EL CORO

¡Destino del dios, calamidad obra de un dios!

PELEO

¡Oh tú, que dejas desierto tu palacio, abandonando a un anciano sin

hijos!

EL CORO

Tú, viejo Peleo, debías morir, sí; debías morir antes que tus hijos.

PELEO

¿No arrancaré mis cabellos, no golpearé mi cabeza con mis manos al

llorarlo? ¡Oh ciudad!, Febo me arrebató dos hijos.

EL CORO

¡Oh infeliz anciano, que contemplas y sufres estos males, qué triste

será tu existencia!

PELEO

Sin hijos, solitario, sin ver el fin de mis desdichas, pasaré trabajos

hasta la muerte.

EL CORO

De nada te sirvió que los dioses te hicieran feliz en tus nupcias.

PELEO

Todo se desvaneció en los aires, humo fue tan vana pompa.

EL CORO

Solitario discurrirás en tu desierto palacio.

PELEO

Ni ciudad quiero tampoco, ni ciudad; que este cetro vegete en la

tierra; y tú, hija de Nereo, que vives retirada en las cavernas, me

verás postrado sin vida ni movimiento.

EL CORO

¡Hola, hola!, ¿qué sucede?; ¿tiembla el suelo?; ¿qué numen se presenta?

Ved, mirad, doncellas; algún dios, atravesando el blanco éter, penetra

en los campos de la Ftía, fecunda en caballos.

TETIS

Dejando el palacio de Nereo vengo yo, Tetis, acordándome de los

nupciales lazos que antes nos unieron, ¡oh Peleo! Ruégote primero que

no te dejes abatir por tus males, puesto que yo misma, que nunca debí

llorar a mis hijos, perdí a Aquiles, de pies ligeros, príncipe de la

Grecia e hijo tuyo. Pero te diré el motivo que aquí me trae, para

que le conozcas. Sepulta al difunto hijo de Aquiles junto al ara de

Apolo Pítico: eterno oprobio será de Delfos y monumento que recuerde

el sangriento atentado de Orestes. La cautiva Andrómaca debe, ¡oh

anciano!, habitar en la Molosia, unida a Héleno en legítimas nupcias,

y con ella ese niño, el único que queda de la estirpe de Éaco;[117] de

él descenderán los felices reyes de la Molosia, porque no ha de perecer

tu linaje y el mío y el de Troya, que de ella cuidan también los

dioses, aunque la perdiera el odio de Palas. Y para que sepas lo que

vale tu himeneo conmigo, que nací diosa e hija de un dios, te libertaré

de los humanos y te haré inmortal e incorruptible. Y en adelante, ya

dios, vivirás conmigo, también diosa, en el palacio de Nereo; y desde

él, saliendo del mar con los pies secos, verás a Aquiles, hijo tuyo

y mío muy amado, que mora en los palacios de la isla de Leuca, en el

estrecho Euxino. Ve, pues, a la divina ciudad de Delfos, y acompaña a

este muerto; y cuando lo cubra la tierra, vuelve a la lejana caverna de

la antigua roca de Sepia,[118] y detente allí y espérame, que yo iré

a buscarte desde el mar acompañada de un coro de cincuenta nereidas.

Así lo ha dispuesto el destino, así agrada a Zeus. No llores más a los

muertos; todos los hombres están sujetos a este decreto inevitable de

los dioses.

PELEO

¡Oh esposa noble y veneranda, hija de Nereo, salve!; digna de ti y de

tus hijos es tu conducta. Calmaré mi dolor, que tú, diosa, lo mandas,

y sepultado este, iré a las cavernas del Pelión, en donde mis manos

palparán tu hermosísimo cuerpo. ¿No conviene, pues, elegir noble

esposa, de honrada familia, y no es esto lo más sensato, y no anhelar

funestos himeneos, aun cuando la desposada aporte riquísima dote? Jamás

los que así obran temerán el castigo del cielo.

EL CORO

Vario es el destino de los hombres; inesperadas son muchas veces las

órdenes de los dioses, y las que se aguardan no llegan, y en ocasiones

desenlazan lo que parecía inextricable. Así ha acontecido ahora.

LAS SUPLICANTES

ARGUMENTO

Adrasto, rey de Argos, rechazado por Creonte, tirano de Tebas, en su

demanda de sepultar los cadáveres de los cinco jefes que la atacaron,

porque Polinices, hijo de Edipo, había sido inhumado por su hermana

Antígona, y a Anfiarao se lo tragó la tierra, acude para lograr su

objeto a Teseo, rey de Atenas, que al principio se niega a complacerlo

y hasta lo trata con escasa cortesía y miramiento. Pero las madres

ancianas de los insepultos son más afortunadas con Etra, madre de

Teseo, a la sazón en Eleusis para celebrar la fiesta de Deméter.

Imploran su piedad como suplicantes, consiguen que acceda a sus ruegos,

recaba de su hijo lo que no pudo conseguir Adrasto, y los difuntos

son al fin recuperados por la fuerza de las armas y traídos a Atenas.

Evadne, esposa de Capaneo, se precipita en la pira de su marido, y

Atenea aconseja a Teseo que conserve a su disposición para lo sucesivo

testimonio fehaciente del favor dispensado entonces a Argos.

Para nosotros no ofrece esta tragedia grande interés en ningún

concepto, aunque debió inspirarlo extraordinario a los atenienses,

para quienes lo escribió el poeta. Celebrar las glorias de una ciudad,

y más siendo tan pura y tan generosa como esta, siempre agrada a sus

habitantes, averiguado como está ya hasta la saciedad que el amor

propio del linaje humano es también la flaqueza mayor, la más constante

y la más asequible a los encantos de la adulación. Atenas se constituía

además en defensora de la religión helénica, que hasta entre enemigos

exigía el respeto a los muertos contrarios, creencia que servía de base

a esa costumbre tradicional observada en la guerra, y característica

en general en los atenienses, el pueblo más compasivo y tolerante en

tales materias. Recuérdese su conducta con sus rivales los lacedemonios

cuando la guerra de Mesenia, rasgo de magnanimidad inmarcesible,

rarísimo en la Historia. Socorrieron a sus mortales enemigos y los

salvaron de su ruina contra sus propios intereses. Y si, como parece

probable, se escribió y se representó esta tragedia durante la guerra

del Peloponeso, cuando los argivos se aliaron con los lacedemonios e

invadieron el territorio ático, su oportunidad y su interés hubieron de

aumentar sobremanera. Ateniense era el héroe, Teseo, y atenienses los

soldados que combatieron a sus órdenes.

El asunto no podía, pues, ser más trágico; sus personajes pertenecían

al ciclo mitológico heroico, explotado para este linaje de

composiciones, y la traza y disposición de la obra, en su conjunto y

en sus detalles, sin prólogo en esta, con la intervención de Palas al

fin y el suicidio de Evadne cuando menos se esperaba, la distinguen

como obra de Eurípides, sin dar lugar a dudas de ningún género. Lo cual

no obsta, sin embargo, para hacernos sonreír, por lo menos el diálogo

y la disputa del heraldo tebano y de Teseo, que toca en lo cómico, o

sus respectivas disertaciones acerca de las ventajas e inconvenientes

de la monarquía y de la república, propias de escuela o de academia,

o las alabanzas de Adrasto a los muertos, más aplicables a pacíficos

ciudadanos de Atenas del tiempo de Eurípides que a los feroces

guerreros que sucumbieron peleando ante las murallas de Tebas, ni

cuadra tampoco con nuestro gusto y nuestras ideas modernas la aparición

de Evadne en lo alto del peñasco, al terminarse la tragedia, aunque

también es posible que en el auditorio hiciera por lo mismo singular y

grato efecto.

Ateniéndonos a la indicación del autor griego que la encabeza, su

representación se hizo bajo el arconte Antifón el año III de la

olimpiada 90, o el 418 antes de nuestra era.

PERSONAJES

ETRA, _madre de Teseo y esposa de Egeo._

CORO DE ANCIANAS, _madres de los siete héroes

sitiadores de Tebas._

TESEO, _hijo de Egeo._

ADRASTO, _rey de Argos._

UN PREGONERO O HERALDO.

UN MENSAJERO.

EVADNE, _esposa de Capaneo e hija de Ifis._

IFIS, _padre de Evadne._

NIÑOS, _hijos de los siete jefes._

ATENEA.

La acción pasa en Eleusis, aldea inmediata a Atenas.

Se ve en el teatro el templo de Deméter y de Perséfone, y delante de

él a Adrasto, cubierta la cabeza y acompañado de siete niños, hijos

de los siete jefes que sitiaron a Tebas. Cerca del ara yace Etra

rodeada de las siete madres de los jefes, de rodillas y llevando los

distintivos de las suplicantes. Detrás de ellas hay siete esclavas.

ETRA[119]

¡Oh Deméter!,[120] divina protectora de esta tierra de Eleusis, y

sacerdotes que habitáis en los templos de la diosa; que yo, Etra, sea

feliz y mi hijo Teseo, y la ciudad de Atenas y la tierra de Piteo,[121]

en donde me educó mi padre en opulento palacio y me dio por esposo a

Egeo, el hijo de Pandión,[122] obedeciendo los oráculos de Apolo. Tal

es mi súplica, compadecida de estas ancianas, que han abandonado sus

hogares de Argos, víctimas de grave calamidad, y ciñen sus rodillas con

el ramo de oliva de las suplicantes. Huérfanas han quedado de siete

nobles hijos, muertos junto a las puertas de Cadmo, cuando fueron a

las órdenes de Adrasto,[123] rey de los argivos, a restituir a su

yerno Polinices su parte de la herencia de Edipo. Las madres de estos

héroes, que perecieron en la guerra, quieren sepultar sus cadáveres,

y los poderosos lo prohíben y no acceden a sus ruegos, menospreciando

las leyes divinas. Adrasto, su compañero de infortunio, implora también

mi protección, llenos sus ojos de lágrimas, y yace aquí lamentándose

de esa guerra y expedición muy desdichada que lo sacó de su palacio;

exhórtame a que suplique a mi hijo para que recupere los cadáveres, y

ya por la persuasión, ya por la fuerza de su lanza, que autorice su

sepultura; tal es la única gracia que pide a mi hijo y a la ciudad de

Atenas. Sacrifico ahora por mi patria, antes de ararse la tierra, y con

ese objeto he venido desde mi palacio a este templo, en donde apareció

primero lozana la fructífera espiga. Ceñida, pues, con este lazo de

sagradas hojas que no ciñe,[124] hállome junto a los santos hogares de

las dos diosas Perséfone y Deméter, compadecida, en verdad, de estas

madres de blancos cabellos, huérfanas de sus hijos por respeto a los

venerables ramos, cubiertos de lana.[125] Un heraldo ha ido de mi parte

a la ciudad para llamar a Teseo y librar a esta región de su incómoda

presencia, o dejarme en libertad después de probar a los dioses de

algún modo mis piadosas intenciones. Conviene que en tales casos las

mujeres prudentes se valgan siempre de los hombres.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Ruégote, anciana, con mis viejos labios, y cayendo a

tus pies, que rescates a mis hijos de entre los muertos, que si no

servirán de pasto sus cuerpos a las fieras de los montes, sin fuerza

sus miembros por obra de la muerte.

_Antístrofa 1.ª_ — Mira mis párpados llenos de lágrimas de mis ojos,

que mueven a lástima, y el estrago que en mi rostro y en mis blancos

cabellos han hecho mis arrugadas manos; ¿cómo, pues, demostraré mi

pena, cuando ni he expuesto en mi casa a mis hijos difuntos, ni veo los

túmulos de tierra de sus sepulcros?

_Estrofa 2.ª_ — Tú también, ¡oh mujer venerable!, diste a luz un hijo

hace tiempo, y llenaste a tu esposo de alegría; ponte, ponte, pues, en

mi lugar, y considera cuánto es mi dolor y mi desventura por la pérdida

de los hijos a quienes di la vida; persuade al tuyo, a quien suplicamos

que vaya al Ismeno y que ponga en mis manos desdichadas los cuerpos

insepultos de los jóvenes que han perecido.

_Antístrofa 2.ª_ — No como mandan los ritos, sino impelida por la

necesidad, me he prosternado en tu presencia, viniendo a suplicarte

ante las aras de los dioses que reciben el fuego; justo es nuestro

ruego, y tú, en cierto modo, ya que eres afortunada, puedes inclinar

a tu hijo a que remedie mi desventura. Sufriendo males lamentables,

yo, infeliz suplicante, te pido que pongas a mi hijo en mis manos para

abrazar sus tristes restos.

_Estrofa 3.ª_ — Nueva lucha, nuevo llanto sucede al mío; ya resuenan

las manos de mis esclavas. Id, oh vosotras las que respondéis a mis

lamentos; id, compañeras de dolor a componer el coro que Hades ama;

llenad de sangre vuestras mejillas; desgarrad vuestro cuerpo con

vuestras blancas uñas: los honores que se tributan a los muertos

glorifican a los vivos.

_Antístrofa 3.ª_ — Siento en llorar placer insaciable y molesto;

como gota que cae de elevado y húmedo peñasco es mi perenne llanto;

a raudales brotan las lágrimas de los ojos de las mujeres cuando la

muerte se apodera de sus hijos. ¡Ay, ay de mí! ¡Ojalá que muerta no

sintiese tales dolores!

TESEO

¿Qué sollozos he oído y qué golpes de pechos y lamentaciones fúnebres,

que parecen salir de estos templos? El miedo me deja en suspenso,

temiendo que a mi madre, a quien busco, ausente del palacio hace

tiempo, haya sucedido alguna desgracia. ¿Qué es esto?; todo me anuncia

extraños sucesos. Veo a mi anciana madre sentada junto al ara, y

acompáñanla mujeres extranjeras que dan inequívocas señales de dolor:

de sus ojos venerables derraman lágrimas que mueven a lástima, sus

cabezas están rasuradas y su traje no es el de las sagradas fiestas.

¿Quiénes son estas mujeres, madre?; a ti te toca decirlo; a mí, oírlo;

de seguro será alguna novedad.

ETRA

Hijo, estas mujeres son las madres de los siete capitanes que murieron

junto a las puertas cadmeas; con los ramos de las suplicantes me cercan

y me custodian como ves, ¡oh hijo!

TESEO

¿Y quién es ese que gime tan miserablemente a las puertas del templo?

ETRA

Adrasto, según dicen, rey de los argivos.

TESEO

Y los niños que le rodean, ¿son acaso sus hijos?

ETRA

No, que son hijos de los muertos.

TESEO

¿Por qué nos imploran con sus manos suplicantes?

ETRA

Lo sé; pero a ellos toca decírtelo, ¡oh hijo!

TESEO

A ti me dirijo, que estás envuelto en tu manto: habla, descubre tu

cabeza y deja de llorar; nada podrás conseguir si no te explicas antes.

ADRASTO

¡Oh Teseo!, rey del Ática, ilustre por tus victorias, suplicante vengo

en tu busca y en la de tu ciudad.

TESEO

¿En demanda de qué? ¿Cuál es tu cuita?

ADRASTO

Conoces mi funesta expedición.

TESEO

Sin duda no atravesaste invisible la Grecia.

ADRASTO

Allí perdí a los próceres argivos.

TESEO

Tales son los efectos de una guerra desdichada.

ADRASTO

Fui a pedir esos muertos a la ciudad.

TESEO

¿Confiabas en los heraldos de Hermes para sepultarlos?

ADRASTO

Pero sus matadores no me lo conceden.

TESEO

¿Y qué dicen, siendo justa tu petición?

ADRASTO

¿Qué ha de ser? Como les favoreció la fortuna, no saben contenerse.

TESEO

¿Has venido acaso a consultarme, o con qué objeto?

ADRASTO

Solo ansío, ¡oh Teseo!, que rescates a los hijos de los argivos.

TESEO

¿Qué hizo vuestra Argos? ¿Fue vana su jactancia?

ADRASTO

Frustrado nuestro empeño, recurrimos a ti.

TESEO

¿Tú en particular, o en representación de los ciudadanos?

ADRASTO

Todas las danaides[126] te ruegan suplicantes que entierres a los

muertos.

TESEO

¿Por qué llevaste a Tebas siete carros?

ADRASTO

Cumpliendo este deber en beneficio de mis dos yernos.

TESEO

¿Con qué ciudadanos de Argos casaste a tus hijas?

ADRASTO

Mi familia no ha contraído alianza con ninguno de ellos.

TESEO

¿Pero diste a extranjeros esas doncellas argivas?

ADRASTO

A Tideo y a Polinices, oriundo de Tebas.

TESEO

¿Qué motivo te indujo a emparentar con ellos?

ADRASTO

Los oscuros enigmas de Febo.[127]

TESEO

Pero ¿qué dijo Apolo aludiendo al casamiento de tus hijas?

ADRASTO

Que las casase con el jabalí y el león.

TESEO

¿Y cómo entendiste los oráculos del dios?

ADRASTO

Al venir de noche a mi palacio desterrados...

TESEO

¿Quién y quién?, di: hablaste de dos a un tiempo.

ADRASTO

Tideo y Polinices, que se pelearon entre sí.

TESEO

¿Y les diste tus hijas, como si fuesen fieras?

ADRASTO

Semejante fue su combate al de dos fieras.

TESEO

¿Cómo vinieron, dejando su patria?

ADRASTO

Tideo vino de la suya por haber dado muerte a uno de sus parientes.[128]

TESEO

¿Y cómo vino el hijo de Edipo, abandonando a Tebas?

ADRASTO

A causa de las maldiciones de su padre, para no matar a su hermano.

TESEO

Prudente fue, en verdad, el destierro voluntario de que hablas.

ADRASTO

Pero los que permanecieron en su patria obraron injustamente en su

ausencia.

TESEO

¿Acaso su hermano le usurpó su patrimonio?

ADRASTO

Salí para castigarlo, y así me arruiné.

TESEO

¿Consultaste a los adivinos y examinaste las llamas de las víctimas?

ADRASTO

¡Ay de mí, adivinaste mi mayor pecado!

TESEO

Según parece, no fuiste a la guerra contando con la protección de los

dioses.

ADRASTO

Lo que es peor, fui a ella contra la voluntad de Anfiarao.[129]

TESEO

¿Y cómo hiciste tan poco aprecio de la protección de los dioses?

ADRASTO

Aturdiome el tumulto que promovieron los jóvenes.

TESEO

Hiciste lo que te aconsejaba la audacia, no la prudencia, causa de la

perdición de muchos generales.

ADRASTO

Pero, ¡oh tú, rey de Atenas, el más fuerte de los griegos: aunque

me sonroje, caeré en tierra abrazando con mis manos tus rodillas! Y

aunque me acuerde de mis blancos cabellos y de que fui rey feliz en

otro tiempo, véome obligado a ceder a la desgracia: ruégote, pues, que

me entregues esos muertos; compadécete de mis males y de estas madres

de hijos ya difuntos, también ancianas, huérfanas de canos cabellos.

Tuvieron valor para venir aquí y andar a pie el camino, moviendo a

lástima sus trémulos pasos; triste embajada, no para tomar parte en

las ceremonias de Deméter, sino para sepultar muertos, cuando debieran

haberlo sido por las manos de ellos, y mucho menos celebrar en su honra

prematuros funerales. Prudente es que el rico se acuerde de los pobres

y el pobre de los ricos, para que el amor al lucro lo estimule en vez

de abandonarse, y que los afortunados se apiaden de las miserias, y que

el poeta[130] escriba alegre; a no ser así, a los demás no deleitará,

y sí su alma afligida; lo contrario no sería natural. Acaso dirás:

«¿Por qué no acudes al país de Pélope y echas esta carga sobre los

atenienses?». Yo puedo explicártelo mejor que nadie: Esparta es cruel y

cauta; las demás ciudades pequeñas y débiles. Así, solo tu Atenas puede

ampararme, que suele compadecerse de las desdichas ajenas, y tú la

gobiernas, joven y vigoroso. Por falta de tales gobernantes perecieron

muchos estados.

EL CORO

Y yo, Teseo, uno a los suyos mis ruegos, y te suplico que te

compadezcas de mis calamidades.

TESEO

Ya traté de esto con otros, que me hablaron como tú lo haces ahora.

Alguno ha dicho que los males humanos son más numerosos que los bienes.

Yo, sin embargo, creo lo contrario, y que los bienes aventajan en

número a los males, porque, a no ser así, no existiríamos. Alabo, pues,

al dios, sea el que fuere, que nos hizo de distinta condición que la

confusa y grosera de los brutos, dándonos primero la razón; después,

la palabra para expresar nuestras ideas y comunicárnoslas mutuamente,

y los granos por alimento, y el húmedo rocío, que baja del cielo para

regar los frutos, de suerte que lo que nace de la tierra vuelve a ella

y la fertiliza; y además, abrigo contra el invierno y sombra para

evitar el ardor del sol, y medios de navegar para que el comercio nos

suministre todo aquello con que cuenta cada país. Lo desconocido y lo

que no comprendemos con claridad, examinando las llamas y las entrañas

de las víctimas, lo descubren los adivinos o lo conjeturan de los

augurios. ¿No somos, pues, ingratos, cuando los dioses nos han dado

tales medios de vivir y no nos bastan? Pero nuestra ambición aspira a

superarlos en poder, y llevados de nuestra soberbia, pretendemos ser

más sabios que ellos. Tu ligereza me inclina a pensar que eres de

este número, puesto que diste tus hijas a extranjeros, como si fuesen

dioses, obligado por el oráculo de Febo, y empañaste el lustre de tu

distinguida familia enlazándola con otras de mala fama. El hombre

prudente no debe mezclar a los inocentes con los culpables, sino ganar

amigos opulentos. Los dioses confunden a todos a veces, y con sus

calamidades suelen perder a un tiempo al culpable con el que no lo es

tanto y con el que no pecó en nada. Llevaste a tu empresa a todos los

argivos, aunque los adivinos te decían a gritos los oráculos, y tú los

despreciaste, sin hacer caso de los dioses, y te dejaste arrastrar de

tu violencia, y perdiste a tu ciudad, seducido por jóvenes, los cuales,

como solo ansían honores, apetecen la guerra, y sin razón la fomentan,

y pervierten a sus conciudadanos, uno, para ser general; otro, para

satisfacer su ambición y mandar, y algunos, para adquirir riquezas, sin

acordarse del daño que puede recibir el pueblo. Tres son los partidos

de las ciudades: el primero, de los ricos inútiles, que siempre quieren

más; el segundo, de los pobres, que carecen del sustento, vehementes

en sus deseos, muy dados a la envidia, siempre prontos a herir a los

ricos con sus malignos aguijones y engañados por sus malvados jefes; y

el tercero, el de aquellos que están a igual distancia de ambos, que

conserva los estados y defiende las leyes que la ciudad ha establecido.

En vista de tales razones, ¿te debo yo auxiliar? ¿Cómo podré

defenderme? Vete, pues, y sufre las consecuencias de tu mal consejo, no

sea que tu mala fortuna nos contagie.

EL CORO

Erró Adrasto, pero merece el perdón; arrastráronlo sus fogosos yernos.

ADRASTO

Nunca te elegí para juez de mis males, sino que recurrimos a ti, ¡oh

rey!, para que los remediaras; ni aun admitiendo que yo no obrara

bien, tú no me has de reprender y castigar, sino solo socorrerme. Si

no quieres hacerlo, no me queda otro recurso que obedecerte; ¿qué he

de hacer, pues? Vamos, ancianas, marchaos dejando aquí la verde hoja

de los ramos, ceñida de lana, y poned por testigos a los dioses, a la

Tierra, a Deméter, diosa flamígera,[131] y a la luz del Sol de que han

sido inútiles las súplicas que les hicimos.

EL CORO[132]

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

el cual era hijo de Pélope, y nosotros, que somos de la tierra pelopea,

tenemos la misma sangre en nuestras venas. ¿Qué haces? ¿Renegarás de tu

origen y expulsarás de este territorio a ancianos, desoyendo sus justos

ruegos? De ninguna manera: la fiera busca un refugio en los peñascos;

el esclavo, en las aras de los dioses; y la ciudad, bamboleada por las

tempestades, recurre suplicante a otra ciudad; en las cosas humanas

nada hay perpetuamente feliz.

Vete, ¡oh desventurada!, del suelo sagrado de Perséfone; vete, y

suplica por las rodillas que abraces con tus manos que traiga los

cadáveres de mis hijos muertos, ¡oh desdichada de mí!, a quienes perdí

en la flor de sus años bajo las murallas cadmeas.

¡Ay de mí! Coged mis trémulas manos, levantadme, llevadme, enderezad a

esta desventurada. Suplícote por tu barba, ¡oh tú, muy querido!, ¡oh

tú, el más ilustre de los griegos!, prosternándome a tus rodillas y

delante de tu mano, ¡ay de mí, mísera!, que por mis hijos te apiades

de mis súplicas, ya que como fugitiva doy flébil, flébil lamento, y te

ruego con todas mis veras, ¡oh hijo!, que no dejes insepultos en la

tierra de Cadmo, para servir a las fieras de juguete, a los que son de

tu misma edad.

Mira las lágrimas que cubren mis párpados y cómo caigo a tus rodillas,

para que sepultes a mis hijos.

TESEO

Madre, ¿por qué lloras, cubriendo tus ojos con el sutil manto? ¿Acaso

te compadeces de las lamentables querellas de estas mujeres? A mí

también me han conmovido. Levanta tu blanca cabeza, no derrames

lágrimas, sentada ante los sagrados hogares de Deméter.

ETRA

¡Ay, ay de mí!

TESEO

Tú no debes gemir por estos males.

ETRA

¡Oh mujeres desdichadas!

TESEO

Tú no eres una de ellas.

ETRA

¿Diré algo, ¡oh hijo!, que pueda redundar en tu honor y en el de la

ciudad?

TESEO

Habla, que las mujeres suelen dar muchas veces sabios consejos.

ETRA

Pero las palabras que callo me hacen vacilar.

TESEO

Vergonzoso es que calles lo que conviene a tus amigos.

ETRA

Obras dramáticas de Eurípides (3 de 3) · 第 6 / 20 段