De su autenticidad, como obra de Eurípides, responden unánimes
autoridades críticas competentes, no solo por los datos y noticias que
han llegado hasta nosotros, sino también, y quizás más principalmente,
por atestiguarlo así la misma obra en su plan, peripecias y personajes,
por el espíritu que la anima y por otros innumerables rasgos y signos
elocuentes de la factura peculiar de este poeta. En cuanto a su
mérito literario, reina gran disparidad de opiniones, no faltando
algunos, como La Harpe, nada justos ni benévolos con ella. Ocasión y
lugar es este oportuno para advertir que la manera de leer y estudiar
fuera del teatro las obras dramáticas influye poderosamente en los
juicios que después se emiten. Tal es el origen más frecuente de los
errores, engaños y desengaños de los autores de estas obras, y de la
contradicción, tantas veces repetida, de los juicios que acerca de
ellas forman sus censores o jueces, que solo las leen, y el público,
que no las lee, sino que asiste a su representación. Para fallar con
acierto sería necesario verlas en el teatro: pero como esto no es
posible, y mucho menos tratándose de tragedias griegas, es muy útil
siempre leerlas representándolas imaginariamente el lector, nunca como
se lee otro escrito cualquiera.
No nos sorprende, por tanto, que la impresión sentida por quien lee
LAS BACANTES, como indicamos, no le haya sido favorable. Ni el objeto
que se propone Eurípides, ni su plan o la invención de los medios
elegidos para realizarlo, ni sus personajes divinos ni humanos, ni
sus caracteres, ni sus pasiones, ni su principio, medio, ni fin nos
satisfacen. Pero cuando se leen como apuntamos y reconstituimos el
teatro griego, nos identificamos con su religión, y en cuanto se puede
nos transformamos en atenienses de los tiempos en que se escribió y
representó esta tragedia; truécase esta en un drama trágico, soberbio,
de espectáculo, de los más notables, vivos y característicos del
mundo helénico. Su fábula está admirablemente concebida, trabada y
desenvuelta; sus personajes, sus caracteres, sus pasiones y actos son
como debieran ser, y en su conjunto y representación escénica hubo
de distinguirse en muchos conceptos por su novedad, por su aparato
escénico y por la admiración y la curiosidad y el interés que debió
excitar en los espectadores.
Menester es que nos despojemos de nuestra idea cristiana y filosófica
de Dios, como ser justo y bueno, y atribuyamos a esta palabra la
significación que tenía en la casi totalidad de los espectadores, ni
siquiera la que le daban Anaxágoras, Sócrates y los filósofos griegos
con el mismo Eurípides. Dioniso era para ellos un ser humano en sus
ideas, sentimientos y pasiones, aunque inmortal y de poder superior.
Debía pensar, sentir y obrar como lo hace. Los bienes aportados por
la invención del vino y su uso entre los mortales merecían de sobra
ser recordados, ensalzados y recompensados con fiestas y signos
exteriores sensibles, análogos en su apariencia exterior a los efectos
más ordinarios y salientes del nuevo licor inventado, y establecidos
además por su inventor. ¿Qué importancia podía tener el sacrificio de
algunas víctimas, como Penteo y la familia de Cadmo, si se comparaba
con la suma inmensa de placeres y alegrías que había el nuevo dios de
dispensar al linaje humano? Al contrario, la pena que sufren sirve
a los demás de escarmiento, y afirma y perpetúa su futura expansión
por el mundo. Además, nada hay tan trágico ni tan humillante para la
soberbia y el orgullo humanos; mala hierba tenaz, que asoma sin cesar
en los sembrados todos de los hombres, como la flaqueza y la impotencia
de los mortales más poderosos en pugna con los justos decretos, con
los caprichos y hasta con las injusticias de los dioses. Esa caridad y
conmiseración a que nos mueven sus desdichas y la razón de su oposición
al nuevo culto, y su conducta, que aprobamos y justificamos, apenas si
la sentía el público, y desde luego no la apreciaba como nosotros, sino
como ceguera y obstinación imperdonable. Todo lo cual no quiere decir
que no estemos nosotros, como cristianos, en terreno firme, y ellos,
como paganos, en terreno falso.