Pensé que quizá no volvería a salir nunca de la prisión, porque los

presos políticos durante el Imperio se eternizaban en las cárceles,

tuvieran o no culpabilidad, y cuando salían era por el capricho de la

policía o porque necesitaban sitio para otros presos.

Al fin nos dejan libres, y voy a Alemania. Estoy en Berlín y en Viena

dando lecciones, hasta que se me ofrece una plaza de preceptor en

Rusia, en una ciudad cerca de Moscú, en una casa católica. Tenía que

decir misa todos los días. Era una obligación para mí desagradable;

creía que había dado en el puerto; pero vienen los franceses, saquean

la aldea y voy yo huyendo a la buena aventura a Constantinopla; de

Constantinopla, a Egipto, y de Egipto, a Italia.

Cambio de nombre, voy a Roma y entro de secretario en casa de un

príncipe. Ganaba poco y cumplía mi misión y, al mismo tiempo,

estudiaba. Mis estudios despiertan la envidia de un abate rival, y éste

me denuncia a la Inquisición, y tengo que escaparme de Roma y marcharme

a Nápoles.

Era la época del carbonarismo. Me afilio a una venta carbonaria y me

envían a España con el general Pepe. Vivo en Barcelona y en Madrid, me

relaciono con el Gobierno liberal y llego a pensar si España será mi

patria adoptiva, cuando entran los Cien Mil Hijos de San Luis, y tengo

que huír con mis amigos a refugiarme a Gibraltar.

Un absolutista me ofrece su protección si quiero volver a Madrid; pero

yo considero que no debo abandonar a mis amigos.

De Gibraltar voy a Londres. Allí vivo con los españoles, y le conozco y

trato a Hugo Foscolo, aunque era hombre intratable.

En Londres me encargan varios diccionarios y un atlas de botánica. Paso

seis años estudiando y amontonando datos, y, al cabo de este tiempo,

se muere el editor, interviene la justicia, y se apoderan de mis

manuscritos y de mis estampas.

DE CHARLATÁN

Entonces ya perdí la moral: me entregué a la mala suerte. Todos los

emigrados se habían marchado a Francia; yo hice lo mismo. Me recogió un

charlatán y me hice, como él, charlatán de plazuela y algo saltimbanqui.

Había perdido mis esperanzas; había llegado a creer que el único

ideal del filósofo es tener un rincón donde dormir, protegido de la

intemperie, y algo caliente y sustancioso que meter en el estómago.

Eché mi primer discurso en París, en la plaza del Instituto.

Me decidí, pensando que había que ponerse el mundo por montera. Le daré

a usted una muestra de mi elocuencia.

Girovanna se engalló y miró a derecha e izquierda.

--Señores--dijo--: muchos de vosotros, por lo menos algunos de

vosotros, porque nos ven en la vía pública dirigiéndonos a un concurso

popular modesto, aunque culto e ilustrado, nos motejarán de impostores

y charlatanes.

Si nos vieran en la sala de este viejo edificio, adornados con medallas

y con cintajos, nos tomarían por sabios. Es achaque muy viejo juzgar

a la gente por su indumentaria y por sus condecoraciones. No debéis

juzgarnos por nuestros trajes, sino por nuestros conocimientos; no

antes de oírnos sino después de oírnos.

Un charlatán decía: Mi bálsamo se compone de simples, y mientras haya

simples en este pueblo no me iré de él. Aceptemos que haya muchos

simples en la vía pública. ¿Pero es que vosotros creéis que son menos

simples los que forman el auditorio de las Academias e Institutos? ¿Es

que creéis que son menos charlatanes los de los salones que los de

las plazuelas? ¿Qué quiere decir charlatán? ¿Me queréis decir? ¿Qué

significa esto, sino una palabra despreciativa que se puede emplear

contra todos los espíritus originales y de talento?

Charlatán se puede llamar al hombre que marcha a la plaza, al _ágora_,

a convencer a sus semejantes de la verdad que se ha encendido en su

alma.

Charlatán se le llamó a Sócrates cuando hablaba de su demonio familiar;

charlatán, a Alejandro el Magno cuando se decía hijo de un rayo;

charlatán, a Scipión el Africano cuando se tenía inspirado por los

dioses; charlatanes, a Pitágoras, a Empédocles, a Mahoma, a Polonio

de Tyana, a Alberto el Magno, que hablaban de sombras y de diablos;

charlatán, a Bacon, que afirmaba tener una cabeza de acero que hablaba;

charlatán, a Miguel Scott, que desde su caverna de Escocia hacía sonar,

con una varita mágica, las campanas de Nuestra Señora de París.

Y entre los innovadores, ¿a quién no se le ha motejado de charlatán?

Charlatán se le ha llamado a Copérnico, a Paracelso, a Miguel Servet, a

Colón, a Watt, a Stephenson...

Y, en fin, señores; si llegara a tanto vuestra obcecación, podríais

llamar charlatán, impunemente, a Nuestro Señor Jesucristo...

La cara de Girovanna tomó de pronto un aire de desagrado, y dijo:

--Ya en la pendiente del charlatanismo tuve éxito: aguas maravillosas,

elixires de amor y de juventud, filtros de belleza. Mi destino ha sido

éste: estudiar... aprender seriamente... no poder llegar a ser nada mas

que un histrión.

--Ya ve usted cómo el amigo de usted, que cree que yo debo de tener

algún vicio muy grande y muy fuerte, que me empuja a la miseria, se

engaña. No se quiere creer ciego al destino; se supone que es, a lo

más, tuerto; conmigo ha sido ciego de los dos ojos.

--¿Y nadie le ha querido a usted, abate?

--Nadie... nadie... Sólo aquella pobre bambina...

OFRECIMIENTO

Girovanna me explicó después sus sufrimientos y me habló de lo solo

que estaba en París. Luego me dijo que le gustaría vivir conmigo y que

me cedería sus trabajos gramaticales y sus procedimientos y recetas

químicas, para que yo los explotara.

--Sí, pero yo tengo que volver a España--le dije.

--Lo comprendo. Usted es un hombre de mundo, tiene usted otros planes.

Además, ¿quién se amarra a un barco viejo como yo que va al fondo?

Le miré al abate con tristeza. Realmente no era mas que un pobre hombre

con una imaginación exaltada.

Antes de marcharse, Girovanna me dió dos frascos: uno de un narcótico

y otro de un perfume. Al día siguiente tomé yo el camino para Bayona,

donde llegué con cinco francos.

QUINTA PARTE

LA AVENTURA PELIGROSA

EN LA COSTA

CANTÁBRICA

ESTE libro, comenzado en verano en un valle de los Alpes, voy a

terminarlo en otoño, a orillas del Cantábrico.

Estoy en casa de un amigo, en un pueblo de la costa vasca, uno de esos

pueblos un poco industrial, un poco pescador, un poco agrícola, con una

playa de bañistas. La casa donde vivo da por delante a una callejuela

y tiene por detrás una galería que mira al mar. Desde esta galería

suelo ver el puerto con sus vaporcitos, sus pailebotes y sus goletas,

que cargan cemento y descargan carbón. A la entrada de la ría hay un

puente gris, por donde corren raudos los automóviles y pasan coches y

bicicletas; más lejos, otro puente, por donde cruza el tren, dejando

nubes de humo negro, y estos diversos medios de locomoción, el tren,

el auto, los carros, las bicicletas, los vapores y los barcos de vela,

dan al paisaje un aire pedagógico e instructivo de lámina de libro de

lectura para niños.

Por la mañana paseo en la playa con mi amigo. Los veraneantes se van;

las casetas de lona desaparecen; algunos chicos juegan todavía en el

arenal haciendo agujeros; el mar se muestra más azul que nunca; el sol,

amarillo y templado.

Por las tardes vamos por la carretera que bordea la costa. Es la

época del equinoccio. El mar está irritado; las olas se erizan de

espuma y rompen en las rocas; los pedregales de la costa resuenan como

descargas, en la resaca; las gaviotas revolotean; la espuma espesa va

llevada por el viento en copos, no tan blancos como los de la nieve, y,

a lo lejos, el cabo de Machichaco, misterioso y fantástico, se destaca

en el mar sombrío y hostil.

De noche oigo el rumor lejano de las olas, y cuando no puedo dormir

pienso en mis memorias y escribo alguna página de ellas.

I

MARÍA LUISA DE TABOADA

AL llegar a Bayona me encontré a don Eugenio preocupado; ni García

Orejón ni Bertache daban señales de vida.

Aviraneta había pensado enviar un nuevo agente al campo carlista para

que observase el carácter de la escisión entre marotistas y partidarios

de Arias Teijeiro, y hasta qué punto llegaba el odio entre ellos.

Aviraneta consultó el caso con doña Paca Falcón, y ésta le dijo:

--Un agente no tengo; pero una agente, sí. Conozco a una mujer que creo

que sería capaz de ir al campo carlista y hacer con inteligencia la

comisión que se le indicara.

--¿Es carlista?

--Sí, carlista, aunque del grupo moderado. Se encuentra, por el

momento, en una situación un poco difícil. Yo le hablaré, y, si quiere,

le citaré para mañana aquí mismo.

Efectivamente; al día siguiente, doña Paca Falcón estaba en la

trastienda con la señorita María Luisa de Taboada.

María Luisa era hija de un abogado, corregidor de Guipúzcoa en 1824, y

después, fiscal de la Audiencia de La Coruña. Este señor, al comienzo

de la guerra, se declaró por Don Carlos y escribió un folleto atacando

con violencia a María Cristina y a Isabel II y haciendo la apología del

Pretendiente. El abogado Taboada fué amigo y asesor de Zumalacárregui.

María Luisa, en este momento, servía de señorita de compañía a una

familia francesa en una casa de campo de las inmediaciones de Bayona.

María Luisa era muy conocida en el pueblo por su ingenio, su desparpajo

y su exaltación carlista. En tiempo de Zumalacárregui había desempeñado

algunas misiones diplomáticas en Madrid, Turín y Nápoles, por lo cual

se la consideraba como una mujer dotada de sagacidad y de travesura.

María Luisa pertenecía al partido carlista moderado, al grupo de

Maroto, Villarreal y el padre Cirilo.

La vi a esta muchacha entrar y salir en la trastienda de la casa de

doña Paca.

--He tratado de sondearla y de que pasara a nuestras filas--me dijo

don Eugenio--; pero es imposible. Esta muchacha es fanática carlista y

pertenece a la Congregación de San Vicente de Paul. Tengo que variar de

plan. La he convidado a comer mañana en Bidegañeche, una fonda de San

Pedro de Irube. Iremos ella y yo paseando, y luego tú la llevas en el

tílburi de Iturri a su casa.

--Muy bien.

--Galantéala un poco.

--Bueno. ¡Vaya un papel que me quiere usted dar!

--No te costará mucho trabajo. Ya sabemos cómo eres.

Fuí con el tílburi a San Pedro de Irube. Hacía un día de invierno,

espléndido. Dejé el cochecito en la cuadra de Bidegañeche y subí al

comedor pequeño, que estaba empapelado con un papel que representaba un

puerto con sus muelles, sus barcos y sus montes a lo lejos.

Aviraneta me presentó a María Luisa de Taboada.

María Luisa era una mujer de mediana estatura, morena, seca. Tenía

el óvalo de la cara muy alargado; la nariz, también larga; los ojos,

pequeños, brillantes, muy bonitos; el pelo, negro; la piel, curtida

por el sol; la boca, un poco incorrecta, que dejaba al descubierto

la dentadura, blanca y fuerte. Nadie hubiera dicho que era bonita,

pero tenía atractivo. Había en ella algo de la viveza y de la gracia

de la cabra. Su cuerpo era esbelto y bien formado; la mano, chiquita

y, a pesar de esto, fuerte; el pie, muy pequeño. Se vestía un tanto

caprichosamente, aunque siempre de obscuro. Llevaba corbatas de hombre

y sombreros de hombre. Tendría unos veinticinco a veintiséis años. Su

padre era gallego y su madre castellana. Ella había heredado de su

madre su sequedad y su energía.

Hablando, María Luisa era un poco redicha y recalcaba las palabras con

cierta complacencia. Se expresaba de una manera coloreada y pintoresca.

A veces hacía gala de su erudición, y sacaba a relucir a Santo Tomás o

a San Agustín, y entonces resultaba un poco pedante.

Estas observaciones hice mientras Aviraneta y ella charlaban de

política en la comida.

Aviraneta se mostró partidario del bando moderado entre los cristinos,

y enemigo mortal de los exaltados. Dijo a María Luisa que los moderados

de Isabel II y los de Don Carlos pretendían una misma cosa, y que

podrían entenderse, pues los puntos que los dividían apenas tenían

importancia.

El casamiento del hijo de Don Carlos con Isabel II podría ser la mejor

solución y el término de la guerra, y para prevenir dificultades y

celos, si se llegaba a un acuerdo, se extrañaría del Reino al infante

Don Carlos y a María Cristina. La realeza o suprema autoridad del

Estado residiría mancomunadamente en Isabel y Carlos, como en tiempo de

los Reyes Católicos. Se convocarían Cortes, y se daría a la nación una

Constitución y un régimen moderados. Para conseguir esto era preciso

acabar con los corifeos del bando exaltado de ambos campos.

María Luisa, con la pedantería que tienen las mujeres cuando se ocupan

de política, barajó aquellos lugares comunes con entusiasmo. Yo, como

había oído muchas veces exponer estas y otras teorías parecidas, oía la

conversación como el que oye el rumor de las olas.

Después de la comida preparé el tílburi y ayudé a montar a María Luisa.

Fuimos a ver a San Pedro de Irube, el castillo del Petit-Lisague y la

gruta en donde el caballero de Belzunce mató a un terrible dragón, tan

cándido y buena persona como todos los dragones.

--¿Y usted no se ocupa de política?--me preguntó María Luisa.

--Yo, no; todo eso me aburre profundamente.

--Usted será un señorito rico que no piensa mas que en divertirse.

--¡Le parece a usted poco! Es muy difícil divertirse.

--¡Qué asco! Yo con un hombre como usted no iría a ninguna parte.

--Yo con una mujer como usted iría a algunos sitios.

--¡Bah! ¿Se las va usted a echar de Don Juan?

--¿Por qué no?

--Conmigo no tendrá usted éxito.

--¡Oh, sí! ¡Quién sabe!

--¡Qué estúpido es usted!

--Quizá. Usted también es un poco pedante.

--¡Yo!

--Sí.

El calificativo no le hizo ninguna gracia.

María Luisa tenía una gran seguridad en sí misma. Se creía la

ciencia infusa. Tenía una risa clara, despreciativa, una petulancia

completamente ibérica.

Dejé a María Luisa en su casa y me volví a la fonda de Iturri a

entregar el coche.

II

PETULANCIA CONTRA PETULANCIA

LA señorita de Taboada me hizo efecto, y dispuse emprender su conquista.

Al día siguiente de comer con ella en San Pedro de Irube la volví a ver

en casa de la Falcón, y hablamos.

Ella estaba conmigo siempre en guardia.

María Luisa, por lo que me dijo la Falcón, era una mujer original, de

una vida poco corriente, con una extraña juventud.

Había vivido en Francia, en Italia y en España; había seguido con su

padre a las tropas de Zumalacárregui, montando a caballo, andando entre

breñales y descampados, recibiendo la lluvia y el sol; sabía historias

libertinas, que las contaba con mucha gracia, y pasaba de contar estas

verduras a hablar de sus ideas religiosas, que en ella se hallaban muy

arraigadas.

Era muy devota, y al mismo tiempo, en su conversación, muy atrevida,

cándida y maliciosa, intrigante y simple, y siempre muy novelera.

Bromeé con ella preguntándole acerca de sus amores en Bayona.

Para ella en Francia no había gente que le interesara. Los franceses le

parecían muñecos que no le preocupaban; para ella no había mas que los

españoles.

Era un caso de arbitrariedad parecido, aunque contrario al de madama

D'Aubignac.

Conocí a una de sus amigas, hija de un coronel carlista, que era una

solterona fea y rencorosa, que no podía soportar la importancia de

María.

--María Luisa es una loca--me dijo--. Se figura que ha de cumplir

grandes misiones en el mundo; sueña con ser una Juana de Arco o una

Santa Teresa de Jesús.

--¿Es ambiciosa, entonces?

--Sí, pero sin base. Es muy superficial. No tiene talento alguno. Ha

aprendido aquí y allá frases de efecto, y las baraja en la conversación.

--Sin embargo, dicen que Zumalacárregui la consultaba a menudo.

--¡Ca! A su padre; a ella, no. En muchas cartas que Zumalacárregui

dirigió a su padre, en donde ponía: Querido amigo, ella cambió las oes

en aes y puso: Querida amiga.

--Dicen que el general Villarreal la atiende mucho.

--Si ha sido su querida.

--¡Cree usted!

--Eso dice todo el mundo. Es verdad también que han pensado en casarse,

pero él está preso y tísico, y no se pueden casar.

La amiga me dió estos detalles con fruición.

Me enteré de la vida de Villarreal. Entonces el caudillo carlista

tendría unos treinta y cinco años. Gozaba fama de hombre valiente,

recto y de carácter. Se le consideraba como sencillo, modesto y

ordenancista. Debía ser, sin embargo, un fanático, a juzgar por

la orden de fusilar al viejo médico don Francisco Manzanares, en

Escoriaza, sólo porque éste no tenía ideas religiosas.

Aquellos datos me servirían en mi lucha contra María.

A los pocos días de conocerla estaba casi enamorado de María Luisa;

tenía por ella una pasión de vanidad, de amor propio y de algo de

rencor.

Mis relaciones con madama Laussat habían sido un amor tan físico,

que no me dejaron ningún recuerdo en el espíritu; mis amores con la

marquesa Radensky fueron una fantasía vaga y corta, como una borrachera

de Champaña; a Corito la seguía queriendo, pero su recuerdo me daba la

impresión de algo vago, ideal como celeste.

En cambio, por María Luisa tenía una pasión erótica, de malos

instintos, un fondo de rencor, una necesidad de dominarla, de

humillarla, y una antipatía profunda por sus inclinaciones, sus ideas y

sus amistades. Tenía en esta época una petulancia y una impertinencia

donjuanesca. Me creía capaz de todo y de vencer cualquier dificultad

que se me presentase. Estaba convencido de que vencería y sometería a

María Luisa.

Además, me atraía; había en ella algo ardiente y seco que me gustaba.

Era como un paisaje castellano tostado por el sol.

Cuando supe que María Luisa, aceptando la peligrosa comisión que le

daba Aviraneta, iba a entrar en España, la dije:

--La voy a acompañar a usted.

--¡Ca!

--Ya verá usted. Pienso hacer su conquista. Tengo que quitar la novia

al general Villarreal.

--¡Qué ilusión!

--¿Usted me deja acompañarla?

--Bueno. No tengo inconveniente.

--Usted, naturalmente, no me denunciará a los carlistas. Sería una mala

acción.

--Yo no le denunciaré. Usted tampoco intentará intervenir en mis

asuntos.

--No, señora.

--Ni intentará ninguna violencia contra mí.

--Ninguna.

María Luisa empezaba a tenerme miedo.

--Nada; iremos juntos. Diré que es usted un pariente mío.

Le agarré la mano.

--Tiene usted una mano fuerte, de hierro. Podría usted estrangular a

uno.

--¡Vaya un cumplimiento!

--Es una mano que me enamora.

Se la besé.

--¡Qué estúpido es usted!--exclamó ella.

--Es posible; pero usted me llegará a querer.

--Nunca.

--Tengo la mala suerte de que todo lo que quiero, al fin lo consigo.

--¡Qué alabancioso! ¡Qué tonto!

--Usted lo verá.

--Sí, usted es el emperador, su alteza real.

--No se ría usted todavía; al final veremos quién tenía razón.

Cuando Aviraneta supo mis propósitos de acompañar a María me quiso

disuadir del proyecto.

--Deje usted--le contesté yo--; yo creo que habrá algo interesante que

ver en ese viaje.

Mi vanidad me hacía creer en esta época que vacilar, abandonar una

acción cualquiera por pereza o por blandura de espíritu, era una

cobardía indigna de un hombre de acción, de un discípulo de Aviraneta,

que con el tiempo tenía que eclipsar a su maestro.

Había tomado como norma de conducta no estar en la indecisión, pesando

el pro y el contra de las cosas por hacer, sino decidir, y después de

decidir, ya no volver sobre mi acuerdo hasta que un obstáculo fuerte me

impidiera seguir adelante, y entonces ver de vencerlo o de soslayarlo,

según su importancia.

Una de las cosas que podía llamar sobre mí las sospechas en mi viaje

era mi aire de juventud.

Para remediarlo fuí a casa del peluquero y le pregunté si no habría

medio de pintarse canas. Le chocó mucho la pregunta e hizo algunas

pruebas, hasta que eligió un líquido, que me dió en un frasco.

--No creo que el efecto dure mucho tiempo; tendrá usted que darse cada

dos o tres días.

Me miré a un espejo.

--Está muy bien--le dije--. Me envejece lo menos diez años.

--Y además le da a usted un aire muy distinguido.

Me preparé para el viaje. No llevaba mas que algunos billetes de Banco

cosidos en distintos puntos de la ropa, un gabán y un impermeable.

En el bolsillo del pecho guardaba el frasco de narcótico del abate

Girovanna.

Aviraneta dió largas instrucciones a María, escritas con tinta

simpática, acerca de lo que tenía que hacer y decir al verse con Maroto

y con los generales carlistas del bando exaltado. Le dió también diez

onzas de oro para el viaje, que María cosió en el corsé.

A final de enero, con los papeles en regla, María Luisa y yo tomamos

la diligencia, bajamos en San Juan de Luz, alquilamos dos caballerías,

pasamos por Vera, y llegamos por los montes a Oyarzun, donde dormimos.

El segundo día cruzamos las filas carlistas, y el tercero estábamos en

Tolosa.

María Luisa escribió desde allí a don Eugenio diciéndole que la

mayoría de la gente con quien hablaba era partidaria de los presos ya

libertados de Arciniega. Villarreal no tenía mando aún y esperaba, para

obtenerlo, el que el padre Cirilo subiese al Poder.

El 3 de febrero llegamos a Vergara y presenciamos la entrada del

Pretendiente. Después fuimos a una misa de gala muy decorativa. En la

iglesia, en el sitio de honor, estaban Don Carlos y su hijo, vestidos

de uniforme; la duquesa de Beira, con traje de cola muy lujoso, y luego

la corte, galones, penachos, plumeros, levitas; el general Uranga; doña

Jacinta, la Obispa; la camarista señorita de Arce; el obispo de León,

etcétera, etc.

Yo me coloqué al lado de María Luisa, que me indicaba cuándo tenía que

arrodillarme y levantarme.

--La verdad es que estaría gracioso que ahora me adelantara yo e

intentara dirigir todos estos movimientos místicos y ceremoniosos de la

etiqueta cortesana--le dije a María.

--Usted está malo de la cabeza--me contestó ella.

--María Luisa me iba tomando cierto respeto; lo que yo consideraba

como un buen síntoma para mis propósitos. Mi petulancia antirreligiosa

y antimonárquica y mi manía de impiedad le producían a ella verdadero

espanto.

Al salir de la iglesia le dije a María Luisa:

--¡Sabe usted que encuentro a su rey cierto aire de carnero!

--No, pues no tiene usted razón; es un hombre guapo.

--Guapo, no. Por mucho fervor monárquico y borbónico que sea el suyo,

no puede usted decir que es guapo. ¡Con esa quijada, y ese labio belfo,

y ese aire tristón y ridículo! La verdad es que estos Borbones, desde

el punto de vista estético, no valen gran cosa.

--¿Y María Cristina, es mejor?--preguntó ella con sorna.

--¡La excelsa Cristina! Es una italiana guapetona, vasta; pero esta

brasileña de ustedes es peor. Chata, fea, disciplente, herpética... Eso

es un perro de presa. Yo no la tomaría ni de cocinera.

--¡Ah, claro! Usted, no. Usted necesita una hada, una hurí de Mahoma.

--Ya ve usted que usted me gusta y no es usted ninguna hurí.

--Usted tampoco es muy galante.

--Es verdad; nunca lo he sido.

En Vergara, María Luisa fué a visitar a Maroto y le habló. Maroto

parece que le dijo que estaba cansado de ver que el rey favorecía a los

enemigos suyos, y que iba a tomar una determinación grave y que haría

época.

Corrió por Vergara que entre el Pretendiente y su general en jefe se

habían cruzado estas palabras:

--Señor--le había dicho el general--: la irresolución de Su Majestad

compromete la autoridad que en mí ha depositado. Si Su Majestad no

castiga a los generales y palaciegos que trabajan sediciosamente contra

mi honor y mi vida, me veré en el caso de fusilarlos.

--¡De fusilarlos! ¿Te atreverías?

--Me atreveré, aunque Su Majestad después tenga el disgusto de mandar

separar mi cabeza de los hombros.

--No lo harás--replicó Don Carlos.

--Eso ya lo veremos--murmuró Maroto al cesar la entrevista.

Aquello fué un desafío entre el rey y el general, y todos los

palaciegos se mostraron indignados de la soberbia de Maroto.

Antes de salir de Vergara, María Luisa tuvo una segunda conferencia con

el general. A mí no me dijo de qué habían tratado; pero debía de ser de

algo grave, porque María Luisa volvió muy preocupada.

III

EN ESTELLA

DOS días después de llegar a Vergara salimos para Estella en un

carricoche roto y desvencijado, con un cochero que cantaba alegremente.

Este cochero tenía dos motes a falta de uno: le llamaban Cholín

Tripatriste, y era hombre alegre como unas castañuelas.

En el camino hacía frío; yo me quité el gabán y se lo puse en las

rodillas a María.

--No quiero; de ninguna manera--me dijo ella.

--Entonces deje usted que nos sirva para los dos.

--Bueno; pero no intente usted aprovecharse.

--¿Es que lo he intentado alguna vez?

--No, no. Es verdad. Lo reconozco; y si abandona usted ese ridículo

proyecto de que yo me enamore de usted a la fuerza, seremos buenos

amigos.

--No, a la fuerza, no. Yo desplegaré mis recursos en línea de batalla;

usted se opondrá a su modo.

El amor, el dandysmo y la intriga · 第 15 / 18 段