--Ahora nos falta que el comodoro inglés dé su visto bueno al plan. Se

le avisará a usted.

Elorrio se despidió de nosotros dos, y se marchó.

Ahora, al cabo de más de medio siglo, lo recuerdo como si lo estuviera

viendo, y, al recordarlo, pienso también en el pobre Muñagorri.

Cuando en 1841 se sublevó en Pamplona el general O'Donnell contra

la Regencia de Espartero, Muñagorri salió de Bayona para Pamplona a

reunirse con el general sublevado, siempre con su plan favorito de Paz

y Fueros.

Elorrio, que por entonces era teniente y esparterista rabioso, cogió

a Muñagorri el 14 de octubre en la ferrería de Zumarrista y lo fusiló

inmediatamente.

Elorrio tampoco acabó bien; después de la guerra le nombraron oficial

de carabineros, y como era un impulsivo y un alcohólico, hizo mil

absurdos; le echaron del Cuerpo por meter contrabando, fué después jefe

de una partida de contrabandistas, y un compañero le dió una puñalada.

XII

EL PLAN ESCRITO

A los tres días de la visita del sargento Elorrio me escribió Aviraneta

dándome noticias. Alzate había enviado unos confidentes sagaces a

Azcoitia.

En la villa guipuzcoana no había alrededor del Pretendiente, de su

mujer y de su hijo mas que una corte de ministros y empleados, frailes

y oficiales hojalateros de poco cuidado. Añadía que Alzate le indicaba

que fuera a San Sebastián a ponerse de acuerdo con ellos y a visitar a

lord John Hay. Don Eugenio no podía ir. Vidaurreta le había dicho que

si entraba en España le prenderían.

No tenía más remedio que delegar la misión en mí. Fuí al día siguiente

a ver a Aviraneta, y me dió unas cuartillas con el plan, y me hizo

algunas observaciones.

--Si el comodoro dice que sí, avísame en seguida. Temo un poco de

Elorrio y de sus chapelgorris. No sé si serán lo suficientemente

violentos. El guipuzcoano no es cruel y se deja convencer con facilidad.

--Primero, veamos si el comodoro acepta--dije yo.

--Tienes razón.

Marché a casa y leí el plan; decía así:

«Teniendo yo, como tengo, la convicción de que es fácil apoderarse del

Pretendiente mientras se encuentra en Azcoitia, pues no dispone allí de

tropas que le defiendan, he ideado este proyecto.

Se pondrán de acuerdo lord John Hay, el general don Gaspar de Jáuregui

y el jefe político de la provincia, don Eustasio Amilibia, para

concertar el mejor modo de poner en ejecución el plan.

Estará listo un cuerpo de chapelgorris de doscientos hombres en

Rentería o Lezo, dispuesto a embarcar a la primera orden, y cincuenta

soldados escogidos entre los chapelgorris por el sargento Elorrio.

Lord John Hay tendrá preparados dos vapores y un aviso en el puerto de

Pasages.

Se escogerá una noche obscura, a ser posible lluviosa; se embarcarán

los doscientos cincuenta hombres a bordo de los vapores. De antemano

se llevarán, en cajones cerrados y en los mismos vapores, cincuenta y

una levitas cortas, iguales a las que usan los chapelchuris, o sean los

soldados carlistas del quinto batallón de Guipúzcoa; cincuenta y una

boinas blancas, ciento dos pistolas y cincuenta y un puñales.

Levadas anclas, de cinco a seis de la tarde, tomarán los vapores rumbo

a alta mar para despistar a los curiosos, si los hay; y después se

dirigirán a Zumaya. A la misma hora de zarpar los vapores saldrán tres

o cuatro trincaduras, al mando de uno de los comandantes del general

Jáuregui, con destino a Guetaria. El comandante será portador de un

pliego cerrado para el jefe de la fortaleza, y en el pliego se le

recomendará a éste que se halle preparado, por si los expedicionarios

tuvieran que acogerse a Guetaria.

Ya en el mar la expedición, los cincuenta soldados y el sargento

Elorrio abrirán los cajones y sacarán las levitas iguales a las de los

chapelchuris, y las boinas blancas, y se pondrán los nuevos trajes,

y se armarán. Llevarán en el morral una cantimplora con aguardiente,

media libra de salchichón y un pan de dos libras.

Los vapores deberán estar hacia las ocho de la noche delante de la

punta de Izustarri, entre Guetaria y Zumaya. Desembarcarán, primero,

el sargento Elorrio con sus cincuenta hombres, y al momento marcharán

camino de Azcoitia, sin pasar por ningún pueblo ni tocar en ningún

caserío. Después desembarcarán los doscientos hombres y vigilarán la

costa, la punta de Izustarri, la de Arrauna y la playa de Santiago,

hasta la desembocadura del Urola, prendiendo a todo el que pueda darse

cuenta de la novedad.

Las lanchas permanecerán a poca distancia de tierra.

El sargento Elorrio y sus compañeros estarán en Azcoitia de diez y

media a once de la noche, lo más tarde; no preguntarán nada a nadie.

Deben emplear, lo más, una hora en la prisión del Pretendiente y su

hijo. A las dos o dos y media de la mañana estarán de regreso. Cuando

se encuentren a media legua del sitio del desembarco echarán tres

cohetes en dirección a la playa de Santiago, con tres minutos de

intervalo. Al cuarto de legua, otros tres.

Los chapelgorris contestarán a esta señal con cinco cohetes, para

indicar que la playa está franca.

Los expedicionarios llevarán con ellos dos paquetes de cohetes: uno

para el sargento Elorrio, que lo esconderá en el camino, para recogerlo

a su regreso, y al aproximarse a Zumaya, de vuelta de la expedición,

servirse de los cohetes anunciando su llegada; el otro lo guardarán los

otros chapelgorris para contestar a sus compañeros indicándoles que

pueden avanzar hacia la punta de Izustarri y la playa de Santiago, sin

temor.

En seguida empezará el embarque en los vapores.

El general Jáuregui, para entonces, tendrá extendidos dos partes:

uno para el ministro de la Guerra, el otro para el general en jefe

del ejército de la Reina, contando el hecho y notificándoles que

el Pretendiente se halla a bordo de un barco inglés y que va a ser

conducido a San Sebastián.

Los vapores regresarán con rumbo a Pasages. Al cruzar por las aguas de

Guetaria, el general Jáuregui avisará al jefe de las trincaduras el

haberse realizado la expedición.

Llegado a la vista de San Sebastián se desembarcará al Pretendiente y a

su hijo, con la escolta correspondiente.

En el inesperado caso de que el sargento Elorrio y sus compañeros de

expedición no pudieran regresar a Zumaya a la hora convenida, y que

para las cinco de la mañana no se hubiesen presentado, los doscientos

chapelgorris se apoderarán del pueblo, sin permitir que ningún vecino

salga de la villa, ni por tierra ni por mar, y vigilarán todas las

embarcaciones del puerto, como quechemarines, lanchas y botes.

Permanecerán en el puerto hasta las diez de la mañana, en espera del

sargento Elorrio y sus compañeros, y si no hubiesen llegado para esta

hora, se embarcarán en los vapores ingleses e irán por cerca de la

costa, despacio, por las aguas de Guetaria y Zarauz, para ver si pueden

distinguir a sus compañeros. De ser posible, lord John Hay y el general

Jáuregui dirigirán personalmente la expedición.--Bayona, enero de

1839.--_Eugenio de Aviraneta._»

El proyecto me pareció muy bien; únicamente encontré que era un poco

demasiado seco al hablar del comodoro inglés y del general Jáuregui, y

que ordenaba de una manera un tanto napoleónica. Así que añadí algunas

fórmulas de cortesía y metí, por aquí y por allá, algunos excelentísimo

señor.

Al día siguiente salí de Bayona y llegué a San Sebastián. Me presenté

a don Lorenzo Alzate, y éste avisó al jefe político y al general

Jáuregui. Les leí el plan de Aviraneta, y se decidió que Jáuregui,

Amilibia y yo fuéramos a Pasages a visitar al comodoro.

LORD JOHN HAY

Marchamos los tres, en coche, a Pasages, y nos embarcamos en una

lancha, conducida por una batelera, una chica joven y fuerte. Jáuregui

le hizo algunas preguntas en broma, y ella contestó con gracia y

desgarro.

La batelera nos llevó al costado de una hermosa fragata inglesa;

subimos la escala del barco y llegamos sobre cubierta.

Se nos presentó el oficial de guardia, al que expliqué, en inglés,

quiénes éramos y a lo que íbamos; el oficial nos pasó a un camarote muy

elegante, y hubo allí grandes saludos y ceremoniosas presentaciones.

En esto llegó un tal Queille, comerciante de San Sebastián, que era

el intérprete de lord John. Queille quiso enterarse del asunto que

traíamos; pero yo le dije que sólo a lord John Hay le hablaríamos, y

que si el comodoro consideraba necesario que estuviera su intérprete

delante, que entonces sería otra cosa.

Queille dijo que lord John no tenía secretos para él.

--No digo que no, pero nuestro encargo se limita a hablar al

comandante, y sólo a él hablaremos--le dije.

Vino lord John y le saludamos. El comodoro conocía a Jáuregui. Yo

le expliqué, en mi mal inglés, que el proyecto que traíamos era muy

reservado y que preferíamos leérselo a él solo.

--Bueno, muy bien. El castellano hablado no lo entiendo siempre, pero

escrito, sí.

Le leí el proyecto, y luego le di las cuartillas; me hizo varias

preguntas en inglés, que yo contesté, y añadí algunas explicaciones

sobre lo que había dicho Elorrio acerca de la posibilidad de llevar a

cabo el plan pensado por Aviraneta.

Lord John Hay era hombre de buena pasta, un tanto vanidoso, y a quien

le había entrado la obsesión de hacer un papel trascendental en la

historia de España.

Era un hombre sin tipo y sin carácter, un inglés de los muchos

que produce el troquel de la Gran Bretaña, correctos, tranquilos

e insignificantes. Lord John Hay hablaba demasiado, porque creía

que hablaba bien; quería ser maquiavélico y le gustaba provocar la

expectación rodeándose de misterio; pero, en general, se engañaba, y

entendía las cosas despacio, cuando no las entendía al revés.

Era hombre, en el fondo, cándido y de buena fe.

Se había engañado con Muñagorri, creyéndole capaz de grandes cosas, y

le molestaba su fracaso como algo propio.

Después de pensar algún rato el comodoro, dijo:

--Estoy convencido, como ustedes, de que este plan está muy bien

pensado y de que su realización es relativamente fácil, pero tengo

que estudiarlo detenidamente. Así que creo que lo mejor que podemos

hacer es que ustedes vuelvan por la tarde, después de comer, a hablar

conmigo. Yo les convidaría a comer en el barco; pero ahora tenemos un

cocinero muy malo y no quiero desacreditarme.

NEGATIVA

Bajamos del barco inglés y fuimos en la lancha a Pasages de San Pedro,

donde comimos.

La dilación del lord me dió a mí mala espina, y dije a mis compañeros

que no creía que el marino inglés aceptara el proyecto.

Desde la fonda, que tenía una galería que daba al mar, vi con los

gemelos a Queille, el intérprete, que bajó del barco y tomó un bote, y

una hora después advertimos que volvía con el coronel Colquhoun y con

otro, para mí desconocido, a la fragata inglesa. Todas estas idas y

venidas me daban poca confianza.

Volvimos a las cuatro al barco y pasamos a la cámara del lord.

--Sigo--nos dijo el comodoro--pensando que el proyecto que ustedes me

han traído está muy bien pensado y es factible, pero yo no voy a poder

patrocinarlo.

--¿Podemos saber por qué?--le pregunté yo.

--Porque yo no puedo ser más español que los españoles, ni más cristino

que los cristinos. He favorecido la empresa de Muñagorri pensando que

hacía un beneficio a la causa de la Reina, y el general O'Donnell y

el cónsul de Bayona se han quejado, y han hecho todo lo posible para

que la empresa de Paz y Fueros no tenga el menor éxito. Los generales

españoles son como el perro del hortelano.

Les traduje a Jáuregui y a Amilibia lo que decía el lord.

--Hay que reconocer--dijo Jáuregui--que el pensamiento de Muñagorri era

más obscuro y más vago que lo que le proponemos a usted.

--¡Si el proyecto me parece magnífico!--exclamó el lord--. Si usted,

Jáuregui, fuera el comandante general de la provincia, no tendría

usted mas que fijar el día para que las fuerzas navales de su Graciosa

Majestad saliesen para Zumaya; pero el comandante es el brigadier

Araoz, y mi Gobierno me ha mandado varias veces que no obre mas que

en colaboración con las autoridades españolas. Si ustedes traen el

consentimiento de Araoz, inmediatamente salimos.

Se pensó en visitar al brigadier Araoz, pero no teníamos atribuciones

de Aviraneta, y decidimos, primero, consultar con éste.

Lord John me ofreció una escampavía de la marina real inglesa para ir a

San Juan de Luz, y fuí, hecho un personaje, acompañado de un oficial, a

desembarcar en Socoa.

De allí mandé una carta a Aviraneta contándole lo ocurrido y diciéndole

que esperaba sus órdenes.

Al día siguiente recibí la contestación:

«El proyecto hay que darlo por muerto--me decía--. Con la burocracia

del Ejército sería un fracaso ridículo. Los militares quieren acabar

la guerra con batallas, y no pueden; pero, a pesar de ello, el pensar

en otro sistema para traer la paz les irrita. Consideran que es el

reconocimiento de su impotencia. Hoy mismo le he escrito al ministro lo

que pasa, y por qué no se ha podido realizar mi plan. Otra cosa, aunque

no tiene gran importancia: si no te viene mal, vete a ver el campamento

de Muñagorri, próximo a Endarlaza, a ver qué es eso.»

XIII

DE BIRIATU A ERLAIZ

VOLVÍ a Hendaya, y me dijeron allá que la gente de Muñagorri estaba

acampada en un grupo de casas llamado Lastaola, del camino de Irún a

Vera, y que los carlistas vigilaban de cerca a los muñagorrianos.

Me aseguraron que para comunicarse con ellos lo mejor era ir por la

orilla del Bidasoa, hasta enfrente de Lastaola.

LASTAOLA

Conocía yo el camino perfectamente; fuí de Hendaya a Behovia francesa,

y de Behovia, por la orilla del río, pasando por debajo de Biriatu,

hasta llegar frente por frente de la vieja casa de Lastaola.

Al acercarme a este sitio vi unas barcas en el río y un cable fijo que

iba de un lado a otro del Bidasoa.

Me encontré allí con una muchacha joven que discutía con el barquero

porque quería cruzar a la otra orilla.

--¿Es que no se puede pasar?--le pregunté yo al barquero.

--No.

--¿Por qué? ¿No está Muñagorri?

--No.

--¿Está Altuna?

--Tampoco.

--¿Quién está?

--El capitán Jauariz.

--Bueno. No le conozco; pero le hablaré.

Le di dos pesetas al barquero y entré en la barca. La muchacha entró

conmigo. Entonces la reconocí. Era Pepita Haramboure, la chica de la

tienda de Sara, a quien había conocido por Cazalet.

--¿Usted también viene al campamento de Muñagorri?--le pregunté.

--Sí.

La chica me dijo que era novia de uno de los soldados de Muñagorri, un

muchacho francés, de Biriatu, a quien había conocido en Sara.

Era Pepita una chica bonita, de ojos negros; hablaba vascuence, con

gracia, y tenía, al hablar, como un sobrealiento muy característico de

su pueblo. Me dijo que llevaba ropa para su novio.

Pasamos la chica y yo a la orilla española, y saltamos a tierra.

Había entre el río y el fuerte de los muñagorrianos una distancia de

trescientos o cuatrocientos metros de campos de maíz, con cañaverales,

que servían para esconderse los contrabandistas, pues el sitio era

estratégico para el contrabando.

Fuimos andando hasta llegar a Lastaola. Esta era una casa vieja,

probablemente una antigua ferrería, con muy pocas ventanas.

Tenía en los alrededores una explanada fortificada, con una muralla de

palos y tierra; ocho tiendas de campaña y dos piezas de artillería.

El centinela nos dió el alto e hizo llamar al oficial de guardia, el

capitán Jauariz, a quien expliqué yo el objeto de mi visita y el de la

muchacha. El oficial nos recibió de malhumor y me dijo que nos iba a

detener.

--Bueno; haga usted lo que quiera.

--Aquí están viniendo a cada paso agentes para provocar la deserción de

nuestros soldados.

Yo le dije que era amigo de Muñagorri y de Altuna y partidario de la

empresa de Paz y Fueros. El hombre no se convencía, cuando vino el

capitán Brunet, que mandaba los muñagorrianos que estaban acampados en

las inmediaciones de Lastaola, y me dió la razón.

--¿Qué quería usted?--me preguntó.

--Quería visitar las obras de la defensa y dar informe al Gobierno.

--Pues vea usted lo que se ha hecho aquí, y luego pide usted un caballo

y sube usted al fuerte de Pago-gaña.

Curioseé por los alrededores de Lastaola, y me chocó que el campamento

estuviera tan abandonado. Aquello no tenía aire militar ninguno. Los

soldados charlaban y jugaban a las cartas; los centinelas fumaban.

PAGO-GAÑA

Tomé algunas notas, y al soldado que me había indicado el capitán

Brunet le pedí el caballo. Lo trajo.

--¿Por dónde se sube a ese fuerte de Pago-gaña?--le pregunté.

--Por ahí, por esa regata que se llama de Charodi.

--¿No me puede acompañar nadie?

--Yo, por lo menos, no.

La chica de Sara se enteró de que su novio estaba en el alto de

Pago-gaña, y vino conmigo.

Montamos a caballo; ella, a la grupa; comenzamos a subir el monte por

un sendero estrecho, hasta llegar, a la media hora, a una explanada con

un caserío. Vimos a una mujer y a un muchacho, que al vernos echaron a

correr.

--¿Cómo se llama este sitio?--les pregunté.

--Erlaiz.

--¿Dónde está ese fuerte Pago-gaña?

--Ahí arriba.

Nos habíamos desviado un poco, y teníamos el fuerte encima. Hablamos

la mujer y yo de los muñagorrianos, a quien ella tenía por unos

holgazanes, y nos mostró cerca del caserío, como la única curiosidad

del lugar, una piedra antigua, llena de musgo, con este letrero:

DESDE AQUÍ, LA DESERCIÓN

TIENE PENA DE LA VIDA

Le di al muchacho unas monedas para que nos acompañara al fuerte.

El fuerte era muy sólido; tenía la figura de un polígono de muchos

lados, y dentro de su perímetro había un almacén de pólvora, un gran

barracón de madera y varias tiendas de campaña.

Habían trabajado en esta obra los zapadores ingleses, bajo la dirección

del coronel Colquhoun y del comandante Vicars, de los Ingenieros

Reales. En las paredes se veían escritos muchos nombres ingleses.

La pequeña guarnición del fuerte tenía el mismo aire de indisciplina

que la de Lastaola. Había muchos visitantes, que andaban por el fuerte

mirándolo todo. Llegaban, sin duda, del lado de Irún mujeres y hombres

a ver a sus hijos, maridos y hermanos, que estaban allí acampados, y

hablaban y revolvían como si estuvieran en su casa. Se veía claramente

que la empresa de Muñagorri marchaba mal. Pepita la de Sara encontró a

su novio, que era un jovencito con aire de niño, y estuvo hablando con

él.

Yo, cuando me cansé de andar arriba y abajo, le avisé a la muchacha que

iba a bajar, y se reunieron conmigo la Pepita y su novio.

Como me pareció que bajar a caballo desde el fuerte a la orilla del río

sería difícil y peligroso, marchamos a pie.

El novio de la Pepita nos acompañó un rato.

Pepita me contó que su novio era hijo del sacristán de Biriatu, y había

sido seminarista. Sus hermanos eran contrabandistas y atrevidos, pero

a su novio le gustaban más los libros, cosa que le parecía absurda a

Pepita.

Al ir descendiendo sonó un tiro a lo lejos, entre las ramas; no sé si

de algún carlista o de algún cazador.

Llegamos a Lastaola, pasamos a la orilla francesa, y Pepita se fué a

Biriatu, y yo marché a Hendaya, donde comí en el hotel del Comercio.

Unos días después supimos que el Bidasoa había subido repentinamente y

que se llevó las tiendas del campamento de Muñagorri, dejándolo todo

inundado, los cañones en el fango y sin comunicaciones con Francia.

Un par de semanas después el capitán Jauariz, que tanto miedo tenía a

los que fomentaban la deserción, desertaba del campo de Muñagorri con

sus soldados y se pasaba a los carlistas de Vera, y éstos incendiaban

el campamento muñagorriano.

El antiguo escribano de Berastegui tenía mala suerte.

XIV

ROMPIMIENTO

AL pasar por San Juan de Luz fuí a visitar a doña Mercedes, la madre

de Corito, que me recibió muy secamente. Me dijo que Corito estaba

en Laguardia, que no salía porque no había seguridad en los caminos,

ocupados por los carlistas.

La muchacha deseaba venir a San Juan de Luz, pero ella, su madre, había

pensado trasladarse definitivamente a Madrid.

Doña Mercedes añadió con cierta energía que pensaba casar a su hija con

una persona seria, religiosa y de buenas costumbres.

--¿Y ella está de acuerdo con usted?--la dije yo emocionado.

--Completamente de acuerdo.

--Creo que tengo derecho a una explicación.

--¡Usted! ¡Derecho!

--¿Por qué no? Aunque yo tenga una posición modesta...

--Aquí no se trata de la modestia de su posición. Se trata de la vida

que está usted haciendo--me dijo doña Mercedes.

--¡Yo!

--Sí, tengo informes ciertos y fidedignos. Hace usted la vida de un

hombre vicioso, sin fe y sin conciencia. No quiero hablar.

--Es que me he metido en una clase de asuntos... Su amigo de usted, don

Eugenio...

--No sea usted mentiroso. No creo que Eugenio le haya aconsejado el

seducir muchachas y abandonarlas, ni el desunir matrimonios.

--¿Yo he hecho eso?

--Sí, y no me tiente usted la boca. Eugenio siempre ha sido un hombre

honrado. Habrá tenido ideas falsas en política y en religión, pero ha

sido un caballero.

--¿Y yo, no?

--Usted, no.

--Señora...

--Qué, ¿me va usted a desafiar; me va usted a mandar los padrinos?

--Me atropella usted.

--No; usted es el atropellador.

--No creo que haya que juzgar los hechos sin aclararlos.

--Los hechos están suficientemente aclarados, y, en su consecuencia,

le tengo que decir que no se acuerde usted para nada de mi hija, ni

la escriba usted tampoco, porque ella está enterada de todo y no le

contestará.

--Bueno. Está bien. Está bien--y me marché a la calle sin saber qué

decir.

ME VOY

Cuando vi a Aviraneta en Bayona le conté lo que me había pasado, y le

dije que para matar la pena iba a ir a París.

--¿Cuánto tiempo vas a estar allá?

--Un mes, si no hay algún asunto importante que me obligue a volver.

--¿Tanto?

--Sí.

--¿Qué presupuesto vas a hacer?

--Unos treinta francos al día; con el viaje, unos mil doscientos

francos. Llevaré dos mil; creo que tendré de sobra. Llevaba, por si

acaso, mil más.

--¿Adónde vas a ir a vivir?

--No sé. Veremos Valdés adónde me lleva.

--¿Vas con Valdés?

--Sí.

--Este te meterá en algún lío.

--¡Bah! No soy ningún niño.

--Bueno. Un consejo: reserva el dinero para la vuelta. Gástate el resto

del dinero en una semana o en un día, pero resérvate siempre el dinero

para la vuelta, porque es un poco ridículo tener que pedir para volver.

--¡Qué desconfianza tiene usted en mí!

--Es un consejo; tú síguelo, si quieres.

XV

EN EL "FAUBOURG" SAINT-GERMAIN

TOMÉ la diligencia, llegué a París y fuí a parar a una fonda bastante

cómoda de la calle Tournon, enfrente del antiguo palacio del mariscal

de l'Ancre, convertido en cuartel de gendarmería.

Inmediatamente me arreglé y marché a la casa de Valdés, en la calle de

Saint-Honoré. Lo encontré, al antiguo _dandy_, en la cama; esperé a que

se vistiera, y fuimos a almorzar al Rocher de Cancale, restaurante que

entonces tenía mucha fama.

--¿Tiene usted algo que hacer?--me preguntó Valdés.

--No.

--Pues entonces venga usted esta tarde a buscarme e iremos a algunas

casas del _faubourg_ Saint-Germain, donde le presentaré a usted.

GRANDEZAS

Después de dar un paseo por los bulevares tomé un coche, le recogí a

Valdés y fuimos a la calle de Babilonia, a casa del marqués de Fronsac.

Como Valdés era un cínico y sabía que un título venía muy bien en aquel

medio, me presentó como el barón de Leguía.

Según me dijo luego Valdés, tuve un éxito entre las damas; me habían

encontrado muy gentil; les había chocado que un joven español hablara

el francés tan correctamente.

Una de las mujeres que me produjo un gran entusiasmo fué una marquesa

austriaca, la marquesa Radensky. Era una mujer encantadora. Tenía unos

ojos azules brillantes y una dentadura que mostraba, al sonreír, como

una ráfaga de nieve.

Esta marquesa me dijo que fuera a visitarla, aunque no tenía una buena

casa.

Valdés, luego, me indicó que estaba separada del marido y sostenida por

un banquero de Viena, que vivía en París.

Salimos Valdés y yo del hotel y fuimos a un pequeño restaurante de la

calle del Bac, donde comimos muy bien.

--¿Usted piensa ir al teatro?--me dijo Valdés.

--Yo, no. No tengo dinero para grandes gastos.

--Sí, vale más reservarse. ¿Me puede usted prestar dos luises?

--Sí.

Se los presté, y hablamos de la marquesa Radensky. Valdés me dijo que

si quería hacerla la corte le enviara un ramo de flores con mi tarjeta.

Nos despedimos Valdés y yo y nos citamos para el día siguiente, a la

hora de comer, en el restaurante de la calle del Bac.

El amor, el dandysmo y la intriga · 第 13 / 18 段