la Grecia? Tú, Peleo, hijo de ilustre padre y unido conmigo por los
lazos de la afinidad, ¿no debieras avergonzarte de hablar así y de
afrentarme por una mujer bárbara, a quien te convendría desterrar
mas allá del Nilo y del Fasis, y excitarme tú mismo a hacerlo, solo
recordando que es oriunda del continente de Asia, en donde yacen muchos
cadáveres de griegos muertos por las lanzas, y manchada con sangre de
tu hijo? Paris, que mató a Aquiles, era hermano de Héctor, y esta,
esposa también de Héctor. Y, sin embargo, a ti y a ella os cobija el
mismo techo y te dignas sentarte con ella a la mesa, y consientes que
dé a luz hijos odiosos a tu linaje; por estas razones, ¡oh anciano!, y
atendiendo a tu interés y al mío, quiero matarla, y tú me la arrancas
de las manos. Pero veamos, pues, si, como creo, no es vergonzoso que
hablemos ahora: si mi hija no tiene descendientes y esta sí, ¿los
harás señores del territorio ftiótico, y, siendo bárbaros, mandarán
a los griegos? ¿No soy, pues, prudente evitando tales iniquidades?
¿Tienes tú razón? Reflexiona también en esto: si casaras a tu hija con
alguno, ¿sufrirías tales injurias en silencio? No lo creo. ¿Por una
mujer extranjera insultas así a tus amigos y parientes? Igual derecho
tiene el marido y la mujer, ya ultraje a esta, ya lo sea él por la
deshonestidad de su cónyuge. El hombre tiene en sus manos medios de
lograrlo; pero la mujer solo puede conseguirlo valiéndose de sus padres
y amigos. ¿No es justo, por tanto, que yo socorra a mis parientes?
Anciano, anciano eres, y cuando hablas de mi campaña más me favoreces
que callando. Helena no sufrió voluntariamente tantas penas sino por
decreto de los dioses, y esa guerra fue muy útil a Grecia, porque, poco
perita antes en las armas y combates, salió aguerrida de esta empresa:
en todo es la experiencia maestra de los mortales. Y si yo, al ver a mi
esposa, me contuve y no la maté, fue por prudencia. ¡Ojalá que tú no
hubieras matado a Foco![102] Tal es mi benévola réplica, no inspirada
por la ira; pero si te encolerizas, tú perderás por tu locuacidad lo
que ganaré por mi previsión.
EL CORO
Lo mejor será que os dejéis de vanas palabras y no incurráis ambos a un
tiempo en la misma falta.
PELEO
¡Ay de mí! ¡Qué depravadas costumbres reinan en Grecia! Cuando el
ejército erige trofeos de sus victorias, no se atribuyen a los soldados
que pelearon, sino a su general, que se lleva toda la gloria, cuando
él maneja la lanza como otros muchos, y sin aventajarles en nada logra
mayor fama.[103] Y en la ciudad se sientan después orgullosos con
los magistrados, y miran a la plebe con desdén, cuando nada valen,
y en cambio los plebeyos suelen ser mucho más sabios si a un tiempo
están dotados de voluntad y osadía. Así tú y tu hermano os habéis
enorgullecido con la toma de Troya y por haber mandado a los griegos,
y os llenan de arrogancia las fatigas y trabajos de los demás. Yo te
probaré, después de esto, que no debes mirar al ideo Paris como a un
enemigo superior a Peleo, si tú y tu hija estéril no os alejáis cuanto
antes enhoramala de este palacio, puesto que mi nieto, agarrándola por
los cabellos, la arrastrará por el suelo, porque es estéril y tiene
envidia a la que no lo es. ¿Acaso porque ella sea infeliz sin hijos no
los hemos de tener nosotros? Dejad a Andrómaca, esclavos; veremos si
alguno me impide desatar sus manos. Levántate, que yo, aunque anciano
trémulo, aflojaré los apretados nudos de estas ligaduras. ¡Así, oh tú,
el peor de los hombres, has lastimado estas manos! ¿Creías atar algún
toro o algún león? ¿Temiste que desenvainando su espada te obligase a
huir? Ven, niño, a mis brazos; desata conmigo a tu madre; yo te educaré
en la Ftía, y serás grande enemigo de estos. Sabed que los espartanos,
sin su bélica gloria y su valor en las batallas, en ninguna otra cosa
serían superiores a los demás.
EL CORO
Desenfrenados son los ancianos, y la cólera los arrastra más allá de
los justos límites.
MENELAO
Te dejas llevar demasiado de la propensión a la injuria. Yo, que a la
fuerza he venido a la Ftía, ni haré nada indigno de mí, ni lo sufriré
tampoco. Y ahora, que no tengo tiempo para vagar, vuelvo a mi palacio,
porque hay una ciudad no lejos de Esparta, que antes era amiga y
ahora no; quiero castigarla al frente de mis tropas y reducirla a mi
dominio.[104] Y cuando lo arregle todo a mi placer, volveré. Presente
yo entonces, y también mi yerno, hablaré sin ambages, y oiré sus
razones. Y si Neoptólemo castiga a Andrómaca, y después es prudente,
yo lo seré también; si se enfurece, me enfureceré, y mis acciones
corresponderán en todo a las suyas. No me ofenden tus palabras, porque
eres a modo de sombra que habla, y no sirves más que para esto.
PELEO
Ve delante de mí, ¡oh hijo!, protegido por mi brazo, y tú también, ¡oh
desventurada!, que después de tan recia tempestad, habéis encontrado
seguro puerto.
ANDRÓMACA
Que los dioses, ¡oh anciano!, sean propicios a ti y a los tuyos,
ya que nos has salvado a mí y a mi hijo. Pero ten cuidado, no sea
que estos, ocultos en el camino solitario, me arrebaten a la fuerza
viéndote viejo, y a mí débil y a mi hijo niño; no lo olvides, y evita
el peligro presente, sin exponernos a ser cautivados después.
PELEO
No hables el tímido lenguaje de las mujeres. Anda. ¿Quién osará
tocaros? Llorará, sin duda, el que lo haga; por la gracia de los dioses
mandamos en Ftía, y disponemos de escuadrones de caballería y de muchos
infantes. Todavía conservamos todas nuestras fuerzas, y no nos ha
gastado la vejez, como tú piensas; me bastaría mirar a ese hombre para
vencerlo, aunque sea viejo. Si el anciano es animoso, vale más que
muchos jóvenes; ¿qué aprovecha al cobarde su robusto cuerpo?
EL CORO
_Estrofa._ — O que yo no nazca, o que mis padres sean buenos y me sea
dado disfrutar de la opulencia de ciertas familias. No falta a los
nobles consuelo en sus desdichas, y a las claras prosapias pertenece la
gloria y el honor, que da la fama; nunca borra el tiempo la memoria de
los grandes varones, y la virtud de los muertos brilla también perenne.
_Antístrofa._ — Más vale no ganar deshonrosa victoria que hollar a la
justicia por la envidia y por la fuerza; al pronto agrada esto a los
hombres, pero con el tiempo se hace molesto y redunda en desdoro de su
linaje. Quiero que me alaben, que este sea el bálsamo de mi vida, y que
no haya potestad alguna ilegítima ni en la familia ni en el gobierno.
_Epodo._ — ¡Oh anciano, hijo de Éaco!; creo que con los lapitas
peleaste contra los centauros con lanza celebérrima, y que en la nave
Argos atravesaste el inhospitalario mar de las Simplégades, ilustre
empresa; y cuando en otro tiempo el hijo preclaro de Zeus[105] destruyó
a la ciudad de Ilión, participaste de su gloria y volviste luego a
Europa.
LA NODRIZA
¡Oh mujeres muy amadas!, como el mal nunca viene solo, otro nos amenaza
en este día: Hermíone, la que manda en el palacio, abandonada de su
padre y arrepentida de su atentado, cuando quiso matar a Andrómaca y
a su hijo, desea morir, temiendo que su marido la castigue alejándola
ignominiosamente de su lado, o dándola muerte en represalias de la que
quiso dar a quien no debía. Trabajo cuesta a los servidores que la
celan impedir que se ahorque, como quiere, y arrebatarle de las manos
el acero; y entonces se lamenta amargamente y confiesa su falta. Yo,
amigas, hago cuanto puedo para disuadirla de su propósito suicida;
entrad vosotras en el palacio y evitad su muerte, porque los amigos
recientes persuaden con más facilidad que los antiguos, aunque sean
íntimos.
EL CORO
Oímos, en efecto, los gritos de los servidores, originados, sin duda,
de la causa que anunciaste. Parece que la infortunada desea hacer
público su sentimiento por las atrocidades que antes cometiera. Ahora
sale del palacio, escapándose de las manos de los criados, arrastrada
de suicida anhelo.
HERMÍONE
¡Ay de mí, ay de mí! Yo arrancaré mis cabellos y me desgarraré el pecho
con mis uñas enemigas.
LA NODRIZA
¿Que haces, hija? ¿Afearás así tu belleza?
HERMÍONE
¡Ay, ay, ay, ay de mí! Vuela por los aires, lejos de mis cabellos, ¡oh
velo sutil!
LA NODRIZA
Cubre tu pecho, hija; cúbrelo con tu manto.
HERMÍONE
¿Por qué he de cubrir mi pecho con el manto? Manifiesto y público, no
oculto, ha sido mi atentado contra mi esposo.
LA NODRIZA
¿Deploras tu tentativa de sacrificar a la compañera de tu tálamo?
HERMÍONE
Gimo, sin duda, por mi osadía al cometer ese atentado, haciéndome
execrable, sí, execrable a los hombres.
LA NODRIZA
Tu marido te perdonará.
HERMÍONE
¿Por qué arrancaste la espada de mi mano? Dámela, dámela, ¡oh querida!,
para que con ella me mate; ¿por qué me quitas los lazos que han de
acabar conmigo?
LA NODRIZA
¿Y he de consentir que mueras víctima de tu furor?
HERMÍONE
¡Oh ruina!, ¿en dónde hay fuego que me devore?; ¿desde qué escollo me
precipitaré?; ¿en qué mar, en qué selva solitaria, abandonada de todos,
me salvará la muerte?[106] ¿Cómo me entregaré a los dioses infernales?
LA NODRIZA
¿Por qué te afliges así? Las calamidades divinas aquejan a todos los
hombres, ya en un tiempo, ya en otro.
HERMÍONE
Me has abandonado, me has abandonado, ¡oh padre!, dejándome solitaria
en la orilla, sin remo para navegar. Tú me pierdes, tú me pierdes;
ya no habitaré más este palacio conyugal. ¿A qué estatuas acudiré
suplicante? ¿Caeré como esclava a las rodillas de mi esclava? ¡Ojalá
que me alejase de la Ftía ave de cerúleas alas, o nave de pino, como la
que arribó primero a las costas cianeas![107]
LA NODRIZA
¡Oh hija!, ni aprobé tus excesos contra la troyana, ni tampoco el miedo
que ahora te domina y tanto te acobarda. Tu marido no te rechazará
tan fácilmente, persuadido por los desatinados discursos de una mujer
bárbara. No eres ninguna cautiva de Troya, sino hija de varón ilustre,
y has traído rica dote, y vienes de una ciudad no poco afortunada.
Ni tu padre, ¡oh hija!, te abandonará, como temes, ni consentirá que
te expulsen de este palacio. Entra, pues, y no salgas de él, que te
deshonrarás si te ven de esta manera, ¡oh hija!
EL CORO
Mirad cómo apresura su paso ese huésped extranjero, dirigiéndose hacia
nosotras.
ORESTES
Decidme, ¡oh mujeres!, ¿es este acaso el real palacio en donde habita
el hijo de Aquiles?
EL CORO
Sí; pero ¿quién eres tú, que así me interrogas?
ORESTES
El hijo de Agamenón y de Clitemnestra, y me llamo Orestes; ahora voy
a consultar el oráculo de Zeus que hay en Dodona; pero ya que he
llegado a la Ftía, he querido preguntar si vive mi prima, la espartana
Hermíone, y si está buena; pues aunque habite lejos de aquí la amo
todavía.
HERMÍONE
¡Oh, hijo de Agamenón!, puesto que apareces en medio de la tempestad,
ruégote por estas rodillas, que abrazo, que te apiades de mí, no
dichosa, ya que llegaste a tiempo para ser testigo de mi desventura.
Con mis brazos te oprimo, no con menos fuerza que lo haría a los ramos
de los suplicantes.[108]
ORESTES
¡Cómo! ¿Qué es esto? ¿Me equivoco acaso, o veo claramente a la hija de
Menelao, reina de este palacio?
HERMÍONE
Ciertamente: la sola hija que la tindáride Helena tuvo de mi padre;
nada debo ocultarte.
ORESTES
Ayúdame, Febo, y líbrala de sus males. ¿Qué es esto? Las desdichas que
sufres, ¿son obra de los dioses o de los hombres?
HERMÍONE
En parte, de mí misma; en parte, de mi esposo; en parte, de algún dios;
la muerte me rodea por todos lados.
ORESTES
No teniendo hijos, ¿qué calamidad puede afligir a una mujer, a no ser
alguna que a su amor se oponga?
HERMÍONE
Esa es, en efecto, la causa de mi mal; me has comprendido; sábelo, pues.
ORESTES
¿Tu esposo ama, acaso, a otra?
HERMÍONE
A la que fue esposa de Héctor, hoy cautiva.
ORESTES
No es conveniente, sin duda, que un hombre tenga dos mujeres.
HERMÍONE
Y así es, sin embargo; y además me he vengado de ella.
ORESTES
¿Has maquinado, acaso, contra tu rival alguna asechanza de las que
traman en esos casos las mujeres?
HERMÍONE
He querido matarla, y a su hijo bastardo.
ORESTES
¿Y los mataste, o lo frustró algún accidente?
HERMÍONE
El viejo Peleo, que tomó bajo su protección a los más malos.
ORESTES
¿Hubo alguno que fuese tu cómplice en este delito?
HERMÍONE
Mi padre, que vino de Esparta con ese objeto.
ORESTES
¿Y fue vencido por un anciano?
HERMÍONE
Se avergonzó, sin duda, y se fue, abandonándome.
ORESTES
Ya te he entendido: temes que tu marido castigue tu atentado.
HERMÍONE
Así es; y con razón me perderá. ¿Qué he de decir, pues? Pero te ruego,
invocando a Zeus, tronco de mi linaje,[109] que de aquí me lleves a
algún lugar muy remoto o al palacio de mi padre, porque temo que el
de Neoptólemo, maldiciéndome como si tuviera voz, me expulse, y que
la misma tierra Ftía me odia. Si antes viene mi marido, después de
consultar el oráculo de Febo, me matará en castigo de mis acciones muy
torpes, o serviré a la concubina a quien yo mandaba. Pero ¿cómo has
obrado así?, dirá alguno. Perdiéronme mujeres malvadas llenándome de
orgullo con estas palabras: «¿Sufrirás tú que una vil cautiva, esclava
en tu palacio, sea la compañera de tu lecho? ¡Por la reina te juro[110]
que en mi casa no vería la luz usurpando mis más caros derechos!». Y
yo, oyendo estas pláticas de astutas sirenas seductoras, redomadas y
locuaces, me llené de necia vanidad. ¿Por qué tomarme estos cuidados
por mi marido, cuando nada me faltaba? Muchas eran mis riquezas, y
mandaba en el palacio; yo hubiese dado a luz hijos legítimos, y los de
ella, bastardos, casi hubiesen sido siervos de los míos. Pero nunca,
nunca conviene, y no lo diré una sola vez, que los hombres casados, si
son prudentes, dejen entrar en sus casas a las amigas de sus esposas,
de ordinario sus maestras en maldades. Una, por ganar algo, corrompe
a la casada; otra, que delinque, quiere que ella la imite, y muchas
lo hacen por su natural perversidad, y de aquí los disgustos de las
familias. Guardad bien de ellas las puertas de vuestras casas con
cerraduras y barras, porque estas mujeres de fuera, en vez de hacer
algo bueno, son causa de muchos males.
EL CORO
Demasiado te has ensañado en tu propio sexo; debe perdonársete; pero
bueno es que las mujeres disimulen sus defectos.
ORESTES
Sabio fue, sin duda, el que nos enseñó a oír las razones de los mismos
labios de los interesados. Cuando llegaron a mi noticia las disensiones
de esta familia y tu contienda con la esposa de Héctor, estaba
esperando, o que te decidieras a permanecer aquí, o que aterrada por el
miedo que te infunde esa cautiva querrías alejarte de este palacio. Yo
vengo aquí, no para obedecerte en lo que me ordenes, sino para llevarte
lejos de la Ftía, si, como dijiste hace poco, optas por ese extremo.
Porque, habiendo sido antes mía, vives con Neoptólemo por la deslealtad
de tu padre, que antes de acometer a Troya te desposó conmigo, y
después te prometió a tu actual esposo si la tomaba. Cuando volvió aquí
el hijo de Aquiles, perdoné a tu padre y rogué a aquel que renunciase a
este matrimonio, contándole mis penas y mi reciente desgracia, porque
podría solo casarme con alguna de mi familia y no de otra manera,
desde que desterrado de mi palacio ando vagando tristemente. Él,
entonces, me insultó por la muerte de mi madre; dijo que era justa la
persecución de las terribles diosas de mirada torva. Y yo, agobiado por
mis desdichas domésticas, lo sentí, sí, lo sentí en el alma y sufrí
con paciencia este nuevo infortunio, y sin esperanza de lograr tu mano
me retiré contra mi voluntad. Ahora, pues, que la fortuna te ha vuelto
la espalda, te llevaré de aquí y volverás a poder de tu padre. Mucho
pueden los lazos de parentesco, y en la adversidad nada hay mejor que
un amigo de la familia.
HERMÍONE
Mi padre cuidará de mis nupcias; a mí no me corresponde resolverlo.
Pero llévame cuanto antes de este palacio, no sea que vuelva mi marido
y prevenga mi fuga, o Peleo me persiga a caballo sabiendo que abandono
el palacio de su hijo.
ORESTES
No temas a un anciano ni el daño que pueda hacer el hijo de Aquiles
después de los agravios que me infirió el insolente, que esta mano
ha preparado contra él mortales asechanzas, de las cuales no podrá
escapar, y que no publicaré hasta que se realicen y las sepa el peñasco
délfico. El matricida, si se mantienen firmes mis aliados de la tierra
ftiota, le enseñará a no casarse con ninguna de mis prometidas. Con
daño suyo pedía que el rey Febo fuese castigado por la muerte de su
padre; no le valdrá haber mudado de parecer, que ahora paga al dios lo
que debe, que por su causa y por mi acusación tendrá muerte desastrosa
y se acordará de mi enemistad. El dios trueca la fortuna de los
hombres, que odia y no tolera su arrogancia.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh Febo!, que en Ilión ceñiste de murallas colina
bien defendida,[111] y tú, Poseidón, que hiendes el marino piélago con
tus cerúleos caballos, ¿por qué consentisteis primero en edificar con
vuestras manos cuanto había de ser profanado por Enialio, perito en
lides, y abandonasteis a la mísera Troya?
_Antístrofa 1.ª_ — ¿Y para qué juntasteis muchos carros tirados de
briosos caballos a las orillas del Simois e instituisteis allí luchas
homicidas no premiadas con coronas? Y murieron los reyes de Ilión, y
jamás lucirá el fuego ni subirá el humo del incienso de las aras de los
dioses de Troya.
_Estrofa 2.ª_ — También murió el Atrida a manos de su esposa, y ella
pagó con la vida su delito, asesinada por sus hijos. El decreto
fatídico del dios, sí, del dios, la castigó cuando el hijo de Agamenón
vino de Argos y la mató, asesino de su madre, después de visitar tu
templo. ¡Oh Dios, oh Febo! ¿Cómo he de creerlo?[112]
_Antístrofa 2.ª_ — Muchas esposas troyanas, en el campamento de los
griegos, gemían por la muerte de sus desdichados hijos, y dejaron
sus hogares y cayeron bajo el dominio de otros esposos. No tú sola,
¡oh Hermíone!, ni solo tus amigos sufrieron tristes dolores. Grecia
entera lloró esa calamidad, esa misma calamidad, y el rayo hendió otros
fértiles campos después que los frigios, sembrando la infernal muerte.
PELEO
Mujeres ftiotas, contestadme a lo que os pregunto: ha llegado a mis
oídos vago rumor de que la hija de Menelao, abandonando este palacio,
había huido de aquí. Vengo, pues, con deseo de saber si es verdad,
porque es nuestro deber cuidar de cuanto interese a los amigos y
ausentes.
EL CORO
Cierto es lo que oíste, ¡oh Peleo!; yo no debo ocultar los males que me
afligen; es verdad que la reina ha huido de su palacio.
PELEO
¿Y que temía? Replícame.
EL CORO
Que su marido la desterrase.
PELEO
¿Quizá por haber atentado a la vida de su hijo?
EL CORO
Sí, y por miedo a la cautiva.
PELEO
¿Huyó con su padre o con algún otro?
EL CORO
El hijo de Agamenón se la ha llevado.
PELEO
¿Con qué objeto? ¿Para casarse con ella?
EL CORO
Y maquinando la muerte del hijo de tu hijo.
PELEO
¿Por medio de asechanzas, o peleando con él frente a frente?
EL CORO
En el templo sagrado de Apolo, ayudado de los de Delfos.
PELEO
¡Ay de mí! ¡Horrible trama! ¿No habrá alguno que vaya cuanto antes al
ara pítica, y cuente lo que pasa a nuestros amigos antes que el hijo de
Aquiles muera a manos de sus enemigos?
EL MENSAJERO
¡Ay de mí, ay de mí! ¡Qué calamidades vengo a anunciarte, ¡oh anciano!,
y a los amigos de mi señor!
PELEO
¡Ay, ay de mí! Mi ánimo, tristemente preocupado, espera saber alguna
desdicha.
EL MENSAJERO
Dígote, anciano Peleo, que ya no existe el hijo de tu hijo; mortales
fueron las heridas, y obra de los hombres de Delfos y del huésped de
Micenas.[113]
EL CORO
¡Ay, ay de mí! ¿Qué haces, anciano? ¡No te caigas; levántate!
PELEO
Nada soy, yo muero; mi voz se apaga, mis miembros desfallecen.
EL MENSAJERO
Oye; si quieres vengar a tus amigos, reanímate para informarte de lo
que ha sucedido.
PELEO
¡Oh destino, cómo me has cercado, llenándome de amargura en mi extrema
vejez! ¿Cómo ha muerto el hijo único de mi único hijo? Dilo, que deseo
oírlo, aunque sea intolerable.
EL MENSAJERO
Después que llegamos a la tierra preclara de Febo, saciamos primero
nuestra curiosidad visitando cuanto era digno de verse, mientras el
sol giró tres veces en su órbita brillante. Y esto bastó para infundir
sospechas, y el pueblo, que adora a Apolo, se juntaba en conciliábulos
y corrillos. El hijo de Agamenón, recorriendo toda la ciudad, deslizaba
en todos los oídos frases hostiles: «Mirad a este —decía— que visita
las cavernas del dios llenas de riquezas, tesoros de los hombres;
por segunda vez viene aquí con igual propósito que lo trajo la vez
primera, por robar el templo de Apolo». Circularon, pues, por la
ciudad rumores malvados, y los magistrados cuidaban del tesoro, se
congregaban en las curias, y privadamente pusieron centinelas en el
templo de Febo, rodeado de columnas. Pero nosotros, llevando ovejas
criadas en el frondoso Parnaso, y sin saber nada, lo veneramos, y nos
acercamos a las aras con los que nos hospedaban, y con los adivinos
píticos. Y alguno habló así: «¡Oh joven! ¿Qué pediremos al dios para
ti? ¿Qué motivo te ha traído?». Él respondió: «Queremos expiar nuestro
anterior pecado, cuando yo mismo exigí de él en otro tiempo que expiase
la muerte de mi padre». Entonces hizo su efecto la infame calumnia de
Orestes, de que mi señor mentía, y de que había venido con siniestro
propósito. Entró en el templo para invocar a Febo ante el oráculo,
y comenzó a examinar las víctimas mientras el fuego las consumía.
Muchos hombres, con armas, coronados de laurel, estaban enfrente, y
entre ellos el hijo de Clitemnestra, autor de esta trama. Él, a la
vista de todos, suplicaba al dios que le fuese propicio, cuando los
armados de cortantes espadas acometieron a traición al desprevenido
hijo de Aquiles. Retrocedió, haciéndoles frente, porque sus heridas
no eran mortales, desenvainando la espada arrebatada del pórtico con
otras armas suspendidas de los clavos, y se detuvo junto al ara,
guerrero de terrible aspecto, gritando así e interrogando con sus
voces a los hijos de Delfos: «¿Por qué queréis matarme, cuando solo
he venido aconsejado de mi piedad? ¿Por qué causa muero?». Ninguno,
aunque eran muchos, replicó una palabra, sino le contestaron tirándole
piedras. Agobiado de innumerables dardos se defendía con su armas, y
esquivaba los golpes, presentando a todos el escudo que embrazaba.
Pero de nada le servía; toda clase de armas arrojadizas, saetas,
jabalinas, dardos sueltos, flechas mortales, volaban hacia él y caían
a sus pies. Hubieras de ver entonces los maravillosos saltos que daba
tu hijo para evitarlos; pero cercado y sin refugio, y no dejándole
respirar, abandonó el hogar del ara, que recibía las víctimas, y dando
un salto troyano[114] los acometió de repente; ellos, como palomas
que ven al gavilán, emprendieron la fuga. Muchos cayeron juntos, ya
heridos, ya atropellados en los angostos tramos de las puertas. Clamor
nefando resonó en el templo sagrado y peñascoso; pero como bajo sereno
cielo[115] mi señor se detuvo, resplandeciendo sus brillantes armas,
hasta que del centro del templo se oyó una voz espantosa y terrible,
y la multitud volvió otra vez a la pelea. Entonces cayó el hijo de
Aquiles, herido su costado por la aguda espada de un hombre de Delfos,
que perdió la vida con otros muchos. Después de caer en tierra, ¿quién
no le acometió con espadas y lanzas?, ¿quién no lanzó piedras?, ¿quién
no le aplastó con ellas? Y crueles heridas destrozaron su hermoso
cuerpo. Su cadáver, que yacía junto al altar, fue arrastrado fuera del
templo, rico en víctimas. Nosotros, apoderándonos de él lo más pronto
que nos fue posible, te lo traemos para que lo llores, ¡oh anciano!, y
para que le des honrosa sepultura. El rey que profetiza, el defensor de
la justicia entre los hombres, castigó así al hijo de Aquiles, y como
un mortal malvado guardó su rencor por antiguos ultrajes. ¿Cómo, pues,
ha de ser sabio?[116]
EL CORO
He aquí al rey, que desde Delfos lo traen a su palacio. ¡Oh
desventurado que sufriste tales oprobios!, ¡oh desventurado!, y tú
también, anciano; tú recibes en su palacio al hijo de Aquiles, no como
quisieras: fatal desdicha te hiere; su calamidad es también la tuya.
PELEO
_Estrofa._ — ¡Ay de mí! ¡Qué infortunio contemplo! ¡Cómo lo recibo en
mi propio palacio! ¡Ay de mí, ay de mí, ah, ah! ¡Oh ciudad tesálica,
morimos, perecemos, desapareció ya mi linaje; ya no me sobrevivirán mis
hijos en mi palacio patrimonial! ¡Qué desdichado me hacen estos males!
¿En qué ser amado se recrearán mis ojos? ¡Oh labios y mejillas tan
queridos! ¡Ojalá que el destino te hubiese arrancado la vida junto a
Ilión, a las orillas del Simois!
EL CORO
Y muerto entonces, ¡oh anciano!, lo fuera con más honra, no como ahora,
y más feliz hubieras tú sido.
PELEO
_Antístrofa._ — ¡Oh nupcias, oh nupcias, causa de perdición, causa
de perdición para esta familia y para mi ciudad! ¡Ah, ah, ah, ah! ¡Oh
hijo, ojalá que el linaje de tu esposa, infausto para mí, para mis
hijos y para mi palacio, no te hubiese acarreado la muerte a que te
destinaba Hermíone, ¡oh hijo!, sino que ella pereciese, herida por
el rayo, por haber cometido el sangriento crimen! ¡Ojalá que nunca
acusases a Febo de lanzar contra tu padre mortíferas saetas, tú mortal
y él dios!
EL CORO
¡Ay, ay! Mis lamentos acompañarán los fúnebres cantos que voy a entonar
a los manes de mi señor, muerto.
PELEO
¡Ay, ay de mí! ¡Yo también lloro, anciano mísero y desventurado!