mis ignoradas aventuras amorosas desoyendo los consejos del pudor?
Ya, ¿qué obstáculo me lo impide? ¿Con quién rivalizaré en virtud?
¿No es un traidor mi marido? Usúrpanme mi palacio, quédome sin hijos,
y se desvanecieron esperanzas que ya no puedo abrigar, a pesar de
mis deseos, callando mis amores, callando mi deplorable pasado. Pero
no; por el solio estrellado de Zeus, por la diosa que habita en mis
peñascos y por la sagrada orilla de la pantanosa laguna Tritónide,[51]
no ocultaré mi falta, y me consolaré abriendo mi pecho. Lágrimas
destilan mis pupilas, y duélese mi corazón, víctima de las asechanzas
de los dioses y los hombres, cuya ingrata traición a mi lecho probará
mi esfuerzo.
_Proodo o canto preliminar._ — ¡Oh tú!, que acompañas tu canto con la
cítara de siete cuerdas, que en sus rústicos e inanimados cuernos[52]
haces oír los suaves himnos de las Musas; tu crimen, ¡oh hijo de
Leto!, por mí será publicado.
_Estrofa._ — Brillaba tu cabellera y me buscaste cuando yo cogía en mi
falda bellas flores que emulaban el esplendor del sol, y, sujetando mis
blancas manos, sin pudor me llevaste, ¡oh dios enamorado!, a la gruta
que me sirvió de lecho, a pesar de los gritos con que llamaba a mi
madre, cediendo a sus deshonestos deseos.
_Antístrofa._ — Doite a luz un hijo, ¡oh desventurada!, y temerosa de
mi madre arrojelo a tu gruta, en donde en mísero maridaje te uniste
a esta desdichada. ¡Ay de mí, ay de mí!, y ya murió el infortunado,
sirviendo de pasto a las aves y despedazado por ellas, mientras tú,
tañendo la cítara, cantas himnos. ¡Hola! A ti me dirijo, ¡oh hijo de
Leto!, que por suerte pronuncias tus oráculos a todos en dorado asiento
y en el centro de la tierra, y a tus oídos llegarán estas voces.
_Epodo._ — ¡Ay de ti, punible estuprador!, que en tu templo das un hijo
a mi marido, no habiendo recibido antes de él beneficio alguno; mi hijo
y el tuyo, que nada sabe, perece arrebatado por las aves, perdidas las
fajas en que lo envolvió su madre. Delos te odia, y las ramas de laurel
y la palma de suelto follaje, bajo la cual Leto le dio a luz en parto
venerando, fruto de su unión con Zeus.
EL CORO
¡Ay de mí! Gran cúmulo de males nos amenaza, capaz de arrancar lágrimas
a los más indiferentes.
EL PEDAGOGO
¡Oh hija!, no me canso de mirar tu rostro hasta perder el juicio.
Cuando apuraba la amarga copa de estos infortunios, tus palabras,
como nueva ola que me arroja de la popa, otra vez me acomete y trueca
los males presentes en otros más graves. ¿Qué dices? ¿De qué crimen
acusas a Febo? ¿Auguras haber dado vida a un hijo? ¿En qué parte de la
ciudad expusiste ese parto de tu vientre, grato a las fieras? Repítelo,
explícate.
CREÚSA
Respeto me infundes, ¡oh anciano!; pero lo declararé, no obstante.
EL PEDAGOGO
Sí, que honroso es llorar con los amigos.
CREÚSA
Oye, pues: ¿sabes en dónde está la gruta septentrional de la roca de
Cécrope, que llamamos Macra?
EL PEDAGOGO
Sí, allí se ve el templo de Pan, cerca del ara.
CREÚSA
Pues en ese paraje luchamos tan tristemente.
EL PEDAGOGO
¿Cómo? ¡Cuántas lágrimas me haces derramar!
CREÚSA
Contra mi voluntad tuve con Febo infausto ayuntamiento.
EL PEDAGOGO
¡Oh hija! ¿Es esto acaso lo que yo sospechaba?
CREÚSA
Lo ignoro; pero si dices verdad, la confirmaré.
EL PEDAGOGO
¿Cuando ocultamente te quejabas de enfermedad misteriosa?
CREÚSA
Así era; y ahora confieso mi desventura.
EL PEDAGOGO
¿Y cómo ocultaste después tus nupcias con Apolo?
CREÚSA
Di a luz el fruto de nuestro amor; óyeme con paciencia, anciano.
EL PEDAGOGO
¿En dónde? ¿Quién te ayudó en tu parto? ¿Acaso tú sola sufriste sus
dolores?
CREÚSA
Sola en la gruta, en donde celebré mi himeneo.
EL PEDAGOGO
¿Y en dónde está ese niño, para que no vivas sin hijos?
CREÚSA
Murió, ¡oh anciano!, habiendo sido expuesto a las fieras.
EL PEDAGOGO
¿Murió? ¿Y osó Apolo abandonarlo?
CREÚSA
No quiso socorrerlo; críase en el palacio de Hades.
EL PEDAGOGO
¿Y quién lo expuso? ¿No serías tú, sin duda?
CREÚSA
Yo, en una noche oscura, envuelto en sus pañales.
EL PEDAGOGO
¿Y nadie lo supo?
CREÚSA
Tan solo mi desdicha, tan solo el misterio.
EL PEDAGOGO
¿Y cómo osaste dejar a tu hijo en la gruta?
CREÚSA
¿Cómo? Después de exhalar tristes quejas.
EL PEDAGOGO
¡Qué horror! ¡Oh, tú, corazón de hierro, que a tanto te atreviste, y
aún más cruel el dios!
CREÚSA
¡Si hubieses visto al niño extendiendo hacia mí sus manecitas!
EL PEDAGOGO
¿Porque tenía hambre, o para que lo tomases en tus brazos?
CREÚSA
Por gustar la leche de mis pechos, que no lo alimentaron, víctima de mi
injusticia.
EL PEDAGOGO
¿Y cuál fue tu objeto al exponer a tu hijo?
CREÚSA
Creí que el dios lo salvaría por ser también suyo.
EL PEDAGOGO
¡Qué furiosa borrasca azota a tu familia!
CREÚSA
¿Por qué lloras ocultando tu cabeza, ¡oh anciano!?
EL PEDAGOGO
Pensando en tu aflicción y en la que sentirá tu padre.
CREÚSA
Tal es la suerte reservada a los mortales; nada hay constante en ellos.
EL PEDAGOGO
Dejémonos ya de lamentos, ¡oh hija!
CREÚSA
¿Y que haré? Desdicha grande es la irresolución.
EL PEDAGOGO
Véngate del dios, que te injurió primero.
CREÚSA
¿Y cómo yo, simple mortal, venceré a deidades más poderosas?
EL PEDAGOGO
Incendia el venerando templo de Febo.
CREÚSA
Tengo miedo; bastantes males me atormentan.
EL PEDAGOGO
Mata, pues, a tu marido, que esto es posible.
CREÚSA
Me acuerdo de nuestra unión, cuando era bueno.
EL PEDAGOGO
Mata, al menos, al niño, que nació para tu daño.
CREÚSA
¿Cómo? ¡Si pudiera! ¡Cuánto lo anhelo!
EL PEDAGOGO
Arma a tus satélites, que llevan espada.
CREÚSA
Pronta estoy; pero ¿adónde iremos?
EL PEDAGOGO
A los sagrados tabernáculos, en donde celebra el banquete, con sus
amigos.
CREÚSA
Hazaña es asesinar, y los esclavos valen poco.
EL PEDAGOGO
¡Ay de mí! Tu ánimo desfallece. Vamos, decídete.
CREÚSA
Dolorosa y eficaz es la venganza que medito.
EL PEDAGOGO
Lo mismo te serviré.
CREÚSA
Oye, pues: ¿te acuerdas de la batalla de los gigantes?
EL PEDAGOGO
Sí, la trabaron en Flegra[53] con los dioses.
CREÚSA
Allí la tierra dio a luz a la Gorgona,[54] monstruo horrible.
EL PEDAGOGO
¿Para auxiliar a sus hijos y combatir con los dioses?
CREÚSA
Sí, y la mató Palas, hija de Zeus.
EL PEDAGOGO
¿Y cuál era su forma, espantosa sin duda?
CREÚSA
Armado estaba su pecho de víboras entrelazadas.
EL PEDAGOGO
¿No es esta la misma tradición que oí en otro tiempo?
CREÚSA
Atenea ostenta la piel de ella en su seno.
EL PEDAGOGO
¿No la llaman la _Égida_, atributo de Palas?
CREÚSA
Así la nombraron cuando peleó a favor de los dioses.
EL PEDAGOGO
¿Y cómo, ¡oh hija!, ofenderá a tus enemigos?
CREÚSA
Conociste, sin duda, a Erictonio, ¡oh anciano! ¿No es así?
EL PEDAGOGO
¿El primero de tus antepasados que dio a luz la tierra?
CREÚSA
A poco de nacer le concedió Palas...
EL PEDAGOGO
¿Qué? Parece que temes hablar.
CREÚSA
Dos gotas de sangre de la Gorgona.
EL PEDAGOGO
¿Y qué efecto harán en los hombres?
CREÚSA
Una da la muerte, otra cura las enfermedades.
EL PEDAGOGO
¿Y las suspendió del cuerpo del niño?
CREÚSA
Con ligaduras doradas; él las dio a mi padre.
EL PEDAGOGO
¿Y a su muerte las heredaste?
CREÚSA
Así fue, y las traigo ocultas en mi mano.
EL PEDAGOGO
¿Y de dónde proviene este doble presente de la diosa?
CREÚSA
Es la sangre que derramó la vena cava.[55]
EL PEDAGOGO
¿Y para qué sirve? ¿Cuál es su virtud?
CREÚSA
Ahuyenta las enfermedades e infunde nueva vida.
EL PEDAGOGO
¿Y cuál dijiste que era el efecto de la otra?
CREÚSA
Mata, porque es veneno de los dragones de la Gorgona.
EL PEDAGOGO
¿Y están juntas las dos, o separadas?
CREÚSA
Separadas; la buena no se mezcla con la mala.
EL PEDAGOGO
¡Oh hija muy amada!, posees cuanto necesitas.
CREÚSA
Así morirá a tus manos el hijo de Juto.
EL PEDAGOGO
¿En dónde y cómo? Manda tú, y yo obedeceré.
CREÚSA
En Atenas, cuando habite en mi palacio.
EL PEDAGOGO
No has dicho bien; hace poco reprobaste mi consejo.
CREÚSA
¿Cómo? ¿No tienes confianza en mi proyecto?
EL PEDAGOGO
Se creerá que tú misma has envenenado al hijo de Juto, aunque su muerte
no sea obra tuya.
CREÚSA
Bien está; dicen que las madrastras aborrecen a los hijastros.
EL PEDAGOGO
Mátalo, pues, aquí, en donde negarás el crimen.
CREÚSA
De antemano saboreo ya este deleite.
EL PEDAGOGO
Y ocultarás a tu esposo lo que él quiere callarte.[56]
CREÚSA
¿Sabes lo que has de hacer? Después que recibas de mi mano este antiguo
vaso dorado, presente de Palas, irás adonde mi marido sacrifica a
escondidas, y cuando acaben de cenar y vayan a ofrecer libaciones a los
dioses, ocultándolo bajo tu vestido, derrámalo en la copa del joven,
pero solo en la suya, no en todas, para que la beba el futuro señor de
mi palacio, que si llega a humedecer su garanta, nunca irá a la ínclita
Atenas, y se quedará aquí.
EL PEDAGOGO
Vete ahora tú a las habitaciones destinadas a los peregrinos, que yo
haré cuanto me has ordenado. ¡Vamos, pies trémulos, manteneos firmes a
pesar de mis años y encaminaos hacia el enemigo, como ordena mi dueña,
y dadle muerte, y librad el palacio de su presencia! Buena es la piedad
cuando la fortuna se muestra propicia; pero ninguna ley prohíbe que
hagamos daño a nuestros enemigos.[57] (_Retíranse los dos en dirección
opuesta_).
EL CORO
_Estrofa._ — ¡Oh Trivia!,[58] hija de Ceres, que presides a los
crímenes nocturnos; lleva también de día a feliz término el que ha de
perpetrar esta copa mortífera, como desea mi venerable, mi venerable
señora, y que beba estas gotas de la garganta de Medusa, hija de la
Tierra, el que intenta penetrar en el palacio de los hijos de Erecteo;
que ningún otro de distinto linaje domine en mi ciudad, excepto los
nobles Erecteidas.
_Antístrofa._ — Pero si se frustra el asesinato que osa mi dueña y pasa
la ocasión de cometerlo, y se desvanece su esperanza, o herirá su pecho
afilada cuchilla, o ceñirá un lazo su cuello, y acabando sus dolores,
vivirá con otra forma. Mientras exista, no verán sus ojos, brillantes
luceros, que dominen en su morada señores extranjeros, siendo ella de
noble estirpe.
_Estrofa._ — Me avergozaré, por el dios que alaban los cantos, si,
junto a las fuentes de Calícoro, y al celebrarse con antorchas las
Vigésimas,[59] hemos de contemplar a Ion vigilando durante la noche,
cuando los coros conmueven el aire a la luz del cielo estrellado y de
la Luna, y las cincuenta hijas de Nereo danzan en la mar y en el fondo
de los ríos perennes en honor de Perséfone, la de corona de oro, y de
su madre veneranda, si allí quiere reinar un vagabundo, esclavo de
Febo, y disfrutar de riquezas que otros ganaron.
_Antístrofa._ — Vosotros los que satirizáis a las mujeres en vuestros
versos y reveláis en vuestros himnos nuestras faltas conyugales y
nuestros amores adulterinos e impíos, observad cuán superior es nuestra
piedad al desordenado apetito de los hombres. Componed, pues, contra
ellos y mis adulterios vuestras mordaces canciones. Juto, descendiente
de Zeus, ha probado su ingratitud, puesto que participando de la
desgracia de mi dueña y no teniendo hijos de ella, los buscó en otras,
y ha logrado uno espurio.
EL CRIADO
¿En dónde estará, ¡oh mujeres!, mi señora, la ínclita hija de Erecteo?
He corrido toda la ciudad sin poder encontrarla.
EL CORO
¿Qué sucede, ¡oh consiervo!, que te trae tan azorado? ¿Cuál es tu
mensaje?
EL CRIADO
Nos persiguen, y los magistrados de Delfos la precipitarán desde una
roca si la hallan.
EL CORO
¡Ay de mí! ¿Qué dices? ¿Se ha averiguado acaso que maquinábamos la
muerte de ese joven?
EL CRIADO
Me has entendido, y no serás la última que lo pague.
EL CORO
¿Y cómo se ha descubierto ese crimen misterioso?
EL CRIADO
El dios, no queriendo contaminarse, ha hecho triunfar la justicia.
EL CORO
¿Cómo? Suplicándote te ruego que lo digas; cuando te hayamos oído, si
nos conviene morir, moriremos de mejor grado, o viviremos si preferimos
ver la luz del sol.
EL CRIADO
Después que se ausentó Juto, el marido de Creúsa, conocido el oráculo
del dios, en compañía de su hijo, para llevarlo al banquete y al
sacrificio que a los dioses preparaba, se dirigió adonde brilla el
fuego dionisíaco[60] para que la sangre de las víctimas regase ambas
cumbres en acción de gracias por tan feliz hallazgo, hablándole así:
«Quédate tú aquí, ¡oh hijo!, para levantar muchos tabernáculos, ayudado
de trabajadores. Cuando yo sacrifique a los dioses que presiden al
nacimiento, invita, si tardo, a los amigos que han de acompañarnos».
Y se alejó llevándose los novillos. El adolescente levantó con cuidado
los pilares del tabernáculo, huyendo de los rayos del sol de mediodía
y de poniente, y midió un espacio rectangular de 100 pies de largo
por cada lado, cuya superficie era de 10.000 pies cuadrados, según
dicen los peritos, para convidar a todo el pueblo de Delfos. Y con los
sagrados tapices del tesoro cerró sus costados, que era una maravilla.
Primero colocó en el techo uno, trofeo de la derrota de las Amazonas,
don que ofreció al dios Heracles, el hijo de Zeus. Tales eran los
asuntos que sus tejidos representaban: el cielo convocando a las
estrellas en los aires; el Sol guiando a sus caballos poco antes de
su ocaso, llevando en pos el brillante lucero vespertino, y la Noche,
de negras vestiduras, rigiendo su carro de dos caballos, rodeada de
espléndidos luminares. Las Pléyades y Orión[61] con su espada hendían
el firmamento, y encima la Osa, envolviéndose en su cola de oro, y
opuesta al polo; más alta, resplandecía la Luna llena, que divide los
meses; las Híades, señal muy conocida de los navegantes, y la rosada
Aurora ahuyentando a los astros. Añadió en los costados otros tapices
de bárbaros dibujos, como de naves enemigas de los griegos, bien
armadas de remos y de hombres semifieras, y de cacerías a caballo,
y de ciervos y feroces leones ya encadenados. Inmediato a la puerta
estaba Cécrope, envolviéndose en espirales, junto a sus hijas,[62]
ofrenda de algún ateniense. Después que trajeron los vasos de oro,
un heraldo, sobre las puntas de los pies, invitó al banquete a todos
los ciudadanos que quisiesen asistir. Llena la copa, se adornaron
de coronas y gustaron deleitosos manjares. A la mitad del festín
se adelantó hasta la mesa un anciano, y excitó gran risa entre los
convidados, sirviéndoles oficiosamente. De las urnas les ofrecía agua
para lavarse, y los perfumaba con mirra,[63] y a todos presentaba
doradas copas, encargándose él solo de este ministerio. Cuando sonaron
las flautas y circuló la copa común, dijo el anciano: «Tiempo es ya de
llevarse las copas pequeñas de vino y traer los vasos grandes,[64] para
que más pronto la alegría penetre en los ánimos de todos». Entonces
trajeron vasos cincelados de oro y plata. Él, tomando uno de los más
bellos, como para congraciarse con su nuevo señor, se lo dio lleno,
echando en el vino un veneno activo que, según dicen, le había dado
su señora para que el nuevo hijo dejase de ver la luz, sin excitar
sospechas; pero cuando este tenía en su mano la libación, como los
demás, uno de los servidores profirió una palabra de mal agüero,[65]
y como criado en el templo y entre sabios adivinos, pudo apreciar
su valor y mandó que le llenasen otra copa, y derramó la primera en
honor de la Tierra, y ordenó a todos que lo imitaran. Reinó entonces
el silencio, y volvimos a verter en los vasos sagrados agua y vino
biblino.[66] Al mismo tiempo penetró en la tienda una bandada de
ligeras palomas, que vivían seguras en el templo de Apolo. Y después
que derramaron el vino...
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
sedientas bebieron de él, y lo tragaron con sus cuellos cubiertos de
pluma. Y las demás apuraron sin peligro la libación divina; pero la
que se posó en la tierra, en el lugar en donde el hijo recién hallado
vertió la suya, y sació allí su sed, comenzó a temblar y a estremecerse
toda, y, como si gimiera, arrulló confusamente; todos los convidados
quedaron maravillados contemplando sus sufrimientos, y murió presa
de convulsiones y se estiraron sus pies purpúreos. Entonces, el hijo
declarado por el oráculo, arrollando su manto y descubriendo sus
hombros y su brazo,[67] exclamó así: «¿Quién ha intentado envenenarme?
Dilo, anciano; tú has sido, y de tu mano recibí la copa». Y cogiéndolo
de sus viejos brazos, comenzó a interrogarle, para que no se le
escapase, siendo tan manifiesto su delito. Descubriose, pues, y a la
fuerza declaró el crimen de Creúsa y su propósito de envenenarlo. El
joven designado por el oráculo salió entonces presuroso al frente de
sus compañeros, y habiendo buscado a los próceres de esta ciudad de
Apolo, Pitia les dijo: «¡Oh santa tierra!, la mujer extranjera, hija de
Erecteo, ha intentado envenenarme». Enterados los notables de Delfos,
decretaron unánimes que mi señora fuese precipitada desde la roca,
por haber osado dar muerte a un varón tan santo y cometer este crimen
en el templo. Todos los ciudadanos persiguen ahora a la que emprendió
anhelosa tan malhadada peregrinación, pues deseando que Febo le
conceda hijos, perderá su vida juntamente con la esperanza de tenerlos.
EL CORO
No hay medio de que yo, infortunada, evite mi suerte; todo se sabe,
todo se sabe por la muerte de la paloma al beber la libación compuesta
del jugo de los racimos de Dioniso, y de las gotas del activo veneno
de las víboras; inevitable es el sacrificio mortífero, la calamidad
que amenaza a mi vida y el suplicio de mi dueña, despeñada desde la
roca. ¿Cómo huiré volando, o me refugiaré en tenebrosas cavernas, para
librarme de las piedras que han de darme la muerte, o llevada por los
ligeros cascos de los caballos uncidos a la cuadriga, o en la popa de
alguna nave? No es posible ocultarme, a no ser que algún dios quiera
salvarnos. ¿Qué sufrimientos, ¡oh desdichada señora!, te esperan? ¿Por
ventura seremos víctimas nosotras del mal que intentamos hacer a otros,
como exige la justicia?
CREÚSA (_que llega azorada_).
Búscanme, ¡oh esclavas!, para darme funesta muerte, condenada por los
sufragios délficos;[68] dispuesta estoy a sufrir el suplicio.
EL CORO
Conocemos tus desdichas, ¡oh infortunada!, y la pena que te aguarda.
CREÚSA
¿Adónde huiré, pues? Con trabajo he podido escaparme del edificio en
que estaba, huyendo de mi ruina, y callada llego aquí burlando a mis
enemigos.
EL CORO
¿Adónde mejor que al ara?
CREÚSA
¿Pero de qué me servirá?
EL CORO
No es lícito matar al suplicante.
CREÚSA
Pero la ley lo manda.
EL CORO
Si hubieses caído en sus manos...
CREÚSA
Ya vienen mis crueles ejecutores con las espadas desenvainadas.
EL CORO
Siéntate, pues, junto al ara. Porque si ahí mueres, tus verdugos
expiarán tu muerte; menester es sufrir resignados nuestro destino.
ION (_con séquito de guerreros_).
¡Oh padre Céfiro de faz taurina![69] ¿Cómo engendraste esta víbora o
dragón, y de cuyos ojos brota letal llama? Todo lo osa, y no es menos
cruel que el veneno de las Gorgonas con que quiso matarme. Apoderaos
de ella para que sus rizos, no humedecidos por las libaciones, sean
desgarrados por los peñascos del Parnaso, desde los cuales será
precipitada. Fortuna tuve antes de llegar a Atenas y caer bajo la
férula de mi madrastra, pues entre mis compañeros he podido conocer
tu malevolencia y el odio que me profesas. Es seguro que al pisar tu
palacio me hubieras lanzado a la morada de Hades. Pero ni el ara ni el
templo de Apolo te salvarán. Yo y mi madre somos más dignos de lástima
que tú, pues aunque no la conozca invoco su nombre con frecuencia.
Contemplad a esta mujer malvada, maestra de engaños, que se sienta
trémula junto al ara del dios, como si no hubiese de expiar su delito.
CREÚSA
Ordénote que no me mates, en mi propio nombre y en el del dios, junto a
cuya ara estamos.
ION
¿Qué tienes tú de común con Febo?
CREÚSA
Consagro a este dios mi cuerpo.
ION
Y, sin embargo, intentabas envenenarme cuando yo era suyo.
CREÚSA
No suyo, sino de tu padre.
ION
Pero me adoptó por hijo y ha sido conmigo un verdadero padre.
CREÚSA
Eras antes servidor de Apolo; ahora yo, y tú no.
ION
Impía es tu consagración, y piadosa fue la mía.
CREÚSA
Pero quise matarte porque eras enemigo de mi familia.
ION
No fui armado a tu país.
CREÚSA
Sí, sin duda alguna; e incendiabas además el palacio de Erecteo.
ION
¿Con qué teas incendiarias, o con qué otro linaje de fuego?
CREÚSA
Arrebatándome mis bienes, habías de poseerlos contra mi voluntad.
ION
Sí, mi padre me cedía el país que ganó con sus armas.
CREÚSA
¿Qué derecho podían tener los descendientes de Eolo a la ciudad de
Palas?
ION
Con sus armas la salvó, no con vanas palabras.
CREÚSA
El auxiliar no es poseedor del país que socorre.
ION
¿Luego querías matarme para no temer nada en adelante?
CREÚSA
Para no morir si tú perecías antes.
ION
Me odias porque mi padre me encontró, y tú no tienes hijos.
CREÚSA
¿Tú usurparás acaso la herencia de los huérfanos de ellos?
ION
¿Pues qué, no había de heredar parte de los de mi padre?
CREÚSA
Solo una lanza y un escudo; he aquí tu patrimonio.
ION
Deja el ara y el templo consagrado al dios.
CREÚSA
Aconseja a tu madre en dondequiera que esté.
ION
¿Pero no serás castigada por haber intentado envenenarme?
CREÚSA
Sí, si te atreves a hacerlo en este templo.
ION
¿Y por qué te agrada morir entre las guirnaldas de Febo?[70]
CREÚSA
Así padecerá alguno que nos hizo sufrir.
ION
¡Válganme los dioses! Lastimoso es que Apolo no estableciese leyes
justas y prudentes para los hombres; los criminales no debían
refugiarse en el ara, sino ser lanzados de ella; ni es honroso
acercarse a los dioses con las manos manchadas, y solo los justos
debían acogerse a los lugares consagrados si se los hacía injusticia, y
nunca consentir que disfrutaran del mismo privilegio el sacrílego y el
delincuente.
LA PITIA (_que sale del templo_).
Detente, hijo mío; yo, la sacerdotisa de Febo, acabo de dejar mi
sagrado asiento, y vengo aquí encargada de la custodia del antiguo
trípode, elegida entre todas las mujeres délficas.
ION
Salve, madre amada, aunque no me dieras a luz.
LA PITIA
Pero llámame madre tuya, que este nombre no me desagrada.
ION
¿Has sabido que esta mujer quería darme muerte con malas artes?
LA PITIA
Sí, y tú pecas también y eres cruel.
ION
¿No debo acaso castigar a mis asesinos?
LA PITIA
Las madrastras odian siempre a sus hijastros.
ION
Y nosotros a nuestras madrastras, cuando intentan ofendernos.
LA PITIA
Déjate de esto; al abandonar el templo para encaminarte a tu patria...
ION
¿Qué he de hacer, obediente a tus consejos?
LA PITIA
Vete puro a Atenas, y con auspicios favorables.
ION
Puro es, sin duda, el que se venga de sus enemigos.
LA PITIA
No lo hagas tú así; oye lo que voy a decirte.
ION
Habla, que tus palabras serán benévolas.
LA PITIA
¿Ves este cestillo que traigo debajo de los brazos?
ION
Veo un viejo cesto, ceñido de larga banda.
LA PITIA
Tal fue tu cuna, que te acogió al nacer.
ION
¿Qué dices? Nuevo es para mí esto.
LA PITIA
Oculto lo tenía; pero ahora lo descubro.
ION
¿Por qué lo has callado tanto tiempo?
LA PITIA
Quiso el dios que le sirvieses en su templo.
ION
¿Y ya no? ¿Cómo puedo saberlo?
LA PITIA
Obra suya es tu reconocimiento por Juto, y señal de que consiente que
abandones este país.
ION
¿Lo guardaste porque te lo ordenó, o por qué motivo?
LA PITIA
Me dio a entender Apolo...
ION
¿Qué? Acaba.
LA PITIA
Que reservase hasta ahora este hallazgo.
ION
¿Y en qué puede servirme o perjudicarme?
LA PITIA
También contiene las fajas que te ceñían.
ION
Quizá me den alguna luz para buscar a mi madre.
LA PITIA
Cuando el dios lo quiere, nunca antes.
ION
¡Oh fausto día!
LA PITIA
Acéptalo, pues, y busca con diligencia a tu madre. Recorre todo el Asia
y los confines de la Europa. Te crié por orden del dios, ¡oh hijo!,
y te devuelvo lo que le plugo confiarme en deposito, sin que ningún
mortal me lo mandase; pero no puedo adivinar el objeto que se propuso.
Nadie sabía que yo lo poseyese, ni en dónde lo guardaba. Y adiós; te
amo como una madre. Así, averigua cuanto antes si alguna mujer de
Delfos, después de darte a luz, te expuso en este templo, o si ha sido
otra griega. Febo y yo, que lo sabíamos, te lo anunciamos. (_Entra en
el templo_).
ION