--¿Y por qué no ser buenos amigos?

--No me basta.

El cochero se puso a cantar:

Yo tengo una cachuchita

sólo para mi recreo.

Luego se dedicaba al estribillo:

Vámonos,

china del alma;

vámonos

a Puerto Rico;

irémonos.

María Luisa y yo hablamos de nuestros amigos y conocidos de Bayona, y

ella me contó un sinfín de anécdotas de los carlistas que vivían allí.

El cochero volvió de nuevo a la cachuchita:

Tengo yo una cachuchita

que siempre está suspirando,

y sus ayes y suspiros

se dirigen a Don Carlos.

--Bueno, bueno, Cholín. ¡Basta de cachuchita!--le grité yo con voz

estentórea.

--¡Qué bruto es usted!--me dijo María Luisa.

--Gracias.

--Le ha dejado usted al hombre aturdido.

--Es que ese animal no nos dejaba hablar.

Entramos en Estella. Todas las posadas estaban ocupadas. María fué a

visitar a la viuda de don Santos Ladrón, que le dió hospedaje, y yo

marché, por indicación de Cholín, a la calle de San Nicolás, a casa de

una mujer que tenía huéspedes.

La casa de la Martina era una casucha pequeña, con una cuadra, una

leñera y la cocina en el piso bajo; una salita y un gabinete, con dos

alcobas, en el alto. Este gabinete había sido de un cura y tenía varios

armarios llenos de libros religiosos.

En una de las alcobas, en la más grande, dormían un oficial carlista

que, según me dijo la dueña, estaba algo enfermo, y un fraile

castellano. La alcoba más pequeña me la destinaron a mí.

En el pueblo había una gran agitación. Los soldados de los batallones

navarros estaban excitados, y se decía que iba a haber una matanza

general de marotistas y de hojalateros.

La plaza solía estar, mañana y tarde, llena de corrillos de

apostólicos, a los que llamaban de la vela verde, entre los que se

destacaban curas y frailes que peroraban con violencia y con pasión.

Una mañana le vi allí al general Guergué en un grupo de sus

partidarios. Era don Juan Antonio Guergué hombre de unos cincuenta

años, pequeño, rechoncho, áspero en el hablar. El general Guergué

había tenido la humorada de decir a Don Carlos: «Nosotros, los brutos,

llevaremos a Su Majestad a Madrid»; y parecía tener empeño en demostrar

que no abdicaba de su papel de bruto.

En el corro, al lado de Guergué estaba el oficial de la secretaría de

Guerra, don Luis Ibáñez, hombre de confianza de don Juan Antonio, tipo

de fanático sombrío, de rostro macilento, con la mirada baja.

El grupo de curas, apostólicos y empleados, escuchaba las palabras de

Guergué con gran respeto.

Sonó la oración del mediodía; se descubrieron todos y rezaron.

Luego, un asistente sacó de la posada de la plaza un caballo; montó

Guergué y, después de haber lanzado una última bravata, se fué como una

exhalación. Iba, según me dijeron, a Legaria, donde vivía.

En estos corros encontré también a Orejón y a Bertache.

Orejón me dijo que existía una conspiración entre los _puros_, en

la que entraban los generales García, Guergué, Sanz y Carmona, el

intendente Uriz, el cura de Allegui, don Juan Echeverría; don Ramón

Allo, capellán del Estado Mayor General, y otros, todos apostólicos

rabiosos y absolutistas puros y netos.

La correspondencia de los generales navarros conjurados con sus amigos

del Real pasaba por las manos de dos secretarios del Ministerio de la

Guerra, don Florencio Sanz, hermano del general, y don Luis Ibáñez,

antiguo secretario de Guergué, que solía aparecer con frecuencia en

Estella, y a quien yo había visto días antes.

Entre los generales rebeldes se había pensado en prender a Maroto

cuando pasase revista a varias fuerzas destinadas a cruzar el Ebro, y

fusilarlo.

--¿Le ha dado a usted instrucciones don Eugenio?--me preguntó Orejón.

--No.

--¡Qué falta!

--Se las ha dado a una señorita que ha venido conmigo, y que se llama

María Luisa de Taboada.

--¿Quién es esa señorita?

Le expliqué quién era.

--¿Dónde vive?

--Ha parado en casa de la viuda de don Santos Ladrón.

--Muy bien; la buscaré.

Dejé a Orejón, que me citó para el día siguiente en el mismo sitio, y

anduve con Bertache oyendo lo que se decía entre los grupos:

--¡Rediós! No ha de quedar uno de los que quieran transacciones--decía

un hombre del pueblo--. A tiros acabaremos con ellos, y no le

obedeceremos ni al rey.

--Está probado--saltaba otro--que Maroto es fracmasón; lo ha dicho el

general García en el convento de San Francisco.

--Pues otros dicen que Maroto es comunero, que es peor.

--Yo he oído que es carbonario--añadía un tercero--, y esos son los más

malos.

Bertache me contó que en el convento de San Francisco de Estella habían

andado los frailes a linternazos, después de una disputa en que unos se

pusieron a favor y otros en contra de Maroto.

Fuimos a otro grupo.

--Maroto es el protector de todos los pícaros y ateos--decía un viejo

apostólico--, un masón más.

Todos suponían que se entendía con los liberales.

Las noticias que pude recoger aquel día eran de la misma índole. Al

parecer, el general García tenía comprometidos al batallón de Guías de

Navarra, al 5.º y al 9.º, para el movimiento antimarotista.

Los _puros_, como se decían ellos, tenían gran confianza en su triunfo.

Creían que la trampa que habían preparado para Maroto, y que, según

decían, había perfeccionado Carmona, era una maravilla de maquiavelismo

y de precisión, y dormían tranquilos.

IV

LOS CONJURADOS

AL día siguiente me encontré en el mismo sitio con García Orejón, que

me indicó que le siguiese de lejos. Fuí tras él a una casa de la calle

de la Rúa, donde tenía su alojamiento. Subimos a un cuarto pequeño,

cerró bien las puertas, y luego, con mucho misterio, me dijo:

--La cosa anda mal. Estos navarros creen que van a poder contra Maroto,

y Maroto es un hombre terrible. Esta gente se dedica a charlar y a

decir que va a hacer, y el otro hace. En casa de Pérez Tafalla, de la

viuda de Santos Ladrón, y en las demás tertulias del pueblo, se dice

que todos los amigos de Maroto y del justo medio van a ser presos.

El general García, que está como loco, le pidió hace días un plan a

Carmona para sublevar Navarra. Este plan se lo han enviado a Guergué

a su casa de Legaria, con un primo de éste, que se llama Lagardón y a

quien la gente llama Lagartón. Después de haberlo examinado Guergué,

se lo ha vuelto a dar a Carmona, y Carmona ha mandado el proyecto

definitivo a García, por intermedio de la amiga de usted, María Luisa

de Taboada. María Luisa me lo ha dejado a mí antes, y yo lo he copiado.

--¿Y qué va usted a hacer con el plan?

--Se lo voy a entregar a Maroto.

Me quedé helado.

--¿Va usted a enviar eso por correo?

--No; ahora mismo me voy de Estella. Entregaré yo el plan en persona.

Salimos de su casa; yo, pensando en el peligro que corría María Luisa.

Si se descubría que hacía traición a sus amigos, la iban a hacer

pedazos.

Por la tarde fuí a visitar a María Luisa a casa de la viuda de don

Santos Ladrón. Pensaba advertirla del peligro que corría. María Luisa

me presentó en la casa como legitimista de Bayona. Conocí a los

generales Sanz y García.

Don Pablo Sanz era el futuro marido de la viuda de don Santos Ladrón.

Era un hombre todavía joven, de buen aspecto. Me pareció un tanto

vanidoso y petulante. Me dijeron que era borracho y de un carácter

desigual, como la mayoría de los alcohólicos.

El general García era más viejo que Sanz, de unos cincuenta años, de

cara seria, de malhumor, flaco, de bigote corto. Era brusco, bilioso,

de modales toscos, mal hablado, amigo de la clase de tropa más que de

los oficiales; enemigo de los forasteros y navarrista furioso. Tenía

el aire de un atrabiliario. Habló de una manera muy jactanciosa y

fanfarrona, como si despreciara profundamente a Maroto.

Aseguró que Sanz y él lo que querían sobre todo era comenzar las

operaciones, cosa a que se oponía Maroto, porque indudablemente estaba

de acuerdo con Espartero. Las señoras carlistas se entusiasmaban con

los desplantes de García.

--¿Y si viene aquí Maroto?--dijo uno.

--Que venga. El pueblo se levantará contra él, y aquí mismo lo

fusilaremos--contestó el general carlista.

Toda aquella gente tenía una tranquilidad y una seguridad un poco

absurda.

Como yo no había podido hablar a María Luisa a solas, le dije que al

día siguiente fuera a mi casa.

Fué quizá creyendo que le iba a importunar con galanterías; y le

expliqué de qué se trataba.

--Creo que debe usted marcharse ya--le dije.

--¿Tiene usted miedo?--me preguntó ella.

--No; tengo miedo por usted.

--Pues yo, ninguno.

--¡No sea usted pedante!

--Me está usted cargando con eso. Váyase usted; no le necesito para

nada.

--Bueno, bueno. Está bien.

María Luisa se despidió muy orgullosa de su valor.

Los días siguientes hizo un tiempo muy malo de frío y lluvia. Era poco

agradable andar por las calles, llenas de barro. Entré en conversación

con el fraile castellano que dormía en la alcoba inmediata y que

cuidaba del oficial carlista enfermo. El oficial estaba flaco como un

espectro. A cada paso tenía que levantarse de la cama. Habían llamado a

un médico militar, y éste contestó que iría cuando pudiera.

En Estella había tifus, como en todos los pueblos donde estaban

amontonados los soldados; pero yo no tenía aprensión alguna. En la casa

no se tomaban precauciones, ni se separaban los vasos y cucharas que

empleaba el enfermo.

El oficial no me pareció que estaba tan grave como decía el fraile,

porque hablaba, aunque de noche se ponía ya pesado y empezaba a

delirar. El fraile era castellano y marotista.

Me dijo que el proyecto de transacción entre carlistas y cristinos

que se atribuía a Maroto era falso, y que lo había inventado el padre

capuchino Larraga, para desacreditar al general en jefe.

Me contó cómo el cura Echeverría y el general García prepararon el

asesinato del brigadier Cabañas, por castellano y moderado, y que los

azuzó Arias Teijeiro.

Me describió a Guergué, que era un bruto violento, arbitrario, a quien

movían como a un muñeco los palaciegos desde el Real; al general

don Pablo Sanz, otro navarro, violento y voluble, de poco talento y

entregado a la bebida; al brigadier Carmona, que era el más listo

de todos, y al intendente Ibáñez, que era un fanático, de carácter

siniestro, que no disfrutaba mas que haciendo daño, viendo prender o

fusilar a alguien.

Escuché las confidencias del fraile, y me ofrecí a él por si necesitaba

algo el oficial enfermo.

Le hablé luego yo de los capuchinos del convento de Vera, sobre todo

del padre Gregorio, y me dijo que creía que éste se encontraba de

oficial en las filas de Don Carlos.

V

LAS TROPAS DE MAROTO

LLEVABA ya una semana en Estella. Un día corrió el rumor de que Maroto

se acercaba al pueblo con sus tropas. Me dijo el fraile de mi casa que

el general había ido por Lecumberri a buscar Irurzun, y de allí bajaba

por Riezu y Abarzuza. La emoción en el vecindario era enorme.

Salí de casa y encontré a Bertache en el puente del Azucarero. Me dijo

que la cosa iba mal para los exaltados. Maroto había salido de Tolosa y

parecía que venía a Estella dispuesto a pegar de firme.

Se dijo que Maroto había llamado al brigadier don Teodoro Carmona y le

había dicho:

--Voy a Estella. Vaya usted primero y advierta usted a sus amigos

García, Guergué y Sanz, que se preparen y se defiendan, porque, con sus

mismas fuerzas, los voy a fusilar.

Carmona creyó que era una bravata para asustarles, y que, por lo mismo

que lo decía, no haría nada.

Maroto estaba ya a las puertas de la ciudad.

--¿Qué pasará?--se preguntaban todos.

A media tarde comenzaron a entrar en Estella los soldados de Maroto.

Yo los vi en patrullas desde la ventana de mi cuarto. En casa de mi

patrona entraron seis, subieron a la sala y dejaron los fusiles en

los rincones, y después las cartucheras y los morrales. Eran mozos

castellanos.

--¿Estarán descargados los fusiles?--preguntó la patrona.

--Sí, señora; no tenga usted cuidado.

--Es que vienen los chicos de la vecindad y, jugando, pueden hacer un

estropicio...

--Nada; no hay miedo. ¿Cuántas camas tiene usted, patrona?

--Cuatro; pero están ocupadas: una la tiene un oficial enfermo.

--Lo dejaremos tranquilo. En las camas, ¿cuántos colchones hay?

--Dos; y en algunas, tres.

--Bueno, pues se repartirán. ¿Tiene usted guardilla, patrona?

--Sí, señor.

--¿Se puede dormir allí?

--Sí, quitando unos trastos que hay. Ahora, que hará frío.

--Eso no importa; ya estamos acostumbrados. ¡Con tal de que no llueva

dentro!

--No, no. Eso, no; no entra agua.

Se oyeron las botas pesadas del cabo y de otros soldados en la

escalera, que subieron y luego bajaron, metiendo un ruido como si

fueran un regimiento.

--Bueno--dijo el cabo--; tres dormirán en la guardilla; dos, en la

sala, y uno, en la cocina. ¿Tiene usted algo que decir, patrona?

--Nada, nada. Veo que os hacéis cargo de las cosas y que sois unos

buenos muchachos, que no queréis perjudicar a una pobre vieja como yo.

--Todos tenemos que vivir, señora.

--Es verdad, y no somos ricos.

--Ahora dígale usted a nuestro cocinero, que es este chico cigaleño,

dónde puede hacer nuestra cena, y dele usted la leña y la sal.

--Voy al momento.

--Bueno, muchachos--dijo el cabo--. Vamos a ver qué hay por esas

calles... ¡y viva Maroto!

Fuí a la cocina. El soldado estaba preparando el fuego y cantando:

Para mi padre

le traigo una espuela;

para mi madre,

un pañuelo de seda.

Charlé un rato con este muchacho, que me habló de Cigales, su pueblo, y

me contó por qué circunstancias estaba en la facción.

Luego salí a la calle. Había grandes corros de soldados en las plazas

y en las puertas de las tabernas. Le encontré al fraile compañero de

cuarto. Me dijo, celebrándolo, que todos los curas, apostólicos y

empleados, habían echado a correr como liebres a salvar la preciosa

vida. Cerca de Lecumberri, Maroto había atrapado al general Sanz, que

iba huído.

De Lecumberri, al bajar a Irurzun, pasando por las Dos Hermanas, un

momento antes de llegar a Atondo, en una vuelta que forma el camino

entre el río Larraun y una piedra que sobresale cerca del paso de

Osquia, tropezaron los caballos de Maroto y del intendente Uriz, que

marchaba también escapado. Maroto mandó prenderlo, y con Sanz y Uriz,

presos, entró en Estella.

El general García había hecho la baladronada de asomarse al balcón de

su casa con sus ayudantes a ver la entrada de Maroto, y no le había

saludado ni se había presentado a él. Se decía que los batallones

navarros estaban tomando posiciones en las casas del pueblo y en la

carretera de Pamplona y de Logroño para oponerse al avance de Maroto,

pero no era verdad.

Fuimos el fraile y yo adonde se alojaba María, y nos dijeron que no

estaba. Entonces volvimos a casa y advertimos en la calle de San

Nicolás mucho bullicio. De pronto vimos pasar un cura, rodeado de

soldados. Como ya estaba obscurecido, no se le veían las facciones.

--¿Qué ocurre?--preguntó el fraile a una vieja.

--Dicen que al general García acaban de prenderle.

--Y ese cura, ¿quién es?

--No sé.

El cura era el general García, que, disfrazado con sotana y manteo,

había querido escapar por el portal de San Nicolás.

Nos asomamos el fraile y yo al portal, un arco negro, pequeño, con un

farolillo de una luz triste encima, que iluminaba una imagen de un

Cristo. Dos oficiales nos intimaron violentamente a marcharnos de allá.

VI

LA ENCERRONA

VOLVÍ a entrar en casa y me metí en la cocina, iluminada por la luz del

candil. El soldado de Cigales seguía cantando y cuidando del rancho.

Hablamos del asunto del día.

Charlaba con el soldado cuando vino la patrona, conmovida por el suceso

ocurrido en la vecindad: la prisión del general García. La mujer del

general García había suplicado a su marido que se fuera, y que se

fuera de Estella, pero él no quiso; luego había estado en su casa el

cura de San Pedro, que le convenció, le dió su sotana, el manteo y la

teja, y García fué a casa del cura y estuvo allí una hora, hasta que

quiso escapar saliendo por el portal de San Nicolás, donde le detuvo el

centinela.

Se decía que lo iban a fusilar, y que lo iban a fusilar vestido de cura.

En esto entró una vieja preguntando por mí y me dió una carta. La abrí.

Decía lo siguiente:

«A María Luisa la han llevado engañada a una casa de la calle

del Chapitel dos hombres del 5.º batallón, y la tienen allí

presa. Avísele usted a Bertache, que está alojado en el callejón

sin salida de la calle de la Calderería, en la casa del fondo, a

la derecha, y entre los dos, y mejor si llevan algún compañero,

pueden salvarla. Quémeme usted esta carta.

_Un amigo._»

--¿Y la vieja que ha traído esta carta?--le pregunté a la patrona.

--Pues se ha marchado.

--¿La conoce usted?

--No.

Me hubiera gustado hacerle algunas preguntas; pero yo había estado muy

lento, o ella muy rápida, porque, aunque me asomé corriendo a la calle,

no la vi.

Quemé la carta en el fuego de la cocina, subí a mi cuarto y me metí una

pistola en el bolsillo. Me eché el impermeable sobre los hombros y me

dispuse a buscar a Bertache.

No llovía; la noche estaba húmeda; al pasar por el puente del Azucarero

estuve un momento contemplando la luna, que asomaba por encima de los

tejados y se reflejaba en el río.

El pueblo estaba desierto. Se habían cerrado todas las tiendas y las

puertas de las casas. Fuí a la plaza. Allí había grupos y corrillos

de militares y de algunos curiosos. Los militares decían que había

que fusilar a García, a Guergué y a sus amigos, y seguir el mismo

procedimiento con los traidores del Cuartel Real.

Me alejé de la plaza y me metí en el callejón sin salida de la calle de

la Calderería.

Avancé hasta el fondo y vi a mano derecha una puerta entornada.

Llamé, dando unas palmadas. Apareció una vieja, la que me había

entregado la carta, alumbrándose con un candil. Era una vieja bruja,

encorvada, de ojos negros, nariz afilada y boca sumida.

--¿Está aquí Bertache?--le pregunté.

--Sí; pase usted.

Avancé en el portal y me sentí de pronto que me taparon la boca y que

me agarraron por los brazos y la cintura.

--Otro que ha caído en la trampa--dijo una voz.

Me registraron, me quitaron la pistola, abrieron una puerta y me

hicieron bajar las escaleras de una bodega iluminada por un candil.

Allí, sentados en un banco, con los pies y las manos atados, estaban

María Luisa Taboada y Salvador, el espía del hotel de Bayona.

Hice un movimiento de sorpresa.

--¡Parece que te asombras!--dijo una voz burlona.

No contesté, y me dejé atar brazos y pies.

VII

EXPLICACIONES Y AMENAZAS

HABÍA cuatro hombres en la bodega, los cuatro militares.

Uno era bajito, moreno, pequeño, con la cara triste, bigote y la barba

de varios días sin afeitar; llevaba levita de oficial; los otros tres

eran soldados del 5.º de Navarra.

El oficial se llamaba Remacha, y tenía un aspecto reconcentrado y

sombrío. Se adivinaba en él el fanatismo y la hipocondría.

--Ustedes me dirán lo que quieren--dije yo fríamente.

--¿De dónde ha venido usted?--me preguntó Remacha.

--De Vergara.

--¿Y a qué ha venido?

--He venido acompañando a esta señorita, a quien pretendo.

--A conspirar, a intrigar contra nosotros.

--No.

--Yo le digo a usted que sí.

--Yo le digo a usted que no.

--Sí; ese hombre es liberal y masón; yo lo conozco de Bayona--exclamó

Salvador señalándome a mí.

--¿Eso es verdad? ¿Es usted liberal?

--Sí, señor.

--¿Y masón?

--También; pero no soy amigo de Maroto, ni del conde de Negrí, como

este hombre--y señalé a Salvador--. No he venido a desunir a los

carlistas, sino a acompañar a esta mujer. Que diga ella misma si tengo

alguna relación política con sus amigos, si no hemos reñido, porque

ella es carlista y yo liberal.

--Es verdad--dijo María, sollozando.

--El mismo lo confiesa--exclamó Salvador.

--Sí, cierto, lo confieso: soy liberal y comerciante; he vendido

géneros al ejército de la Reina, pero no denuncio a los carlistas como

este hombre que me acusa.

--¿De qué conoce usted a Bertache?

--¿A Bertache?

--Sí.

No podía negar que le conocía.

--Hemos hecho un negocio de contrabando juntos.

--¿Para España?

--Sí.

--¿Y quién entró el contrabando?

--Parte, su novia.

--¿Gabriela?

--Sí.

--Bueno. Está bien.

El teniente Remacha se puso a pasear por el sótano arriba y abajo,

mirándonos a los tres prisioneros y enfureciéndose poco a poco.

La bodega era larga, angosta, con un respiradero en el techo, una mesa

vieja y unas barricas amontonadas en el fondo. La iluminaba un candil

humeante.

En la mesa había una taza vacía y una botella de aguardiente con una

copa.

De cuando en cuando, Remacha bebía.

En esto se oyeron golpes en la puerta de la bodega, dados con la culata

de un fusil; abrieron la puerta y apareció un hombre viejo, bizco,

amarillento, con la cara picada de viruelas y el traje destrozado.

--¡Remacha!--gritó.

--¿Qué hay?

--A García, a Sanz y a Uriz los acaban de poner en capilla, en la

sacristía de la ermita del Puy.

--¿Le habéis avisado a Guergué?

--Sí. Han ido a buscarle a Lagardón, pero no le han encontrado.

--¿Y no han mandado nadie a Legaria?

--No.

El viejo bizco desapareció de la puerta. Remacha comenzó de nuevo su

paseo, y se bebió dos copas de aguardiente.

--Estaba en un acceso de rabia. Sus ojos brillaron con furor; y su

cara tomó un aire de tristeza que en él, sin duda, acompañaba a la

ira, y entre puñetazos, y patadas, y grandes blasfemias, en las que

aparecieron Cristo, la Virgen y el Copón, nos aseguró que íbamos a

pagarla si fusilaban a los generales navarros.

--A ti, por zorra--le dijo a María Luisa--, porque eres la querida de

Villarreal y has venido aquí a intrigar, para ver si puedes conseguir

que tu querido vuelva a tener mando.

María Luisa comenzó a sollozar.

--Reconozca usted que, si es así, es un motivo muy laudable--dije yo.

--¡Tú, cállate! Que si no te voy a aplastar como a una cucaracha.

--Es muy fácil ser valiente con un hombre atado.

--A éste--y Remacha señaló a Salvador--le fusilaremos, por traidor; y a

ti, ya que eres liberal y masón y odias a los carlistas...

--No sólo los odio, los desprecio.

--Te sacaremos la vida poco a poco. Ya veremos si eres valiente.

--Más que tú, siempre.

Pasamos un momento de silencio.

--¿Y si yo le propusiera a usted hacer una gestión para salvar la vida

de García?--preguntó Salvador, que estaba pálido como un muerto.

--¿Yendo adonde está Maroto, para quedarse allí?... ¡Ca!... No, no.

--Haciendo que venga a esta casa solo el conde de Negrí, dándome usted

la palabra de que aunque no nos pusiéramos de acuerdo usted y yo, a él

no le pasaría nada.

--Eso ya es otra cosa. Venga usted; hablaremos en otro cuarto.

Remacha tomó la botella de aguardiente en la mano.

Salieron Remacha y Salvador, y uno de los soldados fué siguiéndole a

éste. Quedamos María Luisa y yo atados y vigilados por dos hombres,

Miguelico el Tuerto e Ilundain. Miguelico el Tuerto era pequeño, negro,

tostado por el sol; tenía una cara de vencejo; la nariz, afilada y

corva, como un pico; las mejillas, hundidas; los labios, delgados; el

pelo, negro, y la barba, crecida de varios días. Uno de sus ojos estaba

vaciado; el otro brillaba en la órbita, como el de un águila.

Llevaba un traje de soldado roto y una boina vieja, y no abandonaba una

carabina, que sin duda estimaba mucho.

Recordé a Gastibelza, el hombre de la carabina, el héroe de una canción

de Víctor Hugo, cuyo nombre debió de tomar el poeta de Sagastibelza, el

cabecilla carlista baztanés, que tuvo alguna fama a su muerte, ocurrida

hacía dos años.

Ilundain era un hombretón fuerte; tenía los ojos brillantes y ávidos;

la nariz, recta; la boca, dominadora, con el labio inferior prominente.

Llevaba un capotón de soldado, boina pequeña, muy calada, y el pelo,

negro, que le llegaba hasta los ojos. Todo esto le daba el carácter de

un guerrero antiguo.

Estuvimos algún tiempo en silencio; María Luisa gemía; yo pensaba en mí

mismo, como en otro, y hacía cábalas imaginando qué dirían mis amigos

al saber mi desaparición.

Miguelico se puso a pasear por el sótano y a cantar una canción

monótona, que quería ser irónica.

Vosotros nos decíais a nosotros,

al vernos:

en la lid moriremos

con gloria.

Y apenas en Hontoria

entró Merino,

recorristeis más tierra

que un peregrino.

En aquellos momentos pensé una porción de cosas rápidas. Mi imaginación

galopaba; pero se perdía en fantasías inútiles.

Las hipótesis y comentarios que harían en Bayona mis amigos al saber mi

desaparición me llenaban el espíritu. ¿Qué diría Aviraneta? ¿Qué diría

Delfina? Iba a tener un final pintoresco entre aquellos foragidos como

Remacha, Ilundain y Miguelico el Tuerto, el hombre de la carabina.

El amor, el dandysmo y la intriga · 第 16 / 18 段