Acercad los cuerpos llenos de sangre de estos desventurados, que ni

merecían la muerte ni han perecido a manos de dignos adversarios en

medio del combate.

EL CORO

Dádmelos, que yo los estreche y en mis brazos los sustente.

ADRASTO

Ya los tienes, ya los tienes en tus brazos.

EL CORO

¡Carga bastante pesada es la de mis dolores!

ADRASTO

¡Ay, ay de mí!

EL CORO

Pero hablas con madres.

ADRASTO

Vosotras me oís.

EL CORO

Gimes por nuestros males comunes.

ADRASTO

¡Ojalá que las tropas tebanas me hubiesen dado muerte entre el polvo!

EL CORO

¡Ojalá que nunca hubiese dormido al lado de mi esposo!

ADRASTO

¡Contemplad este piélago de desdichas, madres desventuradas que habéis

perdido vuestros hijos!

EL CORO

¡Con las uñas nos hemos lacerado, y sobre nuestras cabezas hemos

derramado las cenizas!

ADRASTO

¡Ay, ay de mí, ay de mí! ¡Que a mí solo me trague la tierra, que la

tempestad me despedace, que el rayo de Zeus me hiera!

EL CORO

Asististe a tristes nupcias,[148] y funesto fue el oráculo de Apolo; el

genio maléfico de Edipo, abandonando su palacio, ha venido a hacerte la

guerra sembrando lágrimas.

TESEO

Deseaba interrogaros cuando os lamentabais delante del ejército;

pero dejémoslo ahora, aunque os interese, y preguntemos a Adrasto.

Dime, ¿por qué estos mortales se hacen ilustres por su fortaleza?

Responde tú, más sabio que estos jóvenes y hombre de experiencia. He

admirado sus hazañas, superiores a toda expresión, en virtud de las

cuales esperaban apoderarse de la ciudad. Nada diré para no excitar

la risa,[149] ni para averiguar con cuál ha peleado cada uno en el

campo de batalla, ni la lanza enemiga que los ha herido. Vanas son las

palabras de los que escuchan y del que cuenta, si después de asistir

a la pelea y de contemplar espeso bosque de lanzas se quiere referir

quién ha sido valiente. Ni yo lo preguntaría, ni daría crédito a los

que se atreviesen a narrarlo, porque estando enfrente del enemigo

apenas se puede ver lo que más nos interesa.[150]

ADRASTO

Óyeme, pues; no contraríes mi voluntad permitiéndome alabar a amigos

de quienes solo diré lo que sea justo y verdadero. ¿No ves a aquel

a quien atravesó el instantáneo dardo de Zeus? Ese es Capaneo, que

disfrutaba de opulentas riquezas, aunque sin insolencia ni más orgullo

que un pobre, y huía de los que se jactan de sentarse a mesa abundante

y desprecian la frugalidad; en su concepto, la virtud no era la

glotonería, sino contentarse con el sustento necesario. Amigo leal de

sus amigos, presentes y ausentes (cuyo linaje de hombres no es, en

verdad, numeroso), de costumbres sencillas, afable lenguaje y fiel a

sus promesas, ya las hiciese a siervos, ya a ciudadanos. El segundo es

Etéocles,[151] también bondadoso como pocos, joven, con escasa fortuna,

y, sin embargo, obtuvo en Argos muchos honores. A menudo le ofrecieron

oro sus amigos, y no lo aceptó para no esclavizarse por dinero. Odiaba

a los malos, no a la república, porque no debe culparse a esta si no

tiene buena fama porque no es bueno quien la gobierna. El tercero

fue Hipomedonte, que no se consagró desde niño a los placeres de las

Musas ni a vivir muellemente; habitaba en el campo, y agradábanlo

los ejercicios corporales y las empresas arriesgadas, la caza, los

caballos, tirar el arco, y deseaba servir a su patria con su esfuerzo.

El otro el niño Partenopeo, hijo de la cazadora Atalanta, de bellísima

forma, nacido en la Arcadia, aun cuando después vino a las orillas

del Ínaco y se educó como extranjero en Argos; a nadie molestaba ni

excitó la envidia de los ciudadanos, ni le gustaban las disputas,

defecto intolerable así en el ciudadano como en el extranjero; formaba

humildemente en las filas como si fuese argivo, defendía su territorio

cuando era menester; si la ciudad prosperaba era grande su alegría, y

grande su tristeza si recibía daño; y aunque tuvo muchas amantes y no

pocas que se enamoraron de él, nunca faltó en nada. En pocas palabras

haré la mayor alabanza de Tideo: no era claro en su lenguaje, sino

esforzado sofista en las armas y muy perito en bélicas estratagemas.

Inferior en prudencia a su hermano Meleagro, alcanzó igual renombre en

el arte de la guerra y mucha pericia militar: ánimo ávido de gloria,

ingenio fecundo en obras, no así en el decir. No te admires, pues,

¡oh Teseo!, recordando mis palabras, que osaran arrostrar la muerte

delante de las torres. La buena educación es madre del pundonor, y el

hombre que acostumbra a bien obrar se sonroja de aparecer malo. La

fortaleza puede enseñarse si desde niño se aprende a decir y a oír lo

que no se conoce, y lo que se ha aprendido se conserva hasta la vejez.

Así, educad bien a vuestros hijos.

EL CORO

¡Oh hijo!, te crié desventurado, y te llevé en mis entrañas, y sufrí

por ti los dolores del parto; y ahora se lleva Hades el fruto de mis

míseros cuidados; yo, desdichada, no tendré en mi vejez hijo que me

sustente.

TESEO

Al noble hijo de Oicleo,[152] arrebatado en vida por los dioses a los

ocultos senos de la tierra con su cuadriga, lo han colmado de claras

alabanzas; y si alabamos al hijo de Edipo, a Polinices, no mentiremos;

me dio hospitalidad antes de dejar la ciudad de Cadmo, y dejome pasar

a Argos en destierro voluntario. Pero ¿sabes lo que desearía hacer de

estos?

ADRASTO

No lo sé; pero obedeceré tus órdenes.

TESEO

A Capaneo, herido por el rayo de Zeus...

ADRASTO

¿Quieres quemarlo aparte como cadáver sagrado?

TESEO

Seguramente, y a todos los demás en una misma pira.

ADRASTO

¿Y en dónde edificarás en su honor un monumento separado de los otros?

TESEO

Cerca de este palacio se levantará su sepulcro.

ADRASTO

De esto cuidarán los siervos.

TESEO

Y nosotros de los demás; vayan delante los que llevan los cadáveres.

ADRASTO

Id cerca de vuestros hijos, madres desdichadas.

TESEO

De ningún modo, ¡oh Adrasto!, debe hacerse lo que dices.

ADRASTO

¿Por qué no ha de ser conveniente que las madres toquen a sus hijos?

TESEO

Morirán si los ven desfigurados; horrible espectáculo ofrecen los

cadáveres a poco de expirar. ¿A qué, pues, os ruego, queréis aumentar

su dolor?

ADRASTO

Ya me convences. Es menester que os quedéis aquí; tiene razón Teseo.

Después que los hayamos puesto en la pira, acompañaréis sus restos.

¡Oh, míseros mortales!, ¿a qué aprestáis las lanzas para ruina vuestra?

Deteneos; descansad de vuestros trabajos, y tranquilos conservad

vuestras ciudades en compañía de otros también pacíficos. Breve es la

vida, y debemos pasarla lo más agradablemente que se pueda, no con

penas.

EL CORO

_Estrofa._ — Ya no feliz con mis hijos, ya no dichosa con mi prole, ni

puedo participar de la ventura de las madres argivas, ni nos saludará

Artemisa, que asiste a las que sufren los dolores del parto, huérfanas

de los nuestros. Miserable es mi vida; como a vaga nube, impéleme

airado viento.

_Antístrofa._ — Nosotras, siete madres desdichadas, dimos a luz siete

hijos, los más ilustres de los argivos, y ahora, sin ellos, envejezco

víctima de tristísima suerte, y ni me cuentan entre los muertos ni

entre los vivos, sufriendo en la orfandad una acerba fortuna.

_Epodo._ — Lágrimas solo quedan para mí, desventurada: yacen en mi

casa, como recuerdos de mi hijo, lúgubres cabellos cortados, tristes

coronas y las libaciones que se hacen a los muertos; cantos que no

agradan a Apolo, de dorada cabellera, y al rayar el día lloraré mi

infortunio, y mis lágrimas humedecerán el manto que cubre mi pecho.

Pero ya veo el último lecho de Capaneo y el sagrado túmulo, y fuera de

los atrios las ofrendas que Teseo consagra a los muertos, y a Evadne,

que se acerca, ínclita esposa del que pereció herido por el rayo, e

hija del rey Ifis. Pero ¿por qué se detiene en ese peñasco elevado que

domina a este palacio después de andar esta senda?

EVADNE

¿Qué luz, qué resplandor derramó el sol con su carro cual la luna por

el cielo, precedida en las tinieblas de ligeras ninfas que llevaban

antorchas, cuando en mis suntuosas nupcias la ciudad argiva cantó mi

epitalamio deseándome la dicha, y a mi esposo, el guerrero Capaneo?

Desolada, vengo de mi palacio buscando las llamas y su sepulcro, para

acabar en el palacio de Hades mi trabajosa vida y mis eternos dolores.

Dulcísima es la muerte, y perecer con los que amamos si Dios lo decreta.

EL CORO

Tú ves esta pira, tesoro de Zeus,[153] cerca de la cual estás, en donde

yace tu marido herido por el rayo.

EVADNE

Ya veo el término de mi carrera; en él estoy ahora; la fortuna dirige

mis pasos. Me precipitaré desde aquí para probar mi honesta fama

saltando en el fuego desde esta roca; y confundiendo en la ardiente

llama mi amado cuerpo con el de mi esposo, mis miembros yacerán junto

a los suyos, y descenderé al tálamo de Perséfone; fiel te seré también

bajo la tierra, ya que has muerto. Adiós, luz; adiós, bodas. ¡Ojalá que

mis hijos contraigan en Argos legítimo himeneo, y que casto compañero

acompañe en su lecho a mi noble hija!

EL CORO

Mira a tu padre, el anciano Ifis, que se acerca a saber tristes

nuevas; dolor sentirá al escucharlas; y más le valiera no oírlas.

IFIS[154]

¡Oh desventurada, y yo también, mísero anciano! Vengo llorando dos

desgracias de mi familia: la muerte de mi hijo Etéocles por la lanza

tebana, que volverá a su patria sin vida, y la desaparición de mi

hija, la esposa de Capaneo, que salió precipitadamente de su palacio,

anhelando morir con su esposo, Guardábala antes en él; pero aprovechose

de un leve descuido, hijo de los malos presentes, y pudo escaparse.

Presumí que estuviera aquí: decídmelo vosotras si lo sabéis.

EVADNE

¿Por qué interrogas a estas? Mírame en este peñasco, como un ave, ¡oh

padre!, sobre la pira de Capaneo, pronta a levantar mi triste vuelo.

IFIS

¿Qué viento te trajo? ¿Qué senda? ¿Por qué después que huiste del

palacio te viniste aquí?

EVADNE

Ira sentirás si conoces mi propósito; pero no quiero que lo oigas, ¡oh

padre!

IFIS

¿Por qué, pues, no es justo que tu padre lo sepa?

EVADNE

Serías juez mío no imparcial.

IFIS

¿Por qué te has vestido de esta manera?

EVADNE

Algo nuevo indican estas galas, ¡oh padre!

IFIS

No es tu aspecto de quien llora a su marido.

EVADNE

Preparada estoy a osar inaudita empresa.

IFIS

¿Y por qué te has puesto tan cerca del sepulcro y de la pira?

EVADNE

He venido aquí a ganar preclara palma.

IFIS

¿Qué palma ganarás? Deseo saberlo.

EVADNE

Seré superior a todas las mujeres que el sol alumbra.

IFIS

¿En las labores de Atenea o en prudencia?

EVADNE

En fortaleza; muerta yaceré al lado de mi marido.

IFIS

¿Qué dices? ¿Qué das a entender con tan necio enigma?

EVADNE

Me precipitaré en esa pira de Capaneo.

IFIS

¡Oh hija!, no profieras tales palabras delante del vulgo.

EVADNE

Justamente deseo que lo sepan todos los argivos.

IFIS

Pero yo no lo consentiré.

EVADNE

Lo mismo da, no pudiendo impedirlo. Ya me precipito, aunque no te

sea grato; pero lo será para mí y para el esposo que se ha de quemar

conmigo.[155]

EL CORO

Atroz hazaña, ¡oh mujer!, has ejecutado.

IFIS

Yo, desventurado, muero, ¡oh mujeres argivas!

EL CORO

¡Ay, ay! Horrible, ¡oh desdichado!, es tu suplicio; has presenciado un

acto inaudito de osadía.

IFIS

No encontraréis otro más infortunado que yo.

EL CORO

¡Oh infeliz! Hasta cierto punto, ¡oh anciano!, tú y tu mísera ciudad

habéis participado de la muerte de Edipo.

IFIS

¡Ay de mí! ¿Por qué no es lícito a los hombres ser dos veces jóvenes

y otras tantas viejos? Si en nuestro palacio hay algo que no nos

parezca bien, podemos corregirlo, no así en la vida. Si fuésemos dos

veces jóvenes y ancianos y faltásemos, dotados de dos vidas podríamos

enmendarnos. Al ver yo a otros con hijos también los deseaba, y

atormentábame ese deseo; pero si hubiera experimentado lo que es su

pérdida para un padre, jamás sufriera el infortunio que ahora me aqueja

por haber contraído himeneo y dado vida a un fortísimo joven, que me

han arrancado después. Pero así es. ¿Qué debo hacer en mi desventura?

¿Iré a mi palacio? ¿Veré allí la espantosa soledad que en él reina,

desesperación de mi vida? ¿Me encaminaré a la morada de Capaneo? Mucho

gozaba antes en ella cuando mi hija vivía, pero ya no existe: ella

besaba siempre mis mejillas, y con sus manos sustentaba mi cabeza. Nada

es más sabroso para un padre anciano que una hija, pues aunque sean

más nobles los varones son menos cariñosos. ¿No me llevaréis cuanto

antes a mi palacio, y me sepultaréis en las tinieblas, para que el

hambre acabe al fin con mi viejo cuerpo? ¿De qué me servirá tocar las

cenizas de mi hija? ¡Oh vejez incontrastable, cómo te aborrezco! Odio a

cuantos quieren alargar la vida y previenen la muerte con determinados

alimentos, con abrigos y artes mágicas, cuando lo que convenía, ya que

de nada sirven, es que dejaran de existir y cedieran su puesto a los

más jóvenes.

EL CORO

¡Ay, ay de mí! ¡Ved cómo traen los restos de nuestros hijos,

consumidos por el fuego! Tomadlos, esclavas de ancianas débiles (que

las lágrimas que por ellos hemos derramado nos han dejado exánimes) que

han vivido largo tiempo y se desvanecen agobiadas por las desdichas.

¿Qué desventura hay mayor para el hombre que contemplar las cenizas de

sus hijos?

UN NIÑO

_Estrofa 1.ª_ — Traigo, traigo de la pira, ¡oh mísera madre!, los

restos de mi padre, peso no leve por los dolores que causa, y reducido

cuanto me es caro a breve espacio.

EL CORO

¡Ay, ay de mí! ¿A qué traes lágrimas a la madre amada de estos muertos,

y un puñado de cenizas, en vez de los cuerpos de aquellos que en otro

tiempo fueron ilustres en Micenas?

EL NIÑO

_Antístrofa 1.ª_ — ¡Oh dolor, oh dolor! Desventurado huérfano de mi

mísero padre, viviré en desierto palacio, no en los brazos del que me

engendró.

EL CORO

¡Ay, ay de mí! ¿Qué se hizo mi dolor al dar a luz mis hijos? ¿Qué mis

desvelos y mi educación maternal, y los insomnios que sufrí por ellos y

mis tiernos besos?

ADRASTO

_Estrofa 2.ª_ — Desaparecieron, ya no existen para ti, ¡oh madre!, ya

no viven tus hijos; volverán al éter reducidos a cenizas por el fuego,

y después de visitar veloces el palacio de Hades.

EL NIÑO

Padre, ¿oyes tú también los gemidos de tus hijos? ¿No vengaré algún día

tu muerte con las armas?

EL CORO

¡Ojalá, hijo, que así sea!

EL NIÑO

_Antístrofa 2.ª_ — Alguna vez, con ayuda de los dioses, vengaré a mi

padre; aún no duerme en el olvido esta desgracia.

EL CORO

¡Ah, ah! ¡Bastante he llorado mi desdicha; bastantes dolores sufro!

EL NIÑO

¿No me verán las corrientes del Asopo capitaneando huestes argivas

armadas de bronce para vengar la muerte de mi difunto padre?

EL NIÑO

_Estrofa 3.ª_ — Paréceme, ¡oh padre!, que todavía te miran mis ojos...

EL CORO

... dando un dulce beso en tus mejillas.

EL NIÑO

Que te oigo hablar.

EL CORO

Y que sus palabras se han desvanecido en el aire.

EL NIÑO

Para dos dejó llantos y también para una madre.

EL CORO

_Antístrofa 3.ª_ — Y nunca te abandonará la amarga memoria de tu padre.

Tan grave es el peso que me agobia, que me ha perdido. Vamos, en el

pecho guardaré las cenizas.

EL NIÑO

Me lamento al oír esta tristísima palabra; llegome al corazón.

EL CORO

¡Desapareciste, ¡oh hijo!; no te veré ya más, imagen querida de una

madre que te amaba!

TESEO

¡Oh Adrasto y mujeres argivas! ¿Veis a estos niños, que en sus manos

llevan los restos de sus esforzadísimos padres, rescatados por mí? A mí

y a la ciudad los debéis. Conservadlos, acordándoos de este favor que

de mí habéis recibido. Lo mismo digo a estos niños: honrad a Atenas, y

que los hijos de vuestros hijos no lo olviden nunca. Testigo es Zeus y

los dioses del cielo del beneficio que os hago al ausentaros.

ADRASTO

Conocemos bien, ¡oh Teseo!, todo lo que has hecho en pro del territorio

argivo cuando más necesitaba de bienhechores, y nuestro agradecimiento

será eterno; porque si tu servicio ha sido señalado, nuestra gratitud

debe ser lo mismo.

TESEO

¿En qué otra cosa puedo mostraros mi afecto?

ADRASTO

Libre estás: digno eres de tu ciudad y ella de ti.

TESEO

Así sea; que la dicha también te acompañe.

ATENEA

Oye, Teseo, las palabras de Atenea, para que sepas lo que has de hacer

en provecho de Atenas. No des estos restos mortales a los niños que

han de llevarlos al campo argivo, ni los dejes ir tan fácilmente sin

exigirles que presten juramento, en justa reciprocidad de tus servicios

y de los de tu ciudad: conviene que jure Adrasto por toda la tierra de

las danaides que, como rey, tiene autoridad. Ha de obligarse a impedir

que los argivos pisen nunca el territorio ateniense con ejército

enemigo, y que si vienen otros, los rechazará con las armas, y si

violando su solemne promesa acomete a esta ciudad, ruega a los dioses

que perezca. Yo te señalaré el lugar en donde has de sacrificar las

víctimas. En tu palacio tienes un trípode de pies de bronce que te dio

en otro tiempo Heracles para el ara pítica, derribadas las murallas de

Ilión y presuroso de dar cima a otro trabajo suyo. En él cortarás los

cuellos de tres ovejas e inscribirás el juramento en su cavidad, y lo

darás después a guardar al dios que cuida de Delfos, como monumento de

tu alianza y testimonio irrecusable para la Grecia. La afilada cuchilla

con que abrirás las víctimas y las matarás, será escondida por ti en la

tierra, junto a las piras de los siete muertos; que bastará mostrarla

para inspirarles miedo si alguna vez vinieren contra esta ciudad, y

les deparará vuelta funesta. Hecho esto, saca de aquí las cenizas,

y que junto a la misma encrucijada istmia sea en adelante un bosque

consagrado a Apolo el lugar en donde sus cuerpos han sido purificados

por el fuego. Esto para ti; a los hijos de los argivos anuncio que

conquistarán la ciudad que besa el Ismeno, y vengarán a sus padres.

Tú, Egialeo,[156] joven capitán, mandarás en lugar del tuyo, y el hijo

de Tideo, que vendrá de la Etolia, a quien el suyo llamó Diomedes. Que

la barba cubra cuanto antes vuestras mejillas para que al frente del

ejército bien armado de los danaides vengáis contra las siete torres de

los cadmeos; cuando seáis hombres, las acometeréis con terrible ímpetu

como leoncillos que las han de conquistar. No sucederá de otra manera:

vosotros, con el nombre de epígonos, daréis en toda la Grecia a la

posteridad abundante materia para la poesía: a tales tropas mandaréis,

y Dios os será propicio.

TESEO

Atenea, mi señora, obedeceré tus órdenes (que tú me diriges para que

no yerre) y me obligaré a ello con juramento: llévame tú tan solo por

el camino derecho, porque si tú eres propicia a la ciudad, siempre

viviremos seguros.

EL CORO

Vamos, Adrasto, prestemos ese juramento a este héroe y a Atenas: bien

merece lo que han sufrido antes que nosotros que les demos esta prueba

de gratitud.

LAS BACANTES

ARGUMENTO

La institución del culto de Dioniso, expuesta dramáticamente, es el

asunto de esta tragedia y el fin del poeta que la compuso. Acudió

para lograrlo a las tradiciones mitológicas existentes, numerosas y

difundidas entre los gentiles, como lo demuestra la relación detallada

que de la vida y hechos de este dios nos ha conservado Diodoro,

historiador harto prolijo sin duda en este linaje de narraciones.

Penteo, rey de Tebas, y la familia de Cadmo, fundador de esta ciudad,

unos en más y otros en menos, son las víctimas de las iras del nuevo

numen, por haberse opuesto a la admisión y establecimiento del culto

del hijo, no adorado antes, de Zeus y de Sémele. Penteo, juguete

miserable de Dioniso, que lo humilla y se burla de él sin piedad,

perece al fin desgarrado por las bacantes, y entre ellas por su propia

madre y sus tías, y los demás individuos de la familia cadmea son

condenados unos a perpetuo destierro de Tebas, y otros, como Cadmo y su

esposa Harmonía, hija de Ares, a ser metamorfoseados en dragones y a

un destierro de siglos entre los bárbaros. Harmonía es rescatada de su

pena por Ares.

De su autenticidad, como obra de Eurípides, responden unánimes

autoridades críticas competentes, no solo por los datos y noticias que

han llegado hasta nosotros, sino también, y quizás más principalmente,

por atestiguarlo así la misma obra en su plan, peripecias y personajes,

por el espíritu que la anima y por otros innumerables rasgos y signos

elocuentes de la factura peculiar de este poeta. En cuanto a su

mérito literario, reina gran disparidad de opiniones, no faltando

algunos, como La Harpe, nada justos ni benévolos con ella. Ocasión y

lugar es este oportuno para advertir que la manera de leer y estudiar

fuera del teatro las obras dramáticas influye poderosamente en los

juicios que después se emiten. Tal es el origen más frecuente de los

errores, engaños y desengaños de los autores de estas obras, y de la

contradicción, tantas veces repetida, de los juicios que acerca de

ellas forman sus censores o jueces, que solo las leen, y el público,

que no las lee, sino que asiste a su representación. Para fallar con

acierto sería necesario verlas en el teatro: pero como esto no es

posible, y mucho menos tratándose de tragedias griegas, es muy útil

siempre leerlas representándolas imaginariamente el lector, nunca como

se lee otro escrito cualquiera.

No nos sorprende, por tanto, que la impresión sentida por quien lee

LAS BACANTES, como indicamos, no le haya sido favorable. Ni el objeto

que se propone Eurípides, ni su plan o la invención de los medios

elegidos para realizarlo, ni sus personajes divinos ni humanos, ni

sus caracteres, ni sus pasiones, ni su principio, medio, ni fin nos

satisfacen. Pero cuando se leen como apuntamos y reconstituimos el

teatro griego, nos identificamos con su religión, y en cuanto se puede

nos transformamos en atenienses de los tiempos en que se escribió y

representó esta tragedia; truécase esta en un drama trágico, soberbio,

de espectáculo, de los más notables, vivos y característicos del

mundo helénico. Su fábula está admirablemente concebida, trabada y

desenvuelta; sus personajes, sus caracteres, sus pasiones y actos son

como debieran ser, y en su conjunto y representación escénica hubo

de distinguirse en muchos conceptos por su novedad, por su aparato

escénico y por la admiración y la curiosidad y el interés que debió

excitar en los espectadores.

Menester es que nos despojemos de nuestra idea cristiana y filosófica

de Dios, como ser justo y bueno, y atribuyamos a esta palabra la

significación que tenía en la casi totalidad de los espectadores, ni

siquiera la que le daban Anaxágoras, Sócrates y los filósofos griegos

con el mismo Eurípides. Dioniso era para ellos un ser humano en sus

ideas, sentimientos y pasiones, aunque inmortal y de poder superior.

Debía pensar, sentir y obrar como lo hace. Los bienes aportados por

la invención del vino y su uso entre los mortales merecían de sobra

ser recordados, ensalzados y recompensados con fiestas y signos

exteriores sensibles, análogos en su apariencia exterior a los efectos

más ordinarios y salientes del nuevo licor inventado, y establecidos

además por su inventor. ¿Qué importancia podía tener el sacrificio de

algunas víctimas, como Penteo y la familia de Cadmo, si se comparaba

con la suma inmensa de placeres y alegrías que había el nuevo dios de

dispensar al linaje humano? Al contrario, la pena que sufren sirve

a los demás de escarmiento, y afirma y perpetúa su futura expansión

por el mundo. Además, nada hay tan trágico ni tan humillante para la

soberbia y el orgullo humanos; mala hierba tenaz, que asoma sin cesar

en los sembrados todos de los hombres, como la flaqueza y la impotencia

de los mortales más poderosos en pugna con los justos decretos, con

los caprichos y hasta con las injusticias de los dioses. Esa caridad y

conmiseración a que nos mueven sus desdichas y la razón de su oposición

al nuevo culto, y su conducta, que aprobamos y justificamos, apenas si

la sentía el público, y desde luego no la apreciaba como nosotros, sino

como ceguera y obstinación imperdonable. Todo lo cual no quiere decir

que no estemos nosotros, como cristianos, en terreno firme, y ellos,

como paganos, en terreno falso.

Obras dramáticas de Eurípides (3 de 3) · 第 8 / 20 段