Ciertamente, no callaré si después me he de arrepentir de mi silencio

y calificarlo de vergonzoso; si, por temor de que sean inútiles las

bellas frases de las mujeres, reservara mi honesto consejo. Ordénote,

¡oh hijo!, primeramente, que obedezcas a los dioses y que no los

ofendas despreciándolos, pues podría suceder que no los veneraras

ahora, aunque en lo demás fueras sabio. Nada diría de seguro mi audacia

si no hubiese de favorecer a los que sufren injustamente; pero será

glorioso para ti, ¡oh hijo!, y no vacilaré en aconsejártelo, que con

tu poder obligues a esos hombres desalmados, que se oponen a dar a

los muertos la debida sepultura y a que se les tributen los últimos

honores, a llenar este deber indispensable, y a que por fuerza los

refrenes en castigo del desdén que muestran en la observancia de los

ritos de toda la Grecia. La guarda cuidadosa de las leyes es el sostén

de los estados. Dirá alguno quizás que pudiendo ganar para tu ciudad

una corona de gloria, no la logras por cobardía, y que si has luchado

con un feroz jabalí, sufriendo ese trabajo poco famoso, cuando debías

mostrar tu esfuerzo contra cascos y lanzas en batalla, obrabas como

un villano. De ningún modo lo harás, que yo te di a luz, ¡oh hijo!

¿Acaso no ves cómo tu patria, de cuya imprudencia se burlan, mira con

torvos ojos a los que de ella se mofan? Con los peligros prospera.

Las ciudades ociosas que pasan en la oscuridad su existencia, oscuras

también quedan cuando temen más de lo justo. ¿No socorrerás, ¡oh hijo!,

a muertos y mujeres desdichadas, que necesitan ayuda? Yo nada recelo

contra ti cuando vas a defender la justicia; y al ver al afortunado

pueblo de Cadmo, que no vacila en probar otra vez su suerte, debes

tener confianza, que Dios suele trastornarlo todo.

EL CORO

¡Oh tú, la muy querida, bien has hablado en nuestro favor, y doble es

por esto mi alegría!

TESEO

Las palabras que pronuncié, ¡oh madre!, contra este son razonables,

y ya conoces mi opinión acerca de sus proyectos insensatos; pero yo

convengo también en lo que me adviertes, y que no es conforme a mis

hábitos huir del peligro. Después de ejecutar muchas honrosas hazañas

hasta ahora entre todos los griegos, he acostumbrado siempre castigar

a los malvados. ¿Qué dirán mis enemigos cuando tú, que me engendraste

y que temes por mi vida, eres la primera en encomendarme este trabajo?

Iré, pues, a cumplirlo, y rescataré los cadáveres, y con mis palabras

los persuadiré a que me los entreguen; si no, se decidirá la cuestión

por la fuerza de las armas, si no se oponen los dioses. Deseo que así

lo decrete toda la ciudad, y lo hará queriendo yo; pero si dejo al

pueblo el derecho de deliberar, me será más propicio; yo le he cedido

la soberanía, haciendo libre a esta ciudad y facultándola para emitir

sus sufragios. Adrasto me acompañará para probar con su presencia la

verdad de mis palabras, y con él me presentaré ante la multitud, y

convocada la juventud ateniense, vendré aquí, y ya preparados a la

guerra, enviaré mensajeros a Creonte pidiéndole los muertos. Pero

quitad a mi madre, ¡oh ancianas!, las sagradas coronas,[133] para que

la lleve al palacio de Egeo de su amada mano; que el hijo que no sirve

a sus padres es infeliz. Solo de esta manera recibirá a su vez de los

suyos lo que haya dado a sus padres.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh Argos, abundante en caballos, mi patrio suelo; ya

has oído, ya has oído estas palabras del rey, testimonio de su piedad,

que serán apreciadas en su justo valor en la Argólida y en la gran

región de los pelasgos![134]

_Antístrofa 1.ª_ — ¡Ojalá que poniendo término a mis males, y aun

algo más, me traiga los sangrientos trofeos que llenarán de gozo a

mi corazón maternal, y que contraiga conmigo alianza la tierra de

Ínaco,[135] agradecida a su auxilio!

_Estrofa 2.ª_ — Tan piadoso servicio honra a las ciudades y engendra

perpetua gratitud. Pero, al fin, ¿qué decretará la ciudad en mi favor?

¿Será mi aliada y obtendremos el derecho de sepultar a nuestros hijos?

_Antístrofa 2.ª_ — ¡Socorre a una madre, socórrela, ciudad de Palas,

que no sean holladas las leyes de los hombres! Tú rindes culto a la

justicia, tú castigas a los injustos y ayudas a todos los afligidos

cuando sufren sin razón.

TESEO (_hablando con un heraldo_).

Publicar los edictos es siempre tu obligación, y así me sirves y a la

ciudad también. Encamínate ahora más allá del Asopo y de las aguas

del Ismeno, y habla así al venerable tirano de los cadmeos: «Teseo

te pide amistosamente los cadáveres que han de sepultarse; habita un

país vecino y lo reputa justo, y desea granjearse el afecto de todos

los hijos de Erecteo». Y si lo conceden, vuelve; si no, añade que

esperen en breve mi escuadrón de jóvenes armados de escudo. Ya el

ejército se apresta al combate, y lo revisto cerca del pozo sagrado de

Calícoro.[136] Y con placer y buena voluntad se encarga la ciudad de

dar cima a este trabajo, conocido mi deseo. ¡Hola! ¿Quién interrumpe

mis palabras? Un heraldo tebano, según parece, aunque no estoy de

ello muy seguro. Espera a ver si te libra de tu pena y con su llegada

previene mis proyectos.

EL HERALDO

¿Quién es el tirano de esta región? ¿A quién he de anunciar la embajada

de Creonte, que impera en la tierra de Cadmo, muerto Etéocles por su

hermano Polinices junto a las siete puertas?

TESEO

Errado vas desde el principio de tu discurso, ¡oh extranjero!, buscando

aquí a un tirano; libre es esta ciudad, y no la rige uno solo; el

pueblo gobierna por medio de sus magistrados anuales, y no da el mando

a los ricos: el pobre disfruta de iguales derechos.

EL HERALDO

Ventaja nos das en esto como en el juego de dados, pues en la ciudad

que me manda, uno solo gobierna, no la muchedumbre, ni hay quien

la llene de orgullo con vanos discursos, atentos solo a su interés

personal, mientras otros la distraen indebidamente, y quien era grato

ha poco y gozaba de mucho favor después la ofenda, y empleando nuevas

calumnias para paliar sus anteriores faltas, evite su castigo. ¿Cómo,

de otra manera, no apreciando bien el pueblo la razón, podrá gobernar

la ciudad? La calma vale más que la precipitación. Pero el pobre

rústico, aunque no sea ignorante, ocupado en su trabajo, no podrá

atender al bien público. Y sin duda perjudicará a los de más valía que

un malvado consiga las primeras dignidades, embaucando al pueblo con

sus discursos, cuando antes no era nada.

TESEO

Ingenioso es este heraldo, y hace gala de su elocuencia cuando la

ocasión se presenta. Pero ya que concluiste tu arenga, oye: tú has

iniciado esta cuestión; nada hay más dañoso para un estado que un

tirano. En primer lugar, no hay leyes comunes; uno solo manda; en sus

manos está la balanza de la justicia, y ya no es igual a los demás.

Pero con legislación escrita, el pobre y el rico tienen iguales

derechos, y es lícito a los indigentes echar en cara sus faltas a

los más poderosos cuando no es buena su fama, y el inferior vence al

superior teniendo razón. He aquí la libertad: «¿Quién quiere proponer

públicamente lo que haya pensado en utilidad de la república?». Y el

que mira por su bien adquiere gloria, y el que no, se calla. ¿Qué

será más provechoso a la ciudad? Y seguramente en donde el pueblo es

soberano se deleita con los ciudadanos esforzados que aparecen; pero el

tirano es su mayor enemigo, y mata a los que lo aventajan en prudencia

por el miedo que lo infunde su propia tiranía. ¿Cómo puede estar segura

una ciudad si alguno, como a espiga en el prado de primavera, arranca

los ciudadanos osados y siega a los jóvenes? ¿De qué sirve adquirir

riquezas y dar a los hijos el sustento para que sea más opulenta la

vida del tirano? ¿A qué educar con cuidado a las hijas vírgenes, grato

deleite para el tirano y lágrimas para sus padres si él las quiere?

Que yo no viva más si mis hijas se han de casar a la fuerza. Y así

contesto a cuanto has dicho. ¿Qué has venido a pedir aquí? A llorar

hubieses venido, ya que tanto hablas de más, si tu sagrado carácter no

te salvase; porque el mensajero, dicho lo que se le encargare, debe

volverse cuanto antes. Advierte a Creonte que en adelante no envíe a

Atenas heraldos tan charlatanes como tú.[137]

EL CORO

¡Ay, ay! Cuando la fortuna favorece a los malvados, ¡cuán insolentes

los hace, como si hubiesen de ser siempre felices!

EL HERALDO

Hablaré ya: de nuestra cuestión puedes creer lo que has dicho, y yo lo

contrario. Yo y todo el pueblo tebano te prohibimos que des asilo a

Adrasto en este país, y si está aquí, que lo expulses antes que el dios

oculte su cabellera, sin hacer caso del religioso respeto que puedan

merecer estos suplicantes, ni te traigas los muertos por fuerza, puesto

que nada te interesa de lo que sucede en Argos. Y si me obedecieres,

gobernarás tu ciudad sin contratiempo; pero si no, tendremos guerra

contigo y tus aliados. Reflexiona, pues, y sin enfurecerte al oír

mis palabras, como gobernante que eres de una ciudad libre, no me

respondas con soberbia, y no habrá necesidad de apelar a la violencia.

La excesiva confianza es el mayor enemigo del hombre, y ha llevado la

desolación a muchas ciudades, llenando de orgullo los ánimos. Cuando se

ha de decidir la guerra por los sufragios, nadie piensa en su muerte,

sino en la de los demás; pero si la tuviesen delante de los ojos al

dar su voto, jamás la Grecia furiosa padecería tales desdichas. Y, sin

embargo, todos los hombres conocemos lo mejor y distinguimos los bienes

de los males, y preferimos la paz a la guerra; porque la primera es muy

agradable a las Musas y enemiga de las lágrimas, y goza con abundante

y alegre descendencia, y disfruta de las riquezas. Y sin hacer caso de

estos beneficios por nuestra maldad, emprendemos la lucha, y al que

puede menos lo reducimos a la servidumbre de otro hombre, y hacemos a

una ciudad esclava de otra. Tú quieres servir a enemigos y a muertos,

sepultándolos y cuidando de ellos cuando su sinrazón los perdió. En tu

concepto, pues, no cayó justamente de las escalas derechas el cuerpo

de Capaneo,[138] abrasado por el rayo al arrimarlas a las puertas,

jurando que arrasaría la ciudad, ya le fuesen propicios los dioses, ya

adversos; ni el abismo se tragó justamente al augur,[139] sepultándolo

en sus simas con su carro de cuatro caballos, ni los demás capitanes

yacen justamente junto a las puertas, aplastados por los peñascos las

junturas de sus huesos. O te jactas de saber más que Zeus, o confiesas

que los dioses pierden a los malos. Conviene que los sabios amen

primero a sus hijos, y después a sus parientes y a la patria, a la cual

se debe favorecer, no dañar. Peligroso es un capitán temerario, y el

que gobierna la nave es sabio si permanece tranquilo cuando la ocasión

lo pide, y tanto más cuanto la prudencia es también la verdadera

fortaleza.

EL CORO

Bastaba que Zeus fuese el vengador de la injusticia; vosotros no

debíais ser insolentes.

ADRASTO

¡Oh, tú, malvado como ninguno!

TESEO

Calla, Adrasto; refrena tu lengua, no hables antes que yo; este heraldo

no viene a buscarte a ti, sino a mí; luego yo debo replicarle. Y

primero responderé a lo que primero dijiste. No reconozco a Creonte

como a mi señor, ni sé que su poder alcance a obligar a Atenas a

hacer lo que desea. ¡Bien andaría la república si él nos mandase! Yo

no soy, no, quien declara la guerra, puesto que no fui con ellos a

la tierra de Cadmo; pero sí creo justo sepultar los cadáveres de los

que en ella murieron, sin ofender por eso a la ciudad, ni trabar con

los hombres mortales combates solo por guardar una ley común a toda

la Grecia. ¿Cuál de estos propósitos no es justo? Si sufristeis males

de los argivos, muertos están; con gloria vuestra y con deshonra suya

castigasteis a vuestros enemigos y os vengasteis plenamente. Dejad,

pues, que la tierra cubra a los muertos; que vuelva a cada parte lo

que vivió, el espíritu al éter, el cuerpo a nuestra madre común; no

lo poseemos en propiedad sino mientras en él reside la vida, y la

tierra que lo alimentó debe después recuperarlo. ¿Crees acaso que Argos

recibirá daño si no dejas sepultarlos? De ninguna manera: toda la

Grecia se encargará de obligaros a ello, como siempre que se defrauda

a los muertos en lo que se les debe, y se les retiene insepultos; si

vuestra ley se aprueba, infundirá cobardía en los fuertes. ¿Has venido

aquí a hacerme atroces amenazas, y teméis a los muertos si los cubre

la tierra? ¿Qué receláis acaso, que los sepultados arruinen a Tebas?

¿Que enterrados engendren hijos de quienes os venga el castigo? Inútil

alarde has hecho de tu lengua, mostrando vano o infundado temor. No os

olvidéis, ¡oh necios!, de la suerte miserable de los hombres; una lucha

es nuestra vida: de los mortales, los unos son ahora afortunados, otros

lo serán después, otros lo han sido antes. Inconstante es la fortuna:

hónrala el desdichado para que se le muestre propicia, y el feliz la

ensalza cuanto puede, temeroso de que su aura le abandone. Conocido

esto, debemos resignarnos si no es grave su injuria, y sufrirla si

no perjudica al estado. ¿Cómo, pues, lo lograremos? Concedednos que

sepultemos a los muertos, que solo la piedad nos guía, o pronto os

arrepentiréis. Decidido estoy a ir allá y sepultarlos a la fuerza.

Jamás dirán los griegos que caen en desuso antiguas leyes de los

dioses, hoy vigentes para mí y para la ciudad de Pandión.

EL CORO

Confía en tu piedad; rinde culto al astro de la Justicia, y evitarás la

reprobación de muchos hombres.

EL HERALDO

¿Quieres que resuma en pocas palabras mi réplica?

TESEO

Hazlo, si gustas; nada tienes de taciturno.

EL HERALDO

Jamás sacarás de nuestros campos a los hijos de los argivos.

TESEO

Y a tu vez, óyeme ahora, si te place.

EL HERALDO

Te oiré; conviene que alternemos.

TESEO

Sepultaré los cadáveres, y antes me los llevaré de la tierra asopia.

EL HERALDO

Has de probar primero la suerte de las armas.

TESEO

Otros muchos trabajos he sufrido ya.

EL HERALDO

¿Te engendró acaso tu padre para resistir a todos?

TESEO

A los malos, sí; a los buenos no los castigamos.

EL HERALDO

Tú y tu ciudad acostumbráis a arriesgaros a menudo sin necesidad.

TESEO

Pero así y todo es también muy feliz.

EL HERALDO

Ven, pues, para que la lanza tebana te cautive junto a la ciudad.

TESEO

¿Y habrá algún guerrero esforzado, hijo del dragón?

EL HERALDO

Lo sabrás con tu daño; eres todavía demasiado fogoso.

TESEO

No podrán encolerizarme tus palabras soberbias. Pero aléjate de aquí,

mensajero de vanas frases; nada conseguimos hablando. Conviene que se

encaminen a la tierra cadmea todos los armígeros infantes, los que

manejan los carros y los sendos caballos enjaezados que destilan espuma

de su boca. Yo mismo me presentaré ante las siete puertas de Cadmo,

llevando en mi mano el afilado acero, y seré también heraldo. Mándote,

¡oh Adrasto!, que no salgas de aquí para que no me contagie tu mala

fortuna, que con la mía capitanearé esforzadas huestes que me llenarán

de gloria. Solo me falta que me ayuden todos los dioses defensores de

la justicia. Solo así ganaré la victoria, que el valor de nada sirve a

los hombres si algún dios no los favorece.

EL SEMICORO A

¡Oh madres desventuradas de infelices capitanes! ¿Cómo el pálido miedo

penetra en mis entrañas?

EL SEMICORO B

¿Qué nueva voz pronuncias?

EL SEMICORO A

¿En dónde se junta el pueblo de Palas?

EL SEMICORO B

¿Has dicho que lo decidirán las armas, o negociaciones pacíficas?

EL SEMICORO A

Mejor sería lo último; pero si las matanzas de Ares, si los combates,

si los golpes y heridas de quienes pelean se repiten otra vez, ¡oh

desventurada!, ¿qué dirán de mí, señalándome como causa de todo?

EL SEMICORO B

¡Y si alguna vuelta de la fortuna derriba al que se ha ilustrado con

gloriosas hazañas! Esta confianza me sostiene.

EL SEMICORO A

Tú dices que los dioses son justos.

EL SEMICORO B

¿Quiénes sino estos deciden de la suerte de los hombres?

EL SEMICORO A

De distinta manera afectan sus decretos a los mortales.

EL SEMICORO B

Mátate tu antiguo miedo: la venganza evoca a la venganza; la sangre,

a la sangre también; los dioses consuelan a los hombres en sus males,

puesto que en sus manos está el éxito de todo.

EL SEMICORO A

¿Cómo llegaremos a los campos de bellas torres, dejando las aguas de la

diosa de Calícoro?

EL SEMICORO B

¡Ojalá que algún dios me diese alas para llegar a la ciudad situada

entre dos ríos! Conocerías, sí, conocerías, sin duda, la fortuna que

aguarda a tus amigos.

EL SEMICORO A

Desconocida es todavía la suerte reservada al valeroso príncipe de esta

tierra.

EL SEMICORO B

Invoquemos otra vez a los dioses que invocamos, que en estos pongo mi

principal esperanza para librarme de mis temores.

EL SEMICORO A

¡Oh Zeus, esposo de nuestra antigua madre, de la tierna hija de Ínaco!

Protege a los atenienses. Favoréceme.

EL SEMICORO B

Dame, dame los que fueron tu gloria, los que destinaste a habitar en la

ciudad y padecen grave injuria para que yo los lleve a la pira.

EL MENSAJERO

Vengo, ¡oh mujeres!, a anunciaros alegres nuevas, habiéndome salvado

(hiciéronme prisionero en la batalla, junto al río Dirceo, en donde

pelearon los escuadrones de los siete capitanes muertos), y a contaros

la victoria ganada por Teseo. No te molestaré con largo discurso: yo

era esclavo de Capaneo, a quien Zeus abrasó con ardiente rayo.

EL CORO

¡Oh tú, el muy querido, grata me es tu vuelta y lo que refieres de

Teseo! Si está en salvo el ejército de los atenienses, me regocijará

cuanto digas.

EL MENSAJERO

En salvo, y todo se ha hecho como Adrasto debió hacerlo con los argivos

que llevó del Ínaco contra la ciudad de los cadmeos.

EL CORO

¿Cómo el hijo de Teseo y sus compañeros de armas erigieron los trofeos

a Zeus? Dilo, que ya que lo presenciaste, alegrarás, refiriéndolo, a

los que no lo vieron.

EL MENSAJERO

Brillante rayo del sol, presagio favorable, alumbraba a la tierra; yo

lo observaba todo junto a la puerta Electra desde una torre elevada

que dominaba a la llanura. Vi las tres filas de los tres cuerpos de

ejército, y la multitud de guerreros de pesadas armas que se extendía

por las alturas próximas al Ismeno, como se había dicho, y al mismo

rey, al ínclito hijo de Egeo, y a los habitantes de la antigua

Cecropia,[140] que lo acompañaban en el ala derecha; en la izquierda

los paralios[141] armados de lanza, junto a la misma fuente de Ares,

y el escuadrón de caballería a los flancos del ejército, distribuido

en partes iguales, y los carros más allá del sepulcro sagrado de

Anfión. El pueblo de Cadmo se extendía delante de las murallas, y

a su retaguardia yacían los cadáveres, causa de la batalla, y la

caballería tebana enfrente de la ateniense, y los carros enfrente de

los carros de cuatro corceles. Entonces el heraldo de Teseo habló

así: «Callad, pueblos; callad, tropas tebanas, y oíd: venimos a pedir

los cadáveres para sepultarlos, como manda una ley que se observa

en toda la Grecia, y sin ánimo de derramar sangre». Y Creonte nada

respondió, permaneciendo armado en silencio; pero los que guiaban los

carros de cuatro caballos comenzaron después la pelea, y en su primer

ímpetu rompieron las filas de los carros enemigos, mientras desde

estos peleaban los soldados esgrimiendo el acero, y dando lugar a que

retrocedieran los caballos para combatir otra vez con los armados

de lanzas. Viendo Forbas, capitán de la caballería ateniense, la

confusión que habían producido los carros, el ataque de la caballería

cadmea tomó parte en el combate con sus tropas, que alternativamente

vencían y eran vencidas. Yo, que lo he visto con estos ojos, y no

oído de otros (en el mismo lugar en donde peleaban los carros, y los

soldados que en ellos iban), y los infinitos horrores que se sucedían,

no sé por dónde empezar, si por el polvo tan espeso que llegaba al

cielo, o por los que eran arrastrados en todos sentidos, envueltos

en las riendas, mientras la sangre corría, ya cayendo los unos, ya

precipitados con violencia los otros de cabeza cuando los carros se

rompían, y expirando entre sus destrozados restos. Al observar Creonte

que la caballería ateniense venía, se adelantó embrazando el clípeo

antes que se desanimaran sus soldados. Ni Teseo anduvo tampoco ocioso,

saliéndole al encuentro con sus brillantes soldados; trabaron, pues,

la batalla, y los enemigos mataban mezclados con sus adversarios,

y morían a sus manos, y se animaban con grandes clamores. «Herid,

resistid a los hijos de Erecteo con vuestra fuerte lanza». El ejército

de los descendientes del dragón peleaba con valor, y cejaba nuestra

ala izquierda; pero al mismo tiempo vencía la derecha a la contraria,

y era igual la batalla. Teseo, mientras tanto, ganaba nuevos lauros,

y no solo estuvo en donde los suyos derrotaron a sus enemigos, sino

que acudió al socorro del ala que cedía. Dio un grito espantoso, que

repitieron los ecos: «¡Oh hijos!, si no resistís con vuestros pechos a

la enhiesta lanza de estos espartos,[142] perece la ciudad de Palas».

Y así inspiró nuevo aliento a los hijos de Cránao.[143] Y empuñó la

clava formidable de Epidauro,[144] y la esgrimió a una y otra parte;

separaba los cuellos de los troncos y aplastaba las cabezas cubiertas

de cascos, derrotándolos al fin. Yo grité también entonces, salté de

gozo y aplaudí mientras se dirigían hacia las puertas. En la ciudad se

oían clamores y alaridos de jóvenes y ancianos, y el terror llenaba

los templos. Teseo, que hubiera podido entrar en ella, contuvo a su

gente, asegurando que no venía a asaltarla, sino solo a pedir los

cadáveres. Así debe ser el capitán que vaya al frente de las tropas:

valiente en el peligro y poco amigo de dejarse llevar de la insolencia

del populacho, porque este, intentando subir las últimas gradas de la

escala, cuando la fortuna le favorece, suele perder la felicidad, de

que en otro caso disfrutaría.

EL CORO

Yo, ahora, que veo este día inesperado, creo en los dioses, y siento

menos mis desdichas al recordar el castigo que han sufrido.

ADRASTO

¡Oh Zeus! ¿Por qué se llaman sabios los míseros mortales? De tu

voluntad dependemos, y cumplirla es nuestro destino. Estrechos nos

encontrábamos en Argos, y éramos muchos jóvenes y de robusto brazo; y

cuando Etéocles quiso transigir, no aceptamos, y después perecimos.

Él, afortunado entonces, como el pobre que se ve rico de repente, se

llenó de orgullo para que no quedase impune el necio pueblo de Cadmo,

y perdió la batalla. ¡Oh vanos mortales, que, como el que tiende el

arco más de lo justo, sufrís con razón tristes males y no hacéis caso

de los que os aman, sino solo de la fortuna, y vosotras, ciudades,

que pudiendo evitar pacíficamente vuestra ruina resolvéis vuestras

cuestiones derramando ríos de sangre! Pero ¿a qué viene esto? Quiero

saber ahora cómo te has salvado; después preguntaré lo restante.

EL MENSAJERO

Cuando el tumulto que ocasionó la batalla alborotó a la ciudad, me

escapé por la puerta por donde entraba el ejército.

ADRASTO

¿Recuperasteis acaso los cadáveres causa del combate?

EL MENSAJERO

Sí; los de los capitanes de las siete ínclitas cohortes.

ADRASTO

¿Qué dices? ¿Y los demás muertos?

EL MENSAJERO

Han sido enterrados en los valles del Citerón.

ADRASTO

¿Del lado allá o del lado acá? ¿Quién los enterró?

EL MENSAJERO

Teseo, junto al umbroso peñasco de Eleuterís.[145]

ADRASTO

¿Y en dónde ha dejado los muertos no enterrados?

EL MENSAJERO

Cerca; que cerca está cuanto se hace con actividad.

ADRASTO

Sin duda indignos esclavos los han sacado de entre los muertos.

EL MENSAJERO

Ningún esclavo tomó parte en este trabajo.

ADRASTO

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...[146]

EL MENSAJERO

Así habrías hablado si hubieras sido testigo de los cuidados que Teseo

prodigó a los muertos.

ADRASTO

¿Él mismo lavó los cadáveres de esos desventurados llenos de sangre?

EL MENSAJERO

Y preparó los lechos mortuorios y cubrió sus cuerpos.

ADRASTO

Importante era este deber y no exento de humillación.

EL MENSAJERO

¿Qué humillación cabe en los males humanos comunes a todos?

ADRASTO

¡Ay de mí! ¡Cuánto mejor hubiese querido morir con ellos!

EL MENSAJERO

En vano lloras y haces derramar lágrimas a estas desventuradas.

ADRASTO

Ellas son, al contrario, las que me enseñan a hacerlo. Pero vamos,

levantaré mis manos, saliendo al encuentro de los muertos, y cantaré a

sus manes triste canción invocando a mis amigos, privado de los cuales

vegeto en triste soledad; daño irreparable para los mortales es perder

la vida, que recobrar lo demás es posible.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Nuevas alegres en parte, en parte tristes; los honores

de la victoria duplican la fama de la ciudad y de sus capitanes; amargo

será para mi ver a mis hijos muertos, y sin embargo, grato espectáculo

alcanzar este día venturoso, aunque sufra al mismo tiempo el mayor de

los dolores.

_Antístrofa 1.ª_ — ¡Ojalá que el viejo padre de los días[147] me

hubiese conservado perpetuamente libre de los conyugales lazos! ¿Qué

necesidad tenía yo de hijos? Si no me hubiese casado, nunca podría

esperar tan horrible calamidad; ahora soy víctima de manifiesta

desdicha sin mis hijos muy amados. Pero he aquí sus cuerpos sin vida.

¡Cuánta es mi desventura! ¡Ojalá que con ellos muera, bajando a la

común morada de Hades!

ADRASTO

_Estrofa 2.ª_ — Gemid, ¡oh madres!, por los muertos que han de ir

debajo de la tierra; responded a mis lamentos.

EL CORO

¡Oh hijos! ¡Oh amargo nombre de madre, yo te hablo, y muerto no me oyes!

ADRASTO

¡Ay, ay de mí!

EL CORO

¡Ay de mis males!

ADRASTO

¡Ah, ah!

EL CORO

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

ADRASTO

¡Ay de mí! ¡Cuánto hemos sufrido!

EL CORO

Las más espantosas calamidades.

ADRASTO

¡Oh ciudad argiva! ¿No te apiadas de mi destino?

EL CORO

¡Mírame también huérfana de mis hijos!

ADRASTO

Obras dramáticas de Eurípides (3 de 3) · 第 7 / 20 段