Cuando me encontré en mi cuarto y se me fué un poco la sensación de las

grandezas y pensé en si el primer día habría sobrepasado mi presupuesto

de treinta francos diarios, vi que había gastado entre las comidas, el

coche y el préstamo a Valdés, más de cien francos, sin contar el hotel.

Me quedé un tanto asombrado.

--Tenía razón don Eugenio: hay que separar el dinero para el viaje y

cien francos más, y darlo como si no existiera.

Efectivamente; envolví unos billetes en un papel, los metí en el

bolsillo interior de una chaqueta y cerré el bolsillo con dos alfileres.

Al día siguiente envié un ramo de flores a la marquesa austriaca y fuí

con Valdés a otras casas del _faubourg_ Saint-Germain.

Pasado el primer momento de entusiasmo, empecé a pensar que este

barrio aristocrático no me parecía tan admirable como yo había

supuesto. Yo me lo había figurado más suntuoso, más rico. Además creía

que iba a encontrar en aquellos palacios los tipos de Balzac, que,

naturalmente, no han existido mas que en la imaginación del novelista.

--Oiga usted--le dije a Valdés--, ¿Balzac no ha tomado datos en el

_faubourg_ para escribir sus novelas?

--No. Aquí nadie le conoce. El, como todos los grandes escritores,

inventa su mundo. Se ha hablado mucho de Balzac en el _faubourg_, tiene

grandes entusiastas y algunos detractores, pero nadie le conoce; parece

que vive encerrado, trabajando febrilmente.

--¡Qué extraño!

--Extraño, no. Si quisiera escribir la realidad, no podría; haría una

cosa vulgar, pedestre.

--Me desilusiona usted. Allí, en nuestras tertulias de Bayona,

suponíamos que el gran escritor estaría siempre en los salones de la

alta sociedad.

--Entonces no escribiría nada.

--¿Pero no tiene carácter esta gente?

--¡Pse! ¡Qué sé yo! En estos pueblos viejos, grandes, de una cultura

antigua, que ha penetrado hasta las últimas capas sociales, es muy

difícil diferenciarse. Yo suelo ir, cuando ando mal de dinero, lo que

es más frecuente de lo que yo desearía, a comer a un fonducho pobre, y

la dueña de la casa, que es de Orléans, habla un francés tan puro, tan

académico, que la llevaría usted a un salón y parecería una duquesa.

--¿Así que usted cree que este barrio no tiene un espíritu distinto del

resto al pueblo, un carácter especial?

--Hay mucho de literatura en eso. Aquí, como en todas partes, lo

esencial es igual. Si es usted joven y rico le harán más caso que

si es usted viejo y pobre. Lo único que varía es la política. Aquí

hacemos política realista, como en otros barrios se hace republicanismo

o justo medio. Las damas de la burguesía se citan con sus amantes

en las _soirées_, en el bosque de Boulogne y en el teatro; nuestras

damas tienen, además de esto, como punto de cita, las iglesias y las

sacristías. Ahora, si quiere usted seguir un consejo mío, se lo daré

gratis: Si tiene usted amores con una gran dama de éstas, piense usted

que no se diferencia en nada de una costurera o de una peinadora, y en

novecientos noventa y nueve casos sobre mil acertará usted.

LA AUSTRIACA

El consejo de Valdés lo puse en práctica con mi marquesa austriaca, que

se encontró encantada de que yo la tratara sin el menor respeto.

Era una mujer admirable, graciosa, imprevisora, capaz de cualquier cosa

buena y de cualquier cosa mala, con un espíritu de alegría y de bohemia

verdaderamente loco. Aceptó mis cenas, fué varias veces a mi casa, hizo

extravagancias, y a los quince días me encontré yo, con sorpresa, que

no tenía más dinero que doscientos francos y lo que había guardado en

el bolsillo de la chaqueta.

--Haciendo la vida que hago--me dije--, este dinero no me llega para

dos días. Voy a exponerme. Voy a jugar mis doscientos francos.

Había oído que en la plaza del Palais Royal había casas de juego. Fuí

allí y encontré una ruleta. Dividí mi dinero en diez puestas de un luis

cada una y fuí poniéndolas a un entero. En diez vueltas, casi seguidas,

perdí los doscientos francos.

Fuí a ver a Valdés, a pedirle los cuatro o cinco luises que le había

dado; pero me dijo su ama de llaves que no estaba en casa, y le

escribí. Pensé luego qué podía hacer, y comprendí que lo mejor era

marcharme.

Le escribí una carta a la austriaca diciéndola que mi familia me

llamaba urgentemente y que no tenía más remedio que volver a mi país.

Ella me contestó alegremente diciéndome que arreglara pronto mis

asuntos, y que volviera. Añadía que me sería fiel si no tardaba mucho

tiempo.

Me avergonzaba un poco la vuelta prematura a Bayona, porque Aviraneta

se reiría de mí, y pensé en irme a Burdeos y pasar allí unos días.

Estaba en esto, cuando vino Valdés a verme. Me dijo que no tenía

un cuarto, que no podía devolverme lo que le había prestado, pero

que me llevaría a comer a un restaurante donde a él le fiaban y,

probablemente, me fiarían a mí.

XVI

LOS CHAPUZONES DE VALDÉS

VALDÉS vivía ordenadamente en su casa de la calle Saint-Honoré. Tenía

una criada vieja, que le cuidaba y le consideraba como a un joven

doncel. Le arreglaba la casa, le hacía la comida, le componía la ropa,

le zurcía las medias y le cepillaba las botas.

Este interior respetable y burgués del solterón naufragado y perdido,

era gracioso. Allí, en su casa, Valdés era un hombre serio, reposado,

de ideas sensatas, que tenía que luchar con la inmoralidad del ambiente

de París.

Valdés tenía épocas de penuria que se repetían periódicamente, al año,

dos o tres veces.

Entonces avisaba en su casa de la calle de Saint-Honoré que tenía que

marchar a España, y se iba a un hotel miserable de la calle del Dragón,

diciendo allí que venía de Madrid.

Cuando se marchaba el señorito, la vieja ama de llaves se arreglaba

para vivir en la casa con un franco al día.

Estuve en el hotel del Dragón para ver la nueva vivienda de Valdés.

El hotel tenía una entrada sórdida, negra, maloliente, en la que olía

a caldo de berza y a queso fermentado. El amo de este hotel, antiguo

afiliado al carbonarismo, reservaba un cuarto a Valdés porque le creía

un gran revolucionario.

Valdés, en estas épocas de penuria, comía en el Restaurant des

Gourmets, de la calle de la Barouillère.

Así, durante una temporada, desaparecía en esta vida miserable, hasta

que cobraba, y volvía a salir a la superficie y al fausto. Gracias a

esto conservaba su prestigio de hombre rico y elegante de la calle de

Saint-Honoré y del _faubourg_ Saint-Germain.

CAMBIO DE ROPA Y

CAMBIO DE ESPÍRITU

En estas malas épocas Valdés utilizaba los trajes viejos que ya

no le servían en su avatar brillante, y tomaba un aire de miseria

perfecto. El _redingote_ raído, los pantalones deshilachados, las botas

deformadas, el sombrero de copa con las alas caídas; todo le servía.

Para darse un aire más miserable, llevaba en el ojal una condecoración

española, probablemente falsa.

Durante estas etapas de miseria, Valdés era capaz de hacer enormes

caminatas, de no leer periódicos, de no desayunar, para economizar

medio franco. En las épocas buenas daba una propina de cuatro o cinco

francos por la cosa más pequeña: por una cerilla, porque le abrieran la

portezuela del coche; sobre todo, si alguien podía verle.

--Así es la vida--decía él filosóficamente--. Esta gente del

_faubourg_, que me invita a una comida de cincuenta o sesenta francos,

porque me cree harto, si me viera hambriento y con el cuello de la

camisa sucio no me daría dos reales.

Efectivamente, era cierto.

--¿Y no le ha visto a usted alguna vez por aquí algún conocido del

mundo brillante?--le pregunté yo.

--Nunca. Son dos mundos opuestos. La calle de la Barouillère y la calle

del Dragón, a dos pasos del _faubourg_, están socialmente tan lejos

como los dos polos.

Una combinación como la de Valdés no podía darse mas que en un pueblo

grande.

Llegaba el bohemio, en su doble personalidad, a hablar mal de la

aristocracia cuando vivía en la miseria. Entonces contaba historias

revelando el origen verdadero o supuesto de las familias ricas y les

acusaba de vicios y de irregularidades.

--Yo creí que tenía usted gran entusiasmo por esa gente--le dije una

vez.

--Sí, a veces, por lo que me conviene; pero crea usted que si tocaran a

saquear el _faubourg_, no sería yo de los últimos.

En estas épocas de penuria, Valdés se sentía liberal exaltado, y solía

visitar a republicanos franceses que conocía. Iba una o dos veces al

año a ver al convencional Barère, que vivía aún en París, ya muy viejo.

MISERIAS

Siguiendo el ejemplo del machucho _dandy_, alquilé un cuarto en una

calle próxima a la de Sevres, por doce francos al mes. El cuarto era

pequeño y poco confortable, y tenía una ventana a un patio de un

hospital, patio triste, con un pabellón negruzco en medio. Iba a comer

al Restaurant des Gourmets, sitio obscuro y lastimoso, frecuentado por

una gente raída, de una pobreza vergonzante.

Valdés comía en aquella sala miserable con la misma elegancia que en

los palacios.

Llevaba por todas partes su estoicismo resignado y jovial.

Tenía allí su guitarra, y a veces amenizaba los postres tocando y

cantando canciones españolas, con poca voz, pero con mucho estilo.

Como en el Restaurant des Gourmets no se avinieron a fiarme y no

representaba para mí ventaja ninguna el ir allá, frecuenté la taberna

del «Perro que Fuma», la de la «Espada de Madera», la de la «Cita de

los Cocheros», y otros figones de nombres pintorescos.

EXAMEN DE

CONCIENCIA

Aquellos días que estuve en París por amor propio me hicieron ver el

reverso de la vida elegante de una manera descarnada y fuerte.

No pensaba que estos crepúsculos del invierno de París fueran tan

tristes, tan largos, tan inhospitalarios. Estaba, además, acatarrado, y

tenía siempre frío.

Miraba todo con un espíritu acre. Aquellos hoteles del _faubourg_ me

parecían feos y sin carácter.

Ya en la latitud de París--me decía--la piedra no tiene color de

piedra. La piedra aquí es una cosa agrisada, cuando no es negra.

En estos paseos, no sé si por la influencia de los crepúsculos de

París, del catarro o de las dos cosas, se me impuso la idea de que

era un hombre vulgar, bien vulgar, que no tenía una idea grande en

la cabeza, ni un plan en la vida, ni un amigo. Todo mi dandysmo era

vanidad, humo. Era un pobre majadero presuntuoso.

¡Qué examen de conciencia hice por estas calles húmedas y nebulosas

de París, entre toses y estornudos! También me servía como motivo

de ejercicios espirituales el ver mi cuarto mísero y la niebla que

dominaba en el patio negruzco del hospital vecino.

En el hotel casi todos los tipos eran como yo: gente que parecía no

tener ninguna gana de que se les viera, que entraban y salían de sus

cuartos furtiva y rápidamente, como los fantasmas.

La portera, una vieja gorda, chata, roja, con una cofia blanca,

anteojos y una cara satírica, que me recordaba los retratos de las

damas del siglo XVIII, me miraba burlonamente mientras leía el

periódico al lado de su gato.

Muchas veces no tenía ninguna gana de ir a ver a Valdés, a quien

tontamente achacaba mi mala suerte.

Una vez, al entrar en el Restaurant des Gourmets, me dijo:

--Querido amigo; entra usted aquí como si los demás tuviéramos la culpa

de que usted se haya quedado sin un cuarto.

--Tiene usted razón; perdone usted.

Esta conversación nos volvió a la cordialidad.

Como la miseria aguza indudablemente el sentido crítico, tuvimos

largas discusiones acerca de España y de sus hombres, de París, de sus

políticos, de sus escritores, de sus artistas y, sobre todo, de Balzac

y Gavarni.

También hablamos de la influencia de las grandes capitales. Valdés,

como vivía en París, quería pensar que sólo en las ciudades grandes se

discurre y se vive; que en las pequeñas no se hace mas que vegetar; yo

le llevaba la contraria, naturalmente, porque vivía en Bayona.

XVII

ENCUENTRO

UN día, en la calle de Babilonia, vi a un hombre raído, triste,

derrotado, cabizbajo, vestido de negro, que pasó cerca de mí como una

sombra: como una de esas estampas de la miseria que se ven en las

grandes ciudades.

Al fijarme en él le reconocí. Era el abate Girovanna. Al principio

vacilé en acercarme a él, porque tenía un aire tan derrotado y tan

siniestro, que lo mejor que podía suponerse, viendo aquella fantasma

humana, era que salía de un presidio.

Venciendo el primer momento de repulsión, me decidí y le llamé.

Girovanna me estrechó la mano, conmovido.

--¿Y la duquesa?--le pregunté yo.

--No sé dónde está. Era una loca.

--¿Y qué hace usted aquí?

--Estoy de químico en una perfumería. ¿Y usted?

--Yo he venido con algún dinero y lo he gastado demasiado de prisa, y

ahora ando mal; estoy esperando a que me envíen de casa.

--La juventud loca imprevisora--dijo el abate.

--Yo suelo comer en un restaurante muy malo. Si quiere usted venir, le

convido.

--Sí, vamos.

Fuimos al Restaurant des Gourmets, donde presenté el abate Girovanna a

Valdés.

Girovanna habló con la facundia que le caracterizaba, y dejó perplejo a

Valdés.

Yo le fuí sometiendo en preguntas, al abate, las cuestiones que

constituían el fondo de las diferencias entre Valdés y yo, que versaban

acerca de Francia, de España, de literatura y de política.

SOBRE FRANCIA

--Francia lo tiene todo--dijo el abate--; es el país privilegiado por

excelencia, los dos mares principales de Europa...

--Como España--salté yo.

--Ríos como no tiene España, campos como no tiene España--replicó él--,

ciudades que no ha soñado nunca tener España... Los franceses tienen

de todo, material y espiritualmente... Sabios, artistas, militares,

pensadores, escritores... Lo único que no tienen, aunque ellos hacen

esfuerzos para creer que sí, es ese tipo de genio espontáneo que hay

en otros países... Va usted al museo del Louvre: hay buenos pintores

franceses, pero un Ticiano, un Tintoreto, un Velázquez o un Goya no

hay entre ellos; hay buenos poetas, pero no un Dante; hay buenos

dramaturgos, pero no hay un Shakespeare. Son, ante todo, gente fuerte

y de buen sentido, pero el genio espontáneo irregular que adoran ellos

eso es precisamente lo que les falta.

OPINIONES DE

ESTOS DÍAS

Recordaba hoy las palabras del abate, viendo en un periódico suizo

una comparación de un sabio profesor entre Baudelaire y Dostoievski.

¡Qué incomprensión! ¿Cómo se puede comparar el poeta francés en el

fondo perfectamente normal, que se violenta para ser anómalo, retórico

consumado, que trabaja todos los días, que estudia su idioma, que

quiere asombrar a su público con el loco genial de Rusia, que se cree

un hombre bien equilibrado y que levanta construcciones absurdas y

alucinadas con la mejor buena fe del mundo?

Sí; creo que tenía razón el abate: el genio espontáneo no es cosa de

Francia.

BALZAC Y GAVARNI

--¿Usted ha leído a Balzac, abate?--le pregunté yo.

--¿A Balzac, el novelista moderno?

--Sí.

--¿Qué opinión tiene usted de él?

--Es un hombre indudablemente extraordinario. Está fijando la vida de

su tiempo de una manera un poco desmedida y absurda, pero con cierta

grandiosidad. Es un espíritu ávido de todo, que recoge lo que ve, lo

que sueña y lo que piensa, y lo va enlazando en la época. Sus héroes

serán siempre menos universales que los de los creadores de los grandes

tipos, como Shakespeare, Cervantes, Goethe. Don Juan y Fausto, Hamlet

y Don Quijote no tienen tiempo: son sombras que se proyectan en todas

las épocas, ayer como hoy; hoy, probablemente, como mañana. Los héroes

balzaquianos son de hoy; mañana parecerán figuras de cera vestidas; los

otros, los eternos, seguirán siendo como estatuas.

--¿Cree usted?--le pregunté yo.

--Sí. ¿Usted no cree lo mismo?

--Yo, no. A mí, sin duda, me gustan más las figuras de cera que las

estatuas.

--Es usted un cínico--dijo el abate, riendo.

--¿Y Gavarni? ¿Qué le parece a usted?--preguntó Valdés.

--¿Quién es Gavarni?

--Ese dibujante del _Charivari_ y de la _Moda_.

--¡Bah! Eso no vale nada.

--¿No?

--Nada. Es un dibujante mediano y amanerado, que tiene algún talento

literario.

Valdés, a pesar de que era partidario de Gavarni, no se atrevió a decir

lo contrario.

LAS GRANDES

CIUDADES

--¿Y usted cree en la influencia de la gran ciudad para producir

monstruos humanos en el bien y en el mal?--le volví a preguntar yo.

--Esa es una idea romántica de la época--contestó Girovanna--. Yo

no creo en ella. La ciudad, con uno o dos millones de habitantes,

no le añade ni le quita a uno nada; ni al inteligente le hace más

inteligente, ni al cretino le disipa su estupidez. Es verdad que, al

menos por ahora, es necesario un cierto número de habitantes para que

una ciudad tenga un espíritu de libertad y de transigencia; pero ese

resultado se consigue en las ciudades italianas y alemanas que no

llegan a tener medio millón. El romanticismo de las grandes ciudades

pasará. Cuando París sea una ciudad limpia y clara, ya no habrá

romanticismo. El romanticismo es una enfermedad, una cosa forzada,

recalentada, que no produce mas que fantasmas monstruosos. La salud no

puede venir mas que de pequeñas ciudades cultas e inteligentes.

GUITARREO

Habíamos comido; el abate se despidió de mí diciéndome que al anochecer

iría a mi casa, pero, en vez de marcharse, se quedó al ver a Valdés que

traía la guitarra. Tocó Valdés unas sevillanas y un fandango; luego, en

burla, le dijo al abate:

--¿Usted no sabe tocar algo?

El abate cogió la guitarra y tocó una tarantela napolitana, en tres

tiempos, con verdadera gracia y maestría.

--¡Muy bien! ¡Muy bien!

--Eso no vale nada. En mi pueblo cualquier pescador lo hace mejor que

yo.

Luego cantó una canción rusa del Volga, muy melancólica, y después, una

jota española, con mucho brío.

--¡Bravo! ¡Bravo!--dijimos todos.

--Hasta luego, hijo mío--murmuró el abate dirigiéndose a mí; y salió a

la calle.

--¿Qué le parece a usted este hombre?--le pregunté a Valdés.

--Este es un bandido, éste es un monstruo. Un hombre como éste, que con

lo que sabe y con su talento vive tan miserable y tan derrotado, tiene

que tener algún vicio muy fuerte y muy innoble.

--No sé; es posible.

--¿Y usted lo va a recibir en su casa?

--Sí.

--Yo, como usted, cuando viniera, tendría la pistola en la mano.

XVIII

UN HOMBRE DE MALA SUERTE

EFECTIVAMENTE, al anochecer, el abate se presentó en mi casa. Había

encendido yo la chimenea de leña y tenía sobre la mesa una merienda con

pan, queso y café con leche.

El abate, después de merendar, se sentó en el único sillón del cuarto,

y hablamos largamente. Me contó cómo vivía y cómo le habían engañado

comerciantes honrados, robándole a él, pobre hombre sin recursos, sus

fórmulas y descubrimientos.

--Soy un loco, hablo demasiado--me dijo--; expongo mis ideas, mis

conocimientos, y esto produce en unos desconfianza y en otros la idea

de explotarme. Y así vivo.

Le hablé yo de la curiosidad que había producido en Bayona su paso y de

las mil versiones que se habían hecho acerca de la duquesa y de él.

Girovanna sonrió.

--Dígame usted, ¿qué era la duquesa de Catalfano?

--Era una loca.

--¿Y qué pretendía de usted?

--Pretendía que yo le hiciera un elixir, para rejuvenecer, con sangre

de niño.

--¿Y usted, qué hizo?

--Yo le di largas al asunto, hasta que tuvimos que reñir, y nos

separamos.

--Pero usted en Bayona hablaba como si creyera en esos elixires.

--¡Hablaba! Claro es. Cuando se está representando una comedia, vale

más representarla siempre en todos los momentos para no olvidar el

papel.

--¿Sabe usted lo que me decía este español con quien hemos comido?

--¿Qué le decía a usted?

--Que un hombre del talento y de la cultura de usted, que anda tan

derrotado, debe tener algún vicio muy fuerte y muy innoble.

--¡Vicio yo! El único vicio que creo que he tenido ha sido el de

dejarme arrastrar por la imaginación.

El abate tomó un aspecto triste y pensativo.

EN NÁPOLES

--Ha debido usted de llevar una vida bien azarosa--le dije yo.

--Sí, es verdad; todo el mundo me dice lo mismo viéndome tan decrépito,

tan usado.

--¿Y no es verdad?

--En parte, sí. He sido principalmente un hombre de mala suerte...

¿Conoce usted Nápoles?

--No.

--¿Pero habrá usted oído hablar de la Strada de Santa Lucía?

--Sí.

--Pues cerca he nacido yo. Mi padre era herbolario. A pesar de su

condición humilde era hombre culto y conocía la literatura, la historia

y, sobre todo, la botánica. Eramos varios hermanos; yo, el más pequeño.

Mi padre, un buen hombre, había hecho grandes esfuerzos para colocar a

sus hijos, y a mí, creyéndome chico listo, me hizo estudiar para cura.

Mi padre tenía un hermano frutero en la misma Strada de Santa Lucía,

rico, sin hijos, que le ayudaba.

Entré en el Seminario, donde aprendía todo con gran facilidad. Mi

ilusión era la carrera eclesiástica; todas mis esperanzas estaban en

ella. Era un buen latinista y comenzaba a estudiar el griego. En esto

traen al Seminario un profesor de Palermo, un sabio, pero un hombre de

costumbres depravadas, y me empieza a perseguir.

¡Oh, era un sucio personaje, desagradable, repugnante! El abate puso

una cara de sátiro que contempla a una ninfa.

Una noche lo encuentro en mi cuarto y armamos un escándalo.

Me quejo al director del Seminario; no me hacen caso, y me escapo.

Esto era precisamente cuando entraron los franceses y establecieron en

Nápoles la República Partenopea. El pueblo estaba entusiasmado.

El arzobispo Zurlo Capaze anunció desde el púlpito que, días antes, la

sangre de San Jenaro se había liquidado. El pueblo se entusiasmó con el

milagro y consideró que San Jenaro veía la República con benevolencia.

--¿Usted había oído hablar del milagro de la sangre de San _Gennaro_?

--No.

--Pero, hombre, ¿dónde ha vivido usted? Pues la sangre de San _Gennaro_

todos los años se liquida...

El abate tomó una expresión alegre e irónica al decir esto.

--Le diré a usted que la supuesta sangre de San _Gennaro_, que se

guarda en dos vasos en la Catedral, es una mezcla de una solución

etérea de la ancusa, la _Alkanna tinctoria_ y la _Radix alkannæ_ en

_sperma ceti_, y que se liquida fácilmente al calor de la mano o de un

cirio.

Mi padre fué de los entusiastas de la República. A nuestra tienda

iba un militar francés, y me convenció de que debía alistarme en el

Ejército. Yo estaba dispuesto a ello cuando llegó mayo; entró el

cardenal Ruffo en Nápoles; los franceses tuvieron que marcharse y

comenzaron las venganzas de los realistas.

Aunque yo era sospechoso, no tenía importancia y me dejaron en paz. Por

este tiempo entro en una farmacia y me dedico a estudiar Botánica y

Química. La hija del farmacéutico, una chiquilla entonces, fué mi novia.

¡Era una bambina, más bonita, más simpática!

Al hablar de la muchacha, la cara del abate se iluminó, tomó una

expresión de entusiasmo, de admiración y de candor.

--El padre era un bruto--siguió diciendo Girovanna--, un estúpido

animal, un _mascalzone_, y la casó a disgusto con un viejo rico. La

pobrecilla murió dos años después.

El abate tomó una expresión como si algo muy desagradable y repugnante

tuviera delante de los ojos.

--Entristecido con ese matrimonio, estaba decidido a no enamorarme. Por

entonces logro entrar de preceptor en una casa rica de Nápoles. Había

en la casa una gran biblioteca que me venía muy bien, y una solterona

que me perturbaba.

Esta solterona, sabiendo que yo era químico, me pide pomadas y aguas

para rejuvenecer. Luego me propone que me escape con ella. Le digo que

no. ¿Y qué hace la vieja loca? Dice a su hermano que yo la he querido

violentar. El hermano se indigna, y me pega unos cuantos bastonazos, y

me echa de su casa.

A Girovanna le brillaron los ojos como si le fueran a echar chispas.

Yo le espero una noche, y le doy una tanda de palos que me pareció

suficiente. Tomo un vetturino, voy al puerto y me escapo a Argel.

RODANDO POR

EL MUNDO

En Argel me anuncio como médico y botánico, y vivo dos años bien;

aprendo el árabe. Uno de los bajás me llama un día, me dice que le dé

algo para la frialdad. Le doy una poción sencilla de pimienta, jengibre

y nuez vómica, cosa inofensiva; al día siguiente, horas después de

tomarla, el bajá tiene una congestión cerebral, y se muere.

Me acusan de envenenador, y echo a correr al puerto sin bagaje ni nada;

me meto en un místico, y llego a Génova.

De Génova voy a Suiza; y en Basilea me encuentro con un intrigante,

que se hacía llamar el conde de Montgaillard. El conde de Montgaillard

me protege y me envía con una carta de recomendación para el general

Moreau, a París. Allí le conozco al abate Marchena, que era secretario

de Moreau.

En casa de Moreau me dedican a escribir cartas; y un día, al llegar a

la oficina, me prenden y me llevan a la prisión del Temple. Estoy tres

años encerrado con un bávaro y un fanariota, a los que acusaban de

espías y con quienes aprendí el alemán y el griego moderno.

El amor, el dandysmo y la intriga · 第 14 / 18 段