Artículo 4.º Que en casa del señor Garbanzón desaparecerá todo lo que

tenga carácter de instrumento contundente, sea de caña, de palo o de

otra substancia, para que el hecho de autos no se repita.

Después de leída la sentencia, las _Basa-andriac_ se levantaron,

enarbolaron las escobas, agarraron a don Pepito y se pusieron a dar

gritos terribles y a agitar los cencerros. Los maridos cornudos se

unieron a la algazara mugiendo sonoramente.

Tras del juicio se preparó la farándula y salieron todos, agarrados de

la mano, al son del pito y del tamboril, hasta la plaza, donde se bailó

un fandango desenfrenado.

Yo me reí mucho con aquella farsa. Encontré a la gente de Añoa de

muy buen humor, y el sacristán, Dominique Elissalde de Elissagaray,

y su colaborador, Juan Pedro de Irumberry, me parecieron dos Plautos

campesinos.

VIII

EMBOSCADA

ERA ya bastante tarde cuando aparejé el caballo y el coche y me preparé

para volver a casa.

Al entrar en Ezpeleta vacilé en seguir adelante o en quedarme allí.

No adelantaba gran cosa en encontrarme en Bayona a las altas horas de

la noche, y el recordar al Murciélago en aquel grupo de carlistas que

había visto a la llegada del obispo, en compañía de Fermina la Navarra,

me infundía algunas sospechas.

Pensé en las precauciones que tomaba el Picador para entrar y salir de

cualquier parte.

--Entre hacer y no hacer, es mejor hacer, ¡qué diablo! Vamos adelante.

La noche estaba con alternativas, clara y obscura; había luna en el

cielo y pasaban de cuando en cuando nubarrones espesos que dejaban el

campo negro.

A los cinco minutos de salir de Ezpeleta se me apagó la luz del coche.

--¡Qué fastidio!--pensé--. El caballo se va a espantar con las sombras

del camino y me va a dar la gran jaqueca.

TIROS

Poco después, un nubarrón cubrió la luna, y quedó la carretera tan

negra que no se veía a cuatro pasos. Se me encogió el corazón y pensé

que había hecho un gran disparate en salir. Iba con el caballo al

trote corto, cuando brillaron dos fogonazos en los setos del camino, y

silbaron unas balas cerca de mí.

Azoté al caballo, que echó a correr al galope, y al poco rato sonaron,

ya detrás, otros dos estampidos.

Yo me agaché en el pescante, por si disparaban de nuevo, y seguí

azotando al caballo.

Poco después volvió a salir la luna.

A la hora llegué a Cambo y llamé en casa de Stratford. Me abrieron. Mi

amigo estaba aún levantado y le conté, riendo, lo que me había ocurrido.

--El farol apagado a tiempo y el nubarrón le han salvado a usted la

vida.

--Sí, es verdad.

Tomé unos bizcochos y una copa de Jerez y me fuí a acostar.

Al pensar en lo que me había ocurrido sentí una mezcla de terror y de

placer al mismo tiempo.

--Tengo que tener confianza en mi estrella--me dije, y me restregué las

manos con gusto.

IX

AVIRANETA, DE NUEVO

EN los primeros días de enero de 1839 se presentó Aviraneta en Bayona.

Estuvo unas horas en una fonda y se trasladó después a una casa de

huéspedes modesta de cerca de la Catedral, en la calle de la Moneda, o

calle Nueva.

Me avisó para que fuera a verle, y lo encontré en la cama.

--Vengo acatarrado--me dijo--; he hecho un viaje malísimo.

--¿Pues qué le ha pasado a usted?

--He venido por Zaragoza, Jaca y el puerto de Canfrac, que estaba

cerrado por las nieves. He andado perdido, durmiendo en mesones

infames, calado hasta los huesos.

--¿Y por qué no ha venido usted por Santander?

--Parece que sospechaba alguien que yo iba a volver a Bayona y se me

esperaba, no con muy buenas intenciones. ¿Y cómo va esto?

Le conté lo que había hecho con toda clase de detalles.

--Has trabajado muy bien, Pello--me dijo--; tú vas a llegar más lejos

que yo.

--¡Ca! No crea usted.

--Sí, sí. Le he leído tus informes a la Reina y ha quedado

entusiasmada.--A ese joven le tengo que ayudar--me ha dicho.

--Sí; no digo que no me ayude, pero yo no tengo gran ambición. No

siento, como usted, el deseo de mando. Por ahora, me divierte el

peligro, la aventura, pero nada más; dentro de poco me gustará la vida

tranquila y la buena mesa.

--Hombres de poca fe.

--Mejor sería decir hombres de poco nervio.

--Sin embargo, para tu edad has hecho cosas. Eres casi un diplomático,

cuando otros con tus años son unos niños zangolotinos.

--Y ahora, ¿qué vamos a hacer? ¿Qué tiene usted en proyecto?

--He estudiado un plan para prender al Pretendiente. Yo creo que está

bien concebido, pero lo discutiremos en detalles. No digas nada a nadie.

--Esté usted sin cuidado.

--Respecto a nuestros trabajos para la escisión del carlismo,

convendría enviar al Real un agente que nos comunicara las últimas

noticias.

Haremos lo posible para encontrarlo. ¿Cuándo nos veremos?

--Ya te avisaré.

EL VALOR DE

LA HISTORIA

A los tres días de la llegada de don Eugenio, el periódico de Bayona

_El Centinela de los Pirineos_ publicaba este suelto, para la mayoría

enigmático:

«Se sabe positivamente que ha llegado a Bayona un antiguo y conocido

agente de revoluciones y desórdenes, cuya presencia precedió a los

sangrientos sucesos de Hernani en julio de 1837.»

--Así se escribe la historia--me decía Aviraneta unos días después, con

ironía--; yo he hecho algunas cosas buenas y malas, pero ninguna de

ellas me caracteriza. En cambio, me caracteriza el haber precedido a un

acontecimiento en el cual no he tomado parte.

--Tiene gracia.

--Si es mentira lo que se cuenta del año pasado, ¿qué será lo que se

dice de hace dos mil años?

EL GRABADOR

Se le había ocurrido a Aviraneta, basándose en la lucha de los

marotistas contra los teijeristas, hacer creer a los exaltados que

Maroto estaba afiliado a la masonería. Para esto había traído dos

diplomas masónicos, y pensaba borrar los nombres que constaban en ellos

y sustituírlos por el del general y por el del conde de Negrí.

La cosa resultó más difícil de lo que parecía.

Se emplearon varios procedimientos químicos para borrar la tinta, y no

dieron resultado. Entonces se le ocurrió a don Eugenio mandar grabar un

diploma igual que el masónico y utilizarlo poniendo el nombre de Maroto.

Esta idea fué el germen de un legajo de documentos falsos, que luego,

más tarde, Aviraneta pasó al Real de Don Carlos, y que produjo un gran

revuelo. A este legajo llamó el Simancas.

Barbanegre, el corrector de pruebas de la imprenta de Lamaignere, nos

dirigió a un grabador, Meyer, que vivía en el Rempart Lachepaillet.

Este grabador era novio de una de las chicas del andaluz Julio Díaz.

La casa del grabador era una casa antigua, pequeña; el primer piso,

saliente sobre el bajo, y el segundo, sobre el primero.

Estaba pintada de un color verdoso sucio, ya descascarillado, y tenía

un entramado de maderas negras al descubierto. Cada piso era de muy

poca altura, y los techos no tendrían más de dos metros.

La puerta de la casa era gótica, con un llamador de metal, y en una

de las dos jambas había una placa pequeña de cobre con este letrero:

«Meyer, grabador cincelador».

Pasando la puerta se encontraba un pasillo húmedo y negro, y al

final, un patio, y antes del patio, a mano izquierda, el rincón donde

trabajaba el grabador.

Era un taller que tenía todo el aspecto de un taller medieval. Lo

iluminaba una ventana grande, a poco más de un metro de altura, que

daba hacia la muralla, y otra pequeña, que recibía la luz de un patio.

Cerca de la ventana grande tenía su mesa de trabajo el grabador, con

sus planchas, sus buriles y sus piedras de esmeril. En la pared, en

unos estantes, se veían frascos de ácido nítrico con agua, mezcla ya

empleada en morder el cobre, a juzgar por el color azul que tenía.

Delante de la ventana pequeña y alta estaba el tórculo, un tórculo de

madera, antiguo, donde sacaba las pruebas el grabador. Todo el pequeño

taller, negro, se hallaba como barnizado de tinta, y los papeles

blancos parecían allí de nieve.

Encontramos al grabador, que estaba recubriendo de barniz una plancha

de cobre con un pincel.

Era un joven alto, rubio barbudo, encorvado, con anteojos, de cara

indiferente.

--Yo venía a encargarle a usted un trabajo--le dijo Aviraneta.

--Usted dirá.

--¿Podría usted hacerme una lámina igual a ésta?

El grabador tomó la lámina que le presentó don Eugenio e hizo un ligero

movimiento de sorpresa. Al instante, Aviraneta llevó la mano al hombro,

y el grabador, poco después, hizo lo mismo.

Aunque me chocó el movimiento, no le di importancia.

--Esta lámina la puedo hacer--dijo el grabador--, pero tiene mucho

trabajo. Tardaré bastante en concluírla.

--No me urge. ¿Cuándo podrá estar?

El grabador midió la lámina a lo largo y a lo ancho, y dijo que

llevaría por grabarla quinientos francos, pero que tardaría algún

tiempo en hacerla, porque no tenía plancha de aquel tamaño y le sería

necesario encargarla a París.

--¿Quiere usted que le de, por adelantado, algún dinero?--le preguntó

Aviraneta.

--Sí; no estaría mal.

Aviraneta le dió trescientos francos, y nos fuimos a la calle.

--Te habrás fijado que el grabador y yo nos hemos hecho el signo de

reconocimiento de la masonería.

--¡Ah! ¡Qué bruto he sido! Lo he visto y no me he figurado lo que era.

Marchamos Aviraneta y yo a casa, separados.

DE NUEVO EL

MURCIÉLAGO

Un par de semanas después volvimos al taller del grabador, y al salir

para tomar la calle de España, don Eugenio y yo, cada uno por su lado,

le vi al vecino del hotel, que me espiaba, al Murciélago. Esperé en el

escaparate de una tienda a que se me acercara don Eugenio y le dije.

--¿Ve usted ése que va por la acera de enfrente?; es un hombre que me

espía.

--Hay que saber quién es--dijo Aviraneta, que iba embozado hasta los

ojos--. Ve tú a casa de la Falcón, parándote en las tiendas. Si él te

sigue, yo le iré siguiendo.

Lo hicimos así, y yo fuí, como hombre desocupado, parándome en los

escaparates, como si no hubiera notado la persecución, hasta la tienda

de antigüedades.

Al día siguiente me avisó don Eugenio para que fuese a casa de Iturri.

--¿Sabes quién era el que te seguía?--me dijo.

--¿Quién?

--Un tal Salvador que nos hizo traición en la Isabelina. Está aquí ese

granuja.

Me contó la historia de Salvador, que había sido uno de los mayores

intrigantes de la época.

Salvador era un tipo de aquellos como Regato, que había vivido en plena

intriga, con un fin de lucro.

Yo le hablé a don Eugenio de la caja de dulces que me enviaron al

hotel; de la carta anónima que me habían dirigido después, y de los

tiros del camino de Ezpeleta, cosas que yo suponía provenían de

Salvador.

Aviraneta dijo que era muy probable mi suposición.

Aviraneta le tenía odio y miedo a aquel hombre.

Para espantarle, le escribió una carta amenazadora, que decía así:

«Miserable espía: Sabemos que estás intrigando y vendiendo a los

liberales y a los carlistas. Si no abandonas inmediatamente tu

espionaje y te marchas de Bayona, pagarás caras tus maniobras.

Conocemos tu abominable historia de traiciones y de crímenes.

_Demóstenes, Espartaco, Mirabeau_

de la logia Irradiación.»

Salvador no se marchó de Bayona; se mudó a una casa de huéspedes del

barrio de Saint-Esprit.

X

APUROS DE VINUESA

POCOS días después de esto salía del hotel, cuando me encontré con mi

compañero de viaje de Madrid a Bayona, que venía demudado y tembloroso.

--¿Qué le pasa a usted?--le dije.

--Estoy muy apurado.

--¿Quiere usted subir a mi cuarto?

--Bueno, sí.

Subió, se sentó y me dijo:

--Estoy temiendo que me van a internar en Francia.

--Pues, ¿por qué? ¿Qué ha hecho usted?

--Verá usted. He estado estos meses en Pau, resistiéndome a entrar en

el campo carlista, cuando hace tres días recibí una carta del mismo Don

Carlos llamándome a su Real con toda urgencia, y diciéndome que si no

voy me considerará separado de su partido. Me he puesto en camino y he

venido aquí con mi mujer, al hotel de Francia. Me he visto con varios

carlistas para que me indiquen el medio mejor de trasladarme al campo

de Don Carlos, y alguno de ellos sin duda lo ha dicho por ahí; se ha

enterado el subprefecto y me ha llamado, me ha pedido los papeles y

luego, con violencia y mal gesto, me ha ordenado que vuelva a Pau, de

donde seré internado. Y aquí me tiene usted que no sé qué hacer. El

Señor me espera, y si ahora ya no voy pierdo para siempre la gracia de

Su Majestad.

--No se apure usted--le dije yo--. Quédese usted esperando en mi

cuarto; yo iré y le preguntaré al canciller del consulado de España qué

hay en la subprefectura contra usted.

Salí del hotel y me encontré a Vidaurreta en el momento en que iba

a visitar al subprefecto. Le expliqué el caso de Sánchez Vinuesa,

diciéndole que era una buena persona, un excelente sujeto, nada

peligroso.

Le esperé en el café, enfrente del teatro. Al poco tiempo volvió

Vidaurreta; me dijo que en la subprefectura había la delación de un

individuo llamado Manuel González contra un diplomático carlista,

residente en Pau, que había ido a Bayona con la intención de pasar al

campo del Pretendiente, y a quien se le había intimado la orden de que

retornara a Pau.

Volví al cuarto del hotel y le dije a Vinuesa:

--No hay nada grave contra usted. Si quiere usted se vuelve a Pau,

donde nadie le molestará; si prefiere usted entrar en España, yo mismo

le prepararé la marcha.

--Prefiero entrar en España, porque si no, el Señor va a pensar que no

quiero obedecerle.

--Bueno; pues como usted quiera. Vamos ahora a una posada de un amigo

mío. Allí encontraremos un guía para España.

--Vamos.

Fuimos a casa de Iturri. Le pregunté en el camino a Vinuesa con qué

carlistas había hablado, y quedé convencido que el Manuel González que

le había denunciado era el vecino de mi hotel, el Murciélago, Manuel

Salvador. ¿Trabajaría éste por los liberales y por los carlistas?

¿Tendría algún motivo de odio contra Vinuesa? No lo pude averiguar.

Llegamos a la posada de Iturri, y le expliqué a éste los deseos de mi

amigo.

--Un guía--dijo Iturri a Vinuesa--le costará veinte o treinta francos.

--Le daré cien con gusto.

--No, no. Es demasiado. ¡Eh!--gritó a su mujer el fondista.

--¿Qué quieres?

--¿Está ahí Pinterdi?

--Sí.

--Que suba.

Subió Pinterdi, un muchacho fuerte y rubio, de Ascaín, a quien Iturri

explicó lo que tenía que hacer.

--¿Necesitará usted un caballo--preguntó Iturri a Vinuesa--, o prefiere

usted una mula?

--Un caballo.

--¿Quiere usted ir de una tirada hasta Vera, o prefiere usted dormir en

el camino?

--¿Qué distancia habrá?

--Unas siete u ocho leguas.

--Es bastante.

--Si se cansa usted, duerme usted en San Juan de Luz, o en Urruña.

--Bueno; ya veré.

--¿Tiene usted la maleta hecha?--le pregunté yo.

--Sí.

--Bueno. Entonces, nosotros dos vamos a ir a almorzar fuera de puertas,

a un merendero que se llama el Buen Rincón, del barrio de Onzac; este

chico, Pinterdi, cogerá su maleta en su hotel, y con la maleta y el

caballo irá al merendero.

Vinuesa me preguntó varias veces por Aviraneta y por lo que hacía. Yo

le contesté con prudencia.

Llegamos al merendero, y almorzamos muy bien. Al final del almuerzo se

presentó Pinterdi, ató la maleta al caballo e invitó a subir a Vinuesa.

Este me recomendó que fuera a ver a su mujer con frecuencia, para

tranquilizarla.

LA DAMA ALEMANA

Dos días después, por la noche, fuí a ver a la señora de Vinuesa y a

decirle que su marido había llegado bien a España. Me encontré a la

dama indignada, furiosa, contra su marido.

--Mi marido es un imbécil, un mentecato--me dijo--; me ha traído aquí

engañada diciéndome que volvíamos a España, y se va porque le ha

llamado Don Carlos. ¿Ha visto usted nada más estúpido? Un hombre viejo,

como él, me separa de los hijos, que he dejado en Madrid, y me deja

aquí sola para ir a ver a Don Carlos. No se lo perdono. Hasta ahora no

le he engañado, pero de ahora en adelante, sí. Pienso tener amantes.

--¡Señora!

--Sí, sí; estoy decidida. Vea usted lo que tengo aquí--y me enseñó una

botella de Champaña y unas pastas--. Es para animarme. Abra usted.

Abrí la botella y bebimos dos copas.

--A ese viejo imbécil de mi marido le tengo que engañar. Eche usted más

vino, y beba usted.

Bebimos más. Ella empezó a reírse a carcajadas.

--Usted será mi primer amante--dijo luego.

Al principio, la cosa me pareció un poco absurda.

Luego, por el contrario, me pareció muy alegre.

La alemana llevó hasta el final su venganza.

XI

UN PROYECTO ATREVIDO

UN día de invierno me citó Aviraneta para que fuera a su casa después

de comer. Fuí, pasé a un despachito pequeño que tenía don Eugenio en

la casa de huéspedes, y me encontré allí con don Lorenzo Alzate y don

Domingo Orbegozo, a quienes conocía de San Sebastián.

Hablamos de la guerra, y después Aviraneta nos explicó el proyecto que

había madurado.

--Cuando Don Carlos entró en España por Urdax, en 1834--nos dijo--,

y dió principio el general Rodil a una persecución activa, andaba

el Pretendiente a salto de mata ocultándose entre los breñales para

librarse de ser hecho prisionero por las tropas de la Reina. Al

organizar Zumalacárregui sus fuerzas, Don Carlos pudo abandonar en

parte su vida trashumante; entonces eligió pueblos grandes para su

residencia, nombrando ministros, secretarios y empleados. Esta pequeña

corte, que entre los carlistas se llama el Real, ha andado siempre

trasladándose de un punto a otro, y ha estado, como saben ustedes, en

Estella, Durango, Oñate, Azcoitia y Villafranca.

Zumalacárregui tenía sus fuerzas siempre en movimiento, y al

Pretendiente le era necesario seguirle, cosa que no le agradaba.

Este estado ambulante del Real duró mientras mandaron los ejércitos

de la Reina los generales Rodil, Quesada, Mina, Valdés y Córdova, que

hacían una guerra irregular con alternativas de éxito y de fracaso.

Al ser nombrado general en jefe Espartero, se abandonó el sistema de

guerra irregular, y se adoptó el de la guerra de líneas, cesando las

operaciones militares cuando venía con el invierno el mal tiempo.

Este sistema de guerra regular y la muerte de Zumalacárregui, por

quien Don Carlos no tenía el menor afecto, y que le inquietaba con

sus andanzas, ha permitido al Pretendiente habitar los pueblos largo

tiempo, y hasta poner su _Gaceta Oficial_ en Oñate.

Por otra parte, el matrimonio de Don Carlos con la duquesa de Beira,

celebrado en Azcoitia, ha hecho que el hombre que pasó la luna de

miel en el palacio del duque de Granada de Ega se estabilice más. El

Pretendiente ha querido tener una corte, aunque pequeña; el Real ha

progresado en camaristas, caballerizos y mayordomos, y los frailes y el

obispo de León han dado con el botafumeiro en las reales narices de Don

Carlos, y éste, que nunca ha sido listo, se ha hecho más endiosado y

más tonto de lo que es por naturaleza.

Yo, que he leído cuantos folletos y artículos hablan de la vida de

Don Carlos y que conozco Guipúzcoa, he visto con asombro que el

Pretendiente se queda casi solo en Azcoitia cuando sus tropas se alejan

para luchar con las liberales.

Azcoitia está relativamente cerca del mar, a una distancia de un par de

horas de marcha para un buen andarín; un golpe de mano rápido me parece

posible. Yo creo que es fácil apoderarse del Pretendiente. ¿Qué les

parece a ustedes?

Alzate, Orbegozo y yo nos callamos un momento.

--La verdad es que, en principio, no parece difícil el proyecto--dijo

Alzate.

--Una empresa como ésta, a la mayoría, que es gente ramplona, le parece

muy natural cuando se ha realizado; pero antes de hacerse se le figura

imposible--dijo Aviraneta--. Este proyecto que les expongo se lo he

expuesto también al ministro Pita Pizarro, a quien le ha parecido muy

atrevido, pero de una ejecución factible.

--Veamos los detalles--dijo Orbegozo.

--Quizá primero lo mejor sería--repuso Aviraneta--que alguno de ustedes

se pusiera al habla con el comodoro inglés lord John Hay y que le

preguntara si podría prestar alguno de sus barcos para una empresa de

este género. Al mismo tiempo sería conveniente que otro le viera a

don Gaspar de Jáuregui, el Pastor, y primero le consultara sobre el

plan, y si lo encontraba bien, indicara un oficial para que al frente

de un cierto número de soldados fuera a Azcoitia a realizar la empresa.

Contando con estos factores estudiaremos el proyecto en sus detalles

más pequeños, como quien estudia un aparato de relojería.

Quedamos todos de acuerdo, contemplamos un plano de la costa, del

Depósito Hidrográfico de Madrid, que sacó Aviraneta, y cada vez nos

pareció que la tentativa era más lógica y más factible.

Alzate y Orbegozo se fueron a San Sebastián dispuestos a trabajar en el

proyecto.

EL SARGENTO

ELORRIO

Orbegozo habló con el coronel inglés Colquhoun, quien le dijo que lord

John Hay examinaría el proyecto que le expusieran, y que si le parecía

bueno colaboraría con él; Alzate conferenció con el general Jáuregui, y

éste indicó para realizar la empresa al sargento de chapelgorris Ramón

Elorrio.

Cuando lo supo Aviraneta avisó a Alzate que le enviaran inmediatamente

a Elorrio, y éste apareció en Bayona.

Elorrio tenía entonces unos veintiséis o veintisiete años; era de poca

estatura, moreno, de ojos negros, de aire atrevido y sagaz. Llevaba

bigote pequeño y tenía un tic nervioso en la cara.

El sargento Elorrio vino a mi hotel, y allí esperamos a Aviraneta.

Elorrio se bebió dos o tres copas de coñac mientras aguardaba; lo que

me hizo pensar que era muy aficionado al alcohol.

Cuando llegó Aviraneta, éste explicó al sargento en pocas palabras de

qué se trataba; le leyó su plan de prender a Don Carlos en Azcoitia,

y le mostró el mapa de la costa de Zumaya y del terreno que recorre el

río Urola.

--¿Qué le parece a usted mi plan?--le preguntó Aviraneta después.

--Está muy bien pensado--dijo Elorrio--. ¿Quién lo va a realizar?

--Usted mismo.

--¿Me permitirán? Ya sabe usted que hay muchas envidias en el Ejército.

--Sí; he hablado con el general Jáuregui y él le ha designado a usted.

El comodoro John Hay espera conocer el proyecto para dar su aceptación.

Si los dos aceptan, la empresa se realiza.

--Muy bien--dijo Elorrio--. Yo, dentro del plan de usted, me encargo de

todo. La cuestión es que no haya obstáculos y que no se hable demasiado

de ello. Yo conozco la provincia bien y además tengo en la compañía

chicos de Zumaya, Cestona y Azcoitia que conocen el terreno palmo a

palmo. Yendo por los senderos a primera hora de la noche, en dos horas

podríamos ponernos desde Zumaya en Azcoitia.

PREGUNTAS

--Bueno--dijo Aviraneta--; puesto que usted asume la dirección y la

responsabilidad del proyecto en bloque, pongámonos de acuerdo en los

detalles. Supongamos que llega usted a Azcoitia, a la casa del duque de

Granada de Ega, ¿qué haría usted allí?

--Creo que no encontraríamos resistencia; todas las fuerzas carlistas

están en Vizcaya, Alava y Navarra. En Guipúzcoa tienen las de Andoaín.

Por esa parte de Azcoitia no hay mas que unos cuantos cadetes, guardias

de Corps, y unos cuantos hojalateros que no valen nada. A patadas los

echaríamos.

--¿Y si ofrecían resistencia?

--Entraríamos a la fuerza; y si alguno se oponía le pegaríamos un tiro.

--Muy bien.

--Allí, naturalmente, no había de ser cosa de dar oídos a ruegos y

lágrimas.

--¿Y usted no cree que alguno de los chapelgorris, al ver que se

trataba de prender a Don Carlos, no se echaría atrás?--preguntó

Aviraneta.

--¡Ca! Nuestros chapelgorris--exclamó Elorrio--le tienen un odio a Don

Carlos terrible. Si se defendiera, le aplastarían como a una rata.

--Bueno; supongamos que ya han entrado ustedes en la casa del duque de

Granada y han preso a Don Carlos y a su hijo, ¿qué haría usted después?

--Los montaría en unos caballos.

--¿Los habrá?

--Sí, los hay en casa del duque de Granada; y en dos o tres horas, por

la carretera, de noche, llegaríamos a Zumaya. Cuando se enteraran los

carlistas del suceso, estaríamos embarcados.

--Hay que pensar todas las eventualidades. Si, por ejemplo, mientras

ustedes se encontraban en Azcoitia venía una galerna que impedía que

las lanchas de desembarco de los ingleses estuvieran a punto para

recogerles, o aparecieran, por casualidad, tropas carlistas que les

cortaran el paso a Zumaya, ¿qué harían ustedes?, ¿se verían perdidos?

--No, ¡ca! Iríamos hacia el monte Gárate y nos refugiaríamos en el

castillo de Guetaria. Si nos cerraban el paso para Guetaria, nos

dispersaríamos, deshaciéndonos de las caballerías, e iríamos a Zarauz.

--Y con los prisioneros, ¿qué harían ustedes?

--Lo que nos mandaran: soltarlos o pegarles un tiro.

Aviraneta contempló atentamente a Elorrio.

--Yo creo que sería mejor pegarles un tiro.

--Yo, también--dijo Elorrio.

--Así, que en la parte de empresa que a usted le corresponde, y que es

la más importante, ¿estamos de acuerdo?

--Completamente.

El amor, el dandysmo y la intriga · 第 12 / 18 段